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La parroquia de San Francisco Javier acogió al Sr. Obispo en Visita Pastoral

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La parroquia de San Francisco Javier acogió la Visita Pastoral del Sr. Obispo, D. Jesús Catalá, en la fiesta de los apóstoles Simón y Judas Tadeo, el jueves 28 de octubre, dentro de la Visita Pastoral que viene realizando al arciprestazgo de Los Ángeles, del 10 de octubre al 13 de diciembre. 

Dicho arciprestazgo se sitúa en la zona norte de la ciudad de Málaga, desde la orilla del río hasta la zona de los hospitales, y está formado por once parroquias.

Durante la tarde, el Sr. Obispo visitó varios enfermos de la parroquia y compartió un tiempo de diálogo con la asamblea parroquial, en la que recordó «la importancia de la formación, la celebración de los misterios de Cristo y el crecimiento en el espíritu comunitario para anunciar el Evangelio al hombre contemporáneo.», en palabras del párroco, Manuel Ángel Santiago, vicario para el Laicado. 

«La Eucaristía fue un momento de encuentro en torno a Cristo la piedra angular donde hemos de seguir formando la Iglesia, como piedras vivas; y en ella nos animaba don Jesús a vivir intensamente la Visita Pastoral como un momento de gracia que el Señor nos ofrece por medio de su Iglesia, para renovar nuestras comunidades y seguirlas animando a vivir el Evangelio en medio del mundo, siendo testigos de Cristo desde nuestra propia debilidad pero con la fortaleza del Espíritu Santo. Apóstoles de Jesús viviendo sumergidos en Cristo y amando intensamente a nuestro prójimo», añade Manuel Ángel. 

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Una exposición y un ciclo de conferencias recorren los 250 años de la Congregación de la Divina Pastora en Málaga

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El Archivo Municipal de Málaga acoge del 3 al 28 de noviembre la exposición titulada «La Divina Pastora de Málaga. 250 años de perseverancia en Capuchinos». En ella pueden verse recogidos los casi tres siglos de esta imagen en Málaga. Además, se ha programado un ciclo de conferencias.

La exposición, inaugurada con la presencia del Sr. Obispo, Don Jesús Catalá, está ubicada en la sala Mingorance del Archivo Municipal y puede visitarse de lunes a viernes, de 10.00 a 13.00 h. y de 17.00 a 20.00 h.; y sábados y domingo, en horario de mañana.

El comisario de esta exposición, Jesús Hinojosa, «celebramos esta exposición gracias al Área de Cultura del Ayuntamiento de Málaga. Una muestra que recorre los casi 300 años de historia de la devoción a la Divina Pastora en Málaga, en el barrio de Capuchinos, y que incluye piezas artísticas de un gran valor, elementos históricos que demuestran esta antigua devoción de la ciudad, esta expresión de la religiosidad popular de los malagueños que aún todavía perdura y que se quiere acrecentar con este tipo de actos de difusión de la devoción a María, que llevan aparejadas unas conferencias de expertos teólogos e historiadores abordarán diversas facetas de la presencia de la Divina Pastora en Málaga». 

El Obispo ha destacado estas actividades como «memoria histórica agradecida» de una devoción mariana que «se ha mantenido a pesar de todos los avatares por los que ha atravesado». «Sin historia no tenemos futuro, os pido que seáis fieles a la devoción y que se transmita a los más jóvenes», ha añadido, haciendo alusión también a la coronación canónica de la imagen, afirmando que llegará cuando toque tras el camino de preparación que se ha iniciado ya.

La historia de esta devoción en Málaga tiene su origen hace cuatro siglos, en 1620, cuando los frailes capuchinos establecieron su convento en la antigua ermita de Santa Brígida, a extramuros de la ciudad, dando nombre a la zona conocida actualmente como el barrio de Capuchinos. En 1771, el beato Fray Diego José de Cádiz fundó allí la Congregación de la Divina Pastora de las Almas para dar culto a una imagen, atribuida con fundamento al escultor del Barroco sevillano José Montes de Oca, que ha llegado hasta nuestros días. Este 2021 se cumple el 250º aniversario de esa fundación, que ha logrado mantener viva y hacer crecer la devoción a la Divina Pastora, seña de identidad del barrio de Capuchinos del que es Patrona.

Asimismo, en una de las salas puede visionarse un documental sobre la devoción a la Divina Pastora en la ciudad realizado por la productora Cocom Media, con el patrocinio de la Consejería de Cultura.

