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Miguel Ángel Criado: «Sin una reflexión teológica profunda corremos el riesgo de dar respuestas superficiales»

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El sacerdote y doctor en Teología Fundamental Miguel Ángel Criado hace una valoración del Máster en Teología Fundamental que ofrece el CESET. Se trata de un título superior, reconocido por el Estado Español como Máster universitario, que en este, su segundo curso, cuenta ya con 13 alumnos y que graduaría este año su primera promoción una vez culminen sus trabajos fin de máster.

¿Por qué Málaga decidió lanzarse a la aventura de ampliar su oferta de estudios con este máster?
La decisión de ofrecer un máster con la especialización en Teología Fundamental fue una apuesta del anterior obispo de Málaga, D. Jesús Catalá. Aunque algunos de nosotros fuimos enviados por D. Antonio Dorado Soto, D. Jesús tuvo la intuición de capacitar a un grupo de laicos y sacerdotes para dotar al Centro Teológico de un equipo de profesores que pudieran garantizar una oferta formativa y teológica de cierta calidad.

¿Qué valoración hace de la experiencia tras el segundo curso en marcha?
La experiencia está siendo rica y positiva. Destacaría el ambiente familiar y de confianza entre los alumnos; así como el esfuerzo que hacen por compaginar las tareas pastorales con el ritmo de estudio. Para algunos está siendo un tiempo de reflexión personal y en grupo; de lectura comprensiva sobre temáticas actuales con una repercusión directa en la acción pastoral, en la vida espiritual y moral. Creo que también ayuda a retomar el hábito de estudio de la teología no como algo teórico sino como un aliado necesario para dar respuestas a los interrogantes y a los restos que la sociedad y la cultura nos plantea es estos momentos. Para los profesores esta siendo una oportunidad para seguir profundizando en aspectos centrales de la teología y, al mismo tiempo, una exigencia añadida a las tareas que cada uno lleva adelante.

¿Cuál es el principal valor que ofrece?
A mi modo de ver, la reflexión teológica en general siempre nos ofrece fundamentos, principios y criterios teológicos que están llamados a iluminar la espiritualidad, la moral y la acción pastoral. El estudio de la teología fundamental en particular aporta una cierta sensibilidad por hacer creíble el contenido de la fe, por buscar puentes en el diálogo constante con las diversas corrientes culturales de pensamiento, con otras confesiones cristianas o con otras religiones. Sin una reflexión teológica profunda corremos el riesgo de dar respuestas superficiales, movidas por la inmediatez o por la ansiedad, sin hacernos cargo de la realidad antropológica y cultural del hombre y de la mujer de hoy.

¿Qué frutos cree que vendrán a corto y medio plazo?
A corto y medio plazo, los frutos lo van a experimentar de primera mano los alumnos. Siempre la reflexión teológica enriquece la conciencia creyente del sujeto que realiza estos estudios y le aporta herramientas para leer y comprender mejor la realidad – las tendencias y las corrientes culturales – de cara a la misión de evangelizar, santificar y transformar la realidad. El gran reto será consolidar esta oferta formativa. Nos toca animar e ilusionar a futuros alumnos, así como dar a conocer el contenido del Máster. Por ello, os animamos a plantearos la posibilidad de cursar el bienio de teología fundamental en nuestra Iglesia de Málaga.

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Cercanía con las víctimas del accidente ferroviario

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El Obispo de Málaga ha manifestado a través de las redes sociales su cercanía con las víctimas del grave accidente que ha tenido lugar en la localidad cordobesa de Adamuz.

D. José Antonio Satué ha afirmado en sus cuentas en Facebook y la red social X, seguir «con profundo pesar» las noticias que empezaron a llegar a primera hora de la noche del domingo, y ha elevado su oración «por el eterno descanso de las víctimas, por la pronta recuperación de los heridos y por sus familias».

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La parroquia de Adamuz abierta para los afectados por el accidente ferroviario

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La parroquia de Adamuz abierta para los afectados por el accidente ferroviario

El Obispo de Córdoba expresa sus condolencias a los familiares de los fallecidos y su cercanía y afecto a los afectados

Foto Valerio Merino ABC Córdoba

El Obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, se ha puesto en contacto con el párroco de Adamuz y la Subdelegada del Gobierno en Córdoba al conocer el grave accidente y ha trasladado su pesar a las familias de las víctimas y su cercanía a las personas heridas. El prelado ha conocido a través de Rafael Prados Godoy, párroco de Adamuz, que se ha ofrece el espacio parroquial y víveres para las primeras necesidades de los afectados, asimismo, a la Delegada del Gobierno le ha comunicado que están a su disposición «personas y recursos para apoyar en la medida de lo posible». El Obispo encomienda al Señor a víctimas y heridos para que «no dejen de percibir su auxilio, fortaleza y consuelo en este momento de incertidumbre y de dolor»

El párroco, Rafael Prados Godoy, atiende a los viajeros de los trenes siniestrados en el centro municipal donde voluntarios y vecinos reciben los primeros autobuses con las personas afectadas. La parroquia de San Andrés de Adamuz mantiene abiertas sus puertas toda la noche para los afectados por el grave accidente ferroviario y destina comida y bebida a las personas que puedan necesitar acogida y alimento, junto al área municipal habilitada. A esta hora, muchos feligreses se han aproximado a la parroquia para encender estufas y preparar la llegada de personas heridas que requieran asistencia.

Los vecinos de Adamuz se han volcado para ayudar a los afectados por el accidente con alimentos y mantas y siguen recibiendo a las personas trasladadas en autobús desde el lugar del accidente a las instalaciones municipales habilitadas para acogerlos.

Solidaridad del Coro Romero «Virgen del Sol» 

Frente a las dependencias municipales de Adamuz,  donde se ha desplegado la ayuda espontánea de los vecinos, un grupo de feligreses de la Parroquia de San Andrés han habilitado la sede del Coro Romero «Virgen del Sol » para atender las necesidades de los afectados con mayor cercanía. Así lo ha explicado el párroco, que ha confirmado que «se han llevado hasta allí todos los alimentos de Cáritas y se han preparado bebidas calientes y bocadillos».

 

 

 

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El arzobispo insiste en que «no puede haber verdadera fe sin que dé frutos de caridad, ni un culto auténtico que no se traduzca en el amor al prójimo”

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El arzobispo insiste en que «no puede haber verdadera fe sin que dé frutos de caridad, ni un culto auténtico que no se traduzca en el amor al prójimo”

El arzobispo de Sevilla, monseñor Saiz Meneses, ha presidido esta mañana la Función Solemne de la Archicofradía Sacramental de Pasión en la iglesia del Divino Salvador.

Una celebración que ha contado con una amplia participación de hermanos y devotos, y con la asistencia de representantes del Consejo General de Hermandades de Sevilla, de otras corporaciones, autoridades públicas y políticas.

