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El Arzobispo de Sevilla, monseñor Saiz Meneses cumple 65 años

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El Arzobispo de Sevilla, monseñor Saiz Meneses cumple 65 años

Monseñor José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla, cumple hoy, el 2 de agosto, 65 años de edad. Nacido en Sisante (Cuenca)  en 1956. Ingresó al Seminario Menor Nuestra Señora de Montalegre, de Barcelona, en 1968. Más adelante, realizó estudios de Psicología en la Universidad de Barcelona entre los años 1975 y 1977. Posteriormente, estudió en el Seminario Mayor de Toledo los cursos de Filosofía, Espiritualidad y Teología (1977 – 1984) y fue ordenado sacerdote en la Catedral de Toledo el 15 de julio de 1984. El mismo año obtuvo el Bachillerato en Teología por la Facultad de Teología de Burgos.

Monseñor Saiz Meneses comenzó su ministerio como Arzobispo Metropolitano de Sevilla el 12 de junio de 2021, siendo nombrado por el papa Francisco el 17 de abril de 2021.

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Perseverancia y deserción. La vocación religiosa en juego

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Cuando la fe es el bastión de la vida no se duda de que el llamamiento de Cristo en cualquier estado en el que cada cual se encuentre responde a un destino para el que fuimos creados y soñados por Dios Padre desde toda la eternidad. Es una gracia que inicialmente suscita enormes expectativas e ilusiones, que se acoge con el anhelo de que ese compromiso sea para siempre, pero que en no pocos casos acaba frustrada por distintos motivos entre los que cabe destacar la oscuridad y la duda que acompañan a la falta de oración.

Sobre ello se han escrito multitud de obras y reflexiones. Pero algo que me llama la atención es la cierta orfandad que he apreciado a lo largo de los años en algunos de aquellos que un día engrosaron las filas de una determinada realidad eclesial y que parecen haberse quedado en el limbo de los recuerdos, sin haber gustado de otras bendiciones que fueron recayendo en el lugar que un día les acogió. Muchas veces los sentimientos que pudieron haber inducido a abandonar un itinerario espiritual concreto no han muerto del todo, y desde luego no se oculta el deseo de saber acerca del discurrir de quienes le acompañaron y conocieron en su camino. Al cabo del tiempo ciertas preguntas aparecen teñidas de nostalgia, envueltas en un cierto halo de tristeza. Naturalmente también hay quienes al dar un portazo a su vocación abrieron la espita del resentimiento. Puede que esté equivocada pero en numerosas ocasiones he tenido la impresión de que el Padre con su misericordia ha extendido una especie de velo en la memoria de esos débiles hijos que con su libertad eligieron otros destinos y que aún sin apartarle de sus vidas se avinieron a descender peldaños respecto a esa escala espiritual que apuntaba a lo máximo y que durante un tiempo fue el horizonte singular de su existencia. Es por ello que seguramente nunca se darán cuenta de lo que dejaron atrás.

Escollos en la vida espiritual hay muchos y se manifiestan no solo en los consagrados, sino en cualquier estado. Civilmente hay obligaciones que no se pueden eludir. Están en los trabajos, sin ir más lejos, y en los diversos ámbitos en los que nos movemos los seres humanos. Cualquier empresa requiere esfuerzo, dedicación, renuncias… Pero ciertamente, el defecto dominante, un concepto de libertad que alguien puede entender como contrapuesto a la obediencia, una tendencia al individualismo que excluye lo colegial y ahoga la servicialidad, la murmuración de cuyos peligros tanto habla el papa Francisco, entre otras flaquezas, en la vida religiosa conducen a la rutina que inexorablemente culmina con el abandono de la vocación.

Cuando se examina la vida de los santos se aprecia de qué modo se abrazaron a la cruz, cómo afrontaron lo que no comprendían, con qué generosidad, paciencia y caridad acogieron las críticas, los malos entendidos, las constantes dificultades que les salieron al paso, hasta el abandono de los suyos, y respondieron con elegancia a las grandes humillaciones a las que fueron sometidos, sin olvidar la multitud de mártires que derramaron su sangre por amor a Cristo, sin hacer daño a nadie sino un inconmensurable bien. La Eucaristía, la oración, la lectura de la Palabra alimentaron su fe y aún en medio de las oscuridades confiaron en esa gracia que a cada uno nos basta para afrontar lo que nos trae el afán de cada día.

La vocación religiosa siempre está en juego. El maligno anda como león rugiente buscando a quien devorar, advierte el evangelio, seduciendo con sutileza para que se produzca una deserción. No hay que dejarle espacio, no hay que dialogar con él. Simplemente, y como recuerda el P. Jesús Fernández, presidente de los misioneros identes, en todos los Motus Christi online que durante estos años de pandemia viene dirigiendo, comenzar realizando cada día un minuto de silencio para escuchar la voz de Dios. Ese minuto es un prodigio para la vida de cada persona, sea o no consagrada, que se irá multiplicando y mostrando cuánto nos ama nuestro Padre celestial, que se halla como «mendigo» en nuestra puerta, esperando que la abramos, según sus propias palabras.

La perseverancia es un don que hay que ganarse cada fracción de segundo. Y no hay más camino que la oración. «Todos los santos comenzaron su conversión por la oración y por ella perseveraron; y todos los condenados se perdieron por su negligencia en la oración. Digo, pues, que la oración nos es absolutamente necesaria para perseverar», hizo notar el Cura de Ars.

Isabel Orellana Vilches

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Mons. Saiz preside la función solemne en honor a Ntra. Sra. de los Ángeles y jura como hermano mayor de Los Negritos

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Mons. Saiz preside la función solemne en honor a Ntra. Sra. de los Ángeles y jura como hermano mayor de Los Negritos

Monseñor José Ángel Saiz, arzobispo de Sevilla, celebró la mañana de este domingo 1 de agosto, la función solemne en honor de Nuestra Señora de los Ángeles Coronada, en cuya ceremonia tomó posesión como hermano mayor de la Hermandad de los Negritos,  siguiendo una tradición iniciada en 1706, en la que todos los obispos de la ciudad  ocupan el máximo cargo de la corporación.

