La semilla más pequeña

Escrito de Mons. José Manuel Lorca Planes, Obispo de Cartagena, para el Domingo XI de Tiempo Odinario.

Retomamos en la liturgia el tiempo ordinario. El color de la casulla del sacerdote es verde, este indica que estamos en el tiempo para celebrar la fe en la vida ordinaria, es el tiempo de la esperanza y de la respuesta positiva a Dios en el día a día. En la segunda lectura de San Pablo se nos habla de nuestra verdadera vocación, estar cerca del Señor con el apoyo de la fe, que es nuestra compañera de viaje. Dice el apóstol que en destierro o en patria nos esforzamos por agradar al Señor, porque todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios y no se trata de miedo, sino que la fuerza del deseo de estar con el Señor es el amor que hay en el corazón. Cuando se ama se quiere estar con la persona amada, junto a ella. El amor es el que nos arrastra hasta la necesidad de estar con el Señor, a ser agradables para el Señor.

Es Dios el que nos dignifica, pero no por nuestros méritos, sino por pura gracia, por su gran misericordia y esto aparece muy claro tanto en la primera lectura como en el Evangelio. La Palabra utiliza un lenguaje sencillo, muy descriptivo, con ejemplos y experiencias de los hombres de su tiempo. Sería necesario buscar un momento de serenidad para gustar la Palabra, para dejar calar estas lecturas en lo hondo de nuestro ser, ya que nos desvelan el rostro de Dios, en cuyas manos estamos y que quiere acompañar al hombre a lo largo de toda su vida. Podemos ver como Dios no se fija en las apariencias, ni en nuestras grandezas, se fija en el sencillo y en el humilde, en el débil y en el pequeño, y confunde a los grandes y poderosos. El que se deja llevar de la sabiduría y del corazón de Dios puede comprobar que es posible la victoria de David sobre Goliat. La Virgen María canta su experiencia en el Magníficat cuando dice que el Señor «hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos». El profeta Ezequiel, con un corto relato en parábolas, ha descrito la historia de la salvación y como esta es llevada por el Señor.

San Marcos recoge los primeros pasos de la predicación de Jesús a la gente, insistiendo precisamente en el mismo mensaje del profeta: es Dios el que da el crecimiento a la semilla hasta llegar a la madurez; los principios son humildes, son insignificantes, pero su desarrollo es muy potente, tanto, que no depende del sembrador, ya que esta crece mientras el sembrador duerme. Dios es el que da el crecimiento. Jesús pone ejemplos en parábolas que nos hablan del Reino de Dios. La parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4, 26-29) subraya que el Reino no es obra humana, sino únicamente don del amor de Dios que actúa en el corazón de los creyentes y guía la historia humana hacia su realización definitiva en la comunión eterna con el Señor. Desde esta perspectiva podemos comprender las condiciones indicadas por Jesús para entrar en el Reino y que se pueden resumir en la palabra «conversión». Mediante la conversión el hombre se abre al don de Dios, pero, para esto hay que tener un corazón como el de un niño, implica sencillez interior.

+ José Manuel Lorca Planes

Obispo de Cartagena

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