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La Iglesia de Almería se une a la manifestación por la Paz en Ucrania

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La Iglesia de Almería se sumaba ayer, 27 de febrero a la manifestación convocada por la comunidad ucraniana residente en Almería para clamar contra la invasión rusa. Entre los manifestantes se encontraba el obispo de la Diócesis de Almería, Antonio Gómez Cantero, acompañado por el vicario general de la Diócesis, Ignacio López Román, y otros sacerdotes de toda Almería, como Víctor Fernández, Ramón Garrido, Juan José Martín Campos o Francisco Escámez, apoyando así a Vasyl Diakiv, el padre que lidera espiritualmente a la comunidad greco católica ucraniana de la parroquia de San Nicolás (en la calle Reyes Católicos), que también estuvo presente y visiblemente emocionado en esta protesta multitudinaria contra la invasión de Ucrania.

Tras más de media hora de cánticos contra la guerra y aplausos en apoyo al pueblo ucraniano, los famosos cubos de la Puerta de Purchena han servido de escenario y altavoz desde el que ciudadanos de distintas nacionalidades han manifestado de forma anónima y espontánea su repulsa contra la decisión de Vladimir Putin de iniciar una guerra en Europa en pleno siglo XXI.

El próximo miércoles según invitación de nuestro obispo Antonio “os convoco, ante el Cristo de la Escucha, junto a las comunidades ucranianas greco-católicas en Almería, y con todas las personas de buena voluntad, a un momento de oración el Miércoles de Ceniza 2 de marzo, a las 20:30 horas, en la Catedral. Pues como dice el salmo 32, “No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su mucha fuerza, nada valen sus caballos para la victoria, ni por su gran ejército se salva. Los ojos del Señor están puestos en los que esperan en su misericordia”.

(Fotos de Álvaro Hernández)

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Nuevas sesiones del SÍNODO para jóvenes y adultos

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Inicio de la Cuaresma y presentación del documental sobre “El Pelé” en Iglesia Noticia

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Inicio de la Cuaresma y presentación del documental sobre “El Pelé” en Iglesia Noticia

Podcast del programa emitido en COPE Granada y COPE Motril el 27 de febrero, a las 09:45 horas.

En este nuevo programa del “Iglesia Noticia” les hablamos del inicio del nuevo tiempo litúrgico de la Cuaresma que se inicia el próximo miércoles, 2 de marzo, con la celebración del Miércoles de Ceniza.

Asimismo, abordamos el 75 aniversario de Cáritas Española y la presentación en la Abadía del Sacromonte del ciclo de cante y baile flamenco “El Arte de la Abadía” que será del 19 de marzo al 21 de mayo.

En los próximos días, el 5 de marzo, también tendrá lugar la presentación en avance del documental sobre la vida del Beato Ceferino, más conocido como “El Pelé”, el primer gitano beato de la Iglesia en el Centro de Estudios La
Inmaculada.

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Domingo VIII del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 27 de febrero de 2022

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Domingo VIII del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 27 de febrero de 2022

Lucas quiere mostrarnos en este relato cuáles han de ser las actitudes de un discípulo (hombre y mujer bautizados) del Señor, y lo hace recogiendo un grupo de enseñanzas y dichos de la sabiduría popular que pone en boca de Jesús.

Jesús pone ejemplos de cómo los cristianos hemos de comportarnos, advirtiéndonos de lo que debemos y de lo que no debemos hacer. Todo ello está basado también en un conocimiento de la psicología humana y en situaciones reales de la vida cotidiana, las cuales siguen siendo actuales.

El Maestro nos advierte que, llevados por nuestro orgullo y soberbia, todos tendemos a querer saber más que los demás y a querer enseñar y dirigir a los otros. No estamos dispuestos a que nos corrijan, pero sí nos gusta corregir, aconsejar e indicar a los demás, y hacerlo desde una postura de creernos nosotros superiores y más perfectos. Por lo tanto, aquí vemos cómo al orgullo y a la soberbia se le une la hipocresía, y eso ocurre cuando queremos exigir y correjir a los demás en lo que nosotros no nos exigimos ni corregimos. Así pues, un ciego no puede guiar a otro ciego, como nos dice Jesús. Pero no nos confundamos, Jesús no está en contra de la corrección fraterna, al contrario, pero él lo que nos pide es que seamos objetivos y humildes con los demás. Jesús nos pide que ayudemos a los demás con objetividad, humildad y sin juzgar el interior que sólo Dios conoce. Sólo Dios puede juzgar porque Él es auténtico, perfecto y bondadoso. Jesús nos corrige porque Él es el Hijo de Dios, y el que quiera ponerse a su altura, sentirse más que el Maestro… hace el ridículo. Por ser discípulos de Jesús no podemos creernos mejor que los que no lo son, porque ese orgullo religioso nos puede llevar al odio a los que son diferentes. No querer ser más que el Maestro y sí querer aprender de él, supone amar, perdonar y respetar. No puedes sacar la mota en el ojo de tu hermano cuando tú en el tuyo tienes una biga. Este ejemplo plástico lo resume muy bien.

