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Álvaro Pereira: “¡Qué haría yo sin mi Iglesia de Sevilla!”

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Álvaro Pereira: “¡Qué haría yo sin mi Iglesia de Sevilla!”

Un ministerio sacerdotal deseado, una vida pastoral profunda, dinámica y fecunda, un amor apasionado por las Sagradas Escrituras y un deseo ardiente de servicio y predicación del Evangelio, son algunos de los rasgos que describen los 17 años de ordenación sacerdotal de Álvaro Pereira Delgado.

“Estoy muy feliz de que el Señor me haya llamado a ser su sacerdote. Nunca dudo de él y del amor que me tiene. Sí que dudo de mí, ya que tantas veces no soy fiel. Pero el Señor es paciente y bueno conmigo, me suele traer a gente para que saque de mí lo que Él me regala cada día: la gracia del ministerio, que se concreta en la escucha misericordiosa, en la capacidad de dar ánimos y esperanzas, en los deseos de servir, predicar y dar vida. Me siento muy bendecido, la verdad”.

“Entré con dieciocho años en el Seminario”

Este sacerdote sevillano manifiesta que su historia vocacional es muy sencilla. Desde muy pequeño estuvo cerca de la Iglesia. Vivía al lado de la parroquia de su pueblo en Montellano y fue monaguillo desde los seis años.

“Servíamos al altar no solo los domingos, sino también los días de diario”– rememora. Las hermanas de la Cruz, además, los enseñaban a ser buenos niños y buenos monaguillos. “Cuando cumplí los catorce años, vino a mi pueblo un sacerdote joven, Don Carlos Coloma, que tenía muchas ganas de hacer cosas con la juventud. Comenzamos a hacer convivencias, campos de trabajo, a servir a los ancianos de la casa de las Hijas de la Caridad, a ayudar en la restauración de la parroquia, que estaba en obras en aquella época. Me fui entusiasmando con Jesús y su Iglesia”.

Álvaro descubrió la belleza y profundidad de la oración en aquellos retiros juveniles y, poco a poco, se fue haciendo una pregunta cada vez más insistente a la que no pudo negarse. Entró con dieciocho años en el Seminario Metropolitano de Sevilla.

Confiesa que una certeza sostiene no solo su fe, sino también su vida: “Jesús me ama y ha dado la vida por mí. Él me ha enseñado que su Padre es también mi padre y me ha creado por amor para ser santo y predicar con alegría su Evangelio”.

¡Qué haría yo sin mi Iglesia de Sevilla!

Pero hay más: “Él me ha puesto en la Iglesia, en la que me siento verdaderamente querido. ¡Qué haría yo sin mi Iglesia de Sevilla! Mi querido arzobispo, mis hermanos sacerdotes, los jóvenes que el Señor me regaló en mis años de la Pastoral Universitaria, mis compañeros de claustro y mis alumnos, y mil amigas y amigos laicos con lo que he ido compartiendo la presencia luminosa y fecunda de Dios”.

Profesor, canónigo, capellán…

Para él es esencial hacer un rato sustancioso de oración personal con la Palabra de Dios por la mañana. “Sin ella, me siento vacío, acelerado y seco”.

A las ocho de la mañana celebra la Eucaristía, el centro de su jornada, con sus monjas jerónimas, en el monasterio de Santa Paula. “De allí salgo con energía para emprender el día. Desde hace un año soy canónigo y comparto el Oficio y los Laudes con mis hermanos en la Catedral. La oración comunitaria es una inmensa riqueza”.

Después, acude a la Facultad de Teología e invierte el día entre clases, la investigación y la atención a sus alumnos. “Vivo este servicio académico como la misión pastoral que me ha encomendado mi Iglesia. A veces, cuando veo cómo los ojos les brillan a algunos alumnos que descubren la belleza de la Sagrada Escritura, comprendo que el Señor se ha portado muy bien conmigo encomendándome esta bendita tarea”.

Ministerio de la predicación  

Considera que le falta muchísimo para parecerse a los grandes santos sacerdotes, como san Felipe Neri, San Juan de Ávila o el Santo Cura de Ars, que solo celebrando la Eucaristía ya transmitían palpablemente el amor del corazón de Jesús. Sin embargo, “le pido al Señor cada día que me conceda celebrarla con autenticidad, siendo fiel a la Iglesia y diciendo con verdad: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”, de manera que me una y configure con la entrega de nuestro Señor Jesucristo. Me siento muy llamado al ministerio de la predicación, así que intento preparar las homilías para que los fieles atisben el inmenso misterio que celebramos en el altar”.

Itinerario

Los primeros seis años de su vida sacerdotal estuvo en Roma estudiando la licencia y el doctorado en Sagrada Escritura. “Fueron años preciosos en los que descubrí los abismos insondables de la Palabra de Dios. Nunca me canso de leerla, estudiarla y descubrir nuevos detalles que hablan del amor y la paciencia del Creador con sus criaturas”.

En Roma también se abrió a la riqueza y universalidad de la Iglesia. “Relativicé muchas cosas en mi modo de entender el ministerio y afiancé otras, las más importantes. Hice muchísimos amigos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos de todo el mundo y aprendí amar a la Iglesia en su grandeza y su complejidad”, expresa.

Después fue enviado al Seminario Metropolitano como formador y a la Parroquia del Corpus Christi, como vicario de d. Miguel Oliver Román, del que aprendió mucho.