Durante su homilía, monseñor Saiz Meneses refirió que “es un día de fiesta muy importante, muy grande, un momento de gracia y salvación del Señor, en el que debemos estar abiertos al don que Él nos quiere conceder para llevar a cabo nuestra misión de cristianos en la Iglesia, en el mundo y también en la hermandad”.

Por tanto, “pidámosle al Señor que nos permita vivir como discípulos, como apóstoles en esta sociedad del siglo XXI de la que formamos parte, y todo esto se lo pedimos por intercesión de María, Nuestra Señora de los Ángeles, en un día tan señalado”.

“El Señor jamás se desdice de sus promesas. Pidámosle vivir con intensidad y profundidad la vocación de cristianos y de cofrades y que nos conceda alimentarnos de ese alimento verdadero que es Él mismo, donde encontraremos la fuerza para llevar a cabo la peregrinación de nuestra vida, pues la fuerza está en la vida que el Señor nos comunica, fundamentalmente en los sacramentos, en la lectura de la Palabra de Dios, en la oración  y en la Eucaristía, donde Él se ha quedado en nuestra vida de peregrinos”.

María, la gran creyente

Mons. Saiz dijo que, para alcanzar todas estas buenas obras, es necesario acudir a María, quien “nos ayuda con su ejemplo, porque es la mujer creyente, la gran creyente, que confió en Dios en todo momento, la que no puso condiciones. Nuestra Señora de los Ángeles, que se fía en la Palabra de Dios responde generosamente al plan que el ángel le propone y se entrega ya para siempre y al pie de la cruz, nos será entregada por Jesús, como el último y más precioso regalo, nos la da como madre, madre de todos los creyentes”.

Finalmente, pidió la intercesión de la Virgen, “para que ella nos ayude a vivir la vocación de la hermandad de Los Negritos, con un espíritu de acogida y de solidaridad, de fraternidad”.

Así, “que nuestra hermandad sea un ejemplo aquí en Sevilla y sea elemento de dinamización en la fe, en la esperanza y en el amor, en la diócesis y también en la ciudad, en nuestras calles y nuestros barrios”.

Imposición de medalla

Antes del inicio de la función, Felipe Guerra, alcalde de los Negritos, impuso la medalla de hermano mayor al arzobispo Saiz Meneses, además de entregarle una pintura, obra de César Ramírez.

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Homilía de D. José Rico Pavés en la Eucaristía de su Toma de Posesión como Obispo de Asidonia-Jerez

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Quien no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío (Lc 14, 33).

Seguir a Jesucristo implica llegar a comprender que con Él lo tenemos todo. Para quien sigue a Jesús, poner a la familia después de Él, cargar con la propia cruz, calcular las propias fuerzas y renunciar a todos los bienes son siempre respuestas de amor a Quien nos ha amado hasta el extremo. El Señor solo nos pide lo que primero nos da. Nos pide todo porque Él se nos da del todo. Esta es la Gracia, el Don inmerecido, de Nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8, 9).

La Iglesia nos invita hoy, a través de la Liturgia, a fijar la mirada de fe en el testimonio y la intercesión de san Ignacio de Loyola. Lo hacemos, además, cuando estamos conmemorando el quinientos aniversario de su conversión: quien aspiraba a recibir la gloria de este mundo en la milicia al servicio del rey temporal, recibió la gracia de la conversión que le llevó a comprender que nuestra felicidad está en hacerlo todo para mayor gloria de Dios. San Ignacio se dejó seducir por el Señor, gustó su bondad y fue convertido en imitador de Cristo: buscó lo que Él buscó y amó lo que Él amó (cf. EG 267). Experimentó así que posponer la familia a Cristo no significa amarla menos, sino amarla con la plenitud que solo Él nos puede conceder; comprendió que la cruz que Cristo nos pide cargar es yugo suave y carga ligera si descansamos nuestro corazón en el suyo; entendió que calcular y medir las propias fuerzas antes de grandes empresas requiere siempre discernimiento previo, es decir, búsqueda de la voluntad de Dios y uso de las cosas de este mundo en tanto en cuanto nos ayudan a alcanzar el fin para el que hemos sido creados; comprobó, finalmente, en su propia vida que, renunciando a todos los bienes para ser discípulo de Cristo, el Señor le desveló el secreto para alcanzar amor: memoria interna de tanto bien recibido y ver a Dios en todas las cosas, para en todo amar y servir.

El Señor ha querido en su Providencia que, al celebrar la memoria litúrgica de san Ignacio de Loyola, comience mi ministerio episcopal como obispo de esta Diócesis de Asidonia-Jerez. ¿Cómo no ver aquí un recordatorio claro de que la única motivación que debe orientar mi entrega apostólica es la mayor gloria de Dios y la santificación de los fieles que me son confiados? El Derecho designa esta celebración como “toma de posesión canónica de la diócesis” y la Liturgia nos instruye sobre el significado de esta expresión. “Tomar posesión” no es un acto de dominio sino de obediencia, no es una apropiación sino un despojamiento, no es un ejercicio de exaltación personal sino de servicio en comunión. Tres gestos sencillos nos lo recuerdan: la presencia del nuncio y de mis hermanos obispos; la entrega de la sede y el báculo; y la acogida de los fieles que representan los diferentes estados de vida en la Iglesia diocesana.

