Derechos sociales y caridad política: una renovada pastoral obrera

Carta pastoral del Cardenal Arzobispo de Sevilla, D. Carlos Amigo Vallejo. II parte Una Iglesia siempre actual

Benedicto XVI, en su primer mensaje a los cardenales dijo: tenemos una Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que mira con serenidad al pasado y no tiene miedo del futuro (20-4-05). Pocos días después, en la homilía de inicio de su pontificado, el nuevo Papa anunciaría que su programa de gobierno no era seguir sus propias ideas, “sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia” (24-4-05).

La Iglesia, siempre actual, es libre, porque la palabra de Dios nunca está encadenada y siempre es lámpara para guiar nuestros caminos. Viva, por los sacramentos, que son la fuente permanente del agua viva y del pan vivo de la Eucaristía. Valiente, por la audacia de la caridad que no pone nunca medida cuando se trata de manifestar eficazmente el amor de Cristo. Joven, por la esperanza que ha recibido de su Fundador. Una Iglesia que mira con serenidad al pasado y no tiene miedo del futuro. Que no impone el Evangelio, pero lo ofrece. Que no existe para adaptarse al mundo, sino para evangelizarlo.

Una Iglesia que no puede claudicar de su fe ante un mundo que parece exigir el tener que claudicar obligatoriamente ante unas estructuras y a unas categorías de pensamiento extrañas a la misma dignidad de la persona. La Iglesia está en el mundo para evangelizar y, por eso mismo, debe conocer y sentir como propios los problemas, las angustias y las aspiraciones individuales y sociales de los hombres. Pero, el Evangelio no se recicla, sino que se vive fielmente y así se ofrece al mundo.

En consecuencia, el primer objetivo de pastoral obrera, no es adaptarse inexorablemente al mundo del trabajo en cualquier condición, sino evangelizar a los hombres y mujeres que viven en esa realidad laboral.

Pastoral obrera renovada

La pastoral obrera tiene su garantía de renovación y novedad evangelizadora, no tanto en una metodología o en una renovada estrategia pastoral, sino en el nuevo compromiso apostólico de la comunidad cristiana. Es toda la comunidad la que debe sentirse comprometida en esta acción misionera con el mundo del trabajo, si bien lo han de estar, de una manera particular, aquellos grupos o personas que han recibido del Señor una vocación especial de servicio al mundo del trabajo y que ha sido subrayada en la misión encomendada por la Iglesia.

La Iglesia no existe para adaptarse al mundo, sino para evangelizar el mundo. Esto no quiere decir que tenga que vivir ausente de la realidad en la que vivimos, sino de aceptar esa situación, no para claudicar y sucumbir ante ella sino para evangelizar y liberarla de cuanto sea mal e injusticia.

Conviene recordar que “la Palabra de Dios -como decía Benedicto XVI – es el fundamento de todo, es la verdadera realidad. Y, para ser realistas, tenemos que contar precisamente con esta realidad. Debemos cambiar nuestra idea de que la materia, las cosas sólidas, que se tocan, serían la realidad más sólida, más segura. (…) Por esto, debemos cambiar nuestro concepto de realismo. Realista es quien reconoce en la Palabra de Dios, en esta realidad aparentemente más débil, el fundamento de todo. Realista es quien construye su vida sobre este fundamento que queda permanente” (Benedicto XVI. Sínodo de los Obispos, 6-10-08).

En estas palabras de Benedicto XVI está la clave de esa renovada pastoral obrera que buscamos. Atentos, pues, a que esta realidad de la Palabra de Dios esté presente en los pensamientos, las actitudes y los comportamientos del trabajador.

En esa nueva pastoral obrera, y ayudados de la palabra de Dios, habrá que estar atentos para defender unos derechos que son fundamentales para la vida personal, familiar y social del trabajador.

Obrera, participativa y comunitaria

Sin una efectiva y visible comunión eclesial no se puede pensar en una pastoral eficaz. Es la unidad testimonial de toda la Iglesia la que se hace presente en medio de los hombres. En nuestro caso, en medio de los hombres y mujeres del mundo del trabajo. Si la pastoral obrera no arranca de esa dimensión eclesial, su fuerza misionera carece de sentido evangelizador. Por otra parte, la pastoral obrera realiza un servicio a toda la comunidad eclesial, pues le ayuda a formar una conciencia social, a sentir los problemas reales de los hombres y acercarse a ellos con verdadero deseo de compromiso evangélico.

La pastoral obrera se realiza dentro de una pastoral de conjunto, es decir, unida y coordinada en la pastoral general, con que la diócesis quiere hacerse presente en medio de los hombres que viven entre nosotros y a los cuales deseamos hacer partícipes del Evangelio que hemos recibido.

