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20 al 22 FEBRERO. Los encuentros de Monaguillos, Menor y Samuel se unen

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El fin de semana del 20 al 22 de febrero se reúnen en el Seminario Diocesano tres citas organizadas por la Delegación de Pastoral Vocacional y el Seminario: el encuentro de monaguillos, el Seminario Menor y el Encuentro Samuel.

Encuentro de Monaguillos

Organizado por el Seminario, en colaboración con la Delegación de Pastoral Vocacional, el encuentro tendrá lugar el sábado 21 de febrero, de 10.00 a 15.00 horas.

Está dirigido a chicas y chicos de entre 9 y 14 años.

Durante la mañana tendrán momentos de oración, dinámicas y juegos. «Una buena oportunidad para pasar una mañana de convivencia conociendo a chicas y chicos de otras zonas de la diócesis que están realizando su mismo servicio», explica el delegado de Pastoral Vocacional, Juan Baena. 

Seminario Menor y Encuentro Samuel

Del 20 al 22 de febrero se celebrará la próxima convivencia del Seminario Menor, dirigida a chicos de entre 14 y 18 años con inquietud por la vocación sacerdotal. La convivencia comenzará el viernes 20 a las 20.00 horas y concluirá el domingo con la celebración de la Eucaristía, a las 16.30 horas, junto a las familias.

El sábado 21 se unirán los participantes en el Encuentro Samuel, dirigido a chicos también con inquietud vocacional al sacerdocio pero con edades comprendidas entre 10 y 14 años. estas convivencias tienen lugar cada dos meses, conincidiendo con el Seminario Menor. Comenzarán el sábado, a las 10.00 horas y concluirán el domingo con el Menor. 

Para participar en dichas actividades, han de ponerse en contacto con la Delegación de Pastoral Vocacional, escribiendo al correo vocacional@diocesismalaga.es o llamando al 650 25 33 61 (Juan Baena). 

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Los catequistas de Fuengirola-Torremolinos, llamados a cosas grandes

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«Llamados a cosas grandes» fue el lema del encuentro que reunió a 120 catequistas procedentes de las parroquias que conforman el arciprestazgo de Fuengirola-Torremolinos, el sábado 24 de enero, en el IV Encuentro de Formación de Catequistas, guiado por el jesuita Javier Bailén.

«Fue una mañana de ilusión, renovación y fortalecimiento de la tarea evangelizadora de los catequistas de la zona. Reunidos 120 personas reflexionando sobre la prioridad en la catequesis del Primer anuncio y la importancia de crear procesos de acompañamiento y de ser acompañados», explica el delegado de Catequesis, Gonzalo Martín, párroco de Benalmádena-Costa. 

Bajo el lema «Llamados a cosas grandes», «el sacerdote Javier Bailén SJ, nos animó a continuar nuestra tarea evangelizadora desde nuestra fragilidad, sabiendo que el Espíritu Santo nos sigue fortaleciendo», añade Gonzalo.

En el encuentro participaron un gran número de sacerdotes del arciprestazgo que acompañaban a sus catequistas. Los participantes regresaron a sus parroquias «cargados de una ilusión nueva por anunciar el amor de Dios a todos los niños, jóvenes, adultos y familias, que son los destinatarios de nuestra acción evangelizadora. Con nueva ilusión y herramientas para acompañarlos desde procesos de encuentro con Jesucristo», concluye el delegado.

En sus redes sociales, el sacerdote Javier Bailén SJ agradecía el encuentro con las siguientes palabras: «Hoy he tenido la inmensa suerte de compartir la mañana con más de 100 catequistas del arciprestazgo de Fuengirola–Torremolinos. Hemos hablado de la Evangelización hoy en día, del “Primer Anuncio”, de volver a lo esencial, y de la vocacion del catequista: no como una tarea más, sino como una llamada que nace del encuentro con Jesús. He visto corazones disponibles, manos abiertas y una fe que sigue creyendo que merece la pena anunciar el Evangelio, incluso —o precisamente— en medio de las dificultades de hoy. Doy gracias a Dios por cada catequista que, muchas veces en silencio, sigue sembrando esperanza, acompañando procesos y creyendo en las personas. Gracias a @sanjose_fuengirola y todas las personas que han organizado y acompañado el encuentro. Con vosotros, sin duda, la Iglesia tiene presente y futuro». 

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Vigilia de oración y Eucaristía en la jornada contra la trata de personas

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El 8 de febrero, en la festividad de santa Josefina Bakhita, la Iglesia en todo el mundo está convocada a unirse en oración y reflexión contra la trata de personas. El lema elegido para este año es «La paz comienza con la dignidad», un llamamiento mundial para poner fin a la trata de personas.

Con este motivo, las religiosas Adoratrices, que trabajan en Málaga con mujeres víctimas de trata, junto a la Delegación de Migraciones de la diócesis, invita a participar en la vigilia de oración, que tendrá lugar el jueves 5 de febrero, a las 20.00 horas, en la Capilla del Colegio de las Adoratrices, que se encuentra en calle Cristo de la Epidemia, 79.

El domingo 8 de febrero, a las 18.30 horas, el vicario para la Acción Caritativa y Social presidirá la Eucaristía con motivo de esta jornada, en la Catedral de Málaga

Con el lema de la jornada, el equipo coordinador de este año: Talitha Kum de Roma, nos recuerda las palabras del papa León XIV cuando afirma que la verdadera paz es amable y humilde, nace del amor y se mantiene donde se defiende la dignidad humana. La trata niega la dignidad de la persona, no es reconocida en su dignidad porque es cosificada, utilizada como objeto para un fin. Esta negación de la dignidad destruye la paz de las comunidades, pero nosotros creemos que merece la pena seguir trabajando por la dignidad y la paz, porque miramos y reconocemos al otro como un hermano, una hermana, hijos de Dios, creados a su imagen.

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Mons. Saiz en el funeral por las víctimas de los accidentes ferroviarios: «La Iglesia hoy quiere, ante todo, estar junto a los que lloran»

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Mons. Saiz en el funeral por las víctimas de los accidentes ferroviarios: «La Iglesia hoy quiere, ante todo, estar junto a los que lloran»

El pasado 18 de enero tuvo lugar en el término municipal de Adamuz (Córdoba) un accidente ferroviario que se cobró las vidas de 45 personas. Dos días después, la noche del martes 20 de enero, el maquinista sevillano en prácticas Fernando Huerta fallecía víctima del accidente que afectó a un tren de cercanías en Gelida (Barcelona). Hoy, la catedral de Sevilla ha acogido la misa funeral por las víctimas mortales de ambos accidentes, que ha presidido el arzobispo, monseñor José Ángel Saiz Meneses.

La corporación municipal, los consejeros de Cultura, Turismo y Sostenibilidad, el presidente de la Diputación y el subdelegado del Gobierno en Sevilla, entre las autoridades asistentes a la misa funeral que acogió el templo metropolitano hispalense.

Al comienzo de su homilía, don José Ángel ha enviado un saludo especial a los familiares de Fernando Huerta, “a los hermanos de la Macarena y a los representantes del Sevilla Fútbol Club”. El fallecido era un miembro activo de la corporación de la Madrugada y un reconocido seguidor del club de Nervión.

“Ante una tragedia tan grande no es fácil pronunciar palabras”. De esta forma ha comenzado su homilía, subrayando que “cuando la herida está abierta, cuando la ausencia es tan dolorosa, cuando nos invade la oscuridad, es más importante y eficaz la presencia cercana, el silencio respetuoso, la oración esperanzada”. En este contexto, el arzobispo ha asegurado que la Iglesia quiere, ante todo, “estar junto a los que lloran, sostener a quienes se sienten sin fuerzas, acompañar a aquellos que no alcanzan a comprender lo sucedido”. Y hacerlo como comunidad, “porque nadie -ha añadido- debe sentirse solo”.

El arzobispo ha expresado la “condolencia más sincera” a los familiares de los fallecidos, la cercanía a los heridos y a quienes siguen convalecientes, “y nuestro abrazo a tantas personas afectadas de un modo u otro”.

Agradecimiento a cuantos han auxiliado desde el primer instante

También ha tenido palabras de gratitud a cuantos han auxiliado desde el primer instante. Y en este apartado ha mencionado a los sanitarios, las fuerzas y cuerpos de seguridad, bomberos, voluntarios, psicólogos, sacerdotes, personal ferroviario y “tantos servidores públicos que han puesto su profesionalidad y su humanidad al servicio del dolor ajeno”.

Monseñor Saiz Meneses ha recordado “el consuelo y la cercanía” del Santo Padre, que el día 19 envió un mensaje de condolencias, de solicitud y de aliento, expresando su pesar por las víctimas y su deseo de pronto restablecimiento para los heridos. “Este gesto del Sucesor de Pedro, que se hace voz de la Iglesia universal, es un bálsamo en la herida y nos recuerda que no sufrimos aislados, sino en el gran abrazo de la comunión eclesial”, ha añadido.

A lo largo de su alocución, el arzobispo ha reiterado las preguntas que solemos hacernos ante una tragedia de esta magnitud: ¿Por qué? ¿Por qué ellos? ¿Por qué ahora? ¿Por qué así? Al respecto, ha afirmado que “hay tragedias ante las que el ser humano se queda sin palabras, pero el creyente no se queda sin camino: el camino es llevar el “por qué” a Dios, sin disimulos, con lágrimas, como hicieron tantos justos en la Biblia”.

