Inicio Blog

El obispo de Huelva llama a «avivar la esperanza» en la fiesta de la Virgen de la Cinta

0
El obispo de Huelva llama a «avivar la esperanza» en la fiesta de la Virgen de la Cinta

El obispo de Huelva llama a «avivar la esperanza» en la fiesta de la Virgen de la Cinta

En su homilía, el prelado ha invitado a la sociedad onubense a acudir a la Virgen de la Cinta en un año marcado por el dolor y la tragedia. «Huelva ha llorado», ha afirmado, recordando especialmente el accidente ferroviario de Adamuz, en el que fallecieron 46 personas, 28 de ellas onubenses; la muerte en acto de servicio de los guardias civiles Germán y Jerónimo en la lucha contra el narcotráfico; y los incendios que han afectado gravemente a la provincia.

Ante estas circunstancias, el obispo ha subrayado que la celebración de la Virgen de la Cinta constituye una ocasión para «avivar y proclamar algo que el dolor no puede destruir: la esperanza cristiana».

Durante la homilía, ha presentado a María como «la mujer de la esperanza» y ha destacado el significado de la Cinta como símbolo de unión y fortaleza: «Asirnos a María para llegar a Cristo», ha señalado, recordando que la Virgen siempre conduce a Jesús.

El obispo ha pedido también una Huelva «con corazón»: una sociedad que no se rinda ante las dificultades, que sepa levantarse sin olvidar a quienes han quedado atrás, que mire al futuro sin perder sus raíces y que progrese «sin perder el alma».

Finalmente, ha invocado a la Virgen de la Cinta como «Estrella del Mar» y ha confiado a su protección a toda la ciudad: «Huelva que ha llorado, Huelva que ha sufrido, Huelva que ha visto la ceniza, Huelva que, sin embargo, quiere seguir esperando».

La celebración ha concluido con una oración a la patrona: «Virgen de la Cinta, ruega por nosotros. Estrella del Mar, guíanos. Madre de la esperanza, sostennos. Y llévanos siempre a Jesús». Además, la Hermandad ha hecho lectura de la agregación del Santuario de Ntra. Sra. de la Cinta a la Basílica Papal de Santa María la Mayor en Roma.

Asímismo, este lunes 7 de septiembre, presidió la procesión solemne de la Virgen de la Cinta por las céntricas calles de la capital onubense.

Homilía íntegra del Obispo de Huelva

A continuación, se ofrece íntegramente la homilía pronunciada por el Obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra

HUELVA LLORÓ. ASIR TU CINTA,

PARA AVIVAR NUESTRA ESPERANZA

Devotos de la Virgen de la Cinta, hermanos y hermanas amados por el Señor:

Hoy Huelva está de fiesta.

Pero no es una fiesta cualquiera. Es la fiesta de la Madre.

Y una ciudad, cuando viene a su Madre, trae consigo todo lo que lleva dentro: sus alegrías y sus preocupaciones, sus proyectos y sus fracasos, sus familias y sus soledades, sus heridas y sus esperanzas.

Por eso, en esta fiesta de la Natividad de la Virgen María, podemos hacer nuestra, con toda verdad, la oración que hemos repetido durante la Novena:

«¡Madre mía de la Cinta! Interceded por esta ciudad y por vuestros especiales hijos».

Hoy queremos pedirte, Madre, que mires a Huelva.

Mírala con esos ojos tuyos llenos de dulzura y misericordia. Huelva necesita una mirada así. Una mirada que consuele, que acompañe y que devuelva la esperanza.

Porque este año nuestra ciudad y nuestra provincia han conocido demasiado de cerca el dolor.

Todavía llevamos en el corazón la tragedia de Adamuz, donde cuarenta y seis personas perdieron la vida, veintiocho de ellas onubenses.

Y Huelva lloró.

Después lloramos a los dos guardias civiles muertos en acto de servicio mientras luchaban contra el narcotráfico en nuestro litoral: Germán y Jerónimo.

A este dolor se une la preocupación por el crecimiento del narcotráfico, por la violencia que genera, por quienes sufren sus consecuencias y por tantos servidores públicos que necesitan medios, respaldo y protección para poder cumplir con seguridad la misión que la sociedad les ha confiado.

Y detrás de cada una de las víctimas están sus familias. Familias que siguen sufriendo, que están aprendiendo a vivir con la ausencia de quienes amaban, que necesitan ser acompañadas y que esperan que se esclarezca la verdad de lo ocurrido y que se repare con justicia las consecuencias del daño que han recibido.

Y después llegó el fuego.

Nuestra tierra quedó marcada por las llamas. Miles de hectáreas fueron calcinadas. Huelva volvió a contemplar paisajes desolados y durante días respiró el humo del incendio.

Sí, hermanos: si tenemos memoria, si somos solidarios y si mantenemos un corazón compasivo, podemos decir que sobre Huelva pesa este año una losa invisible de dolor y de ceniza.

Pero esta mañana estamos aquí precisamente para proclamar y avivar algo que el dolor no puede destruir:

la esperanza cristiana.

Las lecturas que hemos escuchado nos sitúan en el corazón de la fiesta de la Natividad de María.

En la primera lectura, el profeta Miqueas anuncia el nacimiento del Mesías. Procederá de Belén, la ciudad de David, y, sin embargo, su grandeza desbordará los límites de Israel: «su poder se extenderá hasta los confines de la tierra» (cf. Miq 5, 1-4).

