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El testimonio oculto de fe de las hermandades de Granada

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El testimonio oculto de fe de las hermandades de Granada

Ahora que vivimos el milagro del regreso del olor a incienso en las calles, del paso de las procesiones y las ‘levantás’, resulta también propicio recordar la vida que han tenido las asociaciones públicas de fieles durante el tiempo de confinamiento. Su labor solidaria se incrementó significativamente y sigue llevándose a cabo, dando un testimonio de fe no menos importante.

“Las cofradías no somos solo las procesiones”. Esta es la frase más escuchada cuando uno hablaba con los hermanos mayores o vocales de caridad de las 32 hermandades y cofradías de Granada. Así lo repetían porque el testimonio público de fe de todas ellas no desapareció con la suspensión de las salidas de las estaciones de penitencia.

Contrario a lo que se pueda pensar, las hermandades y cofradías de Granada estuvieron más unidas que nunca durante la situación de crisis. Cuando se decretaba aquel confinamiento que llevó a la sociedad granadina a una inesperada recesión económica, todas ellas decidieron sumar fuerzas para abordar la urgente situación de pobreza.

Coordinadas por la Real Federación, todas se juntaron para poder llegar adonde una sola hermandad no podía llegar con sus propias fuerzas. Atendieron de esta forma a los cientos de personas sin techo que se quedaron especialmente abandonadas durante el confinamiento, así como a los cientos de familias que necesitaron de alimento, ropa o juguetes para los más pequeños. No bastaba con la sala de una sola hermandad, ahora todas debían buscar un local de al menos doscientos metros cuadrados para alojar la gran cantidad de donaciones que les llegaban con las distintas campañas convocadas por la Real Federación.

Ya aseguraba por entonces Fernando Alcalá, vocal de economía de la Real Federación, que las hermandades podrían escribir un libro con la cantidad de historias y anécdotas extraordinarias que podían contar. Lo es después de que todas ellas se las ingeniasen para asistir a la sociedad granadina costeando sus alquileres, pagando facturas de luz, buscando muebles, pañales o mascarillas. Todo ello, por otro lado, sin olvidar la ayuda a sus propios hermanos cofrades, que fueron los primeros en sufrir las consecuencias de la pandemia.

PROYECTO JERICÓ Y UCRANIA

Con esta inestimable labor en forma de esfuerzo, tiempo y cientos de miles de euros empleados, las hermandades y cofradías de Granada siguen trabajando conjuntamente para asistir a los más desamparados de la sociedad granadina. Uno de los últimos ejemplos de su asistencia conjunta ha sido la donación de un centenar de sábanas de invierno a un colegio de huérfanos del Albaicín, así como el pago de cinco camas para una estancia de al menos cinco meses de las personas sin techo que acuden a Proyecto Jericó.

A toda esta ayuda, que muchas hermandades han querido mantener en secreto para salvaguardar la privacidad de muchas de esas familias que reciben su apoyo, se suma ahora la realidad de Ucrania, a la que las 32 hermandades de Granada asistirán también ahora de forma conjunta. Una tarea caritativa que ha supuesto un verdadero sacrificio de muchas de ellas, que no han dejado de necesitar pagar sus coutas de hermandad para el mantenimiento de las mismas. Una labor de caridad a la que también han colaborado los fieles desde portales como www.donoamiiglesia.es o mediante sus aportaciones de la declaración de la Renta.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social

 

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La clemencia de la lluvia permite disfrutar de un Lunes Santo emocionante

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La clemencia de la lluvia permite disfrutar de un Lunes Santo emocionante

Las cofradías del Huerto, el Trabajo, el Cristo de San Agustín, el Rescate y los Dolores recorrieron este lunes la carrera oficial recalando en la S.I. Catedral. Un Lunes Santo único después de dos años sin procesiones, en el que la cantidad de público y el respeto hacia el paso de las imágenes fue notable.