En 2010, monseñor Juan José Asenjo lo destinó a la Pastoral Universitaria, el SARUS y a la Hermandad de los Estudiantes. “He desempeñado durante nueve años este servicio pastoral. Han sido los mejores años de mi vida. Allí encontré una comunidad de 80.000 personas, llenas de vida, ilusiones, problemas, angustias y deseos de saber, a las que el Señor me encomendaba para servirlas y, si se dejaban, anunciarles el Evangelio”.

Así, el servicio pastoral en la Universidad de Sevilla (también comenzó a ir semanalmente a la Pablo de Olavide) le forjó como sacerdote amigo de Jesús y representante de la Iglesia ante la sociedad (en este caso, universitaria). “Aprendí, no sin muchas equivocaciones, a dialogar con los que no creían y a mostrar un rostro cercano, servicial y humilde de la Iglesia ante los demás. Me encontré con muchísimos profesores, estudiantes y miembros del personal de la Universidad que tenían ganas de Dios y sed de ser escuchados. Pasé muchas horas de confesionario y dirección espiritual; organicé muchísimas convivencias, retiros, ejercicios espirituales, encuentros formativos y mil actividades en las que siempre me sentí capitaneado por mi Señor Jesús. Sufrí y luché en favor de los empobrecidos, que también había muchos en la Universidad. Trabajé mucho en Cáritas Universitaria en aquellos años. Disfruté con las decisiones vocacionales de algunos jóvenes que decidieron dar el paso al sacerdocio, la vida religiosa o el matrimonio. ¡Cuánto bien hace el Señor en la vida de los jóvenes que son generosos con él! Metí la pata muchas veces, pero también experimenté el perdón y la paciencia de las personas, creyentes y no creyentes, conmigo. Fueron años preciosos que el Señor me ha regalado”, agradece.

Ahora lleva dos años dedicado a la docencia y a la investigación, aunque sigue atendiendo a algunas personas de esos años en dirección espiritual.

Más obreros a su mies

Álvaro advierte sobre la necesidad de oración por los sacerdotes y las vocaciones sacerdotales, “tanto como el agua”. En ocasiones, “cuando algún joven me expresa sus inquietudes vocacionales, le digo que vea cuánta necesidad tenemos de sacerdotes. Muchos días me acuesto con la sensación de no haber llegado a todas las personas que requerían mi atención. Señor, manda obreros a tu mies, los necesitamos”.

“Para mí la vida es Cristo”

Cuando se ordenó sacerdote, escribió en la estampita de ordenación: Para mí la vida es Cristo (Filipenses 1,21). “Aunque a veces tiendo a cubrir de ropajes mi vida, al final siempre me doy cuenta de que todo es secundario y solo con Él soy de verdad feliz. Jesús me levanta de mis caídas y siempre está cuidándome, incluso aunque no me dé cuenta. Tiene una paciencia infinita conmigo, me reorienta y me sorprende con nuevos proyectos y personas cuando no los esperaba. Su palabra es misteriosa, a veces me sabe dulce y fortalece mis debilidades, a veces me arde por dentro y denuncia mis falsedades; pero siempre me muestra una confianza heroica, capaz de ver en mí lo que solo Él es capaz de sacar. ¿Cómo no decir que para mí la vida es Cristo?”

 

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«La economía del deseo»

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Última publicación de la Editorial Nuevo Inicio, del Arzobispado.

Los cristianos creemos y anunciamos que Dios, nuestro Padre, se ha hecho hombre en Jesucristo por obra del Espíritu Santo, que ha muerto y ha resucitado para liberarnos de la esclavitud del pecado. Creemos, además, que esa liberación se realiza aquí y ahora, en todo tiempo y lugar, gracias a nuestra participación en el Cuerpo de Cristo, en la Iglesia, en la que recibimos gratuitamente los dones infinitos de Dios. ¿Qué tiene esto que ver con la economía, con el capitalismo y con la posmodernidad? Absolutamente todo.

En este libro el profesor Daniel M. Bell Jr. sostiene que el capitalismo es una negación de todo lo anterior: un rechazo del Dios cristiano y una entronización del mercado y la empresa como los nuevos salvadores de la humanidad. Basándose en la filosofía de Gilles Deleuze y Michel Foucault, demuestra que el capitalismo es una economía del deseo, una economía que somete el deseo humano, lo deforma y lo desvía de su verdadero fin, que es Dios. Al hacerlo, al romper la comunión de cada hombre con Dios, rompe también su comunión con el prójimo y con el resto de la creación. Esta es, según Bell, la clave para entender la posmodernidad, que es esencialmente capitalista.
Pero Bell nos urge a no perder la esperanza. Como nos demuestra y nos enseña a ver en su libro, Dios está actuando aquí y ahora, Cristo nos está redimiendo aquí y ahora, el Espíritu está intercediendo por nosotros e inspirando por todas partes acciones e iniciativas que promueven la economía divina, la economía del don, la economía de la salvación. Bell nos está invitando a una economía santa.

Daniel M. Bell Jr. es un teólogo metodista formado en la Universidad Stetson (Florida), y posteriormente en la Universidad Duke (Carolina del Norte), donde realizó su tesis doctoral bajo la dirección de Stanley Hauerwas. Ha enseñado Ética Teológica en el Seminario Teológico Luterano del Sur (Columbia, Carolina del Sur). A día de hoy trabaja como investigador y conferenciante independiente. Este es el segundo de sus libros que publica la editorial Nuevo Inicio, tras Teología de la liberación tras el fin de la historia (2009).

