Ángela, tras su experiencia misionera en Perú: «Fuimos a evangelizar y he vuelto evangelizada por ellos»

Diócesis de Asidonia-Jerez
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La diócesis de Asidonia-Jerez, conocida también simplemente por diócesis de Jerez, ​ es una jurisdicción de la Iglesia católica de España que comprende el norte de la provincia de Cádiz, tomando como límite y frontera natural el curso del río Guadalete.

Ángela, tras su experiencia misionera en Perú: «Fuimos a evangelizar y he vuelto evangelizada por ellos»

Fotografía: Los jóvenes de la Diócesis y el sacerdote que ha acompañado a Ángela en esta experiencia, siendo ella la situada justo en medio de la imagen.

La joven diocesana comparte su experiencia en Picota, en la Prelatura de Moyobamba, donde ha vivido durante este verano unas semanas de misión junto a otros jóvenes de la Diócesis, el seminaristas, Javier Villanueva y el rector del Seminario, D. Antonio Luis Sánchez.

«Ha sido impresionante». Así comienza Ángela cuando intenta poner palabras a lo vivido este verano en Perú. La joven ha formado parte del grupo diocesano que ha compartido una experiencia misionera principalmente en Picota, en la Prelatura de Moyobamba, acompañado por el seminarista, Javier Villanueva y por D. Antonio Luis Sánchez, rector del Seminario Diocesano.

Ángela prefiere hablar precisamente de una «experiencia misionera». Después de conocer a quienes permanecen allí entregados diariamente a la misión, considera que son ellos quienes verdaderamente merecen el nombre de misioneros. Sin embargo, ese tiempo ha sido suficiente para transformar su propia mirada: «Uno va con la intención de evangelizar, entre otras cosas, y prácticamente es una quien se vuelve completamente evangelizada por ellos».

Una experiencia que define, ante todo, como un «paso del Señor» por su vida y que le ha permitido descubrir una realidad aparentemente contradictoria: «Los que se consideran los más pobres según el mundo son realmente los más ricos».

Una fe profunda con muy pocos medios

Durante la mayor parte de su estancia, el grupo permaneció en Picota. Allí Ángela pudo conocer una realidad marcada por importantes carencias materiales, pero también encontrarse con la profunda fe de quienes sostienen la vida de las pequeñas comunidades cristianas.

Especialmente significativa ha sido para ella la figura de los animadores, laicos de diferentes edades que asumen una responsabilidad fundamental ante las grandes distancias existentes entre las comunidades y la imposibilidad de los sacerdotes de estar presentes habitualmente en todas ellas.

Hombres y mujeres, algunos mayores y otros muy jóvenes, se encargan de mantener viva la comunidad cuando el sacerdote no puede llegar. Celebran la Liturgia de la Palabra, preparan reflexiones y catequesis, acompañan la preparación para recibir los sacramentos y animan los diferentes grupos y realidades de cada lugar.

«Es absolutamente impresionante la labor que hacen teniendo realmente muy pocos recursos», destaca Ángela.

Contemplar su forma de vivir la fe le ha llevado inevitablemente a mirar su propia realidad. Frente a la facilidad con la que aquí se puede acceder a la Eucaristía, la Reconciliación, la adoración o el acompañamiento de un sacerdote, allí ha encontrado comunidades que cuentan con muchas menos posibilidades y que, sin embargo, viven con una fe que la ha interpelado profundamente.

«Es impresionante la fe tan profunda que tienen teniendo tan poco», afirma. Personas que anteponen su servicio a la comunidad a sus estudios, su trabajo, su descanso o las grandes distancias que deben recorrer para participar en la Eucaristía y poder después acompañar a otros.

De ahí surge una de las preguntas que Ángela trae consigo de regreso: «¿Cómo sería mi fe si no tuviera todo lo que tengo a mi alrededor?».

Durante aquellas semanas pudo además escuchar historias personales atravesadas, en muchas ocasiones, por grandes sufrimientos. Frente a ellas, le sorprendió descubrir personas capaces de reconocer la presencia de Dios tanto en las dificultades como en las alegrías y agradecer lo recibido sin instalarse en la queja.

