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Piedad y Esperanza en uno de los barrios más pobres de España

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El Obispo conoce la hermandad de Las Palmeras horas antes de hacer su estación de penitencia por las calles de Córdoba

Este Miércoles Santo el obispo de Córdoba ha retomado las visitas a las hermandades y cofradías que está llevando a cabo esta Semana Santa. La jornada del Martes Santo no visitó el prelado ninguna hermandad al tener por la mañana la Misa Crismal en la Santa Iglesia Catedral junto a gran parte del clero de la Diócesis. La parroquia de San Antonio María Claret en el Barrio de Las Palmeras ha sido la primera sede que ha visitado el prelado hoy para conocer a la Hermandad del Santísimo Cristo de la Piedad, Dulce Nombre de María Stma. de la Esperanza y San Longinos Mártir. Durante la visita, acompañado por el Delegado de hermandades y cofradías, José Juan Jiménez Güeto, el consiliario, Juan José Romero Coleto, y el párroco, José Bernardo Juan Lúquez, el prelado ha bendecido el nuevo bacalao de la hermandad.

La labor de la hermandad en el barrio es encomiable, Las Palmeras es uno de los quince barrios más pobres de España. La hermandad de la Piedad destaca por su gran labor social, centrada en combatir la exclusión en el barrio mediante un comedor social, una escuela de baile y flamencos, ayudas a la tercera edad y participación activa en el plan integral del barrio. Cada año dedican gran parte de su presupuesto a la labor social.

La hermandad procesiona cada año la tarde del Miércoles Santo con un solo paso en el que aparece Jesús crucificado y su Madre María Santísima de la Esperanza postrada a sus pies. La talla del crucificado fue sustituida en 2023, porque la anterior de autoría anónima e incorporada a la hermandad en 1972 se encontraba muy deteriorada. El imaginero cordobés Antonio Bernal fue el encargado de realizar la nueva talla del Cristo de la Piedad, titular de la hermandad de Las Palmeras.









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Hermandad del Santo Sepulcro y María Santísima de los Dolores. Palma del Río

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La actual imagen de Cristo Yacente llegaría a la Hermandad en 1948. Se trata de una escultura realizada en madera de talla completa, con grandes rasgos de la escuela valenciana

La Hermandad del Santo Sepulcro y María Santísima de los Dolores, con sede en la Parroquia de San Francisco de Asís de Palma del Río, sienta los orígenes de la corporación en torno a 1580, como Cofradía de la Soledad y Santo Entierro o Santo Sepulcro de nuestro Señor. Desde entonces, realiza su salida procesional cada Viernes Santo, salvo excepción de algunos años en la década de los 70, pasando a la jornada del sábado. Hasta 1936, bajo el nombre de Cofradía del Santo Sepulcro y Nuestra Señora de la Soledad, pasaron por ella cantidad de imágenes y pasos con otras diversas advocaciones, adquiriendo cada vez mayor importancia la advocación de Nuestra Señora de los Dolores, frente a la desaparición de la Soledad.

Tras la quema del convento franciscano y la desaparición de todo su patrimonio en la guerra civil española, logra ser refundada en 1939. Pasará entonces a tener el nombre de Hermandad de Caballeros del Santo Sepulcro y María Santísima de los Dolores, dos imágenes claves en la historia de la cofradía durante siglos. La Hermandad es fundada en primer momento en la Parroquia de la Asunción de la localidad, hasta la reconstrucción del templo parroquial de San Francisco en 1954, fecha en que pudo volver a la que había sido su casa durante más de tres siglos.

Sufrió una decadencia en torno a 1980, lo que acabó con una profunda refundación en 1982. Guiados por el párroco D. Francisco Moreno, un grupo de devotos y hermanos se propusieron sacar la Hermandad adelante, conscientes del valor histórico de la cofradía, su patrimonio artístico y religioso.

Destaca por ser una cofradía con un estilo propio, buscando superar cánones fijos hacia una originalidad y simbología particular en todos sus actos y cultos, y su nuevo patrimonio, sin olvidar su pasado y remontándose a él para seguir construyendo y dando vida a la Hermandad. Todo ello gracias al trabajo de tantas personas a lo largo de los siglos, que a pesar de infinitas dificultades y pérdidas graves de todo el patrimonio, se han aferrado al amor a Cristo Yacente y a María en su misterio de dolor más profundo para mantener viva la llama de fe de la cofradía y así todo su germen.