Estos casi tres siglos de historia son narrados ahora, dentro del camino de preparación hacia la coronación canónica de la Divina Pastora de las Almas cuyo expediente fue abierto con autorización del Obispado, en esta exposición y en el ciclo de conferencias organizado con el siguiente calendario:

5 de noviembre (20.00 horas) · La Divina Pastora, origen y significado de una devoción universal, por Álvaro Román Villalón, párroco de Santa María Magdalena de Arahal (Sevilla) y profesor de la Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla. Vestíbulo del Archivo Municipal, Alameda Principal, 23. Inscribirse.

12 de noviembre (20.00 horas) · El antiguo convento de Capuchinos de Málaga. Trayectoria histórica y patrimonio artístico, por Sergio Ramírez González, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Málaga. Vestíbulo del Archivo Municipal, Alameda Principal, 23. Inscribirse (a partir del 5 de noviembre)

19 de noviembre (20.00 horas) · Del cosmos seráfico al microcosmos capuchino. La Divina Pastora y la construcción de una identidad iconográfica propia, por Juan Antonio Sánchez López, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Málaga. Vestíbulo del Archivo Municipal, Alameda Principal, 23. Inscribirse (a partir del 12 de noviembre).

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Estatua sepulcral de Luis de Torres II

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Luis de Torres II no fue a la zaga en prestigio a su tío, el arzobispo de Salerno. Al igual que él, gozó de la confianza de varios pontífices como Pío V y Gregorio XIII, desempeñando los cargos de Presidente y Decano de la Cámara Apostólica y Nuncio Apostólico para los reinos de España y Portugal.

Al ser preconizado a la mitra de Monreale, instauró una dinastía eclesiástica en la silla arzobispal de esta prestigiosa archidiócesis siciliana, transferida de tío a sobrino hasta entrado el siglo XVII. Su sobrino y sucesor, Luis de Torres III, fue el primero en convertirse en cardenal al igual que el sobrino de éste, Cosme de Torres. Cuando Luis de Torres II falleció a finales de 1584, Luis de Torres III y su tío el deán Alonso promovieron un segundo monumento funerario para honrar su memoria, ubicado en la capilla familiar frontero al de Luis de Torres I. Su ejecución se sitúa en torno a los talleres romanos del momento; presumiblemente el del escultor y arquitecto Giovanni Antonio Dòsio, quien ya había realizado para los Torres el basamento y urna donde se acopló la estatua de bronce adquirida a Guglielmo della Porta.

La composición del conjunto y la impronta de la estatua de Luis de Torres II suscriben fielmente las pautas del monumento de Luis de Torres I, aunque rehuyendo su policromía y diversidad de materiales por la uniformidad y monotonía del mármol blanco. A través de su propia obra, Guglielmo della Porta había consolidado un modelo de estatua funeraria recostada que caló hondamente en la alta cultura manierista europea, al sintetizar tanto los precedentes escultóricos antiguos como los referentes modernos, especialmente los de Miguel Ángel. Valgan como ejemplo los monumentos fúnebres de los cardenales Federico y Paolo Cesi en la Basílica romana de Santa María la Mayor. Aunque de factura notable, la estatua fúnebre de Luis de Torres II no alcanza la excelencia artística de la pieza de bronce dedicada a su tío.

Las poses pensativas y melancólicas de los arzobispos Torres se relacionan con el concepto del Humanismo cristiano que asimila el fin de la vida mortal al dulce y apacible sueño del justo que espera el desembarco del alma en el puerto tranquilo y seguro de la eternidad. Siguiendo el pensamiento de San Pablo, este sueño es el fin del trayecto para quien ha navegado trabajosamente en el mar tormentoso de la existencia material y aguarda la resurrección con la confianza absoluta en la promesa hecha por Cristo tras su victoria sobre la Muerte.           

Juan A. Sánchez López

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5 NOVIEMBRE. Próxima cita de los jóvenes con Adoremus

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La Delegación de Infancia y Juventud invita a los jóvenes a participar en el próximo Adoremus, que tendrá lugar el viernes 5 de noviembre, a las 20.00 horas, en la parroquia de Santa María de la Amargura.

Este mes se encargan de organizarlo los jóvenes del Movimiento de Acción Cristiana (MAC). 

Qué es Adoremus

«Adoremus» es una iniciativa diocesana de oración comunitaria para jóvenes. La Delegación de Juventud ofrece un espacio de oración y encuentro con el Señor para todos los jóvenes de parroquias, asociaciones, movimientos, colegios religiosos, cofradías y demás realidades diocesanas.

