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La entrada Homilía de Monseñor José Rico Pavés en la Eucaristía del inicio del curso 2026/2027 se publicó primero en Diócesis Asidonia – Jerez.
La Parroquia de Jesús de Nazaret y Ntra. Sra. de Consolación, de la barriada sevillana de Ntra. Sra. de Consolación, conocida como Los Mares, ha emprendido una iniciativa catequética y cultural tomando como referencia las vidrieras del templo. El párroco, José Antonio Jiménez, expone que el objetivo de la parroquia es invitar a colectivos educativos a conocer la parroquia y recibir una catequesis tomando como punto de partida las dos series de vidrieras con las que cuenta el templo gracias al trabajo de las comunidades parroquiales dirigidas por José Blanco y el actual párroco.
José Antonio Jiménez explica que las vidrieras tienen “una finalidad fundamentalmente catequética”. Y el objetivo de esta iniciativa no es otro que acercar la parroquia a feligreses, colegios, asociaciones e instituciones públicas. “Las vidrieras -añade- no solo añaden luz y color, sino que comunican una verdad elemental para nuestra fe”. En esta tarea catequética se ha elaborado un dossier en el que se desgrana el sentido de cada vidriera.
La primera serie de vidrieras representa los siete sacramentos y fueron realizadas por Ausencio González, con un carácter eminentemente simbólico-litúrgico. La segunda serie de vidrieras, en la parte inferior, está dedicada a las obras de misericordia, y han sido realizadas al modo tradicional por Jaime Rodríguez.
La Parroquia de Jesús de Nazaret y Ntra. Sra. de Consolación de Sevilla fue erigida el 15 de septiembre de 1987 por monseñor Carlos Amigo. La población actual de la feligresía es de unos ocho mil habitantes, y la parroquia, sin perder su identidad, ha participado de la inevitable evolución que ha vivido el barrio en todos los niveles, social, demográfico, económico y religioso.
Contacto:
C/ Mar Menor, s/n. 41015 Sevilla
Tfno: 955325632 – Email: parroquiajesusnazaret.sevilla@gmail.com
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El sábado 26 de septiembre, a las 11.30 horas, se celebra una nueva convocatoria del Consejo Diocesano de Pastoral de Infancia y Juventud de la Diócesis de Málaga. Tendrá lugar en el salón de actos de la parroquia de Santa María de la Amargura.
En este primer consejo, compartirán informaciones varias, las actividades previstas por la Delegación para este curso y las actividades de interés general de las distintas realidades eclesiales que conforman el Consejo Diocesano.
Son miembros de este Consejo los laicos, religiosos y sacerdotes responsables de la pastoral de infancia y juventud de los arciprestazgos, movimientos, asociaciones, congregaciones religiosas, cofradías y colegios religiosos de la Diócesis.
Llego a San Isidro de Níjar y las hermanas me esperan en la puerta de la iglesia. Desde allí caminamos unos metros hasta una antigua escuela, cedida por la Delegación de Educación, donde cada día se imparten clases de español. Quizá sea aquí, entre pizarras, cuadernos y palabras aprendidas poco a poco, donde mejor se entiendan los 25 años que las Mercedarias de la Caridad llevan en esta tierra.
Las hermanas Francisca, Encarna, Estela y Consuelo forman actualmente la comunidad. Durante una mañana me enseñan lo que hacen, pero, sobre todo, me cuentan las historias que hay detrás. Porque una de las cosas que han aprendido en este cuarto de siglo es precisamente esa: detrás de la palabra «inmigrante» siempre hay una persona concreta.
«Cuando llegas, la realidad te da un bofetón impresionante», reconoce una de ellas. Pero después ocurre algo. Conoces a la persona, su historia, su familia, los problemas que ha dejado atrás y aquellos con los que se encuentra aquí. «La mirada cambia cuando llevas un tiempo. Ya ves a una persona, conoces su historia, su mirada, sus problemas y te la llevas al corazón».

