Jubileo de las familias
Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret
Domingo, 28 de diciembre de 2025
Eclo 3,2-6.12-14
Sal 127
Col 3,12-21
Mt 2,13-15.19-23
Queridas familias,
queridos hermanos y hermanas,
amigos todos:
Con esta celebración clausuramos en nuestra Diócesis de San Cristóbal de La Laguna el Jubileo convocado por el Papa Francisco mediante la Bula La esperanza no defrauda, con ocasión del 2025 aniversario del nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios.
Ha sido un año marcado y vivido desde la virtud teologal de la esperanza, bajo el lema «peregrinos de esperanza», que nos ha recordado nuestra condición de caminantes, de ser hombres y mujeres siempre en camino, y también, como comunidad, de ser una Iglesia peregrina, como hemos puesto de manifiesto en esa peregrinación que hemos hecho desde la parroquia matriz de la Concepción hasta este templo catedralicio, iglesia madre de nuestra Diócesis. En efecto, como recordaba el Papa Francisco al convocar el año jubilar: «la vida cristiana es un camino, que también necesita momentos fuertes para alimentar y robustecer la esperanza, compañera insustituible que permite vislumbrar la meta: el encuentro con el Señor Jesús» (Francisco, Spes non confundit, 5).
Esperamos y deseamos que en este año santo hayamos podido, tanto personal como comunitariamente, alimentar y robustecer la esperanza, «esa pequeña niña que parece tan poca cosa», como decía el poeta francés Charles Péguy en su poema sobre la esperanza, elogiando la grandeza de esta virtud que suscita incluso la admiración de Dios mismo: «Pero la esperanza, dice Dios, esto sí que me extraña, / me extraña hasta a Mí mismo […] Que estos pobres hijos vean/ cómo/marchan hoy las cosas / y que crean que mañana irá todo mejor, / esto sí que es asombroso y es, con mucho, / la mayor maravilla de nuestra gracia […] Y lo que me asombra, dice Dios, es la esperanza […] Esta pequeña esperanza que parece una cosita de nada, / esta pequeña niña esperanza inmortal […] Pero, sin embargo, esta niñita esperanza es la que/ atravesará los mundos, esta niñita de nada, / ella sola, y llevando consigo a las otras dos virtudes [la fe y la caridad], / ella es la que/ atravesará los mundos llenos de obstáculos […] / Y así, como una llama temblorosa, la esperanza, / ella sola, guiará a las virtudes y a los mundos, / una llama romperá las eternas tinieblas» (C. Péguy, El misterio de los Santos inocentes).
Por eso confiamos que, a pesar de la imprevisibilidad del futuro, del temor, del desaliento o de la duda en nuestra vida humana, pero también en nuestra vida de fe, hayamos podido en este año jubilar «reavivar la esperanza», como pedía el Papa Francisco, porque solo así podremos seguir avanzando en el camino de la vida y en el camino de la fe. Reavivar la esperanza, volver a avivar o avivar más intensamente, por la fuerza del Espíritu Santo, a esta virtud tan necesaria para seguir adelante, para levantarnos cuando caemos por el cansancio de la vida, por la desilusión o por el peso del pecado.
En efecto, sin esperanza la vida pierde sentido. Necesitamos tener esperanzas que día a día nos mantengan en camino, pero entre todas esas esperanzas hay una fundamental, como recordaba Benedicto XVI en su encíclica Salvados en esperanza: «A lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los períodos de su vida. A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra […] Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar» (Benedicto XVI, Spe salvi, 30). Por eso, «la verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones –decía Benedicto XVI–, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo» (Ibídem, 27).
De ahí el recuerdo constante durante este año jubilar que la auténtica esperanza que no defrauda es Cristo, la única que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solo no podemos alcanzar, la única que nos alienta a seguir adelante, también como Iglesia, como comunidad de fe, esperanza y caridad, tal y como la definía el Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 8).
Así lo hemos experimentado en esta Iglesia particular. Indudablemente, este año jubilar se ha vivido en nuestra diócesis nivariense –hemos de reconocerlo– con especial intensidad. En efecto, se abría el Jubileo en esta catedral en diciembre del año pasado, bajo el Pontificado del Papa Francisco y presididos por el entonces administrador diocesano, D. Antonio Pérez Morales. Y clausuramos el Jubileo hoy después de haber vivido el nombramiento y la ordenación de un nuevo pastor para esta porción del Pueblo de Dios en mi persona; la posterior elección de un nuevo Pontífice, el Papa León XIV, que no ha cesado de invitarnos a comprometernos con responsabilidad por una paz desarmada y desarmante. Un año jubilar también caracterizado por distintas celebraciones marianas de piedad popular expresión de la fe de nuestro pueblo: la LXXI Bajada de la Virgen de los Reyes, en El Hierro; las fiestas lustrales en La Palma por la LXX Bajada de la Virgen de las Nieves, con la posterior visita extraordinaria, meses más tarde, a todos los municipios de la isla, incluyendo el pueblo de Todoque y el cementerio de Las Manchas, con lo que eso significaba en el corazón del pueblo palmero; y, por último, la peregrinación de Nuestra Señora de Candelaria a Santa Cruz de Tenerife, con la novedad en esta ocasión de la visita al Centro Penitenciario. Además, en este Jubileo de la esperanza despedíamos, renovando la esperanza en la vida eterna, a quien fuera sacerdote y más tarde obispo de esta Iglesia particular, mi predecesor en esta Sede, el recordado D. Bernardo Álvarez Afonso.
