OBISPO DE CARTAGENA
DESPEDIDA DE LOS PP. JESUITAS
Iglesia de Santo Domingo. Murcia
XI Domingo. Ordinario. A. 26
Vicario general y vicario de Murcia,
P. Enrique, provincial de España de la Compañía de Jesús;
sacerdotes y religiosos;
un saludo especial para los padres jesuitas: P. Lucio, P. Juan José y P. Rogelio;
Excmas. e Ilmas. Autoridades, Sra. Consejera…
Colaboradores y fieles de esta Iglesia de Santo Domingo;
Hermanos y hermanas.
Os aseguro que no me gustan este tipo de despedidas, especialmente por las razones que llevan a este drama, porque irremediablemente dejan herido el corazón. Ya vieron, P. Luicio, P. Juan José y P. Rogelio, cómo fue la respuesta de este pueblo de Dios el pasado viernes en Monteagudo, es otra de las obras que ustedes han impulsado entre nosotros, esa peregrinación al Corazón de Jesús como peregrinos de la fe, como Pueblo de Dios que busca a su Señor con el deseo de seguir los pasos de Jesús anhelando su infinita compasión y misericordia. Todo en un clima de alegría, ligeros de equipaje y casi sin el peso de los años, por la juventud de los que caminaban.
Vosotros habéis marcado un estilo de vida de la mano de san Ignacio de Loyola, el santo que dejó la espada a los pies de la Virgen y se revistió de testigo de Cristo, potenciando con su palabra y ejemplo la vida interior, con el arma de los Ejercicios Espirituales, un camino de conversión y fidelidad al Señor. Los jesuitas nos han dejado a lo largo de los tiempos la impronta por la educación, el celo misionero, el amor al Corazón de Jesús y la obediencia al Papa como cuarto voto.
Vosotros os marcháis y ya contamos con cinco cicatrices, como las que lleva en su costado nuestro Señor Jesús crucificado, cicatrices que impedirán nuestro olvido, ya que la marcha de la ciudad de Caravaca de la Cruz fue un motivo de dolor y mantiene todavía el recuerdo en la «iglesia de los jesuitas»; también dejasteis el dolor de la despedida en Lorca, habiendo dejado ya iniciada la construcción de la iglesia de San Mateo, en el solar de la Compañía; a estas despedidas se suman San Esteban y el Monasterio de los Jerónimos, en cuyos muros y en sus templos todavía existen señales de vuestra presencia y hoy vivimos en primera persona la quinta yaga dejando este templo que ha sido testigo de muchas personas que han buscado a Dios y se han encontrado con Él en las celebraciones de la Eucaristía, en la Palabra, en el Sacramento de la Reconciliación y en la predicación… No hemos contado el dolor de vuestra expulsión, porque volvisteis y os recibimos con los brazos abiertos.
Pero hablando de la compasión y misericordia del Corazón de Cristo, me imagino que habréis visto la maravillosa actualidad de las lecturas de este domingo. Lo primero que salta a la vista es la percepción que tuvo Jesús de toda la gente que tenía delante de sus ojos: «Estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”». Este evangelio me estremece, porque la foto del momento es muy nítida y refleja los mismos problemas de hoy que entonces, porque existen muchas personas que se quejan de soledades, cansancios, de demasiados ruidos alrededor que quitan la paz… Lo admirable en el evangelio fue cómo reaccionó el Señor: que se compadecía de las personas. Jesús se compadece, tuvo misericordia, pero no se cruzó de brazos, e inmediatamente puso tarea a sus discípulos. Fue como si quisiera activarlos, ponerlos pie a tierra para trabajar en este frente tan desolador, que necesitaba soluciones, caminos nuevos, respuestas y no solo buenas palabras. En el texto se ve que Jesús se lo tomó en serio, porque la tarea era urgente, así que los envía a curar el abandono y desamparo de la gente con la advertencia de que hay que empeñarse en el trabajo, porque los obreros son pocos, pero van con la seguridad de la fuerza de Dios, que nunca les va a faltar.
Si a Jesús le movió el corazón al ver la situación de la gente, ha querido que a sus enviados les mueva también el mismo amor gratuito y misericordioso y por eso les ha dicho con contundencia: «Yo os he elegido, y os he enviado para que vayáis y deis fruto», es decir, para que trabajéis y deis a conocer el amor de Dios, la misericordia del Señor, pero con la fuerza de la fe y la confianza en el Señor. Id y decid en las plazas lo que habéis oído, contad lo que habéis visto, que corra como un rumor entre las gentes. Y dad lo que habéis recibido, no otra cosa. No se trata de un producto del que tengáis que hacer propaganda para colocarlo a gusto o a disgusto; no lo adulteréis para sacar ventaja. Dad lo que habéis recibido; es decir, sed fieles a la palabra viva del Señor Jesús y no impidáis la fuerza del Espíritu, que sopla donde quiere. Lo que pide Jesús es que un discípulo (sacerdote, laico o consagrado) viva la fuerza y el coraje de saber que lleva la solución en sus manos y en su boca, que lleva a Dios y nunca le estará permitido, porque no se entendería, caer en tristezas, cansancios, quejas…, porque, «¡quién a Dios tiene, nada le falta!». Jesús sigue saliendo a nuestro encuentro y nos pide que seamos modelos de misericordia y de perdón, constructores de la ciudad de Dios como hermanos unidos, no como arquitectos de la torre de Babel, como dice el Papa León XIV en su primera encíclica.
En la primera lectura de este domingo se nos recuerda lo que ha hecho el Señor con su pueblo, lo ha rescatado de la esclavitud y los ha constituido como hijo suyo, pueblo de su propiedad, pues ánimo, que el que nos da la fuerza es Dios. Dios nos pone a esta Iglesia otra tarea, es verdad que somos pocos, pero la fuerza nos la dará el Señor. Por mi parte, pido a la Iglesia de Cartagena que alcemos la mirada, como hemos estado recordando en estos días pasados al ver cómo el Santo Padre ha sacado lo mejor de nuestro pueblo, cómo ha despertado nuestra mejor esencia de vivir en cristiano. El Santo Padre nos ha devuelto la confianza que teníamos dormida, sí, nos ha hecho ver la grandeza de la fe y nos ha urgido a tomar postura y trabajar para que todo el mundo conozca de verdad a quien nos salva, a quien nos saca de nuestras depresiones o desesperanzas, por eso no tememos. Después de esta despedida, alzamos la mirada y seguimos confiando, sin detenernos, con más esfuerzo, pero animados por la mirada de Jesús, que se compadece de nosotros… Sacerdotes y laicos, Diócesis de Cartagena, ¿estáis dispuestos a aceptar este reto? ¿Confiáis en la mirada de Jesucristo y en las soluciones que propone el Señor? Pues mucho ánimo, que Dios hace bien las cosas, pero cuenta con nosotros… Pero no olvidemos que el Jesús nos dice: ¡Rogad al Señor que mande trabajadores a su mies!
Querido padre provincial, padres jesuitas, gracias por todo lo bueno que habéis hecho aquí, por vuestras vidas gastadas y desgastadas por esta Iglesia. Contad siempre con nuestras oraciones y sabed que a partir de este día os seguimos esperando con los brazos abiertos.
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José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