A pesar del dolor, monseñor Saiz ha señalado que “Dios no es espectador del sufrimiento, no mira desde lejos”. Al contrario, ha subrayado que “entra en nuestra historia, se acerca al corazón herido, sostiene al que ya no puede más”. “La muerte no tiene la última palabra.”, ha apuntado.

Seguidamente, ha insistido en esta idea: “Jesús no se desentiende del dolor humano. No lo contempla desde fuera. Lo asume, lo carga, lo atraviesa”. Por eso, ha afirmado que cuando hoy nosotros preguntamos por qué, “no estamos fuera de la fe. Estamos dentro del Evangelio”, ya que “la fe no es negar la herida, es mirarla con Cristo y desde Cristo”.

“No estamos celebrando hoy un homenaje”

A continuación, ha asegurado que “no estamos celebrando hoy un homenaje, ni un consuelo anímico, ni un ejercicio de memoria. Estamos celebrando la Eucaristía: el memorial de la Pascua, de la muerte y resurrección del Señor, del amor que atraviesa la muerte y nos abre a una nueva vida”.

Finalmente, ha pedido al Señor que acoja a los fallecidos en su paz, “que los lleve a la luz de su rostro, que los introduzca en la vida que no termina”, y ha recordado especialmente a Fernando Huerta Jiménez. Ha reiterado su petición por los familiares, “por los heridos, por quienes han sobrevivido con secuelas físicas o psicológicas; por quienes reviven una y otra vez el instante del horror; por los equipos de emergencia que han visto escenas durísimas; por los profesionales que han acompañado el duelo”. También por todos los participantes en la misa funeral, “para que el dolor no nos endurezca, para que la tristeza no nos encierre, para que la prueba no nos robe la fe”.

TEXTO ÍNTEGRO de la homilía del arzobispo

GALERÍA FOTOGRÁFICA del acto

 

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Sus Majestades los Reyes llegarán mañana a Huelva a las 17.55 horas para asistir a la Misa funeral

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Sus Majestades los Reyes llegarán mañana a Huelva a las 17.55 horas para asistir a la Misa funeral

Sus Majestades los Reyes de España, D. Felipe y D.ª Letizia, llegarán mañana a Huelva a las 17.55 horas para asistir a la Misa funeral por las víctimas del accidente ferroviario, que se celebrará a las 18.00 horas en el Palacio de Deportes “Carolina Marín”.

A su llegada, Sus Majestades serán recibidos por el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, en el acceso lateral del recinto, situado en la calle Honduras, donde saludarán a las personas congregadas antes de acceder al interior del Palacio de Deportes.

Con motivo de esta misa funeral, la Diócesis de Huelva,  en colaboración con el Ayuntamiento de Huelva y la Diputación Provincial, ha activado de forma coordinada un plan especial de movilidad, seguridad y de atención al público que desee sumarse a este acto religioso en memoria de las víctimas y acompañar a sus familias.

Este dispositivo ha establecido la apertura del recinto a las 16.00 horas, con el objetivo de facilitar el acceso progresivo de los asistentes y favorecer el adecuado desarrollo del acto. Por razones de seguridad, la entrada al Palacio de Deportes quedará cerrada a las 17.30 horas.

Para favorecer la llegada de los asistentes al Palacio de Deportes, el Ayuntamiento de Huelva, a través de Emtusa,  va a activar un servicio especial y gratuito de transporte urbano, operativo desde las 15.45 horas hasta el inicio del funeral y nuevamente una vez finalizada la ceremonia. Este servicio se articulará mediante tres líneas especiales de lanzadera, con salidas desde Zafra y recorridos por distintos barrios de la ciudad, con el objetivo de facilitar el acceso al recinto y reducir la presión del tráfico en la zona.

La pista principal de la instalación, donde la Diputación Provincial colocará 500 sillas, se ha reservado para los familiares de las víctimas, con el fin de garantizar su participación en condiciones adecuadas de cercanía y recogimiento.

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Conferencia en la inauguración de la Cátedra Arzobispo Juan del Río

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+José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

Universidad de Sevilla, 28-01-2026

 

Introducción: tres aniversarios y una interpelación actual

 

  • Rectora Magnifica,
  • Vicerrector de Relaciones Institucionales.
  • Director del SARUS y delegado diocesano para la pastoral universitaria
  • Director de la cátedra D. Juan del Río
  • Autoridades académicas, Profesores, Personal investigador, Personal de Administración y Servicios, sacerdotes, estudiantes.
  • Ilustrísimo Sr. Alcalde de Ayamonte,
  • Teniente Alcalde de Ayamonte.
  • Teniente Alcalde de Pilas.
  • Secretario General Ayuntamiento de Sevilla
  • Director Territorial de CaixaBank en Andalucía,
  • Responsable de Acción Social de la Fundación de CaixaBank Andalucía Occidental y Extremadura.
  • Director de la Fundación Persán.
  • Director de Cope Sevilla.
  • Hermanos Mayores y miembros de Juntas Gobiernos de Hermandades y Cofradías,

 

  • Señoras y señores.

 

La inauguración de la Cátedra Monseñor Juan del Río en la Universidad de Sevilla constituye ciertamente un acontecimiento de singular transcendencia universitaria, cultural y también eclesial. La dispersión, tan característica en nuestro tiempo, ya se trate de los lenguajes como de las concepciones antropológicas, supone una dificultad añadida para articular una visión unitaria del ser humano y de la sociedad. Por ello, en este marco, la creación de una cátedra que lleva el nombre de quien fue fundador y primer director del SARUS —servicio universitario orientado a la presencia intelectual y pastoral de la fe en la universidad— adquiere un valor que trasciende el mero homenaje biográfico, ya que se convierte en un gesto institucional que afirma la posibilidad y la necesidad de una promoción cultural de la fe, del hecho religioso, dentro del espacio académico de la razón.

El arzobispo Juan del Río Martín fue reconocido por su compromiso sostenido en la formación universitaria y la proyección cultural del cristianismo, articulado mediante programas estructurados de formación, congresos especializados y múltiples iniciativas pastorales. En esa rica constelación de ideas, proyectos y acciones latía una intuición de fondo: la convicción de que la fe no puede permanecer confinada al ámbito de lo privado, sino que está llamada a convertirse en inteligencia compartida, en diálogo con la cultura y en servicio al bien común. Pues donde el pensamiento se encuentra con la existencia concreta —ya sea en la universidad, en la sociedad, o la vida pública—, la fe ilumina a la razón y la eleva a alcanzar su verdadera dignidad, y dota al lenguaje de capacidad para construir, proponer y discernir.

La conmemoración sucesiva del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, que tuvo lugar el 18 de julio de 1323, por el Papa Juan XXII; del 750 aniversario de su muerte, acaecida el 7 de marzo de 1274, en la Abadía de Fossanova, Italia; y del 800 aniversario de su nacimiento, en 1225, en el castillo de Rocaseca, junto a Aquino, ha supuesto una ocasión privilegiada para volver la mirada hacia quien la tradición eclesial ha reconocido como “Doctor Communis”[1], Doctor Común o Universal, y también “Doctor Angélico”. Su enseñanza integra y armoniza la filosofía aristotélica con la fe cristiana. Su obra es considerada un compendio de la doctrina católica y una síntesis de la sabiduría filosófica, abarcando todas las áreas del conocimiento humano; fue capaz de unir el pensamiento de Aristóteles con la fe cristiana, integrando las verdades encontradas en filósofos paganos con la revelación divina; se le considera un maestro para todos los doctores y pensadores, un lazo de unión entre todas las especulaciones filosóficas y teológicas, de ahí su carácter «común» o universal. A la vez, es llamado Doctor Angélico por su profunda sabiduría y elevación espiritual, destacando sobre todo en la teología.

Esta vuelta a santo Tomás no ha consistido en un simple ejercicio de erudición retrospectiva o una evocación histórica. Al contrario, este retorno ha implicado una verdadera interpelación intelectual y espiritual dirigida al presente de la Iglesia, pero también, de modo particular, al ámbito universitario. No es casual que el papa Francisco describiera a santo Tomás como un “recurso” para la Iglesia de hoy y de mañana, subrayando de esta manera la permanente fecundidad de su pensamiento y de su testimonio vital[2]. La actualidad del Aquinate reside, más que en la repetición literal de sus tesis, en el modo en que llevó a cabo una búsqueda audaz de la verdad: con rigor intelectual, humildad espiritual y, sobre todo, apertura confiada a la Revelación de Dios.

Por ello, abordar hoy la búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino no es una elección temática erudita, sino una opción programática para una cátedra que desea situarse en el corazón mismo de la universidad: allí donde se fragua la responsabilidad de pensar, de formar y de orientar la cultura. Si santo Tomás enseñó que el intelecto se perfecciona cuando se abre a la verdad y finalmente reconoce su fuente en Dios, y si monseñor Juan del Río encarnó —en el ámbito universitario y en su mismo ministerio episcopal— el compromiso de promover una cultura de la fe capaz de dialogar con los lenguajes contemporáneos, la convergencia entre ambos sugiere un modelo fecundo para el presente: una comunidad académica llamada a unir claridad argumentativa, humildad ante lo real, sentido eclesial y vocación de servicio.

