Hay momentos en los que el ministerio sacerdotal se vuelve especialmente silencioso. No hacen falta grandes discursos ni respuestas fáciles. Basta con estar. Escuchar. Llorar con quien llora. Tender la mano. Rezar.
Los incendios que han golpeado Bédar y Los Gallardos, dejando un dolor inmenso y numerosas víctimas mortales, también pusieron a prueba esa presencia discreta de la Iglesia. Mientras los equipos de emergencia luchaban contra las llamas y cientos de vecinos eran desalojados, los sacerdotes permanecían junto a su gente: llamando uno a uno a sus feligreses, acompañando a las familias, coordinándose con Cáritas y ofreciendo esperanza allí donde parecía que solo quedaban cenizas.
En esta conversación, Víctor Manuel Fernández, párroco de Los Gallardos y Bédar, y José María Parra, párroco de Garrucha —municipio que acogió a muchos de los evacuados—, comparten cómo han vivido estos días desde la fe, el servicio y esa mirada de pastor que nunca abandona a su rebaño.

VICTOR MANUEL FERNÁNDEZ, PÁRROCO DE LOS GALLARDOS Y BÉDAR
«Lo primero que hice fue intentar saber dónde estaban mis feligreses»
¿Cómo recuerda las primeras horas del incendio?
Han sido unos días muy duros. Nunca pensamos que tendríamos que afrontar una tragedia así. Al principio confiábamos en que el incendio pudiera controlarse, pero las circunstancias hicieron que avanzara con una rapidez impresionante. Mi primera preocupación fue localizar a la gente de la parroquia, saber si estaban bien. También retirar del templo los libros sacramentales, la imagen de la Virgen de la Cabeza y el Santísimo. Gracias a Dios el casco urbano de Bédar se salvó, pero muchas barriadas y cortijadas sufrieron gravemente las consecuencias.
¿Cuál fue el momento más difícil?
Sin duda cuando comenzaron a confirmarse las noticias de los fallecidos. Al principio uno no quiere creerlo. Piensas que quizá sea un rumor, una confusión propia del caos de esos momentos. Pero poco a poco la realidad se impone. Ahí el corazón se rompe. También hubo momentos de enorme preocupación por personas mayores que vivían solas y de las que no sabíamos nada. Fueron horas de mucha angustia.
¿Qué significa ser párroco en medio de una tragedia así?
Significa ponerse al servicio para todo. Da igual si es acompañar espiritualmente, preparar un bocadillo, ayudar a evacuar a alguien o simplemente estar disponible. Desde el primer momento ofrecimos toda nuestra colaboración a los ayuntamientos, a Cruz Roja, a los bomberos y también a los sacerdotes de los pueblos vecinos. Lo importante era que nadie se sintiera solo.
Ha estado estos días en numerosos medios de comunicación. ¿Cómo ha vivido esa responsabilidad?
No estoy acostumbrado a esa exposición pública. Soy una persona bastante tímida. Pero entendí que era importante dar voz a lo que estaba viviendo nuestro pueblo y transmitir esperanza. Conforme avanzaban los días el cansancio también hacía mella y la emoción afloraba con más facilidad. Porque uno también es humano.
Desde la fe, ¿dónde estaba Dios en medio de tanto dolor?
Es la pregunta que muchos hacen: «¿Dónde estaba Dios?». Yo creo que Dios estaba en la cruz, sufriendo con quienes sufrían. Pero también estaba en las manos de los bomberos, de los militares, de los sanitarios, de los pilotos, de los policías… y en todas esas personas anónimas que dejaron sus cosas para ayudar a los demás. Ahí estaba Dios actuando.
¿Con qué imagen se queda de estos días?
Con la enorme solidaridad de nuestra gente. Restaurantes cerrando para cocinar para los evacuados, pequeños comercios preparando bocadillos hasta la madrugada, vecinos acogiendo a otros en sus casas. Eso demuestra la grandeza de este pueblo. Ahora llega otro trabajo: reconstruir, acompañar el duelo y seguir ofreciendo esperanza. Porque Bédar volverá a ser ese pueblo precioso que siempre ha sido, aunque nunca olvidaremos a quienes hemos perdido.

JOSÉ MARÍA PARRA, PÁRROCO DE GARRUCHA
«La Iglesia ha sido uno más entre un pueblo que se volcó con los evacuados»
Garrucha acogió a muchas de las personas desalojadas. ¿Cómo respondió la parroquia?
Desde el primer momento la gente de Cáritas y de la parroquia nos pusimos a disposición para ayudar en todo lo que hiciera falta. La Iglesia ha sido uno más entre tantos vecinos que se volcaron con una solidaridad extraordinaria.
¿Qué le impresionó más de la respuesta de la población?
La capacidad de entrega. Muchísimas familias abrieron las puertas de sus casas para acoger a personas desalojadas. También hoteles, comercios y muchísima gente colaboró con un amor y una solidaridad admirables. Fue una respuesta realmente ejemplar.
¿Qué mensaje deja esta tragedia vivido desde la fe?
Es una catástrofe que te deja sin palabras. Solo queda rezar por las víctimas, sostener a sus familias y seguir ayudando a quienes más lo necesitan. La parroquia, junto con Cáritas, seguirá estando disponible para acompañar todo el tiempo que haga falta.
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En medio del humo, del miedo y del desconcierto, estos días han vuelto a recordar una imagen profundamente evangélica: la del pastor que no abandona a su pueblo cuando llegan las horas difíciles.
Mientras las llamas avanzaban, hubo sacerdotes llamando a sus feligreses para saber si estaban vivos, abriendo las puertas de las parroquias, coordinando la ayuda de Cáritas, acompañando a las familias y rezando con quienes habían perdido casi todo.
Porque cuando la tragedia golpea, la Iglesia no siempre tiene respuestas. Pero procura estar. Y, muchas veces, esa presencia silenciosa es ya una forma de esperanza.