Ha comenzado la celebración con la presidencia del Nuncio Apostólico, que hace presente al Sucesor de Pedro, principio de unidad en el colegio episcopal. Con Pedro y bajo Pedro el nuevo obispo está llamado a desempeñar su ministerio, como sucesor de los apóstoles, en comunión con los demás hermanos obispos. En el ejercicio del ministerio episcopal, la Iglesia me pide obediencia, es decir, abrazar la voluntad de Dios, reconocida en las disposiciones del Papa, para ser cumplida desde el vínculo de la fraternidad episcopal. Doy gracias de corazón al Señor Nuncio por su presencia y cercanía, y en él renuevo mi adhesión cordial al Papa Francisco que nos llama a poner a la Iglesia en estado de misión, saliendo al encuentro de las heridas de nuestros contemporáneos, para llevar a todos la alegría del evangelio. Extiendo mi gratitud a los obispos que hoy me acompañan, de forma especial al Cardenal Arzobispo de Madrid, Don Carlos Osoro, Vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española y Metropolitano de la Provincia eclesiástica que me ha acogido durante nueve años, y al Arzobispo de Sevilla, Don José Ángel Saiz Meneses, Metropolitano de la Provincia que hoy me recibe. Mi gratitud se hace filial al mencionar a Don Joaquín y a Don Ginés, que en Getafe me han tratado con corazón de padres. Gratitud admirada a Don José Mazuelos, mi predecesor, y en él a los muy queridos y recordados Don Rafael Bellido y Don Juan del Río. Lo que ellos han sembrado, espero cosecharlo para seguir sembrando en la continuidad serena de la Sucesión Apostólica. Gratitud originaria a los arzobispos de Granada, donde nací a la vida eterna, y de Toledo, donde la Iglesia me formó sacerdotalmente. Gratitud, en fin, confiada a Don Federico Mantaras, Administrador diocesano durante los últimos meses, que ha conducido la Diócesis con prudencia y discreción. Pido a mis hermanos obispos que me sigan sosteniendo con su oración, palabra y ejemplo, para que, en el signo de la obediencia, vivida en unidad, manifestemos al mundo la bondad del Corazón de Cristo, el Buen Pastor.

La “toma de posesión” es también un despojamiento, como expresan paradójicamente los signos de la presidencia, la sede y el báculo, que remiten al triple ministerio de la santificación, la enseñanza y el gobierno. En las acciones

sacramentales, en las palabras que pronuncie, en las decisiones que adopte, el Pueblo de Dios espera reconocer a Cristo su Señor, que se entrega por amor a cada uno de sus fieles sin reservarse nada para sí. Si el camino del Buen Pastor ha sido el del abajamiento para levantar a todas y cada una de las ovejas que el Padre le ha confiado, así también ha de ser el camino del obispo. Pedid al Señor que mi alegría esté puesta en vuestro crecimiento espiritual y que al final de cada día experimente el gozo de quienes se saben “siervos inútiles que solo han hecho lo que tenían que hacer”. Doy gracias a Dios de todo corazón por la presencia de las autoridades civiles, judiciales, académicas y militares, que honran a la Diócesis de Asidonia-Jerez con su participación en esta celebración. Dirijo mi saludo lleno de afecto a la Sra. Alcaldesa y a los miembros de la corporación municipal de Jerez, a los Alcaldes y representantes de los diferentes municipios de la diócesis, a la Delegada del Gobierno de Andalucía, a los Sres. Diputados nacionales de la Provincia de Cádiz y representantes de la Junta de Andalucía. A los políticos que hoy nos acompañan les tiendo mi mano amiga para trabajar, cada uno desde su ámbito y competencia, al servicio de las personas de nuestra sociedad. Saludo también afectuosamente a las autoridades judiciales, al Señor Almirante y miembros de las Fuerzas Armadas y Seguridad del Estado, a los miembros de la Academia San Dionisio y a las Autoridades académicas y universitarias. Cuenten con mi colaboración leal y respetuosa en la búsqueda del bien común, y en el cuidado de aquellos que pasan por la grave prueba de la soledad, de la enfermedad o del desempleo. Nuestra contribución en la construcción de una sociedad más justa se llama evangelización. Y esto es lo que deseamos seguir impulsando, conscientes de que nada hay más humanizador que evangelizar.

La “toma de posesión” es, en fin, la expresión visible de la belleza de la Iglesia diocesana que recibe y acoge a su pastor. En el saludo de una representación de fieles se simboliza la totalidad de la Diócesis, porción del Pueblo de Dios que camina en esta tierra. Nada puede el obispo sin sus fieles. Su ministerio es servicio en comunión. Cuando el Papa nos está llamando a visibilizar en la Iglesia su dimensión sinodal, considero un regalo de la Providencia ser recibido en esta Diócesis. Para “caminar juntos” -esto es la sinodalidad- el obispo debe trabajar sin descanso por la comunión entre sus fieles y con el resto de la Iglesia universal. Doy gracias a Dios por vosotros, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos. A todos os pido que me ayudéis a ser vuestro obispo. Rezo por vuestra fidelidad y os ruego que elevemos nuestras súplicas al Señor para que nos bendiga con santas y abundantes vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio y al compromiso laical. Cuento con los sacerdotes, para llevar el amor del Corazón de Cristo a todos, a los de dentro y a los de fuera de la Iglesia,

al estilo del Buen Pastor, contemplando por dentro los misterios divinos, sosteniendo por fuera las cargas de nuestro pueblo fiel. Cuento con los diáconos para llegar a los más necesitados y cuidarlos como al mayor tesoro de la Iglesia. Cuento con las personas consagradas para proclamar con fuerza al mundo que hemos sido creados para el Cielo y que solo Cristo puede colmar los anhelos de nuestro corazón. Cuento con las contemplativas para sostener con sus manos elevadas la vida de quienes en la Iglesia afrontan cada día el combate de la fe. Cuento con los seglares para reconducir todas las cosas a Cristo, sembrar la semilla del evangelio en los hogares, en las escuelas, en los trabajos y en las instituciones sanitarias, sociales, políticas y culturales. Cuento con los movimientos y asociaciones de fieles en la riqueza de su diversidad, especialmente cuento con las Cofradías y Hermandades. En la persona del presidente que termina su mandato y del recién elegido de la Unión de Hermandades de Jerez saludo con enorme afecto y gratitud a todos nuestros cofrades. No me cansaré de repetir que confío mucho en el poder evangelizador de las Hermandades y Cofradías. Trabajaré para que las Cofradías sean verdaderas escuelas de vida cristiana y ámbitos de caridad generosa, donde se ejercite el amor que hace fraternidad, los esposos fortalezcan su vida matrimonial, los hijos crezcan en la fe de sus mayores y la sociedad entera se enriquezca de una fe que sale a la calle para proclamar a todos la grandeza del amor de Dios que se nos ha revelado en los misterios de la vida de Cristo y de su Santísima Madre.

