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Conferencia en la inauguración de la Cátedra Arzobispo Juan del Río

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+José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

Universidad de Sevilla, 28-01-2026

 

Introducción: tres aniversarios y una interpelación actual

 

  • Rectora Magnifica,
  • Vicerrector de Relaciones Institucionales.
  • Director del SARUS y delegado diocesano para la pastoral universitaria
  • Director de la cátedra D. Juan del Río
  • Autoridades académicas, Profesores, Personal investigador, Personal de Administración y Servicios, sacerdotes, estudiantes.
  • Ilustrísimo Sr. Alcalde de Ayamonte,
  • Teniente Alcalde de Ayamonte.
  • Teniente Alcalde de Pilas.
  • Secretario General Ayuntamiento de Sevilla
  • Director Territorial de CaixaBank en Andalucía,
  • Responsable de Acción Social de la Fundación de CaixaBank Andalucía Occidental y Extremadura.
  • Director de la Fundación Persán.
  • Director de Cope Sevilla.
  • Hermanos Mayores y miembros de Juntas Gobiernos de Hermandades y Cofradías,

 

  • Señoras y señores.

 

La inauguración de la Cátedra Monseñor Juan del Río en la Universidad de Sevilla constituye ciertamente un acontecimiento de singular transcendencia universitaria, cultural y también eclesial. La dispersión, tan característica en nuestro tiempo, ya se trate de los lenguajes como de las concepciones antropológicas, supone una dificultad añadida para articular una visión unitaria del ser humano y de la sociedad. Por ello, en este marco, la creación de una cátedra que lleva el nombre de quien fue fundador y primer director del SARUS —servicio universitario orientado a la presencia intelectual y pastoral de la fe en la universidad— adquiere un valor que trasciende el mero homenaje biográfico, ya que se convierte en un gesto institucional que afirma la posibilidad y la necesidad de una promoción cultural de la fe, del hecho religioso, dentro del espacio académico de la razón.

El arzobispo Juan del Río Martín fue reconocido por su compromiso sostenido en la formación universitaria y la proyección cultural del cristianismo, articulado mediante programas estructurados de formación, congresos especializados y múltiples iniciativas pastorales. En esa rica constelación de ideas, proyectos y acciones latía una intuición de fondo: la convicción de que la fe no puede permanecer confinada al ámbito de lo privado, sino que está llamada a convertirse en inteligencia compartida, en diálogo con la cultura y en servicio al bien común. Pues donde el pensamiento se encuentra con la existencia concreta —ya sea en la universidad, en la sociedad, o la vida pública—, la fe ilumina a la razón y la eleva a alcanzar su verdadera dignidad, y dota al lenguaje de capacidad para construir, proponer y discernir.

La conmemoración sucesiva del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, que tuvo lugar el 18 de julio de 1323, por el Papa Juan XXII; del 750 aniversario de su muerte, acaecida el 7 de marzo de 1274, en la Abadía de Fossanova, Italia; y del 800 aniversario de su nacimiento, en 1225, en el castillo de Rocaseca, junto a Aquino, ha supuesto una ocasión privilegiada para volver la mirada hacia quien la tradición eclesial ha reconocido como “Doctor Communis”[1], Doctor Común o Universal, y también “Doctor Angélico”. Su enseñanza integra y armoniza la filosofía aristotélica con la fe cristiana. Su obra es considerada un compendio de la doctrina católica y una síntesis de la sabiduría filosófica, abarcando todas las áreas del conocimiento humano; fue capaz de unir el pensamiento de Aristóteles con la fe cristiana, integrando las verdades encontradas en filósofos paganos con la revelación divina; se le considera un maestro para todos los doctores y pensadores, un lazo de unión entre todas las especulaciones filosóficas y teológicas, de ahí su carácter «común» o universal. A la vez, es llamado Doctor Angélico por su profunda sabiduría y elevación espiritual, destacando sobre todo en la teología.

Esta vuelta a santo Tomás no ha consistido en un simple ejercicio de erudición retrospectiva o una evocación histórica. Al contrario, este retorno ha implicado una verdadera interpelación intelectual y espiritual dirigida al presente de la Iglesia, pero también, de modo particular, al ámbito universitario. No es casual que el papa Francisco describiera a santo Tomás como un “recurso” para la Iglesia de hoy y de mañana, subrayando de esta manera la permanente fecundidad de su pensamiento y de su testimonio vital[2]. La actualidad del Aquinate reside, más que en la repetición literal de sus tesis, en el modo en que llevó a cabo una búsqueda audaz de la verdad: con rigor intelectual, humildad espiritual y, sobre todo, apertura confiada a la Revelación de Dios.

Por ello, abordar hoy la búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino no es una elección temática erudita, sino una opción programática para una cátedra que desea situarse en el corazón mismo de la universidad: allí donde se fragua la responsabilidad de pensar, de formar y de orientar la cultura. Si santo Tomás enseñó que el intelecto se perfecciona cuando se abre a la verdad y finalmente reconoce su fuente en Dios, y si monseñor Juan del Río encarnó —en el ámbito universitario y en su mismo ministerio episcopal— el compromiso de promover una cultura de la fe capaz de dialogar con los lenguajes contemporáneos, la convergencia entre ambos sugiere un modelo fecundo para el presente: una comunidad académica llamada a unir claridad argumentativa, humildad ante lo real, sentido eclesial y vocación de servicio.

La presente disertación, con la que se inaugura esta institución, se propone, por tanto, recorrer la búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino como paradigma intelectual y espiritual para la misión universitaria: verdad como vocación, fe y razón como alianza, teología como escucha, virtud como forma de vida, y comunidad académica como communio de discernimiento. De este modo, la cátedra que hoy echa a andar al honrar una figura relevante de la historia reciente de la Iglesia en España, se sitúa —con esperanza y responsabilidad— en una tradición mayor: la de aquellos que, como el propio don Juan del Río, han comprendido que la universidad y la fe no son mundos contrarios ni paralelos, sino dos ámbitos llamados a encontrarse en el mismo punto decisivo donde nace toda verdadera cultura: el amor a la verdad y la obediencia a su luz. La pregunta que orienta esta reflexión es, por tanto, la siguiente: qué significa buscar la verdad según santo Tomás de Aquino, y qué implica hoy asumir su modelo en la vida y para la investigación de esta cátedra universitaria que hoy arranca.

 

  1. La verdad como vocación: el horizonte vital del Aquinate

Es evidente entonces que, en santo Tomás de Aquino, la búsqueda de la verdad fue puesta en práctica en el desarrollo de una vocación que dio sentido a la totalidad de su existencia. Su itinerario intelectual se comprende únicamente desde la convicción fundamental de que toda verdad procede de Dios, Aquel que es “ipsa veritas subsistens”[3]Esta convicción confiere a su trabajo intelectual una densidad espiritual singular, puesto que investigar la verdad equivale, en última instancia, a orientarse hacia Dios mismo, origen y fin del intelecto humano. De ahí que el estudio, lejos de ser una actividad autosuficiente, se configure como un acto de obediencia a la verdad y, por ello mismo, como una forma de culto espiritual (cf. Rm 12,1).

La temprana canonización del Aquinate —menos de cincuenta años después de su muerte— puso de manifiesto que la Iglesia reconoció en él a un pensador eminente y un testigo de la fe cuya santidad se expresó en el ejercicio de la actividad intelectual. De ahí que el papa Juan XXII afirmaba en la bula de canonización que santo Tomás “iluminó a la Iglesia más que todos los otros doctores” y que “se aprende más en sus libros en un año que en toda la vida en los libros de los demás”[4].

El papa san Juan Pablo II subrayó también que santo Tomás amó la verdad de manera desinteresada, es decir, sin someterla a intereses ideológicos, de escuela o personales[5]. Este rasgo resulta especialmente significativo en el contexto cultural contemporáneo, en el que aflora con frecuencia la tentación de instrumentalizar el saber y de fragmentar el conocimiento.

Para el Aquinate, la verdad no es una construcción del sujeto ni un producto del consenso, sino una adecuación del intelecto a la realidad (“adaequatio intellectus et rei”), que remite siempre a un orden del ser recibido y no producido[6]. Sólo desde esta concepción, la verdad afecta a la decisión de la libertad, hasta el punto de fundar una auténtica ética del conocimiento caracterizada por la humildad, la paciencia y la apertura al diálogo.

 

  1. Fe y razón: una síntesis ordenada a la verdad

Una de las contribuciones más decisivas de santo Tomás de Aquino consiste en haber articulado de manera sistemática la relación entre fe y razón, evitando tanto su separación como su confusión o su confrontación. Los últimos papas han querido poner de relieve la tentación continua de oscilar entre el fideísmo y el racionalismo. En este marco, la síntesis tomista sigue manifestando una fuerza paradigmática. La razón humana posee una auténtica capacidad para conocer la verdad, incluida la verdad acerca de Dios, pero esta capacidad se ve plenificada por la fe, que no anula la razón, sino que la eleva y la orienta hacia su cumplimiento último[7]. De ahí el principio clásico: “gratia non tollit naturam, sed perficit”[8].

El Aquinate muestra que la fe no es un obstáculo para el pensamiento riguroso, sino su fundamento más profundo, pues abre el horizonte del intelecto hacia una verdad que lo supera sin violentarlo. La búsqueda de la verdad se encuentra intrínsecamente vinculada, en santo Tomás, a la cuestión de la felicidad humana. El intelecto se complace en su fin propio cuando alcanza la verdad suprema, que no es otra que Dios mismo. Por ello afirma: “para la perfecta bienaventuranza se requiere que el intelecto alcance a la misma esencia de la causa primera”[9]. La verdad es, por tanto, el camino hacia la comunión con Dios. En esta perspectiva, la investigación intelectual adquiere una dimensión escatológica, porque anticipa, de modo imperfecto, la visión beatífica.

