Mis recuerdos con monseñor Patricio Larrosa y mi felicitación

Diócesis de Guadix
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La diócesis de Guadix es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, erigida en 1492 y, según la tradición, procedente de la diócesis de Acci, fundada por San Torcuato en el siglo I. Su sede es la catedral de Guadix.

Mis recuerdos con monseñor Patricio Larrosa y mi felicitación

José Francisco Serrano, vicario general de la diócesis de Guadix y paisano de monseñor Patricio Larrosa, recuerda los años compartidos con él y lo felicita ante su próxima consagración episcopal como obispo de Danlí, en Honduras

Hay noticias que uno recibe con alegría, pero también con un sentimiento de gratitud. El nombramiento de Patricio Larrosa como obispo de Danlí, en Honduras, es una de ellas. Para la Iglesia es el reconocimiento a una vida entregada al Evangelio. Para quienes somos de Huéneja tiene, además, un significado muy especial. Uno de los nuestros ha sido llamado a una nueva misión. Quienes lo conocemos desde hace tantos años solo podemos dar gracias a Dios.

Uno de los primeros recuerdos que guardo relacionado con Patricio me lleva al verano de 1985. Yo tenía once años. A casa llegó la invitación para asistir a su ordenación sacerdotal, que se celebró en Huéneja el 6 de julio de aquel año. No pude ir porque coincidía con un viaje familiar a la provincia de Córdoba para acompañar a mi abuelo junto a mis tíos. Siempre me quedó la pena de haberme perdido un acontecimiento que llenó de ilusión a todo el pueblo.

Aun así, recuerdo perfectamente el ambiente de aquellos días, la alegría de tener un nuevo sacerdote nacido en Huéneja, la emoción de su familia, la satisfacción de ver que una vocación había madurado entre nosotros… Y recuerdo, sobre todo, una frase de María, su madre, que nunca se me olvidó. Días después, en el mercado comentó con mi madre y con cierta tristeza: «En el Seminario ya no queda nadie de Huéneja». Seguramente no podía imaginar que, apenas tres años después, otro muchacho del pueblo llamaría a la puerta del Seminario Menor. Ese muchacho era yo.

Con el paso del tiempo comprendí que la vida va enlazando historias de una manera que solo después somos capaces de entender. Aquel recuerdo de una ordenación sacerdotal acabó convirtiéndose en una amistad que ha ido creciendo con los años y en una admiración nacida del trato cercano.

En 1997 viajé por primera vez a Honduras siendo seminarista. Fue posible gracias al entonces rector del Seminario, don Julio, y a la generosidad de Mari Carmen Gómez, maestra jubilada que hizo realidad aquella experiencia. Puedo decir que ese viaje dejó una huella en mi vocación. Descubrí otra realidad, otra forma de ser Iglesia y otra manera de anunciar el Evangelio.

Desde entonces he regresado otras cuatro veces. Cada viaje ha sido distinto. Han cambiado los lugares, las circunstancias y las personas, pero siempre había algo que permanecía: Patricio.

Ha sido un anfitrión excepcional. Conoce Honduras, conoce a su gente y conoce sus dificultades. Pero, por encima de todo, sabe mirar a las personas. Con él uno no visitaba pueblos o proyectos. Descubría nombres, historias de sufrimiento, familias que luchaban cada día y también una esperanza sencilla que muchas veces nosotros hemos perdido.

Recuerdo especialmente una frase que me dijo contemplando tanta pobreza: «Nosotros somos ricos. Tenemos casa, hogar, familia, trabajo…». Era una invitación a poner las cosas en su sitio, a reconocer todo lo que recibimos sin apenas darnos cuenta y a comprender que la verdadera riqueza va mucho más allá de lo material.

Quienes hemos seguido de cerca su ministerio sabemos que siempre ha tenido una especial sensibilidad por quienes más lo necesitaban. Los pobres, los enfermos, las familias con dificultades, los jóvenes que buscaban un futuro… Nunca han sido para él un apartado más de la pastoral, sino el lugar donde Cristo lo esperaba cada día.

He visto cómo nacían escuelas, capillas, proyectos educativos y sociales, iniciativas para promocionar a las personas y espacios para los jóvenes. Nunca buscó reconocimiento. Lo movía una convicción muy sencilla: que el Evangelio llegara donde hacía más falta. Incluso la ONG que durante años canalizó muchas ayudas, Colaboración y Esfuerzo, terminó llamándose El Proyecto de Jesús. El cambio de nombre decía mucho de lo que había detrás de todo aquello.

Por eso este nombramiento no nos sorprende a quienes lo conocemos. La Iglesia le pide ahora una responsabilidad nueva, pero quienes han compartido camino con él saben que seguirá siendo el mismo sacerdote cercano, sencillo, trabajador y enamorado de Jesucristo.

Esta vez sí podré estar presente. No pude acompañarlo en su ordenación sacerdotal hace cuarenta y un años. Ahora tendré la alegría de asistir a su consagración episcopal como obispo de Danlí. De alguna manera siento que se cierra un círculo que comenzó siendo un niño de once años, con una invitación que quedó sobre la mesa de casa, y que hoy culmina dando gracias a Dios por la fidelidad de una vida entregada al servicio de los demás.

La Iglesia de Honduras recibe un nuevo obispo. Huéneja contempla con legítimo orgullo a uno de sus hijos. Y quienes hemos tenido la suerte de compartir parte del camino con Patricio solo podemos pedir al Señor que siga sosteniéndolo con la sabiduría, la fortaleza y la humildad con las que ha vivido hasta ahora su ministerio.

Enhorabuena, Patricio. Que el Buen Pastor siga guiando tus pasos y te conceda la gracia de seguir siendo, como lo has sido hasta hoy, un pastor según el corazón de Cristo.

osé Francisco Serrano

Hijo de Huéneja y vicario general de la diócesis de Guadix

Jose Francisco y Patricio 2

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