Empujado por el amor de mi familia, probada ahora por la enfermedad de mis padres, y sostenido por la oración de los muy queridos fieles de las diócesis donde el Señor me ha ido llevando, en Granada, Toledo y Getafe, pongo mi ministerio episcopal en manos de la Inmaculada Concepción, Patrona de la Diócesis de Jerez, a la vez que acudo a la intercesión de su Patrono, san Juan Grande, para que en el cumplimiento de la tarea que ahora la Iglesia me encomienda solo busque la mayor gloria de Dios y la santificación de los fieles que me son confiados. Que san Ignacio de Loyola me ayude a poner en esta única motivación el principio y fundamento de mi ministerio episcopal. Pedid al Señor que me conceda ser vuestro obispo al estilo de san José: enamorado siervo de María Santísima, custodio del Redentor, trabajador silencioso y servicial, y padre en la sombra. Que, en mis palabras y silencios, en mis acciones y forma de padecer, resuene siempre la oración de la gente sencilla: ¡Nada sin María! ¡Todo con Ella! Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.

La nueva Residencia “San Gabriel” abre sus puertas

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El obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, ha inaugurado este lugar situado en el antiguo Seminario “ Santa María de los Ángeles” de Hornachuelos, en el que residirán personas que han cumplido penas de prisión y necesitan formación y ayuda para afrontar la vida en libertad

El Seminario de Santa María de los Ángeles, enclavado en el Parque Natural de Hornachuelos, tras un largo periodo en obras, reabre sus puertas para convertirse en la nueva Residencia “San Gabriel” que albergará un hogar para personas que, tras cumplir su condena, quieran rehacer su vida. Un lugar que, como ha definido el Obispo en diversas ocasiones, siempre ha tenido como objetivo ser “una comunidad contemplativa para pobres”.

Monseñor Demetrio Fernández ha inaugurado y bendecido este domingo, 1 de agosto, las instalaciones de la residencia ubicada en una parte de los 7.000 metros cuadrados del antiguo convento franciscano del siglo XV, cuya misión es apoyar la encomiable labor que lleva a cabo la Pastoral Penitenciaria de la diócesis cordobesa.

Han asistido al acto diversas autoridades como la Alcaldesa de Hornachuelos, Mª Pilar Hinojosa; el Delegado de Desarrollo Sostenible de la Junta, Giuseppe Aloisio; miembros de la Guardia Civil y del Parque Natural de la localidad; así como los Vicarios territoriales, miembros de la Curia Diocesana y fieles colaboradores en el proyecto que comienza a funcionar desde hoy de la mano de tres religiosas hospitalarias de Jesús Nazareno y el director de Pastoral Penitenciaria, José Antonio Rojas Moriana, quienes acompañarán cada día a los residentes que podrán formarse profesionalmente como agricultores y apicultores. Asimismo, está previsto programar talleres de albañilería, fontanería y electricidad.

Rojas Moriana destaca que las personas a las que van a atender tienen mucha dificultad de convivencia y de adaptación a la sociedad, por lo que espera que “la gente allí se sienta a gusto, bien acogida y puedan sacar lo mejor de ellos mismos, que se sientan valorados y saquen lo mejor de su interior”.

El objetivo de este nuevo centro de atención diocesano es promover la reinserción social de las personas que salen de prisión sin contar con referentes afectivos y con pocas posibilidades de encontrar trabajo para conseguir la integración plena. Esta residencia quiere ser “una casa de familia donde la gente se sienta acogida y pueda reinsertarse a través de talleres que le permitan encontrar trabajo”.

Una de las características de la residencia es que no hay plazos de estancia, sino que se aplicará el tiempo necesario para la reinserción social y la rehabilitación personal, ya que las personas que habitarán el lugar son personas muy deterioradas por las circunstancias que han vivido.

Para construir el puente que conecte a los residentes con la realidad laboral y social tras su salida en prisión, el centro contará con dos monitores y otros profesionales para la integración y la capacitación profesional que acumulan muchas experiencias como trabajadores sociales de Cáritas Diocesana de Córdoba, entidad que aporta el servicio de psicólogos y educadores.

Ahora serán dos los primeros residentes de este nuevo centro.

El inmueble consta de planta baja dedicada a zonas comunes (comedor, despensa, comedor, baño y despacho), más una primera planta donde está situada la Capilla “San Rafael” y algunas de las siete habitaciones que se completan en una segunda planta, dedicada únicamente a dormitorios. La tercera planta cuenta con un aula de naturaleza, dado que el paraje del Parque Natural de la Sierra de Hornachuelos permite la observación del enclave medioambiental y permitirá el desarrollo de actividades de grupo. En la planta superior se sitúa la terraza con un impresionante mirador.

Con este proyecto, pionero en España además, la diócesis de Córdoba pone en alza una vez más su apoyo a los que más necesitan, una comunidad viva al servicio de personas que merecen una nueva oportunidad de vida.



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El verdadero maná es Jesús, don y donante de la vida duradera

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Homilía de D. Adolfo González Montes, Obispo de Almería, en el Domingo XVIII del T. O

«El verdadero maná es Jesús, don y donante de la vida duradera»

Lecturas bíblicas:  Éx 16,2-4.12-15; Sal 77,3-4.232-25.54 R/. «El Señor les dio pan del cielo»); Ef 4,17.20-24; Aleluya: Mt 4,4b «No sólo de pan vive el hombre…»); Jn 6,24-35.

