El obispo de Huelva llama a «avivar la esperanza» en la fiesta de la Virgen de la Cinta

El obispo de Huelva llama a «avivar la esperanza» en la fiesta de la Virgen de la Cinta

En su homilía, el prelado ha invitado a la sociedad onubense a acudir a la Virgen de la Cinta en un año marcado por el dolor y la tragedia. «Huelva ha llorado», ha afirmado, recordando especialmente el accidente ferroviario de Adamuz, en el que fallecieron 46 personas, 28 de ellas onubenses; la muerte en acto de servicio de los guardias civiles Germán y Jerónimo en la lucha contra el narcotráfico; y los incendios que han afectado gravemente a la provincia.

Ante estas circunstancias, el obispo ha subrayado que la celebración de la Virgen de la Cinta constituye una ocasión para «avivar y proclamar algo que el dolor no puede destruir: la esperanza cristiana».

Durante la homilía, ha presentado a María como «la mujer de la esperanza» y ha destacado el significado de la Cinta como símbolo de unión y fortaleza: «Asirnos a María para llegar a Cristo», ha señalado, recordando que la Virgen siempre conduce a Jesús.

El obispo ha pedido también una Huelva «con corazón»: una sociedad que no se rinda ante las dificultades, que sepa levantarse sin olvidar a quienes han quedado atrás, que mire al futuro sin perder sus raíces y que progrese «sin perder el alma».

Finalmente, ha invocado a la Virgen de la Cinta como «Estrella del Mar» y ha confiado a su protección a toda la ciudad: «Huelva que ha llorado, Huelva que ha sufrido, Huelva que ha visto la ceniza, Huelva que, sin embargo, quiere seguir esperando».

La celebración ha concluido con una oración a la patrona: «Virgen de la Cinta, ruega por nosotros. Estrella del Mar, guíanos. Madre de la esperanza, sostennos. Y llévanos siempre a Jesús». Además, la Hermandad ha hecho lectura de la agregación del Santuario de Ntra. Sra. de la Cinta a la Basílica Papal de Santa María la Mayor en Roma.

Asímismo, este lunes 7 de septiembre, presidió la procesión solemne de la Virgen de la Cinta por las céntricas calles de la capital onubense.

Homilía íntegra del Obispo de Huelva

A continuación, se ofrece íntegramente la homilía pronunciada por el Obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra

HUELVA LLORÓ. ASIR TU CINTA,

PARA AVIVAR NUESTRA ESPERANZA

Devotos de la Virgen de la Cinta, hermanos y hermanas amados por el Señor:

Hoy Huelva está de fiesta.

Pero no es una fiesta cualquiera. Es la fiesta de la Madre.

Y una ciudad, cuando viene a su Madre, trae consigo todo lo que lleva dentro: sus alegrías y sus preocupaciones, sus proyectos y sus fracasos, sus familias y sus soledades, sus heridas y sus esperanzas.

Por eso, en esta fiesta de la Natividad de la Virgen María, podemos hacer nuestra, con toda verdad, la oración que hemos repetido durante la Novena:

«¡Madre mía de la Cinta! Interceded por esta ciudad y por vuestros especiales hijos».

Hoy queremos pedirte, Madre, que mires a Huelva.

Mírala con esos ojos tuyos llenos de dulzura y misericordia. Huelva necesita una mirada así. Una mirada que consuele, que acompañe y que devuelva la esperanza.

Porque este año nuestra ciudad y nuestra provincia han conocido demasiado de cerca el dolor.

Todavía llevamos en el corazón la tragedia de Adamuz, donde cuarenta y seis personas perdieron la vida, veintiocho de ellas onubenses.

Y Huelva lloró.

Después lloramos a los dos guardias civiles muertos en acto de servicio mientras luchaban contra el narcotráfico en nuestro litoral: Germán y Jerónimo.

A este dolor se une la preocupación por el crecimiento del narcotráfico, por la violencia que genera, por quienes sufren sus consecuencias y por tantos servidores públicos que necesitan medios, respaldo y protección para poder cumplir con seguridad la misión que la sociedad les ha confiado.

Y detrás de cada una de las víctimas están sus familias. Familias que siguen sufriendo, que están aprendiendo a vivir con la ausencia de quienes amaban, que necesitan ser acompañadas y que esperan que se esclarezca la verdad de lo ocurrido y que se repare con justicia las consecuencias del daño que han recibido.

Y después llegó el fuego.

Nuestra tierra quedó marcada por las llamas. Miles de hectáreas fueron calcinadas. Huelva volvió a contemplar paisajes desolados y durante días respiró el humo del incendio.

Sí, hermanos: si tenemos memoria, si somos solidarios y si mantenemos un corazón compasivo, podemos decir que sobre Huelva pesa este año una losa invisible de dolor y de ceniza.

Pero esta mañana estamos aquí precisamente para proclamar y avivar algo que el dolor no puede destruir:

la esperanza cristiana.

Las lecturas que hemos escuchado nos sitúan en el corazón de la fiesta de la Natividad de María.

