La Universidad de Huelva da inicio a su nuevo curso académico con una Eucaristía presidida por el Obispo

La Universidad de Huelva da inicio a su nuevo curso académico con una Eucaristía presidida por el Obispo

La Universidad de Huelva celebró hoy, 18 de septiembre, la Misa de Apertura del Curso Académico 2026-2027, presidida por el obispo de Huelva, monseñor Santiago Gómez Sierra, en la Iglesia Universitaria Santa María Sedes Sapientiae.

La celebración contó con la participación de representantes de la Universidad de Huelva y de otras instituciones, así como del delegado de Pastoral Universitaria, D. Enrique Uzcátegui Rodríguez; el rector del Seminario Diocesano, D. Juan José Feria Toscano; y el sacerdote D. Ignacio Virseda.

Durante su homilía, centrada en la parábola de los talentos (Mt 25, 14-30), el obispo invitó a estudiantes, profesores e investigadores a hacer fructificar los dones recibidos, poniéndolos al servicio de la verdad y de la sociedad.

Monseñor Santiago destacó que la Eucaristía «no es un paréntesis religioso dentro de la vida universitaria», sino una verdadera escuela de vida, donde se aprende que el conocimiento y los talentos alcanzan su plenitud cuando se ponen al servicio de los demás.

La celebración puso de manifiesto el compromiso de la Pastoral Universitaria con el acompañamiento espiritual de la comunidad académica y con la construcción de una universidad abierta al diálogo, la verdad y el bien común.

Homilía íntegra del Obispo de Huelva

Hermanos y hermanas, amados todos por el Señor:

Comenzamos un nuevo curso. Para unos será un curso de esfuerzo y de exámenes; para otros, de investigación o de decisiones importantes. Y precisamente por eso me parece muy apropiado el Evangelio que acabamos de escuchar: la parábola de los talentos.

Un hombre se marcha de viaje y, antes de irse, llama a sus servidores. A uno le entrega cinco talentos, a otro dos y a otro uno. Y se marcha. Lo interesante es que el señor no les entrega a todos lo mismo: a uno le da cinco, a otro dos y a otro uno. Y después se va. No les entrega un manual de instrucciones. No les dice exactamente qué tienen que hacer. Confía en ellos.

Aquí comienza una de las grandes preguntas de la vida universitaria, pero también de toda vida humana: ¿qué hacemos con lo que hemos recibido? Porque todos hemos recibido algo. Unos tienen facilidad para investigar; otros, para enseñar. Hay quien tiene talento para las ciencias, quien lo tiene para las humanidades, para el arte, para la tecnología, para la gestión, para acompañar personas, para cuidar, para organizar, para crear. Y hay talentos que no aparecen en ningún expediente académico: la paciencia, la capacidad de escuchar, la generosidad, la aptitud para trabajar con otros, la sensibilidad ante quien sufre. Incluso las preguntas que todavía no sabemos responder pueden ser unos talentos, porque nos mantienen buscando.

Existe una pregunta que, al comenzar un nuevo curso en la universidad, me puedo hacer: ¿en qué persona me estoy convirtiendo? Porque puedo tener un magnífico expediente y no saber para qué quiero vivir. Puedo no saber qué hacer con mi propia inteligencia y mi propia libertad. La universidad tiene una misión preciosa: ayudarnos a conocer la realidad. Pero conocer la realidad debería llevarnos también a preguntarnos qué hacemos con ella.

Por eso, la parábola de Jesús nos dice: no entierres lo que has recibido. Hazlo fructificar. El estudiante tiene unos talentos: que los ponga al servicio de la verdad. El profesor tiene unos talentos: que los ponga al servicio de sus alumnos. El investigador tiene unos talentos: que los ponga al servicio del conocimiento y, en último término, de la sociedad. Quien tiene responsabilidades de gobierno tiene talentos que están llamados al servicio del bien común. Y quienes colaboráis en la pastoral universitaria tenéis también un talento particular: ofrecer un espacio donde pueda escucharse la pregunta por el sentido, por Dios y por Jesucristo. Porque una universidad no necesita solamente personas que sepan mucho. Necesita también personas que sepan para quién y para qué ponen su conocimiento.

Pero hay algo más profundo en la parábola. Podríamos quedarnos aquí y convertir el Evangelio en una especie de consejo para mejorar nuestro rendimiento: «Esfuérzate más. Trabaja más. Aprovecha tus capacidades». Pero Jesús está hablando de algo mucho más profundo. Porque el problema del tercer servidor de la parábola no es simplemente que haya trabajado poco. Fijaos en sus palabras: «Señor, sé que eres un hombre duro… tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra».

Tuve miedo.