Al comenzar su homilía, el arzobispo ha señalado que la celebración de la Función principal de Instituto es “la expresión más clara de la identidad eclesial de la hermandad. El momento en el que pública, comunitaria y solemnemente se renueva la adhesión a la fe de la Iglesia y la comunión con ella”.

A continuación, ha reflexionado sobre las Lecturas del día. Sobre la Primera Lectura, ha explicado que presenta la figura del siervo del Señor. Al respecto, ha asegurado que “la vocación cristiana no es un privilegio cerrado sobre sí mismo, sino que busca llevar la luz de Dios hasta los confines de la tierra”. En relación al Salmo, monseñor Saiz ha remarcado que muestra la “disponibilidad y obediencia como principal actitud del creyente”. “La Segunda Lectura -añadía- hace evidente la llamada universal que brota del bautismo y se despliega en la variedad de vocaciones y carismas. Todos ellos llamados a la caridad y la perfección”.

Sobre el Evangelio ha destacado que se trata de una de las escenas “más decisivas en la vida pública de Jesús” y ha puesto el ejemplo de Juan El Bautista como “confesión de fe clara, pública y valiente. Juan es el precursor: prepara el camino, da paso y desaparece. Ojalá esa actitud calara más en todos, porque todos somos precursores”.

La piedad popular «un tesoro que debe cuidarse y ponerse al servicio de la evangelización»

Más adelante, el arzobispo ha insistido en que las hermandades y cofradías son “verdaderos sujetos eclesiales llamados a vivir y expresar la fe de la Iglesia desde la piedad popular, la vida sacramental y el compromiso caritativo y evangelizador”. De hecho, ha citado al papa León XIV cuando defendía la piedad popular como “un tesoro que debe cuidarse, custodiarse y ponerse al servicio de la Nueva Evangelización”. “Son palabras que guían la misión actual de las hermandades”, ha dicho monseñor Saiz.

También ha dedicado unas palabras a la protestación de fe que ha tenido lugar a continuación. Sobre esta ha afirmado que “no se trata de un mero rito externo, es un acto profundamente eclesial que conserva toda su vigencia. Significa confesar públicamente la fe de la Iglesia, adherirse sin reservas al Credo que hemos recibido, renovar la comunión con toda la Iglesia. Es un acto de responsabilidad y de valentía cristiana”.

En esta línea ha defendido que esta confesión de fe “no puede quedarse en palabras. Ha de traducirse en una vida coherente, en un testimonio creíble, en una caridad operativa”. Por ello, ha exhortado a la Hermandad de Pasión a ser “escuela de fe, espacio de comunión, lugar lugar de acogida y de compromiso”.

Monseñor Saiz ha concluido su homilía resaltando que “no puede haber verdadera fe sin que dé frutos de caridad, ni un culto auténtico que no se traduzca en el amor al prójimo”.

La celebración ha continuado con la protestación de fe de los hermanos de la corporación y con el rito eucarístico.

Al término del mismo, el hermano mayor, Juan Pablo Fernández, ha hecho entrega al arzobispo de un recuerdo con motivo del 25 aniversario de su ordenación episcopal que se cumple este año 2026.

Galería fotográfica

 

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Nuestra vocación: Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Día 1

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Nuestra vocación: Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Día 1

 

DÍA 1

Nuestra vocación

Versículo del día

Yo, pues, preso en el Señor, os ruego que llevéis una vida digna de la vocación a que habéis sido llamados (Ef 4,1).

Otros pasajes de la Escritura

Miqueas 6,6-8

Salmo 133

Marcos 3,13-15

Reflexión

En Efesios 4,1, Pablo subraya la importancia de vivir una vida digna de la «vocación a la que habéis sido llamados», que está intrínsecamente ligada a la unidad de la comunidad cristiana. En medio de una sociedad dividida, el Evangelio llama a los creyentes a superar las barreras y fomentar la reconciliación. Esta vocación divina nos invita a encarnar los valores de Dios en la comunidad de los creyentes. Al armonizar nuestra conducta con esta vocación, no solo reflejamos las enseñanzas de Cristo, sino que también contribuimos a la unidad y al crecimiento del cuerpo de Cristo. Reconocer y abrazar esta vocación es esencial para vivir la verdadera esencia de la comunidad cristiana y alimentar una comunión armoniosa y solidaria.

Una pregunta para reflexionar

¿Cómo te inspira la reflexión sobre la «vocación a la que habéis sido llamados», tal como se describe en Efesios 4,1, a contribuir activamente a la unidad dentro de tu comunidad eclesial local y con otras comunidades?

Oración

Dios de luz nos has llamado de las tinieblas a tu luz. Que nuestra respuesta a tu llamada nos lleve a buscar activamente la reconciliación y a compartir tu luz en el mundo. Amén.

 

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Celebración en Honor a San Antonio Abad, Patrono de Padules

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A las 12:00 horas de la mañana del 17 de enero, la localidad de Padules vivió una emotiva celebración religiosa en honor a San Antonio Abad, santo patrono del municipio y de los animales. Esta festividad anual, profundamente arraigada en la tradición local, tiene lugar en torno a la fecha litúrgica del santo y congrega a vecinos, autoridades y devotos en un ambiente festivo y de fe.

La Santa Misa fue presidida por nuestro obispo, Don Antonio, quien estuvo acompañado por el párroco Antonio José Villegas Romero y por Don Alfonso Sola, sacerdote jubilado y natural de Padules. Durante la celebración eucarística, se destacó la figura de San Antonio Abad como patrono espiritual del pueblo y se pidió su intercesión para las familias, los animales y los trabajos del campo. Tras la Misa, se llevó a cabo la tradicional procesión con la imagen del santo, en la que los fieles acompañaron al santo recorriendo las calles del municipio.

Terminados los actos religiosos, los asistentes compartieron una comida fraterna con la participación de autoridades locales y miembros de la Hermandad de San Antonio Abad, fortaleciendo así los lazos de comunión y hermandad entre los feligreses.

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Entrevista a Mons. Orozco en la revista Iluminare, con motivo de la Jornada de la Infancia Misionera

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Entrevista a Mons. Orozco en la revista Iluminare, con motivo de la Jornada de la Infancia Misionera

 

Entrevista a Mons. Francisco Jesús Orozco, obispo de Guadix

“Los niños forman parte de la gran misión que Jesús confió a su Iglesia

Nacido el año 1970, Mons. Francisco Jesús Orozco Mengíbar desarrolló su ministerio sacerdotal en la diócesis de Córdoba, hasta que, a finales de 2018, fue nombrado y ordenado obispo de Guadix. En la Conferencia Episcopal Española es, desde 2020, miembro de la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida.