Por tanto, un año jubilar vivido aquí con intensidad, no solo por la cantidad de acontecimientos y celebraciones jubilares, sino con «intensidad espiritual», como afirmaba el Papa León XIV tras su elección, y se nos recordaba en la presentación del Plan Diocesano de Pastoral para este curso. Intensidad espiritual porque somos conscientes de que Dios actúa en la historia, se hace presente en las personas y en los acontecimientos y nos invita a vivirlos desde la fe a la luz del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia, sintiéndonos parte de esta gran familia que es la comunidad de los creyentes.
Un Dios que ha querido manifestarse naciendo y viviendo en el entorno de una familia, con un padre y una madre, la Sagrada Familia de Nazaret, que hoy recordamos y celebramos.
Una familia humilde, abierta a la voluntad de Dios, pero que conoce las dificultades concretas de una familia humana. Una familia que como emigrantes sale de su tierra huyendo de la violencia y de la muerte hacia un lugar más seguro para su hijo recién nacido. ¡Cuántos rostros vienen ahora a nuestra mente de familias huyendo de tierras marcadas por la guerra, la violencia, la falta de libertad o la falta de recursos como Gaza, Ucrania, Nigeria, Mali, Sudán del Sur, Venezuela, Haití y tantos otros países, como nos recordaba el Papa León XIV en su mensaje Urbi et Orbi de Navidad!
¡Cuántas familias en las que vemos reflejado el drama de la familia de Nazaret, que se nos narraba en el evangelio proclamado en esta celebración, al tener que salir de su tierra, de su patria, huyendo del cruel Herodes!
Pero el drama de las familias, especialmente en nuestras islas, no es solo salir de su tierra, sino también poder llegar a fin de mes o dar una educación y un futuro a sus hijos o el drama de la falta de empleo. Y qué decir de la violencia en el seno de las familias, llamadas a ser comunidad de vida y de amor, que se convierten en infierno, especialmente para las personas más débiles y vulnerables. O el drama de los mayores y ancianos que se ven abandonados; o el de los niños, incluso en el seno materno, a los que se les niega el derecho a la vida mediante el aborto, vidas vulnerables que no encuentran el respeto ni la defensa, como la de aquellos niños que Herodes mandó matar, aquellos «santos inocentes» a los que recordamos cada año en este día 28 de diciembre.
Como Iglesia, al término de este jubileo, queremos transmitir un mensaje de esperanza a las familias, especialmente las que viven en dificultad. No están solas. Estamos con ellas. Queremos anunciarles el Evangelio, la Buena noticia, de la familia cristiana en la que se viva las virtudes de la Sagrada Familia Nazaret o aquellas que Pablo recordaba a la comunidad de los colosenses y que podemos aplicar tanto a la vida de la comunidad cristiana, a nuestra querida diócesis nivariense, como a la vida de la familia, iglesia doméstica: vivir en la compasión entrañable, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia; sobrellevarse mutuamente, manteniendo el vínculo del amor, haciendo que la paz de Cristo habite en nuestros corazones, acogiendo la Palabra de Cristo en toda su riqueza, enseñándonos y exhortándonos mutuamente.
¿O qué decir del texto de la primera lectura que se nos presenta como un comentario desarrollado del cuarto mandamiento de la ley de Dios: «honra a tu padre y a tu madre»?
Efectivamente, vemos como la riqueza de la Palabra de Dios nos ayuda a vivir nuestra vida, no solo de fe, sino también en las relaciones interpersonales, especialmente en nuestros hogares, en el seno de la familia y, por ende, en la sociedad favoreciendo una presencia misionera en la vida pública. Todo ello nos ayudará a redescubrir que, dentro de la familia, el matrimonio es también «vocación de santidad», como nos recuerda el lema de la Jornada de la Sagrada Familia de este año. Este será, sin lugar a dudas, el gran fruto del jubileo de las familias que hoy estamos celebrando.
Queridos hermanos y hermanas, el Papa Francisco al convocar el Jubileo pedía «que el testimonio creyente pueda ser en el mundo levadura de genuina esperanza […] –y añadía– dejémonos atraer desde ahora por la esperanza y permitamos que a través de nosotros sea contagiosa para cuantos la desean. Que nuestra vida pueda decirles [con el salmista]: “Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor” (Sal 27,14)» (Spes non confundit, 25).
«El Jubileo termina, pero no la esperanza que este Año nos ha dado: –afirmaba el Papa León XIV en la última audiencia jubilar– permaneceremos peregrinos de esperanza […] Sin esperanza, estamos muertos; con la esperanza, venimos a la luz. La esperanza es generativa. En efecto, es una virtud teologal, es decir una fuerza de Dios, y como tal genera, no mata, sino que hace nacer y renacer. Esta es fuerza verdadera. La que amenaza y mata no es fuerza, sino prepotencia, miedo agresivo, mal que no genera nada. La fuerza de Dios hace nacer. Por eso quisiera finalmente decirles: esperar es generar» (León XIV, Audiencia jubilar, 20.XII.2025).
Este es el mensaje de esperanza que nos deja este año jubilar que hoy clausuramos, y que no es una inocentada, sino una realidad. «Mirar el futuro con esperanza también equivale a tener una visión de la vida llena de entusiasmo para compartir con los demás» (Francisco, Spes non confundit, 9).
Que la Sagrada Familia de Nazaret, prototipo de iglesia doméstica, verdadero modelo de vida, ayude a todas las familias y a nuestra Diócesis, familia diocesana nivariense, a seguir caminando como peregrinos de esperanza siendo testigos de la verdadera esperanza que no defrauda que es Cristo y generando vida y procesos de fe, promoviendo la paz y trabajando por la justicia, la defensa de la vida, el bien común y el cuidado de nuestro Planeta, creado para ser casa común de la familia humana, de la que toda la humanidad, también los pobres que no tienen acceso a los recursos necesarios, formamos parte.
Que así sea.