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En el día de San Esteban, los diáconos permanentes ganan el jubileo

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Este 26 de diciembre, festividad de San Esteban, los diáconos permanentes y los aspirantes al diaconado de la Diócesis han lucrado las gracias jubilares, a la vez que han celebrado a este protomártir y diácono.

La Iglesia del Sagrario acogió la celebración, presidida por el Obispo y con la presencia de los diáconos permanentes ordenados, los aspirantes y sus familias. La celebración ha estado concelebrada por el responsable para el diaconado permanente, D. José Antonio Maroto, así como por los otros sacerdotes que están al frente del equipo formativo de estos ministerios instituidos, D. Juan García Carrillo y D. Jesús Millán Cubero, que es además Vicario territorial de Jaén y Mágina. Otros sacerdotes, entre ellos, el delegado para el Clero, D. Raúl Contreras y los párrocos de los diáconos y aspirantes han querido, también acompañar en la celebración jubilosa.

Homilía

El Obispo de Jaén, Monseñor Chico Martínez, comenzaba sus palabras centrando la homilía en el gozo del Jubileo y la admisión a órdenes de uno de los aspirantes. “Dentro de este contexto jubilar, celebramos con gozo el Jubileo de los Diáconos Permanentes de nuestra diócesis, en el que tendremos también la Admisión al Diaconado de Miguel Ángel Pérez Palomino, de la parroquia La Merced de Jaén”.

Para, a continuación, animar a reavivar la alegría del servicio del altar y de los pobres: “Esta jornada os reúne —diáconos, esposas, hijos, aspirantes, formadores, párrocos y comunidades— para renovar la alegría del servicio y agradecer a Dios los dones del ministerio recibido. La palabra “jubileo” evoca la misericordia y la renovación, un volver a las fuentes, un recomenzar desde el amor primero”.

Recordando el origen del diaconado, que nace en la misma Iglesia primitiva, Don Sebastián ha afirmado, “el diaconado permanente es un ministerio que recuerda a toda la Iglesia que la esperanza cristiana tiene manos, tiene gestos concretos, tiene nombre de servicio. El ministerio diaconal nació en la Iglesia primitiva precisamente como respuesta a una necesidad concreta del pueblo de Dios: servir con generosidad, cuidar a los más vulnerables, y hacerlo en nombre y con el corazón de Cristo. Vosotros, queridos diáconos, hacéis visible esa dimensión servicial de la Iglesia, recordándonos que toda autoridad eclesial es ante todo ministerio de amor”.

En su homilía, de igual modo, el Prelado ha querido recordar a San Esteban, que los reunía: “San Esteban, protomártir, uno de los siete primeros diáconos de la Iglesia. Esteban unió inseparablemente el servicio y el testimonio: sirvió a los necesitados y proclamó con valentía la fe hasta entregar su vida. Es significativo que el primer mártir no fuera un apóstol, sino un diácono. Es la manera en que Dios nos enseña que el servicio que se entrega por amor es camino de santidad”.

Don Sebastián no ha querido pasar la oportunidad de agradecer a las familias de los diáconos a ese acompañamiento real y tangible en su ministerio.

Antes de concluir su predicación se ha dirigido al aspirante al diaconando permanente, Miguel Ángel para decirle, “hoy la Iglesia te admite al camino del diaconado permanente. No es aún la ordenación, pero sí es un momento serio y luminoso: la Iglesia te mira, discierne contigo, y te dice: ‘Sigue adelante; el Señor puede estar llamándote por este camino’.” A lo que el Obispo añadió, esto, “Significa dejarte configurar con Cristo siervo: aprender su estilo, su mansedumbre fuerte, su cercanía. Significa crecer en una espiritualidad muy real: Eucaristía, Palabra, caridad, y una obediencia que no es servilismo, sino amor a la comunión.  Significa aceptar que habrá días de consolación y días de cansancio, y que la fidelidad se decide muchas veces en lo pequeño: en la perseverancia, en el tiempo regalado, en la escucha, en la discreción. Pero el Señor vuelve a decirte: “El Espíritu hablará en ti”. Y no lo olvides: a veces, como pasó tras la muerte de Esteban, lo que parece derrota se convierte en misión: la Iglesia, empujada por la dificultad, sale y anuncia con más fuerza.

Rito de la admisión

Al finalizar la homilía, el candidato fue presentado y ante el Obispo. Así, Don Sebastián ha confirmado, ante toda la asamblea, sus informes favorables. Posteriormente, lo ha interrogado sobre su compromiso para continuar su camino vocacional hacia el diaconado permanente. Para concluir: “La Iglesia acepta con alegría tu propósito. Dios lleve a buen fin lo que él mismo ha comenzado en vosotros”.

Como en todas las celebraciones jubilares, el Santo Rostro fue llevado hasta el presbiterio del Sagrario, para con él dar la bendición. Y, en este tiempo de Navidad, el Obispo ofreció para la veneración al Niño Jesús, mientras los asistentes cantaban villancicos tradicionales.

Galería fotográfica: «Jubileo del diaconado permanente»

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La Diócesis celebra la fiesta de San Esteban Mártir, patrón del diaconado permanente

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La Diócesis celebra la fiesta de San Esteban Mártir, patrón del diaconado permanente

Ayer, la Iglesia conmemoró la festividad de San Esteban Mártir, patrón del diaconado permanente. Esta celebración se vivió con una Eucaristía en la Iglesia de San Dionisio Areopagita, presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez.

