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Solemnidad de la Ascensión del Señor. Ciclo B. 16 de mayo de 2021

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Solemnidad de la Ascensión del Señor. Ciclo B. 16 de mayo de 2021

Este final del Evangelio de Marcos no formaba parte de la obra primitiva, sino que es un añadido del siglo segundo, aceptado por la Iglesia como canónico y de inspiración divina, cerrando así la vida terrenal de Jesús.

En este relato nos encontramos con lo que se consideraría la última aparición del Resucitado, que reprocha a los Once su falta de fe y de confianza en los testimonios de quienes les anunciaron que había resucitado, lo cual denota la falta de preparación y de madurez por parte de estos discípulos para recibir una misión de tanta responsabilidad: el anuncio del Evangelio a toda la humanidad, con la intención de ofrecer la salvación a quienes quieran acogerla. Y unido al envío o misión, tenemos la ascensión del Señor al cielo. Antes de marcharse, Jesús deja el encargo a los suyos, a pesar de dar signos de que no son los mejores para continuar la misión comenzada por él.

Hoy el Señor nos pide mirar al cielo, tener y cuidar como creyentes nuestra dimensión espiritual, pero nos invita a no vivir lo espiritual como una evasión del mundo, un aislamiento personal o vivir de forma pasiva como cristianos, sino que nos envía a implicarnos de manera activa en nuestra sociedad y en nuestro tiempo, en sus problemas y desafíos, para que seamos nosotros los que hagamos llegar a los demás los valores del reino de Dios. Nos advierte que los bautizados podemos vencer el mal y las tentaciones de cada día, que podremos hacer el bien devolviendo, en nombre de Jesús, la paz y la alegría a los que sufren y a los que son débiles, pero no quiere que nuestra fe se apoye y se base solamente en hechos extraordinarios ni que se alimente de ellos, sino que en todo momento sepamos descubrir la presencia del Resucitado en medio de nosotros y a través del bien que se hace patente a nuestro alrededor.

Los cristianos no nos implicamos lo suficiente en la vida y en la misión de la Iglesia, y reducimos nuestra acción a lo mínimo, nos conformamos con nuestra asistencia a las celebraciones litúrgicas, nuestra vida de piedad y poco más. Siempre tenemos la excusa de que no estamos lo suficientemente preparados, de que no valemos para determinadas tareas, de que los hay mejores y más capacitados… Pero no se trata de eso, porque Jesús te ha elegido y se ha fijado en ti, y ahora él, que te ha dado tanto, te pide colaboración y no protagonismo. Quien te eligió y te envía nunca te va a dejar solo, será tu compañero principal fortaleciéndote, iluminándote, consolándote y amándote. 

Cristo no se ha ido y nos ha dejado solos en un mundo revuelto y con mucha tera por delante. Él no se desentiende de nosotros ni de nuestra misión. Él permanece de otra manera a nuestro lado y desea que nosotros también permanezcamos junto a él como amigos y colaboradores. El Señor confía en nosotros, confía en ti, a pesar de saber bien cómo somos y cómo eres, y de conocer bien nuestras carencias y limitaciones. 

Vivimos en un mundo de decepciones y desengaños, de individualismos y de interesarnos únicamente por nuestro presente. Tenemos que mirar cada día al cielo para sentir que hay un futuro mejor, una esperanza, una nueva forma de vida, la del Evangelio: que merece la pena y que formamos parte de un mundo que entre todos podemos hacer mejor. 

La fe me ayuda a vivir apasionadamente mi presente a la espera de un futuro mejor, a no caer en un pesimismo y en un conformismo. La fe me hace disfrutar de mi familia, de mi trabajo. La fe me humaniza cuando soy solidario, me hace crecer como cristiano cuando siento la necesidad de un Dios que me ama, de despierta la necesidad de amar y darme sin que me lo tengan en cuenta o gratifiquen. 

Al final de la vida seré juzgado por lo vivido, por lo que he hecho y por mis omisiones, pero, ante todo, seré compensado por un amor tan grande, el amor de Dios, que desborda la profundidad de todo corazón humano. Al final de mi vida espero poder encontrarme con el cielo de ese amor inmenso e inmerecido.

Emilio José Fernández, sacerdote

http://elpozodedios.blogspot.com/

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Carta Pastoral del obispo de Guadix en la LV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

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Carta Pastoral del obispo de Guadix en la LV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

“VEN Y VERÁS”… (JN 1, 46).