La actual imagen de Cristo Yacente llegaría a la Hermandad en 1948. Se trata de una escultura realizada en madera de talla completa, con grandes rasgos de la escuela valenciana de la década de los cuarenta. Representa el cuerpo inerte de Jesús en el sepulcro, destacando el correcto tratamiento anatómico y forense de la imagen. Fue restaurada en febrero de 2020 por D. Miguel Manzanares. En ella se atribuyó al Taller de Escultura Religiosa Román y Salvador de Valencia.

Por su parte, María Santísima de los Dolores se trata de una imagen de vestir, tallada en madera y policromada, de desconocido autor y fecha. Llegó a la Hermandad en la Cuaresma de 1940. Representa a la Virgen María en su dolor más profundo, ante la muerte de su Hijo. Testimonios aseguran que la talla provenía de otro lugar en el que fue refugiada por los sucesos de la guerra civil. Fue restaurada en dos ocasiones por D. Manuel Jacob Quero, en 1992 y otra más profunda en 2007.

Como cofradía de penitencia, destaca su largo cortejo en la calle, caracterizado por los dos colores de sus tramos, la seriedad y semblanza de sus nazarenos, y el carácter fúnebre que se entremezcla con la fuerte devoción a la titular mariana, acompañada por numerosos niños en su primer tramo de cortejo. En el cortejo y pasos procesionales podemos contemplar diversos elementos y representaciones que nos ayudan a comprender la idiosincrasia de la Hermandad, el momento de la Pasión que ocupa y elementos simbólicos que enlazan la muerte de Cristo con el Evangelio.

El pasado año, el Ayuntamiento de Palma del Río otorgaba la medalla de la ciudad a la Hermandad en reconocimiento de su vinculación histórica, devoción arraigada en la comunidad, su continuo trabajo social y caritativo y su papel esencial en la identidad religiosa y cultural de Palma del Río.

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Miércoles, 1 de abril de 2026

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Dossier de prensa diario elaborado por la Delegación diocesana de Medios de Comunicación Social de la diócesis de Córdoba.

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La Misa Crismal centró las celebraciones del Martes Santo en la diócesis de Guadix

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La Misa Crismal centró las celebraciones del Martes Santo en la diócesis de Guadix

 

La mañana del Martes Santo se viste de fiesta en la diócesis de Guadix con la celebración de la Misa Crismal. Es una Eucaristía muy especial, que congrega a todos los sacerdotes de la diócesis, junto a su obispo, y que cuenta con la participación de consagrados y consagradas y, por supuesto, los fieles que quieran asistir. Se celebra en la Catedral y, en esta Misa, se bendicen los Óleos y se consagra el Crisma, que va a ser utilizado a lo largo del año en la administración de los sacramentos. También los sacerdotes renuevan sus promesas sacerdotales, recordando el compromiso que asumieron cuando recibieron la ordenación.

La Misa Crismal, según la liturgia, se celebra en la mañana del Jueves Santo. Pero, para facilitar la asistencia de los sacerdotes, se traslada todos los años a la mañana del Martes Santo. Y así se ha hecho este año. Han asistido todos los sacerdotes, que han contado, además, con una charla-meditación antes de la Misa.

La meditación tuvo lugar una hora antes de la Misa, en la iglesia del Sagrario. Allí, el sacerdote Gerardo José Rodríguez presentó a los sacerdotes algunas claves para vivir su sacerdocio hoy, con autenticidad y compromiso, a pesar de las dificultades. Y todo esto desde la fraternidad sacerdotal, no desde el individualismo y la soledad, sino desde la fraternidad, como presbiterio de hermanos que comparten una misma vida, un mismo compromiso. Gerardo José es un sacerdote de Nicaragua, expulsado de su país por la represión que se vive allí, que ejerce, mientras le llega la oportunidad de volver a su tierra, como sacerdote en la diócesis de Guadix. Aquí lleva ya dos años y, en la actualidad, es el párroco de Graena, Cortes y Los Baños.

