El Espíritu Santo

Carta Pastoral del Obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández, con motivo de Pentecostés. “Pentecostés” significa a los 50 días. Era una fiesta grande en el calendario judío, la fiesta de la cosecha, a los 50 días de la Pascua. Y, después de subir Jesús al cielo el día de la ascensión, envió de parte del Padre al Espíritu Santo, como había prometido: “Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13). Desde entonces, la fiesta de Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. Hoy es Pentecostés.

Hay un solo Dios, y Jesús, el Hijo único del Padre, nos ha contado cómo es Dios por dentro. Y Dios por dentro son tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, por ser la tercera persona, es la más desconocida. Sin embargo, el Espíritu Santo es el amor personal de Dios, que nos envuelve y nos penetra hasta lo más hondo de nuestra alma. Él es quien nos enseña a amar, porque Él es amor.

Al Espíritu Santo lo recibimos ya en el bautismo, donde somos hechos hijos de Dios, pero donde se nos da el Espíritu Santo en plenitud es en el sacramento de la confirmación. En estos días muchos chicos y chicas en nuestra diócesis reciben el sacramento de la confirmación, con el que completan su iniciación cristiana. El Espíritu Santo nos convierte en “ofrenda permanente” a Dios y en “don para los demás”, al estilo de Jesús.

El Espíritu Santo es el autor de la gracia en nuestras almas. Estar en gracia de Dios significa estar abierto dócilmente a la acción del Espíritu Santo, sin ningún pecado mortal que lo impida, porque el Espíritu Santo nos enseña y nos impulsa a amar, desterrando de nosotros todo egoísmo. Nuestra aspiración continua ha de ser la de dejarnos mover por el Espíritu Santo siempre y para todo. “Los que se dejan mover por el Espíritu Santo, ésos son hijos de Dios” (Rm 8,14).

El Espíritu es el autor de las virtudes, sobre todo de la fe, la esperanza y la caridad. La vida cristiana no es una lucha desesperada, más allá de nuestras fuerzas, por conseguir una meta. Es, más bien, la acogida continua de un don, que pone en movimiento todo el organismo espiritual. Acogemos en la fe y en el amor al Espíritu que movió a Jesús, y nos va haciendo parecidos al mismo Jesús.

El Espíritu Santo actúa en nosotros por la acción de sus dones: el don de sabiduría, el don de entendimiento, el don de consejo, el don de ciencia, el don de fortaleza, el don de piedad, el don de temor de Dios. Son regalos excepcionales, que funcionan continuamente haciéndonos gustar qué bueno es el Señor, dándonos la prudencia y la fortaleza en el actuar, llevando a plenitud todas y cada una de las virtudes. Por ejemplo, sin el don de fortaleza, los mártires no habrían tenido suficiente virtud para soportar los tormentos; sin el don de sabiduría, las cosas de Dios no nos saben a nada.

Pidamos al Espíritu Santo que venga sobre nosotros, que venga en nuestra ayuda, que venga a vivir en nuestros corazones, como a un templo. Tengamos dispuesto siempre nuestro corazón para este dulce huésped del alma. Sin el Espíritu Santo, que es el amor de Dios, no seremos capaces de nada. Con el Espíritu Santo, seremos capaces de todo. Dios que comenzó en nosotros la obra buena, él mismo la llevará a término por su Espíritu Santo.

Con mi afecto y bendición:
 

+ Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba

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