«A Jesucristo no se le pregunta, se le acoge»

Esta realidad alcanzó para Ángela una expresión especialmente intensa durante los últimos días de la experiencia. Ya en Lima, el grupo visitó Sembrando Esperanza, un hogar que acoge a personas cuyas vidas han estado marcadas por la enfermedad, la discapacidad, las adicciones, la violencia, los abusos, la prostitución o diferentes situaciones de exclusión.

Allí compartieron una jornada con las personas acogidas y con quienes las acompañan diariamente, entre ellos el padre José Manuel y la madre Jenny. Hubo tiempo para compartir testimonios, para la alabanza y, especialmente, para celebrar juntos la Eucaristía.

Ángela reconoce este encuentro como uno de los momentos que más profundamente la han marcado. Allí pudo contemplar de manera concreta algo que había ido descubriendo durante toda la misión: «Es el Señor quien reconstruye la vida y quien le da un sentido a cada historia».

Entre los testimonios recibidos destaca especialmente el de la madre Jenny, dedicada a quienes llegan hasta aquel hogar. Al preguntarle por su propia familia, su respuesta quedó grabada en los jóvenes: «Estos son mi marido, mis hijos, mis hermanos». Y explicó después cómo recibe a quien llama a su puerta: «Entiendo que es Jesucristo el que llama y, como Jesucristo, lo recibo. Porque a Jesucristo no se le pregunta, se le acoge».

Para Ángela, aquella casa humilde se convirtió así en una imagen de la Iglesia como madre que acoge y devuelve a cada persona la conciencia de su dignidad como hijo de Dios.

También le sorprendió la fraternidad que encontró dentro del hogar. «Era imposible distinguir quién estaba allí trabajando como voluntario y quién era una persona acogida, porque todos estaban pendientes de todos», recuerda.

«Esa es la experiencia más fuerte que he vivido en todos estos días», asegura. En aquellas personas pudo contemplar cómo historias profundamente heridas pueden comenzar de nuevo: «Dios siempre espera el momento oportuno para reconstruir la vida, para darle un sentido nuevo. Dios hace nuevas todas las cosas».

Una misión que continúa al volver a casa

El regreso también ha llevado a Ángela a descubrir que la misión no termina en Perú. La pobreza espiritual que ha conocido allí le ha hecho mirar de manera diferente su propio entorno y preguntarse por tantas personas que también buscan llenar su vida a través del dinero, el prestigio, la fama u otras realidades que terminan ocupando el lugar de Dios.

Por eso, una de las llamadas que trae consigo es la de anunciar a Jesucristo con mayor claridad y sin miedo. «No tener miedo a anunciar la verdad, porque es lo que nos salva», explica.

Los testimonios conocidos durante estas semanas le han permitido comprobar cómo Dios puede entrar en historias marcadas por el alcohol, las drogas, la violencia o los abusos y reconstruirlas mediante el encuentro con Él y la acogida de la Iglesia. «Los sacramentos, la reconciliación, el perdón… es todo esto lo que de verdad sana la vida, reconstruye la vida y le da sentido».

Ahora esa llamada adquiere para ella nombres y lugares mucho más cercanos: sus estudios, sus amigos y las personas con las que comparte cada jornada. En definitiva, como ella misma lo expresa con sencillez, se trata de seguir anunciando a Cristo «en la maceta donde el Señor me ha plantado».

Ángela reconoce que todavía resulta pronto para comprender todo lo recibido. «Queda muchísimo por masticar», asegura. Será en la vuelta a la vida cotidiana donde considera que muchas de las experiencias, encuentros y testimonios vividos durante estas semanas irán adquiriendo un significado todavía más profundo.

Una experiencia que comenzó con el deseo de llevar el Evangelio a otros y que ha terminado convirtiéndose también en una llamada para su propia vida: marchar para evangelizar y descubrir, al regresar, que ella misma había sido evangelizada.

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