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V Jornada Mundial de los Pobres: «A los pobres los tienen siembre con ustedes»

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La Iglesia celebra el domingo 14 de noviembre la V Jornada Mundial de los Pobres. Este año el papa Francisco propone el tema, «A los pobres los tienen siempre con ustedes» (Mc 14,7). Un lema, señala el Santo Padre en su mensaje para la Jornada de este año, que invita a «no perder nunca de vista la oportunidad que se ofrece de hacer el bien» y que recuerda que aunque «su presencia en medio de nosotros es constante, «no debe conducirnos a un acostumbramiento que se convierta en indiferencia, sino a involucrarnos en un compartir la vida que no admite delegaciones.

La Jornada Mundial de los Pobres en un Iglesia sinodal

Las palabras del papa Francisco «adquieren este año una llamada especial a tomar conciencia de la realidad que vive cada persona en situación de pobreza, exclusión y necesidad, justo cuando acaba de comenzar el Sínodo «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión», en el que se abre un nuevo tiempo de discernimiento y revisión de nuestro seguimiento de Jesús como Pueblo de Dios». Así se recuerda en las pautas para la animación que Cáritas y la Conferencia Episcopal Española hacen públicas con motivo de esta Jornada.

Por esto, en este texto, se invita a que ambas convocatorias sean «una nueva oportunidad para tomar conciencia acerca de cómo caminamos juntos como Iglesia plural y diversa que somos, y para cuestionarnos sobre cuál es el nivel de participación de quienes habitualmente son menos tenidos en cuenta en los espacios de reflexión, toma de decisiones y celebración».

También resaltan la oportunidad que nos brinda de «volver la mirada a Jesús y al Evangelio para dejarnos interpelar por su Palabra, por su gesto y por su forma de vivir y de relacionarse con los más pequeños». Y en este sentido resaltan que «Jesús no se preocupa tanto por lo que les da a las personas sino por acoger, escuchar y estar con ellas; trata a cada pobre como lo que es, una persona, y desde ahí teje una nueva forma de relación entre iguales, donde se hace posible el encuentro verdadero y la fraternidad.

Materiales para la difusión de esta Jornada

Un año más, la Conferencia Episcopal Española y Cáritas se unen para celebrar la Jornada Mundial de los pobres y ofrecen  materiales de apoyo. Además, el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización también edita un subsidio pastoral 

Mensaje del papa Francisco : «A los pobres los tienen siempre con ustedes»

El papa Francisco hacía público el mensaje para esta Jornada el 13 de junio de 2021, memoria litúrgica de san Antonio de Padua.

Texto íntegro:

1. «A los pobres los tienen siempre con ustedes» (Mc 14,7). Jesús pronunció estas palabras en el contexto de una comida en Betania, en casa de un tal Simón, llamado “el leproso”, unos días antes de la Pascua. Según narra el evangelista, una mujer entró con un frasco de alabastro lleno de un perfume muy valioso y lo derramó sobre la cabeza de Jesús. Ese gesto suscitó gran asombro y dio lugar a dos interpretaciones diversas.

La primera fue la indignación de algunos de los presentes, entre ellos los discípulos que, considerando el valor del perfume —unos 300 denarios, equivalentes al salario anual de un obrero— pensaron que habría sido mejor venderlo y dar lo recaudado a los pobres. Según el Evangelio de Juan, fue Judas quien se hizo intérprete de esta opinión: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para darlos a los pobres?». Y el evangelista señala: «Esto no lo dijo porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa del dinero en común, robaba de lo que echaban en ella» (12,5-6). No es casualidad que esta dura crítica salga de la boca del traidor, es la prueba de que quienes no reconocen a los pobres traicionan la enseñanza de Jesús y no pueden ser sus discípulos. A este respecto, recordamos las contundentes palabras de Orígenes: «Judas parecía preocuparse por los pobres […]. Si ahora todavía hay alguien que tiene la bolsa de la Iglesia y habla a favor de los pobres como Judas, pero luego toma lo que ponen dentro, entonces, que tenga su parte junto a Judas» (Comentario al Evangelio de Mateo, XI, 9).

La segunda interpretación la dio el propio Jesús y permite captar el sentido profundo del gesto realizado por la mujer. Él dijo: «¡Déjenla! ¿Por qué la molestan? Ha hecho una obra buena conmigo» (Mc 14,6). Jesús sabía que su muerte estaba cercana y vio en ese gesto la anticipación de la unción de su cuerpo sin vida antes de ser depuesto en el sepulcro. Esta visión va más allá de cualquier expectativa de los comensales. Jesús les recuerda que el primer pobre es Él, el más pobre entre los pobres, porque los representa a todos. Y es también en nombre de los pobres, de las personas solas, marginadas y discriminadas, que el Hijo de Dios aceptó el gesto de aquella mujer. Ella, con su sensibilidad femenina, demostró ser la única que comprendió el estado de ánimo del Señor. Esta mujer anónima, destinada quizá por esto a representar a todo el universo femenino que a lo largo de los siglos no tendrá voz y sufrirá violencia, inauguró la significativa presencia de las mujeres que participan en el momento culminante de la vida de Cristo: su crucifixión, muerte y sepultura, y su aparición como Resucitado. Las mujeres, tan a menudo discriminadas y mantenidas al margen de los puestos de responsabilidad, en las páginas de los Evangelios son, en cambio, protagonistas en la historia de la revelación. Y es elocuente la expresión final de Jesús, que asoció a esta mujer a la gran misión evangelizadora: «Les aseguro que, para honrar su memoria, en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia se contará lo que ella acaba de hacer conmigo» (Mc 14,9).

2. Esta fuerte “empatía” entre Jesús y la mujer, y el modo en que Él interpretó su unción, en contraste con la visión escandalizada de Judas y de los otros, abre un camino fecundo de reflexión sobre el vínculo inseparable que hay entre Jesús, los pobres y el anuncio del Evangelio.

El rostro de Dios que Él revela, de hecho, es el de un Padre para los pobres y cercano a los pobres. Toda la obra de Jesús afirma que la pobreza no es fruto de la fatalidad, sino un signo concreto de su presencia entre nosotros. No lo encontramos cuando y donde quisiéramos, sino que lo reconocemos en la vida de los pobres, en su sufrimiento e indigencia, en las condiciones a veces inhumanas en las que se ven obligados a vivir. No me canso de repetir que los pobres son verdaderos evangelizadores porque fueron los primeros en ser evangelizados y llamados a compartir la bienaventuranza del Señor y su Reino (cf. Mt 5,3).