Consiste en ofrecer a los jóvenes una hora de adoración ante el Santísimo, para experimentar su presencia real y viva entre nosotros. Una oración acompañada con cantos, salmos, proclamación de la Palabra, un espacio para el silencio y algún gesto que abra a la comunicación. Es sobre todo una invitación a rezar: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

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San Francisco Javier recibe al Sr. Obispo en Visita Pastoral

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La parroquia de San Francisco Javier acogió la Visita Pastoral del Sr. Obispo, D. Jesús Catalá, en al fiesta de los apóstoles Simón y Judas Tadeo.

El jueves 28 de octubre, los fieles de la parroquia de San Francisco Javier acogieron al Sr. Obispo, dentro de la Visita Pastoral que viene realizando al arciprestazgo de Los Ángeles, del 10 de octubre al 13 de diciembre. 

Dicho arciprestazgo se sitúa en la zona norte de la ciudad de Málaga, desde la orilla del río hasta la zona de los hospitales, y está formado por once parroquias.

Durante la tarde, el Sr. Obispo visitó varios enfermos de la parroquia y compartió un tiempo de diálogo con la asamblea parroquial, en la que recordó «la importancia de la formación, la celebración de los misterios de Cristo y el crecimiento en el espíritu comunitario para anunciar el Evangelio al hombre contemporáneo.», en palabras del párroco, Manuel Ángel Santiago, vicario para el Laicado. 

«La Eucaristía fue un momento de encuentro en torno a Cristo la piedra angular donde hemos de seguir formando la Iglesia, como piedras vivas; y en ella nos animaba don Jesús a vivir intensamente la Visita Pastoral como un momento de gracia que el Señor nos ofrece por medio de su Iglesia, para renovar nuestras comunidades y seguirlas animando a vivir el Evangelio en medio del mundo, siendo testigos de Cristo desde nuestra propia debilidad pero con la fortaleza del Espíritu Santo. Apóstoles de Jesús viviendo sumergidos en Cristo y amando intensamente a nuestro prójimo», añade Manuel Ángel. 

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«Nos preocupa mucho la situación de las mujeres en calle»

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NoticiaEl Espejo

El día a día en el centro de acogida nocturna Calor y café // I. MARTOS

Publicado: 02/11/2021: 79

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María Rosa Gutiérrez, responsable del Área de Acción Social de Cáritas Diocesana, y Vicente Jiménez, director del centro nocturno Calor y Café, presentaron la campaña del Día de las Personas sin Hogar ante los micrófonos del COPE Málaga.

Encarni Llamas Fortes

Encarni Llamas Fortes es esposa y madre de tres hijos. Periodista que desarrolla su labor profesional en la Delegación de Medios de Comunicación de la Diócesis de Málaga. Es Bachiller en Ciencias Religiosas por el ISCR San Pablo y está realizando el Máster de Pastoral Familiar del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II.

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Amar a Dios y al prójimo

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Lecturas bíblicas: Dt 6,2-6; Sal 17,2-4.47.51 (R/. «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza»); Hb 7,23-28; Aleluya: Jn 14,23 («Si alguno me ama, observará mi palabra, dice el Señor, y mi Padre lo amará y vendremos a él»); Mc 12,28-34.

Queridos hermanos y hermanas:

En el domingo hacemos memoria de la resurrección de Jesucristo, porque en este día, el primero de la semana, el Señor dejó para siempre el sepulcro como futuro de una humanidad sin redención, para abrirnos el camino hacia la vida con verdadera duración. La resurrección de Jesús manifiesta el poder inmenso del amor misericordioso de Dios por nosotros. Este amor misericordioso alcanza en la predicación de Jesús una intensidad que pide de sus discípulos una respuesta que se asemeje a su amor, como se había revelado progresivamente en la historia de salvación de la antigua Alianza, al comparar el amor de Dios por su pueblo con el amor del padre que es correspondido por el amor del hijo de sus entrañas, y asimismo el amor recíproco de los esposos. El Dios que liberó a Israel de los egipcios y los condujo a la tierra prometida se reveló a Israel como el Dios único, que excluye todos los ídolos, porque en realidad no hay otros dioses fuera del Dios de Israel. Así dice Dios por medio del profeta Isaías: «Yo soy el Señor y no hay otro; fuerza de mí no existe ningún dios. Yo te he ceñido, aunque no me conoces, para que se sepa desde el levante al poniente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro» (Is 45,5-6)

Esta rotunda afirmación de la unicidad de Dios, revelada a los israelitas en la historia de salvación, en las gestas de liberación que dieron lugar al pueblo elegido, era una confesión de fe fundamental sobre la cual se levantaba la constitución religiosa de Israel. Una confesión de fe como respuesta a la experiencia de Israel del amor de Dios por su pueblo. Este es el contexto del mandamiento primero y principal por el que un escriba pregunta a Jesús en el evangelio de hoy. Jesús responde con la confesión de fe de Israel: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser» (Mc 12,30).