Aprender a decir «llorar» y «reír»
Entramos en una de las clases. Hay turnos por la mañana y por la tarde porque aprender español continúa siendo una de las necesidades fundamentales de quienes llegan. No entender el idioma significa muchas veces no poder preguntar, buscar trabajo, hacer una gestión o, sencillamente, explicar lo que te ocurre.
Consuelo, una de las hermanas llegadas de Filipinas, está enseñando vocabulario. Entre las palabras de ese día aparecen dos verbos sencillos: llorar y reír. Entonces una de las alumnas interviene. Ella sabe bien lo que significa llorar. Cuenta que ha llorado mucho desde que llegó porque no sabía leer, no entendía español y no podía comunicarse. Ahora puede contarlo en castellano. Y también sabe lo que significa reír.
La escena dura apenas unos minutos, pero explica mejor que muchas estadísticas lo que ocurre cada día en estas aulas.
Las primeras hermanas que llegaron a San Isidro en 2001 comprendieron muy pronto la importancia del idioma. En aquellos años, marcados por la llegada de numerosos trabajadores migrantes para los invernaderos, la barrera lingüística era enorme. «Hay otro lenguaje que se entiende, que es universal, que es el amor. Pero necesitamos también la palabra», recuerdan. Y comenzaron las clases de español.
Aquellos comienzos fueron especialmente duros. Las hermanas conservan historias que hoy parecen difíciles de imaginar. Recuerdan cómo, en una ocasión, dos autobuses llegaron cargados de personas subsaharianas, abrieron sus puertas junto a la iglesia y allí las dejaron. De pronto había que responder a lo inmediato: comida, alojamiento, trabajo, aprender el idioma. Era pura necesidad.

Una bolsa de alimentos y mucho más
Seguimos la visita. La hermana Estela, peruana, me enseña el almacén desde el que atienden a las personas más vulnerables. Buena parte de los alimentos proceden de supermercados que los donan y después las religiosas los distribuyen entre quienes los necesitan. La atención se realiza por las mañanas, de nueve a una.
No hay grandes discursos. Hay bolsas de comida, conversaciones, nombres propios y preguntas muy sencillas: «¿Tienes trabajo? ¿Dónde vives?».
Para ellas, esa cercanía forma parte de su manera de entender la acogida. «Acoger es hacerle sentir que es una persona digna, como cualquier otra». Porque quien llega hasta aquí muchas veces lo hace, dicen ellas, «sangrando el corazón» después de abandonar su país, su familia y todo lo conocido para buscar una posibilidad de futuro.
A las clases y la ayuda alimentaria se suma el taller ocupacional y, sobre todo, ese acompañamiento difícil de contabilizar. Preguntar cómo estás. Escuchar. Mirar a los ojos. Saber si alguien ha encontrado trabajo o si continúa durmiendo donde puede.
Las religiosas reconocen también que los años pasan y las fuerzas son menores. Por eso ha sido fundamental la colaboración de muchas personas y comunidades religiosas de Almería. También llegan grupos de jóvenes voluntarios de colegios durante el verano y la Semana Santa. Estos 25 años no los han construido solas.
La fuerza para seguir
Hay otro lugar al que las hermanas vuelven cada día y que no aparece en ninguna estadística de su trabajo: la iglesia. Me cuentan que algunas veces van a la Eucaristía diaria y apenas están ellas y una persona más. Podría parecer poca cosa. Para ellas no lo es. Es precisamente ahí donde encuentran la fuerza para volver después a las clases, al almacén, al taller y a las historias concretas de quienes llaman a su puerta.
Su trabajo no nace únicamente de una preocupación social. Nace de la fe. Las Mercedarias hablan de «caridad redentora» y saben que el único Redentor es Jesucristo. Su manera concreta de vivir ese carisma aquí pasa por algo tan sencillo y tan exigente como «devolver dignidad a las personas» y ponerse a su servicio desde sus propias posibilidades.