¿Cómo podemos ayudar a nuestros niños y niñas para que cada uno pueda descubrir quién es a los ojos de Dios?

Lo primero y el mejor regalo para los niños es recordarles que son hijos muy amados de Dios. A veces los niños reciben mensajes que les hacen du- dar de su valor: notas escolares, comparaciones, exigencias, familias rotas en las que no cuenta lo que ellos quieren y sienten. Especial- mente los niños que más su- fren en el mundo pueden experimentar que no son ama- dos. Frente a eso, la fe les re- gala una verdad preciosa: Dios los ha pensado únicos y los quiere tal como son, aunque cada día han de trabajar por ser mejores. Ayudarles a descubrirlo significa enseñarles a rezar con sencillez, a dar gracias por la vida, a escuchar la Palabra de Jesús. Con gestos cotidianos de cariño, de acogida y de escucha, los adultos también les mostramos que son valiosos a los ojos de Dios. Y al experimentar que son muy importantes para Jesús, la estima de la fe les construye como caminos de esperanza para el bien común en la Iglesia.

¿Qué tiene que ver identificar la propia misión con ser uno mismo?

La misión no es algo añadido, como una tarea extra, sino la forma de vivir nuestra identidad. Cuando un niño descubre lo que le gusta, lo que sabe hacer bien, y lo pone al servicio de los de- más, está encontrando su misión. Ser uno mismo es aceptar con alegría los dones recibidos y ponerlos en camino. Así, misión y autenticidad van unidas: solo siendo quien Dios ha soñado que seas puedes vivir tu misión en plenitud. La misión es anunciar a todos el amor del Señor desde lo que somos: hijos amados.

¿Están los más pequeños bien predispuestos a la apertura hacia los demás y al apostolado? ¿Cómo ayudarles a crecer en este sentido?

Los niños son naturalmente abiertos: saben compartir, se alegran del bien de los demás y tienen un corazón sensible ante quien sufre. Nuestra tarea es cuidar esa apertura para que no se cierre con el egoísmo, la indiferencia, ni con las consecuencias de las malas decisiones de los adultos que les rodean. ¿Cómo ayudarles? Dándoles ejemplo en casa y en la parroquia, mostrándoles que servir a otros es fuente de alegría. Cuando un niño participa en una campaña solidaria, reza por otros o colabora en su grupo, aprende que su vida tiene un impacto positivo en el mundo, haciendo felices a otros con su vida.

¿De qué modo contribuye Infancia Misionera a que cada niño ocupe “su” lugar en la gran misión de la Iglesia?

La Infancia Misionera enseña a los niños que no son solo receptores, sino protagonistas. Les ayuda a descubrir que la Iglesia es familia universal y que ellos tienen un lugar en ella, con sus oraciones, con sus pequeños gestos de generosidad y con su ilusión. Así crecen sabiendo que su fe tiene una dimensión misionera y que no están solos: millones de niños en todo el mundo viven lo mismo y juntos forman parte de la gran misión que Jesús confió a su Iglesia.

¿Es verdaderamente posible para los niños ayudarse entre sí con la oración y el compartir, a pesar de las distancias y de las desigualdades de nuestro mundo? ¿Cómo les ayuda esto a ser más “ellos mismos”?

Sí, es posible y sucede. Los niños rezan con una fe sencilla y sincera que llega al corazón de Dios. Cuando un niño en España reza por otro en África u otro continente, y a la vez comparte una pequeña ayuda material, está experimentando que la fraternidad no tiene fronteras. Esto les hace más auténticos, comprometidos y protagonistas con la suerte del mundo, porque descubren que su vida está hecha para amar. Al dar y recibir, aprenden que ser ellos mismos significa vivir abiertos a los demás, no encerrados en sus propios problemas.

¿Estamos mostrando a los niños de hoy la opción misionera ad gentes y ad vitam? ¿Podemos hacerlo mejor?

Lo hacemos, pero todavía nos queda mucho más por hacer. Los niños necesitan conocer testimonios de misioneros que han entregado la vida para anunciar a Jesús en lugares leja- nos. Esos ejemplos despiertan su imaginación y les hacen soñar con un mundo más grande que el suyo. No escondamos a los niños el sufrimiento del mundo ni los encapsulemos en una vida fácil y de corta visión. Podemos hacerlo mejor si, desde pequeños, les ayudamos a ver la misión no como algo extraño o heroico, sino como parte natural de la vida cristiana. Hemos de enseñarles a ser agradecidos con todo lo que poseen y solidarios en el dolor de quienes no lo tienen. Hablarles del “sí” generoso de tantos misioneros abre la puerta para que un día ellos también se planteen, como Iglesia, entregarse del todo en la misión ad gentes y ad vitam.

Rafael Santos

Revista Iluminare

 

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Domingo II del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 18 de enero de 2026

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Domingo II del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 18 de enero de 2026

Juan ha bautizado a Jesús en el río Jordán siendo testigo principal de lo que ha ocurrido en ese hecho fundamental en la vida del Mesías. El profeta nos habla de su experiencia personal ocurrida durante el bautismo del Señor.

Juan el Bautista nos presenta a Jesús con los títulos de Cordero de Dios y de Hijo de Dios. Títulos que se irán poniendo en evidencia a lo largo del Evangelio y durante la vida de Jesús en medio de nosotros.

Cristo es el que quita el pecado del mundo. No sólo es el que perdona, sino el que vence al pecado con su muerte y resurrección.

Cristo nos trae un tiempo nuevo, el del Espíritu Santo, que nos libera del pecado y de la muerte. Es el Espíritu Santo quien genera una nueva vida, a la que los cristianos nacemos por el bautismo.

En este relato del evangelista Juan aparece el momento posterior, “al día siguiente”, del bautismo del Señor en el que Juan el Bautista hace un discurso a modo de profesión de fe en Jesucristo, al que define como Cordero de Dios y como Hijo de Dios. Y al mismo tiempo menciona las dos acciones que van a caracterizar la misión de Jesús: “el que quita el pecado del mundo” y “el que bautiza con el Espíritu Santo”.

El profeta Juan no sólo ha bautizado a Jesús en el río Jordán como a uno más de esa gran multitud de personas que se acercaron a recibir el bautismo, sino que ha presenciado todo lo que sucedió en Jesús en ese momento y por eso ahora da testimonio de ello, dirigiéndose, a través de un monólogo, a unos oyentes sin determinar: las personas de todos los tiempos y lugares. Juan habla de su experiencia personal, no de lo que le han contado, sino de lo que él ha visto y ha vivido en primera persona.

Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En el antiguo Israel, para renovar la alianza o pacto entre Dios y el hombre los sacerdotes sacrificaban corderos, como ocurrió la noche de Pascua en Egipto, en la que tuvo lugar la salida del pueblo de Dios que fue liberado de la muerte con la sangre de los corderos y que fue alimentado con su carne. Esa alianza entre Dios y su pueblo, cada vez que se rompe por el pecado, se renueva con el sacrificio de los corderos.

Ahora el cordero lo pone Dios, ofreciendo a su propio Hijo, que, sacrificado en la cruz, nos libra de la muerte con su resurrección y no sólo perdona nuestros pecados, sino que lucha contra el mal que hay en el mundo. Sacrificio del único y definitivo Cordero que se actualiza cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía.

Jesús es el que está colmado del Espíritu Santo y el que lo va a comunicar a lo largo de su vida, porque Cristo es el verdadero Hijo de Dios, Dios entre los hombres, la Palabra encarnada. El que se une a Cristo por el bautismo nacerá a una nueva vida en el Espíritu Santo para ser liberado de la opresión del pecado y de la muerte. Vivir esta experiencia y ser consciente de ello ha de cambiar nuestra vida como cristianos, haciéndola entrega y servicio a Dios y a los demás todos los días.

Emilio José Fernández, sacerdote

https://elpozodedios.blogspot.com/

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Fallece el sacerdote Mariano Pizarro, querido párroco en Osuna

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El sacerdote diocesano Mariano Pizarro ha fallecido hoy, 17 de enero, a los 90 años, tras 66 años de su ordenación sacerdotal.

Nació en Pasarón de la Vera (Cáceres) y fue ordenado sacerdote en Sevilla en junio de 1960. Desarrolló casi todo su ministerio en Osuna, en las parroquias de Nuestra Señora de Consolación y Nuestra Señora de la Victoria (en esta última desde enero de 1973 hasta 2019), con un breve periodo de cuatro años como coadjutor en Lantejuela.

Durante los más de 40 años al frente de la Victoria destacó su apuesta por el patrimonio histórico religioso, siendo impulsor de la restauración de la parroquia. Asimismo, era conocido por su generosidad y caridad con los pobres, y por su entrega genuina a la ciudad de Osuna. Además, fue capellán de hospital, director espiritual de varias hermandades y capellán de un monasterio de clausura.

En 2018 fue nombrado capellán de honor de Su Santidad, título que le concedió el papa Francisco a petición del entonces arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo, quien lo describía como “un sacerdote ejemplar, fidelísimo a su ministerio” y “un trabajador enorme, padre de los pobres y muy querido en Osuna”.

Un año más tarde, sería nombrado párroco emérito de Ntra. Sra. de la Victoria, en reconocimiento y agradecimiento por su trayectoria en esta comunidad.

Sus exequias se celebrarán mañana, 18 de enero, a las cuatro y media de la tarde, en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Victoria en Osuna, donde está siendo velado.

La Archidiócesis de Sevilla ruega al Señor por su eterno descanso y agradece su incansable servicio y el testimonio de entrega a la Iglesia diocesana durante tantos años.

A continuación, puede ver una entrevista a Mariano Pizarro y allegados con motivo de su nombramiento como capellán de honor de Su Santidad, emitido en el programa ‘Testigos Hoy’ de Canal Sur.

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CARTA PASTORAL ANTE LA PRÓXIMA BEATIFICACIÓN DEL CURA VALERA

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Con profunda alegría, ponemos a disposición de la comunidad diocesana esta Carta pastoral con motivo de la próxima beatificación del Venerable Salvador Valera Parra, el Cura Valera, que se celebrará, si Dios quiere, en Huércal-Overa el 7 de febrero de 2026.

Este acontecimiento de gracia, tan esperado por las Iglesias de Almería y Cartagena, supondrá el reconocimiento oficial de una santidad que el pueblo de Dios ha venerado y custodiado durante generaciones.

Esta carta, de estilo sencillo y profundamente pastoral, está escrita a tres manos por D. Ginés García Beltrán, obispo de Getafe y natural de Huércal-Overa; D. José Manuel Lorca Planes, obispo de Cartagena; y nuestro obispo D. Antonio Gómez Cantero, obispo de Almería. Desde la comunión entre Iglesias hermanas, los pastores nos invitan a prepararnos espiritualmente para este acontecimiento eclesial.

Invitamos a todos —sacerdotes, consagrados, laicos y familias— a leer, meditar y compartir esta carta pastoral, como camino de preparación, memoria agradecida y esperanza ante la próxima beatificación del Cura Valera.

CARTA PASTORAL BEATIFICACIÓN CURA VALERA

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EL BEATO CURA VALERA
Una vida para los demás

Carta pastoral de los Obispos de Almería, Cartagena y Getafe
con motivo de la Beatificación del sacerdote Salvador Valera Parra
de Huércal-Overa (Almería)

1. VOX POPULI

Querida comunidad diocesana de Almería y de Cartagena, hemos sido bendecidos y estamos alegres, exultantes de gozo, por la beatificación del Venerable Salvador Valera Parra, el Cura Valera, en Huércal-Overa el 7 de febrero de 2026, a las once horas, tras la aprobación del milagro realizado por Dios a través de su intercesión –el primero aprobado por el Papa León XIV–, cuando se cumple este año el 210º aniversario de su nacimiento en este pueblo almeriense, entonces de la diócesis de Cartagena.

Esta sencilla carta de pastores, con motivo de su beatificación, ha sido realizada a tres manos: por D. Ginés García Beltrán, obispo de Getafe, y natural de Huércal-Overa; por D. José Manuel Lorca Planes, obispo de Cartagena; y por D. Antonio Gómez Cantero, obispo de Almería.

Hasta el siglo X no hubo procesos de canonización, ni pruebas, ni exigencia de milagros, ni veredictos, ni tampoco era el Papa el que canonizaba a los santos con una liturgia especial de reconocimiento de su santidad. El pueblo santo de Dios era quien, pasando de boca en boca la evidencia de su santidad, con los recuerdos que la sustentaban, hacían evidente su vida santa y así mantenían durante los años y siglos el deseo de veneración.

Así ha pasado con nuestro Cura Valera, que hizo honor a su nombre de Salvador. En el corazón de la Villa de Huércal-Overa, permanece la memoria de su párroco, en placas, monumentos, bustos e instituciones, así como la conservación de su humilde casa, llena de recuerdos. Los huercalenses y los habitantes de las poblaciones limítrofes hablan de él todavía en presente, y muchas casas están adornadas con un cuadro de su querido párroco, así como muchos lo llevan entre las fotografías familiares de su cartera.