A la comunidad cristiana le corresponde tener especial sensibilidad para detectar aquellas situaciones de injusticia en que viven algunos hombres y tomar conciencia, siempre desde el Evangelio, del compromiso que implica la fe en Jesucristo. Por eso, la Iglesia, la comunidad de los que creemos y seguimos a Jesucristo, no puede dejar de hacer cuanto esté a su alcance para conseguir el reconocimiento efectivo de cuantos derechos afectan a la dignidad del hombre. Nada mejor puede dar la Iglesia, en esta lucha de liberación, que ofrecer lo mejor que tiene: la forma de vida del hombre nuevo que es Jesucristo, liberador de toda injusticia, vencedor de cualquier esclavitud.

La pastoral obrera ha de saber vivir entre comunidades fraternas y vigorosas, que comprendan su fe, en la oración y en la celebración, y activas en los sectores sociales más variados.

Con el aval de la credibilidad evangélica

En ese cuidado pastoral de toda la Iglesia, siempre habrá que poner especial atención para llegar hasta aquellos hombres y mujeres que se encuentran en particular condición de necesidad, sea por la carencia de medios para vivir con la dignidad que como a hijos de Dios les corresponde, sea debido a que una situación injusta ha limitado sus más elementales derechos, como pueden ser los de un trabajo digno, formar una familia, la educación, la salud…

Un anuncio de salvación sin unos signos visiblemente creíbles, que expresen con claridad la consecuencia entre lo que se predica y lo que se vive, provoca una reacción de rechazo, y hasta de agresividad contra el predicador. Este es uno de los problemas con que se encuentra la Iglesia. El anuncio es veraz, pero la fuerza negativa del contra signo se percibe como inconsecuencia entre la doctrina y la vida. Hay un engañoso dualismo de fe y de vida, mientras que lo que se pretende no es una coherencia teórica, sino vivencial. Es decir, un comportamiento inequívocamente coherente con las propias convicciones religiosas y morales.

La pastoral obrera nunca puede concebirse como un conjunto de servicios que se ofrecen a una determinada clase de personas. Mucho menos como una gestión caritativa. Ni siquiera como un sistema con proyecto de promoción de las personas o de formación de líderes. Ni es un movimiento político, ni un proyecto simplemente liberacionista, ni un sucedáneo de sindicato. No se trata, en una palabra, de organizar o de apoyar, simplemente, al mundo obrero, sino de evangelizarlo.

El mundo obrero exige mayor y más clara presencia de la Igl
esia. Más sensibilidad con los problemas que acucian a las clases trabajadoras. Mayor compromiso con la causas justas que desde el mundo del trabajo se defienden. Esa presencia no puede limitarse ni exigirse sólo desde lo institucional. Es la cercanía de la comunidad cristiana, hacer presente el Evangelio, con los compromisos, las actitudes, las urgencias y las responsabilidades que vinculan al creyente. Un presencia pseudoevangélica es un fraude, un lastimoso engaño a la credibilidad del hombre necesitado, que espera una verdadera salvación evangélica y que, en cambio, no recibe sino el edulcorante de una filosofía más.

La misión de la Iglesia es la de ofrecer el ejemplo y la doctrina de Jesucristo. La pastoral obrera quiere hacer presente el Evangelio en medio del amplio y complejo espacio que conocemos como el mundo obrero, el mundo del trabajo. Si la Iglesia ofrece el Evangelio, pastoral obrera promueve las distintas acciones pastorales para llevarlo al mundo del trabajo. Ni pastoral obrera puede olvidar, en momento alguno, que es y forma parte de la Iglesia, ni la Iglesia ser indiferente a la evangelización del mundo del trabajo. La pastoral obrera es responsabilidad de toda la Iglesia, aunque haya un grupo de personas especialmente comprometidas en esta pastoral dirigida a un sector particular.

 La Iglesia tiene la firme voluntad de responder a las inquietudes del hombre contemporáneo, sometido a duras opresiones y ansioso de libertad. La gestión política y económica de la sociedad no entra directamente en su misión. Pero el Señor Jesús le ha confiado la palabra de verdad capaz de iluminar las conciencias. El amor divino, que es su vida, le apremia a hacerse realmente solidaria con todo hombre que sufre. Si sus miembros permanecen fieles a esta misión, el Espíritu Santo, fuente de libertad, habitará en ellos y producirán frutos de justicia y de paz en su ambiente familiar, profesional y social” (Congregación para la doctrina de la fe (1986). Libertad cristiana y liberación, 61).

Los hombres que han recibido la Palabra de Cristo se reúnen para celebrar la muerte y esperar la resurrección de su Señor. Si los cristianos no comparten el pan vivo que es Jesucristo, es imposible pensar que puedan compartir un compromiso de justicia con todos los hombres. Mientras Dios no esté sentado en la mesa de los hombres, los hombres no se darán verdaderamente cuenta de que aquellos que están a su lado son sus hermanos.