El amor de cada israelita por el Señor (por “Yahvé tu Dios”) representaba un acto supremo de adoración sólo atribuible al Dios creador de su pueblo, verdadero y único Dios fuera del cual sólo existe el vacío. Esta oración es la preferida de la piedad judía, y es reconocida por el nombre de shemâ, palabra hebrea por la cual comienza la oración: (“Escucha”). Confesar cada mañana y cada tarde que sólo el Señor tu Dios es el único Señor, durante siglos en el Templo y en tiempos de Jesús en la sinagoga, y así hasta hoy, es reclamo y recordatorio permanente para el judío de la propia identidad. La fe judía sólo tiene al Dios de Israel como referente único de la divinidad. El Señor es el que da la victoria al rey, que proclama en el canto real de acción de gracias, el salmo 17 recitado después de la primera lectura, que el Dios de Israel es su roca, su alcázar, su libertador, y el rey ama a Dios y lo alaba como refugio y baluarte donde el rey está a salvo (Sal 17,3-4).

El fragmento del libro del Deuteronomio que hemos leído como primera lectura contiene el versículo que da cuerpo literal a esta oración. En este versículo se recoge el núcleo del memorial de salvación que hace del amor al Señor la esencia misma de la Ley, que Dios impone a Israel como compromiso de amor del pueblo elegido por el único Dios, al que hay que adherirse para seguir existiendo. En la adhesión incondicional al Dios único se encuentra el fundamento de la existencia de cada creyente hebreo, y es la fe que ha de transmitir a los hijos; y el israelita hablará de ella «estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado» (Dt 6,7). Todo israelita ha de llevar consigo en toda circunstancia esta convicción de fe expresada en el shemâ, lo que se traducirá en la costumbre de llevar cajitas a modo de capsulas colgadas del manto y del cuerpo, en la frente y en las muñecas con el texto de la oración (v. 6,8). Son los colgantes de las filacterias (tefilim) de los fariseos en tiempos de Jesús, las mismas que hoy los judíos ortodoxos cuelgan de las cintas de oración. La Ley es permanentemente recordada y, por eso, se han de inscribir sus preceptos incluso en las jambas de la entrada de la casa y en las puertas de la casa (v.6,9).

En la adhesión incondicional al Dios único se encuentra el fundamento de la existencia de cada creyente hebreo, y es la fe que ha de transmitir a los hijos; y el israelita hablará de ella «estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado» (Dt 6,7).

La guarda de los mandamientos de la Ley es correspondencia de amor al Señor, cuyo amor por Israel es la historia de su misericordia y ternura para el que es su propio «hijo», en la profecía de Oseas. Dios amó a Israel de niño y lo llamó de Egipto, le enseñó a andar y lo llevó en sus brazos acercándolo a sus mejillas (cf. Os 11,1-4). Este amor paterno de Dios a Israel es una imagen que a veces cede ante la imagen del amor enamorado del esposo que ama a Israel como esposa infiel (cf. Os 2,16-22); aunque el Señor se enamoró de ella apenas nacida, chapoteando en su sangre con el riesgo de no sobrevivir, cuya historia desde la infancia de Israel hasta la edad núbil se expresa bellamente en los profetas (cf. Ez 16,4-14).

La santidad de la ley descansa sobre el amor de Dios que la entrega a Israel para convertirlo en su pueblo.

La santidad de la ley descansa sobre el amor de Dios que la entrega a Israel para convertirlo en su pueblo. Por eso la pregunta que hace el letrado en el evangelio de hoy sólo se entiende bien sobre el fondo de la historia sagrada que da cuenta de la razón de ser el pueblo elegido: la elección divina libre y gratuita. La respuesta de Jesús está en que este mandamiento primero y principal es inseparable del amor al prójimo. Jesús ha unido la primacía del amor a Dios con la semejanza que el amor al prójimo guarda con el amor a Dios. Israel conoce el precepto del amor al prójimo, codificado en el libro del Levítico formando parte de la ley de santidad: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, el Señor» (Lv 19,18b)[1]. Este precepto forma parte, en efecto, de las prescripciones morales y relativas al culto, y en el sermón del Monte Jesús lo lleva más allá del alcance que tiene en la ley mosaica, que limita el amor al prójimo a los de la gran familia de Israel: «No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo» (v. 19,18a). Jesús, en contra de la sentencia de los maestros de Israel, según la cual no hay por qué amar al enemigo, proclama el amor incluso a los enemigos (cf. Mt 5,43-44)[2].