Otra enseñanza que nos deja Jesús, frente a la hipocresía, es la sinceridad que se nota en la coherencia de vida y de obras, porque el que es bueno, como el árbol bueno, da buen fruto. Y por los frutos, las obras, lo que hacemos y lo que decimos se ve nuestro interior, nuestros sentimientos y pensamientos verdaderos. Por eso la conversión es necesaria cuando queremos pasar de los frutos malos a los frutos buenos, porque la conversión consiste en un cambio de corazón y de mentalidad. Cuando uno se ha convencido y convertido pasa del egoísmo al servicio, del odio al amor, del aprovecharse a la entrega. El verdadero discípulo que se ha convertido es el que tiene una vida de compromiso con los demás. Porque es muy fácil decir pero no hacer, dar enseñanzas para que las cumplan otros. El cristianismo no es una religión espiritualista reducida al culto, sino que es fe viva, y la fe viva va acompañada de buenas obras y de una vida santa.

Y Lucas termina el discurso de las bienaventuranzas igual que lo hace Mateo con la parábola de un hombre que quiso construir una casa. Y la conclusión es obvia, no es lo mismo construir sobre roca que sobre arena. No es lo mismo construir nuestra vida, nuestro discipulado, nuestro “ser cristianos” sobre roca sólida que sobre arena movediza. Y construir sobre roca es hacerlo sobre los valores del Evangelio, escuchando y obedeciendo la Palabra de Dios, comprometidos con los demás y especialmente con los últimos y más necesitados. De lo contrario construiremos desde la comodidad, desde la indiferencia a Dios y a los hermanos, es decir, desde la hipocresía, en la arena. Y lo que se construye desde la hipocresía no se sostiene, menos aún en las dificultades, en las crisis…

Una Iglesia, una comunidad cristiana y un cristiano que no cimienta su vida en la roca de Dios, del Evangelio, del reino de los Cielos y del amor fraterno y a los pobres se cae por su peso al construir en la arena del ego, del aparentar, de la hipocresía y de los valores puramente mundanos.

Emilio José Fernández, sacerdote

http://elpozodedios.blogspot.com/

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Restauración de la fachada del templo parroquial de San Antonio de Padua (Frigiliana)

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Homilía pronunciada por D. Jesús Catalá durante la Misa con motivo de la restauración de la fachada del templo parroquial de San Antonio de Padua en Frigiliana

RESTAURACIÓN DE LA FACHADA

DEL TEMPLO PARROQUIAL

DE SAN ANTONIO DE PADUA

(Frigiliana, 27 febrero 2022)

Lecturas: Eclo 27, 4-7; Sal 91, 2-3.13-16; 1 Co 15, 54-58; Lc 6, 39-45.

(Domingo Ordinario VIII-C)

1.- El libro del Eclesiástico, que acabamos de escuchar, nos enseña cómo valorar a las personas; y lo hace mediante tres ejemplos: la criba, el horno y el árbol.

El primer ejemplo es la criba. Cuando se criba el grano y la paja, que vosotros conocéis bien en esta zona agrícola, queda separado lo que es bueno (el grano) y lo que no sirve (la paja): «Cuando se agita la criba, quedan los desechos; así, cuando la persona habla, se descubren sus defectos» (Eclo 27, 4). Un refrán español dice: “De lo que calles serás dueño; de lo que hables serás esclavo”.

El segundo ejemplo es el horno. Del mismo modo que «el horno prueba las vasijas del alfarero, la persona es probada en su conversación» (Eclo 27, 5). Podemos decir que la persona es aquilatada a fuego, como la arcilla en el horno.

El fuego del Espíritu Santo, que se nos regaló en el bautismo y en la confirmación, purifica la escoria que puede haber en el corazón humano y quema nuestras miserias; de ese modo podemos amar mejor y convertirnos al Señor. Pero, si ponemos resistencia a la acción del Espíritu, nos quedamos como estábamos antes.

2.- El tercer ejemplo es que «el fruto revela el cultivo del árbol, así la palabra revela el corazón de la persona» (Eclo 27, 6).

En el evangelio hemos escuchado este mismo ejemplo o parábola, dicha por Jesús: «No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno» (Lc 6, 43); «por ello, cada árbol se conoce por su fruto» (Lc 6, 44). Bien sabéis esto quienes cultiváis los árboles y veis sus frutos; y no esperáis uvas de las zarzas o higos de los cardos (cf. Mt 7, 16).

El hombre bueno, de la bondad de su corazón, saca el bien; y, por el contrario, el malo saca el mal (cf. Lc 6, 45).

