
En una familia acomodada se diseñó la educación de una niña de tal modo que Dios quedase fuera de su vida, al punto de impedir su contacto con quien pudiera influirle hablándole de Él. Un día su padre, un afamado médico, vio por la ventana cómo al alborear el día se hallaba postrada de hinojos ante los tibios rayos de un sol que iría despuntando en el horizonte. Fue en su busca y al preguntarle, por su respuesta advirtió que la pequeña, sin que nadie se lo hubiera dicho, estaba en estado de adoración hacia quien en ese momento colmaba sus ansias de infinito.




