Jesús, en contra de la sentencia de los maestros de Israel, según la cual no hay por qué amar al enemigo, proclama el amor incluso a los enemigos (cf. Mt 5,43-44)[2].

Jesús ha sido educado desde la infancia en la piedad de Israel y su en su respuesta se hace patente su conocimiento de las sagradas Escrituras, que en la respuesta que da al escriba es enriquecido por aquel que es la palabra de Dios hecha carne. Jesús no responde sólo sobre la jerarquía de estos dos mandamientos colocados en primer lugar, entre las seiscientas trece prescripciones de la torá según la tradición secular de los rabinos, divididas en graves y leves. Jesús recapitula en los dos mandamientos el cúmulo de preceptos que los judíos piadosos deseaban cumplir y no dejaban de tropezar en el número y en lo prolijo de su contenido. Por esto, en el evangelio de san Mateo, Jesús concluye su comentario diciendo que del amor a Dios y al prójimo «penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40).

En el evangelio de san Marcos Jesús pone de relieve que «amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12,33). Jesús orienta su enseñanza a la purificación del culto, que él mismo ejerce como sumo sacerdote de la nueva Alianza sellada en su sangre, según la carta a los Hebreos. Jesús, «es el sumo sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, aparatado de los pecadores, encumbrado sobre los cielos» (Hb 7,26), que realizó el sacrificio eficaz y verdadero culto espiritual, «de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo» (v. 7,27). No necesita repetir holocaustos y sacrificios que no alcanzan su objetivo: el perdón definitivo de los pecados. Se ofreció a sí mismo al Padre de una vez para siempre como sacerdote y víctima. El sacerdocio de Jesús tiene un carácter existencial, que corresponde al culto espiritual que los verdaderos adoradores han de tributar a Dios, que es espíritu, «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23). Un culto que ya no depende de las imperfecciones de los hombres mortales, del sacerdocio levítico del tiempo antiguo. El sacerdocio de Cristo y su sacrificio tienen un valor eterno, «a la manera de Melquisedec» (v. 7,17→Sal 110,4)[3] sin genealogía ni herederos, como sucedía con el sacerdocio antiguo, que se transmitía por sucesión carnal. Genealogía y herencia sacerdotal limitan en el tiempo el valor del culto de Israel, que en Cristo es abolido y superado por el valor eterno del sacrificio de Cristo. Si cambia la ley, cambia asimismo el nuevo culto[4].

El sacerdocio de Jesús tiene un carácter existencial, que corresponde al culto espiritual que los verdaderos adoradores han de tributar a Dios, que es espíritu, «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23).

Este culto espiritual vivido por el cristiano, existencial y sacramentalmente injerto en Cristo, pasa por la entrega por amor a Dios, a su divina voluntad, y el servicio al prójimo. El sacrificio eucarístico, en el que hace presente el sacrificio de la cruz, tiene en verdad un contenido existencial. En el sacrificio eucarístico es la entrega de Jesucristo el contenido del sacramento del altar, y mediante nuestra participación y comunión en la mesa eucarística Jesús nos asocia a su sacrificio, y nosotros somos asimismo convertidos en ofrenda de amor a Dios, fundamento de nuestra entrega a los hombres. Así se lo pide al Padre el sacerdote en la plegaria eucarística de la Misa, suplicando que el Espíritu Santo «nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredada»[5]. Toda nuestra vida ha de estar asociada a la ofrenda que Cristo hizo de una vez para siempre al Padre y esta configuración con Cristo nos viene por la acción del Espíritu santificador. Que así lo vivamos y demos testimonio de cómo se transforma la vida del que cree en Cristo.

S. A. I. Catedral d la Encarnación

31 de octubre de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

Ilustración. Un fariseo pregunta a Jesús. De la serie de acuarelas sobre la Vida de Cristo de James Jacques-Joseph Tissot (1836-1902). Museo Brooklyn. Nueva York.  

[1] Cf. J. Gnilka, El evangelio según san Marcos, vol. II. Mc 8,27-16,20 (Salamanca 1986) 190-192.