Hemos de aprender a valorar a las personas según sus palabras, su vida y sus obras; la calidad de las personas se verifica sobre todo en los hechos; y “obras son amores”, dice el proverbio.

3.- El Maestro de Nazaret añade otra parábola, que nos enseña a comportarnos acertadamente en la vida: la mota en el ojo y la viga de madera: «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?» (Lc 6, 41). No tiene punto de comparación una pequeña mota de polvo con un trozo de madera.

Uno debe ser capaz de mirarse a sí mismo, para conocerse realmente como es y no para ser visto por los demás como él desea, falseando su imagen.

Quien no es capaz de ver el leño que lleva en su ojo, que le tapa toda la visión, no puede ver la mota pequeña del ojo de su hermano. Jesús pregunta: «¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano» (Lc 6, 42). Jesús llama “hipócritas” a quienes hacen esto.

4.- Hemos de ser humildes, reconociendo nuestras limitaciones y aceptando que tenemos por delante un largo camino a recorrer en nuestra maduración personal y en el seguimiento de Jesús, el Maestro, como discípulos suyos. El Señor nos invita a seguirle, pero nos cuesta mucho; pero hemos de hacer el esfuerzo, porque en ello nos va también la felicidad. Es más feliz el que vive como Jesús nos pide, que el que vive según sus caprichos.

Se trata de ver la relación “maestro-discípulo”. Jesús pregunta a sus interlocutores: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?» (Lc 6, 39). Un ciego no puede ser maestro de otro ciego. Todos somos discípulos del Señor Jesús, que nos enseña a vivir como él.

Los pastores de la Iglesia y los que tienen responsabilidades sociales y políticas, como maestros, tienen la obligación de enseñar y de cuidar a quienes les han confiado.

5.- Las dos instituciones de este pueblo de Frigiliana con vocación de cuidar a sus miembros, la Parroquia y el Ayuntamiento, habéis realizado una acción conjunta a favor de la feligresía y de la ciudadanía, que no siempre coinciden, porque no todos los ciudadanos son feligreses. La colaboración de ambas instituciones se hace por el bien de todos los destinatarios.

Hoy damos gracias a Dios por la rehabilitación de la fachada del templo parroquial de Frigiliana, dedicado a San Antonio de Padua. ¡Enhorabuena!

Deseo agradecer al Sr. Párroco y al Sr. Alcalde su buen entendimiento y las buenas relaciones, que han producido buenos frutos, porque los árboles buenos dan frutos buenos. ¡Felicidades a todo el pueblo de Frigiliana, tanto a la feligresía como a la ciudadanía!

La colaboración de todos ha permitido hacer una obra buena, un fruto bueno, que redunda en bien de toda la comunidad. ¡Gracias por dar frutos buenos!

Ahora todo feligrés y todo vecino de Frigiliana podrá disfrutar de un templo restaurado más bello; ya nos ha explicado antes el arquitecto los criterios de restauración. También los muchos turistas que llegan a este hermoso pueblo, podrán gozar de templo embellecido.

Y hoy damos gracias también por la bendición de la Casa-Hermandad de la Cofradía de la Virgen de los Dolores, realizada antes de la Misa. Felicito a la Cofradía por esta buena obra.

En la bendición les decía que ojalá la Casa-Hermandad sea instrumento de fraternidad verdadera y no de tensiones ni enemistades, porque no tiene sentido. Hemos de procurar entre todos (parroquia, ayuntamiento, cofradía, institución cívica o religiosa) que se favorezca la fraternidad, la comunión, el bienestar y la felicidad de todos. Tenemos buenos instrumentos y buenos árboles que den buenos frutos.

6.- Jesús, en el evangelio de hoy, nos enseña que el árbol bueno da frutos buenos (cf. Lc 6, 43); «por ello, cada árbol se conoce por su fruto» (Lc 6, 44).

En una sociedad dañada por tantas injusticias, donde crecen los intereses y las mutuas rivalidades y donde brotan los odios, como podemos verificar en la reciente guerra de Rusia contra Ucrania, son necesarias personas sanas que den buenos frutos.

Pensemos qué podemos hacer cada uno de nosotros para mejorar nuestra sociedad, nuestro pueblo, nuestra familia, nuestra parroquia. Ayudemos a los demás a tener una vida más fácil y más humana, creando relaciones de buena acogida, confianza y fraternidad.

7.- La comprensión y la compasión deben ser insignias de nuestro comportamiento, perdonando los errores de los demás, porque perdonar es propio de Dios y nos hace mejores hijos suyos. Dios, cuando perdona, olvida. Solemos escuchar con frecuencia decir: “Yo perdono, pero no olvido”; quien diga eso, en realidad, no perdona; porque quien no olvida, no perdona, ya que Dios al perdonar nuestros pecados los borra (cf. Sal 50, 3.11).