PINCHA AQUÍ PARA ESCUCHAR LA HOMILÍA DE MONS. RICO PAVÉS

En la misa participaron los diáconos permanentes de la Diócesis, quienes junto al Obispo renovaron su compromiso con el servicio pastoral y la comunidad. La figura de San Esteban, primer mártir cristiano, es un ejemplo de entrega y testimonio en la fe, un modelo para todos aquellos que desempeñan el ministerio del diaconado permanente en la Iglesia.

Este día representa una oportunidad para valorar y reconocer la importante labor que realizan los diáconos permanentes en las parroquias, acompañando a los fieles y colaborando en las diversas actividades pastorales.

La celebración también invita a la comunidad diocesana a profundizar en el sentido del servicio cristiano, recordando que el diaconado es un ministerio de caridad, palabra y liturgia, que busca fortalecer el cuerpo de la Iglesia desde la humildad y el amor al prójimo.

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José María, Eduardo y Miguel Ángel ya son sacerdotes del presbiterio de Asidonia-Jerez

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José María, Eduardo y Miguel Ángel ya son sacerdotes del presbiterio de Asidonia-Jerez

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La Iglesia de Asidonia-Jerez ha vivido esta mañana un día de profunda alegría con la celebración de la ordenación sacerdotal de tres nuevos presbíteros: José María, Eduardo y Miguel Ángel. La Eucaristía, presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo diocesano, ha tenido lugar en la Santa Iglesia Catedra, y ha contado con la presencia de numerosos fieles, familiares, sacerdotes, diáconos y religiosos que han querido acompañar a los ordenandos en este momento tan importante.

En su homilía, Monseñor José Rico Pavés ofreció una profunda reflexión enmarcada en el tiempo litúrgico de la Navidad y en la celebración de la fiesta de San Juan Evangelista. El Obispo subrayó la importancia de esta figura apostólica, el «discípulo amado», como testigo privilegiado del amor de Cristo y modelo para quienes son llamados a configurarse con Él como sacerdotes.

El prelado destacó cómo Juan, testigo de momentos claves de la vida de Jesús —la Última Cena, la cruz y el sepulcro vacío—, fue capaz de proclamar su fe no por una visión extraordinaria, sino por una experiencia interior del amor de Cristo: «Vio y creyó». Esta certeza de saberse amado es, según Monseñor Rico Pavés, el fundamento imprescindible para el ministerio sacerdotal: solo quien se sabe amado por Cristo puede convertirse en testigo de su amor en el mundo.

Dirigiéndose especialmente a los tres nuevos presbíteros —Eduardo, José María y Miguel Ángel—, les recordó que el día de la ordenación queda grabado en la memoria de todo sacerdote como un momento decisivo, en el que se pasa de la asamblea al presbiterio, para estar desde entonces junto al altar. Y les exhortó a renovar cada día la certeza de ese amor redentor recibido, alimentando su vocación desde la Eucaristía, en la que deben aprender a recostar interiormente su vida en el costado de Cristo, fuente de misericordia y consuelo.

Asimismo, les invitó a no temer la cruz, acompañados siempre de María Santísima, cuya presencia maternal es clave en la vida del sacerdote. Desde su ejemplo, deben aprender a acoger el sufrimiento con esperanza y a custodiar la presencia de Cristo en sus vidas con gestos, silencios y palabras que reflejen a Jesús, y no a sí mismos.

El Obispo también alertó sobre el grito silencioso de tantos que, como María Magdalena, expresan el dolor de no encontrar a Cristo en sus vidas: matrimonios en crisis, familias desorientadas, sacerdotes absorbidos por la actividad. Frente a ese grito, los nuevos presbíteros están llamados a ser presencia esperanzadora que lleve de nuevo a Jesús al centro de la vida de las personas.

Finalmente, Monseñor Rico Pavés insistió en que ningún sacerdote puede vivir aislado: debe permanecer unido a Pedro, a su obispo, y a toda la Iglesia, formando parte de una familia evangelizadora. Les animó a confiar más en el poder del Señor que en sus propias fuerzas, y a vivir su ministerio siempre en comunión eclesial. Les exhortó a convertirse en auténticos portadores de esperanza, especialmente en el marco del Año Jubilar que concluiremos mañana, viviendo su sacerdocio mirando a nuestra madre, María.

Por último, cabe recordar que mañana, 28 de diciembre, la Santa Iglesia Catedral acogerá a las 11:00 h la Eucaristía de clausura del Año Jubilar “Peregrinos de Esperanza”, también presidida por Monseñor José Rico Pavés. Será un momento para dar gracias por este tiempo de gracia y renovación vivido intensamente en toda la Diócesis.

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Bodas de oro y plata matrimoniales, El domingo 28 de diciembre, en la Catedral

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Bodas de oro y plata matrimoniales, El domingo 28 de diciembre, en la Catedral

 

Es la fiesta de la Sagrada Familia y la delegación de Familia y Vida ofrece esta posibilidad a los matrimonios que quieran sus bodas de oro y plata. También, a lo que quieran renovar su compromiso matrimonial. Además, se clausura el Año Jubilar de la esperanza

El domingo 28 de diciembre la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, bajo el lema “Familia, vocación de santidad”. Será un día, además, para celebrar las bodas oro o de plata de aquellos matrimonios que puedan y quieran hacerlo en la Catedral, recibiendo la bendición del Señor de manos del obispo. Será a las 12 de la mañana y ya se pueden inscribir quienes quieran celebrar sus bodas de oro y de plata. No cuesta nada

Para facilitar la organización del acto, conviene comunicar que se desea participar para celebrar bodas de oro o plata matrimoniales. Se puede comunicar en la delegación de Familia y Vida ( familiayvida@diocesisdeguadix.es ) o en el teléfono 647995512.