El libro está disponible en todas las librerías de España y también en www.nuevoinicio.es

Editorial Nuevo Inicio

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“Dios os quiere”

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Homilía en la Eucaristía del Sacramento de la Confirmación en la S.I Catedral, el 27 de mayo de 2021.

Muy queridos hijos ( me dirijo a todos, pero, especialmente, a los que vais a confirmaros):

Fijaros, en nuestro lenguaje actual y que usamos habitualmente acerca de la Confirmación, pero también en nuestra manera de hablar de la relación con Dios y de lo que significa la vida cristiana en sí, ponemos mucho énfasis en lo que nosotros tenemos que hacer. De hecho, hasta las mismas moniciones hablan de “un camino cristiano que empezó en el Bautismo” y que ahora vosotros queréis, de algún modo, que llegue a su plenitud. Y se insiste mucho en que, en consecuencia de la Confirmación, tenéis que dar testimonio de Jesucristo. Todo el énfasis está en cosas que nosotros tenemos que hacer.

Llega un momento en que a base de hablar de esa manera nos creemos que el cristianismo consiste en una serie de obligaciones que nosotros tenemos que hacer por Dios. De ese modo, no caemos en la cuenta de que, en realidad, quien lo hace todo, quien nos hace a nosotros mismos, que hace que podáis escuchar mi palabra, quien me da la fuerza para hablaros, y la vida que me permite quereros, veros, dirigirme a vosotros, todo, todo lo que somos y hacemos es como una participación en el Ser de Dios; por lo tanto, es don de Dios. Nosotros no le damos nunca nada a Dios. Nunca. Y es un lenguaje pobretón cuando decimos “¿qué me pide Dios?” Dios no pide nunca nada. Lo único que Dios hace es dar.

Hablábamos también de las exigencias del Evangelio, de lo que el Señor exige. A lo mejor, ser responsables, estudiar, prepararme bien, ser obediente. Estamos siempre pensando en obligaciones y deberes, en cosas que nosotros tenemos que hacer. No me extraña que la gente, acostumbrada a oír ese lenguaje, pierda la fe. Porque es un Dios bien pequeño; un Dios que espera de nosotros y apenas hablamos de lo que Dios hace por nosotros. Lo primero de todo es la Creación. Si en este momento existe, es porque Tú me miras, me amas, me sostienes en el ser, me das la consistencia y las capacidades que tengo para ser quien soy.

Y los Sacramentos de la Iglesia que son aquellos de Cristo, vivo y resucitado, son siempre dones que Dios nos hace, no tareas que Dios nos pone. Concretamente, la Confirmación… Dios no nos regala cosas. Dios nos regala, en primer lugar, a Él mismo, cuando nos crea. Nos regala, en segundo lugar, a nosotros mismos: somos un regalo de Dios. Ahí no cuentan ni las notas, ni las cualidades que tenemos, los defectos, la historia que nos configura de algún modo, ni las heridas que arrastramos. Nada de eso cuenta. Si existimos, es porque Dios me dice “te quiero”. Y, además, te quiero como eres, no en el sentido de que, a lo mejor, disfrute mucho con las cosas que no hacéis bien. Me refiero a que no pone ninguna condición para quererte. Ninguna. Te quiere desde siempre, desde antes que existieran las galaxias, las playas, las nubes, el sol, los planetas, las montañas, Sierra Nevada; desde antes que existiera el mundo, porque Dios es eterno y Sus palabras y Sus lecciones son eternas también. El “te quiero” que Dios nos dice a cada uno nos lo ha dicho desde toda la eternidad.

Es verdad que los hombres abandonamos el camino de Dios muy pronto y nos hemos hecho la vida muy complicada, nos hacemos daño unos a otros, buscamos seguridades. La Creación no es transparente, de tal forma que podamos recibirla constantemente como un regalo de Dios, ni nosotros mismos nos percibimos como un regalo de Dios. Y, por así decir, para descubrirnos de nuevo que Dios es Amor, que los hombres lo habíamos olvidado y lo olvidamos constantemente, el Hijo del hombre se hizo carne y compartió nuestra condición humana, compartió una vida en la que la trama de envidias, celos, egoísmos, soberbias de los hombres lo llevaron a la muerte y una muerte en la cruz. Los que hayáis visto “La Pasión” os hacéis una ligera idea de cómo es esa muerte. Pero Jesús dijo: “Nadie me quita la vida. Yo la doy porque quiero”. Y también dijo, intercediendo por aquellos que lo estaban llevando a la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. También dijo la víspera: “No hay mayor amor que dar la vida por aquellos que uno ama”. “Aquellos a los que uno ama” sois vosotros.

Él hizo la institución de la Eucaristía, que es el Evangelio que hemos leído, porque es la fiesta de Cristo Sacerdote; explica el sentido de su muerte: una Alianza nueva y eterna. Una alianza de amor hecha con cada uno de nosotros, con cada hombre y mujer de la historia. Es verdad que eso a nosotros nos parece inimaginable, pero es que Dios es Dios, no es una creatura como somos nosotros, ni siquiera una creatura muy poderosa que está ahí, manejando los mecanismos del mundo: es infinitamente más grande. Dios es Amor y en Jesucristo se nos ha revelado como Amor. Y en la Pasión y en la muerte de Jesucristo, nos ha dado Su vida. Y ha dejado esa Vida en manos de pobres hombres como yo, la Iglesia, para que la podamos comunicar mediante los Sacramentos, que son los gestos pequeños a través de los cuales Dios se da a nosotros. La relación de Dios con nosotros, que es infinitamente más importante que la relación nuestra con Él, se resumen en ese “te quiero”.