Hemos de ahuyentar de nosotros el rencor y el resentimiento, así como la condena, siguiendo el consejo de san Pablo: «A nadie devolváis mal por mal (…); en la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo» (Rm 12,17-18). Como veis, Jesús nos invita hoy a ser árboles que den buenos frutos.

Pedimos a la Santísima Virgen María, bajo la advocación de Virgen de los Dolores, que nos acompañe con su protección maternal; y que san Antonio de Padua interceda por nosotros, para ser siempre una comunidad fraterna que busca el bien de todos. Amén.

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EL ESPEJO ANDALUCÍA, 25 de febrero de 2022

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Las delegaciones de Medios de Comunicación de las diócesis andaluzas emiten cada semana un espacio regional en la cadena COPE: El Espejo Andalucía.

Desde el viernes 28 de febrero de 2020, Día de Andalucía, el programa El Espejo que se emite los viernes en la Cadena COPE a las 13.33 horas, comienza con una sección regional protagonizada por las 10 diócesis de la Comunidad Autónoma: Almería, Cádiz, Córdoba, Granada, Guadix, Huelva, Jaen, Jerez, Málaga y Sevilla.

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16 nuevos beatos para la Archidiócesis de Granada

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16 nuevos beatos para la Archidiócesis de Granada

Su fiesta litúrgica se celebrará el 6 de noviembre.

Desde hoy sábado, 26 de febrero, la Archidiócesis de Granada tiene 16 nuevos beatos granadinos, tras la ceremonia de beatificación celebrada esta mañana en la S.I Catedral, presidida por el Prefecto para la Congregación de las Causas de los Santos, cardenal Mons. Marcello Semeraro.

Los nuevos beatos forman parte de la Causa de beatificación de Cayetano Giménez Martín y 15 compañeros mártires de la persecución religiosa en España en el siglo XX, cuya fase diocesana se abrió en julio de 1999 y el anuncio de la promulgación del Decreto por parte de la Santa Sede tuvo lugar el 29 de noviembre de 2019.

A esta ceremonia ha asistido también el Nuncio de Su Santidad en España, Mons. Bernardito Auza, junto a los obispos de Sevilla, Asidonia Jerez, Córdoba, Guadix, Almería, Sevilla, Málaga, Valencia, Jaén y su obispo emérito, así como el obispo auxiliar de Madrid, Mons. Juan Antonio Martínez Camino.

RITO DE BEATIFICACIÓN

Tras el saludo del cardenal, el rito litúrgico de la beatificación se inició con la petición del arzobispo de Granada, Mons. Javier Martínez, para incluir en el Libro de Beatos a estos mártires granadinos. A continuación, fue leído el texto de la Carta Apostólica en la que Su Santidad inscribe en el citado Libro a los Venerables Siervos de Dios Cayetano Giménez Martín y 15 compañeros mártires.

El despliegue de la gigantografía con el rostro de los 16 nuevos beatos fue acompañado de un sonoro aplauso de los fieles y el tañir de las campanas de las iglesias de Granada, como expresión de acción de gracias a Dios y júbilo. Un relicario fue en ese momento conducido en procesión hasta el altar, donde se depositó.

Con el sello del abrazo de la paz entre el arzobispo de Granada y el cardenal Mons. Semeraro y la entrega de una copia de la Carta Apostólica, la Archidiócesis de Granada cuenta con 16 nuevos beatos.

La fiesta litúrgica de los nuevos beatos se celebrará el 6 de noviembre, memoria y fiesta de los mártires del siglo XX en España.

En la oración de los fieles se rezó especialmente por quienes sufren “en nombre de Cristo, vejaciones, injurias, humillaciones, torturas”, así como por los “perseguidores de la Iglesia, para que la sangre de los mártires les haga obtener la conversión”.

A la celebración han asistido distintas autoridades autonómicas, provinciales y municipales. Junto a ellos, numerosos fieles procedentes de toda la provincia, entre ellos familiares, y fieles especialmente procedentes de los pueblos vinculados a los nuevos beatos, que han llegado desplazados en autobuses hasta Granada: Almuñécar, Motril, Salobreña, Alhama, Loja, Órgiva, Lanjarón, Alfornón, La Zubia, Beas de Granada, Comares y Coín (Málaga), y Moreda (Guadix).

“LA SANTIDAD, UN DON QUE RECIBIMOS DEL SEÑOR”
En su homilía, el Cardenal Prefecto ha hablado de la santidad como “un don que recibimos del Señor”. “Los mártires que hoy honramos y veneramos, como tantos otros de esta maravillosa tierra, han dado su testimonio a Cristo soportando grandes penalidades y sufriendo la muerte misma”.

El lema de esta beatificación –“Tu Gracia vale más que la vida”- también ha sido citado en sus palabras, aludiendo a que “a la luz del Santo Evangelio, nosotros podemos entender el sentido de esta elección paradójica: ¡escoger la muerte por la vida!”.

