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Mensaje del Papa en Cuaresma: «Fe, esperanza y caridad para nuestra conversión»

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En su mensaje para la Cuaresma 2021, el Santo Padre Francisco alienta a los cristianos a prepararse para la celebración de la Pascua, recorriendo un camino de conversión basado en tres puntos clave: La fe, la esperanza y la caridad, expresasdas en tres gestos concretos que podemos aplicar en nuestra vida diaria: el ayuno, la oración y la limosna.

Ciudad del Vaticano

El Papa Francisco ha dado a conocer hoy su mensaje con motivo de la Cuaresma 2021, que lleva como título «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18). Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, el Santo Padre invita a los fieles a vivir plenamente este tiempo de conversión, «renovando nuestra fe, saciando nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibiendo con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo».

Caminando hacia nuestra conversión

Y en este camino de preparación para la noche de Pascua, en la que -recuerda Francisco- renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, «para renacer como hombres y mujeres nuevos»; resulta fundamental consolidar tres pilares que nos ayudan en nuestra conversión: El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18).

“La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante”

La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos

Asimismo, en su mensaje el Pontífice señala que la fe nos llama en este tiempo litúrgico, «a acoger la Verdad y a ser testigos», ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

“Es por ello que en este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo, significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida”

En este sentido, Francisco subraya que el ayuno vivido como experiencia de privación (para quienes lo viven con sencillez de corazón), «lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento».

La esperanza como “agua viva” en el camino

Por otra parte, el Santo Padre destaca el elemento de la esperanza como «agua viva» que nos permite continuar nuestro camino de conversión.

“La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19)”

«Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par», continúa Francisco: «Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor».

El Papa también hace hincapié en las grandes dificultades que atravesamos como humanidad, especialmente en este tiempo de pandemia, «en el que todo parece frágil e incierto» y donde «hablar de esperanza podría parecer una provocación».

“El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo”

Sentir que Dios “hace nuevas todas las cosas”

Por tanto, para Francisco, vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, «somos testigos del tiempo nuevo» en el que Dios “hace nuevas todas las cosas”.

Pero… ¿Dónde encontrar esa esperanza? Precisamente «en el recogimiento y el silencio de la oración«, que es donde -dice el Pontífice- se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: «Por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura».

Caridad vivida tras las huellas de Cristo

Como último punto de su mensaje, centrándose siempre en el proceso de conversión al que estamos llamados a vivir como cristianos en esta Cuaresma, el Papa destaca la caridad, «vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona»,  ya que se trata de  la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

“La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión. La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad”

«Y así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez», añade el Sucesor de Pedro indicando que vivir una Cuaresma de caridad «quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19».

Antes de finalizar, Francisco recuerda que cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar.

«Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre», concluye el Santo Padre pidiendo a la Virgen María, «Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia», que nos sostenga con su presencia solícita, y que nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

*El mensaje del Papa está firmado en Roma, San Juan de Letrán, el 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.

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VI Domingo del Tiempo Ordinario- Ciclo B (Liturgia del 14-2-2021)

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Primera lectura

El leproso vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento

Levítico 13, 1-2. 44-46

El Señor dijo a Moisés y a Aarón:  Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca una llaga como de lepra, será llevado ante el sacerdote Aarón, o ante uno de sus hijos sacerdotes.

Se trata de un leproso: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza.

El enfermo de lepra andará con la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y gritando: «¡Impuro, impuro!».  Mientras le dure la afección, seguirá siendo impuro. Es impuro y vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.

 Salmo responsorial

Salmo 31, 1-2. 5. 11

R. / Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.

  • Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito y en cuyo espíritu no hay engaño. R /
  • Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: Confesaré al Señor mi culpa, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado R /.
  • Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo los de corazón sincero. R /

Segunda lectura

 Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo

Primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 31 ― 11, 1

Hermanos:

Ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios.

No deis motivo de escándalo ni a judíos, ni a griegos, ni a la Iglesia de Dios; 33 como yo, que procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven.

Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo.

Evangelio

La lepra se le quitó, y quedó limpio

Evangelio según  San Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme».

Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.  Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés».

Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

Comentario bíblico de Álvaro Pereira

“¡Impuro, impuro!”. Era el grito obligado —y desgarrador— que el leproso, harapiento y despeinado, debía ir clamando para que todos se alejaran de él, según la ley de Moisés en el Levítico (primera lectura). El judaísmo posterior siguió tratando con mucha dureza a estos enfermos, considerándolos cadáveres vivientes. De hecho, el contacto físico con ellos producía la misma impureza que el contacto con un difunto (cf. Flavio Josefo, Contra Apión 1, 281).

En el evangelio de hoy, un leproso comete la osadía de acercarse a Jesús y suplicarle: “si quieres, puedes limpiarme”. Jesús se enfrenta a un hombre que vive entre la soledad radical y una fe valiente que le hace buscar al nuevo Maestro de Galilea. A continuación, el evangelio expresa una emoción profunda Jesús. El grito del leproso le desgarra el corazón. Los manuscritos atestiguan dos versiones. En unos, se dice que Jesús “se compadeció”; en otros, que “se encolerizó”, indignado por el poder de le enfermedad que tenía esclavizado al leproso. Compadecido del hombre y enfurecido con la enfermedad, Jesús decide curarlo, pero, antes, realiza un gesto desconcertante: “lo tocó”. Jesús corre el riesgo de contraer la impureza ritual tocando al leproso. Sin embargo, no es su impureza la que pasa a Jesús, sino la pureza de Jesús la que pasa al hombre. Así pues, Jesús no solo lo cura físicamente, también lo incluye socialmente y, a continuación, lo restaura religiosamente.

Puesto que alguien podría pensar que el Maestro había infringido la Ley, Jesús le manda que vaya a presentarse al sacerdote, como mandaba el Levítico 14. Así muestra su obediencia a la Ley de Moisés. Jesús no viene a abolir la Ley, sino a darle plenitud.

Al final, la exclusión social del hombre pasa paradójicamente a Jesús. Aquel muerto en vida, excluido de toda relación, ya curado extiende por todos lados la buena nueva de Jesús; y el Maestro, en cambio, ya no puede entrar en ningún pueblo, como antes le sucedía al leproso. Jesús se está aventurando en el peligroso terreno de la impureza. La muerte comienza a asediarlo…

Preguntas:

  1. Al igual que aquella sociedad excluía al leproso, ¿a quiénes excluye hoy nuestra sociedad? ¿Reaccionamos como Jesús?
  2. Siente la cercanía de Jesús. Tú quizás también te sientes a veces impuro, pecador y excluido. Jesús se intercambia por ti. Él murió por ti para que tú tengas vida.
  3. San Pablo dice en la segunda lectura que todo lo que hagamos sea “para la gloria de Dios”. ¿Buscas con tus acciones la gloria divina o la tuya personal?

Lecturas de la semana ( VI semana del Tiempo Ordinario. II semana del Salterio)

  • Domingo 14. VI Domingo del tiempo ordinario. Colecta de la Campaña contra el hambre en el mundo.
  • Lunes 15 . Gn 4, 1-15. 25; Sal 49; Mc 8, 11-13
  • Martes 16. Gn 6, 5-8; 7, 1-5 -10; Sal 28; Mc 8, 14-21

Tiempo de Cuaresma

  • Miércoles 17. Miércoles de Ceniza. Jl 2, 12-18; Sal 50; 2Cor 5,20- 6,2; Mt 6, 1-6. 16-18. (Ayuno y abstinencia.)
  • Jueves 18. Jueves después de Ceniza. Dt 30, 15-20; Sal 1; Lc 9, 22-25
  • Viernes 19. Is 58, 1-9; Sal 50; Mt 9, 14-15. (Abstiencia)
  • Sábado 20. Is  58, 9-14; Sal 85; Lc 5, 27-32.

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San Mateo de Lucena sufragará la restauración de sus tres portadas

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San Mateo de Lucena sufragará la restauración de sus tres portadas

El proyecto cuenta con un presupuesto de 56.956,27 euros. El tiempo estimado para la ejecución de los trabajos de restauración es de 4 meses

La Comisión de Patrimonio de la Delegación de Cultura y Patrimonio Histórico ha aprobado la autorización para el proyecto de conservación y restauración de las tres portadas de Iglesia de San Mateo en Lucena; en concreto, la Portada principal, Puerta de San Miguel Arcángel y Puerta de la Umbría dedicada a la Virgen con el Niño, según ha informado la delegada, Cristina Casanueva.