Los pobres de cualquier condición y de cualquier latitud nos evangelizan, porque nos permiten redescubrir de manera siempre nueva los rasgos más genuinos del rostro del Padre. «Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos. Nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones o en programas de promoción y asistencia; lo que el Espíritu moviliza no es un desborde activista, sino ante todo una atención puesta en el otro “considerándolo como uno consigo”. Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 198-199).

3. Jesús no sólo está de parte de los pobres, sino que comparte con ellos la misma suerte. Esta es una importante lección también para sus discípulos de todos los tiempos. Sus palabras «a los pobres los tienen siempre con ustedes» también indican que su presencia en medio de nosotros es constante, pero que no debe conducirnos a un acostumbramiento que se convierta en indiferencia, sino a involucrarnos en un compartir la vida que no admite delegaciones. Los pobres no son personas “externas” a la comunidad, sino hermanos y hermanas con los cuales compartir el sufrimiento para aliviar su malestar y marginación, para devolverles la dignidad perdida y asegurarles la necesaria inclusión social. Por otra parte, se sabe que una obra de beneficencia presupone un benefactor y un beneficiado, mientras que el compartir genera fraternidad. La limosna es ocasional, mientras que el compartir es duradero. La primera corre el riesgo de gratificar a quien la realiza y humillar a quien la recibe; el segundo refuerza la solidaridad y sienta las bases necesarias para alcanzar la justicia. En definitiva, los creyentes, cuando quieren ver y palpar a Jesús en persona, saben a dónde dirigirse, los pobres son sacramento de Cristo, representan su persona y remiten a él.

Tenemos muchos ejemplos de santos y santas que han hecho del compartir con los pobres su proyecto de vida. Pienso, entre otros, en el padre Damián de Veuster, santo apóstol de los leprosos. Con gran generosidad respondió a la llamada de ir a la isla de Molokai, convertida en un gueto accesible sólo a los leprosos, para vivir y morir con ellos. Puso manos a la obra e hizo todo lo posible para que la vida de esos pobres, enfermos y marginados, reducidos a la extrema degradación, fuera digna de ser vivida. Se hizo médico y enfermero, sin reparar en los riesgos que corría, y llevó la luz del amor a esa “colonia de muerte”, como era llamada la isla. La lepra lo afectó también a él, signo de un compartir total con los hermanos y hermanas por los que había dado la vida. Su testimonio es muy actual en nuestros días, marcados por la pandemia de coronavirus. La gracia de Dios actúa ciertamente en el corazón de muchos que, sin aparecer, se gastan por los más pobres en un concreto compartir.

4. Necesitamos, pues, adherirnos con plena convicción a la invitación del Señor: «Conviértanse y crean en la Buena Noticia» (Mc 1,15). Esta conversión consiste, en primer lugar, en abrir nuestro corazón para reconocer las múltiples expresiones de la pobreza y en manifestar el Reino de Dios mediante un estilo de vida coherente con la fe que profesamos. A menudo los pobres son considerados como personas separadas, como una categoría que requiere un particular servicio caritativo. Seguir a Jesús implica, en este sentido, un cambio de mentalidad, es decir, acoger el reto de compartir y participar. Convertirnos en sus discípulos implica la opción de no acumular tesoros en la tierra, que dan la ilusión de una seguridad en realidad frágil y efímera. Por el contrario, requiere la disponibilidad para liberarse de todo vínculo que impida alcanzar la verdadera felicidad y bienaventuranza, para reconocer lo que es duradero y que no puede ser destruido por nada ni por nadie (cf. Mt 6,19-20).

La enseñanza de Jesús también en este caso va a contracorriente, porque promete lo que sólo los ojos de la fe pueden ver y experimentar con absoluta certeza: «Y todo el que deje casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o campos por mi causa, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna» (Mt 19,29). Si no se elige convertirse en pobres de las riquezas efímeras, del poder mundano y de la vanagloria, nunca se podrá dar la vida por amor; se vivirá una existencia fragmentaria, llena de buenos propósitos, pero ineficaz para transformar el mundo. Se trata, por tanto, de abrirse con decisión a la gracia de Cristo, que puede hacernos testigos de su caridad sin límites y devolverle credibilidad a nuestra presencia en el mundo.

5. El Evangelio de Cristo impulsa a estar especialmente atentos a los pobres y pide reconocer las múltiples y demasiadas formas de desorden moral y social que generan siempre nuevas formas de pobreza. Parece que se está imponiendo la idea de que los pobres no sólo son responsables de su condición, sino que constituyen una carga intolerable para un sistema económico que pone en el centro los intereses de algunas categorías privilegiadas. Un mercado que ignora o selecciona los principios éticos crea condiciones inhumanas que se abaten sobre las personas que ya viven en condiciones precarias. Se asiste así a la creación de trampas siempre nuevas de indigencia y exclusión, producidas por actores económicos y financieros sin escrúpulos, carentes de sentido humanitario y de responsabilidad social.

El año pasado, además, se añadió otra plaga que produjo ulteriormente más pobres: la pandemia. Esta sigue tocando a las puertas de millones de personas y, cuando no trae consigo el sufrimiento y la muerte, es de todas maneras portadora de pobreza. Los pobres han aumentado desproporcionadamente y, por desgracia, seguirán aumentando en los próximos meses. Algunos países, a causa de la pandemia, están sufriendo gravísimas consecuencias, de modo que las personas más vulnerables están privadas de los bienes de primera necesidad. Las largas filas frente a los comedores para los pobres son el signo tangible de este deterioro. Una mirada atenta exige que se encuentren las soluciones más adecuadas para combatir el virus a nivel mundial, sin apuntar a intereses partidistas. En particular, es urgente dar respuestas concretas a quienes padecen el desempleo, que golpea dramáticamente a muchos padres de familia, mujeres y jóvenes. La solidaridad social y la generosidad de la que muchas personas son capaces, gracias a Dios, unidas a proyectos de promoción humana a largo plazo, están aportando y aportarán una contribución muy importante en esta coyuntura.