La Palabra de Dios nos recuerda así que el nacimiento de María está relacionado con el nacimiento de su Hijo. La historia de María está orientada hacia Cristo.

También el Evangelio de san Mateo nos ha presentado hoy el nacimiento de Jesús. Y antes de narrarlo nos ofrece su genealogía, que culmina con unas palabras llenas de significado:

«Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1, 16).

La continuidad y la novedad aparecen aquí juntas.

Jesús tiene una historia. Tiene antepasados. Pertenece a un pueblo. Entra en una familia humana. Pero el evangelista introduce una novedad decisiva: no dice que José de María engendró a Jesús, sino que Jesús nació de María.

Así entra Dios mismo en nuestra historia.

Por eso nuestra esperanza tiene un nombre: Jesucristo.

Y María, precisamente por eso, es para nosotros la mujer de la esperanza.

Ella nos enseña que la esperanza cristiana no consiste en pensar que todo saldrá necesariamente como nosotros queremos. No significa que desaparecerán las dificultades ni que la vida quedará libre de sufrimiento.

La esperanza cristiana significa algo más profundo:

Saber que Dios está con nosotros, que no nos abandona en nuestras heridas y que su amor tiene la última palabra: un amor más fuerte que nuestro dolor y que incluso la misma muerte.

¡Qué imagen tan hermosa tiene Huelva en su Virgen de la Cinta!

Una cinta sirve para unir, para ceñir, para sostener.

Y eso queremos hacer hoy: asirnos a María para llegar a Cristo, porque María siempre nos conduce a Jesús. Ella nos ofrece a su divino Hijo, al Niño de las Sandalias, al que es Camino, Verdad y Vida.

María nos dice hoy lo mismo que dijo en Caná:

«Haced lo que Él os diga».

Asirnos a la Cinta significa, por tanto, dejar que nuestra vida quede ceñida por el Evangelio.

Significa volver a Cristo.

Significa dejar que su Palabra oriente nuestras decisiones, nuestras familias, nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestra convivencia.

Porque Cristo nos enseña a vivir en el amor, que es la verdad más profunda de Dios y también de toda persona humana, creada a su imagen y semejanza.

Vivir en el amor significa aprender a vivir en la verdad y en la justicia.

Significa defender la vida, respetar la dignidad de cada persona, cuidar de los más pobres y vulnerables, trabajar por la fraternidad, actuar con honestidad, servir al bien común y estar dispuestos, cuando sea necesario, a posponer nuestros propios intereses por el bien de los demás.

Huelva no está sola. Nosotros no estamos solos. María está con nosotros.

Desde antiguo la Iglesia invoca a María como Stella Maris, Estrella del Mar.

¡Qué hermoso que una ciudad como Huelva, abierta al mar, pueda reconocer a María como su Estrella!

Cuando la noche es larga y el mar se vuelve oscuro, el navegante busca una luz. Busca una estrella que le indique el rumbo. Busca una señal que le permita orientarse y llegar a puerto.

Esa estrella es María para los cristianos.

La Virgen de la Cinta no elimina la noche, pero nos ayuda a orientarnos en ella.

No evita la cruz, pero permanece junto a nosotros al pie de la cruz.

No nos promete una vida sin lágrimas, pero nos enseña a llorar sin perder la esperanza.

Ella sabe lo que significa esperar cuando todavía no se ve la luz.

Por eso puede enseñarnos a esperar.

Queridos hermanos:

Hoy venimos a la Virgen de la Cinta para pedirle que nos acompañe.

No le pedimos una Huelva sin problemas.

Le pedimos una Huelva con un corazón cristiano.

Una Huelva que no se rinda ante las dificultades.

Que sepa levantarse sin olvidar a quienes han quedado atrás, las víctimas.

Que sepa mirar al futuro sin perder sus raíces.

Que sepa progresar sin perder el alma.

Que sepa defender la vida y la dignidad de todos.

Que sepa vivir la solidaridad como una verdadera forma de fraternidad.

Y que sepa caminar sin dejar de esperar.

Por eso, hermanos, agarrémonos a la Cinta.

Agarrémonos a María y, por Ella, a Cristo.

Porque la Cinta no es una cuerda que nos ata.

Es el vínculo que nos sostiene.

Es la memoria de una Madre.

Es la señal de que no estamos solos.

Es, para Huelva, una llamada a permanecer unidos y a caminar juntos hacia Cristo, nuestra esperanza.

Reina del Conquero, hoy, Huelva vuelve a ponerse bajo tu manto.

Huelva que ha llorado.
que ha sufrido.
que ha visto la ceniza.
Y que, sin embargo, quiere seguir esperando.

Y nosotros te pedimos una vez más:

Virgen de la Cinta, ruega por nosotros.

Estrella del Mar, guíanos.

Madre de la esperanza, sostennos.

Y llévanos siempre a Jesús,
que vive y reina, inmortal y glorioso,
por los siglos de los siglos.

Amén.

La entrada El obispo de Huelva llama a «avivar la esperanza» en la fiesta de la Virgen de la Cinta se publicó primero en Diócesis de Huelva.

Ver este artículo en la web de la diócesis

“Amamos con el amor de Cristo”

0

Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en el XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, en la S.A.I Catedral, en el primer día de celebraciones litúrgicas tras el cierre temporal a causa de los terremotos.