La presente disertación, con la que se inaugura esta institución, se propone, por tanto, recorrer la búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino como paradigma intelectual y espiritual para la misión universitaria: verdad como vocación, fe y razón como alianza, teología como escucha, virtud como forma de vida, y comunidad académica como communio de discernimiento. De este modo, la cátedra que hoy echa a andar al honrar una figura relevante de la historia reciente de la Iglesia en España, se sitúa —con esperanza y responsabilidad— en una tradición mayor: la de aquellos que, como el propio don Juan del Río, han comprendido que la universidad y la fe no son mundos contrarios ni paralelos, sino dos ámbitos llamados a encontrarse en el mismo punto decisivo donde nace toda verdadera cultura: el amor a la verdad y la obediencia a su luz. La pregunta que orienta esta reflexión es, por tanto, la siguiente: qué significa buscar la verdad según santo Tomás de Aquino, y qué implica hoy asumir su modelo en la vida y para la investigación de esta cátedra universitaria que hoy arranca.

 

  1. La verdad como vocación: el horizonte vital del Aquinate

Es evidente entonces que, en santo Tomás de Aquino, la búsqueda de la verdad fue puesta en práctica en el desarrollo de una vocación que dio sentido a la totalidad de su existencia. Su itinerario intelectual se comprende únicamente desde la convicción fundamental de que toda verdad procede de Dios, Aquel que es “ipsa veritas subsistens”[3]Esta convicción confiere a su trabajo intelectual una densidad espiritual singular, puesto que investigar la verdad equivale, en última instancia, a orientarse hacia Dios mismo, origen y fin del intelecto humano. De ahí que el estudio, lejos de ser una actividad autosuficiente, se configure como un acto de obediencia a la verdad y, por ello mismo, como una forma de culto espiritual (cf. Rm 12,1).

La temprana canonización del Aquinate —menos de cincuenta años después de su muerte— puso de manifiesto que la Iglesia reconoció en él a un pensador eminente y un testigo de la fe cuya santidad se expresó en el ejercicio de la actividad intelectual. De ahí que el papa Juan XXII afirmaba en la bula de canonización que santo Tomás “iluminó a la Iglesia más que todos los otros doctores” y que “se aprende más en sus libros en un año que en toda la vida en los libros de los demás”[4].

El papa san Juan Pablo II subrayó también que santo Tomás amó la verdad de manera desinteresada, es decir, sin someterla a intereses ideológicos, de escuela o personales[5]. Este rasgo resulta especialmente significativo en el contexto cultural contemporáneo, en el que aflora con frecuencia la tentación de instrumentalizar el saber y de fragmentar el conocimiento.

Para el Aquinate, la verdad no es una construcción del sujeto ni un producto del consenso, sino una adecuación del intelecto a la realidad (“adaequatio intellectus et rei”), que remite siempre a un orden del ser recibido y no producido[6]. Sólo desde esta concepción, la verdad afecta a la decisión de la libertad, hasta el punto de fundar una auténtica ética del conocimiento caracterizada por la humildad, la paciencia y la apertura al diálogo.

 

  1. Fe y razón: una síntesis ordenada a la verdad

Una de las contribuciones más decisivas de santo Tomás de Aquino consiste en haber articulado de manera sistemática la relación entre fe y razón, evitando tanto su separación como su confusión o su confrontación. Los últimos papas han querido poner de relieve la tentación continua de oscilar entre el fideísmo y el racionalismo. En este marco, la síntesis tomista sigue manifestando una fuerza paradigmática. La razón humana posee una auténtica capacidad para conocer la verdad, incluida la verdad acerca de Dios, pero esta capacidad se ve plenificada por la fe, que no anula la razón, sino que la eleva y la orienta hacia su cumplimiento último[7]. De ahí el principio clásico: “gratia non tollit naturam, sed perficit”[8].

El Aquinate muestra que la fe no es un obstáculo para el pensamiento riguroso, sino su fundamento más profundo, pues abre el horizonte del intelecto hacia una verdad que lo supera sin violentarlo. La búsqueda de la verdad se encuentra intrínsecamente vinculada, en santo Tomás, a la cuestión de la felicidad humana. El intelecto se complace en su fin propio cuando alcanza la verdad suprema, que no es otra que Dios mismo. Por ello afirma: “para la perfecta bienaventuranza se requiere que el intelecto alcance a la misma esencia de la causa primera”[9]. La verdad es, por tanto, el camino hacia la comunión con Dios. En esta perspectiva, la investigación intelectual adquiere una dimensión escatológica, porque anticipa, de modo imperfecto, la visión beatífica.

El papa Benedicto XVI formuló con particular profundidad una intuición nuclear del pensamiento tomista: en la teología, Dios no es el objeto del que se habla, sino el sujeto que habla. Dios es el sujeto, Él es quien toma la iniciativa de revelarse y hablar al hombre. El teólogo no «descubre» a Dios como quien descubre una ley física; más bien, el teólogo escucha lo que Dios ya ha comunicado. La Teología es instrumento, ya que el pensamiento y las palabras del teólogo deben servir solo para que la Palabra de Dios encuentre espacio en el mundo. En consecuencia, es necesario el encuentro personal: Al ser Dios un «sujeto que habla», la fe no es una adhesión a un sistema de ideas, sino el encuentro con un «Tú» personal que se ofrece al hombre [10]. Esta afirmación introduce una corrección decisiva en la comprensión del quehacer teológico. La teología no consiste primariamente en un discurso humano sobre Dios, sino en un dejar hablar a Dios, permitiendo que su Palabra encuentre espacio en el lenguaje y en el pensamiento humanos. De ahí la exigencia de una constante purificación del discurso teológico, llamado a renunciar a la autosuficiencia para convertirse en instrumento. Esta concepción preserva a la teología de dos peligros recurrentes: el tecnicismo autorreferencial y la reducción ideológica del misterio.

La conocida experiencia mística de santo Tomás de Aquino al final de su vida —tras la cual afirmó que todo lo que había escrito le parecía “paja” comparado con lo que había visto— no invalida su obra, sino que la contextualiza y, al mismo tiempo, la confirma. La paja no es la nada: contiene el grano. Del mismo modo, el lenguaje teológico, aun siendo insuficiente, puede portar el conocimiento verdadero de Dios. Esta conciencia introduce una sana tensión entre el rigor del trabajo académico y la primacía de la experiencia de Dios, evitando tanto el intelectualismo como el antiintelectualismo.

Para santo Tomás, la verdad reclama una conversión del corazón. La verdadera sabiduría transforma la existencia, orientándola hacia el bien y configurándola según Cristo. La virtud no es concebida como un mero cumplimiento normativo, sino como una disposición estable hacia el bien, que ordena las potencias humanas y las hace dóciles a la verdad[11]. La adhesión a la humanidad de Cristo constituye, en este sentido, una auténtica pedagogía espiritual, ya que Cristo conduce al ser humano hacia Dios como un maestro, un guía bueno que lo toma de la mano.

El legado de santo Tomás continúa siendo hoy un verdadero desafío, una llamada a la comunidad académica a asumir una responsabilidad testimonial. Como recordaba el papa Francisco, su grandeza radica en una santidad capaz de dejarse provocar por los problemas inéditos de la historia, discerniendo en ellos las huellas del Reino[12]. La verdad cristiana no se impone por la fuerza, sino que se propone mediante una vida transformada, en la que la coherencia entre conocimiento y existencia se convierte en criterio de credibilidad.

 

  1. El modelo de santo Tomás para la vida y la investigación de la cátedra

A la luz de lo expuesto, el modelo de santo Tomás de Aquino puede articularse, para la vida y para la investigación de esta nueva cátedra universitaria Monseñor Juan del Río, en cinco principios fundamentales:

PrimeroDimensión comunitaria del saber: la cátedra como communio de búsqueda, de discernimiento y servicio.

En el horizonte del desarrollo intelectual de santo Tomás, la verdad no es un producto privado del sujeto, ni una construcción de escuela cerrada, sino una realidad que se recibe (del ser y, en teología, de la Revelación), se discierne con las mediaciones racionales adecuadas y se confiesa en el espacio público de la Iglesia y de la razón. Por ello, el trabajo intelectual no puede comprenderse como mera empresa individual; al contrario, la investigación verdadera se despliega en un tejido de tradición, maestros, interlocutores, objeciones, correcciones y consensos argumentados.

Esta estructura comunitaria no es un añadido sociológico, sino una exigencia interna del conocer humano: el intelecto es finito, situado, susceptible de sesgos; y el acceso a la verdad requiere contraste, corrección y complementariedad. En términos tomistas: el acto de entender pertenece al individuo, pero su perfección se acrecienta mediante la comunicación del conocimiento, que permite ordenar lo sabido, clarificar distinciones y superar errores[13]. La cátedra no se puede reducir, por ello, a una “plaza docente”, sino que se configura como comunidad de conocimiento donde la verdad se busca de modo corresponsable, con reglas, virtudes y finalidades comunes.

SegundoModelo metodológico tomista: lectio, quaestio y disputatio como arquitectura de una comunidad investigadora.

La forma de proceder de santo Tomás manifiesta un rasgo decisivo: el pensamiento avanza de manera dialógica. La estructura misma de la Summa theologiae —objeciones, sed contra, respondeo, réplicas— constituye un método de justicia intelectual: dar al otro lo que le corresponde, formular lo mejor posible la dificultad y responder con distinciones proporcionadas.

