
«Nacer inocente es lo natural, pero morir puro de corazón es un don», le dice George Melton (el actor Harry Carey) a sus amigos, coprotagonistas Chadwick y O’Brien en el film «Dulce evocación» (Beyond tomorrow) de 1940. Y no le falta razón a la guionista Adele Comandini. Inocencia y pureza de corazón son dos virtudes prácticamente equivalentes. Sin embargo encierran matices que no son difíciles de adivinar. Venimos a este mundo adornados con alegría, bondad, paz, ilusión, sorpresa, capacidad de asombro, sana curiosidad… Con una mirada que trasluce cuán bella es la inocencia porque está en las antípodas de la malicia, del cálculo humano que poco a poco puede irse apoderando de la vida.










