Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses en la Santa Misa de Acción de Gracias, en el II Centenario de la Fundación de las Carmelitas de la Caridad (Vedrunas). Catedral de Sevilla, 26 de febrero de 2026
- Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Sacerdotes concelebrantes, Hermanas Carmelitas de la Caridad, comunidad educativa, alumnos, padres y madres. Celebramos hoy, en esta Santa Iglesia Catedral, una Eucaristía de acción de gracias con ocasión del Bicentenario de la Fundación de la Congregación de las Hermanas Carmelitas de la Caridad Vedruna (1826-2026). Lo hacemos en la fecha misma que la familia Vedruna señala como inicio de este tiempo jubilar, con su lema: “Amor generoso, misión que inspira”.
- Damos gracias a Dios por la historia fecunda de estos dos siglos: una historia de vida consagrada, de caridad concreta, de educación cristiana y de cuidado de los más frágiles, nacida del corazón creyente de Santa Joaquina de Vedruna, y mantenida con fidelidad creativa en tantos lugares y generaciones. El Bicentenario, como recuerdan las propias “Vedrunas”, es oportunidad para “hacer memoria agradecida, renovar la vida espiritual y comunitaria, y proyectar el carisma… hacia las nuevas generaciones”. Nos acompañan, de modo especial, miembros de la comunidad educativa de los tres colegios Vedruna de Sevilla —Nervión (Santa Joaquina), Pozo (Sagrada Familia) y San Cayetano—, signo visible de una misión compartida que educa la inteligencia y el corazón, y que siembra esperanza en nuestra sociedad.
- La Palabra de Dios que hemos escuchado ilumina admirablemente esta celebración. La primera lectura, tomada de la Primera Carta de san Juan, nos habla del amor como señal de la vida nueva. No un amor de palabra, sino el amor que se hace obra, presencia, entrega: “Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras” (1 Jn 3,18). Y aquí está la clave de todo carisma auténtico en la Iglesia: nace del Evangelio y desemboca en obras. No hay fe verdadera que no se traduzca en caridad; y no hay caridad cristiana que no brote de la fe y de la oración.
- Por eso, al celebrar doscientos años de la Congregación, no conmemoramos solo una fecha o una institución; celebramos una gracia de Dios concedida a la Iglesia: un modo concreto de vivir el Evangelio, un camino de santidad y de servicio. El Concilio Vaticano II lo recuerda al hablar de la vida consagrada, exhortando a los institutos a conservar su índole propia y a adaptar sus obras a las necesidades actuales (cf. Perfectae caritatis, 20). Este Bicentenario, por tanto, no mira solo hacia atrás. Es también una pregunta para hoy: ¿cómo amar “de verdad y con obras” en nuestro tiempo? ¿Cómo educar, cuidar y liberar —como dice la familia Vedruna— en un mundo cambiante?
- El salmo responsorial nos ha hecho cantar: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22). En este salmo aparece el rostro de Dios como pastor que guía, acompaña, alimenta y defiende. Y esta imagen es muy adecuada para hablar a una comunidad educativa: porque educar es una forma de pastoreo; es cuidar la vida que Dios confía a nuestras manos. Queridos profesores: vuestra vocación es grande. No sois meros transmisores de contenidos. Sois testigos y acompañantes. Los niños y jóvenes necesitan ciencia, sí; pero necesitan, sobre todo, sentido, criterio, fortaleza interior, virtudes. En un tiempo de prisas, pantallas y dispersión, la escuela católica está llamada a ser una casa donde se aprende a pensar, a convivir y a mirar la vida con esperanza.
- Pero la educación, para ser plena, debe abrirse a toda la verdad sobre el hombre. Por eso la Iglesia, al educar, no impone; propone, acompaña y sirve. Educar es, en el fondo, una obra de amor. Y el Papa León XIV ha subrayado recientemente esta dimensión, recordando que la familia es la primera escuela de humanidad y que la comunidad eclesial debe sostener entornos donde fe y cultura dialoguen respetando la dignidad de todos (LEÓN XIV, Diseñar nuevos mapas de esperanza, 4.1).
