Celebramos en este domingo la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. En Sevilla, como es tradición venerable y arraigada en nuestra tierra, la hemos celebrado solemnemente el pasado jueves, día 4 de junio, con la Eucaristía en la Catedral y la procesión del Corpus por nuestras calles. Hoy, domingo 7 de junio, esta misma solemnidad adquiere un significado especialmente eclesial, pues me encuentro acompañando al Santo Padre León XIV en su visita apostólica a España, que lo lleva a Madrid, Barcelona y Canarias. En Madrid, la Santa Misa en la Plaza de Cibeles y la procesión del Corpus Christi hacen visible, ante España y ante el mundo, que Cristo sigue caminando con su pueblo.
El Corpus Christi nos sitúa en el centro mismo de nuestra fe: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, se queda con nosotros en el Sacramento de la Eucaristía. No se trata de un símbolo vacío o de un simple recuerdo piadoso. Es presencia real, viva y eficaz del Señor, que se nos da como Pan de vida para sostenernos en el camino, fortalecer nuestra esperanza y convertirnos en testigos de su amor. La Eucaristía es el sacramento de la caridad. En ella contemplamos al Señor que se parte y se reparte por la vida del mundo. Por eso, quien comulga el Cuerpo de Cristo no puede vivir encerrado en sí mismo, ni permanecer indiferente ante el sufrimiento de los hermanos. San Juan Pablo II recordaba que la Eucaristía “crea comunión y educa a la comunión” (Ecclesia de Eucharistia, n. 40). Y el Concilio Vaticano II enseña que la Eucaristía es “fuente y culmen de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, n. 11). De esa fuente nace la misión, la fraternidad, el servicio y la caridad concreta.
Por eso, en el día del Corpus celebramos también el Día de la Caridad. El lema de la campaña de este año, “Elige amar. Elige comunidad”, nos recuerda que la vida cristiana no se reduce a buenas intenciones. Amar es una elección diaria. Elegir comunidad es salir del aislamiento, superar la indiferencia, tender puentes, compartir el pan, acompañar al que sufre y reconocer en cada persona la dignidad de hijo de Dios. El Papa León XIV, en su exhortación Dilexi te, nos recuerda con fuerza que no estamos “en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación”, porque “el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia” (n. 5). Son palabras que iluminan profundamente esta solemnidad. El mismo Cristo que adoramos en la custodia es el que sale a nuestro encuentro en el pobre, en el enfermo, en el anciano solo, en el migrante, en el descartado, en quien ha perdido la esperanza.
La procesión del Corpus no es un desfile religioso ni una tradición meramente cultural. Es una confesión pública de fe. Es Cristo que bendice nuestras calles, nuestras familias, nuestros trabajos, nuestras heridas y nuestras esperanzas. Pero también es una llamada: si Cristo sale a la calle, la Iglesia no puede quedarse encerrada. Si Cristo se hace Pan partido, también nosotros hemos de hacernos pan compartido. San Juan Crisóstomo lo expresó con palabras severas y luminosas: “¿Quieres honrar el Cuerpo de Cristo? No permitas que sea despreciado en sus miembros, es decir, en los pobres” (Homilías sobre Mateo, 50,3). No hay verdadero culto eucarístico sin caridad. No hay adoración auténtica si cerramos los ojos ante el hambre, la soledad o la injusticia. No hay comunión plena con Cristo si vivimos de espaldas a los hermanos.
Queridos diocesanos: en este día os invito a renovar vuestra fe eucarística. Volvamos al Sagrario. Participemos con fidelidad en la Santa Misa dominical. Adoremos al Señor con gratitud y reverencia. Pero, al mismo tiempo, dejemos que la Eucaristía transforme nuestra vida. Que nuestras parroquias, comunidades, hermandades, movimientos y familias sean hogares de comunión, escuelas de fraternidad y talleres de caridad. Elige amar. Elige comunidad. Elige a Cristo. Porque quien elige a Cristo no pierde nada; lo encuentra todo. Él es el Pan vivo bajado del cielo, el que sacia el hambre más profunda del corazón humano y nos envía a ser testigos de su amor en medio del mundo. Que María Santísima, mujer eucarística y Madre de la Iglesia, nos enseñe a recibir a Cristo con fe, a adorarlo con humildad y a servirlo en los hermanos con alegría.
+José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

