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Homilía en la solemnidad de Cristo Rey del Universo

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Lecturas bíblicas: Dn 7,13-14; Sal 92,1-2.5 (R/. «El Señor reina, vestido de majestad»); Ap 1,5-8; Aleluya: Mc 11,10 («Bendito el que viene en nombre del Señor…»); Jn 18,33-37.

Queridos hermanos y hermanas:

Con la solemnidad de Cristo Rey y la semana que sigue a este domingo XXXIV del T. O. concluye el año litúrgico; y el próximo domingo celebraremos ya el primero del tiempo santo del Adviento, que nos prepara para la celebración de los misterios de la Natividad del Señor. Esta fiesta del Señor que instituyó el papa Pío XI con un ánimo de promover la instauración del reinado de Jesucristo en las personas y en la sociedad de forma que el fruto de esta soberanía espiritual del Redentor del mundo trajera consigo la paz deseada y sólidamente fundada, capaz de conjurar las amenazas de la guerra tras la desoladora y cruel experiencia de la primera guerra mundial. El papa instauró esta fiesta mediante una encíclica[1], que publicó al final del Año Santo de 1925, convencido de que los males habían aquejado a las naciones cristianas de Europa y a cuantos países se vieron involucrados en los horrores de la primera guerra mundial se debían a al alejamiento de Jesucristo. Por ello proponía fundar la paz de las naciones aceptando la soberanía de Cristo en su proyecto de instaurar «la paz de Cristo en el reino de Cristo».

La liturgia de esta solemnidad nos ofrece un oracional que recoge la luz que la sagrada Escritura proyecta sobre la humanidad redimida y salvada por Cristo. En el Antiguo Testamento encontramos la promesa de redención que Dios en persona llevará a cabo como pastor de su pueblo. La célebre alegoría del profeta Ezequiel sobre el pastoreo que Dios promete a su pueblo en el que él será el pastor que alimentará y cuidará a sus ovejas, una alegoría que vemos prolongada en el pasaje del Buen Pastor del evangelio de san Juan. La realeza de Jesús se manifiesta en la entrega de la vida por su rebaño como pastor verdadero de las ovejas.

La pasión y muerte de Jesús son expresión del amor del pastor que entrega su vida por las ovejas, pero frente al juicio de los que le condenan y lo entregan al prefecto romano Pilato para que sancione la pena de muerte que ellos sentencian como reo de muerte, Jesús se convierte en juez de quienes le juzgan. Veíamos el pasado domingo que el evangelio de san Marcos presenta a Jesús identificándose con el Hijo del hombre viniendo «sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad» (Mc 13,26), que ha de juzgar a vivos y muertos, consumando el juicio divino que el Padre ha entregado al Hijo la historia humana. La fiesta de Cristo Rey retoma de nuevo la imagen del Hijo del hombre del profeta Daniel para presentarlo como verdadero portador del juicio divino, en razón del poder y majestad que Dios Padre ha entregado al Hijo, investido de la realeza que sólo a él pertenece. Un reinado que se ejerce mediante el servicio y la entrega de la vida por amor a aquellos sobre los que el rey gobierna. Se lo había dicho a los apóstoles: «el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 26-28). El reino prometido que llega con Jesús no se conquista por la fuerza de las armas y de la violencia, sino que se instaura mediante el amor, porque es el reino de quien «nos ha amado y nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre haciendo de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1,6). Se trata de un reinado sobre la humanidad que Jesús, contestando a Pilato cuando le pregunta si es rey, dice que no es de este mundo. El tenor de la respuesta de Jesús a Pilato orienta al prefecto romano al carácter espiritual de su reinado: «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36); pero es en verdad reino y señorío, porque su autoridad se ha de ejercer sobre aquellos que el Padre le ha dado, que él no echará fuera, porque ha venido para que no se pierda ninguno de los que el Padre le da (Jn 6,39-40). Jesús se referirá de forma especial a los discípulos la noche de la última Cena, pero dirá de ellos lo que dice de todas las ovejas que forman parte de su redil, porque es su misma vida la que alimenta a las ovejas: «Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10,28). Los que pertenecen a Cristo son suyos para siempre, porque el señorío y realeza de Jesús está fundado sobre la condición divina de Jesús, «nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,29b-30).

Jesucristo es contemplado por el libro del Apocalipsis como el Testigo fiel del Padre, que da testimonio ante el mundo y ante quienes tienen recibida de lo alto la autoridad que han de ejercer para implantar la justicia, poder que en el juicio contra Jesús tiene el prefecto romano Poncio Pilato, al que Jesús recuerda que ese poder que puede ejercer liberándolo o sentenciando su crucifixión, es un poder que le han dado «de arriba» (Jn 19,11). Ante Pilato, como dice san Pablo en la primera a Timoteo, Jesús «rindió tan hermoso testimonio» (1Tm 6,13), dando fe de su propia autoridad divina como enviado del Padre. El evangelio de san Juan ahonda en la razón por la cual Jesús ejerce su realeza sobre los que el Padre le ha dado: Jesús es uno con el Padre, su divinidad es causa de redención del género humano. El señorío de Cristo Jesús se funda en su divinidad que actúa por medio de su humanidad: en comunión con la humana condición de los pecadores, Jesús los redime y los salva, porque como dice la oración colecta de la solemnidad, «Dios todopoderoso ha querido fundar todas las cosas en su Hijo muy amado, Rey del universo»[2]. Salva a los seres humanos, porque es testigo de la verdad y aquel que ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad y, en consecuencia, la interpelación que Jesús responde a Pilato declarando que, en efecto, Jesús es rey, coloca a cada ser humano ante el imperativo de su palabra liberadora: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37).