Después de tantos años, además, aseguran que han recibido mucho de aquellos a quienes vinieron a ayudar. Especialmente una cosa: esperanza. «Esperanza contra toda esperanza». Les sorprende la capacidad de afrontar la distancia, la precariedad, el dolor e incluso la muerte de algún familiar lejos de casa.
Y también esa forma humilde de agradecer. A veces alguien vuelve con una bolsa de tomates que le ha regalado el dueño del invernadero y quiere compartirla con las hermanas. O simplemente aparece una sonrisa.
Ahora celebran sus bodas de plata en San Isidro. Lo harán con la comunidad cristiana, con los niños, con los laicos vinculados a la congregación, con quienes han colaborado durante estos años y también con hermanas que pasaron por aquí y regresarán para la celebración. El domingo será el día central, con la Eucaristía y un encuentro festivo y cultural.
Cuando les pregunto por los próximos 25 años, no piden grandes cosas. Quieren nuevas vocaciones y fuerzas para continuar, pero desean sobre todo que su tarea pueda ir cambiando: que llegue un día en que no sea necesario limitarse a entregar alimentos porque quienes llaman a su puerta hayan encontrado verdaderas posibilidades para construir su propia vida.
Al terminar la mañana vuelvo a aquella clase de español. A una pizarra y a dos palabras que Consuelo intentaba enseñar: llorar y reír. Una mujer que llegó sin entender nuestro idioma pudo explicar que sabía muy bien lo que era llorar. Y ahora también podía reír.
Tal vez el Evangelio suceda muchas veces así, sin demasiado ruido. Cuatro religiosas, una escuela prestada, unas bolsas de alimentos, una Eucaristía casi vacía y alguien que aprende a pronunciar una palabra nueva.
Y en medio de todo eso, Jesús sigue haciendo su pequeño milagro: que quien llegó llorando encuentre unas manos que lo acojan y, poco a poco, vuelva a tener motivos para reír.
Ramón Bogas Crespo, Delegado episcopal de Medios de comunicación

Ahora que es tiempo de poner en marcha los planes pastorales o las programaciones parroquiales, ahora que comienza la maquinaria comunitaria a calentar motores, me topo con el comienzo de la primera carta de Pablo a los Corintios. Estaba citada en un texto, sobre el plan pastoral, que no es un conjunto de actividades, iniciativas o propuestas de trabajo, sino una invitación a caminar juntos, a renovar nuestra vida cristiana y a seguir creciendo como Iglesia llamada a vivir la comunión, celebrar la fe, servir a los hermanos y anunciar el Evangelio.
Pero nuestra fragilidad nos hace equivocarnos y debemos revisarnos, cambiar y volver a empezar. Estar abiertos a la conversión es la consecuencia lógica de dejar que sea el Espíritu, y no cada uno de nosotros, quien dirija la historia de la Iglesia. Las cosas van bien, pero a veces los de Cloe nos avisan que algunos quieren ir por libre. Parece ser que Cloe era una afamada comerciante de Corinto, y sus empleados, algunos cristianos, viajaban de un lado para otro comerciando y llevando noticias.
En el primer capítulo de la carta, ¡escrita unos 20 años después de Pentecostés!, Pablo recrimina y corrige a aquella Iglesia naciente porque se estaba dividiendo en diversas facciones o partidos religiosos basados en las simpatías a los distintos guías. La división interna estaba produciendo sectarismos y fanatismos: ¿acaso está dividido Cristo?, gritaba Pablo.
Los estudiosos de la Biblia dicen que los que seguían a Pablo reivindicaban a su fundador local. Los de Apolo, judío de Alejandría, lo preferían porque era un orador elocuente y muy brillante, ya lo habíamos descubierto en el libro de los Hechos. Los de Pedro, porque era el apóstol original. Y los de Cristo, curiosamente, utilizaban en vano su nombre para ponerse por encima de los demás. El problema, dice Pablo, está en esos que andan diciendo… no eran todos.
