Cristo reina dando la vida

Este domingo celebramos la solemnidad de Jesucristo Rey del universo, y culmina el año litúrgico. Esta celebración nos recuerda la soberanía universal de Jesucristo, la centralidad de su Persona en la historia. A la vez, nos acerca al Hijo de Dios encarnado, que ha asumido una naturaleza como la nuestra, que se ha hecho en todo igual a nosotros excepto en el pecado, y que ha instaurado un reinado que no tendrá fin.

La realeza de Cristo no es de este mundo y no sigue una lógica de poder humano, de dominio sobre los demás, sino de servicio. Cristo reina desde la cruz, reina dando la vida por la salvación de todos, reina desde el servicio y la entrega. Por tanto, no es un rey en el sentido humano, y su reinado no se fundamenta en la fuerza o en el poder, sino en el amor misericordioso. Su reinado consiste en revelar el amor de Dios, ser Mediador de la Nueva Alianza, redimir al género humano. El reino que Él instaura tiene una dimensión interior de transformación del corazón de las personas y otra dimensión exterior, de construcción de un mundo de justicia, de paz, de amor, de verdad, de gracia. Con responsabilidad y espíritu solidario hemos de trabajar en la construcción de este reino.

En la lectura del Evangelio de hoy escucharemos la parábola del juicio final, que tiene como protagonista a todo el género humano, a todos los hombres y mujeres de la historia. El criterio para superar el examen será el amor, el amor a Dios y al prójimo, que es el resumen de toda la ley. El juicio versará sobre nuestras obras de misericordia: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36). “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).

No es fácil calcular la bondad de las personas, y tampoco existen termómetros para medir la intensidad de la fe de los creyentes. En esta parábola del juicio final Jesús nos da una pauta que se resume en el amor. Los mandamientos de la Ley se resumen en el amor a Dios y al prójimo, había respondido en una ocasión; y si hemos de buscar un indicador más concreto y afinado, sería el amor a los más necesitados. Al final de la vida seremos juzgados sobre el amor y especialmente sobre el amor a los más pobres y sufrientes. No podemos pretender amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano necesitado que tenemos a nuestro lado. A la vez, si amamos al hermano con autenticidad, ese amor es expresión del amor de Dios, y a Dios nos lleva. Son dos dimensiones inseparables de una misma realidad.

Reflexionar sobre el amor es relativamente fácil, otra cosa es entregarse, compartir, dar de lo nuestro y darnos a los demás, sobre todo a los necesitados. Cristo nos da ejemplo y nos concede su gracia para llevarlo a cabo. Por eso se ha quedado entre nosotros en diferentes presencias. En la Eucaristía está sustancialmente presente; en el necesitado está presente de manera que lo que hacemos al hermano es a Cristo a quien lo hacemos. La Eucaristía, actualización del sacrificio redentor de Cristo, expresa y realiza el amor inmenso de Dios. Un amor infinito que alcanza en la cruz su máxima realización: “Nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). El encuentro con Cristo en la Eucaristía nos ha de llevar a reconocerlo también en el hermano. El encuentro con Cristo en el hermano nos ha de llevar a la Eucaristía. Este domingo termina un año litúrgico. Os propongo que en esta semana revisemos qué lugar ocupa la Eucaristía en nuestra vida, y qué lugar ocupan  los hermanos más pobres y necesitados.

 

 +José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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