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de hoy es un fragmento del evangelio de san Juan, que sigue a la multiplicación de los panes y los peces que realizó el Señor para no tener que despedir a la gente que le seguía en despoblado y sin comida.  El impacto del milagro debió de ser grande, acrecentando el movimiento en torno a Jesús. La multitud busca a Jesús en la orilla oriental del lago, pero Jesús ha regresado con sus discípulos a Cafarnaún, en la orilla occidental, y la gente se vuelve para ir hasta él. El evangelista recompone este discurso fuerte y claro de Jesús, en el que profiere la denuncia profética de una religiosidad interesada, la motivación errada de quienes le buscan. Es verdad que el evangelista elabora el discurso de Jesús, pero el discurso es resultado de la preocupación del evangelista por narrar un acontecimiento de la historia de la salvación como la disputa de los hebreos con Moisés en el desierto y el don del maná, pasaje que recoge la lectura del libro del Éxodo, y el contexto el debate de Jesús con los judíos sobre la fe en la revelación de su persona, cuestión que motiva la multiplicación de los panes y lo peces. La cuestión más honda sobre cómo aceptar la revelación de Jesús estriba en que la fe es don de Dios y sólo Dios puede concederla, por eso Jesús les dice: «Nadie puede venir a mí, si no se lo concede el Padre» (Jn 6,65→6,45)[1].

Hemos visto que se da un paralelismo entre la actitud de los israelitas incapaces de afrontar el sacrificio que representa la marcha hacia la tierra prometida, que es tanto como decir hacia la patria en libertad, y protestan por la falta de comida en el desierto. Protestan a Moisés por la situación que padecen y manifiestan sin ambages que hubieran preferido permanecer en la esclavitud de Egipto sentados «alrededor de la olla de carne, comiendo hasta hartarse», a tener que peregrinar hacia la libertad por un desierto sin comida, «para matar de hambre a toda la comunidad» (Éx 16,3). Moisés los tranquiliza con la promesa del maná, que el Señor hará bajar del cielo cada mañana, don con el que Dios quiere poner a prueba al pueblo elegido, al que quiere guiar de etapa en etapa por el desierto para hacerle comprender que no son ellos los que encontraron el camino hacia la libertad, sino Dios que los llama al desierto y los guía hacia la patria prometida. Por eso, el autor presenta la murmuración contra Moisés como expresión del interés del pueblo por su permanencia en Egipto, donde podrían haber comido, y no en el desierto, las ollas de carne que dicen añorar. La falta de comida es para los israelitas un atentado tan grande contra el pueblo que los murmuradores llegan a decirle a Moisés que la falta de alimento y agua puede poner en peligro la nación[2]. A la pregunta de Moisés de por qué tientan a Dios, los murmuradores responden con otra pregunta a Moisés: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?» (16,3).

Los comentaristas observan la trascendencia de la protesta contra Moisés como protesta contra Dios, porque si Dios se ha dado a conocer en la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto y ellos prefieren haber permanecido en Egipto, la relación entre Dios y su pueblo ha fracasado. A pesar del paso del Mar Rojo, en el sucumbieron el faraón y su ejército, a los israelitas les falta fe en Dios y la perspectiva de la alianza se nubla, porque no confían en que Dios les protegerá frente a las adversidades que pueden sobrevenirle. A pesar de la rebeldía de los liberados, Dios salva a Israel de la situación creada por el hambre y la sed del desierto dándoles el maná, el “pan del cielo”, después de satisfacerles el ansia de comer carne. El pan del maná les llega como don de Dios, y así lo contempla el salmista al afirmar que es el Dios de Israel quien les «hizo llover maná para comer y les dio hizo llegar un trigo celeste» (Sal 78,24); igual que el recorrido del desierto no lo han trazado los fugitivos israelitas, lo ha trazado el mismo Dios, que «no los llevó por el camino del país de los filisteos, aunque era el más corto» (Éx 13,17), bordeando la costa mediterránea, para evitar que, al verse atacados, decidieran volverse, sino que los encaminó hacia el desierto del mar de Suf o “de las Cañas”, donde tendrá lugar tanto el paso del Mar Rojo como los episodios de la rebelión contra Moisés. El camino del desierto es parte del designio de Dios, que quiere así enseñar a su pueblo poniéndolo a prueba: «para probarte y para conocer lo que había en tu corazón: si ibas a guardar sus mandamientos o no» (Dt 8,2). De esta manera Dios enseña a Israel que «no sólo de pan vive el hombre» (Dt 8,3).

No vive sólo del pan cuotidiano, que el mismo Jesús nos ha enseñado a pedirle a Dios Padre, porque vivimos no sólo del don de cada día, sino del donante, de aquel que cada día nos da el pan: de la vida de aquel que nos va la vida. Este es el contenido del discurso de Jesús sobre el pan de vida. Jesús mismo es el pan que da la vida. Los judíos buscaban a Jesús porque, en la multiplicación de los panes y los peces, les había les había dado el pan cotidiano. No habían visto en aquella comida milagrosa el signo visible del verdadero pan, y por eso les recrimina el bajo interés que les mueve y les exhorta: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura y da vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre» (Jn 6,27). Los israelitas no comprendieron bien lo que estaba en juego en el don del maná, porque no fueron ellos los que tentaron a Dios, sino Dios el que tentó a Israel. No podían aceptar que era Dios el que les ofrecía la vida divina en Jesús y no tuvieron fe en él, mientras la obra que Dios quería de ellos era justamente la fe en el Hijo del hombre: «que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29).