La financiación del proyecto correrá íntegramente a cargo de la Parroquia de San Mateo Apóstol, cuya feligresía se ha mostrado muy implicada en la conservación de su patrimonio y ha colaborado con sus aportaciones hasta cubrir el 100% del presupuesto de la intervención.

Los sillares y elementos decorativos de piedra arenisca que componen las portadas se encuentran en mal estado, y presentan patologías derivadas de agentes como el agua, sales, factores climáticos, contaminantes o atmosféricos.

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Cientos de peticiones de oración por los enfermos llegan al Santuario del Saliente

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La Jornada Mundial de Oración por los Enfermos, celebrada cada once de febrero en la conmemoración de las apariciones de Lourdes, ha tenido un relieve especial durante la presente pandemia. Desde el Santuario Diocesano del Saliente, enclavado en la villa de Albox que ha sufrido tanto durante esta tercera oleada del Covid-19, se ha lanzado una iniciativa por los enfermos que ha ido más allá del perímetro sanitario.

El responsable de comunicación, D. Francisco José Castillo Caparrós, lo explica así: «Desde el inicio de la pandemia, mediante llamadas o a través de nuestras redes sociales, hemos recibido muchas peticiones de oración por los enfermos. Por eso, esta Jornada Mundial de los Enfermos tenía que ser muy especial para pedir a la Pequeñica por todos ellos. De esta forma lanzamos la iniciativa Salus Infirmorum, donde nos envían los nombres de los enfermos por los que ofrecemos la Santa Misa. Incluso han llegado de Argentina.» Otro miembro del Santuario que ha colaborado mucho en esta iniciativa, Dª Aurora Conchillo Jiménez, comparte sus vivencias: «Lo más me ha llegado es que, a pesar de la preocupación por sus seres queridos enfermos, experimentan una ilusión especial cuando les decimos que vamos a ponerlos en manos de la Pequeñica. Es un regalo de la Virgen poder regalar esa esperanza».

En la primera Santa Misa por los Enfermos se concentraron cientos de peticiones y nombres, con sus historias de sufrimiento y esperanza detrás. «En este valle de lágrimas de la pandemia, Nuestra Señora aboga por nosotros y vuelve a mostrarnos a su Hijo. Enciende una luz en esta noche oscura. Aunque continuamos caminando por sombras de muerte, la luz de Cristo orienta nuestro camino. Su cálida luz nos permite distinguir los contornos de este laberinto. Él encamina nuestros pasos hacia nuestro verdadero destino eterno, que es la Gloria».

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Arranca una nueva edición de la Semana de Cine Espiritual en Huelva

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El Colegio Diocesano Sagrado Corazón de Jesús acogerá, la mañana del lunes 15 de febrero, el acto de apertura de la IV Semana de Cine Espiritual en la Diócesis de Huelva, acto presidido por nuestro Obispo. Es una iniciativa de la Delegación para la Educación, el Secretariado de Pastoral Juvenil y el Departamento de Comunicación de la Diócesis de Huelva con la colaboración de Cines Aqualón.

Un año más, se pone en marcha la IV Semana de Cine Espiritual que tendrá lugar entre los días 15 al 25 de febrero. Una edición que viene condicionada por la pandemia que estamos sufriendo, pero que en modo alguno supondrá dejar de realizar algo que tanto bien hace, especialmente a los alumnos de los colegios participantes. Por un lado, por el fin educativo que cumple esta iniciativa y, por otro, por el gesto solidario que supone al tener como beneficiaria a Cáritas Diocesana a la que se aportó un donativo de 4.156 € en la pasada edición.

La Semana de Cine Espiritual en una edición anterior

Con el lema “Testigos de esperanza“, se quiere hacer una llamada a la fe desde el compromiso evangelizador, dando respuesta a través del cine a esta situación inesperada, de incertidumbre, angustia, soledad y sufrimiento que estamos viviendo a lo largo de este año.

Para poder llevar a cabo la IV Semana de Cine Espiritual, teniendo en cuenta las limitaciones de movilidad, este año en vez de ir al cine, será el cine el que se acercará a la escuela. En esta ocasión las películas serán visionadas a través de la plataforma web salavirtualdecine.com proyectadas en las pizarras digitales de las aulas.