Un día que San Juan Pablo II quería describir qué era el cristianismo dijo: “El mensaje que la Iglesia quiere dejar a cada hombre y mujer de este mundo es un mensaje muy sencillo: ‘Dios te ama, Cristo ha venido a por Ti’”. Ese mensaje es el que quiero transmitiros esta tarde: “Dios os quiere”. Y no con un amor como el nuestro, que se cansa, se fatiga, tiene momentos de hastío, de aburrimiento. Dios no se cansa jamás de nosotros. Dios nos ama desde siempre y cuando dice “te quiero” es para siempre también. No es por una temporada o mientras me vaya bien, mientras tengas algo que me interesa… Dios nos quiere porque nos quiere. Dios nos quiere porque es Amor y porque ha querido hacernos hijos suyos por amor.

Y Cristo ha venido a comunicarnos ese amor y ha depositado en unos gestos que ha dejado en manos de la Iglesia la posibilidad de participar de ese Amor. Entrar en esa Alianza de amor nueva y eterna de amor con Dios. En esa Alianza, nosotros participamos, en primer lugar, por el Bautismo, pero todos vosotros habéis sido bautizados cuando erais pequeños; vuestros padres querían que tuvierais la vida de Dios desde el primer momento. Pero la Iglesia  ha pospuesto, ha retrasado el segundo sello, el Sacramento de la Confirmación, para una edad en la que uno puede darse cuenta que el Señor quiera hacer una alianza de amor eterna conmigo. Eso es lo que sucede en la Confirmación. No os confirmáis vosotros. Vosotros profesáis la fe, el Credo. Le decís al Señor que Le conocéis; que no queréis vivir según el mal, sino según el camino del Señor, porque Le conocéis, conocéis que os quiere y esperáis de Él lo más grande que se puede esperar de nadie: la resurrección de la carne y la vida eterna. Eso es todo lo que vosotros hacéis. Es el Señor quien confirma entregándoos de una manera más plena que en el Bautismo: Su propia vida, Su propio Espíritu de Hijo de Dios, para acompañaros. No vais a ser más buenos por haber recibido la Confirmación. Lo podéis ser, pero no es para eso. Quien nos quiere de verdad está con nosotros porque nos quiere, no quiere sacar nada de nosotros. Si Dios quisiera estar con nosotros sólo para conseguir que seamos un poco mejores, que cumplamos mejor con nuestros deberes escolares, de estudiantes, de hijos… El Señor quiere acompañaros en vuestro camino de vida, quiere estar al lado vuestro. Todos vuestros sufrimientos, sean los que sean, los va a compartir, van a ser parte de la Pasión del Señor, porque Él está con vosotros y en vosotros. Y con una unión tan grande que vuestros sufrimientos serán sufrimientos suyos, igual que vuestras alegrías verdaderas serán una participación… Él lo dijo: “Yo he venido para que Mi alegría esté en vosotros y para que vuestra alegría llegue a plenitud”. Estamos en un mundo en el que alegría es un bien muy escaso, más que el oro, las perlas, las joyas. El Señor viene para estar con nosotros, para acompañarnos, para que Su alegría esté en vosotros. La alegría que nace del hecho de que Dios es Amor, para que podamos vivir siempre contentos. Un pueblo cristiano sería un pueblo de personas contentas. Me diréis, “pues, somos muy malos cristianos”. Seguramente, o no nos damos cuenta de qué significa la Presencia y la Compañía del Señor.

La Confirmación es la Alianza que Dios confirma. La alianza que hizo con vosotros en la cruz, el don de Su vida, para que podamos vivir sostenidos por esa vida. De manera que no sea el pecado lo que determina nuestro ser, aunque caigamos, aunque caigamos mil veces, sino el amor con el que somos amados y gracias al cual el Señor nos rescata una y otra vez del poder del pecado y nos permite vivir en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Cuando uno se da cuenta de que esto es lo que son los Sacramentos y que esto es lo que significa el Sacramento de la Confirmación, la alegría que hay en el corazón a lo mejor es menos contagiosa, pero, al mismo tiempo, es más profunda, pura, verdadera, porque el Señor no va a dejar de quereros nunca. Vosotros a lo mejor os olvidáis, si escogéis una carga, una profesión donde uno tiene que dar la vida entera para sacar la carrera adelante, o una profesión en la que hay que trabajar catorce horas al día como hace mucha gente; pues, a lo mejor os olvidáis del Señor y pensáis que todo en vuestra vida es fruto de vuestros puños, de coraje, de valor. Y es verdad que nos hace hacer cosas, pero lo que quiero deciros es que, aunque os olvidaseis del Señor, Él no os va a olvidar; aunque le deis la espalda, Él no os la dará; aunque lo expulsarais de vuestra vida, Él no se va a ir, se queda a tu lado por si cambias de opinión, pero no va a dejar de quererte, aunque tú llegaras en un momento a odiarLe.

Veréis, eso del odio es relativo. La experiencia humana es que nos enfadamos con la gente que más queremos. Eso es lo normal. El Señor no se va a enfadar. Si acaso, os va a querer más. Lo dijo en el Evangelio cuando habló de la oveja perdida: ningún pastor deja 99 para buscar una extraviada. Ninguno, eso no lo hace nadie. Pero el Señor lo hace porque le importas, porque le importamos todos. Nos extraviemos, nos perdamos, aunque le echemos de nuestro corazón, no se va a ir, no va a dejar nunca de quereros, eso es lo que quiero que se os quede grabado. Él firma de nuevo la alianza que hizo y de la que habló la víspera de Su muerte. La hizo toda Su vida, pero la selló con Su sangre en la cruz. Y Él ratifica hoy esa alianza como diciendo “como si fuera la primera mañana, el primer amanecer de la historia, ‘te quiero. Te quiero y no puedo dejar de quererte’”. Y eso es lo que significan los gestos.