Queridos hermanos, sacerdotes concelebrantes;
queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Estamos de nuevo en nuestra Catedral. Y estamos reunidos, como nos dice Jesús, “donde dos o tres están reunidos en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos”. Con lo cual cobra realidad esas palabras que hemos escuchado en el Evangelio, donde el Señor nos invita, precisamente, a ese sentido de fraternidad; a ese sentido y qué mejor reunión que la reunión eucarística, la Eucaristía, donde celebramos el memorial del Señor muerto y Resucitado.

Él está en medio de nosotros. Ese saludo litúrgico del Señor –“esté con nosotros”-, claro que está con nosotros. Está en la Eucaristía, que es Su cuerpo y Su sangre, está en la Palabra de Dios que hemos escuchado y está en el encuentro con los hermanos.

Y precisamente, ese encuentro con los hermanos, expresión del amor fraterno, es inseparable del amor de Dios y es esencial en el Evangelio. Por eso nos ha dicho San Pablo en la Carta a los Romanos, que ahí se resume precisamente la ley entera, el amor a Dios y en el amor al prójimo. Y esto lo deja muy claro Jesús en el Evangelio, a propósito de preguntas puestas precisamente para manifestar esta enseñanza por parte de nuestro Divino Maestro. ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley? Y Jesús responde que es el amor a Dios y el amor al prójimo. Y cuando aquel doctor de la Ley le pregunte ‘¿quién es mi prójimo?’, Jesús sale con la parábola del buen samaritano; y le pregunta ‘¿quién te parece a ti que fue prójimo?’. Y dice ‘el que practicó misericordia’.

Luego, queridos hermanos, con el asunto del amor no podemos jugar en la vida cristiana. Es fundamental, es la ley suprema. Lo decíamos en el Catecismo: estos diez Mandamientos se encierran en dos: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. No se trata de un amor desencarnado que excluya a los demás. Nos dice el evangelista San Juan en su primera carta “quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo va a amar a Dios a quien no ve, si no ama a su hermano a quien ve?”. Luego, son inseparables. Tampoco podemos tener un amor de pura ONG, sino que lo hacemos porque vemos a Jesús en los demás. Con el amor de Dios que, como nos dice también San Pablo en la Carta a los Romanos, se nos ha dado el Espíritu Santo. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”.

Luego, amamos con el amor de Cristo. Por eso, el mandamiento nuevo de Jesús es que “os améis los unos a los otros como Yo os he amado”. Es ahí, precisamente, donde está el secreto. Y ese amor de Jesús no tiene exclusiones. Ese amor de Jesús abraza a todos. Ese amor de Jesús nos hace verla y un día nos examinará Dios precisamente de ese amor. Y es lo que en definitiva vale en la vida. Ese es nuestro activo. Es nuestro ahorro para la eternidad. Aparte de hacernos felices, solo quien ama es feliz y quien se siente amado. Pero, sobre todo, quien ama es feliz, porque el ser humano está hecho para amar. Es más, está hecho para Dios. Y Dios -nos dice también san Juan Evangelista en su Primera Carta- es Amor. Y el credo fundamental cristiano es precisamente ese. “Nosotros hemos conocido -dice Juan- el amor de Dios y hemos creído en él”. Luego, ahí está el credo fundamental cristiano.

Queridos hermanos, esto es lo que hoy nos trae la Palabra de Dios que, por otra parte, es archiconocido. No os digo nada nuevo. Luego tenemos que ir desgranando ese amor de Dios en obras concretas. San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, en el llamado himno de la caridad, que suelen escoger los novios para las bodas, pero no es una lectura para las bodas, es una lectura para todo cristiano, cuando dice San Pablo que “os voy a mostrar un camino mejor, ya pudiera yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor de nada me sirve. Ya podía entregar mi cuerpo al fuego. Ya podía dar todo lo que tengo en limosna, si no tengo amor, no soy nada”, no sirve. Y San Pablo, después, desgrana lo que es el amor cristiano; “en obras, son amores y no buenas razones”, decimos en el refranero. El amor es comprensivo, el amor es servicial, el amor no es envidioso, no tiene envidia, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, disculpa sin límites, crees sin límites, esperas sin límites, es el amor hasta el extremo. Y ahí puedes hacer el tonto. Pues, humanamente visto, muchas veces sí. Pero el Señor a los cristianos nos pide más. Nos pide más. Nos pide que incluso cuando vamos a presentar nuestra ofrenda ante el altar nuestro hermano tiene algo contra nosotros vayamos a reconciliarnos con nuestro hermano.

Luego, no vale la simple lógica humana en nuestras relaciones con Dios y con los demás. “Sabéis que se dijo, pero yo os digo”, “no así entre vosotros”. El Señor nos pide mucho más a los cristianos. Pero, claro, con nuestras fuerzas, queridos amigos, no podemos.

Necesitamos la ayuda del Señor, sus sacramentos. Necesitamos la fuerza de la Eucaristía. Necesitamos el perdón de Dios, porque muchas veces no estamos a la altura de lo que Dios nos pide. Necesitamos la ayuda de los demás y aquí es donde quiero llegar también, en el comentario de la Palabra de Dios este domingo. Porque nos habla de algo que forma parte de las obras de misericordia, esas que aprendimos en el Catecismo, si las recordáis o ya se pierden en la noche de los tiempos; las obras que son corporales y espirituales: enseñar al que hierra, decíamos de pequeños en el Catecismo. Y entonces, son la corrección fraterna, ayudar a los demás, corregir, ver si uno ha caído en aquello que está viendo que fallan los demás, examinarse e ir con cariño y corregir, no para humillar, sino para ayudar, porque tenemos una responsabilidad de la santidad de los demás, que, lógicamente, va en función de nuestro estado de vida, va en función de nuestras responsabilidades sociales, familiares, no es lo mismo la obligación que tiene un padre y una madre de corregir a sus hijos, que la que tiene un amigo. Pero, cuando no corregimos, queridos amigos, sale al paso la crítica malévola, el chisme, el enredo, la trapisonda, el bulo, y eso no puede ser, ¿me entendéis?