[2] Biblia de Jerusalén: Nota a Mt 5,43.

[3] Cf. Biblia de Jerusalén: Notas a Hb 7,11 y 7,16.

[4] K. Berger, Commentario al Nuovo Testamento. II Lettere e Apocalisse, ed. italiana de F. Dalla Vecchia (Brescia 2015) 495-497.

[5] Misal Romano: Plegaria eucarística III.

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“Somos hijos de un pueblo de santos”

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Homilía del arzobispo en la Eucaristía de la Solemnidad de Todos los Santos, el 2 de noviembre de 2021, en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios, al que todos pertenecemos (también yo y los sacerdotes, el diacono, los seminaristas, los religiosos), todos formamos parte de ese Pueblo que es familia de Dios;

queridos hermanos y amigos;

querido Mariusz, que hoy recibes el don del Sacramento del Orden:

Todos los Sacramentos son regalos que Dios nos hace. Como vivimos en un mundo pagano, pues se nos cuela constantemente la idea de que nosotros hacemos cosas por Dios. Es más aún, de que tenemos que hacer cosas por Dios y de que una buena relación con Dios se consigue a base de hacer cosas por Él, cuando el cristianismo tiene en su origen una realidad distinta. Es la historia de las hazañas que Dios hace por nosotros, comenzando con la elección de Abraham y culminando en el don de la Encarnación, que, a su vez, culmina en el don que Jesucristo hace de su propia vida para que nosotros vivamos en la alianza nueva y eterna en la que Él consuma el don de Dios a la humanidad. En la que Él consuma, a través de Él, el amor de Dios a la humanidad en una alianza esponsal nueva y eterna, que nadie de este mundo, ninguna criatura de este mundo, tiene el poder de destruir.

Es precioso en el contexto de este pueblo, de esta comunión que es la vida de la Iglesia, recibir el regalo también de un hermano nuestro que el Señor ha escogido, que la Iglesia ha cuidado de una manera especial. En tu caso, el cuidado empieza en la comunidad en la que, probablemente, has nacido en la fe y cuyo párroco nos acompaña aquí hoy (le damos la bienvenida), en Polonia. El Señor te ha traído hasta Granada, para que la Iglesia de Granada te pudiera seguir cuidando (también veo a algunos de tus profesores entre los bancos) y pueda hacer que tu vida esté madura como para que el Señor se revista de ti o que tú te revistas de Él, de tal manera que puedas ser su presencia viva en medio de su pueblo. Eso es un regalo. No es un regalo que tú le haces al Señor. Es un regalo que el Señor te hace a ti. Y a través de Ti nos lo hace a nosotros, a la Iglesia entera. A través de ti y de la Iglesia, se lo hace al mundo entero.

No hay ningún sí que ninguno de nosotros digamos al Señor que no tenga una repercusión en el mundo. Independientemente de que esa repercusión se perciba, se vea, el “sí” de la Virgen el mundo no se enteró hasta treinta años después cuando comenzó Jesús su ministerio público. Y, sin embargo, ese “sí” cambiaba la historia humana. Cualquier pequeño de nuestros “sí”, si está dado con verdad, con sencillez de corazón, con autenticidad, cambia la historia humana. No por la fuerza de ese sí, sino por la fuerza que Dios ha querido dar a nuestro sí, que es ya una participación en el “sí” de la Virgen y en el “sí” de Cristo, que se corresponden perfectamente. Cristo, el Verbo de Dios, le dice al Padre: “Señor, Tú no quieres sacrificios, ni ofrendas, pero me diste un cuerpo y, entonces, yo digo ‘aquí estoy para hacer Tu voluntad’”. Ese es el “sí” de Cristo.

Y el “sí” de la Virgen es: “Esta es la esclava del Señor. Que se haga en Mi según Tu Palabra”. Esos dos “sí” se corresponden plena y totalmente, se consuma en ellos la historia del mundo. Por eso, el Acontecimiento de Cristo es el centro de la Creación y de la Historia. Y cómo ese Acontecimiento permanece en la vida de la Iglesia, en los Sacramentos, como un don gratuito para los hombres, en todos ellos, pero vinculados de una manera singular al Sacramento del Orden que conserva el Perdón de los pecados, que hace y confecciona la Eucaristía, que garantiza la verdad del Bautismo. Ese Sacramento del Orden es como el sacramento personal de Cristo donde tu vida es revestida de Cristo. Y yo Le pediría al Señor que no sea sólo mediante las vestiduras de la liturgia. Que tu corazón esté revestido de Cristo. Que tu mirada al mundo sea la mirada de Cristo, que no ha venido a condenar el mundo, sino a entregarse para que el mundo se salve por Él. Que revista tu corazón también para que puedas amar a las personas, especialmente a los pecadores, a los pobres. El escándalo de Jesús era que andaba con pecadores y comía con ellos. Algo que llamaba mucho la atención. Le llevó a la cruz. En definitiva, porque era una violación de lo más profundo del Espíritu judío, de la Ley.

