Celebramos el pasado domingo la solemnidad del Corpus Christi que nos ha invitado un año más a poner en el centro de nuestras comunidades y de nuestras vidas a Jesús verdaderamente presente en el Pan y en el Vino de la Eucaristía para llenar así nuestro mundo del amor que se desprende de este Sacramento.
El pintor sevillano Francisco de Herrera el Mozo (1627-1685) ingresa como hermano en la Archicofradía Sacramental de la Iglesia del Sagrario en el año de 1655. Un año más tarde, se le encarga esta pintura para que presidiera su nueva estancia de reuniones donde, al parecer debía de colocarse entre dos puertas, lo que explicaría su forma. Actualmente se halla en la sacristía de la Parroquia del Sagrario.
Presenta una compleja iconografía con la que la Sacramental pretendía exaltar el misterio de la Eucaristía, presentándolo como el centro de la vida cristiana, como nos enseñan con su ejemplo y doctrina los teólogos y nos muestra la Virgen Inmaculada, primer sagrario que contuvo la presencia del Hijo de Dios en la tierra.
Así, en la zona inferior, aparecen en medio de efectos de contraluz una serie de santos y Padres de la Iglesia que han estudiado y cantado el misterio eucarístico. Distinguimos en primer término, de espaldas, a san Agustín que está atentamente escuchando la conversación que parecen tener santo Tomás de Aquino y san Buenaventura, mientras se dispone a mojar la pluma en el tintero que le ofrece un querubín. Al fondo, se distinguen entre otros a san Jerónimo y el resto de Padres de la Iglesia.
El centro de la composición lo forma el Santísimo Sacramento en la custodia sostenida por ángeles, que está siendo adorada por la Virgen María representada con la iconografía de la Inmaculada Concepción, sobre la que vemos a Dios Padre y el Espíritu Santo en forma de paloma. Para equilibrar la composición, el autor ha colocado al otro lado de la custodia unos ángeles turiferarios que inciensan la Sagrada Forma, representándose así el escudo corporativo de la Archicofradía de manera dinámica dentro de la propia composición.
Como señala el historiador del Arte Antonio García Baeza, autor de una imprescindible tesis sobre este artista, Herrera en esta obra rompe el límite entre el cielo y la tierra, elevando el plano inferior, el de la tierra, convirtiéndolo así en un plano intermedio entre el misterio que la obra representa y la realidad, de modo que el marco de la pintura se convierte en una ventana tras la cual el muro se abre para mostrar al fiel el cielo.
Este investigador propone una lectura que enriquece el significado de esta obra al plantear que el diálogo que mantienen san Buenaventura y san Tomás representa en realidad el enfrentamiento que franciscanos y dominicos mantuvieron acerca de la Inmaculada Concepción de la Virgen, diatriba que, como apunta García Baeza, está a punto de ser solventada con la autorización de la festividad en 1661.
Antonio R. Babío, delegado diocesano de Patrimonio Cultural
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