El Apocalipsis revela a Jesús resucitado como «el Testigo fiel y Primogénito de entre los muertos» (Ap 1,5) justamente por el precio pagado derramando su sangre preciosa del que ha venido al mundo como luz, para liberar al pecador de la oscuridad de la muerte devolviéndolo a la claridad de la verdad «para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3,21), arrancándolo de las tinieblas del mundo que oscurecen la verdad, para que no sean censuradas las obras del que obra mal (v. 3,20). El reino de Cristo Jesús es el reino de la verdad y de la justicia, frente al reino del mundo, donde los poderes «aprisionan la verdad en la injusticia» (Rm 1,18); por esto, queda en evidencia que cuando la autoridad es empleada por cuantos la ejercen para aprisionar la verdad en la impiedad y la injusticia, prostituyen su ejercicio y misión social, porque toda autoridad procede de Dios y quienes no la reconocen como autoridad delegada del único que la tiene no contribuyen al establecimiento del reinado de Cristo. En este reino que viene de Dios y es reinado de Cristo en el corazón del hombre que lo acoge, entran los redimidos por el amor de aquel que los rescata del pecado, porque es el reino de la gracia que libera, reino del amor y de la paz, como canta el prefacio de la Misa[3].

El reino de Dios no es, en verdad, de este mundo, en cuanto mundo del pecado que no da cabida ni hace espacio a la revelación de la verdad y de la justicia divina, que justifica al pecador y libera su mente y su corazón del dominio, que es príncipe de este mundo, mentiroso desde el principio y padre de la mentira, que no se mantuvo en la verdad (cf. Jn 8,44). El demonio ejerce su señorío sobre el mundo tentando al hombre, para dominar sobre su alma, sometiendo al hombre interior. El mundo dominado por el pecado no acoge el reino de Dios que viene, no se abre a la gracia de la reconciliación que llega con el reino de Dios, que está en cada uno de los seres humanos que se abren a él, para ser rescatados por el Rey que otorga la gracia definitiva de la justificación al pecador.

Los cristianos sabemos que el reino de Dios está entre nosotros y hemos de pedir a Dios que venga su reino constantemente a nosotros y entre nosotros permanezca (cf. Lc 17,21). Hemos de anhelar que, siguiendo nuestra vocación de renovar en Cristo todas las cosas, injertados en aquel que el es Primogénito de entre los muertos, recuperados para Dios por la muerte por resurrección de Cristo, su reino venga a nosotros. Cuando pedimos con la oración que nos enseñó Jesús, que el reino de Dios venga a nosotros, como dice el padre de la Iglesia Orígenes, pedimos que «este reino, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando… Este reino llegará con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a él todos sus enemigos, otorgue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos [1Cor 15,28]»[4] La fiesta de Cristo Rey tiene una importante dimensión social, al poner de relieve que el reino de Dios en la misma medida en que llega a nosotros, ser traduce en obras de justicia y de paz. De ahí que, rezando el padrenuestro, la oración que Cristo nos enseñó, nos veamos impulsados por la gracia divina a anhelar y procurar con nuestras obras que se afiance rentre los hombres el señorío real de Cristo, para que seamos capaces de aventurarnos en el cambio de las realidades del mundo tocadas por la injusticia y la mentira. Los movimientos apostólicos han encontrado siempre en esta fiesta de Cristo Señor como la gracia fortalece su compromiso con las realidades temporales del mundo, para que se convierta en imagen y anticipo incipiente del reino consumado de Cristo en la vida eterna, a imagen de cómo se transforman el pan y el vino en el alimento eucarístico. Que nos lo conceda la bienaventurada Virgen María, Madre del Rey del universo y Señora nuestra, por la gracia del sacramento de la Eucaristía que ahora celebramos.

A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 21 de noviembre de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

[1] Pío XI, Carta encíclica sobre la fiesta de Cristo Rey Quas primas (11 de noviembre de 1925).

[2] Misal Romano. Oración colecta de la solemnidad de Jesucristo Rey del universo (Domingo XXXIV del T. O.).

[3] Misal Romano. Prefacio de la solemnidad de Jesucristo Rey del universo.

[4] Orígenes, Sobre la oración, 25: PG 11,495-499; cit. por Oficio de lectura: Liturgia de la Horas. IV, vers. española (2012).

