
Muchos son los feligreses que no hablan español. Inmigrantes católicos que habiendo recorrido un largo viaje –y en muchas ocasiones, nada fácil- llegan a la Archidiócesis con el deseo de encontrarse con Dios en su lengua, de vivir la Eucaristía con una comunidad a la que entiendan y que compartan sus oraciones con acento extranjero.




