Homilía de nuestro obispo en el 125 aniversario de la Congregación de las Esclavas de la Inmaculada Niña

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

Queridas Esclavas, comunidad de las Puras que nos acogéis, hermanas y hermanos todos.

Hoy no venimos solamente a celebrar una fecha. Venimos a dar gracias por una historia. Una historia fraguada por el sacerdote almeriense Federico Salvador Ramón estrechamente unido a Rosario Arrevillaga Escalada, una joven mexicana con la que impulsó la obra que posteriormente se convertiría en la Congregación de las Esclavas de la Inmaculada Niña, vinculada a la devoción de la Divina Infantita.

El 23 de febrero de 1901 se considera la fecha fundacional de esta obra. Comenzó con unas pocas niñas y jóvenes y posteriormente se convirtió en una congregación dedicada especialmente a la educación y atención de niños y jóvenes.

Ciento veinticinco años son muchos años. Son miles de rostros, generaciones de niñas y jóvenes, comunidades que han nacido y crecido, aulas abiertas, puertas que se han cruzado, manos que han acompañado, lágrimas que se han secado y esperanzas que han vuelto a nacer.Pero, sobre todo, ciento veinticinco años son una historia de Dios.

Porque cuando una obra permanece durante 125 años no es solamente porque haya tenido buenos proyectos, buenas estructuras o personas generosas. Permanece porque, en medio de las dificultades, alguien ha seguido escuchando la voz de Dios y ha tenido el valor de decir: “Aquí estoy”.

Y ahí está María, la Inmaculada Niña. Recordad “Si no os hacéis como niños…” tan unido a la infancia espiritual. Tiene mucho que ver con la primera lectura sobre los sabios del mundo 1Cor 3, 18-23 que acabamos de escuchar Nos recuerda que Dios comienza siempre por lo pequeño. Una familia sencilla, un pueblo pequeño Nazaret, una niña que se fía… o los pescadores del Evangelio Lc  5, 1-11.

En cambio, nosotros vivimos en un mundo que admira lo grande: los números, el éxito, la influencia, el poder, la eficacia, la parafernalia, lo que se ve. Sin embargo, Dios, sigue teniendo debilidad por lo pequeño: Una niña. Un niño. Una casa cueva muy humilde. Un SÍ, pronunciado casi en silencio. Una mujer que guarda las cosas en el corazón.

Quizá ese sea uno de los secretos de estos 125 años: haber aprendido que para Dios no hay vida pequeña cuando se entrega con amor.

Las Esclavas de la Inmaculada Niña nacieron para poner la vida al servicio de la infancia, de la educación, de los más vulnerables, de quienes necesitaban una oportunidad para descubrir que su vida tenía dignidad y futuro.

Y hoy, 125 años después, la pregunta no puede ser solamente: “¿Qué hemos hecho?” La pregunta verdaderamente evangélica es: “¿Para quién estamos aquí?”

Porque una institución cristiana no vive para conservarse. Una congregación no existe para sobrevivir. Una obra educativa no tiene como primera misión mantener sus edificios. Estamos aquí para que alguien pueda descubrir que es amado por Dios. Estamos aquí para que una niña que quizá llega con miedo encuentre una casa. Para que un joven que no confía en sí mismo vuelva a creer que puede. Para que quien se siente solo descubra una comunidad, un hogar. Para que quien ha perdido la esperanza encuentre una puerta abierta. Para que el Evangelio no sea solamente una palabra pronunciada en una iglesia, sino una vida que se hace gesto, escucha, acompañamiento y ternura.

Por eso celebrar 125 años no es mirar atrás con nostalgia. Es mirar hacia adelante con esperanza. Porque el Dios que llamó hace 125 años es el mismo Dios que sigue llamando hoy. Y quizá hoy nos esté diciendo: “Todavía hay mucho por hacer”. Todavía hay niños que necesitan ser escuchados. Todavía hay familias que necesitan acogida. Todavía hay jóvenes que necesitan que alguien crea en ellos antes de que ellos mismos sean capaces de hacerlo. Todavía hay heridas que esperan una mano. Todavía hay corazones que necesitan descubrir que el Evangelio no condena, sino que levanta. Y todavía hay una Iglesia que necesita aprender de María. María no aparece en el Evangelio haciendo grandes discursos. María aparece estando. Y quizá esta sea una de las palabras más necesarias para nuestro tiempo: estar.