Los participantes aportarán un donativo de dos euros, para sufragar los gastos de proyección y colaborar con Manos Unidas y Cáritas Diocesana de Huelva. Además, como es costumbre, a los profesores se les hará llegar una guía en pdf para trabajar con los alumnos el contenido de las películas.

Más de 1500 alumnos participarán de esta edición que cuenta con interesantes títulos: Remí, El progreso del Peregrino, Mi hermano persigue dinosaurios, Corre como una chica, Especiales, Uno para todos, Los Rodríguez y el más allá y Fabulandia para los más pequeños.

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Celebración del Miércoles de Ceniza en la Diócesis de Cádiz y Ceuta

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Próximos al tiempo de Cuaresma nos disponemos a celebrar el 17 de febrero el Miércoles de Ceniza.

En Cádiz, la celebración tendrá lugar a las 19.00 horas, en la Catedral de Cádiz, presidida por el obispo diocesano, Mons. Rafael Zornoza, y concelebrada por el Cabildo Catedral. Debido a las circunstancias derivadas de la pandemia el aforo quedará limitado al 30%.

Por su parte, en Ceuta, la celebración del Miércoles de Ceniza tendrá lugar en la Catedral de la Asunción, a las 9.30, 19.00 y 20.00 horas, estas dos últimas presididas por el deán, P. Francisco Jesús Fernández Alcedo. Además, la misa de las 20.00 horas será para el Consejo Local de Hermandades y Cofradías, que aprovechará la celebración para presentar el cartel de la próxima Semana Santa. El aforo máximo permitido en todas será de 75 personas.

Cabe recordar que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha modificado el rito del Miércoles de Ceniza adaptándose a este tiempo de coronavirus. El documento, titulado Imposición de la ceniza en tiempo de pandemia, explica que una vez “pronunciada la oración de bendición de las cenizas y después de asperjarlas, sin decir nada, con el agua bendita, el sacerdote se dirigirá a los presentes, diciendo una sola vez y para todos los fieles, la fórmula del Misal Romano: «Convertíos y creed en el Evangelio», o bien: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». Tras ello, el sacerdote se limpiará las manos y se pondrá la mascarilla para proteger la nariz y la boca. Posteriormente, impondrá la ceniza a cuantos se acercan a él o, si es oportuno, se acercará a los fieles que estén de pie, permaneciendo en su lugar. Asimismo, el sacerdote tomará la ceniza y la dejará caer sobre la cabeza de cada uno, sin decir nada”.

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Cristo de la Corona. Parroquia del Sagrario (Sevilla)

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Cristo de la Corona. Parroquia del Sagrario (Sevilla)

La próxima semana comienza una nueva Cuaresma con la celebración del Miércoles de Ceniza, tiempo de conversión en el que se nos invita a abrazar nuestras cruces a ejemplo de Cristo. Por ello, nos detenemos ante el devoto Cristo de la Corona, que presidirá este año el Viacrucis de las Hermandades y Cofradías de Sevilla.

Esta imagen de Cristo abrazando la cruz sobresale por su gran unción, así como por su belleza y calidad. Se trata de una obra manierista de autor desconocido en madera policromada, fechable en el último tercio del siglo XVI, por lo que, como indica el investigador Carlos José Romero Mensaque, se trata de una de las imágenes pasionistas más antiguas de nuestra ciudad de entre las que procesionan.

Presenta la devota iconografía de Cristo abrazando la cruz camino del Calvario, con una amplia zancada que le hace adquirir acusada movilidad acorde con el misterio que representa, subrayado igualmente dicho dinamismo por los amplios pliegues que presenta la túnica, la cual queda recogida en su cintura con una gruesa soga que aporta dramatismo al conjunto. Como indican Emilio Gómez Piñol y Mª Isabel Gómez González, en esta imagen se pueden descubrir “rasgos formales arcaicos” especialmente visibles en el plegado de la túnica, “que evoca claramente rígidos linealismos medievales” pero “conjugados con una renovada concepción anatómica”.