Un camino en la unidad
Antes de iniciar el año pastoral, deberíamos meditar 1 Cor 1, 10-17, nos ayudaría a comprender el porqué de este esfuerzo de trazar un camino en la unidad. Vivimos en una sociedad que cambia profundamente y nos plantea preguntas nuevas. Pero también hay en ella personas que buscan sentido, verdad, esperanza y una comunidad donde sentirse acogidas.
Pablo dice que le han informado de divisiones, por eso pide, también a nosotros, que haya concordia, que desterremos cuanto signifique división y recuperemos la armonía, pensando y sintiendo lo mismo. Todo el capítulo 1 es programático y, si de algo hay que presumir, dice, que sea de lo que ha hecho el Señor. Pocas palabras son suficientes. ¡Ánimo y adelante!
+ Antonio Gómez Cantero, obispo de Almería
Publicado en la revista Vida nueva el 19/09/2026
Entrevista al director nacional de Obras Misionales Pontificias (OMP), D. José María Calderón, que ofreció la jornada formativa del Encuentro de catequistas, celebrada el pasado sábado día 19, organizada por la Delegación diocesana de Catequesis. Entrevista publicada en el Semanario Fiesta de Granada y Guadix (Nº 1623), con fecha 20 de septiembre de 2026.
— ¿Qué mensaje comparte con los granadinos en el marco de ese encuentro de inicio de curso con la delegación de Catequesis?
Por un lado, que las catequesis sean verdaderamente misioneras, que no sean simplemente transmisión de unas verdades fundamentales de la Doctrina de la Iglesia y hacer de esos catecúmenos discípulos, sino hacer discípulos misioneros. Es decir, que la catequesis sea también un instrumento para que descubran la vocación misionera como cristianos, que todos los bautizados tenemos. Y, por otro lado, también dar a conocer la importancia que tiene que todos los cristianos nos sintamos responsables de la misión de la Iglesia en todo el mundo.
Y, por lo tanto, la tarea evangelizadora que la Iglesia está realizando en tantos lugares donde todavía la Iglesia no está implantada, donde la labor de la Iglesia es muy pobre y muy pequeña, porque no hay catequistas, porque no hay sacerdotes, porque no hay religiosas o religiosos, y necesitamos entusiasmar a los cristianos de España, para que vivan la misión que la Iglesia está realizando en los cinco continentes.

— La catequesis con los niños y adultos, además de alimentar la fe, prepara para el Sacramento. ¿Qué debe tener en cuenta uno y otro -catequista y catecúmeno- para que sea una catequesis verdaderamente apostólica y misionera
Evidentemente, las catequesis normalmente son como preparación para un Sacramento. Pero, fíjese, por ejemplo, el Sacramento de la Confirmación es un Sacramento de envío, es un Sacramento en el que recibimos la plenitud de la vida cristiana para ser testigos de Jesucristo.
Es verdad que si dijéramos antes con el Sacramento de la Confirmación estaríamos quedándonos cortos, porque, de hecho, el Sacramento del matrimonio también nos anima y nos ayuda a ser testigos en medio del mundo del amor matrimonial, del amor con el que Cristo ama a la Iglesia.
Por lo tanto, yo creo que es una oportunidad preciosa que tienen los catequistas de entusiasmar y de hacerles descubrir la grandeza de ser cristiano y de que no se acaba con la recepción de un Sacramento, sino que justamente la recepción de un Sacramento, sea el Sacramento del Bautismo, sea el Sacramento de la Confirmación o de la Primera Comunión, el Sacramento del Matrimonio, es como una puerta que te abre a un panorama espectacular, que es la Iglesia universal en donde Cristo quiere ser conocido y amado, y donde Cristo quiere estar presente en todas las situaciones de la vida de los hombres.
— Y ya centrándonos un poquito más en el aspecto misionero, ¿qué hace al misionero ser un verdadero misionero? Es decir, un misionero que no quede reducido a un mero altruista.
El Papa Francisco en “Evangelii Gaudium” dice una frase que a mí me parece que es muy importante. El misionero es el que tiene dos pasiones: pasión por Cristo y pasión por su gente. Entonces, ¿qué te hace a un misionero ser misionero?