Estar con los niños. Estar con los jóvenes. Estar con las familias. Estar con quien sufre. Estar cuando las cosas van bien y, sobre todo, cuando van mal. Porque evangelizar muchas veces no consiste en tener respuestas para todo. Consiste en decirle al otro: “No estás solo. Estoy contigo.” Eso es profundamente mariano. Y eso también explica una palabra que puede resultar difícil de comprender hoy: Esclavas. No se trata de una esclavitud que humilla, sino de la esclavitud del amor.

La libertad cristiana no consiste en preguntarnos: “¿Qué puedo conseguir para mí?” Sino: “¿A quién puedo servir más y mejor?” El que ama de verdad se hace servidor. Jesús lo dijo con claridad: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor”. Y María lo entendió perfectamente.

Por eso, después de 125 años, quizá haya que volver a lo esencial: servir, acompañar, educar, cuidar, escuchar y amar. Sin ruido. Sin necesidad de que todo sea reconocido. Como la semilla que cae en la tierra y desaparece. Como María. Como tantas hermanas y tantos educadores, trabajadores, familias y antiguos alumnos que han entregado parte de su vida para que otros pudieran crecer. Hoy damos gracias por ellos.

Por los que estuvieron y ya no están. Por los que sembraron sin llegar a contemplar la cosecha. Por las hermanas que gastaron sus fuerzas hasta entregar la vida. Por tantos hombres y mujeres que hicieron de su vocación un servicio. Por tantas personas anónimas que quizá nunca aparezcan en una placa conmemorativa, pero que forman parte de esta historia. Porque el Reino de Dios está lleno de nombres que nosotros no conocemos y que Dios nunca olvida.

Y ahora nos toca a nosotros. 125 años no son un punto de llegada. Son una pregunta. ¿Qué quiere Dios hacer con nosotros durante los próximos 125? Quizá no sepamos responder. Pero sí sabemos cómo comenzó todo: con un SÍ. Y todo lo verdaderamente grande en la Iglesia comienza así. Con alguien que dice: “Señor, aquí estoy”.

Por eso, en este aniversario, no pidamos solamente vocaciones, proyectos, recursos o futuro. Pidamos algo más profundo: que nunca perdamos el corazón. Que no perdamos la capacidad de mirar a cada niño como un regalo. Que no dejemos de emocionarnos ante una vida que comienza. Que no nos acostumbremos al dolor de nadie. Que ninguna estadística nos haga olvidar un rostro. Que ninguna dificultad nos haga abandonar a quien más nos necesita. Que ninguna crisis nos robe la esperanza. Y que, cuando dentro de muchos años otros celebren los 150, puedan decir de nosotros: “Ellos recibieron una historia de manos de quienes les precedieron y supieron entregarla más viva de como la recibieron.” Ese será nuestro mejor homenaje.

Como veis, no es un monumento. Ni una placa. Sino una vida entregada y una acción de gracias en torno al altar de la entrega. Porque el amor no pasa nunca. Las demás cosas se deshacen como arena en las manos de la historia. Lo importante es otra cosa. Una niña que descubre que puede soñar. Un joven que vuelve a creer. Una familia que encuentra acogida. Una persona que descubre a Jesús. Eso será la verdadera celebración de estos 125 años. Y entonces podremos decir, con María: “El Señor ha hecho obras grandes en nosotros”.

Porque 125 años después, Dios sigue pasando por esta historia. Sigue llamando. Sigue sembrando. Sigue confiando. Y nosotros solamente tenemos que hacer lo que María hizo aquel día: escuchar, confiar, y decir: “Hágase en mí según tu palabra”.

Gracias en nombre de la diócesis. Que la Inmaculada Niña siga acompañando a las Esclavas y a su obra. Que os enseñe a mirar lo pequeño. Que os enseñe a servir. Que os enseñe a estar. Que os enseñe a cuidar la vida. Y que, después de estos 125 años, podamos seguir caminando con la certeza de que la historia no termina aquí, porque cuando una vida se pone en las manos de Dios, siempre está comenzando de nuevo. ¡Ánimo y adelante!

Almería, 3 de septiembre de 2026

+ Antonio, vuestro obispo

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