Jesús abraza la cruz, la cual se apoya en su hombro derecho lo que motiva que su cabeza se gire hacia la izquierda y dirija su dulce mirada hacia el fiel que lo contempla, logrando así que la imagen establezca una relación con el espectador quien, según el profesor Roda Peña, adquiere así el papel de la Mujer Verónica a quien Cristo muestra su verdadero rostro.

La primera representación de Jesús con la cruz a cuestas en nuestra Archidiócesis es el relieve del grandioso retablo mayor de la Catedral, obra tallada entre 1508 y 1526 por Jorge Fernández Alemán, en el que se muestra a Cristo sosteniendo la cruz por el stipes o travesaño largo. Precisamente de esta manera, abrazando la cruz, comenzó el arte cristiano a representar a Cristo camino del Calvario desde el siglo IV hasta el XV. La primera escultura exenta de esta iconografía en Sevilla puede ser el Nazareno que se conserva en la clausura del Convento de la Encarnación de Sevilla, fechable a mediados del siglo XVI y realizado en piedra. Contemporáneo al Cristo de la Corona es el que se encontraba en el coro del Convento de la Concepción de Carmona, hoy en el Convento de las Concepcionistas de Mairena del Aljarafe, obra de Gaspar del Águila de 1573, mientras que el Nazareno de las Fatigas, de la Parroquia de la Magdalena de Sevilla, puede fecharse hacia 1600.

Basadas en estampas y grabados de origen alemán, en estas imágenes de Cristo que abraza la cruz pudo tener gran influencia el fresco que el Cabildo de la Catedral encarga al pintor Luis de Vargas en 1561, el llamado Cristo de los Ajusticiados para ser colocado en las gradas altas, en la calle Alemanes, sobre el actual acceso a la Biblioteca Colombina.

El Cristo de la Corona fue titular de una hermandad aprobada en 1631 cuya misión era la de dar culto a una reliquia de la corona de espinas de Cristo que se conservaba en la Catedral de Sevilla. La veneración a la corona de Cristo se remonta según la tradición al año 1239 en que el rey Luis IX de Francia, San Luis, la trajo de Tierra Santa a Paris, para la cual se construye la Sainte Chapelle, conservándose en la actualidad en Notre Dame, de donde pudo ser salvada en el incendio de 2019. A Sevilla llega una espina de la Corona a fines del siglo XVI, siendo donada a la Catedral por el arzobispo Rodrigo de Castro en 1590.

La contemplación de Cristo abrazado a la cruz guarda un alto simbolismo de gran contenido teológico al mostrarnos de manera visible la aceptación voluntaria por parte del Hijo de Dios de la entrega de Su vida por todos nosotros para conseguirnos así la salvación y el perdón de nuestros pecados. Del mismo modo, de alguna manera preanuncia la resurrección, ya que se nos muestra a Cristo sosteniendo la cruz como si se tratara de una enseña que pregona su victoria sobre la muerte y el pecado, perdiendo su carácter de instrumento de tortura para convertirse en el trono del Hijo de Dios glorioso. Así, con el horizonte de la Pascua, nos invita a todos nosotros a abrazar también nuestras cruces con la esperanza de la resurrección del Señor que ilumina y llena de sentido todo sufrimiento. Por ello, como nos recuerda el Papa Francisco, “la cruz de cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados”.

Antonio Rodríguez Babío, delegado diocesano de Patrimonio Cultural

Fotografías de Daniel Villalba Rodríguez.

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Consejo presbiteral: sesión constitutiva y primera reunión – 11 de febrero de 2021

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SESIÓN CONSTITUTIVA Y PRIMERA REUNIÓN DEL CONSEJO PRESBITERAL
Vea también:
consejo prebiteral 2021
El jueves, 11 de febrero de 2021 en el Centro de Pastoral de Tafira, bajo la presidencia del Obispo de Canarias, Mons. José Mazuelos,  quedó constituido el nuevo Consejo Presbiteral de esta Diócesis de Canarias, después de realizadas las elecciones que establecen sus Estatutos.
Este Consejo estará formado por los miembros natos: Vicarios Generales, Vicario Judicial, Vicarios Episcopales, Canciller, Deán de la Catedral, Rector del Seminario, Director del Instituto Superior de Teología, Delegado del Clero y Delegado para la Vida Religiosa.
Consejo presbiteral
Además de 21 miembros elegidos uno por cada arciprestazgo, dos sacerdotes  no adscritos a ningún arciprestazgo, dos sacerdotes religiosos, un sacerdote jubilado y tres de libre designación episcopal.