 

V. CON LA ALEGRÍA DE LA ESPERANZA

La situación no era buena. San Pablo les envía una carta a los Romanos con unos buenos consejos que les ayuden a ser fieles a la buena noticia recibida (cap.12). Vivir con la alegría de la esperanza. Ya lo había dicho en la carta a los Filipenses (4, 8). “Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta”. Siempre firmes en la tribulación, pues el cristiano no se ha de considerar sino como mártir y testigo fiel de su Señor. Perseverantes en la oración, prestando la atención debida a la palabra de Dios, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despierte el día (2P 1, 19). Compartiendo las necesidades con la hospitalidad, que es responsabilidad en el compartir.

Una gran amenaza para el hombre contemporáneo: la tentación de rechazar a Dios en nombre de la propia dignidad del hombre. Como si Dios fuera un obstáculo para que el hombre pudiera alcanzar su propia y más auténtica realización humana. Esta es la gran tentación y la más absurda coartada: pensar que olvidando a Dios se pueden resolver los problemas de la humanidad. Lo decía Pablo VI: “Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero, al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre” (Populorum progressio 42).

Renovación y fidelidad

Se necesita una nueva pastoral obrera, sin nostalgias del pasado ni prevenciones negativas futuras, pero sin esconder el Evangelio de Jesucristo, que ha de ofrecerse al mundo del trabajo. Una pastoral obrera fiel a sus principios y a las personas a las que quiere llegar y servir; abierta y promotora de integración; participativa y comunitaria; signo y aval de credibilidad evangélica; inequívocamente eclesial; que guarda, vive y celebra la palabra de Dios; con incuestionable sentido confesional y católico.

Ante la obsesión del utilitarismo, habrá que estar muy atentos para no ahogar el Espíritu, sucumbiendo ante el alud de cavilaciones, dudas, ambigüedades, esperando el día perfecto de una sociedad imposible. Dejarse llevar por el Espíritu de Dios es gustar la libertad presente en el conocimiento de que, más allá de cualquier duda, está la bondad de Dios como garantía para encontrar la verdad.

Tenemos delante varios frentes para la acción pastoral. Lo primero ha de ser el ver la situación, poniendo de manifiesto lo que no es aceptable ni desde el punto de vista humano ni desde nuestra fe.

Las parroquias deben incluir en sus planes pastorales la atención a las personas más afectadas por la crisis, denunciando la injusticia, exigiendo compromisos de la administración, y motivando a la comunidad parroquial para que comparta sus bienes.

La pastoral obrera debe concienciar a la Iglesia sobre la situación que se está viviendo, y hacerla presente en aquellas acciones encaminadas a lograr la superación de una crisis económica y social de tanta trascendencia individual y familiar. Intensificar la formación del laicado para posibilitar una respuesta y un compromiso coherente con la fe y con la doctrina social de la Iglesia.

En cada una de las acciones de la pastoral obrara tiene que resplandecer el inexcusable compromiso por la justicia y el reconocimiento de los derechos de las personas.

“Es patente que los derechos del hombre implican a su vez deberes. A este respecto, bien decía el mahatma Gandhi: “El Ganges de los derechos desciende del Himalaya de los deberes”. Únicamente aclarando estos presupuestos de fondo, los derechos humanos, sometidos hoy a continuos ataques, pueden ser defendidos adecuadamente” (Benedicto XVI Jornada mundial de la paz 2007).

La paz solamente puede llegar “si todo hombre se siente personalmente herido por las injusticias que hay en el mundo y por las violaciones de los derechos humanos vinculadas a ellas” (Benedicto XVI Mensaje Jornada de la paz 2009).

Cristo y el Evangelio

Ante todo, no olvidemos las reflexiones de Juan Pablo II acerca del trabajo humano a la luz de la cruz y resurrección de Cristo (Laborem exercens 27). Es una espiritualidad fundada sobre el Evangelio, que dice la última palabra sobre el misterio pascual de Jesucristo. “Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar (…). En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por l
a resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los “nuevos cielos y otra tierra nueva”.

“El cristiano que está en actitud de escucha de la palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, sepa qué puesto ocupa su trabajo no sólo en el progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de Dios, al que todos somos llamados con la fuerza del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio”.

A la Virgen María y a su esposo San José, ejemplo admirable de trabajador, encomendados todas y cada una de las acciones pastorales que nuestra Iglesia diocesana quiere llevar a cabo en el mundo del trabajo.

En Sevilla a uno de mayo de dos mil nueve, fiesta de San José Obrero.

+ Carlos, Cardenal Amigo Vallejo
Arzobispo de Sevilla

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