COMUNICAR ENCONTRANDO A LAS PERSONAS DONDE ESTÁN Y COMO SON

EN LA JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

16 de mayo de 2021

Queridos fieles diocesanos:

El domingo 16 de mayo la Iglesia celebra la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos. También es el día en el que celebramos la 55 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Este año lo hace con el lema “`Ven y verás´… (Jn 1, 46). Comunicar encontrando a las personas donde están y como son”. Y es así, las personas son siempre lo primero en todo proceso comunicativo, por encima de los hechos que se comunican y, por supuesto, de los intereses empresariales o de cualquier otro tipo. La Encarnación de Cristo nos lanza siempre a este protagonismo de la dignidad de la persona que el humanismo cristiano ha sabido transmitir con fidelidad a lo largo de los siglos. Sigamos siendo expertos en humanidad.

Esta jornada debe servir para tener muy presentes a los periodistas, que cumplen la noble y necesaria tarea de contar la realidad, desvelar la verdad que transmiten los hechos e, incluso, interpretar los acontecimientos para ayudar a entender. Y no siempre es una tarea fácil. Más bien, todo lo contrario. El Papa Francisco, en su mensaje para la jornada de este año, les dice a los periodistas que en su vocación y fidelidad a la verdad en la comunicación “es necesario salir de la cómoda presunción del `como es ya sabido´ y ponerse en marcha, ir a ver, estar con las personas, escucharlas, recoger las sugestiones de la realidad, que siempre nos sorprenderá…”. Y les recuerda el consejo del beato Manuel Lozano, jienense de Linares, que les decía a sus compañeros de profesión: “abre pasmosamente tus ojos a lo que veas y deja que se te llene de sabia y frescura el cuenco de las manos, para que los otros puedan tocar ese milagro de la vida palpitante cuando te lean”.

También es una jornada que debe llevar a ser conscientes de nuestra responsabilidad como consumidores de medios y a tener una conciencia crítica que, en palabras del Papa Francisco, no debe llevar “a demonizar el instrumento, sino a una mayor capacidad de discernimiento y a un sentido de la responsabilidad más maduro, tanto cuando se difunden, como cuando se reciben los contenidos. Todos somos responsables de la comunicación que hacemos, de las informaciones que damos, del control que juntos podemos ejercer sobre las noticias falsas, desenmascarándolas. Todos estamos llamados a ser testigos de la verdad: a ir, ver y compartir”.

Hay mucha elocuencia vacía, dice el Papa en su mensaje, mucho periodismo “de palacio”, autorreferencial, que “es cada vez menos capaz de interceptar la verdad de las cosas y la vida concreta de las personas”. Pero también hay un periodismo que sale y ve para contar, que arriesga y se compromete, que permite conocer la realidad de los que no cuentan, de las minorías. Agradezco la labor de tantos buenos comunicadores, a veces con riesgo de la propia vida, que son la voz de los que son ninguneados en nuestro mundo, aplastados por el poder de las ideologías que instrumentalizan para sus fines las verdaderas historias.

En el territorio de la Diócesis de Guadix hay una presencia pequeña, pero significativa, de medios de comunicación, que cumplen una función necesaria: emisoras de radio, medios escritos, televisiones locales, páginas webs, redes sociales. Gracias a ellos nos sentimos parte de una comunidad, nos mantenemos informados, conocemos las propuestas de otros y hasta tomamos conciencia de nuestra propia realidad y de nuestras potencialidades. Nos encontramos con los demás, con las personas, a través de todos esos medios, a los que agradezco su trabajo y a los que animo a ser fieles siempre a la verdad.

También la Iglesia diocesana se hace presente en esos canales, a través de la Delegación de Medios de Comunicación, ofreciendo noticias, ayudando a contar la vida de nuestra Diócesis, siendo cauce para que el “ven y verás” del Evangelio se haga vida hoy, con testimonios, con imágenes, con información. Felicito a nuestro delegado episcopal de medios de comunicación por su servicio precioso a la Iglesia y a nuestra Diócesis.

En estos tiempos de pandemia, además, hemos podido comprobar cómo los medios de comunicación nos han ayudado en las largas jornadas de confinamiento y han permitido llevar las celebraciones de las parroquias y de nuestra Catedral, a los hogares de muchos cristianos que no podían salir de casa. Aunque nada puede reemplazar el encuentro directo, la presencia física y el hecho de ver en persona, hemos podido celebrar en estas circunstancias el Año Jubilar del Beato Manuel Medina Olmos y el Año diocesano del Corazón de Jesús. Así fue como se difundió el Evangelio, con el testimonio directo de quienes creían y lo vivían, de quienes se habían encontrado directamente con Jesús y lo contaban. Por eso, ahora que la situación sanitaria lo va permitiendo cada vez más, conviene ir recobrando la participación presencial en las celebraciones, el encuentro directo con Jesús Eucaristía y con los hermanos.