¿QUÉ ES EL CONSEJO PRESBITERAL?

Consejo Presbiteral

Derecho Canónico

De novedosa y obligada constitución, según manda el Código de Derecho canónico, el Consejo Presbiteral (CPR) se prevé como un grupo de sacerdotes que es como el senado del obispo, en representación del presbiterio, cuya misión es ayudar al obispo en el gobierno de la diócesis conforme a la norma de Derecho (c. 495, 1). Si se observa, aunque no incluido de modo expreso en la definición de Curia Diocesana dada por el propio legislador, se acerca indudablemente a ella (c. 469).

Es una asamblea representativa de todo el presbiterio diocesano al completo, mediante la que se pretende que el obispo diocesano conozca la opinión de los clérigos sobre un asunto determinado, bien por su propia iniciativa, bien a instancia del grupo previa aprobación del prelado (c. 500, 1), bien cuando así lo determine el Derecho (c. 495, 1).

El CPR emite únicamente voto consultivo (c. 500, 2) en los supuestos más arriba enunciados; sin embargo, resulta también necesario su consentimiento, sin el que no puede proceder el diocesano, en aquellos casos expresamente establecidos por el Derecho y siempre el obispo debe oírlo cuando se trate de asuntos de mayor importancia, recaigan sobre la materia que fuere (c. 500, 2).

Muy unido al Consejo Presbiteral, está el Colegio de Consultores.

Colegio de Consultores: de entre los miembros del Consejo Presbiteral, el Obispo elige un mínimo de seis personas para formar el Colegio de Consultores.

Características y funciones:

-el administrador necesita su consenso para (después de un año de ausencia de obispo en la diócesis) proceder a la incardinación y excardinación (c. 272).

-En temas especiales de nombramiento de obispo diocesano o coadjutor (c. 377, 3) tiene que recibir la carta apostólica en la posesión del nuevo obispo (c. 382).

-En caso de sede impedida elegir un sacerdote para regir la diócesis (c. 413).

-En caso de sede vacante elegir un administrador diocesano (c. 421), y si renuncia, elegir otro (c. 421).

-Informar a la Santa Sede del fallecimiento del obispo (c. 422).

-El administrador diocesano (no el obispo) necesita su consentimiento para remover al canciller o notario de la curia (c. 485).

-Debe ser escuchado para el nombramiento de obispo o su remoción (c. 485, 2).

-Recibe la profesión de fe del administrador diocesano (c. 833, 4).

– El administrador diocesano debe tener su consentimiento para poderse ordenar sacerdotes seculares (c. 1018, 1).

-Debe ser escuchado por el obispo para la administración canónica de una cierta suma de dinero (c. 1277) y para la alienación de bienes (c. 1292).

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«De la lepra a la impureza; de la exclusión a la acogida». Comentario a las lecturas del Domingo VI Tiempo Ordinario – B

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FOTO: Jesús limpia al leproso, Techo de mosaico (detalle), Ejecutado en el siglo XII, © Catedral de la Asunción, Monreale, Sicilia.

Las lecturas de este domingo, aparentemente, tratan de temas lejanos, superados y ajenos a nuestra sociedad moderna como son la lepra y la impureza, situados en el marco del Templo de Jerusalén y del sacerdocio levítico. Sin embargo, en un nivel más profundo, ponen de manifiesto cuestiones siempre actuales como son la enfermedad –a veces convertida en tema tabú−, el rechazo de la comunidad y la exclusión.

La lepra, más que cualquier otra enfermedad, representa el mal del cual es necesario ser purificado más que curado. Dentro de las cuestiones rituales (Lev 13−14), la lepra era causa de impureza ritual. Los afectados por ese tipo de erupciones quedaban excluidos de la convivencia comunitaria y tenían que vivir fuera de las ciudades (cf. Éx 4,6; Lev 13,45-46; Núm 5,2-3). El miedo al contagio, que ha rebrotado en tiempos recientes, no diferencia entre la enfermedad y el enfermo; entre la bacteria o el virus y quien lo porta. De esta manera, el rostro del prójimo se desdibuja, escondido en una amalgama de miedos, inseguridades y desconfianzas, que se encuentran en el “sano”, más que en el “enfermo”. De este modo, la salud y la enfermedad se invierten: es posible que el que está médicamente sano, en realidad, se encuentre más enfermo que quien clínicamente sufre una patología. Ante esta inversión de la realidad cabe preguntarse ¿quién es más vulnerable? ¿el sano o el enfermo?