Tras la meditación, se celebró la Eucaristía en la Catedral, presidida por el obispo, monseñor Francisco Jesús Orozco. En la homilía habló de lo que representan los Óleos y el Crisma para la vida de los cristianos a lo largo del año. Con ellos se administran sacramentos como el Bautismo, la Confirmación, el Orden Sacerdotal y la Unción de los Enfermos; sacramentos que son presencia de Dios y vida para los cristianos.

También habló el obispo a los sacerdotes, animándolos a vivir su ministerio con dedicación, alegría y compromiso. Y, recordando las recientes palabras del papa Francisco al presbiterio de la archidiócesis de Madrid, los invitó a que, ante las dificultades del presente y la secularización, haya una renovación espiritual que fomente la unidad y la fraternidad sacerdotal.

Al finalizar la Eucaristía, los sacerdotes recogieron los Óleos y el Crisma para llevarlos a sus pueblos y poder administrar, así, los sacramentos. Terminó la mañana con una comida fraterna en la Residencia Sacerdotal.

Antonio Gómez
Delegado diocesano de Medios de Comunicación Social. Diócesis de Guadix

 

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MIÉRCOLES SANTO: “¿SOY YO ACASO, MAESTRO?”, Por Antonio Jesús Martín Acuyo

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En este día, termina la Cuaresma. Cuarenta días de este tiempo de gracia y misericordia que comenzó el miércoles de ceniza. Han sido días en los que mirando la Cruz del Redentor, en comunidad y de modo personal, nos hemos puesto en camino para dejar nuestra vida alejada de Dios y retomar el deseo de seguir a Cristo, con un espíritu renovado como hijos de Dios. Esto nos ha llevado a amar con más intensidad y mayor amor a Cristo, pero quizá te ha parecido que has hecho poco, o más bien nada.

Pues mira a Cristo. Va a comenzar “su hora” (cf. Jn 12,23), va a llegar a plenitud su paso por este mundo, va a llegar a culmen el sentido de su Encarnación, y “ardientemente ha deseado comer esta Pascua” (cf. Lc 22,15). Lo quiere, quiere dar su vida por cada uno de nosotros, por la humanidad. Y lo quiere hacer junto con los doce. Sí, con los doce. A pesar de que, los eligió personalmente para estar con Él (cf. Mc 3,13), entre ellos está quien lo va a entregar, quien lo va a traicionar, quien ha cerrado su corazón antes las palabras que Cristo en estos tres años de predicación. Judas Iscariote, ha sido de testigo de su predicación, de sus curaciones, de sus milagros… pero nada de esto ha transformado su corazón.

Con frecuencia, juzgamos a este apóstol sin misericordia. Nos duele su traición, su cerrazón de corazón… porque eso ha llevado a la muerte, y una muerte de Cruz al Redentor. Pero, de nuevo el Señor nos da una lección, invitando al mismo traidor a la Última Cena, poniéndolo junto a Él, para darle la posibilidad de cambiar lo que había de hacer, pero viendo su negativa, Jesús le ofrece de su cuerpo, le invita a hacer lo que ha de hacer con prontitud.

Nosotros que contemplamos esta escena en el pórtico de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, hemos de aprender de ella. Convenía, así estaba establecido que fuera… para nuestra salvación. A ti, como a mí, nos cuesta entender muchas veces la voluntad de Dios en los momentos duros de nuestra vida.

En este día de Miércoles Santo, te invito a acompañar a Jesús junto con los doce en los preparativos de la Pascua. Pídele que prepare tu corazón para afrontar esos duros momentos, que Dios permite para cumplir así su voluntad. Abre tu corazón a sus enseñanzas y déjate transformar por su acción salvadora. No cierres tu corazón al Corazón de Dios en el que encontramos el ejemplo, el modelo y el sentido de nuestra vida.

Antonio Jesús Martín Acuyo

Párroco de la Virgen del Carmen de Aguadulce

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“Cultivad una espiritualidad de la comunión”, homilía en la Misa Crismal

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Querido Don Demetrio, queridos sacerdotes, diáconos, seminaristas, queridas personas consagradas, fieles, laicos.