También, aquellas parejas que quieran renovar sus compromisos matrimoniales pueden hacerlo en esta celebración que, sobre todo, será de acción de gracias por el amor conyugal y por la familia, y de bendición. Es la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret y una jornada para celebrar la familia.

La Misa, que estará presidida por el obispo, D. Francisco Jesús Orozco, será también una oportunidad para celebrar el Año Jubilar de la Esperanza y ganar las gracias del Jubileo, que ya se termina. De hecho, será esta la última ocasión para vivir esta celebración de gracia, compartida con toda la Iglesia, que se ha celebrado a lo largo de todo el año 2025 y que, en la diócesis de Guadix, se clausura este domingo 28 de diciembre.

Con la bendición de los matrimonios que celebran sus bodas de oro y de plata, la delegación de Familia y Vida anima a los matrimonios, en estos tiempos tan complicados para la vida familiar y la misma estabilidad matrimonial, a dar gracias al Señor por los años vividos de compromiso conyugal, por los hijos, por el amor recibido y por el amor entregado. Y seguro que así será el próximo 28 de diciembre, en la Catedral, para las parejas que quieran compartir su alegría y la acción de gracias por su matrimonio, al tiempo que reciben la bendición del Señor.

Antonio Gómez

Delegado diocesano de MCS. Guadix

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Navidad en el Hospital Comarcal de Baza

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Navidad en el Hospital Comarcal de Baza

Creo firmemente que vivir la Navidad en un hospital es entrar en un misterio muy profundo. Mientras afuera el mundo celebra con luces, música y mesas llenas, dentro del hospital la Nochebuena es más silenciosa y el tiempo parece detenerse. Sin embargo, creo que es precisamente en este lugar donde el sentido de la Navidad se vuelve más verdadero y más cercano al Evangelio.

La Nochebuena llega sin tantas cosas. Los pasillos sustituyen a las plazas, el sonido de las máquinas y camillas acompaña los villancicos suaves, y las miradas cansadas se convierten en oración. En el hospital, la Navidad no se disfraza: se muestra tal como es, frágil y llena de esperanza, como el año jubilar que hemos vivido.

La Misa del Gallo fue celebrada, en el hospital, en este contexto, donde se vivió de una manera especial. Cada palabra habla de un Dios que no eligió la comodidad, sino la cercanía; que no huyó del dolor humano, sino que lo abrazó. El altar sencillo de la capilla recuerda que Jesús nació pobre, vulnerable, necesitado de cuidado, como tantos de los que hoy están en estas camas.

Aquí en este hospital, ya se ha convertido en tradicional la visita del Niño Jesús por los pasillos, visitando al personal sanitario y, sobre todo, a los enfermos. El Niño Jesús no teme entrar en una habitación de hospital. No se aleja del sufrimiento ni del miedo. Al contrario, parece sentirse en casa entre los enfermos, porque Él mismo quiso compartir nuestra fragilidad. En cada visita, en cada oración junto a una cama, el Niño de Belén vuelve a nacer.

Visitar a los enfermos en Nochebuena es algo muy especial: no es solo un gesto de caridad , es un acto de fe. Es reconocer que Cristo está allí, esperando ser consolado, acompañado, amado. A veces no hay palabras, pero la presencia basta. A veces no hay respuestas, pero la esperanza permanece.

En el Hospital Comarcal de Baza, la Navidad nos enseña que la alegría no siempre es ruidosa, que la paz no depende de la ausencia de problemas y que la fe se fortalece cuando se comparte. Aquí comprendemos que Dios no prometió quitarnos la cruz, sino caminar con nosotros. Y aunque el cuerpo esté enfermo, el corazón puede llenarse de luz.

Rafael Tenorio

Capellán del Hospital Comarcal de Baza

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No hay Navidad sin Dios hecho hombre, sin Cristo, sin Eucaristía: Mons. Orozco en la Misa de la Natividad del Señor

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No hay Navidad sin Dios hecho hombre, sin Cristo, sin Eucaristía: Mons. Orozco en la Misa de la Natividad del Señor

 

La Catedral de Guadix acogió, un año más, la celebración de la Natividad del Señor. Y lo hizo con solemnidad, en la Nochebuena con la Misa del Gallo y el día 25 con la Misa de la Natividad del Señor. Ambas estuvieron presididas por el obispo, D. Francisco Jesús Orozco, que felicitó la Navidad a los fieles que asistieron y a toda la diócesis.

En la homilía, el obispo habló de cómo la Navidad solo tiene sentido desde la fe: “No hay Navidad sin Dios hecho hombre. No hay Navidad sin fe. No hay Navidad sin Cristo. No hay Navidad sin Eucaristía”. No hay Navidad sin una existencia acogida en los brazos de ese Dios que nace para llenar de luz todas nuestras oscuridades”, dijo Mons. Orozco.

También habló de la profundidad teológica del prólogo de san Juan, que se lee en la Misa del 25 de diciembre, distinto a cómo cuentan el hecho los evangelistas san Mateo y san Lucas: el Niño pobre de Belén es el Verbo eterno por quien todo fue creado, cumplimiento de las profecías de Isaías y verdadera luz que brilla en las tinieblas, recordó el obispo.

Pero D. Francisco Jesús insistió en su homilía, sobre todo, en el “hoy” de la Navidad: lo que ocurrió hace más de dos mil años es un hoy para cada persona, como en la sinagoga de Nazaret, en la casa de Zaqueo o en la cruz con el buen ladrón. Hoy entra la salvación en nuestra vida concreta, con sus cruces y desesperanzas.

