Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses en la Santa Misa para la apertura del Sínodo

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Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses en la Santa Misa para la apertura del Sínodo

Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses en la Santa Misa para la apertura del Sínodo de los Obispos en la  Catedral Basílica de Santa María de la Sede, Sevilla.

Sábado 17 de octubre de 2021.

“El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45). Hoy resuenan de nuevo en las naves de nuestra catedral estas palabras de Jesús, que pronuncia camino de Jerusalén, donde se cumplirá el misterio de su pasión, muerte y resurrección. Palabras que revelan el sentido de su misión en la tierra, la entrega de su vida en la cruz. En esta Santa Misa para la apertura del Sínodo de los Obispos, las escuchamos con particular intensidad para que reaviven en nosotros la conciencia de vivir en profunda actitud de servicio a Dios y a los hermanos, de llevar a cabo nuestra misión en comunión y sinodalidad, entregando la propia vida.

Saludo al Sr. Arzobispo emérito, hermano en el episcopado, al Vicario general y Deán, al Cabildo Metropolitano, al Consejo Episcopal; a los sacerdotes, diáconos y seminaristas; a los miembros de la vida consagrada y a todos los fieles laicos; a los miembros de movimientos, asociaciones y diferentes realidades eclesiales, de instituciones caritativas y sociales, a los miembros de las hermandades y cofradías. Saludo a los aquí presentes y a los que participáis en la celebración a través de los medios de comunicación.

“El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”. Jesús, el Mesías, tal como es anunciado por el profeta Isaías, no vino para ser servido, sino para servir. Su ejemplo y enseñanza se convierten en el criterio fundamental a la hora de establecer las relaciones en el seno de la comunidad cristiana y significan un modo nuevo y absolutamente revolucionario de ejercer la autoridad. Mientras se dirigen hacia Jerusalén, el Maestro les anuncia por tercera vez el camino a través del cual llevará a cumplimiento la obra que el Padre le encomendó, el camino de la entrega total de la propia vida en la cruz.

Pero los discípulos no son capaces de entender, están ofuscados por una especie de bloqueo que les impide pasar de una mentalidad compuesta por criterios puramente humanos, a la pedagogía de Dios. Desde una lógica humana y ambiciosa, no es extraño que Santiago y Juan pidan a Jesús sentarse en su gloria uno a su derecha y otro a su izquierda, es decir, pidan los dos primeros puestos. Esta petición expresa una autoestima considerable, y unas expectativas y proyectos de grandeza y de autoridad, tan grandes como mundanos. Jesús, que conoce el corazón del hombre, no se incomoda por esta petición, porque conoce bien a los dos hermanos y al resto de los doce, hará ejercicio de paciencia y les explicará, una vez más, lo que comporta su seguimiento. El camino de Jesús es el camino de la obediencia total al Padre, y eso significa también la humillación, el sufrimiento y la muerte. Ellos responden que se sienten capaces, y Jesús de nuevo les exhortará a no hacer cálculos de poder, sino a abandonarse confiadamente en manos de Dios buscando siempre su voluntad.

La indignación de los otros diez discípulos será ocasión para que el Maestro amplíe su enseñanza a toda la comunidad: Todo ministerio en el seno de la Iglesia es siempre una respuesta a llamada de Dios, y nunca es fruto de una iniciativa propia o de una ambición personal. En la Iglesia nadie es propietario de la misión ni de los dones recibidos; todos somos llamados, todos somos enviados, todos somos capacitados por la gracia, por el don de Dios. Y ahí radica también nuestra seguridad. Es fundamental que cada día actualicemos la llamada de Jesús y re novemos nuestra respuesta a su llamada para vivir nuestra misión en la Iglesia como auténticos discípulos, con actitud de servicio.

A partir de este episodio Jesús nos plantea una cuestión nuclear en el ejercicio de las responsabilidades y en las relaciones humanas. ¿Dónde reside la auténtica grandeza? ¿Cómo ejercer la responsabilidad, cuál es su sentido? Jesús enseña a los discípulos una forma completamente distinta a la que prima en el mundo, y nos dice con rotundidad que «no ha de ser así entre vosotros». Sus discípulos han de seguir un modelo totalmente diferente: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos». El criterio de la grandeza y del primado según Dios no es el dominio, sino el servicio. Esta ha de ser la ley fundamental del discípulo y de la comunidad cristiana.

“El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”. Cristo es el modelo, la referencia, y define su misión en la categoría del servicio, entendido como el don total de la vida en la cruz, como redención para muchos, y lo presenta como condición indispensable para seguirlo. Este mensaje se dirige a los Apóstoles, en primer lugar, pero se dirige a toda la Iglesia, sobre todo a aquellos que tienen la tarea de guiar al pueblo de Dios. No hemos de pensar, actuar, vivir, desde la lógica del dominio o del poder según los criterios humanos, sino desde la lógica del inclinarse para lavar los pies, la lógica del servicio, la lógica de la cruz, la lógica de entregar la propia vida. Esta es la actitud fundamental en el ejercicio de la autoridad.

Servir hasta dar la vida, servir dando la vida en las pequeñas o grandes tareas del día a día. Comprometer la vida entera al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia. Como sabéis, el papa Francisco ha convocado la XVI Asamblea General de los Obispos con el tema: «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión». Un sínodo para hacer realidad al máximo posible la participación en la Iglesia. Un sínodo que comporta una etapa diocesana que iniciamos hoy, con esta celebración, y que culminará en octubre de 2023 en Roma, con la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.

¿Qué significa la palabra Sínodo? Indica el camino que recorren juntos los miembros del Pueblo de Dios. El papa Francisco, el 17 de octubre de 2015, en el Discurso que pronunció en la Conmemoración del 50 aniversario de la Institución del Sínodo de los Obispos, por parte de san Pablo VI, afirmó que «el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio», y lo ha convertido en un compromiso programático. En el mismo discurso afirmó que la sinodalidad «es dimensión constitutiva de la Iglesia», de modo que «lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está todo contenido en la palabra “Sínodo”».

Todo el Pueblo de Dios comparte una vocación y una dignidad común que procede del Bautismo. En virtud de nuestro Bautismo todos estamos llamados a participar activamente en la vida de la Iglesia. En las parroquias, en las pequeñas comunidades cristianas, en los movimientos laicales, en las comunidades religiosas, en las instituciones de Iglesia, en las hermandades y cofradías, todos estamos invitados a la oración, al encuentro, al diálogo, a escucharnos unos a otros, de modo que podamos captar los impulsos del Espíritu Santo, que viene en nuestra ayuda para guiar nuestros esfuerzos humanos, y nos lleva a una comunión más profunda y a una misión más eficaz en el mundo.

Comunión, participación y misión. Unidos profundamente en el Señor, porque de otro modo nuestra palabra no puede ser creíble; con la participación de todos, porque todos los miembros de la familia diocesana somos igualmente importantes; anunciando la buena nueva del Evangelio, porque la Iglesia existe para evangelizar. Cristo resucitado, presente en su Iglesia, Señor del Gran Poder que ayer peregrinó por las calles y plazas de Sevilla en peregrinación hasta TresBarrios-Amate y la Virgen de los Reyes, Madre y Maestra, patrona de la ciudad y de la archidiócesis de Sevilla, nos acompañen en este camino sinodal y lo bendigan con un fruto abundante. Así sea.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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