El papa Benedicto XVI formuló con particular profundidad una intuición nuclear del pensamiento tomista: en la teología, Dios no es el objeto del que se habla, sino el sujeto que habla. Dios es el sujeto, Él es quien toma la iniciativa de revelarse y hablar al hombre. El teólogo no «descubre» a Dios como quien descubre una ley física; más bien, el teólogo escucha lo que Dios ya ha comunicado. La Teología es instrumento, ya que el pensamiento y las palabras del teólogo deben servir solo para que la Palabra de Dios encuentre espacio en el mundo. En consecuencia, es necesario el encuentro personal: Al ser Dios un «sujeto que habla», la fe no es una adhesión a un sistema de ideas, sino el encuentro con un «Tú» personal que se ofrece al hombre [10]. Esta afirmación introduce una corrección decisiva en la comprensión del quehacer teológico. La teología no consiste primariamente en un discurso humano sobre Dios, sino en un dejar hablar a Dios, permitiendo que su Palabra encuentre espacio en el lenguaje y en el pensamiento humanos. De ahí la exigencia de una constante purificación del discurso teológico, llamado a renunciar a la autosuficiencia para convertirse en instrumento. Esta concepción preserva a la teología de dos peligros recurrentes: el tecnicismo autorreferencial y la reducción ideológica del misterio.

La conocida experiencia mística de santo Tomás de Aquino al final de su vida —tras la cual afirmó que todo lo que había escrito le parecía “paja” comparado con lo que había visto— no invalida su obra, sino que la contextualiza y, al mismo tiempo, la confirma. La paja no es la nada: contiene el grano. Del mismo modo, el lenguaje teológico, aun siendo insuficiente, puede portar el conocimiento verdadero de Dios. Esta conciencia introduce una sana tensión entre el rigor del trabajo académico y la primacía de la experiencia de Dios, evitando tanto el intelectualismo como el antiintelectualismo.

Para santo Tomás, la verdad reclama una conversión del corazón. La verdadera sabiduría transforma la existencia, orientándola hacia el bien y configurándola según Cristo. La virtud no es concebida como un mero cumplimiento normativo, sino como una disposición estable hacia el bien, que ordena las potencias humanas y las hace dóciles a la verdad[11]. La adhesión a la humanidad de Cristo constituye, en este sentido, una auténtica pedagogía espiritual, ya que Cristo conduce al ser humano hacia Dios como un maestro, un guía bueno que lo toma de la mano.

El legado de santo Tomás continúa siendo hoy un verdadero desafío, una llamada a la comunidad académica a asumir una responsabilidad testimonial. Como recordaba el papa Francisco, su grandeza radica en una santidad capaz de dejarse provocar por los problemas inéditos de la historia, discerniendo en ellos las huellas del Reino[12]. La verdad cristiana no se impone por la fuerza, sino que se propone mediante una vida transformada, en la que la coherencia entre conocimiento y existencia se convierte en criterio de credibilidad.

 

  1. El modelo de santo Tomás para la vida y la investigación de la cátedra

A la luz de lo expuesto, el modelo de santo Tomás de Aquino puede articularse, para la vida y para la investigación de esta nueva cátedra universitaria Monseñor Juan del Río, en cinco principios fundamentales:

PrimeroDimensión comunitaria del saber: la cátedra como communio de búsqueda, de discernimiento y servicio.

En el horizonte del desarrollo intelectual de santo Tomás, la verdad no es un producto privado del sujeto, ni una construcción de escuela cerrada, sino una realidad que se recibe (del ser y, en teología, de la Revelación), se discierne con las mediaciones racionales adecuadas y se confiesa en el espacio público de la Iglesia y de la razón. Por ello, el trabajo intelectual no puede comprenderse como mera empresa individual; al contrario, la investigación verdadera se despliega en un tejido de tradición, maestros, interlocutores, objeciones, correcciones y consensos argumentados.

Esta estructura comunitaria no es un añadido sociológico, sino una exigencia interna del conocer humano: el intelecto es finito, situado, susceptible de sesgos; y el acceso a la verdad requiere contraste, corrección y complementariedad. En términos tomistas: el acto de entender pertenece al individuo, pero su perfección se acrecienta mediante la comunicación del conocimiento, que permite ordenar lo sabido, clarificar distinciones y superar errores[13]. La cátedra no se puede reducir, por ello, a una “plaza docente”, sino que se configura como comunidad de conocimiento donde la verdad se busca de modo corresponsable, con reglas, virtudes y finalidades comunes.

SegundoModelo metodológico tomista: lectio, quaestio y disputatio como arquitectura de una comunidad investigadora.

La forma de proceder de santo Tomás manifiesta un rasgo decisivo: el pensamiento avanza de manera dialógica. La estructura misma de la Summa theologiae —objeciones, sed contra, respondeo, réplicas— constituye un método de justicia intelectual: dar al otro lo que le corresponde, formular lo mejor posible la dificultad y responder con distinciones proporcionadas.

En él, la lectio supone escucha y recepción: la comunidad se constituye reconociendo que el saber nace de fuentes. En teología, esto implica primacía de la Escritura, lectura eclesial de los Padres, y atención a los grandes autores. En segundo lugar, la quaestio representa el paso crítico: la tradición no se repite; se interroga. La pregunta ordena el campo, distingue niveles, separa lo esencial de lo accesorio. Mientras, que finalmente, en tercer lugar, la disputatio expresa el carácter comunitario pleno: el saber se contrasta en presencia de objeciones reales; la verdad se depura por el choque con alternativas apropiadas.

En contexto universitario contemporáneo, este trípode puede traducirse en prácticas institucionales concretas como seminarios de lectura común (textos-fuente y bibliografía crítica), encuentros de formulación de cuestiones (preguntas de investigación bien delimitadas, hipótesis, estado de la cuestión); o debates académicos periódicos (presentación de tesis, discusión estructurada, actas publicables). De esta manera, la comunidad se robustece cuando existe un talante compartido: objeciones formuladas con lealtad; respuestas sin evasión; voluntad de dejarse corregir cuando la razón y la evidencia lo exigen. El Aquinate enseña que el adversario puede ser, de hecho, un cooperador de la verdad, porque fuerza a precisar lo que estaba confuso y a distinguir lo que se mezclaba indebidamente[14].

Tercero. “Caridad intelectual” como virtud propia de una comunidad universitaria.

El punto comunitario en santo Tomás se comprende a fondo si se inserta en su doctrina de las virtudes. Existe una forma de justicia y de caridad específicamente académica: la disposición estable a buscar el bien de la verdad y el bien del otro en el acto de conocer. La caridad intelectual se entiende, en primer lugar, como benevolencia hacia el interlocutor: interpretar con la máxima empatía la posición ajena, reconocer lo verdadero incluso en quien disiente, y responder a la persona mediante razones, no mediante descalificación. La amabilidad aquí no es cortesía superficial, sino una condición de posibilidad del conocimiento compartido.

Por ello, la caridad intelectual es además una forma de humildad cognoscitiva, ya que el saber propio se ha de considerar siempre perfectible; ni la autoridad sustituye a la razón; ni la pertenencia a una escuela reemplaza el examen de las pruebas[15]. Y, por último, la caridad intelectual exige también docilidad como parte de la prudencia: la comunidad es fecunda cuando existe capacidad de aprender de la experiencia, de los maestros y también del dato novedoso[16]. Esta triada (benevolencia–humildad–docilidad) es hoy particularmente relevante ante los riesgos de polarización académica: identidades intelectuales rígidas, debates performativos, y sustitución de la argumentación por estrategias de reputación.

Cuarto. Tradición viva y trabajo cooperativo: “situar” para poder innovar.

Hemos venido insistiendo en una doble exigencia: situar la obra tomista en su contexto histórico-cultural y, al mismo tiempo, atesorarla como “fuente siempre viva” para responder a desafíos actuales. Esta doble exigencia reclama una comunidad que practique simultáneamente: un ejercicio de filología y contextualización (historia intelectual, fuentes aristotélicas, patrística, debates medievales), pero, sobre todo, una actualización crítica (diálogo con ciencias, filosofía contemporánea, problemas de cultura, ética pública). Ninguno de estos niveles puede ser sostenido por un solo investigador. La fidelidad creativa requiere equipos: quien domina la crítica textual y el latín medieval; quien conoce la recepción moderna; quien puede abrir diálogo con cultura, fenomenología, hermenéutica o filosofía de la ciencia; quien trabaja áreas teológicas concretas (Trinidad, cristología, gracia, moral, eclesiología). La comunidad universitaria permite así un “poliedro” de competencias al servicio de una verdad una.

Aquí se hace especialmente fecunda la intuición resaltada por Benedicto XVI: si Dios es “sujeto” de la teología, el teólogo no habla desde la pura soberanía intelectual. La investigación se vuelve un acto de escucha eclesial y racional a la vez. Esa escucha, para no convertirse en subjetivismo, reclama comunidad: contrastes, revisión por pares, interlocución interdisciplinar.

Quinto. La verdad como bien común: la finalidad social y eclesial del trabajo académico.