En el Evangelio, Felipe invitó a Natanael a tener una experiencia directa con Jesús. “Ven y verás” (Jn 1,46). Aquella invitación suena hoy como el mejor reclamo publicitario, también para nosotros, que nos anima a tener encuentro personal con Jesús. Solo así podremos contar a los demás lo que hemos vivido y lo que creemos. Solo así podremos ser sus testigos: testigos que comunican y que son fieles a la verdad de un encuentro que ha transformado la existencia y quiere ser generador misionero de Buena Noticia para toda la humanidad.

Con mi afecto y bendición

+Francisco Jesús Orozco Mengíbar

Obispo de Guadix

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Hallazgo en la Abadía del Sacromonte y Scholas Granada en “Iglesia Noticia”

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Hallazgo en la Abadía del Sacromonte y Scholas Granada en “Iglesia Noticia”

Programa emitido en COPE Granada y COPE Motril el domingo 16 de mayo de 2021, a las 9:45 horas.

Esta semana en el informativo diocesano les hablamos del hallazgo de un arca con las reliquias de doce discípulos de Santiago producido en la restauración del retablo mayor de la Abadía del Sacromonte, así como de la actividad lúdica y mural que Scholas Granada ha desarrollado en el Centro de Estudios “La Inmaculada”, con la participación del alumnado y profesores de los grados de Magisterio y los ciclos de Formación Profesional.

Asimismo, les contamos el proceso de restauración del “Señor de Puerta Real” que está llevando a cabo la Orden de San Juan de Dios, así como de la recogida y donación valorada en 25.000 euros de productos de alimentación e higiene para bebés realizada por la Real Federación y las Vocalías de Caridad a varias entidades de Granada.

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La Ascensión del Señor, “una fiesta verdaderamente preciosa y grande en la historia de Dios con nosotros”

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Homilía en la Eucaristía de la Ascensión del Señor, en la que también se celebró el Sacramento de la Confirmación, el 16 de mayo de 2021.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa muy amada de Jesucristo, Santo Pueblo de Dios:

Hoy hace 18 años. No fue este el mismo día del mes, pero sí que era el día de la Ascensión. Yo entraba en Granada como sucesor de los apóstoles y como pastor de esta Iglesia de Granada. Y eso hace que comience esta homilía en el día de la Ascensión rogándoos que pidáis por mí, para que sepa ser mejor pastor, un buen pastor según el corazón de Dios. Tengo una conciencia muy clara de que no lo soy. El sacerdote dice siempre en la plegaria eucarística, cuando es obispo y pide por sí mismo, dice “por mí, indigno siervo tuyo”, y yo tengo la conciencia clara, más clara que hace 18 años, más clara hoy que el día que me ordené de presbítero en el año 72 y mucho más clara que mi ordenación episcopal, que también fue el 12 de este mayo, el aniversario de mi indignidad para representar a Cristo en medio de su pueblo y en medio de este mundo. Por lo tanto, os suplico que pidáis por mí, con sencillez. También os digo que, desde que soy obispo, pero igualmente desde que vine a Granada, vine con la conciencia de que venía a dar mi vida por esta diócesis, por este trocito del Cuerpo de Cristo, por esta Esposa muy amada de Jesucristo que el Señor me encomendaba cuidar en su nombre y que no hay otro amor en mi corazón que el bien de vuestra vida en Cristo, que el bien de vuestra esperanza, vuestra fe, vuestro amor de unos por otros. Y eso uno puede querer mucho y querer muy torpemente. Y yo vivo con esa conciencia de que os quiero con toda mi alma, pero os quiero muy torpemente. Pedid sencillamente al Señor que Él me ayude a ser el pastor que vosotros necesitáis y que Él quiere para vosotros.

Dicho esto, el día de la Ascensión es un día precioso. Uno de aquellos jueves que relucen más que el sol y el Señor nos ha concedido que este domingo reluzca más que el sol. Pero es que es una fiesta verdaderamente preciosa y grande en la historia de Dios con nosotros. En el día de hoy, en todo el tiempo pascual, desde la Resurrección del Señor y hasta el domingo que viene –Pentecostés-, se cumple el designio de Dios. Desde una determinada perspectiva, se cumple como la “mitad” del designio de Dios. Y me explico. El designio de Dios ha sido siempre: cuando nos ha creado, cuando ha creado la humanidad, unirse a la humanidad y unirse de tal manera que pudiera ser uno con la humanidad, verdaderamente.