El cardenal también ha recordado que “la santidad de los mártires no es nunca un evento del pasado”, sino que es “siempre, una gracia para la Iglesia”.

“Los mártires de Dios son aquellos que nos guían, los que nos ayudan a mirar nuestra propia vida. No debemos, por tanto, tener miedo de mostrarles nuestras enfermedades, porque ellos mismos, aún habiendo conseguido la victoria, han experimentado la fragilidad humana. Así pues, honramos y veneramos a los nuevos beatos mártires, conscientes de que, en ellos, aún frágiles y débiles como nosotros, Cristo está presente, aunque en modo misterioso”, concluyó.

(Pueden leer las palabras íntegras del cardenal en www.archidiocesisgranada.es y pinchando en este enlace)

PALABRAS DEL ARZOBISPO DE GRANADA

En sus palabras finales en la ceremonia, el arzobispo de Granada ha expresado, en nombre de la Diócesis, su gratitud al Santo Padre “por este don inmenso hecho a nuestra Iglesia, así como por su incansable ministerio en nombre de Jesucristo, a favor del perdón, de la misericordia y de la reconciliación entre los hombres y los pueblos, de la paz y de la fraternidad humana”.

En sus palabras, ha expresado que los nuevos beatos son “un honor” para Granada, pero “sobre todo, una gracia que el Señor nos hace y una fuente poderosa de intercesión”. Ha indicado que los nuevos beatos “son también un estímulo para nuestra vida” y, especialmente, una “renovación” del ministerio sacerdotal, “en la línea (…) de una conversión misionera, que haga posible que nos acerquemos unos a otros, que iniciemos caminos juntos, y que de este modo se haga posible o más fácil el milagro de la comunión”.

Asimismo, Mons. Javier Martínez ha tenido presente la guerra en Ucrania y ha elevado una súplica por intercesión de los nuevos beatos ante el Señor “para que obtengan para los países implicados en esta guerra y para todo el mundo, el don de la paz y una convivencia basada, no en intereses políticos o económicos, sino en nuestro común reconocimiento como hermanos, hijos del mismo Dios”.

El arzobispo ha pedido al cardenal que traslade en nombre “propio y del pueblo cristiano de Granada, nuestra oración por él, nuestra comunión y nuestra obediencia filial”.

(Pueden leer las palabras íntegras de Mons. Javier Martínez en www.arzobispodegranada.es y en www.archidiocesisgranada.es, y pinchando en este enlace)

La celebración ha concluido con el canto del Himno de los mártires, que lleva el nombre del lema de esta beatificación: «Tu Gracia vale más que la vida».

La Archidiócesis dará gracias a Dios en la Eucaristía de acción de gracias que tendrá lugar al día siguiente de la beatificación, mañana domingo 27 de febrero, en la S.I Catedral. Esta Eucaristía, para la que ya no es necesaria acreditación, podrá seguirse en directo en la televisión diocesana por internet Virgen de las Angustias TV, en www.vatelevision.com

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Mons. Javier Martínez en la beatificación de 16 mártires: «Los nuevos beatos son también un estímulo para nuestra vida»

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Palabras del Arzobispo de Granada al final de la celebración de la beatificación de 16 mártires granadinos, en la Catedral.

Eminencia,
Sr. Nuncio de su Santidad en España,
Sr. Cardenal, Sr. Arzobispo de Sevilla, queridos hermanos obispos —y señalo especialmente al obispo de Guadix y de Málaga, que cuentan también entre estos mártires a presbíteros que sirvieron al pueblo de Dios en sus diócesis—, y que habéis querido uniros a esta celebración, así como a la alegría y a la acción de gracias de esta diócesis por la beatificación de estos dieciséis hijos de la Iglesia de Granada, queridos sacerdotes, excelentísimas autoridades civiles y militares, familiares de los mártires, queridos hermanos y amigos todos.

SALUDO A LOS FIELES QUE, ACOMPAÑADOS DE SUS PRESBÍTEROS, HAN VENIDO DE ALMUÑECAR, DE SALOBREÑA Y DE MOTRIL, DE ALHAMA Y DE LOJA, DE ORJIVA, DE LANJARÓN, DE ALFORNÓN Y DE LA ZUBIA, ASÍ COMO DE COMARES Y COHÍN EN MÁLAGA, Y DE MOREDA EN GUADIX

Deseo que mis primaras palabras sean de gratitud al Santo Padre Francisco, que ha querido añadir al número de los beatos a Cayetano Giménez Martín y a sus quince compañeros. Y le pido, Sr. Cardenal, que le transmita al Papa nuestra gratitud por este don inmenso hecho a nuestra Iglesia, así como por su incansable ministerio en nombre de Jesucristo, a favor del perdón, de la misericordia y de la reconciliación entre los hombres y los pueblos, de la paz y de la fraternidad humana. Le suplico que le transmita, en nombre mío propio y en nombre de este pueblo cristiano de Granada, nuestra oración por él, nuestra comunión y nuestra obediencia filial.