En santo Tomás, el bien se entiende de modo difusivo: el bien tiende a comunicarse (“bonum est diffusivum sui”, como principio de la tradición platónica asumido en la teología escolástica). La verdad, en tanto bien del intelecto, tiene también esa dimensión comunicativa. De ahí que el saber universitario no sea una posesión privada, sino un servicio. Este punto señala tres responsabilidades institucionales: en primer lugar, una responsabilidad académica, pues la universidad sirve a la sociedad mediante pensamiento crítico, clarificación de conceptos, análisis moral y antropológico, y contribución al debate público con rigor[17]; en segundo lugar, una responsabilidad formativa: el objetivo no es producir especialistas sin alma, sino formar sujetos capaces de verdad: intelectualmente rigurosos, espiritualmente honestos, moralmente coherentes; y, por último, en tercer lugar, una responsabilidad eclesial: la comprensión de la realidad sólo aspirará a ser verdadera si tiene en cuenta cada uno de sus perfiles y si acoge su horizonte de sentido último.

De este modo no podría prescindir de la implicación de una teología que se hace, como indicaba santo Tomás, en la Iglesia y para la Iglesia. La cátedra, de este modo, puede colaborar en la inteligencia de la fe, la formación y el discernimiento cultural. La dimensión comunitaria se verifica precisamente aquí: cuando el trabajo del grupo, lejos de agotarse en publicaciones, se traduce en una cultura institucional donde el conocimiento se comparte, se enseña, se acompaña y se orienta al bien común.

 

Conclusión

Volver hoy a santo Tomás de Aquino no significa refugiarse en el pasado, sino aprender a buscar la verdad con la amplitud del intelecto, la humildad del corazón y la radicalidad del Evangelio. Su testimonio recuerda que la verdad, cuando es auténticamente buscada, conduce siempre a Cristo, camino, verdad y vida.

De ahí que la inauguración de esta cátedra, vinculada a la figura de Monseñor Juan del Río Martín, pueda comprenderse como una llamada a retomar el modelo impulsado por santo Tomás de Aquino en una clave contemporánea: la universidad como lugar de búsqueda rigurosa, la fe como fuerza cultural, la teología como disciplina que al hablar de Dios —como recordaba Benedicto XVI a propósito de santo Tomás— aprende a dejar que Él mismo sea el sujeto que habla, purificando el lenguaje humano para que la Palabra se haga audible en el mundo. En este sentido, el impulso cultural promovido por Monseñor Juan del Río en la vida universitaria sevillana, a través del SARUS y de su intensa actividad formativa, así como su rico ministerio episcopal, aparece como una forma concreta de esa misión.

Que su ejemplo de pastor bueno inspire a esta cátedra universitaria para perseverar en una investigación rigurosa, orante y eclesial, en la certeza de que, como repetía santo Tomás de Aquino, toda verdad, venga de donde venga, procede del Espíritu Santo[18]. Cuando san Juan Pablo II creó el Consejo Pontificio para la Cultura, en la Carta por la que se instituye dicho consejo, nos dejó una perla que nos ilumina en este acto, que también es fundacional. Dice así: «La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe … Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida»[19].

Agradecemos de corazón la presencia de la Rectora Magnífica de la Universidad de Sevilla, y de todas las personas que habéis tenido la amabilidad de compartir este acto; agradecemos la acogida de esta cátedra por parte de la Universidad, y felicitamos al director de la Cátedra Juan del Río por la iniciativa. Pedimos al Señor que la bendiga con frutos abundantes y pueda colaborar a que el diálogo y la síntesis entre la fe cristiana y la cultura iluminen nuestros pasos en la búsqueda y en la vivencia de la verdad y el bien. Muchas gracias.

 

 

[1] La expresión Doctor Communis se consolida a partir del siglo XIV.

[2] Cf. FRANCISCO, Carta del Santo Padre al Enviado especial para la Celebración del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, 30 de junio de 2023.

[3] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.16, a.5.

[4] JUAN II, bula Redemptionem misit, 18 de julio de 1323.

[5] Cf. SAN JUAN PABLO II, Discurso a la Pontificia Universidad de Santo Tomás, 17 de noviembre de 1979.

[6] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.16, a.1.

[7] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.1, a.1.

[8] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.1, a.8 ad 2.

[9] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.3, a.8.

[10] Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a los miembros de la Plenaria de la Comisión Teológica Internacional, 3 de diciembre de 2010.

[11]  Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.55.

[12] Cf. FRANCISCO, Carta del Santo Padre al Enviado especial para la Celebración del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, 30 de junio de 2023.

 

[13]  Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.109, a.3; De veritate, q.14, a.10.

[14] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae ST I, q.1, a.8; De veritate q.1, a.1.

[15] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.161.

[16] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.49, a.3.

[17] Cf. SAN JUAN PABLO II, Carta Encíclica  Fides et Ratio, 14 de septiembre de 1998.

[18] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.109, a.1.

[19] SAN JUAN PABLO II, Carta por la que se instituye el Consejo Pontificio para la Cultura; Roma 20 de mayo de 1982. Cita del Discurso a los participantes en el congreso nacional de Movimiento eclesial de compromiso cultural, 16 de enero de 1982.

“La fe es mirar con los ojos de Dios”

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Homilía de D. José María Gil Tamayo en la Eucaristía celebrada en la Catedral de Granada en el Domingo de la Palabra de Dios y último día del Octavario de oración por la unidad de los cristianos, y la participación de la Tercera Comunidad de la parroquia de las Angustias con el Camino Neocatecumenal, el 25 de enero de 2026.

Queridos sacerdotes concelebrantes, y un saludo especial al padre Ignacio Rojas, director del Secretariado de Pastoral Bíblica, a don Moisés también, que forma parte del equipo;

también un saludo especial a los dos párrocos: al párroco de la Parroquia de las Angustias y al padre Ángel Agustino Recoleto, de la Parroquia de Santo Tomás de Villanueva;

saludo al equipo itinerante del Camino Neocatecumenal, a sus hermanos y hermanas del Camino Neocatecumenal, especialmente a los miembros de la Tercera Comunidad de las Angustias, que va a vivir este envío y con la meta puesta en la evangelización nueva que estamos llamados, según esa llamada del Señor, todos que hemos escuchado en el Evangelio:

Y todos concitados, queridos amigos, todos también los que nos seguís a través de la televisión, todos concitados, todos llamados a anunciar a Jesucristo, a evangelizar, a proclamar que ha llegado el Reino de Dios, a curar las heridas en la debilidad humana. Es lo que nos cuenta el Evangelio. Este Evangelio de Mateo, que está este año, en el año litúrgico, en el año del ciclo A.

Estamos en el tercer domingo en que la Palabra de Dios ha de ser puesta en una relevancia especial como quiso el Papa Francisco: el amor a la Palabra de Dios. La Palabra de Dios que nos dice la Carta a los hebreos, en su comienzo, “Dios habló de muchas y distintas maneras a nuestros padres por los profetas, en esta etapa final nos ha hablado por su Hijo Jesucristo”: Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne. Él es el centro como nos muestra el Evangelio y venimos recordando en los inicios de este tiempo ordinario. Pero, esa Palabra de Dios ha comenzado en esa historia de la Salvación en la que Dios ha hablado a su pueblo. Dios ha hablado y nos lo muestra en la Sagrada Escritura, esa Revelación de Dios. Y por eso apreciamos la Palabra de Dios. Y el Concilio Vaticano II ha querido darle una fuerza y una importancia especial. La Palabra de Dios es la Biblia. La Biblia no puede estar de decoración en la vida de un cristiano; no puede estar en el mueble de la sala de estar con un libro bonito, y ahí se queda; ni puede ser una cosa de un regalo y la guardamos en la estantería.

La Palabra de Dios tiene que marcar y tiene que ser, como dice la propia Palabra de Dios, “lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro sendero”. La Palabra de Dios nos va dando la respuesta guiada por la Iglesia, que es donde hemos de entender la Palabra de Dios. “Leccio bíblica in cor ecclesia”, dicen los clásicos: la lectura de la Palabra de Dios en el corazón de la Iglesia. Porque es en el seno de la Iglesia, de la comunidad cristiana y antes en el pueblo de Israel, donde ha sido recibida como un don por un pueblo y ese pueblo se continúa en el pueblo de la Nueva Alianza, que es la Iglesia.

Luego, escuchar la Palabra de Dios, rezar con la Palabra de Dios, alabar a Dios con la Palabra de Dios (y en esto, queridos hermanos y hermanas del Camino Neocatecumenal, dais un ejemplo especial y sois un referente para la Iglesia, en la vivencia de esta forma de oración, esta forma de oración bíblica, que tiene que acompasar la vida de toda comunidad cristiana). Esa es la razón por la que se ha establecido el Secretariado de Pastoral Bíblica y ojalá tuviéramos esa formación en la Palabra de Dios, para saber entenderla, para que el Espíritu que viene en nuestra ayuda, que nos ilumina; el Espíritu puede entender también la parte que pone el hombre, que pone el ser humano de conocimiento de ese ambiente, de esa Escritura. Nosotros también (…), que iba camino y le acompaña a Felipe, cuando lee los textos de Isaías, le pregunta a Felipe “de quién se refiere esto” y le explica, o Jesús mismo que sale al paso de los discípulos de Emaús y le fue refiriendo cuanto a Él se decía en la Escritura y cómo el Mesías tenía que padecer… Necesitamos esa ayuda de la Iglesia, para saber entender la Palabra de Dios y como en los primeros discípulos también arda nuestro corazón mientras nos explica la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios que hemos de escucharla en unidad. En unidad. En unidad, por eso la guía del Magisterio de la Iglesia; por eso la guía de quienes tienen que discernir, mediante la gracia de estado de formar parte del Ministerio Ordenado de la Iglesia, hablándolos en el nombre del Señor. El Obispo es Maestro en la Iglesia. Los sacerdotes nos iluminan con su predicación. Y todos, nos dejamos guiar por el Espíritu que es el Maestro interior.

Pero, en esa concordancia de amor a la Palabra de Dios, pidámosle por la unidad de los cristianos, para que todos que confesamos a Jesucristo como el Hijo de Dios hecho hombre, podamos reunirnos en una Iglesia bajo un único Pastor. Esa es la petición de Jesucristo, para que “todos sean uno, para que el mundo crea”.

