Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, se concluye el tiempo litúrgico de Navidad, y se inicia la primera semana del llamado tiempo ordinario, tiempo durante el año. Se nos presenta un Jesús ya adulto, dispuesto a iniciar su ministerio público, haciéndose bautizar en el río Jordán por Juan el Bautista. El Evangelio narra que cuando Jesús salió del agua se abrieron los cielos y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma. Entonces se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Después de treinta años de vida oculta en Nazaret, esta fue su primera manifestación pública.
Durante el bautismo se produce una teofanía, una manifestación de Dios. Jesús es ungido por el Espíritu Santo y proclamado Hijo de Dios por la voz del Padre desde el cielo. El Padre revela que Jesús es su Hijo y lo unge con el don del Espíritu. A partir de aquí, Jesús es acreditado como el Mesías esperado y comienza su vida pública. A través de este gesto se hace solidario con los pecadores aunque él no necesita purificación alguna. El sentido más profundo se manifestará al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, una obra que consumó en la cruz. Al morir, se sumergió en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna.
La misión de Cristo consiste en bautizarnos en el Espíritu Santo, para librarnos de la esclavitud de la muerte y abrirnos el Cielo, la vida verdadera y plena. Ahora bien, el bautismo del Señor tiene un profundo significado y una trascendencia grande para nosotros: El Hijo eterno de Dios asume la realidad de nuestra carne para manifestársenos, y nosotros estamos llamados a poder ser transformados interiormente a imagen de aquel que en su humanidad era como nosotros. En esta fiesta deberíamos reflexionar sobre nuestra realidad de bautizados y recordar nuestro compromiso bautismal con todas sus consecuencias, para que comprendamos cada vez más el don del bautismo y nos comprometamos a vivirlo con coherencia, dando testimonio del amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
En el bautismo comienza nuestra vida de hijos de Dios, y nuestra incorporación a la Iglesia. El bautismo es el fundamento principal de nuestra existencia cristiana. Dice la constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia: “La vida de Cristo en este cuerpo (la Iglesia) se comunica a los creyentes, que se unen misteriosa y realmente a Cristo paciente y glorificado por medio de los sacramentos. Por el bautismo nos configuramos con Cristo. Rito sagrado con que se representa y se efectúa la unión con la muerte y resurrección de Cristo: ‘Con Él hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte’; pero si ‘hemos sido injertados en Él por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección” (LG 7,2).
El bautismo es un gran don de Dios, que comporta también una gran responsabilidad, y la misión de confesar ante los hombres la fe recibida de Dios por medio de la Iglesia. Desde el bautismo somos llamados a anunciar la salvación de Dios a todos, a proclamar sus maravillas y su Palabra, a celebrar los misterios de la vida de Cristo y actualizarlos en la sagrada liturgia. Por eso, el Vaticano II recuerda el bautismo al hablar de la actividad misionera de la Iglesia: “Todos los fieles, como miembros de Cristo vivo, incorporados y hechos semejantes a Él por el bautismo, por la confirmación y por la Eucaristía, tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación de su Cuerpo, para llevarlo cuanto antes a la plenitud” (AG 36,1).
✠ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla






