2. PASÓ HACIENDO EL BIEN

A las 10 de la noche del viernes 15 de marzo de 1889, entregaba su vida al Padre, el buen cura de Huércal-Overa, D. Salvador Valera Parra. Dos días antes había cumplido 49 años de sacerdote. Nació 73 años antes, el 27 de febrero de 1816, allí donde se apagó su vida terrena. Nuestro Cura Valera era un hombre que, aparentemente, no hizo nada extraordinario. No escribió nada, no fundó nada, no se recuerdan ninguno de sus sermones, pero su presencia, manifestada en las historias mantenidas en el tiempo, nos lo muestran como un párroco entregado a su pueblo, en fidelidad, en humildad, y cuidando a sus fieles desde la caridad: la caridad material y la caridad pastoral, que van tan juntas, exponiendo su vida por ellos, en dos ocasiones de peste. Esta caridad mantiene viva su memoria en su parroquia y en los alrededores, de generación en generación, hasta nuestros días.

Ordenado Sacerdote en 1840, sirvió con absoluta dedicación primero en su Parroquia natal de 1840 al 1849; después en Alhama de Murcia de 1849 a 1851; regresando de nuevo a su pueblo como Párroco desde 1851, siendo también desde 1864 a 1868 Párroco de Nuestra Señora de Gracia de Cartagena.

Cuidó y atendió con heroísmo a los enfermos del cólera en las continuas epidemias del siglo XIX. El Estado le condecoró con la Cruz de la Orden de Carlos III. También el Ayuntamiento de Cartagena, le regaló un cáliz que se conserva en su parroquia de Huércal-Overa.

Ante los terremotos e inundaciones trabajó sin descanso por su pueblo. Fue padre de los pobres, de los enfermos, de los marginados, dedicó su vida sólo a ser párroco, pastor solícito y humilde, llevando a sus feligreses a Dios y atento en la caridad en sus necesidades. En 2021 fue declarado Venerable. Casi dos siglos de fama de santidad, sigue viva entre nosotros, mantenida gracias a las familias de su pueblo y comarca y a la Asociación pro-canonización, que tanto ha trabajado para que este día llegara a término.

El siglo XIX y principios del XX, ha sido una época de grandes santos en nuestras tierras de España. Parece que el Señor, ante las grandes dificultades sociales y religiosas, suscita santas y santos que iluminen nuestro camino y nos marquen a todos la dirección de la santidad. En ningún momento debemos olvidar que salimos de las manos de Dios y él quiere y hace lo posible para que volvamos a sus manos.

La comunidad parroquial de Huércal-Overa, las comunidades de las diócesis de Almería y de Cartagena, vivimos este acontecimiento de su beatificación como un tiempo de gracia, un momento de gozoso orgullo, porque uno de nuestros hijos ha llegado a la plenitud de la vida cristiana, estar con Cristo, y ser bienaventurado, reconocido como modelo por todos los que aún somos peregrinos en este camino hacia Dios.

Si ponemos nuestra mirada en el Cura Valera, como modelo a seguir, en este momento de la historia, nos llevará a todos a vivir en fidelidad, en humildad y en caridad. Él, de una manera muy concreta, nos enseña a vivir un quinto Evangelio en nuestras vidas, encarnándolo en cada momento, mirando la vida con los ojos de Jesús, amando cada momento al unísono de los latidos del corazón de Jesús, edificando la comunidad con cada palabra y con cada gesto y entregando la vida sin pedir nada a cambio, sólo por amor.

¡Alegrémonos! el Señor nos ha manifestado su gracia en la vida humilde y entregada de este hombre, de este creyente, de este sacerdote que como su Maestro pasó por el mundo haciendo el bien.

3. UNA LUZ EN LA OSCURIDAD

Muchas veces nos quejamos de este tiempo y esta sociedad que nos ha tocado vivir, pero se nos olvida contemplar la época de los primeros cristianos y de las primeras predicaciones apostólicas a lo largo de los pueblos del mediterráneo y de algunas ciudades del interior. Olvidamos a los mártires, que entregaron su vida por Cristo y su Evangelio. Olvidamos a los misioneros que dejando sus tierras y familias se fueron a la aventura, dejando sus vidas en manos de Dios. Olvidamos el sacrificio de los Varones Apostólicos que nos evangelizaron. Olvidamos a tantos y tantos párrocos que en circunstancias difíciles han sido un faro entre las tormentas y roca firme en medio de su pueblo, muchos de ellos aún recordados por nuestros abuelos.

Tampoco la vida de Salvador Valera Parra, ni la de su gente fue fácil en aquel siglo XIX. Fueron tiempos convulsos: la guerra de la independencia, el sexenio absolutista, el trienio liberal, en el que gobernó el general Riego, el decenio absolutista, los diferentes gobiernos de Isabel II, el bienio liberal de Prim, Amadeo I de Saboya, la primera República, el gobierno de Alfonso XII y la regencia de María Cristina. Época de pugnas entre liberales y absolutistas tan características del siglo XIX. El recuerdo de la anarquía en el período de la Primera República produjo una atmósfera social dominada por el temor a la revolución y al caos político.

Además, los efectos de la climatología, que alternaba periodos de sequias con lluvias torrenciales, provocando terribles avenidas de los ríos y ramblas, produciendo destrucción, como la riada de 1879, que vino a añadir más desgracias. La irregularidad de las lluvias ocasionaba años sin cosecha y la falta de alimentos trajo la miseria y debilidad del sistema inmunológico de la población, y con ella las enfermedades epidémicas, la fiebre amarilla y el cólera.

La vida del Cura Valera fue sencilla en medio de su pueblo. Una vida humilde que hablaba de Dios iluminando las tinieblas de los distintos rostros del sufrimiento y la desolación política, social y religiosa. Hablaba con la palabra, con el corazón y con una vida entregada de servicio hasta el final. El ungido mostraba su vida con unción.

4. UN OFICIO DE AMOR

Aunque San Agustín ya escribió sobre ello refiriéndose a la misión del obispo, en el año 1971 San Pablo VI escribió Amoris Officio, que define la misión del sacerdote no como un poder, sino como un compromiso radical de amar y servir a cada miembro de la comunidad, imitando de esta manera el amor de Cristo.

La beatificación de don Salvador Valera Parra, nuestro querido Cura Valera, nos invita a volver la mirada a la obra que Dios realizó en él a través de una existencia humilde, entregada y profundamente evangélica. Su figura, tan cercana al corazón de nuestro pueblo, resplandece hoy con una luz nueva; la Iglesia reconoce oficialmente lo que tantos fieles han sabido durante generaciones y lo han transmitido: que en él brilló con especial transparencia la gracia de Cristo Buen Pastor. Contemplar su vida es dejarnos interpelar por el Evangelio vivido sin adornos, con la sencillez de quien se sabe instrumento y no protagonista, servidor y no dueño, hermano y no superior.

Este capítulo quiere recorrer los rasgos esenciales de su biografía personal, espiritual y pastoral, para que su ejemplo nos siga alentando y siga alentando a nuestras comunidades y, de modo particular, a los sacerdotes llamados a reproducir en su ministerio los sentimientos del Corazón de Cristo.