Pero, queridos hermanos, hemos de empezar por nosotros mismos en el interior de la Iglesia, por no desgarrar la Iglesia. “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cristo”. ¿Está dividido Cristo? No. Pues, nosotros no podemos. Claro que la diversidad es un don. Claro que el Señor va suscitando carismas en Su Iglesia, para enriquecimiento a lo largo de la historia. Aquí mismo hoy tenemos el Camino Neocatecumenal. Tenemos también un sacerdote trinitario, un sacerdote agustino. Tenemos esa diversidad en la Iglesia y, sobre todo, después del Concilio Vaticano II, con los nuevos movimientos también. La Iglesia está viva y recorre los tiempos, y Dios va dando Su gracia, va subsidiando hombres y mujeres en los que deposita un carisma para el pueblo de Dios, bajo el discernimiento de los pastores de la Iglesia. Y eso es lo que hemos de vivir, en unidad. En unidad en la fe y en unidad en el amor, sin excluirnos, sin recelos, sin envidias, sabiéndonos todos uno: “Que todos sean uno”. “Todo reino dividido contra sí mismo será destruido”, dice la Escritura. Luego, no podemos estar divididos. No podemos esperar a la parusía para la unidad, sino que tenemos que construir. Y eso supone que uno renuncie al accesorio y uno se fija en lo esencial.

Y lo esencial es Cristo. Lo esencial está contenido en el Credo. Y cambiarán formas, pero lo esencial, y lo que nos ha sido transmitido y nos ha sido mostrado por la Iglesia en su doctrina, sin relativismos, sin hacer absolutos de lo que no lo es, porque el Señor es lo importante y es lo esencial en su Iglesia, sus Sacramentos, su doctrina, el Evangelio.

Queridos hermanos, el Señor nos habla hoy de la luz. Nos pone y nos trae la profecía de Isaías, referida a Galilea, Zabulón y Neftalí: “Galilea del mar, tierra de los gentiles, una luz las ha brillado”. Son esas palabras proféticas que se les anuncia al pueblo después de la dominación a Siria, pero que, sobre todo, están pensando en una perspectiva de los tiempos mesiánicos de la llegada de Jesucristo. Y Jesucristo inicia su ministerio público, precisamente, en torno al lago de Galilea, que también conocéis los del Camino Neocatecumenal. Esa tierra de gentiles, esa tierra dentro del pueblo de Israel como más apartada, como más de periferia, frente a la centralidad de Judea y de Jerusalén. Y es ahí donde se dirige Jesucristo. Es ahí donde nos da el Sermón del monte. Es ahí donde elige a sus discípulos.

Es ahí, queridos hermanos y hermanas, vosotros del Camino Neocatecumenal, y me dirijo especialmente con agradecimiento a la Tercera Comunidad, salir de las Angustias (ndr. Parroquia) e ir de nuevo a una comunidad parroquial como es Santo Tomás, para anunciar a Jesucristo, para hacerlo presente con vuestro testimonio, con vuestra vida, con esa apertura y esa colaboración, con ese servicio a la comunidad parroquial como el Papa os pedía y nos pide a todos hoy el apóstol Pablo en la Carta primera a los Corintios.

Queridos amigos, estamos llamados a ser luz del mundo. Vosotros sois la luz del mundo. Jesucristo es la luz del mundo. El que me sigue a mí no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. En la liturgia pascual, todos nos encendemos del cirio pascual que representa a Cristo. En el momento de nuestro bautismo, a nuestros padres y padrinos se les da la vela encendida del cirio, para recibir la luz de Cristo. A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz, que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz.

Y nuestro mundo, y en esto también, queridos hermanos del Camino, el Papa ha alabado también vuestra presencia en las periferias, en los alejados, en los que se han apartado de la Iglesia, para llevar y encender de nuevo la luz de Cristo. La luz, nos ha advertido el Señor, no se enciende para ponerla debajo del celemín, sino en lo alto para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre del Cielo.

Luego, queridos hermanos, tantos motivos tenemos hoy para dar gracias a Dios y, al mismo tiempo, pedir la unidad, y al mismo tiempo, pedir la docilidad y la valoración de la Palabra de Dios. Que oremos con ella. Que la leamos cada día, de tal manera que ese Evangelio, que tengamos todos al menos nuestro Nuevo Testamento, pero, para leerlo, para que realmente ilumine nuestra vida de cada día, para que hablemos de Cristo. Decía san Jerónimo que “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo, no conocer a Cristo”.

Luego, vamos a pedirle esto hoy y vamos a acudir a la Virgen Santísima. Ella es la Madre de la Palabra. Ella albergó la Palabra en su corazón. El Verbo, que es el nombre propio de Cristo, se hizo carne y habitó entre nosotros en sus purísimas entrañas. María nos dice la Sagrada Escritura, guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón. María hace el canto del Magnífico, con trozos de la Sagrada Escritura, como una creyente que conoce la Sagrada Escritura; que conoce el Misterio revelado de Dios. Por eso está en esa sintonía. Ella, limpia de todo pecado, acoge la Palabra y nos la da a nosotros.

Fijaros qué palabras más bonitas para decir que una mujer ha nombrado, ha dado a luz: luz- lumbre. Pues, Ella nos ha dado a luz a Cristo. Nos ha dado a luz, la luz del mundo. Nosotros también somos Zabulón y Neftalí. Nosotros también necesitamos esa luz de Cristo, que es la luz de la fe. Se representa la fe con una venda en los ojos. El Papa Juan Pablo I, en las pocas catequesis y en uno de sus libros, dice que no le gusta esa representación. La fe no va a ciegas. La fe ilumina. La fe nos hace ver con la mirada de Dios nuestra vida, nos hace ver a Dios, nos hace ver a los demás. La fe es mirar con los ojos de Dios y esos ojos son los que nos pone la Palabra. Esos ojos, sobre todo, esa luz es Cristo. Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

Catedral de Granada, 25 de enero de 2026

El Obispo destaca la sabiduría y el celo apostólico de Santo Tomás de Aquino

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La celebración del patrono de los Estudios Eclesiásticos tuvo lugar el miércoles, 28 de enero

El Seminario Mayor “San Pelagio” celebró Santo Tomás de Aquino, patrono de los Estudios Eclesiásticos, el día de su festividad, el 28 de enero. La jornada comenzó con la eucaristía en la capilla del Seminario presidida por el obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, y a en la que estuvo presente el obispo emérito de la Diócesis, monseñor Demetrio Fernández.

En su homilía, el pastor de la Diócesis ha recordado el legado de Santo Tomás de Aquino, “los dones de su ciencia, sabiduría, santidad y celo apostólico”, y le ha pedido que conceda a los sacerdotes y formadores “la gracia de ver renovada también nuestra vocación docente”.

El Obispo ha pedido luchar por la justicia, la libertad y la dignidad de todas las personas. “Hay que buscar que la ciencia se abra también a Dios”, ha afirmado al tiempo que ha subrayado la necesidad que existe en el hombre de sabiduría, reflexión, diálogo y encuentro personal.  “En nuestro patrono tenemos un claro ejemplo, en primer lugar, de ciencia y de sabiduría. Su capacidad intelectual y de trabajo eran sin duda impresionantes, así como la experiencia de Dios que le hace plenamente sabio”, ha indicado.

Mons. Jesús Fernández ha continuado su homilía recordando la vocación de santo Tomás, “que no responde a la llamada del honor ni del dinero, sino a la llamada de Dios a servirle en el seno de la congregación dominicana destinada a colaborar en la formación religiosa y espiritual de un pueblo culturalmente pobre en pleno siglo XIII”. En este sentido, ha destacado, su trabajo intelectual primero como estudiante y después como docente “constituye una manifestación nítida del servicio a Dios y a los hermanos, y aunque su esfuerzo frecuentemente no fue reconocido por sus hermanos, eso tampoco le importaba porque no buscaba ni el honor, ni el dinero, ni el reconocimiento humano”.

Acto académico

Tras la celebración, el sacerdote Florencio Muñoz, profesor en el Seminario Conciliar “San Pelagio” ofreció la conferencia titulada “La virtud de la caridad en Santo Tomás de Aquino”.






























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Conferencia en la inauguración de la Cátedra Arzobispo Juan del Río

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Conferencia en la inauguración de la Cátedra Arzobispo Juan del Río

La búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino: razón, fe y vida académica

 

+José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

Universidad de Sevilla, 28-01-2026

 

Introducción: tres aniversarios y una interpelación actual

 

  • Rectora Magnifica,
  • Vicerrector de Relaciones Institucionales.
  • Director del SARUS y delegado diocesano para la pastoral universitaria
  • Director de la cátedra D. Juan del Río
  • Autoridades académicas, Profesores, Personal investigador, Personal de Administración y Servicios, sacerdotes, estudiantes.
  • Ilustrísimo Sr. Alcalde de Ayamonte,
  • Teniente Alcalde de Ayamonte.
  • Teniente Alcalde de Pilas.
  • Secretario General Ayuntamiento de Sevilla
  • Director Territorial de CaixaBank en Andalucía,
  • Responsable de Acción Social de la Fundación de CaixaBank Andalucía Occidental y Extremadura.
  • Director de la Fundación Persán.
  • Director de Cope Sevilla.
  • Hermanos Mayores y miembros de Juntas Gobiernos de Hermandades y Cofradías,

 

  • Señoras y señores.