Homilía en la Eucaristía de despedida de mi ministerio como Obispo de Jaén

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Santa Iglesia Catedral, 20 de noviembre de 2021

Queridos diocesanos:

Hace unos meses, concretamente el día tres de marzo, le dirigía al Papa Francisco una larga carta de renuncia en la que, entre otras cosas, le decía este párrafo que ahora os leo:

“Ahora cumplo 75 años y no le oculto, Santidad, que el peso del ministerio me pide otro modo de servir, más interior y no tan en primera línea de acción, como me ha sucedido a lo largo de toda mi vida sacerdotal y episcopal. Quiero que sepa, Santo Padre, que estoy preparado para el relevo del obispo que el Espíritu Santo elija y Su Santidad disponga. Cuando ese momento llegue, este obispo, fiel hijo de la Iglesia y convencido colaborador del Papa Francisco, pasará con paz y respeto, silencio y disponibilidad, todo el tiempo que el Señor me mantenga con vida.”

Fiel a lo dicho, lo primero que deseo comunicaros es que lo que hoy está sucediendo pertenece a la normalidad de la sucesión apostólica. Despedirme de vosotros tiene para mí la normalidad humana y espiritual de quien acepta la voluntad de Dios y de la Iglesia. Le doy gracias al Señor porque me está concediendo vivir con paz, alegría y gratitud el final de mi ministerio episcopal, que me llega, ni más temprano ni más tarde, sino en la edad establecida por el Derecho Canónico.

También quiero compartir con vosotros que mi jubilación me vincula para siempre a la vida de esta Diócesis como Obispo emérito; no obstante, mi misión a partir de ahora consistirá en la oración y el afecto. El día a día de la guía pastoral lo llevará el joven obispo que el Santo Padre nos ha enviado: nuestro ya querido Don Sebastián.

 

La sucesión apostólica me exige, por los lazos humanos, espirituales y pastorales que se han creado entre nosotros, que hoy tenga que vivir este gesto de despedida del ejercicio ministerial a esta Iglesia querida del Santo Reino de Jaén, a la que he servido con tanto ahínco e ilusión y en la que me he sentido tan bien arropado por todos vosotros, laicos, consagrados, presbíteros y diáconos. Lo hago en una Eucaristía, en la que quiero compartir con vosotros ante el Señor mis más sinceros sentimientos, que resumo en tres palabras: GRACIAS, PERDÓN Y NOS VEMOS.

GRACIAS

Gracias, porque desde el primer día siempre me habéis hecho sentir como vuestro obispo. Nunca tuve que dudar de, si en lo que pensaba y hacia, iba por el buen camino; la acogida de mi línea ministerial ha sido tan sincera y tan cálida, que siempre me reafirmabais en que hacíamos lo que teníamos que hacer. No sé qué valoración tenéis vosotros de todo cuanto hemos hechos en estos cinco años, tan marcados por la experiencia de la pandemia, pero si me lo permitís yo, a pesar de mis deficiencias y debilidades, le doy gracias el Señor y os las dos doy con el corazón lleno de gratitud y afecto también a todos vosotros.

Recordaréis que en mi primera homilía quise hacer un diseño ideal de lo que debería de ser como vuestro Obispo. Os expuse lo que yo entendía que debía de ser el perfume del apóstol. El primer olor era el de la unidad: el obispo es principio y fundamento de la unidad en la Iglesia particular y está llamado a promoverla entre las personas, las instituciones y los programas con los que se teje la identidad de una diócesis con alma y rostro. Os dije entonces: Contad conmigo para cultivar una espiritualidad de comunión, siempre naturalmente en tensión misionera (cf PDV 12) en lo que pensemos, digamos o hagamos. Por eso, os decía también que el obispo siempre debería de utilizar la primera persona del plural. Era consciente de que el uso “del nosotros” del Obispo es teológico, al tiempo que también existencial e histórico.

Si lo he hecho, si he ejercido el ministerio sumando y uniendo, gracias Señor.

Un segundo olor imprescindible en el Obispo es el del buen olor de Cristo. “Somos olor de Cristo ofrecido a Dios” (2 Cor 2,15). El obispo ha sido ungido por el Espíritu Santo con ese olor esencial; por tanto, está obligado a activar permanentemente el olfato en ese perfume situando su vida tras la meta de la santidad. Recuerdo que entonces os decía: Yo le pido al Señor que mi ministerio tenga su perfume; y con vosotros quiero crecer en un mayor seguimiento e identificación con Jesucristo.

Si lo he hecho y la santidad individual y comunitaria la crecido, gracias Señor.

Y traje un tercer olor en mi olfato pastoral; se trata del, a veces denostado, olor a oveja. Y os decía entonces: Para ser un obispo con este olor, me pongo ya desde hoy en la fila de los que abren su corazón al Buen Pastor y le dejan que cure sus heridas. Sólo dejándome sanar podré serviros con paciencia y misericordia. Rezad por mí para que mi ministerio episcopal tenga el olor de los hombres y mujeres de esta tierra, el de los andaluces de Jaén. Sólo así podré identificar mi mirada con la de Jesucristo, Santo Rostro misericordioso del Padre. Ese que, como un tesoro, veneramos en esta Santa Iglesia Catedral.

