Querido Don Demetrio, queridos sacerdotes, diáconos, seminaristas, queridas personas consagradas, fieles, laicos.
En este día eminentemente sacerdotal, permitidme que me dirija especialmente a los sacerdotes y a los que Dios mediante algún día lo serán. Quiero comenzar mis palabras alabando aquel que movido por el amor con su sangre nos ha liberado de nuestros pecados, nos ha convertido en un reino y nos ha hecho sacerdotes de Dios su Padre. A él, la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Cada año, la celebración de la Misa Crismal no sólo nos ofrece la oportunidad de alabar al Señor, sino también de renovar el “sí” que un día más o menos lejano le dimos al que nos llamaba a compartir su misión, evangelizar a los pobres, proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, poner en libertad a los cautivos.
En el Evangelio que acabamos de proclamar, Jesucristo se nos presenta como el ungido por Dios y lleno del Espíritu Santo. El Espíritu del Señor está sobre mí, dice. Se trata del mismo Espíritu que vino también sobre nosotros el día de la ordenación presbiteral haciéndonos partícipes del carisma de Cristo buen pastor. Él es el protagonista de nuestra vida y de nuestra tarea. Él nos configura con el Señor y nos sostiene en la misión encomendada. Su obra, sin embargo, está condicionada por nuestra disponibilidad y obediencia.
Evidentemente, si estas disposiciones objetivas faltan, no seremos los evangelizadores que el Señor espera que seamos. Nos seremos los evangelizadores con espíritu que la Iglesia necesita hoy.
A Jesús le faltaba tiempo para atender a los innumerables enfermos, impedidos, abandonados, hambrientos que se encontraban en el camino, pero su corazón compasivo nunca le permitió pasar de largo. Sobre todo, le preocupaba la ignorancia religiosa, la esclavitud de una ley y inmisericorde, el pecado destructor. Por eso, su prioridad era proclamar el mensaje de un Dios amoroso y perdonador, misericordioso y fiel. También hoy los pastores nos vemos ungidos por la situación de multitud de personas, carecen de lo necesario para vivir dignamente. Nuestro corazón también se compadece y trata de encontrar y ofrecer las respuestas más adecuadas y posibles a sus situaciones concretas. Identificados con el corazón del Señor, nos hacemos cargo del vacío de Dios que experimentan muchos de nuestros hermanos. Por ello, unidos a la propuesta de los últimos papas, queremos dar un nuevo impulso evangelizador a nuestra tarea pastoral, contando con la participación de todos los miembros de la Iglesia, caminando en sinodalidad al encuentro del mundo de hoy.
La creación y el trabajo de los grupos sinodales en estos últimos años, y particularmente sus aportaciones de cara a la elaboración del próximo Plan Pastoral diocesano, expresan este compromiso. Para que esta renovación sea sólida y evangélica, ha de afectar al estilo, incluso a las estructuras pastorales, pero sobre todo se ha de cimentar en una profunda renovación espiritual de los evangelizadores, puesto que, como decía el Papa Francisco, un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que estas mismas estructuras, tarde o temprano, se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces. Así pues, la renovación pastoral comenzará por un encuentro personal con Jesucristo cada día, sin obstáculos.
De este encuentro con el Señor y gracias a la acción transformadora del Espíritu Santo recibido en el bautismo, irá tomando forma en nosotros la espiritualidad propia de los hijos de Dios. Enriquecidos también por la presencia del Espíritu que vino a nosotros, merced a la unción con el Santo Cristo del día de la ordenación presbiteral, se desarrollará en nosotros la espiritualidad propia del presbítero.
Ciertamente, la clave de una evangelización renovada dependerá de la acogida dócil del Espíritu de Dios. Así ocurrió con los primeros discípulos, miedosos, desfondados y mudos tras la muerte de su Maestro, fue este mismo Espíritu el que los lanzó a la misión y a una entrega total al servicio del Evangelio. El Padre que me envió es el que me ha ordenado y me lleva a una espiritualidad discipular. Los textos evangélicos dejan constancia de la actitud permanente de escucha que Jesús manifiesta respecto al Padre. Una escucha seguida siempre por una costosa obediencia. Para mantenerse fiel a la misión que el Padre le había encomendado y no convertirse en un adorador de ídolos, hubo de vencer las tentaciones del maligno. Por eso utilizó su poder no en provecho propio, sino en bien de sus hermanos a los que salvó muriendo en la cruz. Es verdad, Jesucristo, como dice San Pablo, aprendió sufriendo a obedecer.
La primera nota de la espiritualidad presbiteral que deseo destacar es la discipular, una espiritualidad de la escucha, el discernimiento y la fidelidad. Antes de enviar a sus discípulos a predicar, el Señor los invitó a ir con él.
Deseaba que de forma progresiva, en la proximidad, hicieran suyas su forma de pensar, de sentir, de decidir. Quería que fueran asimilando la verdad que habrían de anunciar, el amor que habrían de sentir, el bien que deberían hacer. Por lo que sabemos, los tres años se les hicieron cortos.