También destacó cómo la Navidad es examen de conciencia. El “vino a su casa y los suyos no lo recibieron” del Evangelio de Juan invita a abrir de par en par la puerta del corazón para vivir como hijos de Dios y anunciar que no hay nada más encarnado en la historia y en los problemas del mundo que este Dios que se hace carne para redimirlo desde dentro.

Terminó la celebración con la bendición apostólica y el beso del Niño Jesús, como se suele hacer en todas las parroquias en estos días de Navidad.

La próxima celebración importante en la Catedral será el domingo 28, cuando se celebre el Día de la Sagrada Familia y las bodas de oro y plata de aquellos matrimonios que quieran compartir su alegría ese día y recibir la bendición. También será el domingo en el que el obispo clausure, en la diócesis, el Año Jubilar de la Esperanza, que se ha vivido a lo largo de todo el 2025 en la Iglesia.

Antonio Gómez

Delegado diocesano de MCS. Guadix

 

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HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN ESTEBAN-DÍA DEL PENDÓN

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Querida comunidad, querida familia de la ciudad de Almería.

Saludo a la Sra. Alcaldesa y a toda la corporación municipal, al concejal portador del pendón y a todas las autoridades: civiles, militares, judiciales, académicas y a los cuerpos de seguridad. Saludo al Sr. Deán y al excelentísimo Cabildo de la Catedral. Felicito a la Policía Municipal que celebra su patrón.

Aún estamos con el sabor de la celebración del Nacimiento del Señor y hoy la Iglesia nos presenta el testimonio luminoso del primer mártir. Hoy, dentro del ciclo de Navidad en toda la Iglesia, celebramos a san Esteban, el primer mártir de los seguidores de Jesús: “os entregarán a los gobernantes y a los reyes por mi causa” acabamos de escuchar en el Evangelio. La liturgia parece unir el pesebre con la cruz, (también los hacen nuestros villancicos tradicionales) recordándonos que el amor que Dios nos muestra en este recién nacido de Belén es un verdadero amor que llega hasta el extremo.

San Esteban no fue apóstol, ni sacerdote del Templo. Fue un hombre “lleno de fe y del Espíritu Santo” (Hch 6,5), el primero en el número de los siete diáconos elegidos por los apóstoles para servir a los pobres, esteban se nos presenta como una persona entregada a la caridad y un testigo valiente de la verdad. Cuando su palabra y su vida incomodaron, fue acusado injustamente. Sin embargo, no respondió odiando, Esteban, como buen discípulo de Jesús: confió en el Padre y perdonó a sus perseguidores.

El Niño de Belén viene a traer una paz que pasa por la entrega, una luz que no se apaga ni siquiera en la noche del rechazo. El mártir nos recuerda que el Evangelio se anuncia con palabras, pero se confirma con la vida. También hoy, muchos cristianos son llamados a dar testimonio en medio de la incomprensión, la burla o la indiferencia.

Ahora, dos mil años después, sigue habiendo cristianos martirizados en bastantes países del mundo, aunque no sean noticia, quizás interesen más otras. Según informes recientes de Open Doors, organización cristiana internacional sin fines de lucro que apoya a los cristianos perseguidos por su fe en distintos países del mundo, miles de cristianos han sido asesinados en 2025 por motivos relacionados con su fe, especialmente en las zonas de conflicto y por parte de grupos extremistas, ya sean políticos o religiosos.

Más de 7.000 asesinatos este año solo en Nigeria a manos de militares. En el Congo en febrero de 2025, la masacre de Kasanga, dejó al menos 70 cristianos decapitados por soldados del grupo ADF, o la masacre de Komanda, en julio de 2025 que asesinó más de 50 personas, en una iglesia mientras oraban durante la noche. Sin ir más lejos, en Lyon, Francia: El 10 de septiembre de 2025, Ashur Sarnaya — un cristiano asirio — fue apuñalado hasta la muerte, cuando grababa en directo un TikTok evangelizador, un asesinato motivado por su fe cristiana y sus críticas a grupos extremistas.  Además, Syria, Sudán, China, India… En un contexto más amplio, alrededor de más de 380 millones de cristianos en todo el mundo se enfrentan a la persecución de cualquier tipo por su fe, incluyendo violencia, encarcelamientos, destrucción de iglesias, discriminación legal, y restricciones severas de la libertad religiosa.

Esteban mientras era apedreado, levantó los ojos al cielo y vio la gloria de Dios. Sus últimas palabras repiten las mismas de Cristo en la cruz: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” y “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,59-60). Este es la esencia del martirio cristiano: no la violencia sufrida, sino el amor ofrecido; no la derrota, sino la victoria del perdón.

Las autoridades y parte de la sociedad almeriense, desde hace 536 años, que ya es decir, el día 26 de diciembre de 1.489, conmemoramos la toma incruenta de la Ciudad de Almería por los Reyes Católicos (que aún no tenían ese título) y la restauración del cristianismo. Isabel y Fernando celebraron la Navidad en Almería, un día como hoy, y oyeron Misa en la mezquita de la Alcazaba. Cuando los Reyes, hicieron entrega solemne del Pendón de sus Armas Reales a la Ciudad, mandando que lo colocarán en la Torre más alta de la Alcazaba, “llamada de la Vela”, hicieron oficial su conquista.

Y ahora, entre nosotros ¿sería posible hacer conquistas colectivas sin ninguna violencia de cualquier tipo? Antes de ayer, el rey Felipe VI, constataba que atravesábamos una inquietante crisis de confianza y nos recordó la Transición como un ejercicio colectivo de responsabilidad.