En este día eminentemente sacerdotal, permitidme que me dirija especialmente a los sacerdotes y a los que Dios mediante algún día lo serán. Quiero comenzar mis palabras alabando aquel que movido por el amor con su sangre nos ha liberado de nuestros pecados, nos ha convertido en un reino y nos ha hecho sacerdotes de Dios su Padre. A él, la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Cada año, la celebración de la Misa Crismal no sólo nos ofrece la oportunidad de alabar al Señor, sino también de renovar el “sí” que un día más o menos lejano le dimos al que nos llamaba a compartir su misión, evangelizar a los pobres, proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, poner en libertad a los cautivos.

En el Evangelio que acabamos de proclamar, Jesucristo se nos presenta como el ungido por Dios y lleno del Espíritu Santo. El Espíritu del Señor está sobre mí, dice. Se trata del mismo Espíritu que vino también sobre nosotros el día de la ordenación presbiteral haciéndonos partícipes del carisma de Cristo buen pastor. Él es el protagonista de nuestra vida y de nuestra tarea. Él nos configura con el Señor y nos sostiene en la misión encomendada. Su obra, sin embargo, está condicionada por nuestra disponibilidad y obediencia.

Evidentemente, si estas disposiciones objetivas faltan, no seremos los evangelizadores que el Señor espera que seamos. Nos seremos los evangelizadores con espíritu que la Iglesia necesita hoy.

A Jesús le faltaba tiempo para atender a los innumerables enfermos, impedidos, abandonados, hambrientos que se encontraban en el camino, pero su corazón compasivo nunca le permitió pasar de largo. Sobre todo, le preocupaba la ignorancia religiosa, la esclavitud de una ley y inmisericorde, el pecado destructor. Por eso, su prioridad era proclamar el mensaje de un Dios amoroso y perdonador, misericordioso y fiel. También hoy los pastores nos vemos ungidos por la situación de multitud de personas, carecen de lo necesario para vivir dignamente. Nuestro corazón también se compadece y trata de encontrar y ofrecer las respuestas más adecuadas y posibles a sus situaciones concretas. Identificados con el corazón del Señor, nos hacemos cargo del vacío de Dios que experimentan muchos de nuestros hermanos. Por ello, unidos a la propuesta de los últimos papas, queremos dar un nuevo impulso evangelizador a nuestra tarea pastoral, contando con la participación de todos los miembros de la Iglesia, caminando en sinodalidad al encuentro del mundo de hoy.

La creación y el trabajo de los grupos sinodales en estos últimos años, y particularmente sus aportaciones de cara a la elaboración del próximo Plan Pastoral diocesano, expresan este compromiso. Para que esta renovación sea sólida y evangélica, ha de afectar al estilo, incluso a las estructuras pastorales, pero sobre todo se ha de cimentar en una profunda renovación espiritual de los evangelizadores, puesto que, como decía el Papa Francisco, un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que estas mismas estructuras, tarde o temprano, se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces. Así pues, la renovación pastoral comenzará por un encuentro personal con Jesucristo cada día, sin obstáculos.

De este encuentro con el Señor y gracias a la acción transformadora del Espíritu Santo recibido en el bautismo, irá tomando forma en nosotros la espiritualidad propia de los hijos de Dios. Enriquecidos también por la presencia del Espíritu que vino a nosotros, merced a la unción con el Santo Cristo del día de la ordenación presbiteral, se desarrollará en nosotros la espiritualidad propia del presbítero.

Ciertamente, la clave de una evangelización renovada dependerá de la acogida dócil del Espíritu de Dios. Así ocurrió con los primeros discípulos, miedosos, desfondados y mudos tras la muerte de su Maestro, fue este mismo Espíritu el que los lanzó a la misión y a una entrega total al servicio del Evangelio. El Padre que me envió es el que me ha ordenado y me lleva a una espiritualidad discipular. Los textos evangélicos dejan constancia de la actitud permanente de escucha que Jesús manifiesta respecto al Padre. Una escucha seguida siempre por una costosa obediencia. Para mantenerse fiel a la misión que el Padre le había encomendado y no convertirse en un adorador de ídolos, hubo de vencer las tentaciones del maligno. Por eso utilizó su poder no en provecho propio, sino en bien de sus hermanos a los que salvó muriendo en la cruz. Es verdad, Jesucristo, como dice San Pablo, aprendió sufriendo a obedecer.