De hecho, suspendieron el examen final cuando le negaron próximo a la cruz. Aunque, eso sí, gracias a Dios, lo recuperaron en el momento decisivo. También nosotros hemos sido llamados al discipulado, a estar cerca del Señor. Nos ha ayudado a ello la familia, la parroquia, en algún caso la escuela, el seminario. Hoy, una vez más, damos gracias a Dios porque nos ha elegido a pesar de nuestra fragilidad y pobreza, porque ha sido paciente con nosotros, lentos y torpes en el aprendizaje, porque nos ha consagrado para ser sacramentos vivos de su amor y porque nos ha enviado a continuar su misión. Pero necesitamos seguir alimentando, fortaleciendo nuestra espiritualidad. Necesitamos seguir ejerciendo de discípulos, escuchando su voz, discerniendo su voluntad expresada también a través de los signos de los tiempos e incluso de nuestras propias mociones interiores. Viviendo la fidelidad, en pugna constante contra la mundanidad que nos acosa.
El Señor se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo. Una espiritualidad humilde y alegre. Dice el Papa León que el sacerdote debe desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que él sea conocido y glorificado. Pero el reto de la autosuficiencia, la tentación de la soberbia nos asaltan también cada día.
Podemos llegar a creer que nos bastamos a nosotros mismos, incluso que no necesitamos a Dios y que por tanto es innecesaria la oración y el cultivo de la espiritualidad para ser sus discípulos y sus apóstoles. Entonces nos invade de lleno la herejía del pelagianismo, cuyas consecuencias son nefastas. En efecto, él deriva en primer lugar la acedia egoísta, es decir, la indiferencia; la falta de gozo en el Señor. Se trata de una frialdad o aspereza que nos quita las ganas de rezar y nos roba la alegría del encuentro con el Señor. Además, la acedia viene acompañada de la desilusión, la tristeza y el pesimismo, males que por desgracia dominan a muchos evangelizadores que hoy repiten con frecuencia, “para estos resultados no merece la pena tantos esfuerzos”.
¿Qué hacer, pues, para contrarrestar estos peligros? En primer lugar, poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo. Fue el encuentro con el Señor Resucitado, el que hizo virar la vida de los discípulos de Emaús, pasando de la desilusión, la tristeza y el pesimismo a la alegría y la esperanza, también al anuncio.
En segundo lugar, recuperar el entusiasmo en el anuncio. Esto será posible en la medida en que descubramos que el Evangelio es la respuesta a lo que el mundo espera como solución a los graves problemas que lo aflijan. Efectivamente, la propia experiencia nos dice, y nos lo recuerda el Papa Francisco, que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo. No es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas. No es lo mismo poder escucharlo que ignorar su palabra. No es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en él que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo con la propia razón. Y en fin, no olvidemos que Cristo ha resucitado, que el Espíritu Santo sigue activo en la Iglesia y que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios.
Él me ha enviado a evangelizar a los pobres, una espiritualidad encarnada. Jesucristo centró su misión sobre todo en los pobres, los enfermos, los excluidos. Consciente de que estamos llamados a seguir sus huellas, el Papa Francisco dice que Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. No quiere príncipes que miran despectivamente, sino hombres y mujeres del pueblo.
El mismo Papa nos advierte sobre el peligro del gnosticismo, una herejía de gran actualidad que obstaculiza el caminar humano hacia la santidad y la misma tarea evangelizadora, puesto que en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En el gnosticismo, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente.
Equivocadamente, esta corriente herética mide la calidad de la vida espiritual por el conocimiento, no por la caridad. Para contrarrestar la fuerza de esta tentación y ser evangelizadores de verdad, también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de gozo superior.
La misión es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo una pasión por el pueblo. No olvidemos tampoco lo que decía el Papa Benedicto XVI. El amor a la gente nos facilita el encuentro con Dios y cerrar los ojos ante el Prójimo nos convierte en ciegos ante él.
Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros. Una espiritualidad sinodal. Creados a imagen y semejanza de Dios, nuestra plenitud solo se realiza en la comunión. Por ella oró Jesucristo al Padre y con ella se comprometió formando un nuevo pueblo. La comunión es esencial a la vida cristiana y es nota fundamental de la Iglesia.
“Permaneced en mí, dice Jesús, como yo en vosotros. Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Juan 15:4). Esta comunión no debe quedarse en un don espiritual. Ha de llevarnos a caminar juntos, a evangelizar juntos. Como dice el Papa León XIII, en una iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde nada de su importancia y actualidad, sino que, por el contrario, podrá centrarse más en sus tareas propias y específicas. Por desgracia, también la comunión se encuentra con retos importantes como el individualismo, la división y el enfrentamiento. La mayor autonomía personal hace posible que el individualismo avance y se manifieste incluso en la acción pastoral. Este individualismo a veces es también grupal.
Efectivamente, muchos cristianos se identifican con sus grupos pero no al mismo nivel, al menos con la Iglesia diocesana en este caso. Nos encontramos también con el reto de la división, verdadero escándalo para los no creyentes y con el del enfrentamiento. Dice también el Papa Francisco que a veces consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer nuestras propias ideas, ¿a quién vamos a evangelizar con estos comportamientos?
La respuesta a esta situación no puede ser otra que la del cultivo de una espiritualidad de la comunión. A ello nos invitaba con fuerza el Papa San Juan Pablo II a hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión.
Pidámosle al Señor la gracia de descubrir en el hermano el rostro de la Trinidad, la gracia de verle como un regalo de Dios y de alegrarnos por sus logros. La Eucaristía, Sacramento del Amor, nos ayudará a ello. Nos ayudará también la intercesión de nuestra Madre, la Virgen María y de San Juan de Ávila, nuestro Patrono. Amén.