Cuando pensamos en el verano, solemos imaginar descanso, viajes, tiempo libre o momentos con la familia y los amigos. Después de un curso intenso, es lógico sentir la necesidad de parar. Pero quizá convenga preguntarnos también si nuestra vida espiritual necesita ese descanso que no consiste en alejarnos de Dios, sino precisamente en volver a Él con más calma.
Durante el año vivimos inmersos en horarios, exámenes, trabajo y responsabilidades que llenan cada rincón del día. El verano nos regala algo que escasea el resto del curso: tiempo. Y ese tiempo puede convertirse en una oportunidad para reencontrarnos con nosotros mismos y con el Señor.
Jesús mismo comprendía la necesidad del descanso. Después de la misión de los apóstoles les dijo: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco» (Mc 6,31). No era una invitación a dejar de vivir la misión, sino a recuperar la intimidad con el Padre. También nosotros necesitamos detenernos para escuchar de nuevo su voz.
Existe el riesgo de vivir las vacaciones como un tiempo en el que todo queda suspendido, incluso la vida de fe. Sin embargo, el descanso cristiano nunca ha significado desconectar de Dios, sino descubrir su presencia de un modo nuevo. Como recordaba el papa Francisco, «no podemos tomar vacaciones de Dios». Él sigue caminando con nosotros allí donde estemos.
El verano puede convertirse en un auténtico tiempo de gracia si aprendemos a cuidar aquello que durante el curso suele quedar relegado. Unos minutos de oración al comenzar el día, la lectura pausada del Evangelio, participar en la Eucaristía dominical (e incluso entre semana cuando sea posible) o acercarnos al sacramento de la reconciliación son pequeños gestos que alimentan el alma y dan profundidad a nuestro descanso.
También es un tiempo privilegiado para contemplar. La creación habla constantemente de Dios. El mar, la montaña, un cielo estrellado o un sencillo paseo al atardecer pueden convertirse en espacios donde el corazón recupere el silencio que tantas veces pierde entre el ruido cotidiano. Cuando aprendemos a mirar con ojos creyentes, descubrimos que la naturaleza no solo se contempla: también invita a la alabanza.
El verano ofrece igualmente la posibilidad de caminar. No es casualidad que muchos jóvenes elijan estos meses para realizar una peregrinación, como el Camino de Santiago. Más allá del esfuerzo físico, toda peregrinación recuerda que la vida cristiana es un camino en el que el Señor sale continuamente a nuestro encuentro. Cada paso, cada dificultad y cada conversación compartida nos ayudan a comprender que la fe nunca se vive en solitario.
Pero no hace falta recorrer cientos de kilómetros para ser peregrinos. También podemos caminar interiormente, dejando que Dios sane el cansancio acumulado, fortalezca nuestra esperanza y renueve nuestro deseo de seguirle. A veces, el viaje más importante es el que sucede en el corazón.
Por último, las vacaciones también son una ocasión para vivir con más intensidad la caridad. Compartir tiempo con la familia, escuchar con calma a un amigo, visitar a una persona mayor o colaborar en alguna iniciativa solidaria son maneras sencillas de hacer presente el amor de Cristo. El descanso cristiano nunca nos encierra en nosotros mismos; al contrario, nos dispone para amar mejor.
Al comenzar un nuevo curso llevaremos en la maleta recuerdos, experiencias y fotografías. Ojalá podamos llevar también un corazón más sereno, una fe más madura y una amistad más profunda con el Señor. Porque las mejores vacaciones no son las que más nos alejan de la rutina, sino las que nos ayudan a volver renovados a lo verdaderamente esencial: descubrir que Dios sigue caminando con nosotros en cada etapa del camino.
+ Teodoro León Muñoz
Obispo Auxiliar de Sevilla
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