Y ayer, el papa León XIV, en el saludo de la Navidad a todas las naciones, recordando a Gaza y Ucrania, nos decía: Habrá paz cuando nos sepamos poner en el lugar de quienes sufren cuando la fragilidad de los demás nos atraviese el corazón, cuando el dolor ajeno haga añicos nuestras sólidas certezas, entonces ya comienza la paz. Y añadió, que Europa, no pierda su espíritu comunitario y colaborador, fiel a sus raíces cristianas y a su historia solidaria y acogedora con los que están pasando necesidad.

Hermanas y hermanos, este es el camino de la paz y la concordia, es el camino de derribar las murallas que creamos, y de abrir las puertas de la ciudad: solo, si entre todos, somos responsables podremos acabar con esta crisis de confianza en la que nos hemos sumergido. Si cada uno de nosotros, a todos los niveles, en lugar de visceralidad, de palabras huecas, de diatribas y acusaciones a los demás, si en su lugar, reconociéramos, ante todo, las propias faltas y supiéramos pedir perdón a Dios y a los demás y, al mismo tiempo, nos pusiéramos en el lugar de quienes sufren, siendo más solidarios con los más débiles y oprimidos, entonces cambiaría nuestra vida y la de los demás. Ojalá se empape nuestro corazón de buenas obras. ¡Feliz día de san Esteban!

Almería, 26 de diciembre de 2025

+ Antonio, vuestro obispo

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Año nuevo: remar mar adentro con esperanza

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Con el corazón lleno de gratitud y esperanza nos situamos ante el umbral de un nuevo año. Al hacerlo, nuestra mirada se vuelve necesariamente hacia el Año Jubilar que clausuramos en nuestra Archidiócesis y en toda la Iglesia. Un año de gracia que ha sido, verdaderamente, un tiempo favorable, un don inmerecido del Señor para reavivar la fe, fortalecer la esperanza y renovar la caridad. Siguiendo la convocatoria del Papa Francisco en la Bula Spes non confundit, el pasado 29 de diciembre de 2024 abrimos solemnemente el Año Santo Jubilar con la celebración de la Eucaristía en nuestra Santa Iglesia Catedral. Desde aquel momento nos pusimos en camino como peregrinos de esperanza, acogiendo la invitación del Sucesor de Pedro a dejarnos reconciliar con Dios y a vivir con hondura el misterio de la misericordia.

El domingo 28 de diciembre celebramos la clausura diocesana del Año Jubilar con la Santa Misa en la Catedral. Una Eucaristía de acción de gracias, en la que pondremos en manos del Señor los frutos espirituales de este tiempo santo, conscientes de que todo ha sido gracia y don suyo. Durante este año jubilar, muchos fieles han recorrido con fe y devoción los templos jubilares de nuestra Archidiócesis, ganando las indulgencias y renovando su vida cristiana. En Sevilla, la Catedral, las Basílicas Menores de la Macarena, Jesús del Gran Poder, María Auxiliadora y el Cristo de la Expiración, así como la Capilla de los Marineros, han sido lugares de encuentro con la misericordia de Dios. En la provincia, los santuarios y parroquias jubilares —Setefilla en Lora del Río, Santa Cruz en Écija, Santa María Magdalena en Dos Hermanas, Consolación en Utrera y Loreto en Espartinas— han acogido a numerosos peregrinos que han buscado al Señor con corazón sincero.

Doy gracias a Dios por la disponibilidad generosa de tantos sacerdotes que, a través del sacramento de la Penitencia, han sido instrumentos de perdón y reconciliación. Mi agradecimiento se extiende igualmente a los voluntarios y colaboradores que han hecho posible la acogida ordenada y fraterna de los peregrinos. Todo ello es signo de una Iglesia viva, servidora y en salida. El Jubileo ordinario será clausurado en toda la Iglesia con el cierre de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro el próximo 6 de enero de 2026, solemnidad de la Epifanía del Señor. No es casual esta coincidencia: la Epifanía nos recuerda que Cristo es la luz destinada a todos los pueblos, y que la esperanza cristiana no conoce fronteras. Que la claridad del amor de Dios llegue a todos, especialmente a quienes viven en la oscuridad del sufrimiento, la pobreza o la soledad, y que la Iglesia sea siempre testigo fiel de esta luz.

Entre los recuerdos más vivos de este año jubilar quedarán grabadas en nuestra memoria las peregrinaciones diocesanas a Roma, en las que hemos podido vivir momentos de profunda comunión eclesial junto al Papa Francisco y al Papa León XIV. Han sido experiencias de fe compartida que nos han confirmado en nuestra pertenencia a la Iglesia universal. Este tiempo de gracia nos ha permitido constatar, una vez más, que la Iglesia sigue despertando en las almas. Vienen a la memoria aquellas palabras luminosas de Romano Guardini, pronunciadas hace más de un siglo, cuando afirmaba que estaba comenzando “un proceso religioso de incalculable magnitud”. Hoy, también nosotros percibimos signos de un renovado interés por la fe cristiana, que nos anima a reavivar el espíritu apostólico y a cuidar con mayor esmero nuestra vida espiritual.

Al comenzar este nuevo año, os invito a no dejar perder los frutos del Jubileo. Alimentemos la oración, la vida sacramental y el compromiso cristiano, y compartamos con sencillez la fe con quienes se sienten alejados o buscan a Dios sin saberlo. A todos los que habéis peregrinado este año, os repito una llamada que nace del corazón: dejémonos transformar por el Espíritu para pasar de peregrinos a apóstoles. El inicio de un año nuevo es siempre ocasión de esperanza y de novedad. El Papa Francisco, comentando una reflexión de Hannah Arendt, nos recordaba que el ser humano no ha nacido para morir, sino para comenzar. Esta capacidad de comenzar de nuevo, de abrir caminos inéditos, es expresión de la fecundidad que Dios ha sembrado en nosotros.