Y entonces, decía el apóstol Santiago en su carta, que a los caballos se les gobierna por la boca. Y dice: “Pero a nosotros también nos hace falta que nos gobernemos por la boca”, porque hay que ver los trajes que hacemos para los demás muchas veces. Y si no podemos hablar bien de una persona, más vale callarse. De nuestras palabras, no las controlamos. En cambio, de nuestro silencio, sí somos señores, sin caer en el silencio cómplice, sino corregir, ayudar, decir las cosas, y no esperar a que las cosas exploten. Cuántas veces en la vida matrimonial, en la vida familiar, se llega al límite. Y cuando antes no se ha sido sincero, no se han dicho las cosas, no se ha hablado a la cara, no se ha buscado el momento oportuno, y hay que hacerlo con cariño, con amor a la verdad, pero con cariño, sin humillar, no con frescura, no para para quedar encima, no para mostrar lo santo y lo bueno que somos nosotros.

Queridos amigos, como veis la caridad no se queda en una cosa abstracta, sino que se declina en obras concretas, y en esta vez el Señor nos habla de la caridad fraterna. Pero quiero terminar, ahora que hemos pasado todos estos momentos, y todavía queda ahí, eso que estamos percibiendo, o apenas percibiendo, de los terremotos; cuando hay gente que ha sufrido y sigue sufriendo; cuando hay tantos daños materiales, necesitamos pedirle ayuda al Señor, porque esto no está en nuestras manos. Necesitamos pedir ayuda, porque somos necesitados, dependientes, como cuando nos viene una enfermedad incurable. Ponemos los medios, pero hay un momento, y esto nos cuesta, ‘mire usted, ya no se puede hacer nada’. Y entonces, nos damos cuenta que, como lo vimos en la pandemia, no somos dioses: necesitamos pedir ayuda al Señor, necesitamos confiar en Él. Y por eso, el Señor nos dice ‘cuando dos o más de vosotros se ponen de acuerdo en pedir algo, mi Padre se lo concederá’.

Ese es el sentido de las rogativas. Por eso, vamos a sacar para darle gracias al Cristo de san Agustín. No porque hagamos cosas de magia, ni mucho menos, no porque tengamos una fe infantil, no porque no creamos en el poder de la ciencia. Claro que lleguemos al conocimiento. Gracias que tenemos que darle a Dios, porque la construcción se ha ido avanzando con normativas que impiden que nuestros edificios se caigan, aunque, por desgracia, siempre resulta que le toca a los más pobres.

Y tenemos que lograr que todos lleguemos a un bienestar en que esto vayamos evitando, como se evita ante las dificultades médicas la aparición de vacunas o los avances de la ciencia.

Luego, queridos hermanos, con esa confianza en el Señor, “cuando dos o más de vosotros se ponen de acuerdo en pedir algo a mi Padre, mi Padre se lo concederá”. Con esa confianza acudimos a la intercesión de la Virgen.

A Ella le decimos, “ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

S.A.I Catedral de Granada
6 de septiembre de 2026

Soñar con Santa María de la Victoria

0

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Una hermosa tradición nos recuerda que hace más de quinientos años, cuando las tropas cristianas que asediaban Málaga estaban a punto de retirarse, el rey Fernando el Católico, que las capitaneaba, tuvo un sueño en el que la Virgen le daba ánimos. Poco después, la ciudad se rindió y aquella imagen de María quedó para siempre vinculada a la historia de Málaga. Santa María de la Victoria, con su auxilio materno, nos invita, también hoy, a seguir soñando y venciendo en nuestras batallas cotidianas. Pienso especialmente en tres:

Primera: la batalla contra la autosuficiencia. Vivimos en una cultura que nos susurra, con la fuerza de las redes sociales, que podemos caminar solos, que no necesitamos de nadie y que hemos de ser capaces de resolverlo todo por nosotros mismos. Pero, si entramos en nuestro interior, descubrimos que no somos autosuficientes y que crecemos en la medida en que nos apoyamos en los demás y en Dios.

La autosuficiencia nos encierra, nos hace desconfiar y, en ocasiones, nos impide reconocer nuestra propia fragilidad. María, en la bella escena de la Visitación (cf. Lc 1,39-56), nos muestra otro camino: tras acoger el anuncio del ángel, no se encierra en sí misma, sino que se pone en camino para ayudar a su prima Isabel, en quien encontrará, al mismo tiempo, comprensión y apoyo.

«Santa María de la Victoria, con su auxilio materno, nos invita, también hoy, a seguir soñando y venciendo en nuestras batallas cotidianas»
Segunda: la batalla contra la superficialidad. Podemos acostumbrarnos a juzgar deprisa, a repetir lo que otros dicen sin comprobarlo, a dejarnos engañar por el señuelo de la apariencia. La superficialidad nos aleja de la verdad, puede enfrentarnos unos con otros y nos hace vulnerables ante quienes pretenden manipularnos. Necesitamos aprender de nuevo a escuchar, a pensar, a discernir, a abrir el corazón a la verdad, como María, que «guardaba y meditaba las cosas en su corazón» (Lc 2,29).