La multiplicación de la comida es el signo que revela al Hijo como presencia de Dios en el mundo y alimento de vida eterna. Se produce así un diálogo en el que los interlocutores de Jesús hablan en un plano meramente humano mientras Jesús les habla del misterio de su persona como portador y donante de vida eterna. Del mismo modo que el maná venía del cielo y era don de Dios, así ahora les dice que él viene de Dios y que han de creer en él. De este modo Jesús se coloca en lugar del maná igual que se coloca en el lugar del agua, ambas realidades que sostienen la alimentación terrena remiten a al que da la vida divina y el Espíritu que está simbolizado en el agua que apaga la sed para siempre, y quien la bebe —dijo Jesús a la samaritana— «nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).

No obstante, el discurso deja ver que no se quedan en el plano literal del debate, es decir, en la mera comprensión del don del maná y del don de la multiplicación de los panes. Los adversarios de Jesús saben que el discurso sobre el maná es alegoría de la ley de Dios, por eso el diálogo deja ver cómo los judíos conocen la equiparación del maná y con el alimento que vivifica y que es la ley divina, los mandamientos que han de guardar. Los adversarios de Jesús saben que el cumplimiento de la ley vivifica, pero les falta fe para aceptar que Jesús transfiera el maná de la ley divina a su palabra, más aún a que Jesús mismo, su persona sea el lugar donde Dios se hace presente y les habla. No aceptan la exhortación de Jesús a buscar el alimento imperecedero, más allá de la ley, en su persona, por eso quieren saber qué “obra” realiza parta que crean en él, es decir, le piden el signo que le acredite como sucedió con Moisés (cf. Jn 6,30-31). Conocen sus orígenes, como ya hemos visto en domingos anteriores, y no tienen fe en que la presencia de Dios en la ley es sustituida por la presencia de Dios en quien es enviado como palabra encarnada, como aquel que se identifica a sí mismo con el Hijo del hombre, porque es el enviado del Padre que ha bajado del cielo y ha de volver a subir a él (Jn 3,13; 6,62; 17,11.13)[3]. Como palabra encarnada, igual que la ley divina es alimento del creyente, así Jesús es el verdadero maná y pan del cielo que ha bajado del cielo y da vida al mundo, por eso el donante de este maná de vida eterna no es ya Moisés, sino el Hijo del hombre, con el cual se identifica Jesús.

El discurso del pan de vida tiene una significación eucarística, a la que se llega a partir de la significación de la palabra divina como pan de vida eterna. Al meditar el discurso del pan de vida no debemos dejar de tener presente, como observan los comentaristas, que en este discurso se refleja también la práctica sacramental de las comunidades judías cristianas. Sin dejar de considerar que Jesús es la Verbo encarnado en quien Dios ofrece al mundo la novedad de la ley evangélica, hay que tener presente que Jesús es la palabra de Dios hecha carne y bajada del cielo en la que se le da no sólo a Israel, sino a todo el que cree, porque el amor de Dios por el mundo se manifiesta en la entrega que Dios ha hecho de su Hijo al mundo para que el mundo no perezca (cf. Jn 3,16-17).

San Pablo en la carta a los Efesios, que seguimos leyendo, nos exhorta a la renovación que en nosotros ha de producir el Espíritu, y exhorta a dejarse renovar y transformar por el Espíritu de Dios Padre y de Jesucristo su Hijo. Hemos de revestirnos por medio del Espíritu, de su acción renovadora en nosotros, de la «nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas» (Ef 17,24). Por medio de la acción del Espíritu Dios transforma nuestra condición humana al transformar el pan y el vino terrenos en el pan celestial del cuerpo de Cristo y en la bebida vivificadora de su Sangre, pues el Espíritu Santo es el gran protagonista de toda acción sacramental. Transformados los dones eucarísticos por la acción del Espíritu Santo, producen en nosotros la transformación deseada por el Apóstol, mediante la cual adquirimos la nueva condición por asimilación a Cristo. Somos en verdad hijos en el Hijo de Dios y en él somos divinizados por la acción del Espíritu en nosotros.

Esto tiene que tener consecuencias morales, porque los cristianos han de contribuir con la entrega generosa de su vida a saciar el hambre de los hambrientos y la sed de justicia de los sedientos, empeñándose en la transformación de la sociedad, donde se supere el hambre y la injusticia, compromiso que el cristiano no puede eludir. Mas no sólo, la vida en Cristo exige aquella coherencia que sólo puede emanar de la renuncia al pecado, dejándose transformar por el Espíritu, lejos de la vaciedad de los pensamientos de los paganos, dice el Apóstol, que se dejan gobernar por la vanidad del mundo. Pudiera parecer una discriminación del mundo no cristiano infravalorado frente a la superioridad moral del cristiano, pero no se refiere san Pablo a los valores naturales de la humanidad, sino a la situación de abandono de los paganos en una vida marcada por el pecado, tal como los corintios la habían conocido antes de hacerse cristianos convirtiéndose al evangelio de Cristo. Todos conocemos la fuerza del pecado en nuestra vida, por eso la transformación que anhelamos no es posible sin la vida de la gracia que nos llega por la fe y los sacramentos, de un modo singular por la participación en la Eucaristía que vamos a celebrar.

  1. A. I. Catedral de la Encarnación

1 de agosto de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

HOMILÍA DEL DOMINGO XVIII DEL T. O.

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Lecturas bíblicas:  Éx 16,2-4.12-15; Sal 77,3-4.232-25.54 R/. «El Señor les dio pan del cielo»); Ef 4,17.20-24; Aleluya: Mt 4,4b «No sólo de pan vive el hombre…»); Jn 6,24-35.

