Funeral por las víctimas de la pandemia

Homilía del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

1. Acabamos de escuchar el relato de la muerte de Jesús. El
evangelista san Lucas nos ha dicho que instantes antes de morir, el Señor
prorrumpe en un tremendo grito de dolor: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has abandonado?», para añadir poco después en un gesto de filial aceptación
de su sacrificio redentor: «A tus manos Señor encomiendo mi espíritu». «Y
dicho esto -añade san Lucas- expiró». Inmediatamente el sol se oscureció, las
tinieblas cubrieron la tierra y el velo del templo se rasgó de arriba abajo. Es
ésta una descripción bastante aproximada de nuestros sentimientos en estas
semanas a medida que íbamos conociendo la agonía y la soledad de millares
de hermanos nuestros que morían sin el consuelo y la cercanía de sus
familiares.

2. Es seguro que muchos de nosotros, aturdidos por la magnitud
de la tragedia, hemos llorado por los muertos, solidarios con sus familias,
llenos de temor por los enfermos, rezando por el personal sanitario, con
medios escasos y mucha generosidad, como otros servidores públicos,
militares y civiles. También para nosotros el velo de la esperanza se rompió
de arriba abajo y es muy posible que en estos tres meses muchos de nosotros,
como Jesús, hayamos levantado los ojos al cielo para preguntar al Señor «Dios
mío, Dios mío, ¿por qué nos has abandonado?, para añadir enseguida en
forma de oración confiada: A tus manos Señor encomendamos las almas de
tantas víctimas inocentes. Por todos ellos y por nuestros ancianos, que tanto
han trabajado por una España mejor y a los que tanto debemos, hemos
levantado los brazos al cielo, pidiendo que cese tanto sufrimiento.

3. Queridos familiares, esposos, esposas, hijos, padres y hermanos
de todos los sevillanos fallecidos en nuestra Archidiócesis a causa de la
epidemia y que hoy lloráis su muerte: os manifiesto la condolencia más
sincera de la Iglesia en Sevilla, de sus obispos, sacerdotes, religiosos y laicos.
Contad con nuestra solidaridad, la comunión con vuestro dolor y, sobre todo,
con nuestra oración ferviente que mitigue vuestro sufrimiento y alcance del
Señor para vuestros seres queridos la paz y el descanso eterno. Contad
también con la solidaridad y la plegaria de todas las comunidades
parroquiales de nuestra Archidiócesis, que a esta hora están celebrando la
Eucaristía en su sufragio.

4. La Palabra de Dios, que acabamos de proclamar ilumina con un
torrente de luz la Eucaristía que estamos celebrando. Si la muerte es siempre
dolorosa y provoca en nosotros innumerables interrogantes como máximo
enigma que es de la vida humana (G&S, 18), es mucho más dolorosa la muerte
inesperada de miles de personas a causa de una epidemia. La Palabra de Dios
que alimenta la fe, responde a nuestros enigmas y conforta nuestros
corazones. Como nos ha dicho san Pablo en la primera lectura, nada ni nadie
puede apartarnos del amor de Dios: ni la aflicción, ni la angustia, ni la
persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada o la
muerte… «En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado»,
por aquel que ha compartido con nosotros la condición humana, por aquel
que siendo inocente bebió el cáliz de la muerte más ignominiosa y violenta y
experimentó el dolor inaudito de la muerte de cruz.

5. Su Misterio Pascual es el camino de nuestra liberación, y su
resurrección, de la que nos han dado testimonio los dos ángeles que se
aparecen a las mujeres a la puerta del sepulcro, es la fuente, el manantial, la
razón y la certeza de nuestra futura resurrección. Por ello, queridos hermanos
y hermanas, esposas, hijos, padres, hermanos, familiares y amigos de
nuestros hermanos difuntos, permitidme en nombre de la Iglesia una palabra
de esperanza. En el sermón del Monte nos dice el Señor: «Dichosos los que
lloran, porque ellos serán consolados». Nos consuela en esta tarde la
seguridad que nos da nuestra fe: ellos no sólo perviven en nuestro recuerdo
y en nuestro afecto. Siguen viviendo en sus almas inmortales, que al final de
los tiempos se unirán a sus cuerpos resucitados.

6. Esta es una de las verdades fundamentales de nuestra fe, el pilar
de nuestra esperanza, el contrapunto de tantas corrientes culturales cerradas
a la transcendencia para las que el hombre es un ser para la muerte, que es
el final absoluto, una puerta que se abre sobre el vacío, ante la que no cabe
otra actitud más honesta que la protesta, la rebeldía o, en el mejor de los
casos, una infinita resignación ante lo irremediable. Al renovar en esta tarde
sobre el altar el Misterio Pascual de Cristo muerto y resucitado, renovamos
también con el Credo Apostólico nuestra fe en la resurrección de la carne y en
la vida eterna.

7. Ello nos permite encomendar a nuestros hermanos a la piedad
infinita de Dios nuestro Padre. Así lo hacemos seguros de que nuestra plegaria
por ellos es el mejor homenaje a su memoria. Con el salmo 22 que acabamos
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de recitar, pedimos a Jesucristo, Buen Pastor, que los acompañe en su
tránsito por las oscuras cañadas de la muerte, que su vara y su cayado les
conduzcan a las verdes praderas de su reino, hacia fuentes tranquilas, en las
que repare sus fuerzas quebrantadas. Pedimos a Jesucristo, Señor del tiempo
y de la historia, que siente a nuestros hermanos en el banquete de su reino y
que gocen por años sin término de la alegría de su casa, en la que ya no habrá
dolor, ni llanto, ni luto, sino solamente una gran luz.

8. Al mismo tiempo que encomendamos a la poderosa intercesión
de la Santísima Virgen de los Reyes a los enfermos todavía hospitalizados, le
encomendamos también el consuelo, la paz y la fortaleza para vosotros sus
familiares, esposas, hijos, padres y hermanos, golpeados todos por su final
inesperado. Pedimos también a la Virgen que premie el esfuerzo de tantos
héroes anónimos, civiles y militares, que han expuesto sus vidas al servicio de
los enfermos, que premie también la dedicación de las autoridades y dé éxito
a los investigadores que preparan fármacos eficaces. Le pedimos, por fin, que
lleve de la mano a los fallecidos ante el trono de Dios para que puedan gozar
de la compañía de los santos y contemplar por toda la eternidad la infinita
hermosura del rostro de Cristo resucitado. Dales Señor el descanso eterno y
brille para ellos la luz perpetua. Amén.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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