6. Sin embargo, permanece abierto el interrogante, que no es obvio en absoluto: ¿cómo es posible dar una solución tangible a los millones de pobres que a menudo sólo encuentran indiferencia, o incluso fastidio, como respuesta? ¿Qué camino de justicia es necesario recorrer para que se superen las desigualdades sociales y se restablezca la dignidad humana, tantas veces pisoteada? Un estilo de vida individualista es cómplice en la generación de pobreza, y a menudo descarga sobre los pobres toda la responsabilidad de su condición. Sin embargo, la pobreza no es fruto del destino sino consecuencia del egoísmo. Por lo tanto, es decisivo dar vida a procesos de desarrollo en los que se valoren las capacidades de todos, para que la complementariedad de las competencias y la diversidad de las funciones den lugar a un recurso común de participación. Hay muchas pobrezas de los “ricos” que podrían ser curadas por la riqueza de los “pobres”, ¡si sólo se encontraran y se conocieran! Ninguno es tan pobre que no pueda dar algo de sí mismo en la reciprocidad. Los pobres no pueden ser sólo los que reciben; hay que ponerlos en condiciones de poder dar, porque saben bien cómo corresponder. ¡Cuántos ejemplos de compartir están ante nuestros ojos! Los pobres nos enseñan a menudo la solidaridad y el compartir. Es cierto, son personas a las que les falta algo, frecuentemente les falta mucho e incluso lo necesario, pero no les falta todo, porque conservan la dignidad de hijos de Dios que nada ni nadie les puede quitar.

7. Por eso se requiere un enfoque diferente de la pobreza. Es un reto que los gobiernos y las instituciones mundiales deben afrontar con un modelo social previsor, capaz de responder a las nuevas formas de pobreza que afectan al mundo y que marcarán las próximas décadas de forma decisiva. Si se margina a los pobres, como si fueran los culpables de su condición, entonces el concepto mismo de democracia se pone en crisis y toda política social se vuelve un fracaso. Con gran humildad deberíamos confesar que en lo referente a los pobres somos a menudo incompetentes. Se habla de ellos en abstracto, nos detenemos en las estadísticas y se piensa en provocar conmoción con algún documental. La pobreza, por el contrario, debería suscitar una planificación creativa, que permita aumentar la libertad efectiva para poder realizar la existencia con las capacidades propias de cada persona. Pensar que la libertad se concede e incrementa por la posesión de dinero es una ilusión de la que hay que alejarse. Servir eficazmente a los pobres impulsa a la acción y permite encontrar los medios más adecuados para levantar y promover a esta parte de la humanidad, demasiadas veces anónima y sin voz, pero que tiene impresa en sí el rostro del Salvador que pide ayuda.

8. «A los pobres los tienen siempre con ustedes» (Mc 14,7). Es una invitación a no perder nunca de vista la oportunidad que se ofrece de hacer el bien. En el fondo se puede entrever el antiguo mandato bíblico: «Si hubiese un hermano pobre entre los tuyos, no seas inhumano ni le niegues tu ayuda a tu hermano el pobre. Por el contrario, tiéndele la mano y préstale lo que necesite, lo que le falte. […] Le prestarás, y no de mala gana, porque por eso el Señor, tu Dios, te bendecirá en todo lo que hagas y emprendas. Ya que no faltarán pobres en la tierra» (Dt 15.7-8.10-11). El apóstol Pablo se sitúa en la misma línea cuando exhorta a los cristianos de sus comunidades a socorrer a los pobres de la primera comunidad de Jerusalén y a hacerlo «no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama a quien da con alegría» (2 Co 9,7). No se trata de aliviar nuestra conciencia dando alguna limosna, sino más bien de contrastar la cultura de la indiferencia y la injusticia con la que tratamos a los pobres.

En este contexto también es bueno recordar las palabras de san Juan Crisóstomo: «El que es generoso no debe pedir cuentas de la conducta, sino sólo mejorar la condición de pobreza y satisfacer la necesidad. El pobre sólo tiene una defensa: su pobreza y la condición de necesidad en la que se encuentra. No le pidas nada más; pero aunque fuese el hombre más malvado del mundo, si le falta el alimento necesario, librémosle del hambre. […] El hombre misericordioso es un puerto para quien está en necesidad: el puerto acoge y libera del peligro a todos los náufragos; sean ellos malvados, buenos, o sean como sean aquellos que se encuentren en peligro, el puerto los protege dentro de su bahía. Por tanto, también tú, cuando veas en tierra a un hombre que ha sufrido el naufragio de la pobreza, no juzgues, no pidas cuentas de su conducta, sino libéralo de la desgracia» (Discursos sobre el pobre Lázaro, II, 5).

9. Es decisivo que se aumente la sensibilidad para comprender las necesidades de los pobres, en continuo cambio como lo son las condiciones de vida. De hecho, hoy en día, en las zonas económicamente más desarrolladas del mundo, se está menos dispuestos que en el pasado a enfrentarse a la pobreza. El estado de relativo bienestar al que se está acostumbrados hace más difícil aceptar sacrificios y privaciones. Se es capaz de todo, con tal de no perder lo que ha sido fruto de una conquista fácil. Así, se cae en formas de rencor, de nerviosismo espasmódico, de reivindicaciones que llevan al miedo, a la angustia y, en algunos casos, a la violencia. Este no ha de ser el criterio sobre el que se construya el futuro; sin embargo, estas también son formas de pobreza de las que no se puede apartar la mirada. Debemos estar abiertos a leer los signos de los tiempos que expresan nuevas modalidades de cómo ser evangelizadores en el mundo contemporáneo. La ayuda inmediata para satisfacer las necesidades de los pobres no debe impedirnos ser previsores a la hora de poner en práctica nuevos signos del amor y de la caridad cristiana como respuesta a las nuevas formas de pobreza que experimenta la humanidad de hoy.