Y tercera batalla, necesaria en nuestra Iglesia, contra el individualismo. Tenemos una riqueza enorme: parroquias, colegios católicos, hermandades, asociaciones, movimientos, vida consagrada y tantos hombres y mujeres que entregan generosamente su tiempo y sus capacidades; pero, necesitamos vencer la tentación de ir cada uno por su lado, superando recelos, protagonismos y prejuicios. Lo que hace una parroquia puede enriquecer a otra; lo que aporta un colegio puede ayudar a una comunidad; las hermandades y asociaciones pueden hacer más eficaz su labor evangelizadora, promoviendo nuevos caminos de colaboración.

María, en el pasaje de las bodas de Caná, nos hace una recomendación mirando a su Hijo: «Haced lo que Él os diga». El mandato de Jesús, recogido en una oración al Padre como un testamento, se concentra en una súplica: «Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno». (Jn 17,21). Alegremos a María, nuestra Madre, sentándonos como hermanos en la mesa de la Eucaristía y anunciando en comunión el Evangelio.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

Homilía en la dedicación y bendición del Santuario del Saliente

0

Ez 33,7-9 + Ap 11,19ª-12,1-5 + Sal 94 + Mt 18,15-20 Domingo 23 del Tiempo Ordinario

Querida comunidad reunida para glorificar a Dios por el esplendor de esta casa de oración, en torno a la “Pequeñica”, la Virgen de los Desamparados del Saliente.*

SALUDOS: Sra. Alcaldesa y Autoridades locales, comarcales, provinciales, autonómicas y nacionales. Arquitecto, Maestro de obras, Secretario de la Fundación-Patronato, Camarera Mayor, Guardia Civil. Especialmente querido y admirado Andrés Ga Ibáñez, que has puesto tanta pasión en esta Obra Magna, que sorprenderá y alabaran las distintas generaciones. Queridos sacerdotes: Vicario General. Querido Antonio Saldaña, Rector y alentador de este Santuario. Servidores del altar. Coro y Músicos. Hermanas y hermanos que estáis siguiendo la emisión en directo de esta celebración.

Hoy más que nunca: Paz en el corazón y alegría en la mirada.

El Libro del Apocalipsis, tan magníficamente reflejado en las paredes de nuestro santuario, es como una gran Opera, al mismo tiempo desconcertante y seductora. La visión del apóstol Juan sintetiza, a lo grande, el mensaje que Dios quiere revelar a las Iglesias perseguidas (bajo el numero 7 que significa totalidad y plenitud) como si se tratara de un evangelio eterno, también para la Iglesia de hoy. Es un canto a la ESPERANZA en medio del sufrimiento. Nos enseña que Iglesia asociada a la persona y a la obra de Cristo, sigue los pasos de su Señor: profecía, martirio, triunfo y glorificación. Así, la Iglesia, en cada momento de la historia sabrá interpretar sus sufrimientos. Toda la revelación del libro es una teología de la historia: nos interesa, sobre todo, el sentido teológico sobre lo que sucede o va a suceder. En el fondo, nos enseña a contemplar, con la mirada de Dios, todos los sucesos históricos que rasgan nuestra vida. Para descubrir esta mirada debemos profundizar sobre la numerosa simbología, que le da un valor en el tiempo y en el espacio, universal y concreto, para el creyente de hoy.

Para nosotros es conmovedor el capítulo 12, justo en el eje del libro. Como si de un antes y un después se tratara. Parte de él hemos proclamado en la segunda lectura, cuando: “ 11,19a Se abrió en el cielo el Templo de Dios. 12,1Apareció una figura prodigiosa: una mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y la cabeza coronada por doce estrellas, 2 a punto de dar a luz, con dolores de parto. -Y después- 8 el dragón vencido. -Y el mismo libro nos aclara- 9 era la antigua serpiente, la que tiene por nombre Diablo y Satanás. 17 Como fracasó con la mujer, se fue a hacer la guerra contra sus hijos, es decir, aquellos que cumplen los mandamientos de Dios y se mantienen como testigos fieles de Jesús”.

 

Os dije que es conmovedor este capítulo 12 del Apocalipsis porque la mujer es María, que engendra al Príncipe de la Paz, Cristo, y a su Iglesia, nosotros, los hijos que debemos luchar contra el padre de la mentira, el acusador, el que nos divide, la antigua serpiente del árbol del Edén. Esta es nuestra “Pequeñica”. En su pequeñez está la grandeza del designio de Dios.

El Evangelio de hoy (Mt 18,15-20) nos ayuda a entrar en la comunidad cristiana de San Mateo y nos plantea uno de sus problemas: la conducta de algunos de sus miembros que no actuaba conforme a las enseñanzas de Jesús. Y esto hace daño al conjunto de la comunidad. Otra vez, el padre de la mentira, el que divide. Para poner remedio, el evangelista, trae a la memoria las palabras de Jesús: “si tu hermano peca, repréndelo a solas…” 15 y continúa diciendo los pasos precisos que había que seguir en tales circunstancias. La comunidad, por su bien, debía de tener unas normas que ayudasen a salvar y recuperar a uno de sus miembros. Se trata de la corrección fraterna.

El amor sincero entre unos y otros facilita el diálogo y la comprensión y entonces es todo más sencillo y posible. La vida comunitaria es más fluida, todo es más trasparente. Con el amor, el Espíritu de Jesús ilumina nuestro interior y es posible un cambio de conducta.

