El Arzobispo preside la Santa Misa en la Solemnidad de la Asunción

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El Arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo Pelegrina, ha presidido la Santa Misa en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen, tras la procesión de la Virgen de los Reyes.

En su homilía, Mons. Asenjo, ha destacado que «la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen, que en Sevilla coincide con la fiesta de Ntra. Sra. de los Reyes, patrona de la Archidiócesis, es una de las fiestas marianas que con más profundidad se han enraizado en la piedad del pueblo cristiano, especialmente en España, cuyas catedrales en un gran número están dedicadas a este misterio, al que están dedicadas también cerca del cincuenta por ciento de las parroquias españolas».

Celebramos en esta fiesta el tránsito de María con la certeza de que, al final de su vida, la Virgen no conoció la corrupción del sepulcro, sino que fue asunta inmediatamente al cielo. «Esta verdad fue definida como dogma de fe por el Papa Pío XII día 1 de noviembre de 1950, quien proclamó ser «dogma divinamente revelado que la Inmaculada madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste», afirmó el Arzobispo.

A continuación, Mons. Asenjo ha profundizado en la teología de este misterio: «La Asunción de la Virgen al cielo es consecuencia de su Concepción Inmaculada. Por ser llena de gracia, por no haber contraído el pecado original, no estuvo sometida a la ley de la corrupción del sepulcro. Es consecuencia también de su perfecta virginidad. Es, por fin, consecuencia de su maternidad divina y de la unión perfecta con su Hijo, que resucitado de entre los muertos, quiso que su madre siguiera su misma suerte, anticipando en ella como primicia la glorificación que a todos nos aguarda al final de los tiempos».

Después se ha referido el Arzobispo al oscurecimiento de la esperanza y la alegría, «consecuencia también de la secularización de nuestra sociedad». Y es que «en los últimos cuarenta años se ha producido en Occidente una especie de «eclipse de Dios», una amnesia profunda de las raíces cristianas, un abandono del tesoro de la fe recibido, que ha sido el alma de Europa y que ha producido una cultura exuberante, la cultura cristiana. Occidente vive en una especie de apostasía silenciosa, en una especie de desertización espiritual. El hombre se cree autosuficiente y vive como si Dios no existiera. Él es el gran ausente en la vida personal, familiar y social». Y por eso, «en estos momentos, más que en épocas pasadas, es necesario enraizarnos en la esperanza. Es preciso superar una especie de cristianismo acomplejado que empieza a hacer presa en algunos, influidos en parte por la cultura dominante».

Para que esto sea una realidad, tenemos que enraizar nuestra vida en Cristo: «Cristo resucitado es, pues, la razón más profunda de nuestra esperanza. Él está vivo. Él es nuestro contemporáneo y nos dice con su fuerza soberana: Hombres de poca fe, por qué teméis. En consecuencia, ninguno de nosotros tenemos derecho a la desesperanza o a la tristeza. Es hora de remar mar adentro, confiando en la compañía del Señor y la fuerza de su Espíritu, que guía indefectiblemente a su Iglesia, que de los males saca bienes».

Mons. Asenjo Pelegrina, cómo no, se ha referido también a la Santísima Virgen, «la cantora de Dios, la mujer que en su Asunción ha triunfado sobre la muerte, que nos precede y espera en el cielo y que en el Magnificat se alegra en Dios su salvador porque ha hecho maravillas, nos invita en esta solemnidad a vivir la alegría sobrenatural, que es don del Espíritu y que se fragua en la oración serena, en la experiencia profunda de Dios y en el encuentro diario con Él».

Por último, el Arzobispo de Sevilla ha querido tener una mención para los últimos y dolorosos acontecimientos internacionales: «En esta mañana pedimos a la Virgen de los Reyes por Sevilla, por su autoridades, por sus obispos, sacerdotes, consagrados y laicos para que todos vivamos con pasión nuestras respectivas vocaciones. Le pedimos que conceda a nuestro mundo atormentado el don de la paz en la Tierra de Jesús, en Ucrania, en Siria y en Irak. Pedimos al Señor que en todas partes se respeten los derechos humanos y la libertad religiosa y que ponga su mano para que se detenga la terrible epidemia del ébola que amenaza a los pueblos de África. Le pedimos también por los pobres, los enfermos y los que sufren entre nosotros. Pedimos, por fin, con el Papa Francisco, que ella qué es la Estrella de la Nueva Evangelización, nos ayude a experimentar la dulce y confortadora alegría de evangelizar; que nos conceda un nuevo ardor para llevar a todos el anuncio del Evangelio de la vida que vence a la muerte; que nos conceda la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos la belleza del Evangelio».

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