Que el Señor te revista enteramente. Que Su Espíritu llene tu vida y sea visible en tu vida, perceptible en tu vida. Eso ayudará a las vidas de los hermanos también a vivir según el Espíritu del Señor. A no gloriarse sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, y a no amar nada sino Cristo y su designio de Salvador para el mundo. Su designio de Salvación para el mundo.

Luego, celebramos esta Ordenación en un día singularísimo y bellísimo. A mí la Solemnidad de Todos los Santos me parece una de las fiestas más bellas del año litúrgico, porque somos hijos de un pueblo de santos. Yo creo que los que se canonizan públicamente en la vida de la Iglesia son un uno por mil, por cien mil de los santos que hay en la Iglesia de Dios. En mi pobre vida de sacerdote, y después de obispo, he podido conocer tantos santos que nunca serán canonizados, que nunca serán… incluso, antes de ser sacerdotes, en las familias cristianas, en gente de todas las edades y niveles culturales, dices, efectivamente, “una multitud de toda raza, lengua, pueblo y nación”. Una multitud que nadie podría contar. Esa multitud que nadie podría contar es nuestro pueblo, es nuestra familia, nuestro cuerpo. Porque nuestro cuerpo es la Iglesia, de la que somos humildes y pobres miembros y servidores todos nosotros.

Por eso, la fiesta de hoy es una fiesta de vida, de gozo, alegría, cantamos. Cantamos que somos hijos de un pueblo de santos. Nos sentimos agradecidos y orgullosos de tantas personas que sólo Dios conoce y a través de las cuales ha llegado la fe hasta nuestro siglo, hasta nosotros, en este rincón del mundo, pequeño. Cuando hay millones de personas y personas que no tienen el don de la fe.

El cristianismo es menos tener unas particulares creencias, que es como el mundo considera las religiones, y entre ellas, una más, la religión cristiana. No estoy yo muy seguro de si es una religión o no. Claro que tiene raíces en el sentido religioso del hombre, pero es un Acontecimiento. Y un Acontecimiento que ha generado un pueblo nuevo, una historia nueva. Y un pueblo nuevo, una humanidad nueva. Ser cristiano es pertenecer a esa humanidad nueva. Ser cristiano es pertenecer a ese pueblo, amar a ese pueblo, sentirse gozoso y agradecido de ser parte de ese pueblo.

No dejes nunca esa gratitud que se concreta, en tu caso, en las comunidades que te acompañan más de cerca, pero que se extiende a todo el pueblo cristiano. Si Jesucristo es verdaderamente quien habita en nuestros corazones, se extiende al mundo entero. El mismo Cristo dijo que “no envió el Padre a Su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. No nos corresponde a nosotros juzgar al mundo. Nos corresponde sólo estar disponibles para dar la vida por él. Todos.

Cuando en la Eucaristía el sacerdote dice “haced esto en memoria mía”, lo que nos está diciendo no es a los sacerdotes que hacemos la consagración en las celebraciones. Lo que está diciendo es que todos hagamos lo que Cristo ha hecho. Este es mi cuerpo. Esta es mi sangre que se ofrece por el perdón de los pecados, por vosotros y por muchos, por la multitud, por el pueblo entero, por la humanidad entera, para el perdón de los pecados. Eso es lo que tenemos que hacer. Estamos llamados a hacerlo todos. La consagración sólo la hace el presbítero, pero el dar la vida por el mundo lo han hecho todos esos santos y mujeres de toda raza, pueblo y nación.

Me da mucha pena, pero no me sorprende en absoluto, ni me escandaliza, pues todos los disfraces de cadáveres, de muertes, de cosas así que vemos en estos días (es natural, nuestro mundo es un mundo pagano, su cultura es pagana); una cultura pagana y un mundo pagano da culto a la muerte. Da culto, literalmente, a la muerte. Es uno de los cultos y de las dimensiones religiosas más antiguas y más extendidas. Igualmente, que se pinta el cuerpo de mil maneras.