Orígenes humildes. Como hemos dicho al inicio de la carta, don Salvador nació aquel 27 de febrero de 1816, viernes de cuaresma, en el seno de una familia sencilla, marcada por la escasez vivida con alegría, por el trabajo honrado y la fe transmitida de manera natural y sencilla a sus hijos. “Vivían en casa humilde en la que resplandecía el orden y la limpieza”, dice uno de sus biógrafos. Este ambiente imprimió en el alma del nuevo beato una sensibilidad especial hacia la gente humilde, hacia quienes viven de la tierra y conocen el valor del sacrificio cotidiano. Desde niño aprendió que la grandeza no está en la apariencia, sino en la rectitud del corazón, lo que despertó en el niño una caridad sincera que se realiza de modo espontáneo y a base de pequeños gestos –comida, ropa entregadas a los pobres–.

En ese hogar modesto germinó, a temprana edad, la semilla de su vocación. No fue fruto de un acontecimiento extraordinario, sino de la escucha silenciosa de Dios en la vida ordinaria. Pronto se quedó huérfano de padre, y son sus hermanos mayores los que acompañan al joven Salvador en sus viajes a Murcia, en un burro, para realizar los exámenes de humanidades que le abrieran las puertas del Seminario. La oración familiar, la cercanía a la parroquia y, posiblemente, el testimonio de sacerdotes, fueron configurando en él un deseo profundo de consagrarse al Señor.

Vocación sacerdotal. Quienes le conocieron en su juventud recuerdan su carácter sereno, su conversación de altura impropia de su edad, su capacidad de trabajo, su inclinación natural a ayudar a los demás y su sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. La preparación al sacerdocio la hizo, después de los estudios de Gramática en Huércal-Overa, en el seminario de Murcia; la filosofía como externo residiendo en el convento de las monjas Capuchinas, después la teología, como interno en San Fulgencio.

Su ordenación sacerdotal, en la iglesia de Santa María de Alicante, por el cardenal Cienfuegos, arzobispo de Sevilla allí exiliado, fue un acontecimiento de gracia rodeado de sencillez gozosa que marcó definitivamente su existencia. “Se ordenó con dispensa de edad y pelo blanco”. Como gesto de agradecimiento cantó su primera misa en el convento de las Capuchinas que lo acogieron en sus primeros pasos vocacionales.

Un testigo lo describe así años después de su muerte: “alto, enjuto de carnes, delgado, muy cano (algunos incluso dicen que era cano de joven), de tez blanca y con porte majestuoso y modales de gran señor. Su aspecto era imponente, aun cuando atraía por su finura y bondad. Hacían conjunto en él su andar, sus modales, su sonrisa y su palabra… Todo era armónico, sencillo, correcto, limpio, santo”.

Ejercicio del ministerio. El ministerio del Cura Valera se desarrolló siempre en la diócesis de Cartagena, a la que entonces pertenecía la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Huércal-Overa. Comienza en esta parroquia su ministerio y no en condiciones fáciles, entre otros motivos por la incomprensión de los que lo rodean, pero a pesar de ello don Salvador, con gran humildad, se muestra siempre en profunda fidelidad a la Iglesia y en entrega generosa al pueblo que se le confiaba. Su estilo pastoral se caracterizó por la cercanía, la disponibilidad y la capacidad de escuchar. Así ocurrió en todos los destinos pastoral que tuvo (Alhama de Murcia, Cartagena, y en el mismo Huércal-Overa como Párroco).

Su presencia en la parroquia era constante y discreta. Conocía a sus feligreses, sabía sus preocupaciones, compartía sus alegrías y sufrimientos. Caminaba por las calles sin prisa, porque sabía que cada encuentro podía ser una oportunidad para consolar, orientar o simplemente acompañar. Su casa estaba siempre abierta, y su corazón aún más.

La fidelidad fue uno de los rasgos más visibles de su ministerio. Fidelidad a la oración, que sostenía su vida interior; fidelidad a la doctrina de la Iglesia, que transmitía con claridad y sin rigideces; fidelidad a las tareas pastorales, que asumía con responsabilidad y sin quejas; fidelidad a los pobres, a quienes consideraba los predilectos del Señor.

Su predicación sin gran elocuencia llegaba al corazón de sus oyentes y les movía el corazón para que respondieran al Señor. Tenemos testimonios como este: “No ha dicho nada extraordinario, pero con tal sencillez y tal fe que yo salgo completamente emocionado”. Transmite con la palabra su amor a Cristo, tomaba la imagen de Cristo en sus manos y se emocionaba ante tanto amor.

Su entrega no conocía horarios. Era de esos sacerdotes que se desgastan sin hacer ruido, que no buscan reconocimiento, que viven la caridad pastoral como una forma de martirio cotidiano. Su disponibilidad para atender a los enfermos, para consolar a las familias en duelo, para acompañar a los jóvenes en sus inquietudes, era expresión de un corazón configurado por el amor de Cristo.

La cercanía al pueblo era para él una consecuencia natural de su identidad sacerdotal. Se sabía enviado a servir, y por eso no se reservaba nada para sí. Su vida estaba entretejida con la vida de su pueblo, y su presencia se convirtió en un signo de la presencia misma de Cristo entre los suyos. Ante los hechos extraordinarios que acontecían a su alrededor la gente sencillamente decía: “las cosas del Cura Valera”. Estos eran sus grandes milagros que lo acreditaban ya como santo en vida.

El Pan, el Perdón y los Pobres. Si hubiera que señalar el centro espiritual del Cura Valera, sin duda sería su amor ardiente a la Eucaristía. Celebraba la Santa Misa con una devoción que conmovía a quienes participaban. Cada gesto, cada palabra, cada silencio, revelaba su conciencia profunda del misterio que tenía entre sus manos. Su modo de celebrar era una catequesis viva, una invitación a entrar en el misterio del amor de Dios que se entrega hasta el extremo. Son expresivos de este amor los gestos sencillos hacia la Eucaristía como su preocupación por que luciera ardiendo la lámpara ante el Santísimo. Vivía de la Eucaristía.

Junto a la Eucaristía, el confesionario fue otro de los pilares de su ministerio. Pasaba horas escuchando, orientando, absolviendo, animando. Tenía un don especial para acoger a los pecadores con misericordia y firmeza, sin juzgar, pero sin trivializar el pecado. Sabía que el perdón de Dios es un tesoro que no se puede administrar con ligereza, y por eso se preparaba con oración y penitencia para ejercer este ministerio. Muchos fieles recordaban la paz y la alegría que experimentaban al salir de su confesionario, donde se sentían escuchados, comprendidos y reconciliados.