Contar con dieciséis nuevos beatos —mártires— en nuestra iglesia particular no es simplemente un honor, para la diócesis y para los lugares en los que han nacido, han ejercido su ministerio o han dado la vida. Mejor dicho, claro que lo es, y grande, para todos nosotros, y para sus familias también. Pero además de un honor ellos son sobre todo una gracia que el Señor nos hace y una fuente poderosa de intercesión. Esa intercesión es tanto más necesaria en este momento, cuando una nueva guerra —esa horrible derrota de nuestra humanidad— acaba de estallar en Europa. Les pedimos a los nuevos beatos que intercedan ante el Señor y que obtengan para los países implicados en esta guerra y para todo el mundo el don de la paz y de una convivencia basada, no en intereses políticos o económicos, sino en nuestro común reconocimiento como hermanos, hijos del mismo Dios.

Los nuevos beatos son también un estímulo para nuestra vida. En un tiempo como el nuestro, en el que el sentido y el significado de la vida humana están tan confusos, y son objeto de tantos tanteos desorientados en medio de la niebla, ellos muestran con la nitidez de un día claro de primavera, en la sencillez de sus vidas y de sus muertes, cuál es el significado de la vida, qué es lo que hace posible —o mejor, quién hace posible— vivirla con alegría y esperanza. Con una esperanza que no defrauda, a diferencia de esas otras esperanzas en las que ponemos tantas veces nuestro corazón, y que lo dejan vacío, o lo llenan de una ansiedad que casi siempre termina en resentimiento contra todo y contra todos, contra la vida misma.

Dejadme decirlo con unas palabras de San Pablo, que lo expresa magníficamente y sin rodeos. Sus palabras pueden ponerse con toda verdad en la boca de nuestros mártires, pero sirven para todo cristiano: “Para mí, la vida es Cristo, y una ganancia el morir” (Flp 1, 21). O, más explícito aún: “Todo lo considero pérdida comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Todo para conocerlo a él, la fuerza de la resurrección y la comunión en sus padecimientos, hasta hacerme semejante a él en su muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3, 7-11). Y es que, “si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte, somos del Señor”. En ese “ser de Cristo”, está la libertad verdadera, la libertad que permite dar la vida sin perderla, al contrario, que cumple nuestra vida, que nos permite amar a Dios y a todos, incluso a nuestros enemigos, y amar al mundo como Dios lo ama. En ese “ser de Cristo” está, y está ya aquí, la vida eterna, pues como dice San Juan: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (Jn 17, 3).

Al nacimiento de esa vida eterna en los hombres de nuestro mundo, a que se abran los corazones de cada hombre y de cada mujer de nuestro tiempo al conocimiento de Dios y de Jesucristo, está destinado nuestro ministerio sacerdotal. Después de todo, todos los mártires cuyo triunfo celebramos menos uno, son sacerdotes. [No que la mayoría de los mártires de la persecución religiosa lo hayan sido, evidentemente —hay “una muchedumbre innumerable” de fieles laicos, hombres y mujeres, que han dado su vida por Cristo, y también sin duda entre nosotros, sino que en este caso, y por diversos motivos, se ha dado esa circunstancia en el proceso de su beatificación.] Su proclamación ha de estimular sobre todo una renovación de nuestro ministerio, en la línea que la Iglesia hoy nos propone por medio del Papa Francisco, que es la de una conversión misionera, que haga posible que nos acerquemos unos a otros, que iniciemos caminos juntos, y que de este modo se haga posible o más fácil el milagro de la comunión.

Que ellos nos descubran que la evangelización no es una cuestión meramente de ideas, sino de testimonio (martyrion); que no se trata de “conseguir adeptos” a una manera de pensar o a unas creencias, sino de un servicio a la esperanza de los hombres, de todos los hombres; y que el método no consiste en “convencer” a base de razonamientos dialécticos, sino en ser en la vida un reflejo del amor y del afecto de Dios a cada persona, a su destino y a su vocación en Cristo.

No quiero dejar de saludar a todos aquellos que no pueden participar físicamente en esta celebración, por razones de edad, de salud o de lejanía, pero que están unidos a ella gracias a la televisión diocesana o a la 13. Un saludo especialísimo a los monasterios de clausura, que son uno de los tesoros más grandes de la diócesis, a quienes agradecemos todos en nombre del Señor su vida y su intercesión permanente por la Iglesia y por el mundo.