Es más, cuando crea al ser humano como hombre y mujer -“varón y hembra los creó”, dice el libro del Génesis-, crea la unión esponsal del matrimonio como un signo en este mundo creado y, por lo tanto, frágil. Propio de las criaturas. Como un signo del tipo de unidad que Él quiere tener con su criatura, con el ser humano. Con la persona humana, creada a imagen y semejanza suya, participando ya por la Creación, de una manera especial, de la dignidad y del Ser de Dios. Por su razón, por su libertad, por su capacidad de reconocer el bien, por su capacidad de amar, sobre todo, puesto que Dios es Amor. Nosotros sabemos que Dios es Amor, gracias a Jesucristo. En ese amor de Dios, Dios ha querido unirse a su criatura de una manera única e inefable. El hombre siempre ha sido un ser religioso y lo sigue siendo, aunque pongamos nuestra religiosidad en bienes de consumo y en pequeñas cosas que podemos comprar en el mercado que invade nuestra sociedad. Pero tenemos un anhelo de felicidad inextirpable del fondo de nuestro corazón. Y ese anhelo es una señal puesta en nuestro corazón, una nostalgia puesta en nuestro corazón por el Dios que es Amor.

Desde el comienzo del mundo, desde Abraham, el Señor ha ido formando un pueblo, constituyendo un pueblo, para que pudieran aprender los hombres. No podíamos imaginar que Dios podía ser Amor. Lo imaginábamos más como poder, como el poder del toro o de ciertos animales que tienen poder sobre la vida humana, como la serpiente o como los cocodrilos, o la sabiduría de las lechuzas que ven en la noche. El hombre ha representado de mil maneras su imagen de Dios, queriendo representar algunas de las cualidades que vemos en las criaturas de este mundo. Pero que Dios pudiera ser Amor… no digo sólo que tenga sentimientos de compasión o misericordia por su criatura, sino que Dios pudiera ser Amor era algo que jamás lo había imaginado ninguna cultura. Ni la cultura judía que había sido preparada para ello durante casi dos mil años. Ni por supuesto la cultura de los gentiles, porque Dios podría acercarse a nosotros para rescatar nuestras almas del cuerpo y llevarnos a no sé dónde. Pero que Dios pudiera hacerse carne, eso nadie lo habría imaginado jamás. La Encarnación es la boda de Dios con la naturaleza humana, con la criatura humana, y el Señor consuma esa alianza de amor, en Jesucristo, en el Misterio Pascual. Él va hasta la muerte más ignominiosa por amor a nosotros y desciende a los infiernos. Precisamente, una persona hoy me preguntaba eso, que qué era eso de que Jesús había bajado al infierno. El Credo dice “los infiernos” que era, para el mundo judío, el lugar de los muertos. Es decir, ha bajado hasta el fondo de la condición humana, nuestra condición, y para que nadie pudiera sentir jamás que Dios no comprende nuestra situación y ha sufrido esa muerte tan ignominiosa, para que, en el fondo de nuestras angustias, de nuestras ansiedades, de nuestras depresiones, de nuestras soledades, de la irritación porque nuestro anhelo de felicidad no se cumple, nunca nos sintamos solos, porque el Señor ha descendido hasta el infierno más profundo de nuestro ser. Hasta el infierno de nuestros pecados también, para unirse a nosotros y para abrazarse a nosotros en nuestra pequeñez y en nuestra miseria.

Hoy celebramos como la mitad de ese rescate, porque Cristo ha resucitado y ha vuelto junto al Padre. Pero, como la Encarnación no fue una broma, en la que Jesús se puso un disfraz como hacen los artistas cuando se visten para una obra de teatro en un escenario, no se quitó esa pieza y volvió al Padre, sino que resucita, vence a la muerte, vence a la muerte con su cuerpo, con sus llagas, con su humanidad y esa humanidad vuelve al Padre, eso significa que, en Dios, en el Cielo, hablar del lugar donde Dios vive -Dios vive en todas las cosas, no está en un lugar fuera del mundo-, pero que en Dios, en la divinidad de Dios y en la vida de Dios, ha entrado la carne humana. Una carne herida como la nuestra, libre sólo del poder del pecado, pero no libre de las consecuencias del pecado que le llevaron a la cruz. No libre del amor infinito que Él pudo manifestar por la humanidad en toda la Encarnación, en todo su ministerio y sobre todo en su Pasión y en su muerte. Nuestra humanidad ha entrado en Dios y eso es lo que celebramos hoy.