Es verdad que la monición dirá que la transmisión del poder, de una vida definitiva, pero la cruz significa un gesto de preferencia mediante la imposición de las manos y el ungiros con aceite consagrado es como, haciendo la señal de la cruz, la señal con la que Cristo quiere marcar Su Presencia en vuestra vida para siempre, no os olvidéis de eso.

Estaréis pensando cómo es posible que en gestos tan pequeños pueda suceder algo tan grande. Os puedo poner docenas de ejemplos, pero sólo voy a poner uno. Uno de los gestos humanos más pequeños es un beso. Qué cosa… es un gesto pequeñísimo, insignificante casi. Los gestos humanos son ambiguos. Un beso es señal de don y el don de un amor muy grande, y puede pasar por él la vida entera, o el deseo de dar la vida, o puede ser también una mentira muy grande.

¿Os acordáis de un beso que fue símbolo de una traición? El beso de Judas. Que el gesto sea pequeño no significa…, puede llevar algo muy grande. Cuando son gestos humanos, pueden ser verdaderos o mentirosos; pero, si son verdaderos, una caricia, una sonrisa, un “achuchón”, y cómo cambia la vida si en esa sonrisa va un gesto de afecto, de amor. No despreciéis la pequeñez de los gestos, porque los gestos humanos son siempre pequeños. Pero en esos gestos, el Señor ha puesto todo Su amor y todo Su poder. Es un amor infinito, porque en Dios no hay nada que no sea infinito.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

27 de mayo de 2021

S.I Catedral

20.707 voluntarios en pastoral de la salud, posada del buen samaritano para los enfermos

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CEE.- La parábola del Buen Samaritano, que el papa Francisco ha desarrollado especialmente en Fratelli Tutti, señala que todos tenemos obligaciones con el que sufre, con el herido, con el enfermo.

La Iglesia, escribía también el Papa en su mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 2020, desea ser cada vez más la posada del Buen Samaritano que es Cristo (cf. Lc 10. 34).

Unos 1.200 capellanes hospitalarios y más de 20.000 voluntarios y agentes de pastoral atienden «esta posada» que da cobijo a las personas enfermas y sus familias, según datos de la Memoria Anual de Actividades 2019.

Jaime Mozas, 87 años y a pie de cama

Jaime Mozas tiene 87 años y sigue a pie de cama como capellán del hospital comarcal de Barbastro, en Huesca, desde hace 25 años.

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Este sacerdote resume con sencillez su labor en este centro hospitalario, pequeño y familiar: encontrarse con los enfermos y sus familiares, que también sobrellevan la enfermedad, estar a su lado, y, sobre todo, escuchar.

“Id y curad a los enfermos”

Sor Guadalupe Martínez, de 72 años, es religiosa hospitalaria. Es enfermera ya jubilada y ahora dedica su tiempo a cuidar y acompañar a los enfermos mentales del Centro Padre Menni, en Santander.

Con ellos escucha música, ve vídeos, sale de excursiones…. y reza. Porque sor Guadalupe también aporta esa dimensión espiritual que pone al descubierto el sentido de la vida.

Le gusta pensar que a los enfermos les proporciona ilusión y ganas de estar en el grupo. A ella, le recargan las pilas.

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Los sacerdotes de la diócesis de Guadix celebran la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

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Los sacerdotes de la diócesis de Guadix celebran la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

Es la primera vez que la celebran en tiempo de pandemia y darán gracias a Dios por los 25 años de sacerdocio de José Manuel Suárez

El clero de la diócesis de Guadix celebra este jueves la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, una jornada en la que los sacerdotes dan gracias por su llamada al ministerio sacerdotal y comparten un tiempo de convivencia. La celebración tendrá lugar en el Centro Diocesano de Espiritualidad y será la primera vez que se celebre desde 2019, ya que el año pasado se suspendió por la pandemia. Este año, se ha decidido mantener el encuentro, aunque con todas las medidas sanitarias establecidas.

En el encuentro, convocado por el obispo accitano, D. Francisco Jesús Orozco, habrá tiempo para la oración y para compartir. Quizá la convivencia se vea más resentida por las medias de prevención que hay que adoptar. También habrá tiempo para unirse en acción de gracias por los 25 años de sacerdocio de José Manuel Suárez Fernández, párroco de Aldeire, Dólar y Ferreira.
Seguro que esta celebración de la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no será como la de otros años, porque las distancias y las mascarillas suponen barreras, pero sí que es una jornada esperada porque supone un momento de encuentro con los compañeros de misión y un pasito más en el camino hacia la normalización.
Antonio Gómez

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Los bomberos de Guadix realizan prácticas en la torre de la catedral

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Los bomberos de Guadix realizan prácticas en la torre de la catedral

 

Durante la mañana del miércoles 26 de mayo, el cuerpo de bomberos de la ciudad de Guadix ha realizado con éxito ejercicios prácticos en la torre de la catedral. El obispo, D. Francisco Jesús Orozco, junto con el vicario general y el deán del Cabildo catedralicio, recibieron en la explanada de la catedral al cuerpo de bomberos y al concejal de Protección Ciudadana del ayuntamiento accitano.