Alta era la expectación de las salidas de las estaciones de penitencia por la ciudad. Así lo manifestaba la inmensa cantidad de gente que poblaron todos los rincones, plazas y calles de Granada.

Hacia las 20 horas llegaba a la reja de la Catedral la Hermandad del Huerto de los Olivos y María Santísima de la Amargura Coronada, que hasta entonces se había sorprendido de la solemnidad de la gente ante el paso de las procesiones. “La cofradía fue muy bien, estuvo muy unida a la gente. En las calles hemos hemos encontrado mucho respeto, sin alboroto. Hubo tramos en que la gente estuvo absolutamente en silencio”, cuenta el Hermano Mayor, Mariano Sánchez.

Aún con la luz del día llegaba la Hermandad de caridad del Santísimo Cristo del Trabajo y Nuestra Señora de la Luz. Lo hacía con un cortejo de casi ochocientas personas, cuyo comportamiento fue digno de elogio y que vivió con la emoción muy a flor de piel. “Fue un momento increíble. Pudimos estar en contacto con el Señor de una forma impresionante. Rozamos el cielo con la punta de los dedos”, dice Ángel Aguilera, Hermano Mayor del Trabajo.

Poco antes de llegar a la iglesia del Corpus Christi, esta cofradía entonó una oración especial que presidió su consiliario, D. José Gabriel Martín, que se acercó a recorrer los últimos tramos de la procesión a altas horas de la noche.

SAETAS Y PETALÁS

Dos años sin salir en Lunes Santo y uno desde la celebración de su Año Jubilar, el paso del Cristo de San Agustín por Granada tuvo un sabor especial. “Había realmente ganas de ver hermandades en la calle y de poder disfrutar de ellas. La gente quizás estaba algo más sobrecogida, había mucho público”, asegura su Hermano Mayor, Vicente Molina, que elogia el comportamiento de su cortejo. “Los hermanos tienen claro donde están y se comportan perfectamente”.

Al Jesús del Rescaté de Granada le llovieron una gran cantidad de ‘pelatás’ durante el recorrido. “A la hermandad le ha impactado muchísimo la cantidad de gente que había. En algunos sitios donde otros años no había gente, en esta ocasión era al contrario”, afirma José Antonio Maroto, Hermano Mayor. “Había ganas de disfrutar de la emoción en la calle. Había gente emocionada cuando pasaba el Cristo”.

Otras cuantas ‘petalás’ y una saeta le dedicaron los granadinos a la Virgen de los Dolores en su paso por la Carrera del Darro, tras salir de su sede de San Pedro y San Pablo. “La verdad es que fue muy emotivo. Esta es la ‘Semana Santa del volver’”, dice Mari Carmen Gervilla, Hermana Mayor de los Dolores, que no dejó de tener presente a todos los fallecidos tras los último dos años. “No dejó de ser una salida dolorosa. Mucha gente ha fallecido por el covid o de muerte natural. No nos olvidamos de esto. También hay mucha gente que se ha quedado sin trabajo o ha perdido algunos familiares o proyectos que tenían”.

Antes de esa entrada en Catedral, y saltando un poco el protocolo, la hermandad ofreció al Vicario la posibilidad de la llamada para hacer la ‘levantá’ a las puertas del templo. Un gesto que acompaña a tantos otros de emoción y alegría por poder volver a vivir un Lunes Santo con los pasos por la calle.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social

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Una cruz para elevar al hombre

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Estamos a las puertas de la Semana Santa, una celebración de impresionante grandeza que nos facilita participar de cerca en los últimos días de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, que por su muerte y resurrección nos regala salvación a la humanidad entera, y hace posible un radical cambio de nuestra vida, personal y comunitaria. La historia de nuestros pueblos y sus tradiciones recoge en estos días una manifestación colectiva de fe y de religiosidad popular que nos allana el camino. Además, a nadie que busque sinceramente el sentido de la vida deja indiferente que se presente como redentor de toda la humanidad a un hombre aparentemente derrotado, muerto en el abandono y sufrimiento más extremo.