Pero cuando vemos que nuestros esfuerzos no dan resultados ¿qué hacer?… ¡Aumentar nuestra atención y nuestro amor! Es una llamada para nuestra iglesia también. Mirad que el amor es más fuerte que todas las razones del mundo. El amor al otro y el ejemplo, son condiciones necesarias para poder ayudar eficazmente a los demás. Mucho más que mil palabras, mucho más que cualquier discusión o razonamiento.

Además de nuestro esfuerzo, debemos de comunicar al Señor lo que nos pasa y orar confiadamente. Es muy importante en estos asuntos, y en toda la vida comunitaria, la oración personal y en grupo… para dejar la puerta abierta el Espíritu Santo. La presencia de Jesús entre nosotros hará crecer el amor fraterno y nos ayudará a encontrar una salida en las situaciones más complicadas. El amor fraterno, la unidad, es el motor de la evangelización. ¡Mirad como se aman! decían de los primeros cristianos. A veces, los creyentes transmitimos más tristeza que alegría, más angustia que esperanza, más división que vida comunitaria. Si es así no nos extrañemos que a los demás les cueste creer.

La buena noticia del Evangelio de hoy es esta: que es posible una constante renovación personal y comunitaria, y no sólo es posible, sino que es necesaria. Tenemos que hacer que la vida de nuestras parroquias sea más evangélica, comunidades discípulas de Cristo. Que nuestras celebraciones sean más vivas y profundas. Que la alegría de creer en Jesús sea fuente de trasformación personal y social. Que nuestra entrega y servicio a los más necesitados sea testimonio de la misericordia de Dios entre los hombres.

Hemos abierto con solemnidad las puertas de este renovado y resplandeciente Templo, bajo la mirada de la Mujer del Apocalipsis, nuestra “Pequeñica”, ungimos su altar y sus muros, damos gracias a Dios por la visión que tuvo el obispo Claudio Sanz y Torres, damos gracias también por el empeño de todas las personas que, de una manera y otra, habéis conseguido tanta grandiosidad. Que este sea un espacio para los que peregrinen buscando la UNIDAD y la ESPERANZA, porque el que divide ha sido vencido por la SEÑORA. Ella es el GRAN SIGNO y nosotros sus hijos desamparados. “Donde dos o más estéis reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de vosotros” 20. Cristo está hoy con nosotros.

Finalizo con el grito con el que termina el libro del Apocalipsis 22, 20b-21: ¡Ven Señor Jesús! -Y añade- Que la Gracia de Jesús, el Señor, esté con todos vosotros. Amén.

Albox, 6 de septiembre de 2026

+ Antonio, vuestro obispo

Homilía en el 125 aniversario de la Congregación de las Esclavas de la Inmaculada Niña

0

Homilía de nuestro obispo en el 125 aniversario de la Congregación de las Esclavas de la Inmaculada Niña. 125 años caminando con María: una historia que todavía está comenzando

Queridas Esclavas, comunidad de las Puras que nos acogéis, hermanas y hermanos todos.

Hoy no venimos solamente a celebrar una fecha. Venimos a dar gracias por una historia. Una historia fraguada por el sacerdote almeriense Federico Salvador Ramón estrechamente unido a Rosario Arrevillaga Escalada, una joven mexicana con la que impulsó la obra que posteriormente se convertiría en la Congregación de las Esclavas de la Inmaculada Niña, vinculada a la devoción de la Divina Infantita.

El 23 de febrero de 1901 se considera la fecha fundacional de esta obra. Comenzó con unas pocas niñas y jóvenes y posteriormente se convirtió en una congregación dedicada especialmente a la educación y atención de niños y jóvenes.

Ciento veinticinco años son muchos años. Son miles de rostros, generaciones de niñas y jóvenes, comunidades que han nacido y crecido, aulas abiertas, puertas que se han cruzado, manos que han acompañado, lágrimas que se han secado y esperanzas que han vuelto a nacer.Pero, sobre todo, ciento veinticinco años son una historia de Dios.

Porque cuando una obra permanece durante 125 años no es solamente porque haya tenido buenos proyectos, buenas estructuras o personas generosas. Permanece porque, en medio de las dificultades, alguien ha seguido escuchando la voz de Dios y ha tenido el valor de decir: “Aquí estoy”.

Y ahí está María, la Inmaculada Niña. Recordad “Si no os hacéis como niños…” tan unido a la infancia espiritual. Tiene mucho que ver con la primera lectura sobre los sabios del mundo 1Cor 3, 18-23 que acabamos de escuchar Nos recuerda que Dios comienza siempre por lo pequeño. Una familia sencilla, un pueblo pequeño Nazaret, una niña que se fía… o los pescadores del Evangelio Lc 5, 1-11.

En cambio, nosotros vivimos en un mundo que admira lo grande: los números, el éxito, la influencia, el poder, la eficacia, la parafernalia, lo que se ve. Sin embargo, Dios, sigue teniendo debilidad por lo pequeño: Una niña. Un niño. Una casa cueva muy humilde. Un SÍ, pronunciado casi en silencio. Una mujer que guarda las cosas en el corazón.

Quizá ese sea uno de los secretos de estos 125 años: haber aprendido que para Dios no hay vida pequeña cuando se entrega con amor.