La primera nota de la espiritualidad presbiteral que deseo destacar es la discipular, una espiritualidad de la escucha, el discernimiento y la fidelidad. Antes de enviar a sus discípulos a predicar, el Señor los invitó a ir con él.

Deseaba que de forma progresiva, en la proximidad, hicieran suyas su forma de pensar, de sentir, de decidir. Quería que fueran asimilando la verdad que habrían de anunciar, el amor que habrían de sentir, el bien que deberían hacer. Por lo que sabemos, los tres años se les hicieron cortos.

De hecho, suspendieron el examen final cuando le negaron próximo a la cruz. Aunque, eso sí, gracias a Dios, lo recuperaron en el momento decisivo. También nosotros hemos sido llamados al discipulado, a estar cerca del Señor. Nos ha ayudado a ello la familia, la parroquia, en algún caso la escuela, el seminario. Hoy, una vez más, damos gracias a Dios porque nos ha elegido a pesar de nuestra fragilidad y pobreza, porque ha sido paciente con nosotros, lentos y torpes en el aprendizaje, porque nos ha consagrado para ser sacramentos vivos de su amor y porque nos ha enviado a continuar su misión. Pero necesitamos seguir alimentando, fortaleciendo nuestra espiritualidad. Necesitamos seguir ejerciendo de discípulos, escuchando su voz, discerniendo su voluntad expresada también a través de los signos de los tiempos e incluso de nuestras propias mociones interiores. Viviendo la fidelidad, en pugna constante contra la mundanidad que nos acosa.

El Señor se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo. Una espiritualidad humilde y alegre. Dice el Papa León que el sacerdote debe desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que él sea conocido y glorificado. Pero el reto de la autosuficiencia, la tentación de la soberbia nos asaltan también cada día.

Podemos llegar a creer que nos bastamos a nosotros mismos, incluso que no necesitamos a Dios y que por tanto es innecesaria la oración y el cultivo de la espiritualidad para ser sus discípulos y sus apóstoles. Entonces nos invade de lleno la herejía del pelagianismo, cuyas consecuencias son nefastas. En efecto, él deriva en primer lugar la acedia egoísta, es decir, la indiferencia; la falta de gozo en el Señor. Se trata de una frialdad o aspereza que nos quita las ganas de rezar y nos roba la alegría del encuentro con el Señor. Además, la acedia viene acompañada de la desilusión, la tristeza y el pesimismo, males que por desgracia dominan a muchos evangelizadores que hoy repiten con frecuencia, “para estos resultados no merece la pena tantos esfuerzos”.

¿Qué hacer, pues, para contrarrestar estos peligros? En primer lugar, poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo. Fue el encuentro con el Señor Resucitado, el que hizo virar la vida de los discípulos de Emaús, pasando de la desilusión, la tristeza y el pesimismo a la alegría y la esperanza, también al anuncio.

En segundo lugar, recuperar el entusiasmo en el anuncio. Esto será posible en la medida en que descubramos que el Evangelio es la respuesta a lo que el mundo espera como solución a los graves problemas que lo aflijan. Efectivamente, la propia experiencia nos dice, y nos lo recuerda el Papa Francisco, que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo. No es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas. No es lo mismo poder escucharlo que ignorar su palabra. No es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en él que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo con la propia razón. Y en fin, no olvidemos que Cristo ha resucitado, que el Espíritu Santo sigue activo en la Iglesia y que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios.

Él me ha enviado a evangelizar a los pobres, una espiritualidad encarnada. Jesucristo centró su misión sobre todo en los pobres, los enfermos, los excluidos. Consciente de que estamos llamados a seguir sus huellas, el Papa Francisco dice que Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. No quiere príncipes que miran despectivamente, sino hombres y mujeres del pueblo.