Mi gratitud se dirige también hacia todos los que han hecho posible esta celebración de una u otra manera. Naturalmente, en primer lugar al Postulador, P. Javier Carnerero, Trinitario (que hoy no nos puede acompañar porque ayer resultó positivo en un test del COVID), y al vice postulador de la causa. D. Santiago Hoces, capellán real, ha consagrado mucho tiempo, muchas energías, y casi podría decirse que su vida, a la causa de estos mártires, y toda la diócesis, y yo en primer lugar, le estamos por ello sumamente agradecidos. Igualmente al Cabildo, a las hermanas y a los trabajadores de la Catedral, que tanto esmero y cariño han puesto en toda la celebración. La comisión diocesana, con D. Francisco Tejerizo a la cabeza, se ha desvivido de mil maneras por la preparación de todos los detalles desde que se supo que los mártires iban a ser beatificados, justo antes del comienzo de la pandemia. D. Manuel Reyes como autor de los textos, y Armando Bernabeu, como diseñador, nos han acercado estas figuras resplandecientes de libertad y de belleza. Nati Cañada, una pintora reconocida, ha hecho un retrato de los 16 mártires lleno de buen gusto de modo que dentro de pocas semanas, si Dios quiere, podremos venerarlos en una de nuestras iglesias de Granada. También doy gracias a los seminarios, y a sus formadores, así como a la comunidad católica Shalom. El coro de pueri cantores de la catedral y este otro coro de familias, de jóvenes y de niños que ha compuesto el himno a los mártires de manera “sinodal”, diríamos, han llenado de alegría joven esta catedral, como un homenaje sencillo y lleno de amor al beato mártir José Muñoz Calvo, que nos recuerda hoy de manera especial la perenne juventud de la Iglesia.

A todos, y a los que sin duda me dejo sin nombrar por descuido, os testimonio la gratitud del Señor y la mía propia.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada
S.I Catedral de Granada
26 de febrero de 2022

Palabras finales en la ceremonia de beatificación de 16 mártires granadinos de la persecución religiosa en España en el siglo XX

 

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Cardenal Mons. Marcello Semeraro: «Los mártires de Dios son aquellos que nos guían, los que nos ayudan a mirar nuestra propia vida»

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En la ceremonia de beatificación.

Homilía del Prefecto de las Causas de los Santos, en la Beatificación de 16 mártires granadinos en la Catedral de Granada.

Un himno de Laudes de la fiesta de los mártires de la antigua liturgia mozárabe comienza así: Laudes sanctorum martyrum – quos sacra fecit passio – Christi conformes gloriae – puris canamus cordibus (PL 86, 1003). Es el canto que también nosotros queremos elevar hoy al Señor, agradecidos por el don de estos nuevos dieciseis beatos, que Él ha hecho a la Iglesia: «Con un corazón puro, cantamos las alabanzas de los santos mártires, que la beata pasión ha hecho semejantes a Cristo glorioso».

Agradecimiento, decía, porque los santos –todos los santos- son un don de Dios; lo son especialmente los santos mártires, y por ellos la liturgia romana alaba al Padre: «has sacado fuerza de lo debil, haciendo de la fragilidad tu propio testimonio» (Prefacio de los santos mártires). No es, por tanto, la santidad una conquista humana, sino un don que recibimos del Señor.

La santidad «no es un programa de vida hecho solo de esfuerzos y renuncias, sino que es ante todo el gozoso descubrimiento de ser hijos amados por Dios. Y esto nos llena de gozo… No es una conquista humana, es un don que recibimos: somos santos porque Dios, que es el Santo, viene a habitar nuestra vida. Es Él quien nos da la santidad» (Francisco, Angelus del 1 de noviembre de 2021).

Los mártires que hoy honoramos y veneramos, como tantos otros de esta maravillosa tierra, han dado su testimonio a Cristo soportando grandes penalidades y sufriendo la muerte misma, en el contexto, de caracter anticristiano, de aquellos trágicos y dolorosos acontecimientos. Los sacerdotes y los fieles que hoy han sido beatificados fueron, desde el inicio, señalados como«mártires de Granada», ya que en su Causa de beatificación se vieron pronto involucrados los arzobispos de esta Iglesia y el entero pueblo cristiano de Granada.

Todo sucedió en el mil novecientos treinta y seis (1936), pero ya en el mil novecientos treinta y nueve (1939) sus nombres fueron esculpidos en dos pilastras de mármol en la capilla mayor de esta Catedral. Eran la mayor parte sacerdotes diocesanos. El primero de ellos, Cayetano Giménez Martín, fue parroco, recordado como hombre contemplativo y sencillo, que en cada hombre sabía reconocer la imagen de Dios y la respetaba como tal.. Entre tantos sacerdotes, había también un seminarista, Antonio Caba Pozo; tenía apenas veintidos (22) años, y al perseguidor que lo amenzaba le dijo: «matadme cuando queráis; porque yo muero por Jesucristo» (Summarium, p.131, doc.7). Con ellos estaba también un fiel laico, José Muñoz Calvo, Presidente de la rama juvenil de la Acción Católica de Alhama de Granada.

Animaba a sus compañeros: «muramos tranquilos, somos católicos y nuestro delito es serlo. Viva Cristo Rey» (Summarium, p.134, doc.2).