Al inicio del tercer milenio, san Juan Pablo II nos exhortó con fuerza: Duc in altum, “rema mar adentro”. Esta llamada, recogida en mi lema episcopal, sigue siendo plenamente actual. Cristo es siempre la gran novedad, y nos impulsa a avanzar sin miedo, confiados en su palabra. La contemplación del misterio de la Epifanía reaviva en nosotros el ardor misionero para que la luz de Cristo llegue a todos los rincones de nuestra sociedad. Os animo a traducir los buenos deseos de este comienzo de año en gestos concretos: en el cuidado de la vida, en la atención a los más vulnerables, en el compromiso por la justicia y la paz. El mundo necesita testigos creíbles que recuerden que, con Cristo, siempre es posible recomenzar. Que María Santísima, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, nos enseñe a acoger la novedad de Dios con corazón humilde y confiado, y nos acompañe en este nuevo año que el Señor nos concede. Santo Año Nuevo.

✠ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

Homilía en la Misa del Gallo

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Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses en la Catedral de Santa María de la Sede, Sevilla. 24 de diciembre de 2025. Lecturas: Is. 9, 1-3. 5-6; Salmo 95, 11-3.11-13; Tit. 2, 11-14; Lc 2, 1-14.

Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: ¡Santa y Feliz Navidad! Cabildo de la Catedral, sacerdotes concelebrantes, diáconos, miembros de la vida consagrada y del laicado; también los que participáis a través del canal YouTube de la Catedral. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande” (Is 9,1). Esta proclamación del profeta Isaías resuena de nuevo en esta noche santa. En medio de las oscuridades de la historia, Dios hace brillar una luz que no se apaga y que vence toda sombra: Jesucristo, el Hijo eterno del Padre, nacido de María Virgen en Belén de Judá. Esta es la noche en la que se cumple la esperanza de Israel y la humanidad entera reconoce que Dios ha venido a nosotros.

La liturgia de la Misa del Gallo nos invita a contemplar el misterio con la mirada humilde de los pastores y con el corazón fiel de María y José. Los textos bíblicos que hemos escuchado convergen en un mismo anuncio: ha aparecido la luz, ha brillado la gracia, ha nacido el Salvador. El profeta Isaías habla a un pueblo sometido por el peso de la incertidumbre, amenazado por invasiones y marcado por el pecado. Y en medio de esa situación, anuncia un tiempo nuevo: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9,5). Este Niño es el Mesías, el Enviado, “Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz”.

A lo largo del año 2025 hemos sido testigos de muchas sombras: tensiones sociales, conflictos bélicos, heridas abiertas en diversos lugares del mundo, especialmente donde el odio y la violencia parecen tener la última palabra. Sin embargo, esta noche santa escuchamos de nuevo una verdad que sostiene nuestra esperanza: la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la ha vencido (cf. Jn 1,5). En la segunda lectura, san Pablo proclama que “ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres” (Tit 2,11). Aquel Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre es la manifestación de esa gracia salvadora. No es una idea abstracta, no es un sentimiento, no es un mito: es una Persona viva, cercana, que entra en nuestra historia para transformarla desde dentro.

San Lucas nos ofrece en su evangelio la profundidad de la Encarnación. María da a luz a su Hijo primogénito en Belén, y allí, en el marco sencillo de un establo, entre silencio, pobreza y adoración, Dios se hace Niño. La señal para los pastores es un signo sorprendente: no la gloria del poder, sino la pequeñez de la ternura. Dios elige la pobreza para revelarse, elige lo humilde para confundir la soberbia, elige el silencio para hablar al corazón. El anuncio de los ángels se dirige a pastores, hombres sencillos de aquel tiempo. Y el mensaje es directo y universal: “Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). Tres títulos que resumen la identidad de Jesús: Salvador, porque nos libera del pecado y de la muerte; Mesías, porque cumple las promesas del Padre; Señor, porque es Dios verdadero. A continuación, se une el coro celestial: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14). He aquí la síntesis del misterio: gloria y paz; alabanza y reconciliación; adoración y fraternidad.

La Navidad no es un recuerdo sentimental del pasado; es un acontecimiento presente que renueva la vida del creyente y lo introduce en la dinámica del amor redentor de Cristo. Cada año, al acercarnos a este misterio, somos invitados a dejar que la luz penetre en nuestras oscuridades, para que todo en nuestra vida sea transformado por Él. Por eso, esta noche el Señor nos pide abrir el corazón: a la fe, a la esperanza y al amor. Nos llama a vivir la reconciliación en la familia, en el ambiente laboral, en la comunidad cristiana. Nos invita a renovar el perdón y la misericordia. Nos urge a poner en el centro a los pobres, a los que sufren, a los enfermos y a quienes más necesitan una palabra de consuelo.

Celebramos esta Navidad dentro del Año Jubilar 2025 que está llegando a su conclusión. Un año de gracia en el que toda la Iglesia ha sido invitada a “peregrinar en la esperanza”. En este contexto jubilar, la Navidad recibe una significación particular: Cristo, que “ha aparecido para todos los hombres” (Tit 2,11), es la verdadera Puerta Santa por la que entramos en el misterio de la salvación. Él es la puerta del redil, la puerta de la misericordia, la puerta que nos conduce al Padre.

