
La solemnidad de Pentecostés constituye la culminación del tiempo pascual. Lo que comenzó con la resurrección del Señor llega ahora a su plenitud con el don del Espíritu Santo
El acontecimiento de Pentecostés marca el nacimiento de la Iglesia y su manifestación pública. La Iglesia nace una y universal, con una identidad precisa, pero abierta. Es una Iglesia que abraza al mundo, que sale al encuentro. De ahí, el lema de este año de la Conferencia Episcopal, en la Jornada del Apostolado Seglar y la Acción Católica: “Pueblo de Dios, que sale al encuentro”.
Sería bueno recordar la Iglesia que nos “dibujó” el Concilio Vaticano II, con sus cinco “destellos” bien definidos.
-Primero, una Iglesia en busca de autenticidad, sensible a los signos de los tiempos, a las necesidades del género humano, a sus inquietudes, a sus vibraciones culturales.
-Segundo, una Iglesia “sacramento de salvación y de esperanza”, una Iglesia «esposa y madre», «enamorada», «samaritana».
-Tercero, una Iglesia reconciliada y reconciliadora, una Iglesia santa y necesitada de purificación constante.
-Cuarto, una Iglesia ilusionada, sin ser ilusa; vibrante, sin estridencias; entusiasmada, sin perder realismo.
-Quinto, una Iglesia, Pueblo de Dios, frente al clericalismo; una Iglesia misionera, de experiencia humana, plural, de participación”.
¡Pentecostés, onomástica de la Iglesia! ¡Felicitémonos con el mejor abrazo!
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