Todos ellos, al sufrir la muerte violenta, en lo íntimo de su corazón gritaron a Dios: tu gracia vale más que la vida; tu misericordia vale más que la vida (Sal 63,4). Es el tema bíblico con el que esta Iglesia se ha preparado para el rito que estamos celebrando. Casiodoro – un literato y político calabrese que vivió en el siglo sexto (VI) – comentaba así este versículo del Salmo 63: «El salmista llama misericordia a los bienes que el Señor promete con generosa bondad a sus santos y que son con mucho preferibles a la vida presente. Esta vida está llena de innumerables penas, en cambio la otra de una serenidad eterna. Esta se diferencia tanto de la luz del mundo como los tormentos pueden ser diversos de la paz eterna. Es por tal motivo que las multitudes de los mártires aceptan gustosamente morir a este mundo, convencidos que, a causa de esta muerte temporal, serán vencedores para la eternidad» (Expositio in Ps. LXII, 4; PL 70, 435).

A la luz del santo evangelio que acaba de proclamarse, nosotros podemos entender el sentido de esta elección paradójica: ¡escoger la muerte por la vida! Si, en consderación humana, nuestra vida terrena es, como decía el filósofo M. Heidegger, un «ser para la muerte», nosotros, a la luz de la fe en Cristo crucificado y resucitado, reconocemos que propiamente de la muerte nace la vida. De hecho, dice Jesús: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24).

Jesús, lo hemos entendido bien, está hablando de sí mismo. Es Él el grano de trigo que sepultado en la tierra renace como espiga y ésta es la Iglesia. La ley enunciada por el Señor vale también en la Iglesia. Para producir fruto es necesario morir. Y es también en esta óptica –de los frutos de vida eterna- con la que nosotros miramos a lo sucedido a nuestros mártires. Es una mirada que abre el ánimo a la esperanza de un fruto abundante. Semen est sanguis christianorum decía tertuliano, antiguo autor cristiano (Apol. 50; PL 1, 535).

El ejemplo de fidelidad a Cristo que encontramos en el sangriento fin de la vida de los nuevos beatos sea, entonces, premisa y promesa de una nueva siembra. Surja de ella el grano suficiente para comenzar una gran multiplicación del pan, para saciar el hambre de la multitud de los hombres.

La santidad de los mártires, de hecho, no es nunca un evento del pasado; es siempre, al contrario, una gracia para la Iglesia. San Ambrosio decía que nosotros somos fruto de los mártires y por eso debemos invocarlos. Ellos son para nosotros como una prenda de vida eterna. Aún cuando han sido débiles o han cometido pecados, han sido purificados por su propia sangre, y ahora pueden interceder por nuestros pecados.

Los mártires de Dios son aquellos que nos guían, los que nos ayudan a mirar nuestra propia vida. No debemos, por tanto, tener miedo de mostrarles nuestras enfermedades, porque ellos mismos, aún habiendo conseguido la victoria, han experimentado la fragilidad humana (cf. De viduis IX, 55; PL 16, 251). Así pues, honoramos y veneramos a los nuevos beatos mártires, conscientes de que en ellos, aún frágiles y débiles como nosotros, Cristo está presente, aunque en modo misterioso. 

Christus in martyre est (Tertuliano, De pudicitia, 22; PL 1, 1027). Es Cristo nuestra fuerza y así, como escribe San Pablo, cada uno de nosotros puede decir con confianza: «todo lo puedo en aquel que me conforta» (Fil 4, 13).

+ Card. Marcello Semeraro
Prefecto Congregación Causa de los Santos
Catedral de Granada, 26 de febrero de 2022

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El Obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez, pide a la diócesis que rece por Ucrania

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«Como Iglesia diocesana de Huelva mostramos nuestra preocupación por el pueblo ucraniano. Queremos manifestar nuestra cercanía, oración y disponibilidad. Como creyentes esperamos que cesen los ataques, se acabe la espiral de violencia injusta, innecesaria y cruel; que se ponga fin a la guerra (cf. Sal 46,10).

La Iglesia greco-católica ucraniana tiene una presencia significativa en Huelva. Los fieles son especialmente atendidos por el p. Dmytro Savchuk en la Parroquia dedicada a los santos Cirilo y Metodio. Con un cariño particular hacemos nuestra la preocupación de uno de nuestros seminaristas, Ivan Huzo, nacido en Ternopil (Ucrania). Manifestamos nuestro apoyo a su familia, pidiendo que cese el ataque al pueblo ucraniano.

Rogamos la intercesión materna de la Virgen, reina de La Paz, para que sea posible el diálogo, el respeto y el reconocimiento de las libertades. Que la paz, don de Dios y responsabilidad humana, no sea amenazada nunca por intereses partidistas. Recemos en la Diócesis de Huelva por Ucrania».

+ Santiago Gómez Sierra
Obispo de Huelva

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