La diócesis ha prestado este edificio tan emblemático para los accitanos por reunir unas características especiales que hace que se pueda realizar un simulacro de incendio a gran altura.

Los ejercicios prácticos han consistido en tomar una serie de datos y mediciones de varios dispositivos del Parque de Bomberos. El objetivo principal es analizar la capacidad de intervención, reacción y puesta en marcha de dispositivos contra incendios a gran altura, tomando como referencia la torre. El simulacro se ha producido en el balcón colgante del campanario y en la zona del Paseo.
El balcón está situado a una altura de unos 7 pisos o lo que es lo mismo, 30 metros aproximadamente que ha alcanzado le escalera mecánica en su máxima extensión. Se ha probado el uso de las mangueras a máximo rendimiento de presión y su uso en zonas poco accesibles. También se ha medido el nivel de alcance del chorro de agua en distintos puntos estratégicos de los tejados de la catedral y del paseo, así como de la torre.
El simulacro ha resultado positivo porque se han probado todos los recursos, tanto humanos como materiales, de manera satisfactoria, lo que ayudará en el futuro en caso de producirse un incendio a gran altura.

Antonio Navarrete

 

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Santísima Trinidad, Jornada Pro-Orantibus

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Concluida la cincuentena pascual, de Pascua a Pentecostés, se suceden una serie de fiestas que complementan el año litúrgico. Este domingo, la solemnidad de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Jesucristo constituye la plenitud de la revelación de Dios. Él se presenta en el escenario de la historia humana, hablándonos de Dios como su Padre, habla de sí mismo como el Hijo amado y nos anuncia el Espíritu Santo, que ha de venir como consolador y abogado. Así lo recibe la Iglesia, así lo vive en su liturgia de alabanza y acción de gracias, así lo proclama en el anuncio del Evangelio a todas las gentes. El Dios de Jesucristo no es un personaje solitario, lejano, inaccesible.

Dios ha abierto sus entrañas de misericordia, volcándose sobre cada uno de nosotros, nos ha abierto su corazón. Y no podíamos imaginar cuánto amor nos tiene Dios Padre, que nos ha enviado a su Hijo único para rescatarnos del poder de la muerte y llevarnos al cielo, y a través de su Hijo nos ha enviado el Espíritu Santo, su amor personal, para que nos enseñe a amar. Entrar en relación con Jesucristo es entrar en la órbita de un amor que nos envuelve y nos lleva a plenitud, un amor que nos sana y nos restaura, un amor que nos impulsa y nos llena de alegría vital.

Dios tiene el plan de hacernos sus íntimos, de que entremos en su diálogo de amor para enviarnos a ser testigos de ese amor a todos los hombres, nuestros hermanos. Dios nos ha abierto su corazón para que disfrutemos de su amistad y nos hagamos partícipes de sus dones. Cuando el gran teólogo santo Tomás se pregunta para qué se nos ha revelado el misterio de la Trinidad, responde: -Para que lo disfrutemos.

La fiesta de la Santísima Trinidad es fiesta para disfrutar de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que ha puesto su morada en nuestra alma. “Si alguno me ama, guardará mi palabrea, mi Padre lo amara y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Es lo que llama el catecismo la inhabitación de las Personas divinas en el alma del justo. Ya no hay soledad para el que vive con las Personas divinas, está siempre acompañado, dialoga con ellos, acude a su continua protección, se siente acompañado siempre, incluso en el momentos de mayor aislamiento. El cristiano en gracia de Dios tiene huéspedes en su alma, y debe vivir para atenderlos y acogerlos en su corazón.

La vida contemplativa nos recuerda a todos en la Iglesia esta dimensión esencial de la vida cristiana: el conocimiento amoroso de Dios, el trato asiduo por la oración y la contemplación de Dios, el entrar en su corazón y compartir sus amores. Si Dios no es un círculo cerrado, sino un corazón abierto para incluir a todos los hombres, el corazón de un contemplativo no es un corazón aislado del mundo y de los dolores de la humanidad. El lema de la Jornada Pro-orantibus de este año nos dice: “Cerca de Dios y del dolor humano”. Los contemplativos están más cerca de Dios, porque han sido llamados para vivir cerca, pero al mismo tiempo, entrando en el corazón de Dios, están más cerca de la humanidad, porque comparten los amores de Dios y el sufrimiento de Cristo crucificado, movido por el amor.

Concretamente en este tiempo de pandemia, los contemplativos llevan traspasado el corazón con los sufrimientos de tantos hermanos que sufren la pandemia, como ellos mismos la están padeciendo. Estar cerca de Dios no aleja de los hombres, y menos aún de los dolores de la humanidad. Estar cerca de Dios hace estar más cerca de los hombres y de sus angustias y esperanzas. Como decía santa Teresita del Niño Jesús: “En el corazón de mi madre la Iglesia, yo seré el amor”. Los contemplativos son el amor que bombea a toda la Iglesia el amor para sanar los corazones doloridos.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

La entrada Santísima Trinidad, Jornada Pro-Orantibus apareció primero en Diócesis de Córdoba. Ver este artículo en la web de la diócesis

“La experiencia misionera estuvo rodeada de alegría”

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Pablo Jesús González participó en la misión hace dos años y sueña con volver a vivir la experiencia

¿Cómo surgió la idea de realizar un tiempo de voluntariado en Picota?