En él, la lectio supone escucha y recepción: la comunidad se constituye reconociendo que el saber nace de fuentes. En teología, esto implica primacía de la Escritura, lectura eclesial de los Padres, y atención a los grandes autores. En segundo lugar, la quaestio representa el paso crítico: la tradición no se repite; se interroga. La pregunta ordena el campo, distingue niveles, separa lo esencial de lo accesorio. Mientras, que finalmente, en tercer lugar, la disputatio expresa el carácter comunitario pleno: el saber se contrasta en presencia de objeciones reales; la verdad se depura por el choque con alternativas apropiadas.

En contexto universitario contemporáneo, este trípode puede traducirse en prácticas institucionales concretas como seminarios de lectura común (textos-fuente y bibliografía crítica), encuentros de formulación de cuestiones (preguntas de investigación bien delimitadas, hipótesis, estado de la cuestión); o debates académicos periódicos (presentación de tesis, discusión estructurada, actas publicables). De esta manera, la comunidad se robustece cuando existe un talante compartido: objeciones formuladas con lealtad; respuestas sin evasión; voluntad de dejarse corregir cuando la razón y la evidencia lo exigen. El Aquinate enseña que el adversario puede ser, de hecho, un cooperador de la verdad, porque fuerza a precisar lo que estaba confuso y a distinguir lo que se mezclaba indebidamente[14].

Tercero. “Caridad intelectual” como virtud propia de una comunidad universitaria.

El punto comunitario en santo Tomás se comprende a fondo si se inserta en su doctrina de las virtudes. Existe una forma de justicia y de caridad específicamente académica: la disposición estable a buscar el bien de la verdad y el bien del otro en el acto de conocer. La caridad intelectual se entiende, en primer lugar, como benevolencia hacia el interlocutor: interpretar con la máxima empatía la posición ajena, reconocer lo verdadero incluso en quien disiente, y responder a la persona mediante razones, no mediante descalificación. La amabilidad aquí no es cortesía superficial, sino una condición de posibilidad del conocimiento compartido.

Por ello, la caridad intelectual es además una forma de humildad cognoscitiva, ya que el saber propio se ha de considerar siempre perfectible; ni la autoridad sustituye a la razón; ni la pertenencia a una escuela reemplaza el examen de las pruebas[15]. Y, por último, la caridad intelectual exige también docilidad como parte de la prudencia: la comunidad es fecunda cuando existe capacidad de aprender de la experiencia, de los maestros y también del dato novedoso[16]. Esta triada (benevolencia–humildad–docilidad) es hoy particularmente relevante ante los riesgos de polarización académica: identidades intelectuales rígidas, debates performativos, y sustitución de la argumentación por estrategias de reputación.

Cuarto. Tradición viva y trabajo cooperativo: “situar” para poder innovar.

Hemos venido insistiendo en una doble exigencia: situar la obra tomista en su contexto histórico-cultural y, al mismo tiempo, atesorarla como “fuente siempre viva” para responder a desafíos actuales. Esta doble exigencia reclama una comunidad que practique simultáneamente: un ejercicio de filología y contextualización (historia intelectual, fuentes aristotélicas, patrística, debates medievales), pero, sobre todo, una actualización crítica (diálogo con ciencias, filosofía contemporánea, problemas de cultura, ética pública). Ninguno de estos niveles puede ser sostenido por un solo investigador. La fidelidad creativa requiere equipos: quien domina la crítica textual y el latín medieval; quien conoce la recepción moderna; quien puede abrir diálogo con cultura, fenomenología, hermenéutica o filosofía de la ciencia; quien trabaja áreas teológicas concretas (Trinidad, cristología, gracia, moral, eclesiología). La comunidad universitaria permite así un “poliedro” de competencias al servicio de una verdad una.

Aquí se hace especialmente fecunda la intuición resaltada por Benedicto XVI: si Dios es “sujeto” de la teología, el teólogo no habla desde la pura soberanía intelectual. La investigación se vuelve un acto de escucha eclesial y racional a la vez. Esa escucha, para no convertirse en subjetivismo, reclama comunidad: contrastes, revisión por pares, interlocución interdisciplinar.

Quinto. La verdad como bien común: la finalidad social y eclesial del trabajo académico.

En santo Tomás, el bien se entiende de modo difusivo: el bien tiende a comunicarse (“bonum est diffusivum sui”, como principio de la tradición platónica asumido en la teología escolástica). La verdad, en tanto bien del intelecto, tiene también esa dimensión comunicativa. De ahí que el saber universitario no sea una posesión privada, sino un servicio. Este punto señala tres responsabilidades institucionales: en primer lugar, una responsabilidad académica, pues la universidad sirve a la sociedad mediante pensamiento crítico, clarificación de conceptos, análisis moral y antropológico, y contribución al debate público con rigor[17]; en segundo lugar, una responsabilidad formativa: el objetivo no es producir especialistas sin alma, sino formar sujetos capaces de verdad: intelectualmente rigurosos, espiritualmente honestos, moralmente coherentes; y, por último, en tercer lugar, una responsabilidad eclesial: la comprensión de la realidad sólo aspirará a ser verdadera si tiene en cuenta cada uno de sus perfiles y si acoge su horizonte de sentido último.

De este modo no podría prescindir de la implicación de una teología que se hace, como indicaba santo Tomás, en la Iglesia y para la Iglesia. La cátedra, de este modo, puede colaborar en la inteligencia de la fe, la formación y el discernimiento cultural. La dimensión comunitaria se verifica precisamente aquí: cuando el trabajo del grupo, lejos de agotarse en publicaciones, se traduce en una cultura institucional donde el conocimiento se comparte, se enseña, se acompaña y se orienta al bien común.

 

Conclusión

Volver hoy a santo Tomás de Aquino no significa refugiarse en el pasado, sino aprender a buscar la verdad con la amplitud del intelecto, la humildad del corazón y la radicalidad del Evangelio. Su testimonio recuerda que la verdad, cuando es auténticamente buscada, conduce siempre a Cristo, camino, verdad y vida.

De ahí que la inauguración de esta cátedra, vinculada a la figura de Monseñor Juan del Río Martín, pueda comprenderse como una llamada a retomar el modelo impulsado por santo Tomás de Aquino en una clave contemporánea: la universidad como lugar de búsqueda rigurosa, la fe como fuerza cultural, la teología como disciplina que al hablar de Dios —como recordaba Benedicto XVI a propósito de santo Tomás— aprende a dejar que Él mismo sea el sujeto que habla, purificando el lenguaje humano para que la Palabra se haga audible en el mundo. En este sentido, el impulso cultural promovido por Monseñor Juan del Río en la vida universitaria sevillana, a través del SARUS y de su intensa actividad formativa, así como su rico ministerio episcopal, aparece como una forma concreta de esa misión.

Que su ejemplo de pastor bueno inspire a esta cátedra universitaria para perseverar en una investigación rigurosa, orante y eclesial, en la certeza de que, como repetía santo Tomás de Aquino, toda verdad, venga de donde venga, procede del Espíritu Santo[18]. Cuando san Juan Pablo II creó el Consejo Pontificio para la Cultura, en la Carta por la que se instituye dicho consejo, nos dejó una perla que nos ilumina en este acto, que también es fundacional. Dice así: «La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe … Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida»[19].

Agradecemos de corazón la presencia de la Rectora Magnífica de la Universidad de Sevilla, y de todas las personas que habéis tenido la amabilidad de compartir este acto; agradecemos la acogida de esta cátedra por parte de la Universidad, y felicitamos al director de la Cátedra Juan del Río por la iniciativa. Pedimos al Señor que la bendiga con frutos abundantes y pueda colaborar a que el diálogo y la síntesis entre la fe cristiana y la cultura iluminen nuestros pasos en la búsqueda y en la vivencia de la verdad y el bien. Muchas gracias.

 

 

[1] La expresión Doctor Communis se consolida a partir del siglo XIV.

[2] Cf. FRANCISCO, Carta del Santo Padre al Enviado especial para la Celebración del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, 30 de junio de 2023.

[3] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.16, a.5.

[4] JUAN II, bula Redemptionem misit, 18 de julio de 1323.

[5] Cf. SAN JUAN PABLO II, Discurso a la Pontificia Universidad de Santo Tomás, 17 de noviembre de 1979.

[6] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.16, a.1.

[7] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.1, a.1.

[8] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.1, a.8 ad 2.

[9] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.3, a.8.

[10] Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a los miembros de la Plenaria de la Comisión Teológica Internacional, 3 de diciembre de 2010.

[11]  Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.55.

[12] Cf. FRANCISCO, Carta del Santo Padre al Enviado especial para la Celebración del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, 30 de junio de 2023.

 

[13]  Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.109, a.3; De veritate, q.14, a.10.

[14] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae ST I, q.1, a.8; De veritate q.1, a.1.

[15] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.161.

[16] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.49, a.3.

[17] Cf. SAN JUAN PABLO II, Carta Encíclica  Fides et Ratio, 14 de septiembre de 1998.

[18] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.109, a.1.

[19] SAN JUAN PABLO II, Carta por la que se instituye el Consejo Pontificio para la Cultura; Roma 20 de mayo de 1982. Cita del Discurso a los participantes en el congreso nacional de Movimiento eclesial de compromiso cultural, 16 de enero de 1982.

“La fe es mirar con los ojos de Dios”

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Homilía de D. José María Gil Tamayo en la Eucaristía celebrada en la Catedral de Granada en el Domingo de la Palabra de Dios y último día del Octavario de oración por la unidad de los cristianos, y la participación de la Tercera Comunidad de la parroquia de las Angustias con el Camino Neocatecumenal, el 25 de enero de 2026.

