Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía celebrada en el día de la toma de Granada por los Reyes Católicos y en la fiesta de Nuestra Señora, Auxilio de los cristianos y Santa María de la Cristiandad, celebrada en la Catedral el 2 de enero de 2026. (Pronunciada en nombre del Sr. Arzobispo por el Vicario General de la Archidiócesis, con motivo de su convalecencia).
Queridos sacerdotes, autoridades civiles y militares;
hermanos y hermanas en Cristo, todos los que os dais cita en esta catedral y en la Capilla Real -símbolo vivo de fe, memoria y puente-:
Nos encontramos aquí no solo para recordar una fecha, sino para “reconocer”. Reconocer que la historia no es un archivo muerto, sino un río que correo dentro de nosotros: en nuestras calles, en nuestros rostros, en el silencio de la Alhambra y en el canto del “Gloria” que resuena bajo nuestras bóvedas.
Hoy, al conmemorar la Toma de Granada, no celebramos una victoria sobre nadie, sino el “cumplimiento de una etapa”, en la larga y compleja gesta de un pueblo que, a lo largo de los siglos, supo buscar -a veces con torpeza, a veces con grandeza- la unidad en la tierra, la paz en la convivencia y la verdad en la fe.
Y no lo hacemos con nostalgia, sino con “responsabilidad”. Porque conmemorar no es evocar el pasado como un museo, sino “reactualizarlo”: hacerlo presente en nuestro hoy, para que ilumine nuestro camino. Y ese camino, hermanos, no se construye sobre lo que nos divide, sino sobre lo que nos “une esencialmente”: la dignidad inviolable de cada persona, la llamada al bien común, el respeto por la verdad, la justicia y la caridad -virtudes que hoy no son meras ideas, sino “fuerzas vivas”, sembradas por Cristo en el corazón de la civilización que nos ha formado.
La Virgen, que hoy veneramos como “Auxilio de los Cristianos”, no es una figura lejana, sino una Madre que se inclina hacia los tiempos de confusión. Y el nuestro, sin duda, es un tiempo de confusión: de bloques que se reacomodan, de tecnologías que avasallan la libertad, de economías que olvidan al pobre, de discursos que exaltan la diferencia hasta convertirla en frontera infranqueable. En medio de esta tormenta, la Santísima Virgen nos recuerda algo sencillo y revolucionario: “la amabilidad es un acto de fe”. No una debilidad, sino una fortaleza moral. No una concesión, sino una “elección ética”: la decisión de mirar al otro no como rival, ni como dato estadístico, ni como obstáculo, sino como “hermano”, como “imagen de Cristo”, como “parte indispensable de la ciudad que queremos construir juntos”.
Por eso, hoy pedimos al Señor -con humildad y con urgencia- la “caridad política”, esa virtud tan olvidada y tan necesaria, de la que habla la Doctrina Social de la Iglesia. La caridad política no es asistencialismo, ni clientelismo, ni retórica vacía. Es el amor que se organiza, que se instituye, que se compromete: que diseña políticas que protegen a los ancianos, que educan a los niños, que acogen al migrante, que dignifican al trabajador, que escuchan al joven sin voz. Es el amor que se viste de justicia, de transparencia, de servicio desinteresado. Y su rostro más cotidiano, su gesto más urgente, es la “amabilidad social”: esa mirada que no juzga al instante, esa palabra que no hiere, ese silencio que acoge, esa mano tendida sin condiciones.
Granada, ciudad de tres culturas, de mil puentes y una sola alma, no puede permitirse la polarización. No puede permitirse que la política se convierta en guerra simbólica, ni que la fe se reduzca a un adorno de identidad. Necesitamos, más que nunca, un “amplio angular” en la mirada: que no se centre solo en los intereses de unos pocos, sino que abarque a los más frágiles -a los que duermen bajo los puentes del Darro, a los que no tienen acceso a una vivienda digna, a los que trabajan sin derechos, a los que han perdido la esperanza. Porque una sociedad que deja atrás a alguno, “ya no es una sociedad”: es un conjunto de individuos aislados, temerosos, enemistados.
Y esto no surgen por generación espontánea. No brota del vacío. Surge de convicciones arraigadas”: en la libertad que no es libertinaje, sino capacidad de elegir el bien; en la dignidad humana que no se negocia ni se subordina; y, para el cristiano, en la fe que nos revela que “Dios se hizo cercano”, y que, al hacerlo, nos enseñó que el otro no es un obstáculo, sino un “sacramento”: un lugar donde Dios se hace presente.
Por eso, en esta fiesta de Nuestra Señora, Auxilio de los Cristianos, elevamos nuestra oración:
- Señor, concédenos la sabiduría para leer nuestra historia sin falsas glorias ni culpabilidades innecesarias, sino con verdad y misericordia.
- Madre, auxílianos en los tiempos difíciles: en la confusión de los nuevos poderes, en la ansiedad del futuro, en la fatiga de la esperanza.
- Que Granada sea, una vez más, “ciudad-puente”: entre pasado y futuro, entre lo sagrado y lo cotidiano, entre lo diverso y lo común.
- Que su prosperidad no sea solo económica, sino humana; su cohesión, no solo administrativa, sino fraterna; sus metas, no solo estratégicas, sino éticas.
- Y que cada uno de nosotros -desde la familia, desde la escuela, desde el taller, desde el ayuntamiento, desde la parroquia- sea semilla de amabilidad, de escucha, de encuentro.
Que el Señor, por intercesión de la Santísima Virgen, nos conceda la gracia de “construir juntos”, no con gritos, sino con gestos; no con banderas, sino con manos tendidas; no con muros, sino con puentes. Porque la verdadera conquista no es el de las plazas, sino la del corazón. Y la verdadera toma de Granada -hoy, aquí, en cada uno de nosotros- es la toma de la “caridad como forma de vida”.
¡Que así sea!
¡Que así sea Granada!
¡Que así sea la Iglesia, que camina con su pueblo! Amén.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
S.A.I Catedral de Granada
2 de enero de 2026






































































