Nuestra Iglesia diocesana ha vivido intensamente este Año Jubilar. Damos gracias a Dios por tantos acontecimientos de gracia que han tenido lugar: las peregrinaciones a Roma, las celebraciones jubilares en la Catedral y en los otros templos jubilares, los encuentros diocesanos; la Misión en numerosos pueblos y barrios, especialmente la Misión de la Esperanza, que ha dejado una profunda huella evangelizadora; y las constantes iniciativas de formación, oración, de caridad, de adoración y misión, que han impulsado a tantos fieles a renovar su vida espiritual y su compromiso apostólico. Todo ello ha sido posible gracias al trabajo de sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas, laicas y laicos comprometidos, hermandades, movimientos, delegaciones y servicios pastorales. El Señor ha estado grande con nosotros, y esta noche santa es una ocasión privilegiada para agradecerlo.

No podemos contemplar el misterio del nacimiento del Señor sin mirar a la Sagrada Familia. María, con su fe sin reservas, nos enseña a acoger la Palabra de Dios con docilidad. Ella es la primera creyente, la mujer del “sí”, la Madre del Redentor. José, por su parte, es el custodio fiel, el hombre justo que cumple la voluntad de Dios en silencio y obediencia. Los dos nos muestran el camino para vivir nuestra vocación cristiana escuchando a Dios, también cuando no lo entendemos todo; confiando en Él, incluso en medio de las dificultades; sirviendo al prójimo, especialmente a los más pobres; protegiendo la vida, desde su concepción hasta su final natural; viviendo en familia la fe, sabiendo que la familia es la primera escuela del amor y la fraternidad.

La Navidad no termina en la belleza de la liturgia ni en los cantos de esta noche. La Navidad pide una respuesta. Dios se nos da para que nosotros también nos demos a los demás. Este año 2025 nos ha impulsado a salir, a anunciar, a celebrar, a servir. Hemos renovado nuestro deseo de vivir una Iglesia en salida, como insistió el Papa Francisco, una Iglesia que se deja mover por la misericordia y la esperanza. Por eso, la Navidad es también una misión: anunciar la alegría del Evangelio, llevar la luz allí donde hay oscuridad, sembrar reconciliación donde existe división, ofrecer amistad donde reina la soledad. La paz, que los ángeles proclaman esta noche, es un don y una tarea. Es un don que recibimos del Niño Dios, y una tarea que realizamos como discípulos suyos. Que en esta Noche Santa renovemos nuestro compromiso en la construcción de la paz, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestra ciudad, en nuestro país y en el mundo entero. La paz, por la que tanto clama el Papa León, especialmente ahora, en Navidad.

Queridos hermanos y hermanas, como los pastores, también nosotros vayamos a Belén. Vayamos con fe, con humildad, con actitud de adoración. Acerquémonos al pesebre interior de nuestro corazón para acoger al Señor. Dejemos que ilumine nuestras vidas, que cure nuestras heridas, que fortalezca nuestras debilidades. Dejemos que Él sea realmente el centro de nuestra Navidad. Contemplando a Cristo Niño, renovemos nuestra esperanza. Él es la gracia que ha aparecido, la luz que brilla, la paz que se da. En Él Dios se hace cercano para siempre. Pidamos a la Virgen María, Madre del Dios encarnado, y a san José, custodio del Redentor, que nos acompañen en este tiempo santo. Que nos preparen para concluir con fruto el Año Jubilar y para comenzar un nuevo año abiertos a la gracia, a la misión y a la esperanza que viene de Cristo. “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14). Santa y Feliz Navidad.