En la Resurrección de Cristo y la Ascensión de Jesús al Cielo, lo digo con las palabras que cito todos los años en este día, todos los años inevitablemente, que la decía un poeta francés católico del siglo pasado: “A partir de la Ascensión del Señor, en el Cielo huele a sudor”. No se puede decir de manera más plástica. Es decir, está nuestra humanidad en Ti, Señor. Y como la unión que Tú has establecido con nosotros tiene dos dimensiones, podemos verla desde el punto de vista de Dios, desde el Cielo, y desde el punto de vista humano. Esa unión que Cristo ha hecho con nosotros hace que nuestra humanidad esté en Dios. Y eso alimenta nuestra esperanza, eso alimenta nuestra confianza, nuestra certeza. Dicho con palabras del mismo poeta, de que cuando Dios mira a cualquiera de nosotros, incluso al más pecador, “no puede evitar ver el rostro, ver el sufrimiento, ver la cruz de su Hijo y nos mira con el mismo amor infinito con que mira a su Hijo”. Por eso, la Ascensión de Cristo es la fortaleza de nuestra esperanza. Si queréis, la tierra firme en la que apoyamos nosotros nuestra certeza de que un día estamos llamados a participar de la misma Gloria del Hijo de Dios que nos enseñó a llamar a Dios “Padre”. Y que nos enseñó y nos hizo posible vivir en la libertad de los hijos de Dios, vivir como hijos de Dios. Porque es verdad que, en la Ascensión, entra en el Cielo la humanidad. Entra en Cristo, pero, detrás de Cristo, y los cristianos de las primeras generaciones usaban un salmo, “subió a la cumbre llevando cautivos”. Bueno, pues los cautivos que lleva somos todos nosotros, que colgamos de la humanidad de Jesucristo, que nos agarramos a Él, incluso quienes no Le conocen. Nosotros tenemos la confianza de que el Señor los hará partícipes también de la Resurrección.

No olvidéis que en cada Eucaristía, y la regla de la oración es la regla de la fe, pedimos por todos los que han muerto en la Misericordia del Señor. ¿Podríamos afirmar que haya alguien en la humanidad que muera fuera de la Misericordia del Señor? No. Por eso, nosotros tenemos la confianza y la esperanza de que todos los hombres se salven, es decir, de que se cumpla la voluntad de Dios, que es esa. Y que lleguen al conocimiento de la verdad, de maneras que a nosotros se nos escapan. Y es cierto que la libertad del hombre puede negarse a recibir la Gracia de Dios, pero también es cierto que la Gracia de Dios tiene infinitamente más recursos que una madre para llevar a su niño por donde quiere. Por lo tanto, pedimos que no nos falte la misericordia del Señor, que nunca nos expulse de nuestra vida. Pero tenemos la confianza cierta de que su poder puede mucho más, infinitamente mucho más que el poder del mal. Y esa es nuestra esperanza de la vocación y de la esperanza a la que hemos sido llamados, de que hablaba San Pablo hoy.

La semana que viene celebraremos el reverso de la medalla. Es decir, que Cristo ha dejado sembrado en esta tierra su Espíritu Santo, para que nosotros podamos vivir como hijos de Dios. No sólo ha introducido la carne humana en la vida divina, sino que ha sembrado en nuestra humanidad la misma vida de Dios. La vida de hijo de Dios, que es el reflejo visible del amor del Padre y sólo con esa vida divina, que recibimos con el Espíritu Santo, podemos nosotros vivir como hijos de Dios de una manera nueva.

El Evangelio hablaba de coger serpientes sin que nos hagan daño, de beber venenos sin que nos hagan daño. Son imágenes, sin duda, pero son imágenes que explican una novedad: quien tiene el Espíritu de Dios vive con una alegría y una esperanza que no son de este mundo, y con un amor que no es de este mundo, que sólo se explica porque está la vida divina en nosotros, la que Jesucristo ha obtenido para nosotros y nosotros no tenemos más que acoger para que nuestro corazón se ensanche y pueda vivir siempre en la alegría, en la gozosa esperanza, en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Que así sea para todos los que estáis aquí y los que no estáis aquí. Para toda la diócesis y para todos los hombres.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

S.I Catedral de Granada

16 de mayo de 2021

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Pablo VI, vida (II)

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Milán era una diócesis enorme, de 822 parroquias. El arzobispo Montini, en el primer año de su episcopado, las visitó casi todas. Organizó la célebre Misión de Milán con el objetivo de conciliar la religión con la cultura. Su actividad como constructor fue sorprendente: llegó a consagrar 72 templos.

Tras la muerte de Pío XII (1958) es elegido papa Juan XXIII y una de sus primeras medidas fue nombrar cardenal a Mons. Montini. Muerto Juan XXIII (1963), en el cónclave inmediato y en la quinta votación, Mons. Montini es elegido Papa con el nombre de Pablo VI.