- El Evangelio nos pone ante una escena muy realista: los discípulos discuten quién es el más importante. Y Jesús, con paciencia divina, les da una lección definitiva: la grandeza cristiana es el servicio. “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). Después coloca a un niño en medio: el pequeño, el que no cuenta, el que depende de otros. Y afirma: “El que acoge a un niño como este en mi nombre, a mí me acoge” (Mc 9,37). Aquí tenemos un programa completo para la vida consagrada y para la educación católica: No educando para la vanidad, sino para el servicio; no ejerciendo la autoridad como dominio, sino como cuidado; no midiendo el éxito por el aplauso, sino por el bien real que hacemos al más débil.
- Qué actual es esta palabra. Hoy, muchas veces, el mundo empuja a competir, a sobresalir, a “ser alguien” a cualquier precio. Y la cultura del descarte amenaza con dejar atrás al pequeño, al enfermo, al pobre, al que aprende más lento, al que no encaja. Frente a esto, la Iglesia proclama que cada persona tiene un valor infinito, porque es amada por Dios. El Papa Francisco lo expresó de manera sencilla y directa: “Nadie puede pelear la vida aisladamente… Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante” (Fratelli tutti, 8). Eso es una escuela cristiana: una comunidad donde nadie camina solo.
- La familia Vedruna sintetiza su misión en tres verbos: educar, cuidar y liberar, porque el amor cristiano no es sentimentalismo, es caridad encarnada. Educar, para abrir caminos de verdad y de libertad interior; cuidar, para sanar heridas y sostener vidas frágiles; liberar, para romper cadenas de injusticia, ignorancia y desesperanza. En este horizonte, la presencia de las Vedrunas en la educación no es un añadido opcional: forma parte de su identidad. La propia Fundación Vedruna recuerda que Santa Joaquina, consciente de la urgencia educativa, fundó la Congregación con el fin de llevar la educación cristiana allí donde más se necesitaba.
- Una palabra para los alumnos, niños y jóvenes: el colegio no es solo un lugar para aprobar y pasar de curso. Es un lugar para aprender a vivir. Aprovechad estos años, dejad que os formen, no tengáis miedo de la exigencia, no os conforméis con lo fácil. La fe no os quita nada: os lo da todo, porque os pone delante a Jesucristo, que es la Verdad que no engaña, la Amistad que no traiciona, el Camino que no se pierde. Una palabra a los padres y madres: sois los primeros educadores. Acompañad a vuestros hijos, hablad con ellos, rezad con ellos. Cread un clima de hogar donde se aprenda a pedir perdón, a agradecer, a ayudar. Vuestra presencia vale más que mil discursos. Y a vosotros, profesores y educadores: vuestra tarea tiene algo de sagrado, porque toca el misterio de una persona en crecimiento. No os canséis de sembrar, aunque a veces no veáis el fruto inmediato. Pero Dios ve el corazón y bendice la fidelidad.
- Al celebrar el Bicentenario, damos gracias, sí, y también renovamos un compromiso: Renovamos la caridad, para que no sea un eslogan, sino una forma de vida; y renovamos la misión, porque la Iglesia no vive para sí misma. Como recordaba san Pablo VI: “La Iglesia existe para evangelizar” (Evangelii nuntiandi, 14). Y evangelizar, en una escuela, es educar con el estilo de Cristo: con verdad, paciencia, misericordia y exigencia. En este día, pidamos al Señor por la Congregación: por las hermanas mayores, que han gastado su vida; por las jóvenes en formación; por las vocaciones que Dios quiera suscitar; por los laicos que comparten la misión; por cada aula y cada familia.
- Que María Santísima, Madre del Carmen, os cubra con su manto; y que Santa Joaquina de Vedruna interceda por vosotros. Que este Bicentenario sea —como deseáis— memoria agradecida, renovación espiritual y envío misionero, para que Sevilla y el mundo sigan encontrando en la familia Vedruna un signo humilde y luminoso de ese “amor generoso” que nace de Dios y transforma la historia. Así sea.
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