Primero, estar enamorado del Señor. El misionero no es simplemente alguien que quiere transformar la sociedad y que tiene un corazón enorme y que ve la bondad del mundo, y entonces se entrega a los demás para hacer un mundo más justo, mejor para toda la sociedad, sino que es un hombre, una mujer de Dios; es un hombre o una mujer que ha conocido el amor de Cristo y quieren llevarlo a toda la tierra y quieren transmitirlo a todos los hombres. Quieren ser capaces de entregarlo a los demás. Y eso va unido también al amor a las personas, a las personas a las que va a ser enviada. Es decir, el misionero no va como un extraterrestre a un sitio determinado, sino que se hace parte de esa cultura, parte de ese pueblo, parte de esa sociedad, y sufre con ellos, como decía San Pablo: “Llora con los que lloran, se alegra con los que se alegran”. Es parte del pueblo. Y entonces, le cuesta mucho salir de allí.
¿Por qué? Porque es su gente. Es la gente a la que el Señor le ha encomendado para que ellos descubran la grandeza de la vocación que han recibido. Y, además, evidentemente, sin duda alguna, los misioneros, al ver las situaciones tantas veces de injusticia o de pobreza que tienen los pueblos, evidentemente se preocupan por mejorar la situación, por ayudarles a crecer, por ayudarles a aliviar sus dolores y sus sufrimientos. Pero motivados siempre por ese amor a Dios, por ese deseo de dar a conocer a Cristo y por ese deseo de compartir con la gente sus dolores, sus sufrimientos, sus alegrías, sus ambiciones, sus proyectos.
— Y de forma paralela, siempre pensamos en el misionero que se va a muchísimos kilómetros en esa gran tarea, de poner toda su vida al servicio también para que otros encuentren el Evangelio. Pero, de algún modo, también tenemos una misión en nuestro propio entorno, que no es algo exótico solamente cuando uno sale de su entorno. ¿Con qué ojos podemos ver en nuestro entorno, en nuestra vida diaria, esa misión?
El cristiano es un discípulo misionero, es un hombre, una mujer que se ha encontrado con Cristo y ese encuentro con Cristo le hace tener una predisposición para transmitir aquello que tiene en su corazón. Por lo tanto, no hay posibilidad de ser discípulo del Señor si no eres misionero, porque el conocer a Cristo te hace inmediatamente salir de ti mismo y querer entregar aquello que tienes en el corazón. Por lo tanto, es muy cómoda la postura de los cristianos cuando dicen “no, no, yo, los misioneros, ya eso es cosa de curas y de monjas”. No, hijo mío, eso es cosa de cristianos. Somos bautizados. Somos hijos de Dios. “No puedo callarme, no puedo callar -como decía San Pablo- aquello que tengo en el corazón”.
Todos, en cada sitio donde estamos, allí donde vivimos, somos instrumento de Dios para hacer presente su Palabra, su mensaje de amor, su misericordia y compañía. Pero esto, y quiero resaltarlo también, no puede impedir que descubramos que hace falta la vocación misionera ad gentes, es decir, que la necesidad que tenemos de re-evangelizar España, o en concreto Granada, no puede implicar que no tengamos ese sentido universal de la Iglesia, la preocupación por todas las iglesias, el entusiasmo por que en tantos lugares del mundo donde Cristo todavía no es conocido pueda un día llegar la luz del Evangelio. Y eso a través de la vocación a la misión ad gentes.
Paqui Pallarés
Entrevista publicada en el Semanario Fiesta Nº 1623 (20 de septiembre de 2026)
FOTO PORTADA: Nuestro arzobispo, el director nacional de OMP y el delegado diocesano de Catequesis, en el Encuentro de catequistas en Granada.
Dossier de prensa diario elaborado por la Delegación diocesana de Medios de Comunicación Social de la diócesis de Córdoba.