El mismo Papa nos advierte sobre el peligro del gnosticismo, una herejía de gran actualidad que obstaculiza el caminar humano hacia la santidad y la misma tarea evangelizadora, puesto que en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En el gnosticismo, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente.

Equivocadamente, esta corriente herética mide la calidad de la vida espiritual por el conocimiento, no por la caridad. Para contrarrestar la fuerza de esta tentación y ser evangelizadores de verdad, también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de gozo superior.

La misión es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo una pasión por el pueblo. No olvidemos tampoco lo que decía el Papa Benedicto XVI. El amor a la gente nos facilita el encuentro con Dios y cerrar los ojos ante el Prójimo nos convierte en ciegos ante él.

Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros. Una espiritualidad sinodal. Creados a imagen y semejanza de Dios, nuestra plenitud solo se realiza en la comunión. Por ella oró Jesucristo al Padre y con ella se comprometió formando un nuevo pueblo. La comunión es esencial a la vida cristiana y es nota fundamental de la Iglesia.

“Permaneced en mí, dice Jesús, como yo en vosotros. Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Juan 15:4). Esta comunión no debe quedarse en un don espiritual. Ha de llevarnos a caminar juntos, a evangelizar juntos. Como dice el Papa León XIII, en una iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde nada de su importancia y actualidad, sino que, por el contrario, podrá centrarse más en sus tareas propias y específicas. Por desgracia, también la comunión se encuentra con retos importantes como el individualismo, la división y el enfrentamiento. La mayor autonomía personal hace posible que el individualismo avance y se manifieste incluso en la acción pastoral. Este individualismo a veces es también grupal.

Efectivamente, muchos cristianos se identifican con sus grupos pero no al mismo nivel, al menos con la Iglesia diocesana en este caso. Nos encontramos también con el reto de la división, verdadero escándalo para los no creyentes y con el del enfrentamiento. Dice también el Papa Francisco que a veces consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer nuestras propias ideas, ¿a quién vamos a evangelizar con estos comportamientos?

La respuesta a esta situación no puede ser otra que la del cultivo de una espiritualidad de la comunión. A ello nos invitaba con fuerza el Papa San Juan Pablo II a hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión.

Pidámosle al Señor la gracia de descubrir en el hermano el rostro de la Trinidad, la gracia de verle como un regalo de Dios y de alegrarnos por sus logros. La Eucaristía, Sacramento del Amor, nos ayudará a ello. Nos ayudará también la intercesión de nuestra Madre, la Virgen María y de San Juan de Ávila, nuestro Patrono. Amén.

UNA FIDELIDAD QUE GENERA FUTURO, por Antonio Gómez Cantero

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Querida comunidad: laicado y vida consagrada, seminaristas, servidores del altar de distintas parroquias, pero especialmente hoy, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, que celebramos como una familia de hermanos la MISA CRISMAL.

Antes de escribir una homilía, doy vueltas, medito, escribo y borro, pienso y contemplo a los que debo dirigirme, pero sobre todo le digo al Señor, ilumina mi corazón y mi pensamiento para que seas tú y no yo quien se comunique. Y creo que este es el camino, muchas veces costoso, de la homilía, para que no sean palabras huecas e intranscendentes. Y esto el Pueblo Santo de Dios lo intuye. Las palabras que os trasmito también van dirigidas a mí, no puede ser de otra manera.

  1. La verdadera sabiduría

Este año hemos vivido, con intensidad espiritual, la beatificación de nuestro Cura Valera, que debe suponer un antes y un después en nuestra vida de clero diocesano. Para ello debemos marcar un camino pautado y revisable que nos lleve a vivir la comunión sacerdotal, entre unos y otros, poniendo al servicio de todos nuestra vida y nuestra misión. Este año celebramos el 11 de mayo en Huércal-Overa el día de nuestro patrón, con los sacerdotes de Cartagena y Guadix, que desean unirse a nosotros. Vendrá a acompañarnos el cardenal François-Xavier Bustillo, de Ajaccio, en Córcega.