¿Qué tiene que ver el dolor con la salvación, el sufrimiento con la felicidad?

Se dice que este año viviremos un esperado reencuentro con las procesiones y con celebraciones abiertas. Es cierto que la pandemia y sus consecuencias nos han afectado. Ahora, por añadidura, también nos duele la trágica guerra que produce tanto dolor y destrucción, y el sufrimiento provocado por tantos conflictos sociales y la pobreza. Ante la presencia de tanto mal es imprescindible vivir bien esta semana y encontrarnos con el Señor, con su entrega y su vida que nos llenan de consuelo en la aflicción y de sentido para vivir.

La Pasión y Muerte del Señor Jesús nos sitúa ante la realidad de las maldades cometidas, de nuestras provocaciones contra los demás, ante el misterio del mal. Y su Resurrección nos permite afirmar el triunfo de la bondad y de la vida sobre el pecado y la muerte que llega hasta nosotros. Todo queda asumido en la persona de Jesús, todo encuentra en el su explicación, todo lleva a superar los odios y a realizar el contenido de su enseñanza que es camino para vivir. Intentemos comprender desde lo más intimo la misericordia y compasión de Jesús aceptando la invitación de la hora de Jesús, esa hora de la salvación para nosotros. Para renovar nuestra fe y la misión de la comunidad, estamos llamados a volver a ese inicio, a la Iglesia naciente que vemos en María y Juan al pie de la cruz. Francisco acaba de exhortarnos en Malta a «vigilar para que las prácticas religiosas no se reduzcan a la repetición de un repertorio del pasado, sino que expresen una fe viva, abierta, que difunda la alegría del Evangelio, porque la alegría de la Iglesia es evangelizar». «No nos puede bastar una fe hecha de costumbres transmitidas, de celebraciones solemnes, de hermosas reuniones populares y de momentos fuertes y emocionantes; necesitamos una fe que se funda y se renueve en el encuentro personal con Cristo, en la escucha cotidiana de su Palabra, en la participación activa en la vida de la Iglesia, en el espíritu de la piedad popular».

Necesitamos adquirir la misma mirada de Cristo en lo alto de la cruz ofreciendo el perdón y abriendo el corazón a la misericordia. A el mismo -que se ofrece en sacrificio para la reconciliación- hemos de pedir coraje en la entrega, convicción y esperanza, pues sólo así conseguiremos un mundo mejor y un trato de hermanos entre todos. Contemplemos la realidad actual con interés por transformarla, mejorando nuestras relaciones entre las personas cercanas y lejanas. Cristo mismo es quien se nos presenta en el rostro de tantos hermanos y hermanas que sufren y son crucificados por el dolor, la miseria, la pobreza y la violencia. No nos conformemos con unas relaciones superficiales y vacías de contenido, dejemos que la celebración de los oficios, las procesiones y los actos de piedad nos lleven a lo esencial, para vivir con autenticidad la vida nueva que Jesús nos da. Para poder entrar de lleno en el misterio del amor misericordioso de Dios, el cristiano ha de vivir estos días con espíritu de fe y con recogimiento interior participando plenamente en los actos litúrgicos. Volver al corazón del Señor es redescubrir el centro de la fe, la relación con Jesús, la acogida al prójimo y el anuncio de su Evangelio al mundo entero.