Para intentar explicar los motivos que me llevaron a realizar una experiencia misionera (expresión que sería más acertada que “voluntariado”), tendría que hacer referencia a mis padres. En este sentido, la integración de mis padres en la Delegación de Misiones de Córdoba ha sido un claro reflejo a lo largo de mi vida, hasta el punto de llegar a participar en el grupo de formación misionera de jóvenes, que estaba coordinado por la Delegación de Misiones de Córdoba.

Esta íntima relación con la Misión, promovida principalmente a través de mis padres, hace despertar una cierta curiosidad por la posibilidad de realizar una experiencia misionera lo cual se consolida, primero, por el aprendizaje de qué significaba realmente esta experiencia (a diferencia de un voluntariado) y, segundo, por los testimonios y la alegría de aquellas personas que ya lo habían hecho.

¿Qué recuerdas de aquella experiencia misionera?

Casi dos años después de haber vivido aquella experiencia, mis recuerdos acerca de la misma siguen persistiendo con total claridad, así como las ganas de volver a vivirla. Los sentimientos, emociones y pensamientos que resurgen cuando pienso en aquella experiencia se clasifican en dos bloques: por un lado, la alegría que rodeó en todo momento aquella vivencia y, por otro lado, todas aquellas enseñanzas y lecciones que me transmitieron aquellas personas que formaron parte de mi experiencia en Picota (entre otros, los sacerdotes, las monjas de distintas congregaciones, mis compañeros de viaje y, sin duda, nuestros hermanos de Picota, que en todo momento nos acogieron con los brazos abiertos).

¿Qué te enseñó la gente que te encontraste allí?

Una cosa en común que encontraba en aquellas personas es el deseo de Dios que se reflejaba en dos aspectos muy importantes: cómo apreciaban y agradecían la presencia del sacerdote y el deseo de poder participar en la Eucaristía, que en algunos casos sólo era posible tres o cuatro veces al año. Esta actitud me hizo reconocer que estaba tan acostumbrado que no había valorado lo afortunado que era ante la posibilidad de poder asistir cada domingo a la celebración de la Eucaristía.

¿Cómo cambió tu vida al volver a tu vida cotidiana?

Esta experiencia misionera ha supuesto una nueva perspectiva en mi día a día. Como contaba anteriormente, ha conseguido que valore de otra manera ciertas cosas, otorgándole la relevancia que realmente tienen, principalmente, la importancia de la Eucaristía en mi vida. Todo ello se traduce en un sentimiento de alegría, la necesidad de compartir mi alegría, mi Fe, con la gente de mi alrededor.

¿Mantienes todavía vinculación con la misión diocesana?

Aunque no mantengo una vinculación diaria con la misión Diocesana de Picota, sí que estoy informado de las novedades que se desarrollan en la misma a través de las redes sociales, con la plena ilusión de que Dios vuelva a ponerla en mi vida.

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“La función del músico cristiano está en dejar resonar la voz original”

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José Manuel Montesinos Suárez es profesor de Lengua y Literatura, miembro de la Asociación Pública de Fieles “Con Vosotros Está” y del Carmelo Descalzo Seglar. Este poeta, guitarrista, compositor, arreglista y cantautor participa en el III Congreso Internacional Avilista con el musical “¿Por qué quema el fuego?”, basado en textos de San Juan de Ávila, que se representará el 30 de junio en el Patio de los Naranjos de Córdoba

Este cordobés, residente en Sevilla, compone y adapta para otros intérpretes y además canta junto a su esposa Paqui Alonso, también profesora de Lengua y Literatura. Ambos son catequistas de comunidades de adultos. El matrimonio tiene dos hijos jóvenes.

Su trabajo más reciente es el Libro-Disco “El Canto nuestro de cada día” y cuenta con una extensa discografía donde figuran pieza de alto valor musical sobre textos de San Juan de la Cruz, San Felipe Neri o Santa Teresa. También ha colaborado con aplicaciones para dispositivos móviles como “Evangelio Orando” o “Rezando voy”. Sus obras se pueden pedir en montesinosjm@hotmail.com y en librerías religiosas de España.

 ¿Qué le motivó a acercarse a la figura de San Juan de Ávila y poner música a sus palabras?

El origen de la música y canciones que compongo suele ser la oración personal y comunitaria. Y el resultado también está al servicio de estos objetivos. Considero que mi vocación cristiana es el impulso de mi vocación musical y, a la vez, esta retroalimenta a aquella.

Mi esposa, Paqui Alonso -que suele cantar conmigo- y yo siempre hemos participado como catequistas de niños, jóvenes y adultos en diversas parroquias, de acuerdo con nuestro destino profesional. Somos profesores de Lengua y Literatura en la Enseñanza Media. Pues bien, hace unos años estuvimos colaborando en la Parroquia de San Juan de Ávila, de Sevilla capital. Al hilo de esa experiencia, que fue muy bonita, empecé a leer una antología de cartas del santo. Esa lectura se convirtió en oración, y esa oración, con el tiempo, se fue transformando en canciones.

Hace unos años preparamos un evento evangelizador en Montilla, alrededor del Santuario de San Juan de Ávila -actual basílica-, con música, danzas y múltiples recursos audiovisuales. Allí presenté en directo algunas canciones, inspiradas en las cartas, “Por qué quema el fuego”; al Padre Matías, nuestro querido y siempre recordado padre Matías, entonces rector del Santuario de San Juan de Ávila, le encantó y se entusiasmó con la idea de editar el trabajo como disco. Hacer un disco también es un modo de profundizar en la oración y en los textos, y de dar a conocer al gran público una experiencia mística, que se hace más intuitiva a través de la música.