 

La inauguración de la Cátedra Monseñor Juan del Río en la Universidad de Sevilla constituye ciertamente un acontecimiento de singular transcendencia universitaria, cultural y también eclesial. La dispersión, tan característica en nuestro tiempo, ya se trate de los lenguajes como de las concepciones antropológicas, supone una dificultad añadida para articular una visión unitaria del ser humano y de la sociedad. Por ello, en este marco, la creación de una cátedra que lleva el nombre de quien fue fundador y primer director del SARUS —servicio universitario orientado a la presencia intelectual y pastoral de la fe en la universidad— adquiere un valor que trasciende el mero homenaje biográfico, ya que se convierte en un gesto institucional que afirma la posibilidad y la necesidad de una promoción cultural de la fe, del hecho religioso, dentro del espacio académico de la razón.

El arzobispo Juan del Río Martín fue reconocido por su compromiso sostenido en la formación universitaria y la proyección cultural del cristianismo, articulado mediante programas estructurados de formación, congresos especializados y múltiples iniciativas pastorales. En esa rica constelación de ideas, proyectos y acciones latía una intuición de fondo: la convicción de que la fe no puede permanecer confinada al ámbito de lo privado, sino que está llamada a convertirse en inteligencia compartida, en diálogo con la cultura y en servicio al bien común. Pues donde el pensamiento se encuentra con la existencia concreta —ya sea en la universidad, en la sociedad, o la vida pública—, la fe ilumina a la razón y la eleva a alcanzar su verdadera dignidad, y dota al lenguaje de capacidad para construir, proponer y discernir.

La conmemoración sucesiva del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, que tuvo lugar el 18 de julio de 1323, por el Papa Juan XXII; del 750 aniversario de su muerte, acaecida el 7 de marzo de 1274, en la Abadía de Fossanova, Italia; y del 800 aniversario de su nacimiento, en 1225, en el castillo de Rocaseca, junto a Aquino, ha supuesto una ocasión privilegiada para volver la mirada hacia quien la tradición eclesial ha reconocido como “Doctor Communis”[1], Doctor Común o Universal, y también “Doctor Angélico”. Su enseñanza integra y armoniza la filosofía aristotélica con la fe cristiana. Su obra es considerada un compendio de la doctrina católica y una síntesis de la sabiduría filosófica, abarcando todas las áreas del conocimiento humano; fue capaz de unir el pensamiento de Aristóteles con la fe cristiana, integrando las verdades encontradas en filósofos paganos con la revelación divina; se le considera un maestro para todos los doctores y pensadores, un lazo de unión entre todas las especulaciones filosóficas y teológicas, de ahí su carácter «común» o universal. A la vez, es llamado Doctor Angélico por su profunda sabiduría y elevación espiritual, destacando sobre todo en la teología.

Esta vuelta a santo Tomás no ha consistido en un simple ejercicio de erudición retrospectiva o una evocación histórica. Al contrario, este retorno ha implicado una verdadera interpelación intelectual y espiritual dirigida al presente de la Iglesia, pero también, de modo particular, al ámbito universitario. No es casual que el papa Francisco describiera a santo Tomás como un “recurso” para la Iglesia de hoy y de mañana, subrayando de esta manera la permanente fecundidad de su pensamiento y de su testimonio vital[2]. La actualidad del Aquinate reside, más que en la repetición literal de sus tesis, en el modo en que llevó a cabo una búsqueda audaz de la verdad: con rigor intelectual, humildad espiritual y, sobre todo, apertura confiada a la Revelación de Dios.

Por ello, abordar hoy la búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino no es una elección temática erudita, sino una opción programática para una cátedra que desea situarse en el corazón mismo de la universidad: allí donde se fragua la responsabilidad de pensar, de formar y de orientar la cultura. Si santo Tomás enseñó que el intelecto se perfecciona cuando se abre a la verdad y finalmente reconoce su fuente en Dios, y si monseñor Juan del Río encarnó —en el ámbito universitario y en su mismo ministerio episcopal— el compromiso de promover una cultura de la fe capaz de dialogar con los lenguajes contemporáneos, la convergencia entre ambos sugiere un modelo fecundo para el presente: una comunidad académica llamada a unir claridad argumentativa, humildad ante lo real, sentido eclesial y vocación de servicio.

La presente disertación, con la que se inaugura esta institución, se propone, por tanto, recorrer la búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino como paradigma intelectual y espiritual para la misión universitaria: verdad como vocación, fe y razón como alianza, teología como escucha, virtud como forma de vida, y comunidad académica como communio de discernimiento. De este modo, la cátedra que hoy echa a andar al honrar una figura relevante de la historia reciente de la Iglesia en España, se sitúa —con esperanza y responsabilidad— en una tradición mayor: la de aquellos que, como el propio don Juan del Río, han comprendido que la universidad y la fe no son mundos contrarios ni paralelos, sino dos ámbitos llamados a encontrarse en el mismo punto decisivo donde nace toda verdadera cultura: el amor a la verdad y la obediencia a su luz. La pregunta que orienta esta reflexión es, por tanto, la siguiente: qué significa buscar la verdad según santo Tomás de Aquino, y qué implica hoy asumir su modelo en la vida y para la investigación de esta cátedra universitaria que hoy arranca.

 

  1. La verdad como vocación: el horizonte vital del Aquinate

Es evidente entonces que, en santo Tomás de Aquino, la búsqueda de la verdad fue puesta en práctica en el desarrollo de una vocación que dio sentido a la totalidad de su existencia. Su itinerario intelectual se comprende únicamente desde la convicción fundamental de que toda verdad procede de Dios, Aquel que es “ipsa veritas subsistens”[3]. Esta convicción confiere a su trabajo intelectual una densidad espiritual singular, puesto que investigar la verdad equivale, en última instancia, a orientarse hacia Dios mismo, origen y fin del intelecto humano. De ahí que el estudio, lejos de ser una actividad autosuficiente, se configure como un acto de obediencia a la verdad y, por ello mismo, como una forma de culto espiritual (cf. Rm 12,1).

La temprana canonización del Aquinate —menos de cincuenta años después de su muerte— puso de manifiesto que la Iglesia reconoció en él a un pensador eminente y un testigo de la fe cuya santidad se expresó en el ejercicio de la actividad intelectual. De ahí que el papa Juan XXII afirmaba en la bula de canonización que santo Tomás “iluminó a la Iglesia más que todos los otros doctores” y que “se aprende más en sus libros en un año que en toda la vida en los libros de los demás”[4].

El papa san Juan Pablo II subrayó también que santo Tomás amó la verdad de manera desinteresada, es decir, sin someterla a intereses ideológicos, de escuela o personales[5]. Este rasgo resulta especialmente significativo en el contexto cultural contemporáneo, en el que aflora con frecuencia la tentación de instrumentalizar el saber y de fragmentar el conocimiento.

Para el Aquinate, la verdad no es una construcción del sujeto ni un producto del consenso, sino una adecuación del intelecto a la realidad (“adaequatio intellectus et rei”), que remite siempre a un orden del ser recibido y no producido[6]. Sólo desde esta concepción, la verdad afecta a la decisión de la libertad, hasta el punto de fundar una auténtica ética del conocimiento caracterizada por la humildad, la paciencia y la apertura al diálogo.

 

  1. Fe y razón: una síntesis ordenada a la verdad

Una de las contribuciones más decisivas de santo Tomás de Aquino consiste en haber articulado de manera sistemática la relación entre fe y razón, evitando tanto su separación como su confusión o su confrontación. Los últimos papas han querido poner de relieve la tentación continua de oscilar entre el fideísmo y el racionalismo. En este marco, la síntesis tomista sigue manifestando una fuerza paradigmática. La razón humana posee una auténtica capacidad para conocer la verdad, incluida la verdad acerca de Dios, pero esta capacidad se ve plenificada por la fe, que no anula la razón, sino que la eleva y la orienta hacia su cumplimiento último[7]. De ahí el principio clásico: “gratia non tollit naturam, sed perficit”[8].

El Aquinate muestra que la fe no es un obstáculo para el pensamiento riguroso, sino su fundamento más profundo, pues abre el horizonte del intelecto hacia una verdad que lo supera sin violentarlo. La búsqueda de la verdad se encuentra intrínsecamente vinculada, en santo Tomás, a la cuestión de la felicidad humana. El intelecto se complace en su fin propio cuando alcanza la verdad suprema, que no es otra que Dios mismo. Por ello afirma: “para la perfecta bienaventuranza se requiere que el intelecto alcance a la misma esencia de la causa primera”[9]. La verdad es, por tanto, el camino hacia la comunión con Dios. En esta perspectiva, la investigación intelectual adquiere una dimensión escatológica, porque anticipa, de modo imperfecto, la visión beatífica.

El papa Benedicto XVI formuló con particular profundidad una intuición nuclear del pensamiento tomista: en la teología, Dios no es el objeto del que se habla, sino el sujeto que habla. Dios es el sujeto, Él es quien toma la iniciativa de revelarse y hablar al hombre. El teólogo no «descubre» a Dios como quien descubre una ley física; más bien, el teólogo escucha lo que Dios ya ha comunicado. La Teología es instrumento, ya que el pensamiento y las palabras del teólogo deben servir solo para que la Palabra de Dios encuentre espacio en el mundo. En consecuencia, es necesario el encuentro personal: Al ser Dios un «sujeto que habla», la fe no es una adhesión a un sistema de ideas, sino el encuentro con un «Tú» personal que se ofrece al hombre [10]. Esta afirmación introduce una corrección decisiva en la comprensión del quehacer teológico. La teología no consiste primariamente en un discurso humano sobre Dios, sino en un dejar hablar a Dios, permitiendo que su Palabra encuentre espacio en el lenguaje y en el pensamiento humanos. De ahí la exigencia de una constante purificación del discurso teológico, llamado a renunciar a la autosuficiencia para convertirse en instrumento. Esta concepción preserva a la teología de dos peligros recurrentes: el tecnicismo autorreferencial y la reducción ideológica del misterio.