Las Esclavas de la Inmaculada Niña nacieron para poner la vida al servicio de la infancia, de la educación, de los más vulnerables, de quienes necesitaban una oportunidad para descubrir que su vida tenía dignidad y futuro.

Y hoy, 125 años después, la pregunta no puede ser solamente: “¿Qué hemos hecho?” La pregunta verdaderamente evangélica es: “¿Para quién estamos aquí?”

Porque una institución cristiana no vive para conservarse. Una congregación no existe para sobrevivir. Una obra educativa no tiene como primera misión mantener sus edificios. Estamos aquí para que alguien pueda descubrir que es amado por Dios. Estamos aquí para que una niña que quizá llega con miedo encuentre una casa. Para que un joven que no confía en sí mismo vuelva a creer que puede. Para que quien se siente solo descubra una comunidad, un hogar. Para que quien ha perdido la esperanza encuentre una puerta abierta. Para que el Evangelio no sea solamente una palabra pronunciada en una iglesia, sino una vida que se hace gesto, escucha, acompañamiento y ternura.

Por eso celebrar 125 años no es mirar atrás con nostalgia. Es mirar hacia adelante con esperanza. Porque el Dios que llamó hace 125 años es el mismo Dios que sigue llamando hoy. Y quizá hoy nos esté diciendo: “Todavía hay mucho por hacer”. Todavía hay niños que necesitan ser escuchados. Todavía hay familias que necesitan acogida. Todavía hay jóvenes que necesitan que alguien crea en ellos antes de que ellos mismos sean capaces de hacerlo. Todavía hay heridas que esperan una mano. Todavía hay corazones que necesitan descubrir que el Evangelio no condena, sino que levanta. Y todavía hay una Iglesia que necesita aprender de María. María no aparece en el Evangelio haciendo grandes discursos. María aparece estando. Y quizá esta sea una de las palabras más necesarias para nuestro tiempo: estar.

Estar con los niños. Estar con los jóvenes. Estar con las familias. Estar con quien sufre. Estar cuando las cosas van bien y, sobre todo, cuando van mal. Porque evangelizar muchas veces no consiste en tener respuestas para todo. Consiste en decirle al otro: “No estás solo. Estoy contigo.” Eso es profundamente mariano. Y eso también explica una palabra que puede resultar difícil de comprender hoy: Esclavas. No se trata de una esclavitud que humilla, sino de la esclavitud del amor.

La libertad cristiana no consiste en preguntarnos: “¿Qué puedo conseguir para mí?” Sino: “¿A quién puedo servir más y mejor?” El que ama de verdad se hace servidor. Jesús lo dijo con claridad: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor”. Y María lo entendió perfectamente.

Por eso, después de 125 años, quizá haya que volver a lo esencial: servir, acompañar, educar, cuidar, escuchar y amar. Sin ruido. Sin necesidad de que todo sea reconocido. Como la semilla que cae en la tierra y desaparece. Como María. Como tantas hermanas y tantos educadores, trabajadores, familias y antiguos alumnos que han entregado parte de su vida para que otros pudieran crecer. Hoy damos gracias por ellos.

Por los que estuvieron y ya no están. Por los que sembraron sin llegar a contemplar la cosecha. Por las hermanas que gastaron sus fuerzas hasta entregar la vida. Por tantos hombres y mujeres que hicieron de su vocación un servicio. Por tantas personas anónimas que quizá nunca aparezcan en una placa conmemorativa, pero que forman parte de esta historia. Porque el Reino de Dios está lleno de nombres que nosotros no conocemos y que Dios nunca olvida.

Y ahora nos toca a nosotros. 125 años no son un punto de llegada. Son una pregunta. ¿Qué quiere Dios hacer con nosotros durante los próximos 125? Quizá no sepamos responder. Pero sí sabemos cómo comenzó todo: con un SÍ. Y todo lo verdaderamente grande en la Iglesia comienza así. Con alguien que dice: “Señor, aquí estoy”.

Por eso, en este aniversario, no pidamos solamente vocaciones, proyectos, recursos o futuro. Pidamos algo más profundo: que nunca perdamos el corazón. Que no perdamos la capacidad de mirar a cada niño como un regalo. Que no dejemos de emocionarnos ante una vida que comienza. Que no nos acostumbremos al dolor de nadie. Que ninguna estadística nos haga olvidar un rostro. Que ninguna dificultad nos haga abandonar a quien más nos necesita. Que ninguna crisis nos robe la esperanza. Y que, cuando dentro de muchos años otros celebren los 150, puedan decir de nosotros: “Ellos recibieron una historia de manos de quienes les precedieron y supieron entregarla más viva de como la recibieron.” Ese será nuestro mejor homenaje.

Como veis, no es un monumento. Ni una placa. Sino una vida entregada y una acción de gracias en torno al altar de la entrega. Porque el amor no pasa nunca. Las demás cosas se deshacen como arena en las manos de la historia. Lo importante es otra cosa. Una niña que descubre que puede soñar. Un joven que vuelve a creer. Una familia que encuentra acogida. Una persona que descubre a Jesús. Eso será la verdadera celebración de estos 125 años. Y entonces podremos decir, con María: “El Señor ha hecho obras grandes en nosotros”.

Porque 125 años después, Dios sigue pasando por esta historia. Sigue llamando. Sigue sembrando. Sigue confiando. Y nosotros solamente tenemos que hacer lo que María hizo aquel día: escuchar, confiar, y decir: “Hágase en mí según tu palabra”.

