«Nadie hará callar tu última homilía»

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Reproducimos a continuación el artículo de Eduardo Martín Clemens, delegado diocesano de Misiones, publicada en la edición de hoy, viernes 22, en el periódico ABC de Sevilla, titulada ‘Nadie hará callar la última homilía de Monseñor Romero’:

Pocas experiencias de fe pueden equipararse a la lectura de las homilías de Monseñor Romero. Sorprende la piedad que expresan y cómo traslucen al místico y hombre de profunda oración, tan enamorado de Jesucristo que hizo de toda su vida carne de Evangelio. En ellas, la profunda reflexión teológica conlleva una radicalidad profética, avalada por la sangre martirial con que fueron selladas. Junto a la explicación del Evangelio relataba los acontecimientos de la semana y citaba, con sus propios nombres, a muchos de los hermanos perseguidos y asesinados en la cruenta guerra civil que vivía su país. En una de las últimas le pedía al Señor que, «mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me de la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento, y aunque siga siendo una voz que clama en el desierto sé que la Iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir con su misión».

Aunque esa misión es tarea de toda la Iglesia, en la Delegación de Misiones aspiramos a entregarnos a ella con especial celo. Por eso no puedo disimular la alegría que brota en nuestros corazones ante la próxima beatificación de Monseñor Romero a quien siempre vimos como misionero, como el pastor fundido con su pueblo que dio testimonio con su vida del «olor a oveja» que pide hoy el papa Francisco. Su asesinato nos conmocionó a todos y nos interpeló en el fondo de nuestras almas. Yo era entonces vicerrector el seminario de Sevilla y recuerdo cómo de la oración de quienes allí estábamos surgió la vocación misionera de dos seminaristas que partieron a la misión ad-gentes y que encontraron años después la muerte en tierras de misión, llevando el mensaje de Jesucristo. Eran Paco Macías de Carmona y Miguel Benítez de Tocina. A ellos los han seguido otros a los que seguirán otros que continuarán la senda de Monseñor Romero y la de todos los mártires que lo han precedido, porque cuando muere un misionero, su lugar lo debe ocupar otro misionero.

Incomprendido por mucho, como los profetas, calumniado por otros, como Jesús su Maestro y Pastor, nunca eludió los peligros porque hay que salir en búsqueda de la oveja perdida sin olvidar a las que están en el redil. Su enseñanza nos recuerda que todos los males tienen su raíz en el pecado, pues «en el corazón del hombre están los egoísmos, las envidias, las idolatrías y es allí donde surgen las divisiones, los acaparamientos […]. Hay que purificar, pues, esa fuente de todas las esclavitudes. ¿Por qué hay esclavitudes? ¿Por qué hay marginaciones? ¿Por qué hay analfabetismo? ¿Por qué hay enfermedades? ¿Por qué hay un pueblo que gime en el dolor? Todo esto está denunciando que existe el pecado. La pobreza es una denuncia de la injusticia de aquel pueblo».

Él se dirigió a los mismos que lo mataron pidiéndoles que no mataran a sus hermanos, atreviéndose, en nombre de Dios, a desafiar las estructuras de dominación que perpetraban el mal, recordándoles, al hablar de la conversión, pocas semanas antes de su muerte, «Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR…». Y es que, para la salvación, «la condición indispensable no es llamarse cristiano o llamarse hijo de Abraham»; la condición indispensable es «la conversión personal».

Su compromiso con el Evangelio, que implicaba ese desafío a las estructuras de pecado, llamando al soldado a desobedecer la orden inicua de matar, lo llevó a la muerte. Su ejemplo nos debe interpelar a todos para tener la valentía de rechazar todas las estructuras de pecado. Como dice Juan Pablo II en la Encíclica Solicitudo Rei Socialis, debemos tener presente el plan de Dios sobre los hombres, su justicia y su misericordia y que «Cuando no se cumplen éstos se ofende a Dios y se perjudica al prójimo, introduciendo en el mundo condicionamientos y obstáculos que van mucho más allá de las acciones y de la breve vida del individuo». También nos recuerda Juan Pablo II que «entre las opiniones y actitudes opuestas a la voluntad divina y al bien del prójimo y las «estructuras» que conllevan, dos parecen ser las más características: el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse, para caracterizarlas aún mejor, la expresión: «a cualquier precio»». Monseñor Romero se opuso a que ese precio fuese la vida de los hombres. Pero su enseñanza no es válida sólo para situaciones extremas como la de El Salvador en aquellos día, sino que su ejemplo debe llevarnos a nosotros a oponernos a que ese precio sea la dignidad de los hombres, ya se trate de refugiados que llegan a nuestras costas o de nuestros propios paisanos arrojados a la exclusión por lo que Francisco ha denominado la «economía del descarte», de la que tantas veces, incluso sin darnos cuentas, somos cómplices.

Este 23 de mayo será un día de gozo, pues la Iglesia, a quien entregó su vida ofreciendo el sacrificio de la Santa Misa y como el Maestro «amando hasta el extremo», después de un exhaustivo estudio, lo eleva a los altares y tanto El Salvador como América Latina y todos quienes sufren el pecado del prójimo tendrán un intercesor más en el cielo. Gracias Monseñor por tu vida entregada y tu santidad cotidiana. Por vivir en momentos límites sin miedo a perder la vida. Por escribir tu magisterio ante el Sagrario y con el dolor de tu pueblo en una mano y el Evangelio en la otra. Cuida a nuestros misioneros, suscita el fervor apostólico que te acompañó desde tu conversión a los pobres para que nunca falten sacerdotes, religiosos y familias enteras que dejando atrás la inercia de unjas vidas acomodadas corran la gran aventura de inculturarse por puro amor a Jesucristo en los más pobres y desfavorecidos, pues toda acción pastoral ha de ser liberadora como Jesús proclama cuando en el templo desenrolla al profeta Isaías y habla de esa realidad que se cumple en Él, que es el Reino de Dios. Y a todos nosotros ayúdanos a la conversión y a abandonar nuestra vida de pecados, conmoviendo nuestros corazones, como el de aquel que cuando visitó su tumba lloró por sus comodidades y sintió rubor por no vivir su ministerio a pleno rendimiento y que estaba desgastando totalmente su vida.

Eduardo Martín Clemens

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