Su atención a los pobres y enfermos era expresión concreta de su amor a Cristo. Son muchos los episodios de su vida que confirman este amor a los más necesitados: la caridad sencilla y cotidiana de dar no de lo que le sobra, sino de lo necesario. Hay hechos en su vida que confirman esta predilección por los pobres, por citar algunos: la actuación en la sublevación de los presos en el penal de Cartagena, la actuación ante la epidemia de cólera que asolaba la zona, la invitación a Santa Teresa de Jesús Jornet para que fundara un asilo de sus Hermanitas que acogieran a los ancianos desamparados, etc. Visitaba a los enfermos con frecuencia, llevando no sólo los sacramentos, sino también consuelo humano, compañía y esperanza. Con los pobres era generoso hasta el extremo, compartiendo lo poco que tenía.

En él se cumplía la palabra del Evangelio: “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Su vida fue una parábola viva de la misericordia de Dios.

Vida Evangélica. La santidad del Cura Valera no se manifestó en hechos extraordinarios, sino en la fidelidad cotidiana vivida con sencillez y austeridad. Su estilo de vida era sobrio, sin lujos ni comodidades innecesarias. Vivía con lo justo, y a veces con menos de lo justo, porque prefería que los recursos de la parroquia se destinaran a quienes más lo necesitaban. Su habitación, sus objetos personales, su modo de vestir, todo hablaba de un hombre desprendido, libre de ataduras materiales.

Esa austeridad no era fruto de una actitud amarga o rígida, sino de una libertad interior que le permitía vivir centrado en lo esencial. No necesitaba nada más que a Cristo para ser feliz. Su alegría era serena, profunda, contagiosa. Su presencia irradiaba paz, porque su corazón estaba anclado en Dios.

Su vida evangélica se expresaba también en su humildad. No buscaba protagonismo, y por eso Dios lo engrandeció ante los ojos de su pueblo. Su autoridad no provenía del cargo, sino de la coherencia entre lo que predicaba y lo que vivía.

En un mundo marcado por la prisa, el individualismo y la superficialidad, la figura del Cura Valera se alza como un recordatorio de que la verdadera grandeza está en la sencillez, en la entrega silenciosa, en la fidelidad perseverante. Su vida es una invitación a volver al Evangelio en su pureza, sin añadidos, sin complicaciones, sin excusas.

Murió de un “catarro intestinal”, según consta en su acta de defunción, pero murió amando, hasta el último suspiro; amando a Dios, a su ministerio, a su pueblo. Fue enterrado en medio de un clamor popular que lo reconoce como santo, en el presbiterio de la parroquia que lo vio nacer y morir para este mundo. Desde entonces ha cuidado con su intercesión a todo el pueblo que se encomienda a él como el mayor signo de identidad de Huércal-Overa.

5. LA MISIÓN DEL SIERVO

Contemplar la vida y el ministerio del Cura Valera es dejarnos iluminar por un testigo que vivió el sacerdocio como un don inmerecido y como una misión apasionante. Su ejemplo nos anima a todos —de un modo especial a los sacerdotes— a vivir nuestra vocación con mayor autenticidad, a poner a Cristo en el centro, a servir a los hermanos con humildad y alegría, a cultivar una vida interior que sostenga nuestras obras.

Nunca ha sido fácil vivir el Evangelio, el seguimiento de Cristo con radicalidad, solo los grandes santos se han acercado, sobre todo los que han seguido el camino de los consejos evangélicos. La Carta Apostólica de nuestro Papa León XIV, Una fidelidad que genera futuro, con motivo del 60º aniversario de los decretos para la renovación sacerdotal, Optatam Totius y Presbyterorum Ordinis, consta de cinco capítulos que comienzan con la palabra FIDELIDAD y añade: Servicio, Fraternidad, Sinodalidad, Misión y Futuro.

Todas estas fidelidades nacen del mismo corazón de Cristo que, siendo de origen divino, sin alardes, pasó entre nosotros como uno de tantos, y nos dijo que el que quiera ser el primero sea el servidor de todos. Cuánto se tiene que trasfigurar nuestro corazón para llegar a este seguimiento tan radical. Cuántas esclavitudes debemos abandonar para llegar a la verdadera libertad de los hijos de Dios. Solo la humildad, de humus, tierra, nos puede hacer tener los pies sobre el suelo, porque humildad es encarnación, y ésta es servicio y éste genera la comunidad fraterna, y la comunidad nos envía a la misión, y ésta nos hace mirar hacia adelante y nunca atrás, que es la tentación del que no cree en la venida del Señor.

El beato Cura Valera, como hemos mostrado, nos enseña los pasos de la encarnación, que son los de la misión del siervo. Como Cristo, que siempre antes de un gran signo se retiraba la noche a orar. Cuánta oración en este hombre de Dios ante las dificultades, ante la pasión por la vida de los demás. Siendo libre, cuántas veces, como Pablo, se hizo esclavos de todos (cf. 1Cor 9,19). Viendo el egoísmo de algunos, cuántas veces ha tenido que luchar para alimentarles y mantenerlos en el amor, la armonía y los mismos sentimientos (cf. Flp 2,1-4) Desde la sencillez y la humildad, desde una vida entregada y llena de gestos, el Cura Valera, ha sido un profeta en medio de su pueblo.

Los sacerdotes también estamos llamados a permanecer en el amor de Cristo, para poder edificar nuestras comunidades. No olvidando nunca que hay un solo rebaño y un solo pastor.

6. LAS PUERTAS ABIERTAS: LA SANTIDAD

Es impresionante cómo la gente recuerda tantos testimonios de santidad de un pobre y humilde cura, cuya vida fue sencilla y prudente, eso sí, pero con un excepcional amor a Dios y un serio compromiso de servir a los hermanos. El Cura Valera no protagonizó nunca fenómenos deslumbrantes, ni buscó sobresalir en nada especial, no buscaba protagonismos inútiles, ni famas efímeras, no, todo lo contrario, su firme decisión era ser un alma para Dios y, por eso, buscaba el silencio, el recogimiento de la oración, la austeridad, la pobreza y salir raudo al encuentro de los hermanos que le necesitaban hasta dar la vida, olvidándose de sí mismo. En los múltiples testimonios que se describen en la positio sobre la vida, virtudes y fama del Cura Valera se puede observar que las puertas de su corazón siempre estaban abiertas para todos los fieles que le fueron encomendados y su celo le llevó a cuidar a los más necesitados, a los pobres de solemnidad.