Ese es el verdadero problema: el miedo. Miedo a equivocarse, a no estar a la altura, a fracasar, a perder, a que los demás descubran nuestras limitaciones. Y entonces uno hace algo aparentemente prudente: entierra el talento. También nosotros podemos enterrar talentos por miedo. Y aquí aparece Jesús, que ha venido a decirnos: «No tengáis miedo».

Esta palabra atraviesa todo el Evangelio: no tengáis miedo. No tengáis miedo de preguntar, de amar, de entregar vuestra vida. No tengamos miedo, porque el primer talento que hemos recibido es Cristo.

Cuando escuchamos hablar de talentos, quizá pensamos inmediatamente en nuestras capacidades. Pero para un cristiano hay un don infinitamente mayor. El gran talento que hemos recibido es Jesucristo. Dios no nos ha dado solamente cosas y capacidades personales. Dios se nos ha dado a sí mismo.

Eso es lo extraordinario de nuestra fe. Dios no se ha quedado lejos, enviándonos instrucciones desde el cielo. Ha entrado en nuestra historia. Tiene un rostro, una voz, unas manos, un corazón humano. Es Jesús.

Y ahora podemos comprender de otra manera la parábola. El verdadero don, el verdadero talento, es nuestra incorporación a Cristo por la Palabra y los sacramentos. Por eso la vida cristiana consiste en dejar que Cristo entre en nuestra vida y, desde esa amistad con Él, aprender a entregarnos.

Y esto es precisamente lo que sucede en la Eucaristía.

Por eso estamos aquí. No estamos aquí solamente para poner una nota piadosa en la posterior inauguración solemne de un curso académico. Estamos aquí para celebrar la Eucaristía. Y la Eucaristía es una escuela extraordinaria de lo que significa recibir un don y hacerlo fructificar.

Mirad lo que sucede en el altar. Presentamos pan y vino. Son cosas sencillas: el fruto de la tierra y del trabajo humano; algo que recibimos de la creación y algo que nosotros elaboramos con nuestro trabajo. Y Cristo toma esos dones, los transforma y nos los devuelve convertidos en el don de su propio Cuerpo y de su propia Sangre.

Aquí está el misterio. Dios toma lo que nosotros le ofrecemos y lo convierte en algo nuevo, que nos permite habitar en Él y Él en nosotros. Esto también puede suceder con nuestra vida. Le ofrecemos a Cristo nuestros talentos: nuestra inteligencia, estudio, investigación, proyectos, éxitos y fracasos. Y Cristo puede hacerlos fecundos.

Por eso la Eucaristía no es un paréntesis religioso dentro de la vida universitaria. Es una escuela de vida. Aquí aprendemos que la vida no consiste en guardar, acumular y proteger. La vida alcanza su plenitud cuando se entrega.

Hay una paradoja en el Evangelio. Normalmente pensamos que para conservar algo tenemos que guardarlo. Jesús nos enseña lo contrario: el amor crece cuando se entrega. En la universidad, el profesor entrega lo que sabe; el investigador comparte sus resultados; el estudiante recibe para poder, algún día, entregar también. Y la Iglesia anuncia a Cristo porque ha recibido un don que no puede guardar para sí.

Por eso, la pregunta al comenzar este curso no debería ser únicamente: ¿qué quiero conseguir este año? Podríamos hacernos una pregunta diferente: ¿qué don quiero hacer fructificar?

Nuestra sociedad necesita científicos, profesores y profesionales excelentes. Pero necesita algo más. Necesita personas capaces de utilizar el conocimiento para servir y no para dominar. Quizá este sea uno de los grandes servicios que puede prestar la presencia cristiana en la universidad: recordar que detrás de cada conocimiento hay una persona y que detrás de cada persona hay un misterio que no puede reducirse a ningún algoritmo, ninguna estadística ni ningún expediente.

Al comenzar este curso, no enterréis los talentos. No entierres el don que has recibido. Y, sobre todo, no encierres tu relación con Jesucristo en un rincón de tu vida. Deja que Él entre en aquello que estudias, investigas, enseñas o te preocupa. Él es quien, al final de esta celebración, nos envía de nuevo a la universidad para convertir lo que aquí recibimos en vida entregada al servicio de los demás.

Que el Señor bendiga a la Universidad de Huelva, a quienes la dirigen, a sus profesores e investigadores, a todo su personal y, de manera muy especial, a sus estudiantes. Y que la Santísima Virgen María, nuestra Madre del cielo, que supo recibir el don de Dios y entregarlo al mundo, nos enseñe también a nosotros a no enterrar nunca los talentos que el Señor ha puesto en nuestras manos. Amén.

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