Si el perfume de lo humano, de lo social, de lo cívico se me ha pegado poco a poco entre vosotros, gracias Señor.

Hoy os confieso que siempre quise ser fiel a estos tres olores y espero haberos hecho llegar algo de ese perfume. Siempre deseé y le pedí al Señor, en el día a día de nuestra intimidad en la oración, que mantuviera vivo en mí el olor que tenía que transmitir en cada una de mis acciones, decisiones, intenciones, sueños e ilusiones.

Gracias, Señor, por lo que ponías en mí y por lo que hacías llegar a través de mi humilde persona a tantos y tantas como habéis participado activamente conmigo en el mismo sueño misionero. ¡Habéis sido tan fieles al Señor y tan buenos conmigo! No sé cómo pagaros todo el bien que me habéis hecho.

PERDÓN

Yo sé, sin embargo, queridos hermanos y hermanas, que ese retrato ideal que yo he llevado con ilusión en mi corazón, no siempre ha sido nítido. Probablemente el Señor, vosotros y yo mismo lo hemos visto con sombras y con zonas opacas que impedían reflejar la sensibilidad del olor de ese perfume. Es probable que no haya sido capaz de crear la comunión buscada, ni la sinodalidad deseada hasta donde fura capaz de crear lazos de participación para una misión evangelizadora. Seguramente con mi palabra y mis gestos no supe proyectar el buen olor de Cristo, tan necesario para poder anunciarle. Y es posible que, por mis límites, no haya ofrecido el olor a oveja, aunque siempre haya querido ser para todos y haya preferido a los más débiles y humildes.

No obstante, por si os sirve para comprenderme, he de decir que no vine a Jaén a acabar nada; nuestras tareas sólo el Señor las acaba. “Ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer” (1 Cor 3,7). En mi caso, además, siempre fui consciente de que, por razones de tiempo, tenía que elegir, en cada paso que daba, lo que era más necesario e importante y decisivo para un camino de todos. Por eso hay proyectos no iniciados, cosas no acabadas, cuestiones abiertas y faltan muchos remates que dar a las reformas iniciadas, que tuvieron su luz y guía en nuestro Plan Diocesano de Pastoral, siempre trabajado en sinodalidad. Lo que sí os digo es que en todo momento, animados por el Espíritu, supimos hacia dónde íbamos en cada iniciativa que surgía. Nunca hicimos nada sin una motivación espiritual y pastoral sólida.

Por mis fallos, por mis límites, por mis carencias, pido perdón a Dios Nuestro Señor; y os pido también perdón a todos vosotros y vosotras de todo corazón. También quiero pedir perdón por mis decisiones, sobre todo cuando afectaban a personas, si no os complacían. Os puedo asegurar, en conciencia, que nunca hice nada para ofender a nadie y, si algo dejé de hacer y por eso alguno se da por ofendido, pensad que a veces el bien de la Iglesia, que el obispo tiene que administrar, me impedía hacer las cosas al gusto de cada uno. De cualquier modo, os digo que, si lo bien hecho ha sido de todos, los errores han sido sólo míos. Y termino este capítulo del perdón comunicándole de corazón a quien me haya podido ofender, que esté muy tranquilo, porque ya no queda nada en mí. Soy frágil y las ofensas gratuitas e injustas me duelen; pero también digo que nunca dejan la más mínima huella de rencor. Mi Creador y mis progenitores me hicieron con un corazón que borra ofensas de un día para otro.

NOS VEMOS (“CI VEDIAMO”)

“Nos vemos” es un saludo habitual entre italianos cuando se despiden tras un encuentro. Pues eso os digo yo: “Ci vediamo”. Nos veremos cada día en la Eucaristía que seguiré celebrado por todos vosotros, como siempre hice desde que inicié mi ministerio en Jaén. En cada Eucaristía habéis sido mi única intención. Nos veremos en la oración, en el afecto y en el recuerdo.

Nos veremos quizás en la calle, porque en mí se va a cumplir ese hermoso dicho “Al que Dios quiso bien, casa le dio en Jaén”. Siempre me habéis oído decir que el Santo Padre, al enviarme Jaén, me había hecho un hermoso regalo, el de venir a una Iglesia muy sólida en su fe y en su caridad y a una tierra en la que se practica la acogida como un modo de ser que define a sus gentes. Ese sentimiento lo tuve desde el primer momento. También supe al venir como vuestro obispo que, a no mucho tardar, porque vine en una edad tardía, me llegaría el día que hoy compartimos en esta despedida. Quizás sea por eso que incansablemente he querido estar presente en todos los rincones de la diócesis y he trabajado para esta Iglesia con un afán sin límites.