Al principio, la actividad de este pontífice se centró en la continuación y conclusión del Vaticano II. Adoptó una serie de medidas como la institución del Sínodo de los Obispos. Impulsó el papel de las conferencias episcopales. Reformó la antigua Congregación del Santo Oficio, convirtiéndola en la Congregación para la Doctrina de la Fe. Suprimió el Índice de Libros Prohibidos, se eliminaron varios dicasterios creando unos nuevos, y realzó la Secretaría de Estado cuya función será la de coordinar la Curia.

Siguiendo la actividad del apóstol san Pablo, el nuevo Papa realizó nueve viajes por diversos países del mundo. Muy significativo fue el viaje a Tierra Santa en el que tuvo que defender ante los judíos la memoria de Pío XII, vilipendiada por los calumniadores de aquel entonces (año 1964). Su segundo viaje fue a la India, donde denunció las injusticias cometidas contra los países del Tercer Mundo. Al año siguiente, se hizo presente en la ONU, donde habló del Dios desconocido ante los representantes de los diversos Estados. Por diversos y variados motivos, viajó a Fátima, Medellín, Ginebra y Uganda. En Manila sufrió un leve atentado, lo que no le impidió visitar Sydney, Yakarta y Hong-Kong.

En 1975 se celebró el Año Santo. Acudieron a Roma más de diez millones de peregrinos procedentes de todo el mundo. Por primera vez en la historia proclamó como Doctoras de la Iglesia a dos mujeres: santa Catalina de Siena y nuestra santa Teresa de Jesús, por sus numerosos escritos sobre espiritualidad cristiana.

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El obispo coadjutor visita la asociación NOESSO

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El obispo coadjutor visita la asociación NOESSO

El pasado 12 de mayo, D. Antonio Gómez Cantero, acompañado por el Delgado de la Acción Caritativa y Social de la Diócesis, D. Juan Antonio Plaza Oña, se desplazaron hasta las instalaciones de NOESSO en Vícar para mantener un encuentro con directivos y profesionales de la Asociación, en los que conversaron tanto de la problemática …

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HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE SAN INDALECIO

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HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE SAN INDALECIO

Lecturas bíblicas: Sb 5,1-4.14-16. Sal 88,2.6.12-13.16-19 (R/. «Cantaré eternamente las misericordias del Señor»). 1Cor 18-25. Aleluya: Jn 5,15b («A vosotros os llamo amigos, dice el Señor…»). Jn 15,9-17. Queridos hermanos y hermanas: Nos congrega la solemnidad del santo Obispo fundador de la Iglesia de Almería, san Indalecio, pontífice y mártir. La palabra de Dios viene …

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Misa solemne y procesión claustral para festejar a San Indalecio

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Misa solemne y procesión claustral para festejar a San Indalecio

En la Misa estacional de esta mañana en la Catedral de la Encarnación, en honor de San Indalecio, Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Almería, se hallaba en la Coro de la Catedral el Capítulo de Canónigos. Con ellos la Schola cantorum del Seminario Conciliar, que también se halla bajo el patrocinio …

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“Necesitamos la Vida de Dios”

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Homilía en el Sacramento de la Confirmación, el 15 de mayo de 2021, con confirmandos procedentes de la parroquia de El Carmen.

Queridos hijos:

A mí me importa mucho que tengáis fortaleza y empuje en el seguimiento de Jesucristo, está muy bien. Pero yo quiero darle la vuelta a las cosas porque, antes que eso, es importante, muy importante, que vosotros caigáis en la cuenta que es Jesucristo quien os sigue a vosotros; que es Jesucristo quien os quiera a vosotros. Que el cristianismo no consiste en que, desde pequeñitos, venimos oyendo que tenemos que portarnos bien y que para portarnos bien y ser buenos cristianos, hacemos determinadas cosas y Dios está contento y nos quiere. Es una imagen muy infantil, pero, además, es una imagen falsa. El cristianismo no consiste en eso y en esta tarde no estáis aquí para decir que vais a ser mucho mejores y que vais a comprometeros a comportaros bien. Entre otras cosas, el primer día que tropecéis y que os encontréis con que no es así, que seguís siendo los mismos, os ibais a decepcionar tanto que, ¿qué vais hacer?, ¿volver a la catequesis? ¿Y cuantos años lleváis de catequesis? Unos cuantos.

