Tengo que alojarme en tu casa

Carta del Obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes

“¿Me quieres decir, Zaqueo, qué te ha pasado? ¿Por qué corres a la desesperada como un loco yendo hacia la multitud? ¿Pero si a ti nunca te han gustado los jaleos de la calle? Tú eres un hombre de tu casa y tu profesión te ha llevado a esconderte de todos, porque decías que te miraban con recelo. ¡Eh! ¿Me oyes, Zaqueo?”. Nada, ni caso. ¿Qué llevará este hombre en su cabeza? Se le ve distraído, inquieto… será mejor dejarle, ya se calmará el pequeño recaudador de impuestos.

Pensativo, decidí sentarme en la plaza, a la sombra de una higuera, por cierto, los mejores arboles de todo Jericó por sus ricos y apreciados frutos, delicia de propios y extraños. Había pasado un poco de tiempo y volví a ver a lo lejos a mi amigo Zaqueo dando brincos de alegría. Algo le había pasado, de veras, porque no era normal el comportamiento de este hombre. La verdad es que estaba revuelto todo Jericó, mucha gente iba de un lado para otro. “¡Zaqueo!”, le llamé a gritos, y vino como una flecha. Sin respirar, sin dejarme tiempo para preguntarle, me abrazaba y saltaba al mismo tiempo, lleno de risas y lágrimas por lo feliz que se sentía. Se logró calmar, después de haber bebido agua de la fuente, y, conteniendo su emoción, me dice: “¡He visto a Jesús, el de Nazareht, y me ha dicho que viene a comer a casa! ¡Fíjate bien, con la ilusión que tenía yo de conocerlo, aunque hubiera sido desde lejos, y lo voy a tener en mi propia casa!”. Y seguía contándome: “Había oído tantas cosas de Él que, cuando me enteré que estaba por aquí, salí corriendo, como un camello al galope, y me subí al árbol para poder verle mejor. Si hubieras visto la cara de los que murmuraban contra mí diciendo que soy un pecador; la cara de los que se reían de mí por ser pequeño o por mi oficio… ¡Qué susto tenía! Pero Jesús dijo con autoridad: “¡Voy a comer a tu casa!” y todos enmudecieron”. Zaqueo, sin dejarme hablar aún, se despidió precipitadamente de mí, porque iba a casa a prepararlo todo.

Al día siguiente nos volvimos a ver en la puerta de la sinagoga y no parecía el mismo, por su serenidad, ahora no esquivaba la mirada, lucía una desconocida sonrisa, que nunca había usado. Me abrió su corazón y me dijo: “Amigo, he encontrado lo que andaba buscando desde niño, la paz del corazón. Después de haber comido con Jesús me he dado cuenta que me sobra todo lo que tengo y he decidido dar la mitad de mis bienes a los pobres, la otra mitad será para restaurar todo lo que he cobrado de más y devolveré cuatro veces más de lo que cobré”. No salía yo de mi asombro, pero al ver que estaba hablando muy en serio, decidí seguir escuchándole: “Hoy he conocido a Dios –me seguía diciendo Zaqueo–, hoy he visto cómo cerraba los ojos a mis pecados y no me los echaba en cara; me exhortaba a que me arrepintiera y a que volviera mi vista a Él. Hoy he entendido todo lo que me ama Dios, que nunca me ha odiado, porque si me hubiera odiado no me habría creado y, sin embargo, me dio la vida y me fue corrigiendo poco a poco, hasta que ha puesto a Jesús delante de mis ojos y me he rendido a Él. Su mirada, su dulzura, su acogida a mí, pecador, ha sido tan determinante que no puedo mirar atrás, porque mi vida a partir de ahora es estar con Él. Hoy ha entrado la Salvación a mi casa y no la voy a cambiar por nada. Amigo, si aprecias tu vida, ábrele la puerta de tu casa a Jesús, déjale que se siente a comer contigo y escucha su Palabra, entonces conocerás la Salvación”.

+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

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