Sabía, por tanto, que sería el segundo obispo Emérito de Jaén y que eso me vinculaba ya para siempre a esta bendita tierra. Pues bien, si me lo permitís, me quedaré viviendo entre vosotros como le corresponde a alguien que es de aquí, que quiere ser un jiennense y jaenero ya para siempre. Mi hermana y yo lo hacemos con mucho gusto, porque en nuestro día a día nos habéis tratado como uno más entre los vuestros. Con todo mi corazón os digo: os queremos y os agradecemos vuestro afecto. Me alegraré mucho cuando os vea y espero que también vosotros os alegréis cuando me veáis a mí. Por eso os digo: NOS VEMOS (“CI VEDIAMO”).

Que Santa María de la Cabeza, la Madre que nos cobija como Iglesia nos proteja siempre a vosotros y a mí.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo Administrador Apostólico

 

Los granadinos reciben las reliquias de María Emilia en la S.I. Catedral

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Las reliquias de la beata en presencia de la asamblea de fieles durante la entronización.

Este domingo 21 de noviembre, día de la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, la S.I. Catedral albergó la ceremonia de entronización de las reliquias de la beata María Emilia Riquelme y Zayas. Tuvo lugar durante la Eucaristía de las 12:30 horas, presidida por el arzobispo de Granada, Mons. Javier Martínez.

Tras cumplirse poco más de dos años de la beatificación de la fundadora de las Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada, la diócesis ha podido celebrar esta entronización de las reliquias de la beata granadina.

Esta ceremonia de entronización contó con la presencia de varios familiares de la beata, de Hermanas de la Congregación procedentes de centros de Barcelona o Mallorca, además  de cientos de fieles granadinos. “Después de la beatificación fue el nombramiento de María Emilia como hija predilecta de la ciudad. El que su reliquia pueda estar en la Catedral significa que es reconocida por la Iglesia y que especialmente el pueblo de Granada puede ir a venerarla”, decía la Vicaria General de las Misioneras, Elisa Mármol, presente durante la celebración.

El mismo cuerpo de María Emilia, que descendió aquel día desde la Catedral hasta la Casa Madre, regresaba este domingo hasta el templo catedralicio. Lo hacía dentro de un relicario con los restos de algunos de sus cabellos, guardados por sus hijas espirituales en el momento de su muerte.

“Para toda la familia missami ha sido un gozo muy grande, porque aparte de en la Casa Madre ahora podrán venerarla en la S. I. Catedral”, afirma la Superiora General de las Misioneras, Marian Macías, que fue la encargada de portar las reliquias hasta el altar. “Yo me sentía un instrumentillo, una nada. Se lo decía a la madre: ‘tú que tantas veces venías al sagrario de la Catedral, ahora vuelves’”.

PODEROSA INTERCESORA

El arzobispo de Granada, D. Javier Martínez, presidió esta Eucaristía de entronización. En consonancia con la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, el prelado recordó la similitud entre la actitud de Jesús y la de María Emilia en su vida. Cristo es un rey que se puso en servicio hasta dar la vida, igual que testimonió María Emilia con su entrega y su dolor, en aquellos momentos en que la fundación de las Misoneras no terminaba de asentase.

Al término de la Eucaristía, las reliquias de María Emilia permanecieron frente al altar, al lado de un jarrón de flores blanquiazules, que recordaba los colores de la congregación. Los fieles tuvieron tiempo de acudir a venerarlas, antes de su recepción en la S.I. Catedral. 

“Después se acercaron bastantes personas a mí para decirme que habían recibido milagros y favores de la madre”, cuenta la madre Macías. “Los casos que me han contado es sobre todo de jóvenes. Uno que recuerdo es el de uno de Italia que estaba en la calle por a la droga y que ha sido rehabilitado, después de habérselo pedido durante mucho tiempo a la beata”.

Sin duda, esta entronización de los restos de María Emilia suponen un estímulo para que la Iglesia de Granada siga confiándose al poder de intercesión de la beata, y que crezca así la devoción por su figura.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social

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Nuestro arzobispo D. Javier, peregrino compostelano

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Nuestro arzobispo D. Javier, peregrino compostelano

Junto a sus hermanos en el episcopado españoles, D. Javier Martínez ha accedido por la Puerta Santa de la Catedral de Santiago de Compostela, para venerar, en la cripta, el sepulcro del Apóstol.

El pasado viernes, los obispos españoles peregrinaban juntos hasta Santiago de Compostela, con motivo del Año Jubilar que se está celebrando y tras participar en Madrid en la 118ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española.

Nuestro arzobispo compartía con sus hermanos en el episcopado este importante momento, para poner ante el Apóstol Santiago sus plegarias por la Iglesia universal y la Iglesia en Granada.

Los obispos accedían por la Puerta Santa para venerar, en la cripta, el sepulcro del Apóstol Santiago. En su catedral, celebraron la Eucaristía, que presidió su obispo anfitrión, Mons. Julián Barrio. “El Año Santo es tiempo favorable para curar las heridas, para no cansarnos de buscar a cuantos esperan ver y tocar con la mano los signos de la cercanía de Dios, para ofrecer a todos, el camino del perdón y de la reconciliación, y para cultivar la memoria penitencial, reconociendo con humildad lo que hemos podido hacer mal y lo que tal vez podíamos haberlo hecho mejor”, señaló Mons. Barrio en su homilía.

