Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses. Fiesta de la Virgen de los Reyes. Solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Catedral de Sevilla, 15-08-2026. Lecturas: Ap 11, 19a; 12,1-6a. 10ab; Sal 44,11. 12ab. 16; I Cor 15,20-26; Lc 1,39-56.
- Saludos.
- Sevilla se ha despertado muy temprano para encontrarse con su Madre, como cada 15 de agosto. Una multitud de fieles de la ciudad y de devotos peregrinos hemos acompañado a Nuestra Señora de los Reyes en su tradicional procesión. Miles de personas de todas las edades y condiciones: familias, niños llevados de la mano por sus padres, jóvenes, mayores, enfermos, hombres y mujeres que regresan cada año, fieles que la aclaman de viva voz y otros que rezan en silencio. Cada uno expresa a su manera los sentimientos de amor filial que anidan en su corazón. Todos hemos dirigido la mirada hacia la Virgen, y ella, como verdadera Madre, contempla a cada uno de sus hijos.
- La procesión que hemos celebrado es una confesión pública de fe. Sevilla reconoce que tiene una Madre y que esa Madre nos conduce siempre a su Hijo Jesucristo. Al verla recorrer nuestras calles, no contemplamos solamente una imagen venerada, sino el signo visible de una presencia maternal que acompaña la historia cristiana de Sevilla. Ella ha escuchado las oraciones de generaciones enteras, ha recibido lágrimas, promesas y acciones de gracias; ha permanecido en el corazón de esta ciudad en los días de prosperidad y en las horas de sufrimiento. Hoy venimos a decirle de nuevo: Santa María de los Reyes, sigue caminando con nosotros; no permitas que Sevilla se aleje de tu Hijo.
- La mujer vestida de sol, coronada de estrellas, que aparece en el libro del Apocalipsis, lleva en sí la victoria de Dios sobre el pecado y el poder del mal. En ella contemplamos anticipadamente aquello que Dios quiere realizar en nosotros. Ella es signo de esperanza para toda la humanidad. Nos recuerda que la vida humana posee una dignidad sagrada. En María glorificada Dios confirma el valor de la persona entera, cuerpo y alma. Todo ser humano está llamado a la resurrección; todo ser humano merece respeto, cuidado y amor desde su concepción hasta su muerte natural; ningún pobre, enfermo, anciano, migrante o persona herida que hallamos en el camino puede ser tratado como una carga, un número o un material descartable.
- Pero la Virgen que hoy contemplamos elevada al cielo es la misma que, después de la Anunciación, se levanta y se pone en camino. María no convierte el don recibido en cómodo privilegio. Apenas ha acogido al Verbo de Dios, sale de Nazaret y va aprisa a la montaña para servir a Isabel. La llena de gracia se hace servidora. Esta escena resulta especialmente luminosa para nosotros. Quien contempla a María, quien reza ante Nuestra Señora de los Reyes, ha de aprender a levantarse, a salir, a visitar, a acompañar y a servir. La procesión debe continuar cuando la imagen entra de nuevo en la Catedral: debe continuar en nuestros pasos hacia el enfermo, hacia la familia que atraviesa dificultades, hacia el anciano que vive solo, hacia el joven que ha perdido el sentido de la vida, hacia el pobre que pide no sólo ayuda material, sino también escucha, respeto y fraternidad.
- La escucha de la Palabra de Dios y el servicio al hermano son inseparables. Quien no escucha a Dios termina escuchándose únicamente a sí mismo; y quien vive encerrado en sí mismo deja de percibir el clamor del prójimo. Cuando María entra en casa de Zacarías, lleva consigo a Cristo. Su presencia es eficaz porque lleva dentro al Señor. Esta es también la misión de la Iglesia: llevar a Cristo a los hogares, a los barrios, a las instituciones, a la cultura, al trabajo, a las alegrías y a las heridas de nuestro tiempo. Sevilla necesita cristianos que lleven realmente a Cristo dentro; creyentes cuya palabra pacifique, cuya conducta inspire confianza, cuya honradez sea reconocible, cuya caridad no excluya a nadie. Nuestra ciudad conserva un extraordinario patrimonio religioso, histórico y artístico. Hemos de custodiarlo con responsabilidad, pero sabiendo que el patrimonio más precioso es la fe viva del pueblo.