La Semana Santa es la gran oportunidad para reencontrar la misericordia, morir con Cristo y resucitar con Él, para sofocar nuestro egoísmo y volver al amor, pues nos introduce en el «gran paso» hacia la Vida por la muerte y la resurrección realizada plenamente en Cristo y en nosotros sacramentalmente. El canto de los niños hebreos nos introduce en el Domingo de Ramos, profetizando ya la resurrección del Señor. Estos días son «tiempo de la espera del Esposo», como canta la antigua liturgia: «la sala de tu banquete nupcial la veo iluminada, oh mi Salvador; y no tengo vestido nupcial para entrar a disfrutar de tu belleza; Ilumina, Señor, el traje de mi alma y ¡sálvame!, Señor ¡sálvame!». Con este mismo deseo hemos de vivirlo también nosotros, abiertos a la gracia y la salvación de Dios, purificados, llenos de amor al Esposo que da la vida por nosotros y nos abre las puertas del cielo porque ya nos introduce en su corazón en la tierra. Sólo Dios puede elevar al hombre, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz.

Realmente Jesús es el Hijo de Dios

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Un año más nos disponemos a vivir, con toda nuestra fe, el Triduo Pascual en esta Semana Santa de este año 2022.

La Semana Santa es «la Semana grande de los cristianos». En ella conmemoramos los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, misterios a través de los que el Señor nos ha rescatado del pecado, nos ha reconciliado con el Padre, ganando nuestra categoría de hijos de Dios.

En este Triduo Pascual, debemos acompañar al Señor en la cena del Jueves Santo; estar a su lado en el momento de la pasión del Viernes Santo; y resucitar con Él a una vida nueva, en la que Dios sea realmente alguien importante para nosotros: Debemos plantearnos nuestra vida desde su mensaje y ser, para cuantos nos contemplen, un verdadero testimonio de vida como seguidores suyos.

Es importante centrar nuestra mirada en cada uno de los personajes de la Pasión, en sus comportamientos y actitudes. Meditar con ellos.

Me gustaría en este año centrar mi mirada en el centurión y en su afirmación: Realmente este hombre era Hijo de Dios (Mc 15, 39).

El centurión no ha reconocido a Jesús haciendo milagros, ni escuchando sus palabras, sino al verlo expirar de aquel modo. Él entendió que, dentro de aquella historia de las relaciones humanas, había acontecido algo totalmente nuevo que sólo podía tener su origen en Dios. El Hijo de Dios había venido a vivir nuestra muerte y nuestra vida para llenarlas de sentido a partir de aquel acontecimiento de la cruz. El centurión entendió que aquella muerte había introducido en el mundo la verdadera vida. Nosotros, contemplando a Cristo, entendemos que aquella muerte no fue un fracaso, sino un triunfo. El fin ignominioso del Señor parecía ser el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Sin embargo, no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el Hijo de Dios. Con su muerte Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, roto la soledad de nuestras lágrimas, y entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras inquietudes (Benedicto XVI).

Dios nos ha donado la cruz para poder atravesar con nosotros el tempestuoso mar de la existencia y hacer así la travesía más segura. La muerte se ha convertido en la suprema manifestación del amor que se dona.

La Cruz nos habla también del misterio del hombre, del misterio de la iniquidad. ¿Quién es el hombre? Personas capaces de pecar, capaces de vivir la enemistad con Dios, manifestada en la soledad de tantos jóvenes instruidos en el más radical individualismo, las desilusiones del más puro materialismo, las violencias, las guerras y el terrorismo que aniquila la vida de tantos inocentes. Pero a la vez, a la pregunta de ¿quién es el hombre? Encontramos que en el Calvario se nos responde diciendo: un pecador perdonado.

Ante el vil asesinato de Jesús, planificado y ejecutado por las autoridades políticas y religiosas, Dios no pudo permanecer callado; Dios en la noche de Pascua rompió su silencio para decirles a los verdugos de todos los tiempos que ellos no tendrán la última palabra. Se escucha con fuerza el grito en todo el orbe que Jesús ha Resucitado. Con la Resurrección de su Hijo, Dios manifiesta que la solidaridad y el amor, que el perdón y la misericordia, que la fraternidad y la igualdad prevalecerán sobre el poder económico y el poder religioso. La Resurrección de Jesús es la advertencia de Dios a toda la humanidad de que la maldad, la violencia, la guerra y la muerte de los fuertes sobre los débiles, de los grandes sobre los pequeños, jamás triunfarán sobre la tierra. Los poderosos de este mundo podrán cantar victoria, pero su triunfo será efímero; por tanto hermanos desbordemos de gozo y con los ángeles gritemos Cristo ha Resucitado.