Tras la lectura del Evangelio, el presidente de la Conferencia Episcopal española, cardenal Juan José Omella, hacía la ofrenda al Apóstol en nombre de los obispos españoles.

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Pocos para defender tanto

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El título de este post surgió tras una conversación de whatsApp que mantuve el otro día con mi amiga Marta.

 

Volvía del cine indignada porque la película, que según el trailler me pareció buena, resultó ser una de las muchas que incorporan en el guión varias situaciones de ideología de género.

Durante la conversación surgió nuestra preocupación como madres de la situación política y social por la que estamos atravesando actualmente.

Pero realmente lo que nos preocupaba y nos preocupa más es la pérdida de valores en nuestra sociedad.

 

El respeto hacia nuestros mayores es uno de los pilares básicos que va desapareciendo. No hay un día en que no sea testigo de que alguien tutee a alguna persona mayor que no conoce de nada (como diría mi madre: “¿Éste quién es que no se ha tomado nunca un café conmigo?”).

 

El valor del esfuerzo; qué voy a contar que no sepamos, cada día desde algunas instancias lo desacreditan más y más. Y así nos va, claro.

 

La defensa a la Patria, ¡qué envidia ver cómo en otros países lo tienen impreso en su ADN!

 

La dignidad de la persona, cada vez más ninguneada…

 

Seguiría enunciando más valores que se están perdiendo, pero dejemos que entren aires de esperanza.

 

Benedicto XVI en el año 2009 realizó un viaje a la República Checa y en el avión un periodista le formuló la siguiente pregunta:

“Santidad, la República Checa es un país sumamente secularizado en el que la Iglesia Católica es una minoría. En esta situación, ¿cómo puede contribuir eficazmente la Iglesia al bien común del país?

 

– Yo diría que normalmente son las minorías creativas las que determinan el futuro y, en este sentido, la Iglesia Católica debe comprenderse como minoría creativa que tiene una herencia de valores que no son algo del pasado, sino una realidad muy viva y actual… Yo diría que el primero es precisamente el diálogo intelectual entre agnósticos y creyentes. Ambos se necesitan mutuamente: el agnóstico no puede estar contento sin saber si Dios existe o no, debe estar en búsqueda y percibir la gran herencia de la fe; el católico no puede contentarse con tener fe, debe estar en búsqueda de Dios, más aún, en el diálogo con los demás debe volver a conocer a Dios de manera más profunda. Este es el primer nivel: el gran diálogo intelectual, ético y humano. 

 

Luego, en el sector educativo, la Iglesia tiene mucho que hacer y que dar, en lo que se refiere a la formación… Un tercer sector es la Cáritas. La Iglesia siempre ha tenido como signo de su identidad salir en ayuda de los pobres, ser instrumento de la caridad…”

 

Estamos llamados a ser “minorías creativas” en los ambientes donde estemos y así dar testimonio de esperanza ante todo lo que nos queda por defender, que no es poco.

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El colegio diocesano de Linares se despide de Don Amadeo

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Esta mañana, la Comunidad Educativa del Colegio Diocesano La Inmaculada Concepción de Linares, representada por su Director, D. Andrés Castro, ha querido despedir a nuestro Obispo, Don Amadeo Rodríguez Magro.

El encuentro ha tenido lugar en el Obispado donde, acompañados por Dª Celedonia Ortega, Delegada Episcopal de Enseñanza, en un clima distendido y cordial, el director del centro ha querido agradecer a D. Amadeo su gran labor pastoral y dedicación durante estos más de cinco años en nuestra Diócesis y, en especial, su interés y colaboración activa para con el colegio diocesano.

Tras hablar sobre diferentes temas de actualidad pastoral y educativa, tanto Dª Celedonia como D. Andrés se han despedido de D. Amadeo con los mejores deseos para su nueva etapa que comienza en breve, haciéndole saber que en Linares tiene su casa.

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Presentación y bendición del conjunto escultórico dedicado a María Emilia en la Casa Madre de las Riquelminas

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Presentación y bendición del conjunto escultórico dedicado a María Emilia en la Casa Madre de las Riquelminas

Este conjunto escultórico, obra de la artista madrileña Alicia Huertas, representa en bronce a la “Madre” junto a dos niños y fue presentado y bendecido el pasado sábado, día 20, en la Casa Madre de la congregación en Granada en el marco del segundo aniversario de la beatificación de María Emilia que tuvo lugar el 9 de noviembre de 2019 en la Catedral.

La familia Missami celebró con alegría el sábado, 20 de noviembre, la presentación y bendición del conjunto escultórico dedicado a la Beata María Emilia Riquelme, beatificada hace ahora dos años en la Catedral. un día recordado como “un momento de cielo para la ciudad de Granada”.

De esta forma, el acto tuvo lugar en la Casa Madre de las Misioneras del Santísimo Sacramento ubicada en nuestra diócesis y hasta la que se desplazaron miembros de la familia Missami, autoridades civiles, militares y miembros de hermandades que se unieron a las religiosas del Santísimo Sacramento para contemplar por fin la escultura dedicada a la “Madre” después de dos años de espera debido a la pandemia.