Si la vez que más seriamente yo me comprometí a ser bueno, que estuvo el obispo y todo, esto como que no ha funcionado; entonces, es que seguro que no es verdad. Es que es verdad que no es verdad. Es que no es esa la perspectiva, no es esa la visión del paisaje. El paisaje no es que nosotros tenemos que hacer una serie de cosas para conseguir llegar hasta Dios o para conseguir seguir al Señor, porque tendríamos que seguir al Señor, sino consiste en descubrir que Dios lleva toda una historia, desde antes de la Historia, desde antes de la Creación, amándoos a cada uno de vosotros con vuestro nombre y apellidos, tal como sois. Dijo el Señor en el Evangelio una vez “hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”. Ni la persona que más os pudiera querer en este mundo puede contar vuestros cabellos. Y sin embargo, para el Señor, eso es tan sencillo que hasta cada cabello tiene un nombre y lo conoce por su nombre, igual que conoce a las estrellas por su nombre y nosotros no somos capaces de contarlas.

Pues, ese Dios inmenso, infinito, que no somos capaces de imaginar ni de pensar, que ha hecho las montañas, las estrellas, las galaxias, es un amor infinito. Y eso es lo que hemos aprendido con Jesucristo. Ese Dios infinito quiere darSe a vosotros. Ha querido siempre darSe al hombre y ha educado, nos ha ido educando a los hombres, desde Abraham hasta Jesús, para que entendiéramos que Dios no era sobre todo poder, fuerza y señorío, sino que Dios era Misericordia, que era Amor, que era Perdón. Que Dios es un Amor que no se rinde ante las pequeñeces, miserias o mezquindades del hombre. Y ese camino fue un camino muy largo, desde Abraham hasta Jesús. Pero Dios fue educando así a un pueblo, para que en ese pueblo pudiera nacer una mujer como la Virgen y pudiera venir Su Hijo a compartir nuestra vida, a compartir nuestra muerte como uno de nosotros y dejase así sembrada, en nuestra tierra, Su vida, la vida divina.

Dejadme decirlo con esta expresión tan vuestra: “Dios se ha enrollado con nosotros”. Y quiso enrollarse con nosotros y se hizo hombre, para estar junto a nosotros y para comunicarnos Su vida divina. Hoy celebramos que, una vez cumplida Su misión, una vez entregada Su vida en el Calvario por cada uno de nosotros, una vez que nos ha dado Su amor y Su espíritu, vuelve al Cielo. Pero ya vuelve con nosotros. Vuelve con nuestra carne. En el Cielo quien entra, después de la Encarnación del Hijo de Dios, es la humanidad de Jesús. Y decía un poeta que cuando Dios nos mira a nosotros, no puede dejar de pensar en Su Hijo, y no puede dejar de amarnos con el mismo amor con el que ama a su Hijo. Ese amor es un amor infinito. Ese amor es un amor sin límites. Ese amor es un amor eterno.

Yo sé que os cuesta, a lo mejor, imaginarlo. Pero yo quiero deciros que antes de que existieran las estrellas, las galaxias, antes del Big Bang, cada uno de vosotros estabais en la mente y el corazón de Dios. Porque Dios es eterno y, cuando Dios dice “te quiero”, es desde siempre y para siempre, y eso es lo que hemos aprendido a conocer a Jesucristo, que no estamos sólo para vivir aquí de una manera más sofisticada que viven las hormigas, las lagartijas o los animalillos, sino que nosotros estamos hechos para participar de la vida de Dios, estamos hechos para ser felices, estamos hechos para un amor infinito. Estamos hechos para una verdad inagotable, para una belleza sin límites, que no cansa y que no deja mal sabor de boca; que no nos apropiamos de ella como quien posee algo, sino que se apropia de nosotros. Porque estamos hechos para Dios y Dios es la belleza más grande y el bien más grande, y el amor más grande, y la verdad más grande. Y por eso nos cansan y nos fatigan a veces tanto otras realidades del mundo. Por eso, muchas veces nos ponemos tristes, porque quisiéramos algo más verdadero, quisiéramos un amor más verdadero, quisiéramos que nuestras relaciones fueran más bonitas, quisiéramos que nuestra vida sea más bonita. Bueno, pues Cristo, y el amor de Cristo, viene a nuestro lado, no para hacer que no nos pase nada, que, de repente, yo aprenda inglés sin estudiarlo, por ejemplo, o matemáticas, física. No viene para eso. ¿Para qué viene? Para que sepáis que cada uno de nosotros tiene un valor infinito a los ojos de Dios.