La experiencia pastoral de don Salvador Valera como sacerdote fue sencilla, amaba a Dios profundamente y se fio de Él sin reservas. Ahora entendemos cómo el Señor lo fue modelando y movido por la fuerza del Espíritu Santo siguió a Cristo pobre, humilde y cargado con la Cruz. Así, en el silencio del amor, iba construyendo el camino de la santidad como un regalo, un don de Dios, porque su decisión fue seguir las huellas de Jesucristo. La vocación a la santidad la recibió en el bautismo, como todos nosotros, y al salir de las aguas bautismales fuimos hechos partícipes de la gracia santificante (cf. Ef. 4,7), pero hemos de saber permanecer en esa gracia siempre. En el Concilio Vaticano II se dice claramente que la santidad siempre se identifica con la estrecha unión con Cristo, como nos dice Lumen Gentium (cf. nn. 49-50): a causa de su más íntima unión con Cristo, los bienaventurados consolidan a toda la Iglesia en la santidad; y un poco más adelante se ofrece una especie de definición de la santidad al hablar de la vía segurísima por la que, entre las vicisitudes del mundo, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo, es decir, a la santidad.

La Llamada a la santidad pertenece a la esencia misma de la Alianza de Dios con los hombres ya en el Antiguo Testamento: Dios, que por su esencia es la suma santidad, el tres veces santo (cf. Is. 6, 3), se acerca al hombre, al pueblo elegido, para insertarlo en el ámbito de la irradiación de esta santidad. La vocación a la santidad, pues, es un regalo divino que hay que validarlo todos los días, sabiendo que encontrará su cumplimiento definitivo en la Nueva Alianza mediante la sangre de Cristo, cuando se realice la ‘adoración en espíritu y en verdad’, de la que Jesús mismo habla en Siquem, en su conversación con la samaritana (cf. Jn 4, 24).

Es posible que alguien se pregunte de dónde le vino al Cura Valera esta vocación de hacer el bien, su impresionante vida de caridad y por qué le importaban tanto los necesitados. La respuesta es sencilla, la entenderás cuando descubras que la Iglesia es ‘comunión’, que somos una familia de hermanos y que la fuente de esta comunión es Jesucristo. Esto lo explica San Pedro en su carta primera: ‘Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu’ (1Pe 3, 18). El ejemplo de Cristo ha dado su fruto, nos ha hecho capaces de ser santos, porque Cristo nos ha rescatado con su preciosa sangre derramada (cf. 1Pe 1, 18.19) y nos ha hecho nación santa (cf. 1Pe 2, 9). Los testimonios de vida que nos ha dejado el Cura Valera manifiestan que fue un hombre entregado a hacer la Voluntad de Dios y nunca olvidó que los demás somos sus hermanos. Estas palabras describen el ser de un pastor bueno, que sabía perfectamente a quien seguía: en las diversas parroquias donde ejerció el ministerio sacerdotal, tanto las de la diócesis de Cartagena como la de Huércal-Overa en la actual diócesis de Almería, la huella profunda que dejó de vida apostólica ejemplar pobre, orante, preocupado de las necesidades de los fieles organizando servicios de caridad, catequesis, fomento de la práctica de los sacramentos, piedad popular… y sobre todo, de intenso trabajo pastoral para ayudar a vivir en santidad, dan muestra de su virtuoso ejercicio del ministerio sacerdotal, convirtiéndose así en modelo ejemplar de párroco.

La admiración y devoción que guardan sus paisanos y los que fueron sus feligreses nos llevan a pensar que el Cura Valera se entregó por amor, sí, por amor, como el de Cristo, dando la vida, construyendo la Voluntad de Dios en la unidad, en la comunión, cual piedras vivas… en santidad (cf. 1 Pe 2, 5). Este sacerdote nunca pasó de largo ante las necesidades de sus hermanos, fue el buen samaritano que se acercó a los caídos y apaleados de la vida, porque eso era lo que aprendió de Cristo en el Evangelio (cf. Lc 10, 25-37), dejando un testimonio y un modelo ejemplar de vida cristiana que ha estimulado y ha ayudado al Pueblo de Dios a seguir caminando en santidad. Fue un modelo luminoso de ser sacerdote diocesano, que procuró con alegría y determinación vivir santamente su ministerio y promover incansablemente una auténtica pastoral de la santidad. La figura de este buen párroco austero y enjuto no se ha olvidado, porque los testimonios son impresionantes, han quedado grabados en la memoria colectiva y todavía llegan al corazón. Es importante recordar las palabras que el entonces obispo de Cartagena dirigió a los jóvenes que acababa de ordenar para el ministerio exhortándoles: “Solo os pido que os miréis en el espejo que tengo en Huércal-Overa, en el cura don Salvador Valera Parra, en cuyo espejo se mira también vuestro obispo”. Él mismo, siendo ya cardenal de Valencia, todavía elogiaba las virtudes de este sacerdote, diciendo: “No estoy hablando de un hombre ni de un sacerdote, hablo de un ángel”. Sus palabras nos indican la huella de santidad que iba dejando el sacerdote don Salvador Valera Parra por donde pasaba, como el suave olor a Cristo o como lo describía San Pablo: dejaba por todas partes el ‘sello del Espíritu Santo’ (Ef 1,13), con el que ha sido marcado. Dios, es ‘el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones’ (2 Cor 1, 21-22).

La vida de este buen sacerdote nos ayuda a confiar en la Palabra del Dios y a seguir adelante siempre con la vocación que hemos recibido en el Bautismo, porque nuestra meta es el cielo, donde confluye toda la santidad de la tierra. Pero no olvidar que los caminos que nos ayudan a subir al cielo son los de la inocencia, los de la penitencia, los de la caridad, además de los que nos proponía el Papa Francisco en su Exhortación apostólica sobre la santidad: aguante, paciencia, mansedumbre, soportar las contrariedades, los vaivenes de la vida, y también las agresiones de los demás, sus infidelidades y defectos: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8,31) …, caminos que han tenido como punto de partida el Bautismo, la gracia que ese sacramento nos confirió, el carácter que imprimió en nuestra alma, conformándola y haciéndola participar, como escribe santo Tomás de Aquino, en el sacerdocio de Cristo crucificado, en la comunión de la santidad que se ilumina con la gloria de Cristo Resucitado.

Nos miramos en el espejo del Cura Valera para seguir caminando sin desalentarnos, porque tenemos la fuerza del Espíritu Santo. Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez… En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. Con palabras del Papa León XIV podemos tener en cuenta esto para todos los cristianos, sean sacerdotes, religiosos o laicos. No lo olvidéis: un sacerdote santo hace florecer la santidad a su alrededor.

Que el beato Cura Valera renueve en nuestras comunidades el deseo de santidad y nos impulse a caminar con esperanza. Y que él, desde el cielo, interceda por nosotros, para que sepamos ser instrumentos dóciles en las manos de Dios.

+ Antonio Gómez Cantero, obispo de Almería
+ José Manuel Lorca Planes, obispo de Cartagena
+ Ginés García Beltrán, obispo de Getafe

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