Deseo que la Jornada Mundial de los Pobres, que llega a su quinta edición, arraigue cada vez más en nuestras Iglesias locales y se abra a un movimiento de evangelización que en primera instancia salga al encuentro de los pobres, allí donde estén. No podemos esperar a que llamen a nuestra puerta, es urgente que vayamos nosotros a encontrarlos en sus casas, en los hospitales y en las residencias asistenciales, en las calles y en los rincones oscuros donde a veces se esconden, en los centros de refugio y acogida… Es importante entender cómo se sienten, qué perciben y qué deseos tienen en el corazón. Hagamos nuestras las apremiantes palabras de don Primo Mazzolari: «Quisiera pedirles que no me pregunten si hay pobres, quiénes son y cuántos son, porque temo que tales preguntas representen una distracción o el pretexto para apartarse de una indicación precisa de la conciencia y del corazón. […] Nunca he contado a los pobres, porque no se pueden contar: a los pobres se les abraza, no se les cuenta» (“Adesso” n. 7 – 15 abril 1949). Los pobres están entre nosotros. Qué evangélico sería si pudiéramos decir con toda verdad: también nosotros somos pobres, porque sólo así lograremos reconocerlos realmente y hacerlos parte de nuestra vida e instrumentos de salvación.

Roma, San Juan de Letrán, 13 de junio de 2021, Memoria litúrgica de san Antonio de Padua.


¿Por qué comenzó a celebrarse?

El 13 de noviembre de 2016 se cerraba en todo el mundo las Puertas de la Misericordia y en la Basílica de San Pedro, el Santo Padre celebraba el Jubileo dedicado a todas las personas marginadas. En la celebración eucarística estaban presentes miles de pobres, con los que ya había compartido los días anteriores. La homilía estaba escrita, pero faltaba la frase final. El Papa levantó los ojos del texto y de manera espontánea anuncio su deseo de celebrar una jornada de los pobres.

 “Precisamente hoy, cuando hablamos de exclusión, vienen rápido a la mente personas concretas; no cosas inútiles, sino personas valiosas. La persona humana, colocada por Dios en la cumbre de la creación, es a menudo descartada, porque se prefieren las cosas que pasan. Y esto es inaceptable, porque el hombre es el bien más valioso a los ojos de Dios. Y es grave que nos acostumbremos a este tipo de descarte; es para preocuparse, cuando se adormece la conciencia y no se presta atención al hermano que sufre junto a nosotros o a los graves problemas del mundo… Hoy, en las catedrales y santuarios de todo el mundo, se cierran las Puertas de la Misericordia. Pidamos la gracia de no apartar los ojos de Dios que nos mira y del prójimo que nos cuestiona… especialmente al hermano olvidado y excluido, al Lázaro que yace delante de nuestra puerta. Hacia allí se dirige la lente de la Iglesia.… A la luz de estas reflexiones, quisiera que hoy fuera la «Jornada de los pobres»».
(Papa Francisco,  13 de noviembre de 2016)

Unos días más tarde, el 20 de noviembre, al concluir el jubileo extraordinario de la Misericordia, firmaba la Carta Apostólica Misericordia et misera en la que añadía como conclusión:

“Intuí que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la Jornada mundial de los pobres. Será la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el cual se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir de las obras de misericordia (cf. Mt 25,31-46). Será una Jornada que ayudará a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio y sobre el hecho que, mientras Lázaro esté echado a la puerta de nuestra casa (cf. Lc 16,19-21), no podrá haber justicia ni paz social. Esta Jornada constituirá también una genuina forma de nueva evangelización (cf. Mt 11,5), con la que se renueve el rostro de la Iglesia en su acción perenne de conversión pastoral, para ser testimonio de la misericordia.” (n. 21).

El 19 de noviembre de 2017 se celebró la primera Jornada Mundial de los Pobres. Cada año el Papa nos vuelve a llevar la mirada sobre esta realidad fundamental para la vida de la Iglesia, porque los pobres están y estarán siempre con nosotros (cf. Jn 12,8) para ayudarnos a acoger la compañía de Cristo en nuestra vida cotidiana.

04/11/2021

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La Iglesia de Cádiz y Ceuta atendió a cerca de 52.000 personas en la diócesis

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El domingo, 7 de noviembre, celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. Bajo el lema Somos lo que tú nos ayudas a ser, se pone de manifiesto cómo se gestiona y financia la Iglesia y a qué se destina el dinero que se recauda, tanto de manera directa: donativos, aportaciones… como de manera indirecta, a través de la “x” de la Declaración de la Renta. Una manera de conocer y valorar la labor que hace la Iglesia, que hacemos todos, dentro de la iglesia diocesana.

Un día para recordar que no vivimos la fe en solitario, sino que juntos, en familia, logramos mantener una parroquia apasionada y activa. En la parroquia nacemos a la fe y en ella descubrimos que somos una familia dentro de otra gran familia, la de los hijos de Dios. Por eso, una vez al año celebramos de una manera especial ese sentimiento y recordamos lo importante que es poner lo que somos al servicio de los demás.

Nuestra iglesia diocesana, a través de los sacerdotes, seminaristas, Pastoral de la Salud, Pastoral Penitenciaria, COF, Secretariado de Migraciones, Cáritas, Manos Unidas… ha seguido al lado de los que más lo necesitan, atendiendo a través de los distintos centros de asistencia y de actividad caritativa a 51.927 personas.

Cáritas Diocesana, a través de la labor constante y generosa de 801 voluntarios, ofreció acogida, acompañamiento y oportunidades de mejora de sus condiciones de vida a más de 20.000 personas en todo el territorio diocesano.

Actualmente, la Diócesis de Cádiz y Ceuta cuenta con 170 sacerdotes que despliegan su labor pastoral en 117 parroquias, además de atender a enfermos, necesitados, y ejercer su vocación sacerdotal en hospitales, escuelas e institutos. Además, tenemos a 42 misioneros repartidos por África, Asia, Europa y América.

Toda esta gran labor asistencial no sería posible sin la fortaleza de la fe, que imprimen nuestros monasterios contemplativos y sobre todo, la labor sacramental que se realiza en nuestra diócesis. 1.169 catequistas transmiten, cada año, la fe a través de las parroquias y colegios. Además, según los últimos datos, se bautizaron en nuestra diócesis 1.902 personas, hicieron su Primera Comunión 3.996, recibieron el sacramento de la Confirmación 1.279 y se celebraron 149 matrimonios.