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de hoy es un fragmento del evangelio de san Juan, que sigue a la multiplicación de los panes y los peces que realizó el Señor para no tener que despedir a la gente que le seguía en despoblado y sin comida.  El impacto del milagro debió de ser grande, acrecentando el movimiento en torno a Jesús. La multitud busca a Jesús en la orilla oriental del lago, pero Jesús ha regresado con sus discípulos a Cafarnaún, en la orilla occidental, y la gente se vuelve para ir hasta él. El evangelista recompone este discurso fuerte y claro de Jesús, en el que profiere la denuncia profética de una religiosidad interesada, la motivación errada de quienes le buscan. Es verdad que el evangelista elabora el discurso de Jesús, pero el discurso es resultado de la preocupación del evangelista por narrar un acontecimiento de la historia de la salvación como la disputa de los hebreos con Moisés en el desierto y el don del maná, pasaje que recoge la lectura del libro del Éxodo, y el contexto el debate de Jesús con los judíos sobre la fe en la revelación de su persona, cuestión que motiva la multiplicación de los panes y lo peces. La cuestión más honda sobre cómo aceptar la revelación de Jesús estriba en que la fe es don de Dios y sólo Dios puede concederla, por eso Jesús les dice: «Nadie puede venir a mí, si no se lo concede el Padre» (Jn 6,65→6,45)[1].

Hemos visto que se da un paralelismo entre la actitud de los israelitas incapaces de afrontar el sacrificio que representa la marcha hacia la tierra prometida, que es tanto como decir hacia la patria en libertad, y protestan por la falta de comida en el desierto.  Protestan a Moisés por la situación que padecen y manifiestan sin ambages que hubieran preferido permanecer en la esclavitud de Egipto sentados «alrededor de la olla de carne, comiendo hasta hartarse», a tener que peregrinar hacia la libertad por un desierto sin comida, «para matar de hambre a toda la comunidad» (Éx 16,3).            Moisés los tranquiliza con la promesa del maná, que el Señor hará bajar del cielo cada mañana, don con el que Dios quiere poner a prueba al pueblo elegido, al que quiere guiar de etapa en etapa por el desierto para hacerle comprender que no son ellos los que encontraron el camino hacia la libertad, sino Dios que los llama al desierto y los guía hacia la patria prometida. Por eso, el autor presenta la murmuración contra Moisés como expresión del interés del pueblo por su permanencia en Egipto, donde podrían haber comido, y no en el desierto, las ollas de carne que dicen añorar. La falta de comida es para los israelitas un atentado tan grande contra el pueblo que los murmuradores llegan a decirle a Moisés que la falta de alimento y agua puede poner en peligro la nación[2]. A la pregunta de Moisés de por qué tientan a Dios, los murmuradores responden con otra pregunta a Moisés: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?» (16,3).

Los comentaristas observan la trascendencia de la protesta contra Moisés como protesta contra Dios, porque si Dios se ha dado a conocer en la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto y ellos prefieren haber permanecido en Egipto, la relación entre Dios y su pueblo ha fracasado. A pesar del paso del Mar Rojo, en el sucumbieron el faraón y su ejército, a los israelitas les falta fe en Dios y la perspectiva de la alianza se nubla, porque no confían en que Dios les protegerá frente a las adversidades que pueden sobrevenirle. A pesar de la rebeldía de los liberados, Dios salva a Israel de la situación creada por el hambre y la sed del desierto dándoles el maná, el “pan del cielo”, después de satisfacerles el ansia de comer carne. El pan del maná les llega como don de Dios, y así lo contempla el salmista al afirmar que es el Dios de Israel quien les «hizo llover maná para comer y les dio hizo llegar un trigo celeste» (Sal 78,24); igual que el recorrido del desierto no lo han trazado los fugitivos israelitas, lo ha trazado el mismo Dios, que «no los llevó por el camino del país de los filisteos, aunque era el más corto» (Éx 13,17), bordeando la costa mediterránea, para evitar que, al verse atacados, decidieran volverse, sino que los encaminó hacia el desierto del mar de Suf o “de las Cañas”, donde tendrá lugar tanto el paso del Mar Rojo como los episodios de la rebelión contra Moisés. El camino del desierto es parte del designio de Dios, que quiere así enseñar a su pueblo poniéndolo a prueba: «para probarte y para conocer lo que había en tu corazón: si ibas a guardar sus mandamientos o no» (Dt 8,2). De esta manera Dios enseña a Israel que «no sólo de pan vive el hombre» (Dt 8,3).

No vive sólo del pan cuotidiano, que el mismo Jesús nos ha enseñado a pedirle a Dios Padre, porque vivimos no sólo del don de cada día, sino del donante, de aquel que cada día nos da el pan: de la vida de aquel que nos va la vida. Este es el contenido del discurso de Jesús sobre el pan de vida. Jesús mismo es el pan que da la vida. Los judíos buscaban a Jesús porque, en la multiplicación de los panes y los peces, les había les había dado el pan cotidiano. No habían visto en aquella comida milagrosa el signo visible del verdadero pan, y por eso les recrimina el bajo interés que les mueve y les exhorta: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura y da vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre» (Jn 6,27). Los israelitas no comprendieron bien lo que estaba en juego en el don del maná, porque no fueron ellos los que tentaron a Dios, sino Dios el que tentó a Israel. No podían aceptar que era Dios el que les ofrecía la vida divina en Jesús y no tuvieron fe en él, mientras la obra que Dios quería de ellos era justamente la fe en el Hijo del hombre: «que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29).

La multiplicación de la comida es el signo que revela al Hijo como presencia de Dios en el mundo y alimento de vida eterna. Se produce así un diálogo en el que los interlocutores de Jesús hablan en un plano meramente humano mientras Jesús les habla del misterio de su persona como portador y donante de vida eterna. Del mismo modo que el maná venía del cielo y era don de Dios, así ahora les dice que él viene de Dios y que han de creer en él. De este modo Jesús se coloca en lugar del maná igual que se coloca en el lugar del agua, ambas realidades que sostienen la alimentación terrena remiten a al que da la vida divina y el Espíritu que está simbolizado en el agua que apaga la sed para siempre, y quien la bebe —dijo Jesús a la samaritana— «nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).

