Homilía en la Solemnidad de la Virgen de Candelaria

sábado, 15 de agosto de 2026

Ap 11,19a; 12,1-6a.10ab

Sal 44, 10.12.12.16

1Cor 15, 20-27

Lc 1, 39-56

Queridos hermanos y hermanas:

 

El Evangelio de esta solemnidad de la Asunción de María a los cielos, en la que celebramos a nuestra querida Virgen de Candelaria, patrona general de Canarias, nos invita una vez más a escuchar de los labios de María el cántico del Magnificat, «Proclama mi alma la grandeza del Señor…». Es la expresión del corazón agradecido de María que, sintiéndose pobre y humilde, consciente de sus límites como humana, se siente dichosa por haber sido escogida para ser la Madre del Salvador.

Su pequeñez, la de María, la lleva a reconocer y proclamar la grandeza del que verdaderamente es grande, el Señor, el que ha mirado su humildad y, por eso, con el cántico del Magnificat, María lo quiere magnificar, quiere hacer grande a Dios alabándolo y ensalzándolo, consciente de que es Él, y sólo Él, quien puede realmente transformar la historia haciendo proezas con su brazo: dispersando a los poderosos y dejando vacíos a los ricos, mientras enaltece a los humildes y colma a los hambrientos.

«En un mundo atravesado por tantas maniobras que apuntan a conquistar mercados y espacios de influencia […] nuestro corazón siente la necesidad de descubrir un proyecto diferente, sabio y benévolo, semejante al que María contempla en el Magníficat, cuando proclama que la misericordia de Dios se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen» (MH, 230), ha afirmado León XIV en su primera encíclica Magnifica humanitas.

Es el drama de todos los tiempos al que se enfrenta esta magnífica humanidad creada por Dios. El drama que encuentra su raíz en quienes desde el poder y la riqueza viven lo que el Papa denomina el «síndrome de Babel», que se caracteriza por «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único –incluso digital– capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (MH, 10). En definitiva, la tentación del ser humano de todos los tiempos de construir una sociedad sin Dios movidos por la falsa idea de pensar que Dios resta espacio al ser humano; cuando es, más bien, al revés, Dios da plenitud a la persona, a su vida personal y en sociedad.

En efecto, Dios, más aún el Dios de Jesucristo, es el garante de una sociedad realmente humana en la que se protege la dignidad de cada persona, se promueve la justicia y se hace posible la fraternidad (cf. MH, 1). Por el contrario, cuando eliminamos a Dios, surgen personas e ideologías totalitaristas que se creen dioses, dueños y señores de la humanidad, que se mueven solo por el poder y la riqueza, sin importarle los demás, que se creen por encima del bien y del mal, que promueven guerras, muerte y división, que pierden el horizonte ético en sus vidas y viven en la corrupción, que solo buscan su beneficio propio, sin pensar ni preocuparse por los demás.

Las consecuencias de este modo de actuar las vemos en las noticias de cada día que nos hablan de una cultura del poder que engendra una sociedad del descarte, de la muerte y del odio, y no la anhelada civilización del amor ni una cultura del encuentro.

Los riesgos de una sociedad sin Dios podemos observarlos a lo largo de la historia de la humanidad, pero también hoy, en este siglo XXI, en esta era de la inteligencia artificial, donde se corre el riesgo de no valorar al ser humano por lo que es, sino convertirlo en un número, en un dato de un algoritmo que toma decisiones económicas, políticas o militares buscando lo más beneficioso y eficiente, sin tener en cuenta ni reconocer lo más precioso, que es la persona, un misterio ante el que solo cabe la admiración y contemplación.

Sin embargo, en vez de acoger y proteger al ser humano en las distintas dimensiones de su realización (la familia, el trabajo, la salud, la vivienda, el bienestar…) vemos cómo se va imponiendo en algunos ámbitos de la vida social y política esta nefasta «mentalidad tecnocrática y posthumanista que tiende a considerar a la persona como un objeto manipulable o un recurso para optimizar» donde «lo que importa es la eficiencia, no el respeto a la libertad y a la dignidad humana» (MH, 172).