El obispo diocesano, Mons. Rafael Zornoza, recuerda en su carta para este día que: “El momento presente demanda de nosotros dar razón de nuestra esperanza y mostrar una caridad sin fisuras. El mejor argumentario es siempre el amor cristiano. Impulsemos, pues, la corresponsabilidad en los diversos niveles de nuestra Iglesia diocesana. Nuestra diócesis tiene, afortunadamente, mucha vitalidad eclesial, hay abundante participación en la vida de las parroquias, muchos fieles laicos activos, asociaciones, cofradías, seminarios donde se forma un buen grupo de aspirantes al sacerdocio; se acoge a los pobres, a los emigrantes, a los sintecho, se atiende a los reclusos, a las mujeres en exclusión… Es una diócesis misionera. Cuando miramos nuestra Iglesia diocesana, nuestras parroquias y comunidades, vemos con afecto el bien que nos hacen. Colaboremos para seguir viviendo la experiencia cristiana, que crezca nuestra fe, y que mantengamos vivo el mandato misionero de Jesús: ‘Id al mundo entero’”.

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UNA CUESTIÓN DE FAMILIA

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Hace unos cinco años recordaba en un escrito cómo, cuando era niño, el profesor de matemáticas nos explicaba las ecuaciones y se multiplicaba en ejemplos para hacernos comprender que “x” tenía un valor desconocido que teníamos que despejar y calcular.

La “x” es la imagen de la campaña de financiación de la Iglesia Católica en España. Pero antes de despejar la “x” deberías comprobar todo aquello que se esconde tras este símbolo, que es como una pequeña cruz de san Andrés, y no actúes en tus donativos con inconsciencia. La Iglesia es como una gran ecuación donde la comunión entre hermanos está cuajada de “x” con sus valores y equivalencias. La iglesia es una gran familia o no es nada.

Antes de despejar la “x” deberías comprobar todo aquello que se esconde tras este símbolo, que es como una pequeña cruz de san Andrés, y no actúes en tus donativos con inconsciencia

Lo que más me sorprendía de las ecuaciones es que los términos que están a un lado “restando” pasaban al otro lado “sumando”, o los que estaban “dividiendo” pasan a colocarse en el otro lado para “multiplicar” y viceversa. De verdad, que no sólo es sorprendente sino interesante, y esto nos pasa muchas veces en la vida y así debe ser también en la Iglesia

Sostener económicamente la diócesis, o las parroquias, o las distintas asociaciones de la Iglesia, no es nada fácil sin la aportación de todos los que nos llamamos católicos. Además, seremos más libres si podemos autofinanciarnos, sin que nadie nos tenga que echar nada en cara.

La Conferencia Episcopal lleva años insistiéndonos a las diócesis que apostemos por la trasparencia, es una obligación de justicia social: todos los fieles deben saber a dónde va su donativo y en qué y cómo se gasta. Además de la institución diocesana, todas las parroquias, movimientos, hermandades, asociaciones y grupos católicos debemos ser muy trasparentes en la utilización de nuestros bienes y recursos, pues es un derecho de los donantes. La constitución de los “consejos de economía” en nuestros grupos y parroquias, no es un buen deseo democrático, sino un mandato del Derecho Canónico.

La trasparencia, es una obligación de justicia social: todos los fieles deben saber a dónde va su donativo y en qué y cómo se gasta

Además, del mismo modo que por la gracia del bautismo debemos de dedicar cada uno de nosotros parte de nuestros recursos a los más desfavorecidos, por cualquier causa, así han de hacerlo también nuestras parroquias, movimientos, hermandades, grupos, asociaciones y todas las instituciones diocesanas, comenzando por mí mismo.

Cada año que pasa, cada día, igual que cualquier familia, debemos realizar un adecuado diagnóstico de la situación económica que la diócesis vive. Entre todos, debemos trazar un conveniente plan de actuación para poderlo llevar a cabo. Y finalmente, revisar el plan y adoptar medidas correctoras, buscando la simplicidad y austeridad de la Iglesia naciente.

El domingo 7 de noviembre celebramos el día de la Iglesia Diocesana, que somos nosotros, esta gran familia, los creyentes que caminamos por estas tierras de Almería.

El domingo 7 de noviembre celebramos el día de la Iglesia Diocesana, que somos nosotros, esta gran familia, los creyentes que caminamos por estas tierras de Almería. Este día de oración y de colecta de bienes, no debemos olvidar que la Iglesia es nuestra y por eso la tenemos que mantener y también evaluar. Allí donde entregues tu donativo, antes de hacerlo reflexiona: demanda claridad en todas las cuentas, exige un consejo de economía trasparente, (lo ganado con el sudor de nuestro trabajo es sagrado) y valora las necesidades. Una vez que hayas despejado la “x” y sepas el valor de lo que te juegas, actúa en consecuencia.

¡Ánimo y adelante!

+ Antonio Gómez Cantero, Obispo Coadjutor de Almería

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Estandarte de San José. Parroquia de San Juan Bautista (Marchena)

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Estandarte de San José. Parroquia de San Juan Bautista (Marchena)

La devoción popular a San José se tradujo en numerosas cofradías que veneraban al Santo Patriarca, frecuentemente formadas por gremios de carpinteros y artesanos, que celebraban con gran solemnidad y fervor las fiestas josefinas.

El Concilio de Trento marcará las pautas para el desarrollo de la devoción a San José, siguiendo las directrices del “Decreto sobre la invocación, la veneración y las reliquias de los santos y sobre las imágenes sagradas” promulgado en la XXV sesión el 3 de diciembre de 1563, en el que se legitima el culto a los santos frente a las críticas de los protestantes. Entre “los santos que reinan juntamente con Cristo”, por utilizar una expresión usada en dicho Decreto, es acertado otorgarle un puesto de honor al que había sido su custodio y protector en la tierra, de manera que en el Barroco la figura de San José se va a potenciar sobremanera de la mano de algunas órdenes como los Carmelitas o los Jesuitas. Como consecuencia de esto, aumenta en esta época su devoción por parte de los gremios artesanales, especialmente de carpinteros, así como las Cofradías o Esclavitudes de San José, como la que poseía este estandarte que se conserva en la Parroquia de San Juan Bautista de Marchena.