Cuando contemplo la vida del beato Salvador Valera Parra, releo lo que nos dice San Pablo, que nadie ande presumiendo, pues no pasamos de ser seres humanos. No nos engañemos, si alguno de vosotros presume de ser un sabio, según los criterios de este mundo, que se convierta en necio para alcanzar la verdadera sabiduría. Dios sabe qué vacíos son los pensamientos de los sabios, -y continúa con fuerza- a nosotros la gente nos ha de considerar como lo que somos: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Y a un administrador lo único que se le pide es que sea fiel.  Cfr. 1Cor 3,18-4,2. Esta es nuestra primera tarea apostólica, buscar e integrar en nuestra vida la verdadera sabiduría de Dios. Y esto nos exige, a todos, una conversión del corazón.

  1. Vivir como ungidos

En lo que llevamos de este curso hemos tenido la gozosa bendición de tres nuevos presbíteros y un diácono, para nuestra Iglesia Diocesana.

Durante la homilía de la ordenación de los presbíteros, recordaba cómo podemos ser otros Cristo: reiterando lo que significa ser ungidos.

¡Cuántas veces hemos reflexionado sobre la caridad pastoral! Nuestra ganancia está sólo en ser otros Cristo. Porque ser ungidos como Cristo, no como los poderosos de este mundo, significa asumir un servicio para los demás y este servicio de donación, nos expropia de nosotros mismos y nos pone de por vida a la disposición del otro, especialmente de aquel que más necesidad tenga: ya sea espiritual, corporal o del tipo que sea. Recordad las obras de misericordia.

Jesús, el Mesías, el Ungido, en los evangelios aparece cómo le ungen los pies, con perfume y con lágrimas Lc 7, 36-50 / Jn 12, 1-8. He dado muchas vueltas a este doble pasaje. ¿Tendrá que ver esta unción con el tipo de mesianismo elegido por el Señor? Como un cordero llevado al matadero, no desde el poder sino desde la humildad y la misericordia. En el salmo 88 vemos como David era ungido con aceite sagrado para darle la fuerza. Pero Jesús es ungido por los pies, Jesús el que lava los pies como un siervo, Jesús y los pies del mensajero que por los montes anuncia la paz.

A nosotros nos han ungido las manos: manos de bautismo, de eucaristía, de perdón, de ayuda, de gestos de ternura. ‘Haced esto en memoria mía’ engloba el lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía (cuerpo y sangre entregados) y el mandamiento del amor. Son caminos de misericordia.

Estos caminos de misericordia, en este mundo, no son más convulsos que los de la primera predicación evangélica, son los únicos que nos pueden llevar a Cristo y llevar a Cristo a los demás. Las diatribas en la familia, en la calle, en las redes sociales e incluso en las parroquias y en nuestros grupos y hermandades, entre nosotros mismos, en la Iglesia, nos llevarán al enfrentamiento, pero nunca a la conversión del corazón, pues estos enfrentamientos nacen del orgullo y de posicionamientos ideológicos, no solo políticos sino incluso religiosos, que nos conducirán a la destrucción y al sectarismo más radicalizado. Qué tienes que decir contra los cargos que presentan contra ti, -le preguntaba Pilatos- pero Jesús callaba. Mt 26, 62-63. Como cordero llevado al matadero no abría la boca, profetizó Isaías. Del Cura Valera, no recordamos sus palabras, pero permanece viva su vida entregada.

Y continué diciendo en el día de la ordenación de los nuevos presbíteros. Para empezar, nosotros no somos los puros, y el que diga lo contrario o intente disimularlo, se desliza por sendas farisaicas. Para nosotros es un peligro andar por estas sendas de la autocomplacencia, la falsa sabiduría, o la connivencia con los poderes de este mundo buscando nuestro propio prestigio. Nosotros, somos los humildes amigos del Señor, sus hermanos, con nuestras carencias y nuestros pecados y un mandato, que lavemos los pies, que nos partamos y repartamos, como su Cuerpo, que nos amemos, como él nos ha amado, que seamos uno, para eso hemos sido elegidos. He descubierto que los grandes maestros espirituales fueron misericordiosos con los demás y muy exigentes consigo mismos. Que todos se convenzan por vuestra vida, ahí radica la verdadera autoridad. Una buena conducta –y lo vemos en el Cura Valera- vale más, y permanece en la historia, más que un gran sermón.

