Visita apostólica del papa León XIV a España (I)

Visita Apostólica del Papa León XIV a España (I): Confirmar en la fe, mantener la unidad y tender puentes con la sociedad

El Viaje Apostólico del Papa León XIV a España ha sido un acontecimiento de gracia para la Iglesia y una interpelación luminosa para toda la sociedad. Más allá de la crónica de unos días intensos, de los lugares visitados y de los encuentros celebrados, hemos de leer este viaje en su significado más profundo: el Sucesor de Pedro ha venido a confirmarnos en la fe, a mantenernos en la unidad y a tender puentes con la sociedad de nuestro tiempo.

Este viaje ha sido, en primer lugar, un viaje profundamente kerigmático. Ha estado marcado por el primer anuncio: Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros; en Él se revela el amor del Padre; en Él encuentra el hombre su verdad, su dignidad y su destino. No se trataba sólo de hablar de valores, sino de mostrar su fuente. La paz, la justicia, la dignidad humana, la caridad, la fraternidad, la defensa de los pobres y el cuidado de los heridos no son simples consensos éticos variables. Para los cristianos brotan del Evangelio y del Reino de Dios anunciado por Jesucristo.

En Madrid, ante las autoridades, la sociedad civil, los obispos, las familias, los jóvenes, los voluntarios, el mundo de la cultura, de la economía, del arte y del deporte, el Papa ha presentado la fe cristiana como luz para todas las dimensiones de la vida humana. El Evangelio no reduce al hombre, lo ensancha; no empobrece la cultura, la fecunda; no niega la autonomía legítima de las realidades temporales, les recuerda su orientación al bien común y a la dignidad inviolable de la persona. El Papa habló de diálogo, de verdad, de respeto a la vida, de reconciliación, de educación, de libertad religiosa y de conciencia, de cultura del encuentro frente a la cultura del enfrentamiento. No lo hizo desde la imposición, sino desde la propuesta; no desde la debilidad, sino desde la claridad serena de la fe.

En segundo lugar, este viaje ha tenido una fuerte dimensión litúrgica y orante. Las celebraciones solemnes, las vigilias de oración, la adoración eucarística, la solemnidad del Corpus Christi en Madrid, la celebración en la Basílica de la Sagrada Familia y los encuentros de oración, han sido una llamada a alzar la mirada. Esta expresión, tomada del Evangelio de san Juan —«Alzad la mirada» (Jn 4,35)—, no es un simple lema. Es una invitación a salir de la superficialidad, del ruido, de la autosuficiencia y del encierro en lo inmediato.

El hombre contemporáneo vive muchas veces saturado de información y pobre de contemplación; conectado a todo y, sin embargo, desconectado de su propia alma; capaz de producir mucho, pero no siempre de preguntarse por el sentido último de lo que produce. Por eso han sido tan importantes las celebraciones litúrgicas de este viaje. La liturgia no es evasión, es escuela de trascendencia. Nos coloca ante Dios, nos introduce en el misterio de Cristo, nos educa en la alabanza, nos hace humildes, nos reúne como pueblo, nos recuerda que no somos dueños de la vida, sino receptores agradecidos de un don. La Eucaristía del Corpus Christi en Madrid mostró que Cristo no permanece encerrado en el templo, sino que sale al encuentro de su pueblo y de sus calles. La Sagrada Familia en Barcelona manifestó, con la fuerza silenciosa de la belleza, que toda obra humana alcanza su plenitud cuando se orienta hacia Dios. La torre de Jesucristo, coronada por la cruz, no es sólo una cumbre arquitectónica, es una confesión de fe. Nos recuerda que Cristo es principio y fin, que la belleza verdadera eleva y que una sociedad sin trascendencia termina empobreciendo al hombre.

En tercer lugar, ha sido un viaje de fuerte contenido social. No podía ser de otra manera. El cristianismo no separa nunca el amor a Dios del amor al prójimo. San Juan lo dice con claridad: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20). León XIV ha afrontado las grandes heridas del momento presente: la soledad, la pobreza, la polarización social, la fragilidad de los jóvenes, la necesidad de tender puentes con la cultura, la economía y las instituciones, y, de manera especialmente conmovedora, el drama de las migraciones.

Los gestos en Canarias han tenido una fuerza evangélica singular. Allí, junto al mar, el Papa nos ha situado ante vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad. Nos ha recordado que la Iglesia no puede desentenderse de esas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la violencia, el miedo o el exilio hieren la dignidad humana. Ante los migrantes, no basta una mirada distante. Hace falta una mirada cristiana, capaz de reconocer a Cristo en quien llega marcado por el sufrimiento. La caridad no es sentimentalismo; es verdad del Evangelio hecha responsabilidad histórica.

Este viaje nos deja una tarea. Confirmados en la fe, hemos de vivir más unidos como comunidad eclesial. También nos ha llamado a tender puentes con la sociedad. No puentes ambiguos que disuelvan la identidad cristiana, sino puentes sólidos, construidos sobre la verdad, la dignidad humana, la escucha, la justicia y el bien común. España necesita cristianos que no se escondan, que no griten, que no insulten, que no se resignen; cristianos capaces de proponer, servir, acompañar, rezar y anunciar. Ahora nos corresponde a nosotros vivir esa fe con coherencia, custodiar la unidad con humildad y ofrecer a nuestra sociedad, con palabras y obras, la esperanza que nace del encuentro con Jesucristo.

 

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

Contenido relacionado

Enlaces de interés

ODISUR
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.