Gracias en nombre de la diócesis. Que la Inmaculada Niña siga acompañando a las Esclavas y a su obra. Que os enseñe a mirar lo pequeño. Que os enseñe a servir. Que os enseñe a estar. Que os enseñe a cuidar la vida. Y que, después de estos 125 años, podamos seguir caminando con la certeza de que la historia no termina aquí, porque cuando una vida se pone en las manos de Dios, siempre está comenzando de nuevo. ¡Ánimo y adelante!

Almería, 3 de septiembre de 2026

+ Antonio, vuestro obispo

¡Feliz día de Ntra. Sra. del Pino!

0

Este 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen María, toda la diócesis de Canarias celebra con alegría el día de su patrona, Ntra. Sra. del Pino.

Una jornada para encontrarnos en torno a María, renovar nuestra fe y poner bajo su mirada la vida de nuestra diócesis, de nuestras parroquias, comunidades y familias.

Alcemos la mirada hacia María para que ella nos conduzca siempre a Jesús y siga acompañando nuestro caminar.

¡Feliz día de Ntra. Sra. del Pino!

La Virgen del Pino desciende de su camarín para encontrarse un año más con sus hijos

0

La Basílica de Teror volvió a vivir este sábado, 5 de septiembre, uno de los momentos más esperados de las fiestas de Ntra. Sra. del Pino: la bajada de la imagen desde su camarín al trono. Desde la apertura de las puertas, a las 17.30 horas, numerosos fieles fueron ocupando el templo, mientras decenas de personas siguieron la celebración desde el exterior a través de una pantalla gigante.

La Eucaristía previa a la bajada comenzó a las 19.00 horas y estuvo presidida por Antonio Perera, quien centró su homilía en las palabras de María en las bodas de Caná: «Hagan lo que Él les diga». Una invitación a confiar en Dios también cuando aparecen las dificultades, las dudas o la incertidumbre.

«Todos venimos con nuestras cargas, problemas y dudas», señaló, recordando que cada persona llega ante la Virgen con su propia realidad familiar y personal. «Venimos a encontrarnos con la Virgen, que viene a nuestro encuentro; nuestra Madre, que nos recibe, acoge, acompaña y abraza».

Antonio Perera insistió especialmente en el amor como respuesta cristiana ante muchas de las situaciones que atraviesa la sociedad. «¿Qué nos enseña Jesús? Que nos amemos unos a otros. Si eso falta, todo sobra», afirmó. También invitó a estar atentos al hermano, especialmente a quien atraviesa dificultades como la falta de trabajo o de vivienda, y a no permitir que el egoísmo se imponga en las relaciones humanas.

Tras la celebración llegó el momento que muchos aguardaban. Durante aproximadamente media hora, la imagen de Ntra. Sra. del Pino fue descendiendo lentamente desde su camarín. Aplausos, cantos y vítores acompañaron cada tramo del recorrido mientras las miradas de los fieles permanecían dirigidas hacia la patrona de la diócesis de Canarias.

La bajada vuelve a marcar así uno de los momentos centrales de estas fiestas. La Virgen deja durante estos días su camarín para permanecer más cerca de los fieles y recibir a los miles de devotos que se acercarán hasta Teror.

Una cercanía que este sábado comenzó, un año más, con muchas historias personales puestas a sus pies y con una invitación sencilla que resonó durante toda la celebración: «Hagan lo que Él les diga».

 

Ha partido a la Casa del Padre el P. Martín Feliciosi, IVE

0

En el día de hoy, sábado 5 de septiembre, ha fallecido el P. Martín Feliciosi, IVE, quien ejerció su ministerio en Tenerife desde septiembre de 2018 hasta septiembre de 2024. Descanse en paz.

Encuentro de catequistas, con el presidente de OMP

0
Encuentro de catequistas, con el presidente de OMP

El 19 de septiembre, organizado por la Delegación diocesana de Catequesis.

Con el lema “Celebración que transforma, Comunión que envía”, siguiendo la tercera fase del Plan Pastoral diocesana que comienza este curso y dedicado a la Celebración, se celebrará el 19 de septiembre el encuentro de inicio de curso para los catequesis de la Archidiócesis.

Organizada por la Delegación diocesana de Catequesis, el encuentro contará con la intervención de D. José María Calderón, director de Obras Misionales Pontificias, que abordará la misión pastoral de los catequistas como formadores y acompañantes en el itinerario catequético de niños, jóvenes, adolescentes y también adultos.  

Continúan abiertas las inscripciones, dirigidas especialmente a los catequistas de la Archidiócesis, que puede formalizarse en el correo electrónico dcatequesis@archidiocesisgranada.es La inscripción puede realizarse en grupos de parroquias, indicando número de participantes y parroquia de procedencia.

La jornada se celebrará en el Centro de Estudios Superiores La Inmaculada y comenzará con la acogida a las 9 horas. Tras la oración de la mañana, a las 9:30 horas, intervendrá el director de OMP y, posteriormente, un concierto-oración a cargo del cantautor católico Jesús Cabello, a las 11:30 horas.

La jornada, que se ofrece también como espacio “para compartir, formar y celebrar nuestra misión catequética”, concluirá con la Santa Misa en la parroquia San Juan Pablo II, ubicada en el propio Centro de Estudios Superiores “La Inmaculada”, y después la comida en sus instalaciones, para seguir compartiendo lo vivido durante este encuentro diocesano.

Ver este artículo en la web de la diócesis

Enlaces de interés

ODISUR
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.