Se trataba de una cofradía hoy extinguida que tenía por titular la imagen del Santo Patriarca que se venera en dicha Iglesia, bellísima escultura obra de Pedro Duque Cornejo, de la cual sabemos que fue comprada en Sevilla entre 1731 y 1735.

El estandarte es una pieza fechable en el siglo XVIII, confeccionada en un tisú brocado de plata y oro de gran calidad. En el centro aparece un medallón con una imagen de San José itinerante con el Niño Jesús, bordado en seda y plata. Representa al Santo Patriarca andando por un camino salpicado de flores, sosteniendo con su mano izquierda la vara florecida y llevando de su mano derecha a Cristo, el cual levanta su túnica para andar más cómodamente mientras que sostiene con su mano izquierda, la que tiene cogida a San José, una cruz, símbolo y preanuncio de su entrega sacrificial por la humanidad. Debido a este detalle de gran hondura espiritual, San José dirige una mirada no carente de melancolía al Niño, el cual también mira con arrobo la cruz. Un bello paisaje sirve de fondo a la escena, delimitada en su parte derecha por un árbol mientras que en la parte superior de la composición se distinguen sobre el Santo varias cabezas de ángeles entre las nubes del cielo.

Igualmente es destacable la cruz que remata el asta que sostiene el estandarte, ya que en la intersección de los dos brazos aparece otra representación de San José, en esta ocasión de medio cuerpo y sosteniendo sobre su brazo izquierdo al Niño Jesús, el cual acaricia con ternura la barba de su padre en la tierra.

Antonio R. Babío, delegado diocesano de Patrimonio Cultural

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“Para muchos jóvenes la Iglesia es una parte importante de su vida”

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“Para muchos jóvenes la Iglesia es una parte importante de su vida”

 Melani Ruiz García pertenece a la Juventud Obrera Cristiana (JOC) de Córdoba

¿Qué te animó a participar en el Sínodo de los Jóvenes de Córdoba?

Por un lado, me animó el hecho de pensar que era un espacio donde reflexionar desde la fe acerca de distintos temas o aspectos que forman parte de mi vida. Me parecía una buena oportunidad para reflexionar sobre mi fe y ahondar en cómo la siento, cómo configura los distintos espacios de mi vida, y, además, hacerme más consciente de ella.

También lo vi como una oportunidad de hacerme escuchar por la iglesia, no solo por la gente de la iglesia con la que comparto vida, sino por la institución o el resto de la Diócesis. También el hecho de trabajar estos temas con un grupo de compañeras, mi grupo GPS, me resultaba también motivante.

¿Cómo trabaja tu GPS habitualmente?

Nos reunimos una vez al mes, para trabajar uno o dos capítulos. Leemos la historia y vamos debatiendo sobre las preguntas que van surgiendo.

Durante el trabajo de los capítulos, ahondamos en los temas desde nuestro sentir y experiencia y luego resumimos una serie de conclusiones en un documento, que es el que mandamos.

¿Qué te parece esta iniciativa de la Diócesis para los jóvenes?

Me parece una iniciativa interesante. Las personas jóvenes formamos parte de la iglesia, y para muchas de nosotras, la iglesia es una parte importante de nuestra vida, por lo que sentirnos escuchadas por nuestra diócesis es crucial.

¿Qué puede aportar este Sínodo a tu vida de fe?

Una experiencia de mayor acercamiento a la iglesia, además de momentos de reflexión y oración.

¿Sientes que la Iglesia diocesana cuenta contigo?

Si me preguntas más allá del Sínodo, puedo decir que muchos espacios me he sentido acompañada por mi iglesia, por la iglesia que está presente en los barrios.

Aunque es verdad que, en otros espacios he sentido que no era tenida en cuenta por la Iglesia, el Sínodo me parece un buen paso para sentirme más escuchada, aunque me gustaría que no se quede ahí, sino que fuera uno de otros muchos pasos.

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¿DE QUÉ NOS SALVA DIOS? (II)

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Uno de los últimos estudios de la Fundación SM sobre jóvenes españoles arrojaba el dato de que solo el 28, 8 % de los jóvenes cree en el pecado. En nuestros días muchas personas se han instalado en una «cultura de la impunidad» y han declarado abolidos para siempre los pecados.

Para comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar partir de la existencia de un vínculo profundo del ser humano con Dios. Fuera de esta relación, ser humano-Dios, el significado de lo que representa el pecado no puede conocerse en su verdadera identidad.

El pecado es personal y universal; no nos exculpa estar buscando continuamente chivos expiatorios en los demás, y justificaciones en el ambiente, la herencia, las instituciones, las estructuras o las relaciones.

Por eso, no es suficiente arrepentimos del mal que hacemos, y ni siquiera que Dios perdone nuestro pecado; necesitamos además que lo aniquile. El salmista, experimentándose a sí mismo incapaz de vencer el pecado porque sabe que «la tendencia del corazón humano es mala desde la juventud» (Gn 8, 21), pide al Señor: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 51, 12). Es muy significativo que utilice el mismo verbo hebreo (bará) empleado en el libro del Génesis para referirse a la creación del mundo: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1).

La doctrina de la universalidad del pecado, sin embargo, no se debe separar de la conciencia de la universalidad de la salvación en Jesucristo. Si se aísla de esta, genera una falsa angustia por el pecado y una consideración pesimista del mundo y de la vida, que induce a despreciar las realizaciones culturales y civiles del hombre. Lo que supone la «salvación» del pecado es que no hay nada irremediable, ningún mal es definitivo.

El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.

El pecado es una ofensa a Dios: «Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces» (Sal 51, 6). Pues el pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse «como dioses», pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal. Y por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf. Flp 2, 6-9).

Pues bien, de esta realidad que nos afecta cotidianamente nos salva Dios, claro está, si ponemos de nuestra parte y nos implicamos colaborando con Dios. Esto es lo que supone la victoria sobre el pecado: don y tarea.