Queridos sacerdotes concelebrantes, y un saludo especial al padre Ignacio Rojas, director del Secretariado de Pastoral Bíblica, a don Moisés también, que forma parte del equipo;

también un saludo especial a los dos párrocos: al párroco de la Parroquia de las Angustias y al padre Ángel Agustino Recoleto, de la Parroquia de Santo Tomás de Villanueva;

saludo al equipo itinerante del Camino Neocatecumenal, a sus hermanos y hermanas del Camino Neocatecumenal, especialmente a los miembros de la Tercera Comunidad de las Angustias, que va a vivir este envío y con la meta puesta en la evangelización nueva que estamos llamados, según esa llamada del Señor, todos que hemos escuchado en el Evangelio:

Y todos concitados, queridos amigos, todos también los que nos seguís a través de la televisión, todos concitados, todos llamados a anunciar a Jesucristo, a evangelizar, a proclamar que ha llegado el Reino de Dios, a curar las heridas en la debilidad humana. Es lo que nos cuenta el Evangelio. Este Evangelio de Mateo, que está este año, en el año litúrgico, en el año del ciclo A.

Estamos en el tercer domingo en que la Palabra de Dios ha de ser puesta en una relevancia especial como quiso el Papa Francisco: el amor a la Palabra de Dios. La Palabra de Dios que nos dice la Carta a los hebreos, en su comienzo, “Dios habló de muchas y distintas maneras a nuestros padres por los profetas, en esta etapa final nos ha hablado por su Hijo Jesucristo”: Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne. Él es el centro como nos muestra el Evangelio y venimos recordando en los inicios de este tiempo ordinario. Pero, esa Palabra de Dios ha comenzado en esa historia de la Salvación en la que Dios ha hablado a su pueblo. Dios ha hablado y nos lo muestra en la Sagrada Escritura, esa Revelación de Dios. Y por eso apreciamos la Palabra de Dios. Y el Concilio Vaticano II ha querido darle una fuerza y una importancia especial. La Palabra de Dios es la Biblia. La Biblia no puede estar de decoración en la vida de un cristiano; no puede estar en el mueble de la sala de estar con un libro bonito, y ahí se queda; ni puede ser una cosa de un regalo y la guardamos en la estantería.

La Palabra de Dios tiene que marcar y tiene que ser, como dice la propia Palabra de Dios, “lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro sendero”. La Palabra de Dios nos va dando la respuesta guiada por la Iglesia, que es donde hemos de entender la Palabra de Dios. “Leccio bíblica in cor ecclesia”, dicen los clásicos: la lectura de la Palabra de Dios en el corazón de la Iglesia. Porque es en el seno de la Iglesia, de la comunidad cristiana y antes en el pueblo de Israel, donde ha sido recibida como un don por un pueblo y ese pueblo se continúa en el pueblo de la Nueva Alianza, que es la Iglesia.

Luego, escuchar la Palabra de Dios, rezar con la Palabra de Dios, alabar a Dios con la Palabra de Dios (y en esto, queridos hermanos y hermanas del Camino Neocatecumenal, dais un ejemplo especial y sois un referente para la Iglesia, en la vivencia de esta forma de oración, esta forma de oración bíblica, que tiene que acompasar la vida de toda comunidad cristiana). Esa es la razón por la que se ha establecido el Secretariado de Pastoral Bíblica y ojalá tuviéramos esa formación en la Palabra de Dios, para saber entenderla, para que el Espíritu que viene en nuestra ayuda, que nos ilumina; el Espíritu puede entender también la parte que pone el hombre, que pone el ser humano de conocimiento de ese ambiente, de esa Escritura. Nosotros también (…), que iba camino y le acompaña a Felipe, cuando lee los textos de Isaías, le pregunta a Felipe “de quién se refiere esto” y le explica, o Jesús mismo que sale al paso de los discípulos de Emaús y le fue refiriendo cuanto a Él se decía en la Escritura y cómo el Mesías tenía que padecer… Necesitamos esa ayuda de la Iglesia, para saber entender la Palabra de Dios y como en los primeros discípulos también arda nuestro corazón mientras nos explica la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios que hemos de escucharla en unidad. En unidad. En unidad, por eso la guía del Magisterio de la Iglesia; por eso la guía de quienes tienen que discernir, mediante la gracia de estado de formar parte del Ministerio Ordenado de la Iglesia, hablándolos en el nombre del Señor. El Obispo es Maestro en la Iglesia. Los sacerdotes nos iluminan con su predicación. Y todos, nos dejamos guiar por el Espíritu que es el Maestro interior.

Pero, en esa concordancia de amor a la Palabra de Dios, pidámosle por la unidad de los cristianos, para que todos que confesamos a Jesucristo como el Hijo de Dios hecho hombre, podamos reunirnos en una Iglesia bajo un único Pastor. Esa es la petición de Jesucristo, para que “todos sean uno, para que el mundo crea”.

Pero, queridos hermanos, hemos de empezar por nosotros mismos en el interior de la Iglesia, por no desgarrar la Iglesia. “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cristo”. ¿Está dividido Cristo? No. Pues, nosotros no podemos. Claro que la diversidad es un don. Claro que el Señor va suscitando carismas en Su Iglesia, para enriquecimiento a lo largo de la historia. Aquí mismo hoy tenemos el Camino Neocatecumenal. Tenemos también un sacerdote trinitario, un sacerdote agustino. Tenemos esa diversidad en la Iglesia y, sobre todo, después del Concilio Vaticano II, con los nuevos movimientos también. La Iglesia está viva y recorre los tiempos, y Dios va dando Su gracia, va subsidiando hombres y mujeres en los que deposita un carisma para el pueblo de Dios, bajo el discernimiento de los pastores de la Iglesia. Y eso es lo que hemos de vivir, en unidad. En unidad en la fe y en unidad en el amor, sin excluirnos, sin recelos, sin envidias, sabiéndonos todos uno: “Que todos sean uno”. “Todo reino dividido contra sí mismo será destruido”, dice la Escritura. Luego, no podemos estar divididos. No podemos esperar a la parusía para la unidad, sino que tenemos que construir. Y eso supone que uno renuncie al accesorio y uno se fija en lo esencial.

Y lo esencial es Cristo. Lo esencial está contenido en el Credo. Y cambiarán formas, pero lo esencial, y lo que nos ha sido transmitido y nos ha sido mostrado por la Iglesia en su doctrina, sin relativismos, sin hacer absolutos de lo que no lo es, porque el Señor es lo importante y es lo esencial en su Iglesia, sus Sacramentos, su doctrina, el Evangelio.

Queridos hermanos, el Señor nos habla hoy de la luz. Nos pone y nos trae la profecía de Isaías, referida a Galilea, Zabulón y Neftalí: “Galilea del mar, tierra de los gentiles, una luz las ha brillado”. Son esas palabras proféticas que se les anuncia al pueblo después de la dominación a Siria, pero que, sobre todo, están pensando en una perspectiva de los tiempos mesiánicos de la llegada de Jesucristo. Y Jesucristo inicia su ministerio público, precisamente, en torno al lago de Galilea, que también conocéis los del Camino Neocatecumenal. Esa tierra de gentiles, esa tierra dentro del pueblo de Israel como más apartada, como más de periferia, frente a la centralidad de Judea y de Jerusalén. Y es ahí donde se dirige Jesucristo. Es ahí donde nos da el Sermón del monte. Es ahí donde elige a sus discípulos.

Es ahí, queridos hermanos y hermanas, vosotros del Camino Neocatecumenal, y me dirijo especialmente con agradecimiento a la Tercera Comunidad, salir de las Angustias (ndr. Parroquia) e ir de nuevo a una comunidad parroquial como es Santo Tomás, para anunciar a Jesucristo, para hacerlo presente con vuestro testimonio, con vuestra vida, con esa apertura y esa colaboración, con ese servicio a la comunidad parroquial como el Papa os pedía y nos pide a todos hoy el apóstol Pablo en la Carta primera a los Corintios.

Queridos amigos, estamos llamados a ser luz del mundo. Vosotros sois la luz del mundo. Jesucristo es la luz del mundo. El que me sigue a mí no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. En la liturgia pascual, todos nos encendemos del cirio pascual que representa a Cristo. En el momento de nuestro bautismo, a nuestros padres y padrinos se les da la vela encendida del cirio, para recibir la luz de Cristo. A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz, que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz.

Y nuestro mundo, y en esto también, queridos hermanos del Camino, el Papa ha alabado también vuestra presencia en las periferias, en los alejados, en los que se han apartado de la Iglesia, para llevar y encender de nuevo la luz de Cristo. La luz, nos ha advertido el Señor, no se enciende para ponerla debajo del celemín, sino en lo alto para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre del Cielo.

Luego, queridos hermanos, tantos motivos tenemos hoy para dar gracias a Dios y, al mismo tiempo, pedir la unidad, y al mismo tiempo, pedir la docilidad y la valoración de la Palabra de Dios. Que oremos con ella. Que la leamos cada día, de tal manera que ese Evangelio, que tengamos todos al menos nuestro Nuevo Testamento, pero, para leerlo, para que realmente ilumine nuestra vida de cada día, para que hablemos de Cristo. Decía san Jerónimo que “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo, no conocer a Cristo”.