La conocida experiencia mística de santo Tomás de Aquino al final de su vida —tras la cual afirmó que todo lo que había escrito le parecía “paja” comparado con lo que había visto— no invalida su obra, sino que la contextualiza y, al mismo tiempo, la confirma. La paja no es la nada: contiene el grano. Del mismo modo, el lenguaje teológico, aun siendo insuficiente, puede portar el conocimiento verdadero de Dios. Esta conciencia introduce una sana tensión entre el rigor del trabajo académico y la primacía de la experiencia de Dios, evitando tanto el intelectualismo como el antiintelectualismo.

Para santo Tomás, la verdad reclama una conversión del corazón. La verdadera sabiduría transforma la existencia, orientándola hacia el bien y configurándola según Cristo. La virtud no es concebida como un mero cumplimiento normativo, sino como una disposición estable hacia el bien, que ordena las potencias humanas y las hace dóciles a la verdad[11]. La adhesión a la humanidad de Cristo constituye, en este sentido, una auténtica pedagogía espiritual, ya que Cristo conduce al ser humano hacia Dios como un maestro, un guía bueno que lo toma de la mano.

El legado de santo Tomás continúa siendo hoy un verdadero desafío, una llamada a la comunidad académica a asumir una responsabilidad testimonial. Como recordaba el papa Francisco, su grandeza radica en una santidad capaz de dejarse provocar por los problemas inéditos de la historia, discerniendo en ellos las huellas del Reino[12]. La verdad cristiana no se impone por la fuerza, sino que se propone mediante una vida transformada, en la que la coherencia entre conocimiento y existencia se convierte en criterio de credibilidad.

 

  1. El modelo de santo Tomás para la vida y la investigación de la cátedra

A la luz de lo expuesto, el modelo de santo Tomás de Aquino puede articularse, para la vida y para la investigación de esta nueva cátedra universitaria Monseñor Juan del Río, en cinco principios fundamentales:

Primero. Dimensión comunitaria del saber: la cátedra como communio de búsqueda, de discernimiento y servicio.

En el horizonte del desarrollo intelectual de santo Tomás, la verdad no es un producto privado del sujeto, ni una construcción de escuela cerrada, sino una realidad que se recibe (del ser y, en teología, de la Revelación), se discierne con las mediaciones racionales adecuadas y se confiesa en el espacio público de la Iglesia y de la razón. Por ello, el trabajo intelectual no puede comprenderse como mera empresa individual; al contrario, la investigación verdadera se despliega en un tejido de tradición, maestros, interlocutores, objeciones, correcciones y consensos argumentados.

Esta estructura comunitaria no es un añadido sociológico, sino una exigencia interna del conocer humano: el intelecto es finito, situado, susceptible de sesgos; y el acceso a la verdad requiere contraste, corrección y complementariedad. En términos tomistas: el acto de entender pertenece al individuo, pero su perfección se acrecienta mediante la comunicación del conocimiento, que permite ordenar lo sabido, clarificar distinciones y superar errores[13]. La cátedra no se puede reducir, por ello, a una “plaza docente”, sino que se configura como comunidad de conocimiento donde la verdad se busca de modo corresponsable, con reglas, virtudes y finalidades comunes.

Segundo. Modelo metodológico tomista: lectio, quaestio y disputatio como arquitectura de una comunidad investigadora.

La forma de proceder de santo Tomás manifiesta un rasgo decisivo: el pensamiento avanza de manera dialógica. La estructura misma de la Summa theologiae —objeciones, sed contra, respondeo, réplicas— constituye un método de justicia intelectual: dar al otro lo que le corresponde, formular lo mejor posible la dificultad y responder con distinciones proporcionadas.

En él, la lectio supone escucha y recepción: la comunidad se constituye reconociendo que el saber nace de fuentes. En teología, esto implica primacía de la Escritura, lectura eclesial de los Padres, y atención a los grandes autores. En segundo lugar, la quaestio representa el paso crítico: la tradición no se repite; se interroga. La pregunta ordena el campo, distingue niveles, separa lo esencial de lo accesorio. Mientras, que finalmente, en tercer lugar, la disputatio expresa el carácter comunitario pleno: el saber se contrasta en presencia de objeciones reales; la verdad se depura por el choque con alternativas apropiadas.

En contexto universitario contemporáneo, este trípode puede traducirse en prácticas institucionales concretas como seminarios de lectura común (textos-fuente y bibliografía crítica), encuentros de formulación de cuestiones (preguntas de investigación bien delimitadas, hipótesis, estado de la cuestión); o debates académicos periódicos (presentación de tesis, discusión estructurada, actas publicables). De esta manera, la comunidad se robustece cuando existe un talante compartido: objeciones formuladas con lealtad; respuestas sin evasión; voluntad de dejarse corregir cuando la razón y la evidencia lo exigen. El Aquinate enseña que el adversario puede ser, de hecho, un cooperador de la verdad, porque fuerza a precisar lo que estaba confuso y a distinguir lo que se mezclaba indebidamente[14].

Tercero. “Caridad intelectual” como virtud propia de una comunidad universitaria.

El punto comunitario en santo Tomás se comprende a fondo si se inserta en su doctrina de las virtudes. Existe una forma de justicia y de caridad específicamente académica: la disposición estable a buscar el bien de la verdad y el bien del otro en el acto de conocer. La caridad intelectual se entiende, en primer lugar, como benevolencia hacia el interlocutor: interpretar con la máxima empatía la posición ajena, reconocer lo verdadero incluso en quien disiente, y responder a la persona mediante razones, no mediante descalificación. La amabilidad aquí no es cortesía superficial, sino una condición de posibilidad del conocimiento compartido.

Por ello, la caridad intelectual es además una forma de humildad cognoscitiva, ya que el saber propio se ha de considerar siempre perfectible; ni la autoridad sustituye a la razón; ni la pertenencia a una escuela reemplaza el examen de las pruebas[15]. Y, por último, la caridad intelectual exige también docilidad como parte de la prudencia: la comunidad es fecunda cuando existe capacidad de aprender de la experiencia, de los maestros y también del dato novedoso[16]. Esta triada (benevolencia–humildad–docilidad) es hoy particularmente relevante ante los riesgos de polarización académica: identidades intelectuales rígidas, debates performativos, y sustitución de la argumentación por estrategias de reputación.

Cuarto. Tradición viva y trabajo cooperativo: “situar” para poder innovar.

Hemos venido insistiendo en una doble exigencia: situar la obra tomista en su contexto histórico-cultural y, al mismo tiempo, atesorarla como “fuente siempre viva” para responder a desafíos actuales. Esta doble exigencia reclama una comunidad que practique simultáneamente: un ejercicio de filología y contextualización (historia intelectual, fuentes aristotélicas, patrística, debates medievales), pero, sobre todo, una actualización crítica (diálogo con ciencias, filosofía contemporánea, problemas de cultura, ética pública). Ninguno de estos niveles puede ser sostenido por un solo investigador. La fidelidad creativa requiere equipos: quien domina la crítica textual y el latín medieval; quien conoce la recepción moderna; quien puede abrir diálogo con cultura, fenomenología, hermenéutica o filosofía de la ciencia; quien trabaja áreas teológicas concretas (Trinidad, cristología, gracia, moral, eclesiología). La comunidad universitaria permite así un “poliedro” de competencias al servicio de una verdad una.

Aquí se hace especialmente fecunda la intuición resaltada por Benedicto XVI: si Dios es “sujeto” de la teología, el teólogo no habla desde la pura soberanía intelectual. La investigación se vuelve un acto de escucha eclesial y racional a la vez. Esa escucha, para no convertirse en subjetivismo, reclama comunidad: contrastes, revisión por pares, interlocución interdisciplinar.

Quinto. La verdad como bien común: la finalidad social y eclesial del trabajo académico.

En santo Tomás, el bien se entiende de modo difusivo: el bien tiende a comunicarse (“bonum est diffusivum sui”, como principio de la tradición platónica asumido en la teología escolástica). La verdad, en tanto bien del intelecto, tiene también esa dimensión comunicativa. De ahí que el saber universitario no sea una posesión privada, sino un servicio. Este punto señala tres responsabilidades institucionales: en primer lugar, una responsabilidad académica, pues la universidad sirve a la sociedad mediante pensamiento crítico, clarificación de conceptos, análisis moral y antropológico, y contribución al debate público con rigor[17]; en segundo lugar, una responsabilidad formativa: el objetivo no es producir especialistas sin alma, sino formar sujetos capaces de verdad: intelectualmente rigurosos, espiritualmente honestos, moralmente coherentes; y, por último, en tercer lugar, una responsabilidad eclesial: la comprensión de la realidad sólo aspirará a ser verdadera si tiene en cuenta cada uno de sus perfiles y si acoge su horizonte de sentido último.

De este modo no podría prescindir de la implicación de una teología que se hace, como indicaba santo Tomás, en la Iglesia y para la Iglesia. La cátedra, de este modo, puede colaborar en la inteligencia de la fe, la formación y el discernimiento cultural. La dimensión comunitaria se verifica precisamente aquí: cuando el trabajo del grupo, lejos de agotarse en publicaciones, se traduce en una cultura institucional donde el conocimiento se comparte, se enseña, se acompaña y se orienta al bien común.

 

Conclusión

Volver hoy a santo Tomás de Aquino no significa refugiarse en el pasado, sino aprender a buscar la verdad con la amplitud del intelecto, la humildad del corazón y la radicalidad del Evangelio. Su testimonio recuerda que la verdad, cuando es auténticamente buscada, conduce siempre a Cristo, camino, verdad y vida.

