En la Biblioteca del Arzobispado de Sevilla se conservan aproximadamente 200 libros que pertenecieron a Joaquín Gómez de la Cortina, primer marqués de Morante y uno de los grandes bibliófilos españoles del siglo XIX. Nacido en México en 1808, fue diplomático, erudito y miembro activo de la vida intelectual española. Pero, sobre todo, fue un apasionado coleccionista de libros.
A lo largo de su vida reunió una biblioteca extraordinaria, formada por decenas de miles de volúmenes cuidadosamente seleccionados. Tras su muerte, aquella gran biblioteca privada se dispersó, y hoy sus libros se conservan repartidos entre distintas instituciones y colecciones.
Para Gómez de la Cortina, los libros no eran solo textos que leer: eran también objetos culturales y artísticos. Por eso prestó una atención especial a sus encuadernaciones. Muchas fueron realizadas en prestigiosos talleres europeos, especialmente franceses, y se caracterizan por el uso de piel de gran calidad, a veces teñida en tonos sobrios, elaborados dorados y una decoración muy cuidada. En el siglo XIX, este tipo de encuadernaciones reflejaban el gusto refinado del coleccionista y su voluntad de crear una biblioteca distinguida.
Uno de los rasgos más reconocibles de estos ejemplares es el superlibris, o supralibros, es decir, la marca de propiedad estampada en la cubierta del libro, normalmente en oro. En los libros del marqués de Morante aparece con frecuencia su escudo heráldico. No era solo un elemento decorativo, sino que funcionaba como una auténtica firma visual que identificaba el libro como parte de su biblioteca.
Al abrir el volumen encontramos otro elemento característico, el exlibris, que se coloca normalmente en el interior del libro, en forma de estampa o etiqueta. El nombre del propietario aparece acompañado de símbolos o lemas que reflejan su identidad intelectual.
En muchos de los libros de Gómez de la Cortina aparece la fórmula latina “J. Gómez de la Cortina et amicorum”, es decir, “de Joaquín Gómez de la Cortina y de sus amigos”. Con esta expresión seguía una tradición humanista que concebía la biblioteca como un espacio de lectura y estudio compartido.
Junto a ella encontramos también su divisa personal: “Fallitur hora legendo”, que podría traducirse como “la hora pasa sin sentir mientras leemos”, una frase que resumen bien el espíritu de un gran bibliófilo.
Cada uno de estos libros es mucho más que un texto antiguo, es también la huella de un lector, de un coleccionista y de una historia que continúa hoy en la Biblioteca del Arzobispado de Sevilla.
Virtudes de la Riva Pérez
Técnico Superior de Bibliotecas Capitular Colombina y Arzobispal de Sevilla
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