Luego, vamos a pedirle esto hoy y vamos a acudir a la Virgen Santísima. Ella es la Madre de la Palabra. Ella albergó la Palabra en su corazón. El Verbo, que es el nombre propio de Cristo, se hizo carne y habitó entre nosotros en sus purísimas entrañas. María nos dice la Sagrada Escritura, guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón. María hace el canto del Magnífico, con trozos de la Sagrada Escritura, como una creyente que conoce la Sagrada Escritura; que conoce el Misterio revelado de Dios. Por eso está en esa sintonía. Ella, limpia de todo pecado, acoge la Palabra y nos la da a nosotros.

Fijaros qué palabras más bonitas para decir que una mujer ha nombrado, ha dado a luz: luz- lumbre. Pues, Ella nos ha dado a luz a Cristo. Nos ha dado a luz, la luz del mundo. Nosotros también somos Zabulón y Neftalí. Nosotros también necesitamos esa luz de Cristo, que es la luz de la fe. Se representa la fe con una venda en los ojos. El Papa Juan Pablo I, en las pocas catequesis y en uno de sus libros, dice que no le gusta esa representación. La fe no va a ciegas. La fe ilumina. La fe nos hace ver con la mirada de Dios nuestra vida, nos hace ver a Dios, nos hace ver a los demás. La fe es mirar con los ojos de Dios y esos ojos son los que nos pone la Palabra. Esos ojos, sobre todo, esa luz es Cristo. Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

Catedral de Granada, 25 de enero de 2026

El Obispo destaca la sabiduría y el celo apostólico de Santo Tomás de Aquino

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La celebración del patrono de los Estudios Eclesiásticos tuvo lugar el miércoles, 28 de enero

El Seminario Mayor “San Pelagio” celebró Santo Tomás de Aquino, patrono de los Estudios Eclesiásticos, el día de su festividad, el 28 de enero. La jornada comenzó con la eucaristía en la capilla del Seminario presidida por el obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, y a en la que estuvo presente el obispo emérito de la Diócesis, monseñor Demetrio Fernández.

En su homilía, el pastor de la Diócesis ha recordado el legado de Santo Tomás de Aquino, “los dones de su ciencia, sabiduría, santidad y celo apostólico”, y le ha pedido que conceda a los sacerdotes y formadores “la gracia de ver renovada también nuestra vocación docente”.

El Obispo ha pedido luchar por la justicia, la libertad y la dignidad de todas las personas. “Hay que buscar que la ciencia se abra también a Dios”, ha afirmado al tiempo que ha subrayado la necesidad que existe en el hombre de sabiduría, reflexión, diálogo y encuentro personal.  “En nuestro patrono tenemos un claro ejemplo, en primer lugar, de ciencia y de sabiduría. Su capacidad intelectual y de trabajo eran sin duda impresionantes, así como la experiencia de Dios que le hace plenamente sabio”, ha indicado.

Mons. Jesús Fernández ha continuado su homilía recordando la vocación de santo Tomás, “que no responde a la llamada del honor ni del dinero, sino a la llamada de Dios a servirle en el seno de la congregación dominicana destinada a colaborar en la formación religiosa y espiritual de un pueblo culturalmente pobre en pleno siglo XIII”. En este sentido, ha destacado, su trabajo intelectual primero como estudiante y después como docente “constituye una manifestación nítida del servicio a Dios y a los hermanos, y aunque su esfuerzo frecuentemente no fue reconocido por sus hermanos, eso tampoco le importaba porque no buscaba ni el honor, ni el dinero, ni el reconocimiento humano”.

Acto académico

Tras la celebración, el sacerdote Florencio Muñoz, profesor en el Seminario Conciliar “San Pelagio” ofreció la conferencia titulada “La virtud de la caridad en Santo Tomás de Aquino”.






























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Conferencia en la inauguración de la Cátedra Arzobispo Juan del Río

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Conferencia en la inauguración de la Cátedra Arzobispo Juan del Río

La búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino: razón, fe y vida académica

 

+José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

Universidad de Sevilla, 28-01-2026

 

Introducción: tres aniversarios y una interpelación actual

 

  • Rectora Magnifica,
  • Vicerrector de Relaciones Institucionales.
  • Director del SARUS y delegado diocesano para la pastoral universitaria
  • Director de la cátedra D. Juan del Río
  • Autoridades académicas, Profesores, Personal investigador, Personal de Administración y Servicios, sacerdotes, estudiantes.
  • Ilustrísimo Sr. Alcalde de Ayamonte,
  • Teniente Alcalde de Ayamonte.
  • Teniente Alcalde de Pilas.
  • Secretario General Ayuntamiento de Sevilla
  • Director Territorial de CaixaBank en Andalucía,
  • Responsable de Acción Social de la Fundación de CaixaBank Andalucía Occidental y Extremadura.
  • Director de la Fundación Persán.
  • Director de Cope Sevilla.
  • Hermanos Mayores y miembros de Juntas Gobiernos de Hermandades y Cofradías,

 

  • Señoras y señores.

 

La inauguración de la Cátedra Monseñor Juan del Río en la Universidad de Sevilla constituye ciertamente un acontecimiento de singular transcendencia universitaria, cultural y también eclesial. La dispersión, tan característica en nuestro tiempo, ya se trate de los lenguajes como de las concepciones antropológicas, supone una dificultad añadida para articular una visión unitaria del ser humano y de la sociedad. Por ello, en este marco, la creación de una cátedra que lleva el nombre de quien fue fundador y primer director del SARUS —servicio universitario orientado a la presencia intelectual y pastoral de la fe en la universidad— adquiere un valor que trasciende el mero homenaje biográfico, ya que se convierte en un gesto institucional que afirma la posibilidad y la necesidad de una promoción cultural de la fe, del hecho religioso, dentro del espacio académico de la razón.

El arzobispo Juan del Río Martín fue reconocido por su compromiso sostenido en la formación universitaria y la proyección cultural del cristianismo, articulado mediante programas estructurados de formación, congresos especializados y múltiples iniciativas pastorales. En esa rica constelación de ideas, proyectos y acciones latía una intuición de fondo: la convicción de que la fe no puede permanecer confinada al ámbito de lo privado, sino que está llamada a convertirse en inteligencia compartida, en diálogo con la cultura y en servicio al bien común. Pues donde el pensamiento se encuentra con la existencia concreta —ya sea en la universidad, en la sociedad, o la vida pública—, la fe ilumina a la razón y la eleva a alcanzar su verdadera dignidad, y dota al lenguaje de capacidad para construir, proponer y discernir.

La conmemoración sucesiva del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, que tuvo lugar el 18 de julio de 1323, por el Papa Juan XXII; del 750 aniversario de su muerte, acaecida el 7 de marzo de 1274, en la Abadía de Fossanova, Italia; y del 800 aniversario de su nacimiento, en 1225, en el castillo de Rocaseca, junto a Aquino, ha supuesto una ocasión privilegiada para volver la mirada hacia quien la tradición eclesial ha reconocido como “Doctor Communis”[1], Doctor Común o Universal, y también “Doctor Angélico”. Su enseñanza integra y armoniza la filosofía aristotélica con la fe cristiana. Su obra es considerada un compendio de la doctrina católica y una síntesis de la sabiduría filosófica, abarcando todas las áreas del conocimiento humano; fue capaz de unir el pensamiento de Aristóteles con la fe cristiana, integrando las verdades encontradas en filósofos paganos con la revelación divina; se le considera un maestro para todos los doctores y pensadores, un lazo de unión entre todas las especulaciones filosóficas y teológicas, de ahí su carácter «común» o universal. A la vez, es llamado Doctor Angélico por su profunda sabiduría y elevación espiritual, destacando sobre todo en la teología.

Esta vuelta a santo Tomás no ha consistido en un simple ejercicio de erudición retrospectiva o una evocación histórica. Al contrario, este retorno ha implicado una verdadera interpelación intelectual y espiritual dirigida al presente de la Iglesia, pero también, de modo particular, al ámbito universitario. No es casual que el papa Francisco describiera a santo Tomás como un “recurso” para la Iglesia de hoy y de mañana, subrayando de esta manera la permanente fecundidad de su pensamiento y de su testimonio vital[2]. La actualidad del Aquinate reside, más que en la repetición literal de sus tesis, en el modo en que llevó a cabo una búsqueda audaz de la verdad: con rigor intelectual, humildad espiritual y, sobre todo, apertura confiada a la Revelación de Dios.

Por ello, abordar hoy la búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino no es una elección temática erudita, sino una opción programática para una cátedra que desea situarse en el corazón mismo de la universidad: allí donde se fragua la responsabilidad de pensar, de formar y de orientar la cultura. Si santo Tomás enseñó que el intelecto se perfecciona cuando se abre a la verdad y finalmente reconoce su fuente en Dios, y si monseñor Juan del Río encarnó —en el ámbito universitario y en su mismo ministerio episcopal— el compromiso de promover una cultura de la fe capaz de dialogar con los lenguajes contemporáneos, la convergencia entre ambos sugiere un modelo fecundo para el presente: una comunidad académica llamada a unir claridad argumentativa, humildad ante lo real, sentido eclesial y vocación de servicio.

