Querida familia diocesana:
Se acerca la Semana Santa y, con ella, los días del sagrado Triduo Pascual –culmen del año litúrgico–, los días en que los cristianos contemplamos y celebramos –actualizando al tiempo que hacemos memoria– los misterios centrales de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección del Señor, que dan sentido a nuestra fe, pues –como nos recuerda el apóstol san Pablo– «si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe» (1Cor 15, 14).
Por eso celebrar como creyentes estos días santos es una invitación a renovar y fortalecer la fe en Aquel que nos amó y se entregó por nosotros, muriendo en la cruz para redimirnos y mostrarnos la misericordia del Padre; en Aquel que vive y está presente en su Iglesia por la acción del Espíritu Santo; en Aquel que, como hace veintiún siglos con los apóstoles, sigue invitándonos a seguirle para estar con Él y ser enviados, para ser discípulos misioneros y, de esta manera, llevar a cabo la misión que nos dejó de ser sus testigos hasta los confines del mundo, anunciando y haciendo presente el Reino de Dios.
En efecto, Cristo resucitado –el que por nosotros murió y, al tercer día, resucitó–, no sólo es el centro y la razón de nuestra fe, sino también el contenido de nuestra predicación, como lo fue de san Pablo. Una predicación que va más allá del anuncio en las celebraciones litúrgicas y en la catequesis, dentro de nuestros templos, para salir a la calle y llegar así a toda la sociedad. Una predicación que va más allá de las palabras a la vida; la vida de cada día, a la manera en la que estamos en la sociedad, al modo en que participamos de la vida pública, donde estamos llamados a ser «sal de la tierra y luz del mundo» (cf. Mt 5, 13-16).
Las intensas celebraciones litúrgicas de estos días santos vividos en comunidad, así como las hermosas manifestaciones públicas de fe en las calles de nuestros pueblos y ciudades, son una invitación a vivir la fe, sin complejos, en nuestra sociedad multicultural como una propuesta de vida –la que nace de Jesucristo– que puede dar sentido a la vida de tantas personas que están en búsqueda. Una propuesta también para nuestra sociedad desde los principios que nacen del Evangelio y que están recogidos en la rica doctrina social de la Iglesia capaz de iluminar la política, la economía, la cultura, los medios de comunicación social, en definitiva, todos los ámbitos de la sociedad y de la vida pública.
Este es el objetivo que nuestra diócesis nivariense se ha fijado en su plan pastoral para este curso: valorar y fomentar la «presencia misionera en la vida pública», especialmente de los laicos, quienes –como probablemente tú– forman la inmensa mayoría del Pueblo de Dios y que, de forma reduccionista, pueden pensar que vivir la fe es solo una cuestión de la vida privada de cada uno o que sólo se vive dentro de las cuatro paredes del templo. Nada más lejos de la realidad, como nos hace ver el testimonio de los apóstoles que vivieron la Pascua, quienes pasaron de estar encerrados por miedo a salir a las plazas a anunciar que Jesucristo había resucitado, del desánimo y la desesperanza a la alegría e ilusión renovada.
A este respecto, siguen siendo actual y acertado el análisis y las palabras de los obispos españoles hace unas décadas: «La participación de todos los laicos en la misión evangelizadora de la Iglesia es hoy especialmente urgente. Es, incluso, más necesaria que nunca. La autonomía de nuestra sociedad crecientemente secularizada; la separación, pretendidamente justificada, entre la fe y la vida diaria, pública y privada; la tentación de reducir la fe a la esfera de lo privado; la crisis de valores; pero también la búsqueda de verdad y sentido, las más nobles aspiraciones de justicia, solidaridad, paz, reconocimiento efectivo de los derechos reconocidos y conculcados, la defensa de la naturaleza, son otros tantos desafíos que urgen a los católicos a impulsar una nueva evangelización, a contribuir a promover una nueva cultura y civilización de la vida y la verdad, de la justicia y la paz, de la solidaridad y el amor» (Cristianos laicos, iglesia en el mundo, 43).
Queridos hermanos y amigos, si algo caracteriza la Semana Santa en casi todas las parroquias de nuestra diócesis, en cualquier punto de nuestras islas, es «el salir a la calle» en las numerosas manifestaciones públicas de nuestra fe, en las que algunos se implicarán y participarán activamente, mientras tantos otros estarán pasivamente como meros espectadores. «Salir a la calle» más que una acción concreta de este tiempo debería transformarse en una actitud constante, en una forma de vivir la fe, acogiendo las palabras del recordado Papa Francisco en Brasil en la Jornada Mundial de la Juventud cuando invitaba a los jóvenes a salir a la calle; o como diría meses después en la exhortación La alegría del Evangelio, a ser una Iglesia en salida, pero no en cualquier tipo de salida, sino en salida misionera, llevando el mensaje de Cristo, predicando en nuestra vida lo que confesamos en la fe: que Cristo ha muerto y ha resucitado por nuestra salvación. Pregúntate qué quieres ser tú: ¿mero espectador pasivo que te quedas fuera o te animas a implicarte y vivir tu fe –tu condición de bautizado– de forma corresponsable participando en la misión de la iglesia, de la comunidad de los bautizados que caminamos juntos?
Que estos días de Semana Santa, además de ser días de interrupción del ritmo cotidiano de trabajo y estudio, sean realmente días santos, vividos con fe y con pasión experimentando el amor de Jesús que se entrega por nuestra salvación y el gozo del Cristo resucitado que llena de sentido nuestra vida y nos impulsa, sin miedo ni complejos, a la misión de evangelizar, de compartir el gozo que nos da la fe y que nos impulsa a la caridad, especialmente con los más pobres y vulnerables, los preferidos del Señor.
Al tiempo que deseo a todos y cada uno de ustedes que puedan vivir con intensidad los días santos de la Pascua, hago mía las palabras pronunciadas por nuestro querido Papa León XIV tras ser elegido en la tarde del 8 de mayo y dirigida a su diócesis de Roma: «Debemos buscar juntos cómo ser una Iglesia misionera, una Iglesia que construye puentes dialogando, siempre abierta —como esta plaza— a recibir con los brazos abiertos a todos, a todos aquellos que necesitan nuestra caridad, nuestra presencia, diálogo y amor». Una forma de ser iglesia misionera es a través de nuestra presencia y aportación a la vida pública, a nuestra sociedad, a nuestra humanidad. ¿Te animas a unirte a nosotros para vivir así y salir a la calle a manifestar y vivir la fe no solo en Semana Santa?
Que el Señor nos bendiga con una fructuosa Cuaresma para que vivamos una gozosa Pascua, acompañados de María, la madre del pueblo fiel.
Eloy A. Santiago Santiago
Obispo de San Cristóbal de La Laguna