El acto de presentación comenzó con la intervención de la Superiora de la Orden, Marian Macías, que agradeció a todos los presentes su asistencia y saludó también a las personas que estaban participando en la presentación a través de la retransmisión internacional online desde diversos países donde las misioneras están presentes como Portugal, Filipinas o Brasil.

“Dios talla el alma lo mismo que una escultura. Somos de barro, es Dios el que conduce la historia. María Emilia a través de este conjunto escultórico nos invita a ser parte de su obra. Alicia ha sacado del barro alma, lo ha entregado todo, en este conjunto están las hijas de María Emilia, la misión y el futuro de la congregación, recibe este conjunto Madre”, dijo Marian Macías, en una súplica a la Madre Riquelme dirigiendo una mirada agradecida a la escultora Alicia Huertas.

ACARICIANDO EL ROSTRO DE MARIA EMILIA

Después de un trabajoso proceso de creación que fue mostrado a los asistentes con la proyección de un video, la propia Alicia Huertas, visiblemente emocionada, explicó el sentido de su obra y como ha tenido lugar el proceso de modelado de la talla a tamaño real del conjunto escultórico realizado en bronce.

“Cuando recibí el encargo de esta escultura comprendí que el resultado tenía que tener vida, el alma de María Emilia. Antes de comenzar tuve un tiempo de convivencia con las misioneras viviendo como la beata, tocar su ropa, dormir en la Casa Madre , conocer como era”, resaltó Alicia.

El conjunto escultórico se compone de tres figuras siendo la principal la de María Emilia Riquelme acompañada de la figura de una niña que representa, según explicó la escultora, a las misioneras de la congregación y las jóvenes; un poco más adelantado la figura de un niño asiático que visibiliza la misión de las hermanas en Asia con una ropa “de calle” que simboliza las vivencias de los niños huérfanos que viven y deambulan por las ciudades de los países más necesitados.

“La figura de la beata tiene además otros detalles como un Rosario que invita a la oración, el libro de sus escritos y una medalla que significa su habitación. Las manos son delicadas y el gesto del rostro simboliza en la frente el sufrimiento que María Emilia tuvo junto al resto de su rostro que muestra equilibrio y lo que consiguió después”, afirmó la escultora.

UNA GRAN FAMILIA

En esta presentación también estuvo presente D. Javier Sorribes, familiar de María Emilia, que ha participado activamente en aportar documentación gráfica para la realización del conjunto escultórico.

“Mientras preparábamos la beatificación, un día rezando y hablando con la Madre le pedí que me ayudase a encontrar a sus familiares para que pudieran estar presentes, no sabía como hacerlo ni por donde empezar, literalmente al día siguiente llegó a nuestra casa D. Javier Sorribes, familiar de María Emilia para ayudarnos en esa tarea. 125 familiares participaron finalmente en la Misa de beatificación. Estoy convencida de que fue María Emilia quien te envió”, comentó la Superiora entre risas.

La presentación culminó con la lectura de un poema dedicado a la fundadora de las riquelminas por parte de D. Juan Antonio López-Frías, Comisario diocesano de la Beatificación y con el canto del himno oficial con música y letra original de “Volver a Siquem” con la presencia de uno de sus integrantes, D. Javier López-Frías, que interpretó en directo la canción.

Posteriormente tuvo lugar en el jardín de la Casa Madre el destape y la bendición del conjunto escultórico, el momento más esperado, que fue rociado con agua bendita por el sacerdote D. José Gabriel Martín con el aplauso de la familia Missami.

María José Aguilar
Secretariado de Medios de Comunicación Social

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Conferencia “Crisis y esperanza de la civilización occidental” de D. Santiago Cantera prior del Valle de los Caídos

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La Casa de la Iglesia de Asidonia-Jerez acoge esta tarde las 20hrs la conferencia “Crisis y esperanza de la civilización occidental” de D. Santiago Cantera prior del Valle de los Caídos.

La Casa de la Iglesia de Asidonia-Jerez acogerá esta tarde a las 20hrs la conferencia, organizada por la Asociación Católica de Propagandistas de Jerez de la Frontera, “Crisis y esperanza de la civilización occidental” cuyo ponente es D. Santiago Cantera Montenegro, prior de la Abadía del Valle de los Caídos y doctor en Historia. Siguiendo las medidas higiénico-sanitarias, el lugar elegido para poder profundizar en la formación que nos plantea esta realidad eclesial asidonense, es el auditorio San Juan Pablo II.

Esta conferencia, junto a la recientemente celebrada por el ponente Rafael Sánchez Saus son las distintas actividades preparadas por ACDP de Jerez para este primer trimestre del curso 2021-2022.