Jesús García Aiz

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El Día de la Iglesia diocesana en Al Trasluz

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El sacerdote Antonio Gil asegura que viene a ser como la onomástica de la Diócesis

El Dia de la Iglesia diocesana, que celebramos el 7 de noviembre, viene a ser como la onomástica de la Diócesis. Al reclamo «Somos lo que tú nos ayudas a ser», se nos recuerda que juntos, como familia, somos Iglesia diocesana, poniendo todo lo que somos al servicio de los otros y colaborando juntos llevamos a cabo la labor de la Iglesia. Y es que juntos logramos también una parroquia viva, comprometida, apasionada por Jesucristo y entregada a los demás. El lema de este año pone de relieve que «en la parroquia nacemos a la fe y en ella descubrimos que somos una gran familia dentro de otra gran familia, la de los hijos de Dios».

La pregunta surge espontánea: «¿Y qué podemos hacer por la Iglesia diocesana, por nuestras parroquias?».

Primero, dedicarles parte de nuestro tiempo en sus tareas celebrativas, pastorales, evangelizadoras, educativas, culturales y caritativas-sociales. Segundo, contribuir con nuestra ofrenda generosa para mejorar la utilización de los recursos y planificar acciones eficaces. Tercero, unirnos a esta campaña a través de las redes sociales, -«somos Iglesia24Siete»-, compartiendo una foto impactante o un video que nos adentre en los afanes apostólicos. Tenemos mucho que dar a los demás: «Una sonrisa cercana, una mano que apoya un hombro desconsolado, acompañar en silencio al que sufre».

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DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

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Es habitual, al ojear los periódicos o en determinadas plazas de grandes ciudades, contemplar los dibujos satíricos que los artistas hacen de determinados personajes. Es lo que se llama caricatura. En ellas es posible reconocer a la persona reflejada aunque se hayan acentuado determinados matices de su rostro o cuerpo de manera excesiva. Así, se consigue destacar aquellos rasgos físicos o de la personalidad que son más característicos. A lo largo del evangelio encontramos también algunas de estas caricaturas, sobre todo, de determinados grupos socio-religiosos de la sociedad israelita del siglo I. Los evangelistas utilizan presentaciones exageradas y generalizadoras para presentar algunas de las características del comportamiento de los miembros de estos grupos que deben ser evitadas por los cristianos.

Mediante la presentación de dos personajes antitéticos; los escribas y la pobre viuda, el evangelista san Marcos logra transmitir la enseñanza de Jesús sobre una actitud vital esencial para el cristiano, porque este fragmento del evangelio no trata sobre el dinero y los posibles donativos que una persona pueda hacer. Trata de cómo se entiende la relación con Dios. Los escribas representan a aquellos para los que Dios es un componente más, igual que otros muchos elementos que, en conjunto, conforman la vida. Son personas religiosas, pero su vida está sustentada sobre varios pilares, de los que Dios no es más que uno de ellos. La viuda, representa a la persona que vive desde Dios. Es decir, independientemente de lo que tengan o cuál sea su situación vital, su existencia está fundamentada en un único pilar; Dios. Por ese motivo puede, incluso, dar todo lo que tiene. Ella es consciente que su vida no se tambaleará por ello, puesto que el cimiento que sostiene toda su existencia; Dios, siempre permanece sólido, independientemente de cuáles sean las circunstancias externas que se produzcan.

Esta escena que relata el evangelio se produce durante la última estancia de Jesús en Jerusalén, justo antes de que se produzcan los acontecimientos de la pasión. Por ello, esta viuda aparece como «figura» de Cristo, quien despojado de todo, incluso de la más básica dignidad humana, se mantuvo firme apoyado en la confianza sólida de la palabra dada por Dios de estar siempre con Él, hasta en el dolor y la soledad más abrumadores. De esta manera, la viuda del evangelio se convierte también en modelo vital para todo los cristianos, quienes solo deben tener un pilar vital; Dios. Así, valorando todo lo demás a partir de esta seguridad existencial, será posible cumplir con la generosidad que nace del mandamiento de Cristo.

Victoriano Montoya Villegas

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Dios en las periferias: La fe en la identidad del sevillano

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Dios en las periferias: La fe en la identidad del sevillano

El resumen informativo que se haga en las postrimerías de 2021 quedará desvirtuado si se pasa por alto un acontecimiento que trasciende el ámbito de lo meramente religioso: la Santa Misión de la Hermandad del Gran Poder en la barriada de Los Pajaritos. Más allá de la recuperación de aquellas estampas en sepia de las misiones populares de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, el paso de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder por esta zona de la capital hispalense añade evidencias al debate sobre la raíz religiosa del pueblo andaluz y –en lo que aquí nos ocupa- sevillano.

Cuando en noviembre de 2019 se dio a conocer el programa de actos con motivo del año jubilar concedido a la Hermandad del Gran Poder por el cuarto centenario de la hechura del Señor, posiblemente no se calibró en su completa dimensión lo que supondría este acontecimiento en la vida de uno de los barrios más pobres de España. Aquel día, el entonces hermano mayor, Félix Ríos, abogó por una mayor implicación de las hermandades en las necesidades sociales que se derivan del contexto actual, inevitablemente agravado por las crisis económica y sanitaria de la última década. “De ahí que el Señor acuda a las zonas necesitadas de la ciudad”, añadió.

Ríos aportó también un plus de trascendencia a los cuatro siglos de la sagrada imagen que se venera diariamente en la plaza de San Lorenzo. Habló de 400 años de “predicación esculpida”, algo que cobra sentido en el goteo de peticiones y agradecimientos que acoge su basílica, pero que se ha manifestado de forma rotunda e innegable durante su estancia entre los vecinos de Los Pajaritos.

La fe en la identidad del sevillano

El paso del Señor por las parroquias de Tres Barrios ha servido, además, para cargar de argumentos a los que afirman que la fe, el sentido de lo trascendente, modula el ADN del pueblo de Sevilla. No es posible hacer un análisis sociológico en la capital andaluza sin pasar revista a lo sucedido estos días en las parroquias de Blanca Paloma, Candelaria y Santa Teresa, sin ocuparse, en suma, de la incidencia de la religiosidad en la vida de sus habitantes. También en la de los vecinos de unas barriadas que sólo logran ciertas cuotas de actualidad con el filtro marginal que se deriva de unas cifras, las de la pobreza en ocasiones extrema, que arrojan los informes periódicos de una Cáritas que no da abasto para paliar unas historias de vidas sin presente ni futuro.