Nosotros no, porque no hay nada más bello que la Creación de Dios; no podemos nosotros incrementar su belleza a base de pintarnos. Y no damos culto a la muerte, sino a la vida. Damos culto a Jesucristo, Señor de la vida, que nos ha hecho a nosotros participar de esa vida y ser conscientes de nuestra llamada a la resurrección y que esperamos que todos los difuntos puedan, por la oración de la Iglesia y por el amor de la Iglesia, sencillamente participar también de esa vida.

Yo creo que muchos de vosotros conoceréis la anécdota aquella de Teresa de Lisieux, anécdota que la ha convertido en Doctora de la Iglesia, no por los libros que haya escrito, sino, básicamente, por aquel hecho en el que ella se ofreció a ir al infierno a cambio de un hombre que había sido condenado a muerte y que le ofrecieron confesarse; había cometido un asesinato. Se ofreció ella a ir al infierno. Ella que era una niña mimada, que no podía no ser el centro de todas las cosas, para que ese hombre se salvase. Eso es un corazón cristiano. Eso ha hecho a Teresa de Lisieux, Doctora de la Iglesia. Pone de manifiesto nuestra actitud ante los disfraces, ante todos los rituales paganos que en estos días se desarrollan alrededor nuestro. El novelista Bernanos acudía de vez en cuando a alguna iglesia y decía “vengo a pedir una Misa por un difunto”. En Francia era muy conocido, y en Brasil donde vivió muchos años también, en la ciudad donde vivía. “-¿Por un amigo suyo, no? -Por un amigo. -Pase al despacho, puede ser este día. ¿Me dice el nombre de su amigo? -Judas Iscariote”. Ofrecía la Eucaristía por la salvación de Judas Iscariote. Estamos en la onda de Teresa de Lisieux. Otras ondas no son cristianas. Esto es cristianismo en vena.

Querido Mariusz, que puedas ser testigo siempre de eso. Es curioso, hoy celebra la Iglesia todos los santos y mañana celebra todos los fieles difuntos. De qué serviría celebrarlo si no esperamos que se salven. Es igual que en la plegaria donde pedimos: “Acuérdate, Señor, de aquellos que han muerto en la esperanza de la resurrección y de todos los que han muerto en tu misericordia”. ¿Me podéis decir alguien a quién Dios le pueda cerrar su misericordia? ¿Merecería la pena creer en un Dios que cierra su misericordia a alguien? Sería un Dios falso. No sería el Dios de Jesucristo, sería falso. No merecería la pena creer en Él. A todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección y a todos los que han muerto en tu misericordia, lo mismo. Hoy celebramos a los santos y mañana a los fieles difuntos con la esperanza. Sabemos que el hombre tiene poder de decir “no” a Dios, tiene poder de condenarse a sí mismo al infierno. Pero nuestra esperanza es que todos los hombres se salven. Es la misma esperanza del corazón de Dios. Cuando Jesús dice: “Esta es la voluntad de Dios: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad en esta vida o en el momento de la muerte, según los misteriosos designios de Dios”. Pero no esperamos que nadie se condene.

Vamos a dar gracias a Dios. Es un hecho singular el que tu ordenación tenga lugar en esta fiesta de Todos los Santos, pero es verdad que te vincula con la comunión de los santos de una manera especial a lo largo de tu ministerio y de tu vida. Me sirve a mi también para poder enseñaros esta verdad que es a veces una verdad olvidada, que hace que nos escandalice y nos preocupe, nos altere un poco el ver que el mundo es pagano. ¿Qué podemos esperar? Si no ha conocido al Señor. Que dé culto a la muerte, claro, normal. Pero aquí estamos nosotros que somos igual de pecadores que ellos, igual de pobres que ellos, pero que hemos conocido a Jesucristo y, entonces, no sólo damos culto a Dios que es la vida, al Dios verdadero, al mismo tiempo esperamos que esa vida puedan participarla todos los hombres.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

1 de noviembre de 2021
S.I. Catedral de Granada

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La Palma: Al rescate de una esperanza entre cenizas

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La revista Vida Nueva dedica varios artículos en su número del último fin de semana de octubre y comienzos de noviembre (números 3244) al servicio que viene prestando la Iglesia en los municipios especialmente afectados por la erupción volcánica en la isla de La Palma. Enlazamos en este apartado de nuestro volcán el reportaje titulado: La Palma: Al rescate de una esperanza entre cenizas. En medio de la catástrofe, la Iglesia se abre paso a través de los sacerdotes, que, además de acompañar en el dolor, cuentan con un equipo de Cáritas entregado.

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