Hemos comenzado la Cuaresma con el signo humilde y elocuente de la ceniza. La Iglesia nos recuerda así nuestra condición de criaturas, frágiles y necesitadas de salvación, y nos invita a reavivar el compromiso de conversión para seguir más de cerca al Señor. Este tiempo santo es camino de gracia: ascética y sacrificio, sí, pero sobre todo encuentro con Cristo, que nos llama a volver al Padre con un corazón nuevo. La liturgia es la gran escuela cuaresmal. En ella se actualiza eficazmente la historia de la salvación, porque Cristo se hace realmente presente en la acción sagrada por obra del Espíritu Santo. Por eso, de nosotros depende vivir estos días con intensidad, abiertos al don de Dios, o dejarnos llevar por la rutina y permanecer estancados. La Cuaresma no es un paréntesis, sino una llamada: “Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2 Cor 6, 2).
En este Primer Domingo de Cuaresma contemplamos a Jesús tentado en el desierto (cf. Mt 4,1-11). El desierto es lugar de silencio y de encuentro con Dios, pero también lugar de prueba y combate. Israel peregrinó cuarenta años por el desierto y conoció tentaciones y caídas; Jesús permanece cuarenta días en soledad, ayuna, ora, y vence al tentador apoyándose en la Palabra de Dios. La Escritura, que el maligno pretende manipular, se convierte en labios de Cristo en luz que desenmascara la mentira. En Él aprendemos que la fidelidad no consiste en buscar atajos, ni en convertir la misión en éxito mundano, ni en usar a Dios para nuestros propios proyectos.
El papa León XIV, en su Mensaje para la Cuaresma de este año, nos propone tres acentos que iluminan el Evangelio de hoy: escuchar, ayunar y caminar juntos. La conversión —dice— comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad. La Cuaresma se vuelve entonces un itinerario real: con Cristo subimos a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección. Escuchar es el primer paso. La escucha, además de abrirnos a Dios, nos abre al hermano. El Papa recuerda cómo Dios se revela a Moisés mostrando que escucha el clamor de su pueblo: “He visto la opresión de mi pueblo… he oído sus gritos de dolor” (Ex 3,7). Y nos advierte: entre tantas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, la Palabra de Dios nos capacita para reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. No podemos celebrar la fe y cerrar el oído al dolor. La liturgia educa nuestro corazón para una escucha más verdadera de la realidad.
Ayunar es la práctica concreta que dispone a esa escucha. Ayunar es más que privarse de alimento: es aprender libertad interior, ordenar los apetitos, educar el deseo, y mantener despierta el hambre y la sed de justicia. El ayuno, vivido con fe y humildad, evita la tentación de la autosuficiencia y nos arraiga en el Señor. El Papa nos invita a ayunar de palabras que hieren. Renunciar a la descalificación, al juicio inmediato, a hablar mal del ausente, a la calumnia. Aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad en la familia, en el trabajo, en las redes sociales, en la vida comunitaria. Esta propuesta es profundamente cuaresmal: porque el combate de Jesús en el desierto se prolonga hoy en nuestra lengua, en nuestro modo de mirar al otro, en nuestra capacidad de custodiar la comunión.
Y, finalmente, caminar juntos. La Cuaresma no es empresa individualista. Nuestras parroquias, hermandades, movimientos, familias y comunidades están llamadas a un camino compartido: escucha de la Palabra, escucha del clamor de los pobres, y un ayuno que sostenga un arrepentimiento real, también en nuestras relaciones y en la calidad del diálogo. Hermanos, vivamos esta Cuaresma con verdad: oración más intensa, sobriedad concreta, caridad generosa. Renovemos la gracia y los compromisos de nuestro Bautismo: abandonar el hombre viejo y revestirnos de Cristo, para llegar renovados a la Pascua. El Señor, que venció por nosotros en el desierto, nos sostiene en el combate y nos conduce a la alegría pascual.
José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