De todas las imágenes que han generado los traslados del Señor de Sevilla por esta barriada, llama especialmente la atención la captada por Carlos García Lara durante la llegada del Señor a Los Pajaritos el 16 de octubre. El Señor ante el pueblo, vecinos asomados a las ventanas de unas viviendas humildes, distintas generaciones esperando la llegada del Señor, sin que falte el recuerdo de quienes ya disfrutan de la cercanía del Padre. La escena habla por sí misma, y explica la sed de Dios que se palpa allí donde la palabra esperanza cobra todo su sentido.

El párroco, Manuel Sánchez, explicaba recientemente el impacto que está teniendo la presencia continua del Gran Poder en el barrio: “no es una devoción muy milagrera, pero –añadió- enseña a llevar la cruz, que es lo cristiano de verdad”.

Por su parte, durante la Misa que presidió en la parroquia de la Candelaria, el cardenal Amigo agradeció a la Hermandad del Gran Poder “habernos traído lo más querido para vosotros, pero antes de que llegara la imagen del Gran Poder, vuestra hermandad había llegado a este barrio buscando a los pobres, trayendo ayuda y prestando aquello que pudiese necesitarse”. No en vano, los hermanos de la corporación de la Madrugada han precedido al Señor en un barrio en el que nunca falta el trabajo y las necesidades más perentorias.

Dos días antes, monseñor Asenjo hacía en la Blanca Paloma un encendido elogio de la organización tanto de la Hermandad del Gran Poder como de la parroquia, en concreto “la gran acogida que se está dando a todos los peregrinos que vienen a postrarse delante del Señor”, y animó a las demás hermandades y al alcalde de Sevilla, Juan Espadas, presente en la celebración, a “no abandonar las zonas más apartadas de la ciudad”.

“Buscar el rostro de Dios y contemplarlo en silencio”. Este fue el consejo del arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz, a los fieles al finalizar el primer traslado. En su sencillo mensaje una vez terminada la histórica jornada del 16 de octubre, el prelado nos aconsejaba un dialogo directo y sereno con Dios ante la sagrada imagen, para “explicarle las penas y los gozos, los éxitos y fracasos, pedirle que os llene de su amor, que renueve la esperanza”.

Una decisión acertada

La semilla está plantada y el terreno es fértil. La primera conclusión es que la decisión de la hermandad de trasladar su sede durante tres semanas a Los Pajaritos no solo estaba plenamente justificada, sino que da sentido a la razón de ser de unas corporaciones atentas a las necesidades de un entorno en continuo cambio y necesitadas de respuestas adecuadas a un tiempo y una sociedad complejas. Además, el paso del Gran Poder por las calles de Sevilla ha certificado el cambio de ciclo, la constatación de una normalidad que, tantos meses después, comenzamos a palpar de forma fehaciente.

Nada volverá a ser lo mismo. Ni en la hermandad, ni en las tres parroquias. El efecto de la Santa Misión en la sociedad y la Iglesia sevillana es innegable, posiblemente haya comenzado a suscitar un nuevo planteamiento en la lucha contra la pobreza, nos ofrezca modelos evangelizadores y un nuevo cauce para la misión.

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“Los frutos de la ITV nos hacen mejorar como matrimonio”

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“Los frutos de la ITV nos hacen mejorar como matrimonio”

Miguel Reymundo y Eugenia Sotomayor es uno de los matrimonios que ha participado en la ITV matrimonial, iniciativa puesta en marcha recientemente en la Diócesis por la Delegación de Familia Y Vida para profundizar en el matrimonio y la vida en pareja y ayudar a los matrimonios a revisar la marcha de su relación

¿Por qué os sentisteis convocados por la ITV matrimonial?

Mi mujer y yo llevamos varios años en grupos de matrimonios en Equipos de Nuestra Señora y muy vinculados a la parroquia de La Esperanza. Nos llegó la convocatoria ITV Matrimonial y, como son las cosas de Dios y la providencia, vimos claramente que era para nosotros, que el Señor nos estaba llamando a tener este momento para la familia y el matrimonio.

¿Qué habéis encontrado en la ITV matrimonial? ¿Cuál es vuestro nivel de satisfacción?

Ha sido una experiencia muy enriquecedora, aunque fue corta fue muy intensa en el contenido. Tuvimos momentos para todo, el sacerdote Ángel Cristo Arroyo nos dio la bienvenida y nos explicó lo que íbamos a hacer a lo largo de la mañana, luego tuvimos un rato para reflexión personal y matrimonial.

Con unas preguntas pudimos ver en qué momento está nuestro matrimonio para hacer esa ITV, esa inspección que nos dice si podemos seguir circulando o tenemos que hacer alguna pequeña revisión. En esta vida tan ajetreada que llevamos es muy enriquecedor pararte a reflexionar delante del Señor y hemos salido muy contentos de la experiencia. La recomiendo a todos los matrimonios.

En vuestro caso, ¿ha habido que cambiar alguna pieza para pasar la inspección o con las que había se ha engrasado un poco y el vehículo ha seguido funcionando perfectamente?

Siempre se puede mejorar en algo, como en casi todos los aspectos de la vida, pero no hemos tenido que sustituir ninguna pieza, no ha habido ninguna avería grave pero siempre hay que engrasar, dar una vuelta y reflexionar en el matrimonio, más nosotros que tenemos dos niñas. Ver cómo va la transmisión de la fe y la vivencia de la misma en la familia.

Estas experiencias sirven también para proponerte nuevos retos dentro del matrimonio, mejorar la oración conyugal o estar más a disposición de la sociedad, por ejemplo. El matrimonio cristiano nos pide ser ejemplo y estar a disposición de quien nos pueda necesitar.

¿Cómo invitarías a un matrimonio a participar en esta ITV?

Lo primero que le diría es que no tengan miedo de enfrentarse a esta ITV, que los frutos que van a salir de ella siempre van a ser positivos y nos van a hacer mejorar a cada uno como persona y como matrimonio. Es un encuentro muy breve y sencillo en el que no es necesario tener un conocimiento exhaustivo de la religión ni estar muy vinculado a la Iglesia. Estés en el momento que estés es siempre bueno hacer ese parón y reflexionar, cada uno en el grado en el que le sea posible. No hay tampoco que compararse con otros matrimonios, simplemente ir, escuchar y poner buena voluntad, el Señor está ahí y al final los frutos salen.

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