Pero queridos hermanos míos, «ningún sistema de cálculo por sofisticado que sea –recuerda León XIV en su encíclica, que les invito a leer atentamente–, genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien» (DH, 233). Eso solo lo encontramos en el ser humano, en ti y en mí. En María, que, en su libertad, dijo sí al proyecto de Dios y por eso la felicita Isabel: porque ha creído, sencillamente. En Jesucristo, que entregó libremente su vida por nosotros, por nuestra salvación, sin hacer cálculos, sino desde la generosidad de cumplir la voluntad del Padre con el fin de darnos vida, como nos ha recordado san Pablo en la segunda lectura. Pero no una vida artificial. No una vida virtual. Sino una vida real y plenamente humana –como la que Él vivió–, que tiene como meta la vida eterna, participando de su resurrección, con la que nos abrió un nuevo horizonte de futuro, del que María, asunta a los cielos, participa ya plenamente.

Por eso, alzamos la mirada, con esperanza, hacia ese futuro de salvación. Así lo decía León XIV hace escasamente dos meses en su visita a nuestra Diócesis nivariense: «Desde este puerto, que lleva el nombre de la Santa Cruz, mi pensamiento se extiende al mundo entero y a sus heridas, que hacen sufrir a pueblos enteros. A todos quisiera repetirles el lema de este viaje: “¡Alzad la mirada!” […] ¡Levantemos la mirada como lo hizo María, la Madre de todos los que sufren, y guiados por ella retomemos el camino con esperanza!».

Invitación que hacemos hoy no solo a cuantos sufren en nuestra sociedad canaria a causa de la exclusión social de la que nos hablaba el último informe FOESSA presentado el pasado mes de febrero, sino también a los pueblos hermanos de Venezuela y de Colombia, –afectados seriamente por las desastrosas consecuencias de unos terremotos que han dejado tras de sí tantos muertos, desaparecidos, heridos y damnificados–, a los migrantes, a los que viven continuamente en lugares de guerra, a quienes son víctimas de las injusticias sociales y desigualdades económicas, a los que son víctima de los abusos y de la violencia. Con María de Candelaria alcemos la mirada, también nosotros para no quedar indiferentes ante estas situaciones de dolor, sino que, movidos por una compasión sincera, ofrezcamos nuestra ayuda fraterna a quienes peor lo están pasando.

Queridos hermanos y hermanas tenemos «el deber urgente –nos dice el Papa– de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor» (MH, 15).

Esplendor que nada ni nadie puede eclipsar pues Él es la luz del mundo. Esta hermosa imagen de la Virgen morenita, nuestra patrona, así nos lo recuerda una vez más cuando la contemplamos llevando en un brazo a su Hijo y en la otra mano una candela. Ella, «la mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza», sigue siendo el orgullo de nuestra raza porque en sus purísimas entrañas se encarnó y se hizo hombre el Hijo de Dios asumiendo nuestra magnífica humanidad, haciéndose uno de nosotros, verdadero hombre, sin dejar de ser verdadero Dios.

Que con María, nuestra Madre asunta al cielo, sepamos también nosotros proclamar las grandezas que Dios sigue realizando en la historia y en esta humanidad, y en nuestras vidas. Que sepamos magnificar a este Dios grande en amor que no deja de seguir siendo misericordioso generación tras generación, ¡también con nuestra generación actual! Pero, sobre todo, que con María y como María sepamos vivir en plenitud nuestra condición humana, que Dios ha creado y nos ha dado, sirviendo a los demás, especialmente a los pobres y vulnerables, a quienes con frecuencia no se les reconoce su dignidad.

¡Qué así sea!

 

Eloy A. Santiago Santiago

Obispo de San Cristóbal de La Laguna

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