Continúa leyendo Martes, 22 de septiembre de 2026 at Diócesis de Córdoba.

En la ermita de Ntra. Sra. de la Merced habrá a partir de ahora adoración al Santísimo como ofrenda al Corazón de Jesús
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En su encuentro celebrado el pasado fin de semana con la participación del director nacional de Obras Misionales Pontificias (OMP) y la asistencia de nuestro arzobispo.
El pasado sábado la Delegación diocesana de Catequesis dio inicio al nuevo curso académico 2026-27, al que sucederá durante este mes de septiembre las inscripciones para los distintos grupos catequéticos de niños, adolescentes, jóvenes y adultos en las parroquias.
Con la asistencia de nuestro arzobispo, los catequistas diocesanos, procedentes de parroquias, colegios y cofradías, entre otros grupos, compartieron una jornada en la que aprendieron la misión de su labor pastoral en la formación de la fe en los sacramentos de la iniciación cristiana.
Para ello, contaron con la colaboración de D. José María Calderón, director nacional de Obras Misionales Pontificias, que habló de la misión catequética y compartió un mensaje acerca de esa misión, para que “las catequesis sean verdaderamente misioneras, que no sean simplemente transmisión de unas verdades fundamentales de la Doctrina de la Iglesia y hacer de esos catecúmenos discípulos, sino hacer discípulos misioneros”. “Es decir, que la catequesis sea también un instrumento para que descubran la vocación misionera como cristianos, que todos los bautizados tenemos”, señaló D. José María, que también quiso “dar a conocer la importancia que tiene que todos los cristianos nos sintamos responsables de la misión de la Iglesia en todo el mundo”.

“Yo creo que es una oportunidad preciosa que tienen los catequistas de entusiasmar y de hacerles descubrir la grandeza de ser cristiano y de que no se acaba con la recepción de un Sacramento, sino que justamente la recepción de un Sacramento, sea el Sacramento del Bautismo, sea el Sacramento de la Confirmación o de la Primera Comunión, el Sacramento del Matrimonio, es como una puerta que te abre a un panorama espectacular, que es la Iglesia universal en donde Cristo quiere ser conocido y amado, y donde Cristo quiere estar presente en todas las situaciones de la vida de los hombres”, explicó el director nacional de OMP en una entrevista concedida a los medios de comunicación diocesanos antes del Encuentro.
En este Encuentro y coincidiendo con el centenario del Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), Calderón también ha compartido lo que esta Jornada mundial significa para tantas personas que a lo largo de cien años han encontrado la fe con el testimonio y la vida entregada de miles de misioneros en los cinco continentes.

La jornada de inicio de curso de la Delegación de Catequesis estuvo enfocada en la nueva fase del Plan Pastoral Diocesano, dedicada a la Celebración. De ahí que el encuentro profundizase en que toda auténtica celebración desemboca en la misión y cómo la catequesis está llamada a formar discípulos misioneros que celebren la fe y la anuncien con alegría.
Tras la ponencia y un concierto oración con el cantautor Unai Quirós, el Encuentro concluyó con la Eucaristía y posterior comida fraterna en el Centro de Estudios Superiores “La Inmaculada”, donde se celebró la jornada. La Delegación diocesana de Catequesis agradeció a todos los participantes su asistencia.
“Empezamos con fuerza el nuevo curso y agradecemos la labor encomiable de nuestras catequistas”, señala esta Delegación.
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El Seminario de Formación Cofrade Antonio Domínguez Valverde acoge la conferencia ‘El dogma de la Asunción de María desde la perspectiva de la maternidad’, esta tarde a las ocho en la casa hermandad del Calvario.
La charla consistirá en una reflexión de la teóloga y experta en san Juan Pablo II, Carmen Álvarez, quien además es profesora en la Universidad CEU Fernando III y en la Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla.
La sesión se enmarca en el segundo ciclo mariológico preparatorio de la coronación canónica de Ntra. Sra. del Amparo y está organizada por la Hermandad del Stmo. Cristo del Calvario.
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