La Confirmación…, estamos muy acostumbrados a decir “me voy a confirmar la semana que viene” o “yo me confirmo este año”, pero no sois vosotros los que confirmáis. No confirmáis nada más que el Credo que vuestros padres profesaron en nombre vuestro en vuestro Bautismo. Y en el Credo decís que Le conocéis y que esperáis de Él lo más grande, lo que nada más que Dios podría daros: el perdón de todos vuestros pecados y la vida eterna. Ni la persona que más os quiera, ni vuestros padres, nadie podría daros eso más que Dios. Y eso es lo que decís y luego, como respuesta a esa profesión de fe, el Señor viene a vosotros. Viene a vosotros para acompañaros y para acompañaros para siempre. Es Él el protagonista y el sujeto de la Confirmación. Es Él quien confirma la Alianza nueva y eterna que hizo en su Pasión con cada uno de nosotros y con cada uno de vosotros, y de la que es verdad que nosotros empezamos a participar ya por el Bautismo. Por el Bautismo ya recibimos los frutos de esa Alianza. Pero no es lo mismo, porque en aquel momento no os dabais cuenta de nada y ahora podéis daros cuenta de lo que significa ser amado con un amor infinito. Tener a disposición siempre una misericordia infinita y eso es como tener un suelo firme para vivir y para poder vivir contentos. Cristo ha venido para que nosotros podamos vivir contentos y, sin Cristo, la alegría se nos acaba muy fácilmente. Venimos todos ahora, después de todo este año tan peculiar, singular, difícil y tan duro para tantas personas, y muchas veces las personas te acusan el cansancio.

Necesitamos la Vida de Dios. Y la Vida de Dios es Su amor. Necesitamos Su amor y lo que yo os comunico esta tarde, a través de los gestos del Sacramento, es ese amor infinito de Dios, que confirma y ratifica el amor que os tiene desde toda la eternidad y que os va a tener siempre. Pero que expresó en forma de Alianza que quería hacer con nosotros en su Pasión y en su muerte.

Os he dicho que es para siempre y quiero insistir en ello, porque nosotros, a lo mejor nos olvidamos, seguro. Somos muy olvidadizos y muy cortoplacistas, se nos pasan las cosas y a lo mejor nos olvidamos. O a lo mejor, la vida tiene tantos tropiezos y tantos enredos que terminamos pensando que no puede ser verdad que Dios nos quiera. Yo os aseguro que nunca, nunca, nunca dejará de quereros. Y podría estar una hora diciendo: nunca dejará de quereros, nunca dejará de quereros… como para grabarlo a fuego en vuestro corazón.

Aunque vosotros le dejéis a Él, incluso aunque le expulsarais de vuestra vida, Él estaría pegado a vosotros -seguiría en vosotros, porque si estamos vivos es porque el Señor está en nosotros ya-, pero estaría a vuestro lado esperando que pudierais llamarLe, invocarLe de nuevo, e inmediatamente sería como el primer día de la Creación. Nunca dejará de quereros.

No quiero cansaros. Sólo quiero subrayar una cosa y es que los gestos, a través de los cuales pasa ese don tan grande que acabo de escribir, son muy pequeños, muy chiquitillos: una imposición de las manos, una señal de la cruz, una unción con aceite consagrado. Pero no despreciéis la pequeñez de los gestos. La mayoría de los gestos humanos son muy pequeños: una sonrisa, qué cosa tan pequeña. Un beso, una caricia, una mano tendida y, sin embargo, por esos gestos puede pasar algo muy grande, puede pasar un amor verdadero. También hay besos de traición, todos recordáis el beso de Judas. Cuando los hombres decimos “te quiero”, no siempre es verdad lo que decimos y una de las tareas de la vida es descubrir cuándo esos gestos son verdad y cuándo no lo son. Pero cuando Dios dice “te quiero”, Dios no miente y, a través de los gestos pequeños de los Sacramentos, el Señor Se nos da. Y se nos da no porque quiere conseguir que seáis buenos y es como un truquillo (sería un truco muy malo y valdría muy poco el amor de Dios). Se os da porque quieres estar con vosotros, porque os desea, porque os sigue.

Es verdad que nosotros podemos seguir al Señor, pero antes que nosotros podamos seguir al Señor, nos sigue Él a nosotros, nos persigue Él a nosotros. ¿Para qué? Para que estemos contentos, simplemente. Hay mucho orgullo en pensar que nosotros podemos darLe algo a Dios o que Él necesita algo que nosotros pudiéramos dar. No. Somos nosotros los que necesitamos de Ti, Señor. Somos nosotros los que, para poder afrontar la vida y sus durezas, y sus fatigas, necesitamos de Ti. Pero Tú estás con nosotros, sabemos que estás con nosotros, nos fiamos del don que Tú haces de Tu vida y nos lo haces en Tu Iglesia.

Y fiados de ese don, acometemos la tarea de vivir con fortaleza, con alegría.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

15 de mayo de 2021

S.I Catedral

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