En el Arciprstazgo Cerro-Amate.
Convocados por la Delegación de Pastoral Obrera y el Arciprestazgo Cerro-Amate de la Archidiócesis de Sevilla, el pasado día 18 se han celebrado las Jornadas Diocesanas de Pastoral Obrera y de formación del arciprestazgo, bajo el lema “Crisis moral y económica en nuestros barrios y parroquias. Una mirada desde nuestra fe y el dolor de las victimas".
En la Parroquia de la Anunciación de Nuestra Señora y Beato Juan XXIII de Sevilla se han reunido ciento cincuenta personas para reflexionar sobre el aumento de la conciencia social en nuestras comunidades parroquiales a la luz del Plan Pastoral Diocesano 2009-2013, porque “una parroquia, casa de la familia cristiana, toda ella evangelizadora, ha de preguntarse si lo que vive, hace anuncia y transmite es “buena noticia” para los pobres”.
“La crisis económica está provocando una gran crisis social. Cada vez es más sombrío el futuro de los inmigrantes, de los jóvenes y de miles de matrimonios y familias". En el comunicado fianl se recuerda un pasaje de la carta del arzobispo, mons. Juan José Asenjo, al comienzo del curso pastoral: “Urge, pues, recuperar un estilo de vida personal más austero y solidario. Urge además impulsar un nuevo orden económico mundial al servicio de cada hombre o mujer y de todos los hombres y mujeres, respetuoso al mismo tiempo con la creación, don de Dios”.
Femando Díaz Abajo, director del Departamento de Pastoral Obrera de la CEAS y párroco de la Parroquia Nuestra Señora del Pilar de Sevilla, desarrolló la ponencia "Desde las víctimas, humanizar la existencia. Desde el abismo encontrarnos con Dios (Sal. 138)”. A su juicio, el nuevo modelo económico centrado en el mercado, implica una lectura creyente de la realidad y abrir caminos de humanización. La fe cristiana genera nuevas formas de sentir, pensar y actuar si se vive el Evangelio en plenitud. Así, los desequilibrios del mundo del trabajo se han de afrontar restableciendo la jerarquía de valores y dando prioridad a la dignidad de la persona que trabaja. Pero la mística del mundo del trabajo reclama como ninguna otra el dinamismo de la Encarnación. Para ello es necesario poner el acento en los estilos de vida de modo que, tanto personal como comunitariamente, vivamos la solidaridad real y concreta con los empobrecidos porque lo que debe ser central en nuestra vida es la causa del Reino de Dios y su Justicia y no otras cosas.
En la ponencia, señaló que nuestras Iglesias locales, nuestras comunidades parroquiales han de recuperar una dimensión profética que se ha ido debilitando con respecto a muchas cuestiones sociales. Pero junto a eso, se ha debilitado también, acuciados por nuevas dificultades, la vivencia gozosa de la vida eucarística que llene nuestra existencia y haga preguntarse a otros por nuestra alegría y nuestra esperanza. Nuestra vida personal, pero sobre todo nuestra vida comunitaria, ha de ser anuncio de Buena Noticia para quienes solo las reciben malas por parte de este mundo.
Este -añadió- es el eje central de nuestras propuestas. Avanzar en construir una dinámica de trabajo en las parroquias desde las situaciones concretas que viven las personas en el territorio de la parroquia. Construir comunidades cristianas, referenciales, encarnadas, testimoniales, con capacidad de denuncia profética, anunciadoras de una nueva forma de ser, de vivir, de actuar, que manifieste que otro mundo, otra manera de relacionarse, de vivir, de afrontar los problemas, de ejercer la solidaridad, es posible. A la comunidad cristiana le corresponde por eso, ser la casa de familia que acoge las debilidades y las víctimas que este sistema va generando, la crisis nos interpela a todos.
"Todos estamos llamados a afrontar este tremendo desafío (SRS 47c). La mejor forma de afrontarlo es con “los brazos levantados hacia Dios” (CV 79) y con la disponibilidad de buscar el bien de todos abrazando gozosa y solidariamente a todos los hermanos y hermanas que solo pueden ganar el pan con el sudor de su frente.