No obstante, el discurso deja ver que no se quedan en el plano literal del debate, es decir, en la mera comprensión del don del maná y del don de la multiplicación de los panes. Los adversarios de Jesús saben que el discurso sobre el maná es alegoría de la ley de Dios, por eso el diálogo deja ver cómo los judíos conocen la equiparación del maná y con el alimento que vivifica y que es la ley divina, los mandamientos que han de guardar. Los adversarios de Jesús saben que el cumplimiento de la ley vivifica, pero les falta fe para aceptar que Jesús transfiera el maná de la ley divina a su palabra, más aún a que Jesús mismo, su persona sea el lugar donde Dios se hace presente y les habla. No aceptan la exhortación de Jesús a buscar el alimento imperecedero, más allá de la ley, en su persona, por eso quieren saber qué “obra” realiza parta que crean en él, es decir, le piden el signo que le acredite como sucedió con Moisés (cf. Jn 6,30-31). Conocen sus orígenes, como ya hemos visto en domingos anteriores, y no tienen fe en que la presencia de Dios en la ley es sustituida por la presencia de Dios en quien es enviado como palabra encarnada, como aquel que se identifica a sí mismo con el Hijo del hombre, porque es el enviado del Padre que ha bajado del cielo y ha de volver a subir a él (Jn 3,13; 6,62; 17,11.13)[3]. Como palabra encarnada, igual que la ley divina es alimento del creyente, así Jesús es el verdadero maná y pan del cielo que ha bajado del cielo y da vida al mundo, por eso el donante de este maná de vida eterna no es ya Moisés, sino el Hijo del hombre, con el cual se identifica Jesús.

El discurso del pan de vida tiene una significación eucarística, a la que se llega a partir de la significación de la palabra divina como pan de vida eterna. Al meditar el discurso del pan de vida no debemos dejar de tener presente, como observan los comentaristas, que en este discurso se refleja también la práctica sacramental de las comunidades judías cristianas. Sin dejar de considerar que Jesús es la Verbo encarnado en quien Dios ofrece al mundo la novedad de la ley evangélica, hay que tener presente que Jesús es la palabra de Dios hecha carne y bajada del cielo en la que se le da no sólo a Israel, sino a todo el que cree, porque el amor de Dios por el mundo se manifiesta en la entrega que Dios ha hecho de su Hijo al mundo para que el mundo no perezca (cf. Jn 3,16-17).

San Pablo en la carta a los Efesios, que seguimos leyendo, nos exhorta a la renovación que en nosotros ha de producir el Espíritu, y exhorta a dejarse renovar y transformar por el Espíritu de Dios Padre y de Jesucristo su Hijo. Hemos de revestirnos por medio del Espíritu, de su acción renovadora en nosotros, de la «nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas» (Ef 17,24). Por medio de la acción del Espíritu Dios transforma nuestra condición humana al transformar el pan y el vino terrenos en el pan celestial del cuerpo de Cristo y en la bebida vivificadora de su Sangre, pues el Espíritu Santo es el gran protagonista de toda acción sacramental. Transformados los dones eucarísticos por la acción del Espíritu Santo, producen en nosotros la transformación deseada por el Apóstol, mediante la cual adquirimos la nueva condición por asimilación a Cristo. Somos en verdad hijos en el Hijo de Dios y en él somos divinizados por la acción del Espíritu en nosotros.

Esto tiene que tener consecuencias morales, porque los cristianos han de contribuir con la entrega generosa de su vida a saciar el hambre de los hambrientos y la sed de justicia de los sedientos, empeñándose en la transformación de la sociedad, donde se supere el hambre y la injusticia, compromiso que el cristiano no puede eludir. Mas no sólo, la vida en Cristo exige aquella coherencia que sólo puede emanar de la renuncia al pecado, dejándose transformar por el Espíritu, lejos de la vaciedad de los pensamientos de los paganos, dice el Apóstol, que se dejan gobernar por la vanidad del mundo. Pudiera parecer una discriminación del mundo no cristiano infravalorado frente a la superioridad moral del cristiano, pero no se refiere san Pablo a los valores naturales de la humanidad, sino a la situación de abandono de los paganos en una vida marcada por el pecado, tal como los corintios la habían conocido antes de hacerse cristianos convirtiéndose al evangelio de Cristo. Todos conocemos la fuerza del pecado en nuestra vida, por eso la transformación que anhelamos no es posible sin la vida de la gracia que nos llega por la fe y los sacramentos, de un modo singular por la participación en la Eucaristía que vamos a celebrar.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

1 de agosto de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

Ilustración. Marko Ivan Rupnik, Jesús Resucitado parte el pan para los discípulos de Emaús. Mosaico de de Santa María la Real de la Almudena. Madrid

[1] Cf. X. Léon-Dufour, Lectura del evangelio de Juan, vol. II. Jn 5-7 (Salamanca 1992) 110-113.

[2] B. S. Childs, El libro del Éxodo. Comentario bíblico y teológico 292-293.

[3] X. Léon-Dufour, cit., 105-106.

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Un canal de Youtube para conocer a la señorita Laura

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La Asociación Pro Beatificación Laura Aguirre ha abierto un canal en Youtube al que ha subido este primer vídeo sobre la figura de la Señorita Laura, partiendo de los testimonios de quienes la han tenido más cerca.

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«Se trata de un medio más para que el testimonio de la Señorita Laura sea conocido en todo el mundo», afirma Tomás Salas, el postulador de la causa de beatificación.

El vídeo fue presentado en la parroquia de Nuestra Señora de la Encarnación, en Álora y ya ha sido visitado, en el canal de Youtube, por miles de personas, que también lo han compartido en sus redes sociales.

«Para su elaboración hemos contado con la ayuda de diversos colaboradores, incluido el Ayuntamiento de Álora» explica Tomás, quien está convencido «que será para bien, y para que su testimonio siga llegando». 

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