De ahí que la inauguración de esta cátedra, vinculada a la figura de Monseñor Juan del Río Martín, pueda comprenderse como una llamada a retomar el modelo impulsado por santo Tomás de Aquino en una clave contemporánea: la universidad como lugar de búsqueda rigurosa, la fe como fuerza cultural, la teología como disciplina que al hablar de Dios —como recordaba Benedicto XVI a propósito de santo Tomás— aprende a dejar que Él mismo sea el sujeto que habla, purificando el lenguaje humano para que la Palabra se haga audible en el mundo. En este sentido, el impulso cultural promovido por Monseñor Juan del Río en la vida universitaria sevillana, a través del SARUS y de su intensa actividad formativa, así como su rico ministerio episcopal, aparece como una forma concreta de esa misión.

Que su ejemplo de pastor bueno inspire a esta cátedra universitaria para perseverar en una investigación rigurosa, orante y eclesial, en la certeza de que, como repetía santo Tomás de Aquino, toda verdad, venga de donde venga, procede del Espíritu Santo[18]. Cuando san Juan Pablo II creó el Consejo Pontificio para la Cultura, en la Carta por la que se instituye dicho consejo, nos dejó una perla que nos ilumina en este acto, que también es fundacional. Dice así: «La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe … Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida»[19].

Agradecemos de corazón la presencia de la Rectora Magnífica de la Universidad de Sevilla, y de todas las personas que habéis tenido la amabilidad de compartir este acto; agradecemos la acogida de esta cátedra por parte de la Universidad, y felicitamos al director de la Cátedra Juan del Río por la iniciativa. Pedimos al Señor que la bendiga con frutos abundantes y pueda colaborar a que el diálogo y la síntesis entre la fe cristiana y la cultura iluminen nuestros pasos en la búsqueda y en la vivencia de la verdad y el bien. Muchas gracias.

 

 

[1] La expresión Doctor Communis se consolida a partir del siglo XIV.

[2] Cf. FRANCISCO, Carta del Santo Padre al Enviado especial para la Celebración del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, 30 de junio de 2023.

[3] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.16, a.5.

[4] JUAN II, bula Redemptionem misit, 18 de julio de 1323.

[5] Cf. SAN JUAN PABLO II, Discurso a la Pontificia Universidad de Santo Tomás, 17 de noviembre de 1979.

[6] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.16, a.1.

[7] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.1, a.1.

[8] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.1, a.8 ad 2.

[9] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.3, a.8.

[10] Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a los miembros de la Plenaria de la Comisión Teológica Internacional, 3 de diciembre de 2010.

[11]  Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.55.

[12] Cf. FRANCISCO, Carta del Santo Padre al Enviado especial para la Celebración del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, 30 de junio de 2023.

 

[13]  Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.109, a.3; De veritate, q.14, a.10.

[14] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae ST I, q.1, a.8; De veritate q.1, a.1.

[15] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.161.

[16] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.49, a.3.

[17] Cf. SAN JUAN PABLO II, Carta Encíclica  Fides et Ratio, 14 de septiembre de 1998.

[18] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.109, a.1.

[19] SAN JUAN PABLO II, Carta por la que se instituye el Consejo Pontificio para la Cultura; Roma 20 de mayo de 1982. Cita del Discurso a los participantes en el congreso nacional de Movimiento eclesial de compromiso cultural, 16 de enero de 1982.

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El Santuario de la Virgen de la Cabeza estrena página web

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Enmarcado en la preparación del octavo centenario de la Aparición, desde hoy, la Basílica Santuario de la Virgen de la Cabeza cuenta con un nuevo diseño de su página web.

Diseñado por Manuel Miras y el departamento de Informática de la Diócesis, la web del Santuario es ahora más moderna, intuitiva y con información actualizada sobre la actualidad de la Basílica de la patrona de la Diócesis de Jaén.

Junto con la sección de actualidad, también hay otras como la de Historia y romería, Cofradías, los trinitarios como custodios del Santuario; Servicios y Misas y cómo contactar.

Además, ahora, contará también con toda la información del octavo centenario y las actividades y cultos que se organicen.

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“Aguas de Mara”, la primera firma en Córdoba de ropa cristiana

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Tres jóvenes cordobeses crean este proyecto con el objetivo de ayudar a los más necesitados

“Aguas de Mara” es la nueva marca de ropa cristiana realizada en Córdoba por tres jóvenes emprendedores, enamorados de Dios y movidos por la solidaridad hacia quienes más necesitan.

Con este nombre que alude a un pasaje del Antiguo Testamento donde Moisés libera al pueblo de Israel y van caminando por el desierto y se encuentran un laguito estando sedientos pero de agua amarga, surge “Aguas de Mara”, que significa en arameo “amargo o amargura”, una innovadora moda juvenil que presenta prendas que lucen mensajes bíblicos y que se distribuyen con un fin benéfico: ayudar a quienes más lo necesitan.

Álvaro Munuera es el joven que tuvo la idea de poner en marcha este proyecto. “Esta iniciativa surge desde un encuentro personal que tengo con Dios, muy claro y evidente, porque nunca he sentido tanto amor en mi vida y nunca he estado tan alegre en mi vida como estuve en aquel retiro espiritual que hice en febrero del año pasado en un pueblo de Guadalajara que se llama Trillo. Doy gracias a Dios por haberlos utilizado como instrumento para que haya obrado en mí el Señor, porque yo estaba muy alejado de la Iglesia. Desde pequeño yo había sembrado bastante porque había sido monaguillo, iba a misa con mis padres, había ido a acampamentos de la Obra…, pero mi madre decidió separarse de mi padre y ahí empieza mi rechazo hacia Dios y hacia la Iglesia, porque viví situaciones que no eran normales para un niño de 13-14 años. Entonces, me vino a la cabeza el nombre de “Aguas de Mara”, como el pueblo de Israel cuando dijo a Moisés: ¿Dónde nos has traído? Que vamos por el desierto, tenemos mucha sed, lo estamos pasando mal y nos traes a un lago de agua amarga que no se puede beber; y Dios le dice a Moisés que tire un madero al agua y el agua se endulzaría y así fue. De ahí el nombre de la empresa que define un poco mi conversión, mi fe”, explica Álvaro al preguntarle por el origen de esta firma cordobesa que comenzó a comercializar su ropa en septiembre de 2025 a través de sus redes sociales junto a dos jóvenes más, Pablo Polonio como diseñador gráfico y Adriá Perulli.

Su ropa con mensajes cristianos es de las pocas firmas de ropa de este estilo que existen a nivel nacional y eso está haciendo que tenga una acogida muy buena. “Cuando vamos a misa con una sudadera, por la calle, o vamos a hablar a alguna catequesis, las personas se quedan muy impresionadas, muy chocadas de ver que hay jóvenes que quieren llevar la Palabra de Dios encima. También vemos cómo las personas nos miran con ojos de esperanza cuando saben que en esta sociedad consumista y materialista, resalta la frase de San Felipe Neri: “Prefiero el paraíso” y las cosas mundanas se quedan aquí mientras que la Palabra de Dios sigue llegando al mundo entero”, subraya Álvaro. “Queremos ser instrumento de Dios y queremos ser reflejo de lo que Dios quiere. No queremos ser más famosos que nadie ni mejores que nadie, humildemente ser cristianos y dar a conocer a Dios”, resaltan los creadores de la firma.

Esa fe en Dios, les ha impulsado a difundir la Palabra de Dios a través de la moda y, al mismo tiempo, a desarrollar su lado más solidario, ya que la firma ha vendido por el momento más de 200 prendas en unos seis meses y ha destinado el beneficio a la caridad. Entre las últimas obras llevadas a cabo por esta organización gracias a los ingresos de las ventas realizadas está la de repartir comida cocinada por ellos mismos a las personas sin hogar de Córdoba. Una labor altruista que quieren continuar y mejorar, siendo voluntarios en Cáritas, apoyando a los conventos o a la mayor cantidad de necesidades posibles.

Prendas de la firma

Sudaderas, camisetas o polares, entre otras, son algunas de las prendas que se pueden adquirir con logotipos o frases de la Biblia que resaltan escritos como: Sed luz en el mundo; Vestíos de amor, que es el lema de la marca, o Si Dios está conmigo, quién contra mí.

Los tres creadores aseguran que el verdadero objetivo del proyecto es la espiritualidad, llevar el mensaje de Dios por todo el mundo.






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Mons. Saiz en la inauguración de la Cátedra Arzobispo Juan del Río: «La universidad y la fe no son mundos contrarios ni paralelos»

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Mons. Saiz en la inauguración de la Cátedra Arzobispo Juan del Río: «La universidad y la fe no son mundos contrarios ni paralelos»

Esta mañana se ha celebrado en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla el acto inaugural de la Cátedra Arzobispo Juan del Río Martín, en el quinto aniversario del fallecimiento del que fuera primer director del Servicio de Asistencia Religiosa de la Universidad de Sevilla (SARUS). El arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, ha impartido la conferencia titulada ‘La búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino: razón, fe y vida académica’.

El 28 de enero de 2021 falleció en Madrid el arzobispo castrense monseñor Juan del Río Martín, víctima del Covid. Cinco años después, comienza su andadura la cátedra que lleva su nombre y que ha sido impulsada por su director, Juan Jesús Martín, sobrino de monseñor Del Río y profesor de la Facultad de Química. Con este motivo, se han dado cita en la sala noble de la Hispalense personas vinculadas de diversas maneras con el sacerdote de la Iglesia en Sevilla, nacido en Ayamonte (Huelva) y que llegó a ser obispo de Asidonia-Jerez y arzobispo castrense.