Después de las curaciones de Jesús presentadas por Marcos en la jornada de Cafarnaúm (Mc 1,21-38), sorprende el encuentro con el leproso (Mc 1,40-45; cf. Mt 8,1-4; Lc 5,12-16), que no podía acercarse a la ciudad, ni interactuar con otras personas. Este punto de partida es ya una revelación: Jesús no excluye a nadie; el Evangelio llega a todos.

La cuestión planteada por el evangelista no se sitúa en la curación, sino en la purificación: «Si quieres, puedes purificarme». El problema, tal y como es planteado por un hombre que suplica de rodillas, no es la enfermedad de Hansen, como se conoce la lepra en ámbitos médicos, sino la purificación, más aún, la exclusión que conlleva una bacteria. Las bacterias no siempre causan enfermedades, es más, muchas veces protegen al organismo contra otras infecciones. Sin embargo, algunas enfermedades causan siempre un rechazo, no solo por el contagio, sino porque el hombre, ante el sufrimiento y la debilidad, prefiere girarse, tomar otro camino o mirar para otro lado. El reducido tamaño de una bacteria (¡los virus son todavía más pequeños!) oculta el rostro del hombre, escondiendo la humanidad. No es de extrañar que sea más fácil ver la bacteria en el prójimo que la viga que hay en el propio ojo (cf. Mt 7,3).

Volviendo al relato del evangelio, después de la imposición de silencio, Jesús indica positivamente lo que debe hacer. A través de la presentación al sacerdote se podrá reconocer la actuación del Salvador. Para la sensibilidad judía, la curación de la lepra es una victoria escatológica. Para los lectores cristianos, en una segunda lectura, la curación y la purificación se comprenden como la reincorporación en la comunidad, mediante el anuncio de la liberación en Cristo y la obediencia de la fe. El gesto de Jesús al tocar al leproso tiene un efecto inmediato, no solo terapéutico. Jesús sana y rompe la barrera de separación que la enfermedad y la impureza ritual crearon en torno al hombre leproso y arrodillado. Incluso antes de que sea readmitido oficialmente en la comunidad experimenta la cercanía y la aceptación del que quiere que quede limpio.

La curación no significa nada hasta que la sociedad no la reconozca como purificación. El individuo solo vive plenamente a partir del momento en que se reintegra a la comunidad. De esta manera, se ofrece una pauta de actuación: pasar de la exclusión −por causas minúsculas− a la acogida; anunciar −desde nuestra pequeñez− la alegría del Evangelio.

Isaac Moreno Sanz,
Dr. en Teología Bíblica y párroco de San Juan del Puerto

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La diócesis celebra hoy la dedicación de la S.I. Catedral

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Hoy viernes, 12 de febrero, se celebra litúrgicamente la Dedicación de la Santa Iglesia Catedral de Huelva. Es el aniversario de su consagración, que hizo Monseñor Rafael González Moralejo el 12 de febrero de 1977, tras la restauración que se le hizo después del terremoto de 1969, que dañó de forma importante a la seo onubense. Cada año, en este día, la Iglesia de Dios que camina en Huelva, celebra su conmemoración.

Esta fiesta litúrgica viene a recordarnos la importancia de la Iglesia Catedral, como madre de todas las iglesias de la Diócesis. Es el lugar donde el Obispo nos preside en la caridad, su iglesia propia. La Catedral, además, es el espejo donde se tienen que mirar todas las asambleas litúrgicas de la Diócesis, de ahí que una catedral requiera una atención especial a la celebración de la liturgia. Ese es el cometido del Cabildo de canónigos que, más allá de ser algo obsoleto como piensan algunos, es una institución diocesana que tiene la misión de hacer presente a la Iglesia local que ora incesantemente, que alaba a Dios y que celebra sus grandezas en la liturgia. Porque la catedral es “signo de aquel templo espiritual, que se edifica en las almas y que resplandece por la magnificencia de la gracia divina, según dice el Apóstol Pablo: “Vosotros sois templo de Dios vivo” (2 Co 6. 16)” (Pontifical Romano, 43).