- Después de escuchar la alabanza de Isabel, María entona el Magníficat. Es el canto de una mujer humilde, agradecida y comprometida. Proclama la grandeza del Señor porque ha mirado la humildad de su esclava. Reconoce que el Poderoso ha hecho obras grandes en ella, pero inmediatamente proyecta la mirada hacia la historia: Dios dispersa a los soberbios, derriba a los poderosos de sus tronos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y auxilia a su pueblo. El Magníficat no es un canto de revancha, es el anuncio de la justicia de Dios, y la denuncia del pecado que desfigura las relaciones humanas: la soberbia, la opresión, el hambre, la indiferencia y el abuso de poder. María canta el mundo nuevo que su Hijo ha venido a instaurar, que debe regirse por valores de justicia y de paz, de amor a Dios y al prójimo.
- Como cristianos, todos tenemos el deber de trabajar en la construcción del Reino de Dios en la tierra, cada uno según su vocación y posibilidades de influencia en la vida social. Del mismo modo todas las instituciones están llamadas a trabajar por el bien común. La presencia institucional en esta celebración refleja el arraigo de la devoción a Nuestra Señora de los Reyes en la historia de Sevilla. Gracias por vuestra presencia. Sabemos bien que la autoridad, en todos los ámbitos de la vida, no es un privilegio de poder o dominio, sino un servicio a los demás, orientado a dar vida, a proteger y ayudar a crecer al prójimo, siguiendo el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo. El Santo Padre León XIV pronunció el pasado 8 de junio un memorable discurso ante los miembros del Parlamento español en el que hizo un llamamiento a proteger toda vida humana y a fortalecer el bien común en las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.
- El bien común es el conjunto de condiciones de la vida social con las cuales las personas, las familias y las instituciones pueden lograr con mayor plenitud su propia perfección y finalidad (cf. Gaudium et spes, 26). Pidamos hoy al Señor que nos conceda la gracia de buscar decididamente el bien de las personas en nuestras relaciones con los demás, ya sea en la familia, en el trabajo, con los amigos, en todos los ámbitos y grupos humanos de los que formamos parte; que nos conceda superar los intereses y ambiciones personales, y las tentaciones de manipulación. Pidamos a Dios especialmente que los gobernantes de las naciones pongan al ser humano en el centro de la actividad política y social, defendiendo su dignidad, su libertad y los derechos inalienables de cada individuo. Las personas no pueden ser objeto de intercambio o de comercio, ni pueden ser utilizadas como arma de presión geopolítica.
- Nuestra Señora de los Reyes, Madre y Patrona nuestra: protege a Sevilla y a todos sus habitantes. Custodia a nuestras familias; conforta a los enfermos y a quienes se sienten solos; acompaña a los niños y a los jóvenes; sostén a quienes han perdido el trabajo o atraviesan dificultades económicas; ilumina a quienes ejercen responsabilidades públicas; fortalece a los sacerdotes, consagrados y agentes de pastoral; aviva la fe de nuestras parroquias, comunidades, movimientos y hermandades.
- Reina de la paz, acoge el clamor de las víctimas de las guerras. Llena de consuelo y fortaleza a los afectados por catástrofes naturales, terremotos e incendios. Inspira en los gobernantes decisiones valientes de diálogo y reconciliación. Desarma las manos que empuñan las armas y los corazones que alimentan el odio. Haz de nuestras casas hogares de paz y de nuestra ciudad una casa abierta, justa, fraterna y acogedora. Y cuando termine nuestra peregrinación terrena, llévanos hasta tu Hijo. Que podamos participar contigo en la victoria de Cristo, cantar eternamente el Magníficat de la salvación y contemplar cara a cara al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
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