  1. Alimentados de la Palabra

El día 28 de febrero, los seminarios de Almería y Cartagena, con otros tantos, pudimos visitar al Papa, convocados por él. Sus palabras dedicadas a los seminaristas, y también a los sacerdotes, nos llegaron al corazón. Lo comentaban los seminaristas cuando salimos. Nos decía: podemos hacer prácticas intrínsecamente buenas, la oración, el estudio, las celebraciones, la vida comunitaria… pero interiormente pueden estar vacías, pues las desnaturalizamos convirtiéndolas en un mero cumplimiento.  Y citando el Papa a Alejandro Casona, añadió: se dice que los árboles mueren de pie, erguidos, conservan la apariencia, pero por dentro ya están secos. Algo semejante puede ocurrir en la vida de un seminarista —y más tarde también en la de un sacerdote— cuando se confunde la fecundidad con la intensidad de muchas actividades, o con el cuidado meramente exterior de las formas. La vida espiritual no da fruto por lo que se ve, sino por lo que está profundamente arraigado en Dios. Cuando esa raíz se descuida, todo acaba secándose por dentro, hasta que, silenciosamente, se termina por morir de pie. Quizás eso nos puede ocurrir a todos a base de repeticiones, como árboles muertos al lado del arroyo de agua viva, conservando, tan solo, la apariencia.

Cuando pensamos en claves mundanas, el ministerio se confunde con un derecho personal, un cargo distribuible, una función burocrática, una justificación para mí mismo, no para el servicio a la comunidad. Y nos olvidamos que el maestro llamó a los que él quiso para que estuvieran con él Mc 3,13-14. No nos creamos que somos importantes si no servimos de corazón.

  1. Padre, que todos sean uno

La Carta Apostólica de nuestro Papa León XIV “Una fidelidad que genera futuro”, un título cargado de esperanza, con motivo el 60 aniversario de los decretos conciliares sobre el sacerdocio: Optatan Totius y Presbyterorum Ordinis, nos puede ayudar a trazar un camino juntos. Os invito a leerla o releerla, si ya lo habéis hecho, y refrescar nuestros compromisos.

Es una pequeña y profunda carta de tan solo 29 párrafos numerados. El párrafo 14, el eje de la carta, es en el que me voy a parar, porque nos invita a custodiar y hacer crecer la vocación. Una tarea que nunca se acaba, custodiar y hacer crecer. El mismo texto nos dice que es un camino y un recorrido ¡os dáis cuenta, otra vez la unción de los pies! Camino y recorrido de conversión y de fidelidad, pero no es una peregrinación individual, pues la misma ordenación nos compromete a trabajar juntos y a cuidarnos unos a otros, si no fuera así nos llevaría al narcisismo y al egocentrismo. Si actuamos solos, individuamente, la comunión, la sinodalidad y la misión, no podrían realizarse, pues el ensimismamiento, que es como un fuego fatuo, nos impediría la escucha y el servicio a los demás.

Todo nuestro servicio está enraizado en Cristo, por Cristo y con Cristo. Por favor, si alguna vez notáis que yo mismo, o alguno de nosotros, nos salimos de este camino, que me busco solo a mi mismo y mi prestigio, que me mundanizo con los poderes de este mundo que tiene tantos rostros, tantos como la pobreza, si veis que no hablo con la unción del servidor fiel y prudente, que me predico a mí mismo, que huyo del servicio callado y humilde, que busco halagos y vanaglorias, que me enredo con mis propios intereses del tipo que sean, que he olvidado mis compromisos de sacerdote de Cristo, por favor avisadme, corrijámonos unos a otros con caridad fraterna, por nuestro bien y por el bien de nuestra Iglesia, que camina peregrina por estas tierras de Almería.

Que Nuestra Señora, en cada una de nuestras queridas advocaciones, Madre de Dios y Madre nuestra, interceda por todos y cada uno de nosotros para que crezcamos todos juntos en el amor de Dios y nos esforcemos por irradiarlo a los demás.  Amén.

+ Antonio Gómez Cantero, vuestro obispo

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