En la primera lectura, el profeta Miqueas anuncia el nacimiento del Mesías. Procederá de Belén, la ciudad de David, y, sin embargo, su grandeza desbordará los límites de Israel: «su poder se extenderá hasta los confines de la tierra» (cf. Miq 5, 1-4).

La Palabra de Dios nos recuerda así que el nacimiento de María está relacionado con el nacimiento de su Hijo. La historia de María está orientada hacia Cristo.

También el Evangelio de san Mateo nos ha presentado hoy el nacimiento de Jesús. Y antes de narrarlo nos ofrece su genealogía, que culmina con unas palabras llenas de significado:

«Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1, 16).

La continuidad y la novedad aparecen aquí juntas.

Jesús tiene una historia. Tiene antepasados. Pertenece a un pueblo. Entra en una familia humana. Pero el evangelista introduce una novedad decisiva: no dice que José de María engendró a Jesús, sino que Jesús nació de María.

Así entra Dios mismo en nuestra historia.

Por eso nuestra esperanza tiene un nombre: Jesucristo.

Y María, precisamente por eso, es para nosotros la mujer de la esperanza.

Ella nos enseña que la esperanza cristiana no consiste en pensar que todo saldrá necesariamente como nosotros queremos. No significa que desaparecerán las dificultades ni que la vida quedará libre de sufrimiento.

La esperanza cristiana significa algo más profundo:

Saber que Dios está con nosotros, que no nos abandona en nuestras heridas y que su amor tiene la última palabra: un amor más fuerte que nuestro dolor y que incluso la misma muerte.

¡Qué imagen tan hermosa tiene Huelva en su Virgen de la Cinta!

Una cinta sirve para unir, para ceñir, para sostener.

Y eso queremos hacer hoy: asirnos a María para llegar a Cristo, porque María siempre nos conduce a Jesús. Ella nos ofrece a su divino Hijo, al Niño de las Sandalias, al que es Camino, Verdad y Vida.

María nos dice hoy lo mismo que dijo en Caná:

«Haced lo que Él os diga».

Asirnos a la Cinta significa, por tanto, dejar que nuestra vida quede ceñida por el Evangelio.

Significa volver a Cristo.

Significa dejar que su Palabra oriente nuestras decisiones, nuestras familias, nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestra convivencia.

Porque Cristo nos enseña a vivir en el amor, que es la verdad más profunda de Dios y también de toda persona humana, creada a su imagen y semejanza.

Vivir en el amor significa aprender a vivir en la verdad y en la justicia.

Significa defender la vida, respetar la dignidad de cada persona, cuidar de los más pobres y vulnerables, trabajar por la fraternidad, actuar con honestidad, servir al bien común y estar dispuestos, cuando sea necesario, a posponer nuestros propios intereses por el bien de los demás.

Huelva no está sola. Nosotros no estamos solos. María está con nosotros.

Desde antiguo la Iglesia invoca a María como Stella Maris, Estrella del Mar.

¡Qué hermoso que una ciudad como Huelva, abierta al mar, pueda reconocer a María como su Estrella!

Cuando la noche es larga y el mar se vuelve oscuro, el navegante busca una luz. Busca una estrella que le indique el rumbo. Busca una señal que le permita orientarse y llegar a puerto.

Esa estrella es María para los cristianos.

La Virgen de la Cinta no elimina la noche, pero nos ayuda a orientarnos en ella.

No evita la cruz, pero permanece junto a nosotros al pie de la cruz.

No nos promete una vida sin lágrimas, pero nos enseña a llorar sin perder la esperanza.

Ella sabe lo que significa esperar cuando todavía no se ve la luz.

Por eso puede enseñarnos a esperar.

Queridos hermanos:

Hoy venimos a la Virgen de la Cinta para pedirle que nos acompañe.

No le pedimos una Huelva sin problemas.

Le pedimos una Huelva con un corazón cristiano.

Una Huelva que no se rinda ante las dificultades.

Que sepa levantarse sin olvidar a quienes han quedado atrás, las víctimas.

Que sepa mirar al futuro sin perder sus raíces.

Que sepa progresar sin perder el alma.

Que sepa defender la vida y la dignidad de todos.

Que sepa vivir la solidaridad como una verdadera forma de fraternidad.

Y que sepa caminar sin dejar de esperar.

Por eso, hermanos, agarrémonos a la Cinta.

Agarrémonos a María y, por Ella, a Cristo.

Porque la Cinta no es una cuerda que nos ata.

Es el vínculo que nos sostiene.

Es la memoria de una Madre.

Es la señal de que no estamos solos.

Es, para Huelva, una llamada a permanecer unidos y a caminar juntos hacia Cristo, nuestra esperanza.

Reina del Conquero, hoy, Huelva vuelve a ponerse bajo tu manto.

Huelva que ha llorado.
que ha sufrido.
que ha visto la ceniza.
Y que, sin embargo, quiere seguir esperando.

Y nosotros te pedimos una vez más:

Virgen de la Cinta, ruega por nosotros.

Estrella del Mar, guíanos.

Madre de la esperanza, sostennos.

Y llévanos siempre a Jesús,
que vive y reina, inmortal y glorioso,
por los siglos de los siglos.

Amén.

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