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Celebrada la JMJ de la Iglesia Particular en el Santuario Diocesano de Ntra. Sra. de la Cinta

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El obispo de Huelva, Santiago Gómez, presidió en la tarde de ayer domingo, 21 de noviembre, solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, la Misa de Juventud con motivo de la JMJ de la Iglesia Particular, convocada por el Papa Francisco a nivel diocesano en las Iglesias locales de todo el mundo, siendo este año 2021 la primera vez que las diócesis celebran este día, mientras los jóvenes se preparan para la próxima cita intercontinental prevista para el verano de 2023 en Lisboa.

El Secretariado de Pastoral de Juventud y Adolescencia y la Delegación de Pastoral Universitaria han colaborado en esta cita y han elaborado conjuntamente para la ocasión un subsidio litúrgico para que en la celebración de la Misa Dominical de cada parroquia se rezara especialmente por los jóvenes, para que tomen conciencia de su participación en la misión.

Para el director del Secretariado Diocesano de Pastoral de Juventud y Adolescencia, el sacerdote Enrique Uzcátegui, «ha sido una experiencia novedosa porque, siendo la primera vez que se celebra la JMJ en cada diócesis, para los jóvenes se ha convertido en una toma de conciencia de su pertenencia a la pastoral diocesana, tal y como ellos mismos me han contado».

Los jóvenes católicos de nuestra diócesis han contado también con otra cita especial este fin de semana, como ha sido la adoración eucarística conocida como Laudato, celebrada el pasado sábado 20 de noviembre, a los pies de la Virgen del Rocío en la parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Almonte y animada por los coros jóvenes de las hermandades del Rocío de Huelva y Emigrantes.

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«¡Gracias de corazón por todo lo que me habéis dado!», Mons. Chico en su despedida de la Diócesis de Cartagena

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El obispo de Cartagena le regaló un cuadro de la Virgen María, obra del sacerdote Leandro Fernández.

A las 17:00 horas de ayer, repicaban las campanas de la catedral de Murcia anunciando la celebración diocesana de despedida de Mons. Sebastián Chico Martínez antes de su toma de posesión en Jaén. Media hora después comenzaba la celebración eucarística en el primer templo de la Diócesis, presidida por el obispo auxiliar de Cartagena y obispo electo de Jaén, acompañado por Mons. José Manuel Lorca, obispo de Cartagena; Mons. Francisco Gil, arzobispo emérito de Burgos; y Mons. Miguel Ángel Nguema, obispo del Ebibeyin (Guinea Ecuatorial). Más de una treintena de sacerdotes participaron en la celebración, y entre los fieles, religiosas y laicos llegados desde diferentes localidades de la Región de Murcia.

En la solemnidad de Cristo, Rey del Universo, Mons. Sebastián Chico Martínez se despedía de su diócesis materna manifestando su pasión por Cristo: «Esta tarde, en esta Eucaristía de acción de gracias por mi ministerio sacerdotal y episcopal, que he vivido junto a vosotros durante estos años, os digo que desde siempre he sentido pasión por el Señor, él ha sido y es el Rey de mi vida, la fuerza interior que impulsa mi camino, que me llama a seguirle y a prolongar su misión».

De nuevo, al igual que hizo el día que se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén, Mons. Chico tuvo palabras de agradecimiento para toda la Diócesis de Cartagena, comenzando por su pastor: «Agradezco a D. José Manuel, nuestro obispo, la cercanía y el cariño que siempre me ha manifestado; ha sido para mí, y es, un padre, un hermano y un maestro». Palabras también emocionadas para Mons. Francisco Gil, «por el testimonio de su disponibilidad, servicio y del “poso” de su sabiduría y experiencia»; y para el presbiterio diocesano: «Voy a Jaén siendo consciente de que soy un fruto de este magnífico presbiterio. Me siento orgulloso de ser uno de vosotros». También dio las gracias a los seminaristas, por su testimonio de vida; y a los religiosos y religiosas, a través de quienes aseguró había conocido «más profundamente la espiritualidad de la vida consagrada». Dirigió también palabras de cariño a los laicos: «Habéis sido la razón de ser de mi vida y de mi ministerio, la porción de la viña del Señor que me encomendó para cuidar. Os quiero de verdad». Finalizó los agradecimientos con las palabras dirigidas a su familia, a su madre, sus dos hermanos, sus cuñadas y sobrinos.

Antes de que terminara la celebración, y tras el canto del Te Deum, el obispo de Cartagena quiso también dedicar unas palabras de agradecimiento al que ha sido durante dos años y medio su obispo auxiliar, explicando que agradecía a Dios este tiempo compartido: «No te vas, de ninguna de las maneras, porque estás en el corazón de todos los que estamos aquí, porque eres uno de los nuestros». En ese momento, Mons. Lorca regaló a Mons. Chico, como recuerdo de toda la Diócesis de Cartagena, un cuadro de la Virgen María, obra del sacerdote diocesano Leandro Fernández.

El próximo sábado, 27 de noviembre, a las 11:00 horas, tendrá lugar la celebración de la toma de posesión de Mons. Sebastián Chico como obispo de Jaén, que será retransmitida por TRECE Televisión.

Homilía de Mons. Sebastián Chico Galería de imágenes

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