La presente disertación, con la que se inaugura esta institución, se propone, por tanto, recorrer la búsqueda de la verdad en santo Tomás de Aquino como paradigma intelectual y espiritual para la misión universitaria: verdad como vocación, fe y razón como alianza, teología como escucha, virtud como forma de vida, y comunidad académica como communio de discernimiento. De este modo, la cátedra que hoy echa a andar al honrar una figura relevante de la historia reciente de la Iglesia en España, se sitúa —con esperanza y responsabilidad— en una tradición mayor: la de aquellos que, como el propio don Juan del Río, han comprendido que la universidad y la fe no son mundos contrarios ni paralelos, sino dos ámbitos llamados a encontrarse en el mismo punto decisivo donde nace toda verdadera cultura: el amor a la verdad y la obediencia a su luz. La pregunta que orienta esta reflexión es, por tanto, la siguiente: qué significa buscar la verdad según santo Tomás de Aquino, y qué implica hoy asumir su modelo en la vida y para la investigación de esta cátedra universitaria que hoy arranca.

 

  1. La verdad como vocación: el horizonte vital del Aquinate

Es evidente entonces que, en santo Tomás de Aquino, la búsqueda de la verdad fue puesta en práctica en el desarrollo de una vocación que dio sentido a la totalidad de su existencia. Su itinerario intelectual se comprende únicamente desde la convicción fundamental de que toda verdad procede de Dios, Aquel que es “ipsa veritas subsistens”[3]. Esta convicción confiere a su trabajo intelectual una densidad espiritual singular, puesto que investigar la verdad equivale, en última instancia, a orientarse hacia Dios mismo, origen y fin del intelecto humano. De ahí que el estudio, lejos de ser una actividad autosuficiente, se configure como un acto de obediencia a la verdad y, por ello mismo, como una forma de culto espiritual (cf. Rm 12,1).

La temprana canonización del Aquinate —menos de cincuenta años después de su muerte— puso de manifiesto que la Iglesia reconoció en él a un pensador eminente y un testigo de la fe cuya santidad se expresó en el ejercicio de la actividad intelectual. De ahí que el papa Juan XXII afirmaba en la bula de canonización que santo Tomás “iluminó a la Iglesia más que todos los otros doctores” y que “se aprende más en sus libros en un año que en toda la vida en los libros de los demás”[4].

El papa san Juan Pablo II subrayó también que santo Tomás amó la verdad de manera desinteresada, es decir, sin someterla a intereses ideológicos, de escuela o personales[5]. Este rasgo resulta especialmente significativo en el contexto cultural contemporáneo, en el que aflora con frecuencia la tentación de instrumentalizar el saber y de fragmentar el conocimiento.

Para el Aquinate, la verdad no es una construcción del sujeto ni un producto del consenso, sino una adecuación del intelecto a la realidad (“adaequatio intellectus et rei”), que remite siempre a un orden del ser recibido y no producido[6]. Sólo desde esta concepción, la verdad afecta a la decisión de la libertad, hasta el punto de fundar una auténtica ética del conocimiento caracterizada por la humildad, la paciencia y la apertura al diálogo.

 

  1. Fe y razón: una síntesis ordenada a la verdad

Una de las contribuciones más decisivas de santo Tomás de Aquino consiste en haber articulado de manera sistemática la relación entre fe y razón, evitando tanto su separación como su confusión o su confrontación. Los últimos papas han querido poner de relieve la tentación continua de oscilar entre el fideísmo y el racionalismo. En este marco, la síntesis tomista sigue manifestando una fuerza paradigmática. La razón humana posee una auténtica capacidad para conocer la verdad, incluida la verdad acerca de Dios, pero esta capacidad se ve plenificada por la fe, que no anula la razón, sino que la eleva y la orienta hacia su cumplimiento último[7]. De ahí el principio clásico: “gratia non tollit naturam, sed perficit”[8].

El Aquinate muestra que la fe no es un obstáculo para el pensamiento riguroso, sino su fundamento más profundo, pues abre el horizonte del intelecto hacia una verdad que lo supera sin violentarlo. La búsqueda de la verdad se encuentra intrínsecamente vinculada, en santo Tomás, a la cuestión de la felicidad humana. El intelecto se complace en su fin propio cuando alcanza la verdad suprema, que no es otra que Dios mismo. Por ello afirma: “para la perfecta bienaventuranza se requiere que el intelecto alcance a la misma esencia de la causa primera”[9]. La verdad es, por tanto, el camino hacia la comunión con Dios. En esta perspectiva, la investigación intelectual adquiere una dimensión escatológica, porque anticipa, de modo imperfecto, la visión beatífica.

El papa Benedicto XVI formuló con particular profundidad una intuición nuclear del pensamiento tomista: en la teología, Dios no es el objeto del que se habla, sino el sujeto que habla. Dios es el sujeto, Él es quien toma la iniciativa de revelarse y hablar al hombre. El teólogo no «descubre» a Dios como quien descubre una ley física; más bien, el teólogo escucha lo que Dios ya ha comunicado. La Teología es instrumento, ya que el pensamiento y las palabras del teólogo deben servir solo para que la Palabra de Dios encuentre espacio en el mundo. En consecuencia, es necesario el encuentro personal: Al ser Dios un «sujeto que habla», la fe no es una adhesión a un sistema de ideas, sino el encuentro con un «Tú» personal que se ofrece al hombre [10]. Esta afirmación introduce una corrección decisiva en la comprensión del quehacer teológico. La teología no consiste primariamente en un discurso humano sobre Dios, sino en un dejar hablar a Dios, permitiendo que su Palabra encuentre espacio en el lenguaje y en el pensamiento humanos. De ahí la exigencia de una constante purificación del discurso teológico, llamado a renunciar a la autosuficiencia para convertirse en instrumento. Esta concepción preserva a la teología de dos peligros recurrentes: el tecnicismo autorreferencial y la reducción ideológica del misterio.

La conocida experiencia mística de santo Tomás de Aquino al final de su vida —tras la cual afirmó que todo lo que había escrito le parecía “paja” comparado con lo que había visto— no invalida su obra, sino que la contextualiza y, al mismo tiempo, la confirma. La paja no es la nada: contiene el grano. Del mismo modo, el lenguaje teológico, aun siendo insuficiente, puede portar el conocimiento verdadero de Dios. Esta conciencia introduce una sana tensión entre el rigor del trabajo académico y la primacía de la experiencia de Dios, evitando tanto el intelectualismo como el antiintelectualismo.

Para santo Tomás, la verdad reclama una conversión del corazón. La verdadera sabiduría transforma la existencia, orientándola hacia el bien y configurándola según Cristo. La virtud no es concebida como un mero cumplimiento normativo, sino como una disposición estable hacia el bien, que ordena las potencias humanas y las hace dóciles a la verdad[11]. La adhesión a la humanidad de Cristo constituye, en este sentido, una auténtica pedagogía espiritual, ya que Cristo conduce al ser humano hacia Dios como un maestro, un guía bueno que lo toma de la mano.

El legado de santo Tomás continúa siendo hoy un verdadero desafío, una llamada a la comunidad académica a asumir una responsabilidad testimonial. Como recordaba el papa Francisco, su grandeza radica en una santidad capaz de dejarse provocar por los problemas inéditos de la historia, discerniendo en ellos las huellas del Reino[12]. La verdad cristiana no se impone por la fuerza, sino que se propone mediante una vida transformada, en la que la coherencia entre conocimiento y existencia se convierte en criterio de credibilidad.

 

  1. El modelo de santo Tomás para la vida y la investigación de la cátedra

A la luz de lo expuesto, el modelo de santo Tomás de Aquino puede articularse, para la vida y para la investigación de esta nueva cátedra universitaria Monseñor Juan del Río, en cinco principios fundamentales:

Primero. Dimensión comunitaria del saber: la cátedra como communio de búsqueda, de discernimiento y servicio.

En el horizonte del desarrollo intelectual de santo Tomás, la verdad no es un producto privado del sujeto, ni una construcción de escuela cerrada, sino una realidad que se recibe (del ser y, en teología, de la Revelación), se discierne con las mediaciones racionales adecuadas y se confiesa en el espacio público de la Iglesia y de la razón. Por ello, el trabajo intelectual no puede comprenderse como mera empresa individual; al contrario, la investigación verdadera se despliega en un tejido de tradición, maestros, interlocutores, objeciones, correcciones y consensos argumentados.

Esta estructura comunitaria no es un añadido sociológico, sino una exigencia interna del conocer humano: el intelecto es finito, situado, susceptible de sesgos; y el acceso a la verdad requiere contraste, corrección y complementariedad. En términos tomistas: el acto de entender pertenece al individuo, pero su perfección se acrecienta mediante la comunicación del conocimiento, que permite ordenar lo sabido, clarificar distinciones y superar errores[13]. La cátedra no se puede reducir, por ello, a una “plaza docente”, sino que se configura como comunidad de conocimiento donde la verdad se busca de modo corresponsable, con reglas, virtudes y finalidades comunes.

Segundo. Modelo metodológico tomista: lectio, quaestio y disputatio como arquitectura de una comunidad investigadora.

La forma de proceder de santo Tomás manifiesta un rasgo decisivo: el pensamiento avanza de manera dialógica. La estructura misma de la Summa theologiae —objeciones, sed contra, respondeo, réplicas— constituye un método de justicia intelectual: dar al otro lo que le corresponde, formular lo mejor posible la dificultad y responder con distinciones proporcionadas.