¿A qué fuentes musicales ha recurrido para mostrar toda la dimensión del Patrón del Clero Secular Español?

Al componer música de oración cristiana, para mí la clave es la sencillez, la facilidad de cantar y participar por parte de toda la comunidad eclesial. Yo, como guitarrista y como arreglista, bebo de las fuentes propias de la música tradicional, folk y pop. Una guitarra y una voz que ora con el alma, sin alardes. La canción de autor en la que predomina el valor de la letra, la música religiosa, la tradición trovadoresca medieval y renacentista, la música andaluza y latinoamericana, los grandes cantautores. A todo ello se suma también todo el universo de texturas que ofrece el sintetizador musical y la música por ordenador.

¿Qué ingredientes debe reunir una composición para que nos lleve a la oración y a la meditación?

El texto y la melodía deben fluir con naturalidad al ritmo de la respiración. La Biblia, el Evangelio, los Dichos de Amor y Luz de San Juan de la Cruz, las Poesías de Santa Teresa, las Cartas o el Tratado del Amor de Dios, de San Juan de Ávila, o mis propios escritos y poemas… todos estos textos espirituales tienen pasajes llenos de musicalidad y ritmo. Surgen claramente estribillos y estrofas, aunque el original sea prosa, al escribir los autores se sienten inflamados de amor y adoración… La función del músico cristiano está en dejar resonar la voz original, que siempre es una voz eclesial, no solo personal, sino comunitaria, y hacer de mediación entre el alma del oyente y el fuego del Espíritu que arde en todos nosotros (y a menudo también se puede participar cantando en comunión).

Su mujer también canta, ¿es este un punto de unión creativa que favorece al matrimonio? ¿Cómo lo viven?

Paqui y yo llevamos muchos años de compañerismo espiritual. Primero como jóvenes en la Parroquia San Vicente Ferrer, del barrio Cañero, de Córdoba. Ya hace muchos años. Desde entonces hemos colaborado en la catequesis, en la música, en la evangelización… Primero como novios y luego como matrimonio. Esta dimensión esponsal y familiar (tenemos dos hijos jóvenes) es importantísima tanto para la fe como para la música, como para cualquier compromiso eclesial o social. Actualmente pertenecemos al Carmelo Descalzo Seglar, además mantenemos nuestra vinculación con la diócesis de Córdoba a través de la APF “Con Vosotros Está”, que promueve la catequesis de adultos y la experiencia comunitaria eclesial; por último, vivimos en la diócesis de Sevilla, donde colaboramos en el Oratorio Filipense de la Parroquia de San José y Santa María (Sevilla-Este). En todas estas realidades surgen canciones, conciertos-oración, y llamadas a otros eventos eclesiales de toda España.

Aparte, tenemos nuestro canal de Youtube, Canciones de José-Manuel Montesinos, y nuestro blog y de la Asociación «Con Vosotros Está» y miembro de la Orden del Carmelo Descalzo Seglar, con el nombre “El Lenguaje de las Flores” .

¿Qué aspectos de los sermones de San Juan de Ávila mantienen hoy su vigencia?

Yo me acerco a estos sermones no solo como profesor de Literatura, sino como cristiano, catequista y orante, y también como compositor de música. San Juan de Ávila tiene un estilo muy elegante en su prosa, propio del Siglo de Oro. Su sensibilidad espiritual puede conectar con el lector cristiano actual, con unas mínimas explicaciones filológicas. Su ascética y mística son hoy tan necesarias como en su propia época. Los orantes de hoy ansían conectar con Cristo, con Dios en el Corazón, arder en el amor de Dios y en el fuego del Espíritu. Sentir el valor y la hermosura del Crucificado. Además, los sacerdotes que profundizan en la propuesta espiritual de San Juan de Ávila pueden hallar consuelo y guía en su vocación.

¿Tienen musicalidad los escritos de San Juan de Ávila?

Hace unos años, en 2008-2009, compuse 14 canciones para el disco “Por qué quema el fuego”, inspirado en las cartas. Aquel disco tuvo muy buena acogida. Después vino el doctorado. Nos permitió participar con esas canciones en la JMJ de 2011 junto a las reliquias del santo. Y en múltiples ocasiones hemos llevado su mensaje en conciertos-orantes y vigilias de oración, incluso entreverando conferencias y canciones. La musicalidad de esos textos es evidente, yo apenas he adaptado alguna estructura de palabra arcaizante para modernizar la frase. Son pasajes de las cartas en las que San Juan de Ávila se convierte por instantes en poeta en prosa.

Ahora, para este nuevo congreso, me solicitaron algún material inédito. Así que me puse a orar -guitarra en mano- y he compuesto algunas canciones nuevas; esta vez me he centrado en el Audi, Filia y en el Tratado del Amor de Dios. Está claro que predomina la argumentación y los razonamientos bíblicos y morales, muy intensos. Esos párrafos son importantes para la fe, aunque no son adecuados para cantar. Sin embargo, pienso que hay fragmentos profundamente espirituales y a la vez líricos. Eso ocurre especialmente cuando San Juan de Ávila hace oración y adoración en medio del razonar ascético. Ahí surgen con claridad frases poéticas, exclamaciones místicas, llenas de musicalidad. Cada texto pide entonces su melodía y su compás. Escuchar y cantar esas palabras nos ayuda a penetrar en el corazón ardiente de amor de San Juan de Ávila en íntimo diálogo con Cristo Hermoso.

 

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