“Nadie está solo”, Carta Pastoral para Navidad

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“Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2, 11). Con esta Buena Noticia, proclamada en la noche de Belén, deseo llegar a cada uno de ustedes: a las familias, a los ancianos, a los jóvenes, a los enfermos, a los migrantes, a los encarcelados, a quienes viven en soledad, a quienes trabajan por un mundo más justo y a quienes buscan con sinceridad el rostro de Dios. Con estas palabras quiero dirigirme a todos ustedes para anunciarles, una vez más, la alegría del Evangelio: Dios se hace Niño para caminar con nosotros.
Este año, celebramos la Navidad en un contexto muy especial: concluimos el Jubileo de la Esperanza, un tiempo de gracia que ha marcado profundamente nuestra Diócesis. Hoy deseo unir ambos acontecimientos, porque la Navidad ilumina el camino recorrido y lo proyecta hacia el futuro.
En medio de un mundo agitado, lleno de ruidos y tensiones, que intenta silenciar con el consumismo la presencia de Dios vuelve a resonar el anuncio que cambia todo: Dios se hace cercano, Dios se hace Niño, Dios se hace uno de nosotros.
No viene con poder ni grandeza humana, sino con la humildad desarmante de un recién nacido.
Su mensaje es claro: nadie está solo, nadie está olvidado, nadie queda fuera de su amor.
La luz que no se apaga
En este tiempo en que muchos experimentan incertidumbre, cansancio o tristeza, la Navidad es una invitación a dejar que la luz de Cristo ilumine nuestras sombras.
Él es la luz que sostiene a quien ya no puede más, consuela a quien ha perdido a un ser querido, da esperanza a quien se siente estancado y abre caminos nuevos donde parecía que no los había.
La Navidad nos muestra que Cristo nace también hoy, allí donde se le abre un espacio en el corazón. En Belén, Dios se hace pequeño para que nadie tenga miedo de acercarse.
En el pesebre, la esperanza se hace carne.
En el Niño envuelto en pañales descubrimos que el amor de Dios no se rinde jamás, que no abandona, que no olvida, que no retrocede ante nuestras fragilidades.
Por eso, al contemplar el nacimiento de Jesús, entendemos que el Jubileo no ha sido sólo una celebración, sino una llamada a acoger la esperanza que Dios nos entrega en su Hijo.
Navidad es el “salto” de Dios de lo divino a lo humano sin dejar de ser lo primero (cfr. Flp 2, 6 – 11), que se ha pasado a nuestro bando, es uno de nosotros. Él ya no está lejos. No es desconocido. Al nacer en la tierra quiere hacerse compañero de viaje de cada uno de nosotros. En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo ha venido a la tierra y hace saltar de gozo a los ángeles que cantan de alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios.
Lo que el Jubileo ha sembrado en nosotros
Durante este año, miles de fieles han peregrinado, orado, celebrado, pedido perdón y dado gracias. Hemos visto comunidades fortalecidas, corazones reconciliados, pasos cansados que volvieron a levantarse. En todo ello, la gracia de Dios ha actuado silenciosa pero eficazmente.
Ahora que el Jubileo concluye, descubrimos que deja en nosotros tres regalos que la Navidad confirma y renueva:
-Una esperanza que escucha
Como María, aprendimos a guardar en el corazón lo que Dios nos dice en lo pequeño y lo sencillo. En el pesebre encontramos a María, mujer creyente, Madre que guarda y acompaña.
Ella nos enseña a contemplar, a esperar, a confiar aun cuando no entendemos todo.
Que bajo su mirada vivamos esta Navidad con una fe renovada y con un corazón disponible a la voluntad de Dios.
-Una esperanza que sostiene
En medio de desafíos sociales, económicos y personales, hemos visto brotar solidaridad, oración y acompañamiento. Vivir la Navidad es acoger a Dios y a los hombres. El pesebre manifiesta la lógica divina, que no se centra en las ambiciones ni en los privilegios, sino que es la gramática de la cercanía, del encuentro y de la proximidad. Navidad es, por tanto, convertirse en constructores de un futuro, anteponiendo el bien común a los particularismos egoístas. Jesús ha establecido la casa común y nos pide que la convirtamos en una casa acogedora para todos. De ahí deriva el compromiso del cuidado y respeto de la creación y la necesidad de superar los prejuicios, derribar las barreras y eliminar las divisiones que enfrentan a las personas y a los pueblos, para construir juntos un mundo de justicia y de paz.
-Una esperanza caritativa
Navidad es, también, la fiesta de los pobres Dios nace pobre. Jesús nace en una cueva y lo colocan en un pesebre, donde comen los animales. Viene al mundo en un establo, envuelto entre pañales, sin lujos, sin comodidades. Nació como nacen hoy muchos inmigrantes, como nacen los hijos de mujeres en campos de refugiados… y así nos enseña que en este mundo donde Él puso su “tienda”, nadie es extranjero. Aunque en este mundo todos estamos de paso, es precisamente Jesús quien nos hace sentir como en casa en esta tierra santificada por su presencia y quiere que la convirtamos en un hogar acogedor para todos. No olvidemos que, al poco de nacer, también Jesús se hace inmigrante y tiene que huir a Egipto junto con José y María. Si Jesús fue acogido en tierra extranjera, también nosotros hemos de acoger a los que vienen de fuera, aprendiendo a superar cada vez más los recelos y los prejuicios que dividen o, peor aún, enfrentan a las personas y a los pueblos, para construir juntos un mundo de justicia y de paz.
La profunda solidaridad que este Niño ha establecido con su nacimiento, nos hace salir al encuentro del que no tiene, llevándonos a compartir lo que tenemos no sólo lo material, sino también lo espiritual.
-Una esperanza que envía
El Jubileo no termina: comienza una misión. Somos enviados a ser testigos de esperanza en nuestras familias, en el trabajo, en la sociedad y, sobre todo, junto a quienes más sufren.
Los invito, queridos hermanos, a celebrar esta Navidad con la mirada amplia y el corazón disponible.
Que la alegría del pesebre transforme nuestras actitudes:
que llevemos consuelo donde haya soledad, que sembremos paz donde haya tensiones, que repartamos alegría donde la vida pesa, que construyamos fraternidad donde hay heridas.
La esperanza no consiste sólo en esperar tiempos mejores; consiste en dejar que Cristo transforme este tiempo, este mundo y este corazón.
Escuchemos a ese Niño que con su venida al mundo nos repite: “No Temáis”. Dejémonos, pues, iluminar por esa luz de Cristo que con su Encarnación ha derrotado el poder del mal y nos ha readmitido al convite de la vida. Sintamos en esa noche el tierno amor de Dios que nos anima a no dejarnos intimidar por un mundo tantas veces convertido en establo y lleno de tinieblas que ensombrecen la dignidad de los seres humanos
Contemplemos al niño de Belén que nos revela que la salvación de Dios se ha hecho presente a través de una experiencia de familia. Por eso Navidad es tiempo de familia, donde hay siempre un sitio libre en el hogar y una mesa preparada: “caliente el pan y envejecido el vino”. En Navidad dirigimos nuestras miradas y nuestros corazones a Belén, donde está la Sagrada Familia: Jesús, María y José, que nos enseñan a vivir la vocación de servicio al amor y a la vida.
Concluyamos diciéndole a María: Danos tus ojos, María, para descifrar el misterio que se oculta tras la fragilidad de los miembros del Hijo. Enséñanos a reconocer su rostro en los niños de toda raza y cultura. Ayúdanos a ser testigos creíbles de su mensaje de paz y de amor, para que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, caracterizado aún por tensos contrastes e inauditas violencias, reconozcan en el Niño que está en tus brazos al único Salvador del mundo, fuente inagotable de la paz verdadera, a la que todos aspiran en lo más profundo del corazón.
Que la Virgen Santa, nos ayude “a conservar siempre estas cosas y meditarlas en nuestro corazón”.

 

+José Mazuelos Pérez

Obispo de Canarias

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