Proyección cultural del cristianismo

En su intervención, monseñor Saiz Meneses ha rescatado una de las obsesiones del ‘cura Juan’, que fue reconocido por «su compromiso sostenido en la formación universitaria y la proyección cultural del cristianismo, articulado mediante programas estructurados de formación, congresos especializados y múltiples iniciativas pastorales». En esta línea, el arzobispo de Sevilla ha subrayado que «en esa rica constelación de ideas, proyectos y acciones latía una intuición de fondo: la convicción de que la fe no puede permanecer confinada al ámbito de lo privado, sino que está llamada a convertirse en inteligencia compartida, en diálogo con la cultura y en servicio al bien común».

Más adelante ha afirmado que monseñor Juan del Río encarnó —en el ámbito universitario y en su mismo ministerio episcopal— el compromiso de promover una cultura de la fe capaz de dialogar con los lenguajes contemporáneos». Además, citó al homenajeado para subrayar que «la universidad y la fe no son mundos contrarios ni paralelos, sino dos ámbitos llamados a encontrarse en el mismo punto decisivo donde nace toda verdadera cultura: el amor a la verdad y la obediencia a su luz».

La búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino

La ponencia del arzobispo coincide precisamente con  la festividad de santo Tomas de Aquino, patrón de los estudiantes, y este ha sido el fondo de la ponencia que ha impartido el prelado hispalense. Monseñor Saiz Meneses ha hecho un recorrido por «la búsqueda de la verdad» en santo Tomás de Aquino como «paradigma intelectual y espiritual para la misión universitaria: verdad como vocación, fe y razón como alianza, teología como escucha, virtud como forma de vida, y comunidad académica como communio de discernimiento».

En el fondo de la intervención subyace una pregunta: «¿qué significa buscar la verdad según santo Tomás de Aquino, y qué implica hoy asumir su modelo en la vida y para la investigación de esta cátedra universitaria que hoy arranca?. El arzobispo ha expuesto las respuestas en base a varios enfoques: la verdad como vocación, la relación fe-razón, y el modelo de santo Tomás para la vida e investigación de la cátedra. Esto último con tres dimensiones: la dimensión comunitaria del saber, el modelo metodológico tomista, la «caridad intelectual» como virtud propia de una comunidad universitaria, la tradición viva y el trabajo cooperativo y, finalmente, la verdad como bien común.

En resumen, el arzobispo ha concluido afirmando que «volver hoy a santo Tomás de Aquino no significa refugiarse en el pasado, sino aprender a buscar la verdad con la amplitud del intelecto, la humildad del corazón y la radicalidad del Evangelio. Su testimonio recuerda que la verdad, cuando es auténticamente buscada, conduce siempre a Cristo, camino, verdad y vida».

«Compromiso firme con el diálogo entre saberes»

Al término de la ponencia ha intervenido la rectora de la Universidad de Sevilla, Carmen Vargas, que ha reconocido el significado especial que este acto tiene para la universidad: «No es sólo la apertura formal de una nueva cátedra, es, sobre todo, la expresión de un compromiso firme con el diálogo entre saberes y con la dimensión humana del conocimiento, que forma parte del ADN de esta universidad desde hace más de cinco siglos». «Hablar de Juan del Río en esta universidad es hablar de alguien que entendió profundamente qué significa vivir la universidad pública: escuchar, dialogar, acompañar, y respetar la pluralidad sin renunciar a las propias convicciones».

La rectora concluyó su intervención expresando «un deseo sincero»: «que sigamos fortaleciendo esta colaboración, y que el SARUS pueda contar con el apoyo necesario para continuar prestando su servicio a la comunidad universitaria». Antes de concluir, se hizo entrega al arzobispo de Sevilla de un cuadro con la imagen de Jesucristo Buen Pastor, en alusión al propio monseñor Del Río.

Texto íntegro de la CONFERENCIA del arzobispo de Sevilla

GALERÍA FOTOGRÁFICA del acto

 

 

 

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El Dicasterio de Evangelización felicita a España, la segunda nación del mundo en número de peregrinos en el Jubileo 2025

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El Dicasterio de Evangelización felicita a España, la segunda nación del mundo en número de peregrinos en el Jubileo 2025

El secretariado de la Comisión para el Jubileo 2025 de la Conferencia Episcopal Española ha elaborado una Memoria del Jubileo 2025 de la Iglesia de España. De ella se desprende el compromiso de todas las diócesis: España ha sido la segunda nación del mundo en cuanto al número de peregrinos, después de EEUU y antes de Italia. Detrás de ello se manifiesta la vida cristiana de la Iglesia española.

La mayoría de las diócesis españolas han peregrinado a Roma hacia la puerta santa en los 37 jubileos de los diferentes sectores pastorales en la Iglesia, «cuidando además el itinerario marcado, viviéndolo de modo espiritual y realizando todos los requisitos que la Iglesia propone», para una renovación de su fe. El Dicasterio de Evangelización ha felicitado públicamente a la Iglesia de España por su numerosa participación tanto a nivel diocesano como en cada uno de los jubileos.

Proyecto social dedicado a la trata de personas

También destaca la Memoria el proyecto social jubilar de este secretariado de la Comisión para el Jubileo 2025, que ha estado dedicado a la trata de personas y la explotación sexual y laboral. «El jubileo debía ser un tiempo para descubrir que en nuestro entorno existen personas que no son recocidas en su dignidad y que son vulneradas en sus derechos. El jubileo se debía convertir en un tiempo para abrir los ojos al sufrimiento de tantas personas que viven situaciones difíciles y que reclaman la ayuda de todos nosotros», indican en esta Memoria.

Además, cada diócesis y los diferentes grupos de peregrinos de las realidades pastorales que han acudido a Roma han entregado su aporte económico para las instituciones eclesiales que atienden a estas personas. Algunas diócesis han creado, incluso, con motivo del jubileo, alguna realidad como servicio a la trata de personas o a los más vulnerables.

Además, esta Memoria recuerda que la Iglesia de España animó el trabajo con una difusión especial de los “Cuadernos del Concilio”, los “Apuntes sobre la oración” y una “Guía para el Jubileo” con las claves para vivirlo, todo ello publicado en un espacio específico en la página web de la Conferencia Episcopal Española, donde se actualizaban estos recursos a lo largo de este período jubilar.

 

Consulte el dossier de la Jubileo Peregrinos de la Esperanza en la Archidiócesis de Sevilla

 

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Ejercicios espirituales para universitarios, jóvenes y adolescentes

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Se celebrarán del 12 al 15 de febrero y está abierto el periodo de inscripción.

Las Delegaciones episcopales diocesanas Universitaria y de Juventud e Infancia celebran ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, dirigidos por D. Enrique de Arteaga.

Tendrán lugar del 12 al 15 de febrero, en la Casa de espiritualidad Papa Francisco, ubicada en el edificio del Seminario Mayor San Cecilio (Paseo de Cartuja, 49), y está abierto el periodo de inscripción, que puede realizarse a través de un formulario, disponible EN ESTE ENLACE

Los ejercicios están dirigidos especialmente a estudiantes universitarios, así como a jóvenes y adolescentes, o personas en general que deseen participar con edades entre 18 y 35 años. Tienen como lema “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierdes su alma?”, tomado del evangelio de Mateo, 16,26. “Date un tiempo de silencio y oración para escucharte y escuchar a Dios”, señalan los organizadores.

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Conferencia y visita guiada en torno a la figura de Santiago el Mayor

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Dentro del Ciclo “’Los primeros seguidores’. Arte e iconografía en Granada”, del Centro Cultural del Arzobispado.

“La imagen de Santiago en el arte granadino: modelos y significaciones” es el título de la ponencia que se ofrecerá el jueves 29 en el salón de actos de la Curia Metropolitana (Plaza Alonso Cano), organizada por el Centro Cultural del Arzobispado.

La conferencia, que tendrá lugar a las 19:30 horas y se enmarca en el Ciclo “’Los primeros seguidores’. Arte iconografía en Granada”, estará a cargo del catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Granada Policarpo Cruz Cabrera.

El ponente hará un recorrido iconográfico sobre las imágenes dedicadas a Santiago el Mayor en la ciudad de Granada. “Se analizan sus representaciones según el contexto histórico, cultural y religioso, partiendo de una triple caracterización: Santiago como apóstol, como peregrino y como soldado. Finalmente, se estudia la peculiar vinculación de Santiago con la ciudad de Granada, especialmente a través de los hallazgos sacromontanos”, explica Policarpo Cruz.

VISITA GUIADA
Esta conferencia se completará con una visita a la iglesia de Santiago, que tendrá lugar el sábado día 31, a las 11 horas, en la puerta de dicha iglesia como punto de encuentro.

La visita estará guiada por el historiador de Arte Venancio Galán Cortés. Es necesaria la inscripción previa para participar en esta visita guiada, que puede realizarse el día de la conferencia, el 29 de enero. Para los participantes que lo deseen, podrá realizarse un donativo voluntario en esta visita, que se destinará a los gastos del mantenimiento del templo. El aforo es limitado.

“La iglesia de Santiago es una joya oculta y muy desconocida en Granda. Situada en la calle Marqués de Falces, este edificio del siglo XVI desde su fundación ha sufrido una serie de modificaciones arquitectónicas que han configurado uno de los templos más bellos de Granada”, explica Venancio Galán. “Con una espectacular cubierta mudéjar, su interior ha ido descontándose con el paso de los siglos, siendo el barroco la época por excelencia. Fruto de estos trabajos tenemos el grandioso tabernáculo obra de Hurtado Izquierdo, donde apreciamos el sentido catequético propio de la centuria del setecientos. Durante más de un siglo hizo las veces de iglesia de la Santa Inquisición”, señala.  

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