En ella tienen su espacio las principales celebraciones de la Iglesia diocesana: las solemnidades, las ordenaciones sacerdotales, el bautismo de los adultos, las celebraciones jubilares en los años santos, la Misa Crismal,  el Triduo pascual y el Corpus Christi, la función principal de la Patrona, etc… Lógicamente, la celebración litúrgica del 12 de febrero en nuestra Diócesis, nos está señalando algo más, más allá del edificio material donde está constituida la catedral onubense, una antigua iglesia conventual de época barroca muy unida a la historia de la vieja Huelva y fundación de los Duques de Medinasidonia. Esta fiesta, lo profundo de ella, nos pone frente a la realidad del significado de un templo, su razón de ser, que no es otra que la de albergar a la verdadera Iglesia, a los verdaderos templos de Dios. Como decía Monseñor González Moralejo  en la Misa de la dedicación en 1977: “celebrar esta fiesta de la consagración del templo catedralicio (…) no es un simple hito histórico y externo, un mero acontecimiento visible, sino que se ennoblece por su significado interior y exige de nosotros una respuesta de fe, de vida cristiana. El templo es casa de oración, lugar de reencuentro con Dios”. En definitiva, celebrar la dedicación de la iglesia catedral es renovar nuestra consagración bautismal, porque si el verdadero templo de Dios es Cristo, nosotros somos, por el bautismo, templos de Dios.

 Merece la pena pararse a pensar en todo lo que nos está “hablando” la catedral, mirando los lugares destacados de la misma: el altar de piedra, símbolo de Cristo, la piedra angular de la Iglesia diocesana, presidida por su Obispo, que en el mismo ofrece el Sacrificio de la Misa; el ambón o lugar de proclamación de la Palabra, alimento y nutriente del pueblo de Dios que camina en esta Iglesia local; y la cátedra, que da nombre a la iglesia madre de la Diócesis: desde ella se nos “explican las Escrituras” y desde el altar y el ambón se “nos parte el pan” de la Palabra y el del Cuerpo de Cristo. El Obispo, desde esos lugares físicos ejerce su ministerio como liturgo y maestro en la Iglesia diocesana. De esa fuente o manantial (cátedra y altar) mana un surtidor que llega hasta la vida eterna. Si bien es verdad que ese ministerio episcopal lo ejerce el Obispo desde cualquier lugar o templo de la Diócesis, la iglesia catedral es el referente, la casa común de los seguidores de Cristo en estas tierras de Huelva. Esta fiesta litúrgica viene a hacer realidad lo que en el Pontifical Romano se dice:  “Incúlquese en el ánimo de los fieles, por los medios más oportunos, el amor y la veneración hacia la iglesia catedral. Para esto es muy conveniente la celebración anual de su dedicación, como también las peregrinaciones que los fieles, distribuidos por parroquias o por regiones de la diócesis, hacen a ella para visitarla con devoción” (nº 45). De alguna manera, la celebración de la dedicación en las iglesias de la Diócesis, nos viene a entroncar con la iglesia madre, con esa casa de comunión con el Pastor y con la Iglesia local.

 Como al final todo en la liturgia nos habla de realidades profundas que no podemos ver, esta fiesta nos invita a vivir nuestra consagración como templos de Dios. En el templo material, especialmente en la iglesia catedral, se hace verdad lo que se proclama en la oración de dedicación: “Que los pobres encuentren aquí misericordia, los oprimidos alcancen la verdadera libertad, y todos los hombres sientan la dignidad de ser hijos tuyos, hasta que lleguen, gozosos, a la Jerusalén celestial”. Porque en el templo, en la iglesia la catedral, se celebran los misterios de la fe, con el Obispo y su clero a la cabeza, especialmente el Sacrificio eucarístico, verdadero manantial que nos vivifica y nos hace caminar con la Iglesia diocesana, que evangeliza, celebra y testimonia para alabanza de Cristo el Señor.

 Juan de Robles

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