En él, la lectio supone escucha y recepción: la comunidad se constituye reconociendo que el saber nace de fuentes. En teología, esto implica primacía de la Escritura, lectura eclesial de los Padres, y atención a los grandes autores. En segundo lugar, la quaestio representa el paso crítico: la tradición no se repite; se interroga. La pregunta ordena el campo, distingue niveles, separa lo esencial de lo accesorio. Mientras, que finalmente, en tercer lugar, la disputatio expresa el carácter comunitario pleno: el saber se contrasta en presencia de objeciones reales; la verdad se depura por el choque con alternativas apropiadas.

En contexto universitario contemporáneo, este trípode puede traducirse en prácticas institucionales concretas como seminarios de lectura común (textos-fuente y bibliografía crítica), encuentros de formulación de cuestiones (preguntas de investigación bien delimitadas, hipótesis, estado de la cuestión); o debates académicos periódicos (presentación de tesis, discusión estructurada, actas publicables). De esta manera, la comunidad se robustece cuando existe un talante compartido: objeciones formuladas con lealtad; respuestas sin evasión; voluntad de dejarse corregir cuando la razón y la evidencia lo exigen. El Aquinate enseña que el adversario puede ser, de hecho, un cooperador de la verdad, porque fuerza a precisar lo que estaba confuso y a distinguir lo que se mezclaba indebidamente[14].

Tercero. “Caridad intelectual” como virtud propia de una comunidad universitaria.

El punto comunitario en santo Tomás se comprende a fondo si se inserta en su doctrina de las virtudes. Existe una forma de justicia y de caridad específicamente académica: la disposición estable a buscar el bien de la verdad y el bien del otro en el acto de conocer. La caridad intelectual se entiende, en primer lugar, como benevolencia hacia el interlocutor: interpretar con la máxima empatía la posición ajena, reconocer lo verdadero incluso en quien disiente, y responder a la persona mediante razones, no mediante descalificación. La amabilidad aquí no es cortesía superficial, sino una condición de posibilidad del conocimiento compartido.

Por ello, la caridad intelectual es además una forma de humildad cognoscitiva, ya que el saber propio se ha de considerar siempre perfectible; ni la autoridad sustituye a la razón; ni la pertenencia a una escuela reemplaza el examen de las pruebas[15]. Y, por último, la caridad intelectual exige también docilidad como parte de la prudencia: la comunidad es fecunda cuando existe capacidad de aprender de la experiencia, de los maestros y también del dato novedoso[16]. Esta triada (benevolencia–humildad–docilidad) es hoy particularmente relevante ante los riesgos de polarización académica: identidades intelectuales rígidas, debates performativos, y sustitución de la argumentación por estrategias de reputación.

Cuarto. Tradición viva y trabajo cooperativo: “situar” para poder innovar.

Hemos venido insistiendo en una doble exigencia: situar la obra tomista en su contexto histórico-cultural y, al mismo tiempo, atesorarla como “fuente siempre viva” para responder a desafíos actuales. Esta doble exigencia reclama una comunidad que practique simultáneamente: un ejercicio de filología y contextualización (historia intelectual, fuentes aristotélicas, patrística, debates medievales), pero, sobre todo, una actualización crítica (diálogo con ciencias, filosofía contemporánea, problemas de cultura, ética pública). Ninguno de estos niveles puede ser sostenido por un solo investigador. La fidelidad creativa requiere equipos: quien domina la crítica textual y el latín medieval; quien conoce la recepción moderna; quien puede abrir diálogo con cultura, fenomenología, hermenéutica o filosofía de la ciencia; quien trabaja áreas teológicas concretas (Trinidad, cristología, gracia, moral, eclesiología). La comunidad universitaria permite así un “poliedro” de competencias al servicio de una verdad una.

Aquí se hace especialmente fecunda la intuición resaltada por Benedicto XVI: si Dios es “sujeto” de la teología, el teólogo no habla desde la pura soberanía intelectual. La investigación se vuelve un acto de escucha eclesial y racional a la vez. Esa escucha, para no convertirse en subjetivismo, reclama comunidad: contrastes, revisión por pares, interlocución interdisciplinar.

Quinto. La verdad como bien común: la finalidad social y eclesial del trabajo académico.

En santo Tomás, el bien se entiende de modo difusivo: el bien tiende a comunicarse (“bonum est diffusivum sui”, como principio de la tradición platónica asumido en la teología escolástica). La verdad, en tanto bien del intelecto, tiene también esa dimensión comunicativa. De ahí que el saber universitario no sea una posesión privada, sino un servicio. Este punto señala tres responsabilidades institucionales: en primer lugar, una responsabilidad académica, pues la universidad sirve a la sociedad mediante pensamiento crítico, clarificación de conceptos, análisis moral y antropológico, y contribución al debate público con rigor[17]; en segundo lugar, una responsabilidad formativa: el objetivo no es producir especialistas sin alma, sino formar sujetos capaces de verdad: intelectualmente rigurosos, espiritualmente honestos, moralmente coherentes; y, por último, en tercer lugar, una responsabilidad eclesial: la comprensión de la realidad sólo aspirará a ser verdadera si tiene en cuenta cada uno de sus perfiles y si acoge su horizonte de sentido último.

De este modo no podría prescindir de la implicación de una teología que se hace, como indicaba santo Tomás, en la Iglesia y para la Iglesia. La cátedra, de este modo, puede colaborar en la inteligencia de la fe, la formación y el discernimiento cultural. La dimensión comunitaria se verifica precisamente aquí: cuando el trabajo del grupo, lejos de agotarse en publicaciones, se traduce en una cultura institucional donde el conocimiento se comparte, se enseña, se acompaña y se orienta al bien común.

 

Conclusión

Volver hoy a santo Tomás de Aquino no significa refugiarse en el pasado, sino aprender a buscar la verdad con la amplitud del intelecto, la humildad del corazón y la radicalidad del Evangelio. Su testimonio recuerda que la verdad, cuando es auténticamente buscada, conduce siempre a Cristo, camino, verdad y vida.

De ahí que la inauguración de esta cátedra, vinculada a la figura de Monseñor Juan del Río Martín, pueda comprenderse como una llamada a retomar el modelo impulsado por santo Tomás de Aquino en una clave contemporánea: la universidad como lugar de búsqueda rigurosa, la fe como fuerza cultural, la teología como disciplina que al hablar de Dios —como recordaba Benedicto XVI a propósito de santo Tomás— aprende a dejar que Él mismo sea el sujeto que habla, purificando el lenguaje humano para que la Palabra se haga audible en el mundo. En este sentido, el impulso cultural promovido por Monseñor Juan del Río en la vida universitaria sevillana, a través del SARUS y de su intensa actividad formativa, así como su rico ministerio episcopal, aparece como una forma concreta de esa misión.

Que su ejemplo de pastor bueno inspire a esta cátedra universitaria para perseverar en una investigación rigurosa, orante y eclesial, en la certeza de que, como repetía santo Tomás de Aquino, toda verdad, venga de donde venga, procede del Espíritu Santo[18]. Cuando san Juan Pablo II creó el Consejo Pontificio para la Cultura, en la Carta por la que se instituye dicho consejo, nos dejó una perla que nos ilumina en este acto, que también es fundacional. Dice así: «La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe … Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida»[19].

Agradecemos de corazón la presencia de la Rectora Magnífica de la Universidad de Sevilla, y de todas las personas que habéis tenido la amabilidad de compartir este acto; agradecemos la acogida de esta cátedra por parte de la Universidad, y felicitamos al director de la Cátedra Juan del Río por la iniciativa. Pedimos al Señor que la bendiga con frutos abundantes y pueda colaborar a que el diálogo y la síntesis entre la fe cristiana y la cultura iluminen nuestros pasos en la búsqueda y en la vivencia de la verdad y el bien. Muchas gracias.

 

 

[1] La expresión Doctor Communis se consolida a partir del siglo XIV.

[2] Cf. FRANCISCO, Carta del Santo Padre al Enviado especial para la Celebración del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, 30 de junio de 2023.

[3] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.16, a.5.

[4] JUAN II, bula Redemptionem misit, 18 de julio de 1323.

[5] Cf. SAN JUAN PABLO II, Discurso a la Pontificia Universidad de Santo Tomás, 17 de noviembre de 1979.

[6] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.16, a.1.

[7] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.1, a.1.

[8] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I, q.1, a.8 ad 2.

[9] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.3, a.8.

[10] Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a los miembros de la Plenaria de la Comisión Teológica Internacional, 3 de diciembre de 2010.

[11]  Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.55.

[12] Cf. FRANCISCO, Carta del Santo Padre al Enviado especial para la Celebración del 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, 30 de junio de 2023.

 

[13]  Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.109, a.3; De veritate, q.14, a.10.

[14] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae ST I, q.1, a.8; De veritate q.1, a.1.

[15] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.161.

[16] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae II–II, q.49, a.3.

[17] Cf. SAN JUAN PABLO II, Carta Encíclica  Fides et Ratio, 14 de septiembre de 1998.

[18] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae I–II, q.109, a.1.

[19] SAN JUAN PABLO II, Carta por la que se instituye el Consejo Pontificio para la Cultura; Roma 20 de mayo de 1982. Cita del Discurso a los participantes en el congreso nacional de Movimiento eclesial de compromiso cultural, 16 de enero de 1982.

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El Santuario de la Virgen de la Cabeza estrena página web

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Diseñado por Manuel Miras y el departamento de Informática de la Diócesis, la web del Santuario es ahora más moderna, intuitiva y con información actualizada sobre la actualidad de la Basílica de la patrona de la Diócesis de Jaén.

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