La resurrección, subraya el Papa Francisco, es una fuerza imparable, entraña una explosión de vida que ha penetrado en el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. En medio de la oscuridad siempre brota algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto abundantísimo.

Es el Resucitado quien nos ilumina con su luz y nos alienta a seguir luchando y defendiendo la afirmación de la dignidad inviolable de todo ser humano desde su concepción hasta su muerte natural; la integridad de los derechos fundamentales que le son inherentes y la comprensión solidaria del bien común.

Es él quien nos invita y nos llama a hacer crecer un amor compasivo con todos los que sufren; un amor suplicante para que ablande los corazones de todos los hombres endurecidos por el odio, la violencia, la intolerancia y la mentira; un amor esperanzado en la posibilidad de que crezcan jóvenes pensantes y defensores de la verdad y la paz.

En estos días de Semana Santa estamos invitados a Acoger a María en nuestra casa como el discípulo amado para que nos enseñe la profundidad de los misterios de Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo. Ella, como Madre, nos confirma que Dios está de nuestra parte y con Ella, podemos comprobar, que Dios es nuestra fortaleza.

Atravesado el pórtico del Domingo de Ramos os deseo que viváis con gran devoción el Triduo Pascual y con alegría desbordante la Pascua de Resurrección. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Las Palmas de G.C., 11 de abril de 2022.-

+ José Mazuelos Pérez

Obispo de Canarias

 

Homilía de mons. Saiz Meneses del Martes Santo

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Homilía Misa Crismal 12 de abril de 2022   

  Mons. José Ángel Saiz Meneses. Catedral de Sevilla

Saludos: Queridos hermanos presentes en esta celebración: don Juan José, hermano en el episcopado, vicario general, vicarios episcopales, secretario general, arciprestes, delegados, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada, miembros del laicado; queridos todos, hermanas y hermanos. Estamos reunidos para celebrar la Misa Crismal, en que se reúnen los sacerdotes que forman el presbiterio en torno al pastor de la diócesis.

En una celebración tan llena de significado y contenido doy, en primer lugar, gracias a Dios, y también os quiero agradecer hermanos presbíteros y diáconos vuestra respuesta a la llamada de Dios y vuestro trabajo en toda la archidiócesis, en las parroquias y en los diferentes ámbitos pastorales, en tantas actividades en las que ponéis alma, vida y corazón acompañando pastoralmente las personas y las comunidades. Un agradecimiento grande y sincero, consciente de que en los últimos cursos las circunstancias han sido particularmente difíciles, y de que aún no hemos llegado a una normalidad pastoral plena.

 La Liturgia de la Palabra de hoy contiene una síntesis del Misterio Pascual y de la Historia de la Salvación. Las lecturas se centran en Cristo. La segunda, del libro del Apocalipsis, nos lo presenta como el “testigo fiel”, el “Primogénito de entre los muertos”, como el “Príncipe de los reyes de la tierra”, como aquel que “nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre”. Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo; Jesucristo, Redentor de la historia.

El Evangelio muestra el episodio en el que Jesús fue a Nazaret y entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados. Lee y comenta el fragmento del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él esperando sus palabras. Su comentario será breve y definitivo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oir”. Las palabras de la Escritura se han cumplido, porque en medio de vosotros está el Ungido, el Mesías, el enviado de Dios.

La unción es el símbolo de la efusión del Espíritu Santo. Hoy bendecimos los aceites que se utilizarán en la unción: el santo crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos. De esta forma confesamos que Cristo, que posee la plenitud del Espíritu Santo como Hijo de Dios y Redentor del mundo, enriquece de su plenitud a la Iglesia, y por medio de ella llena de bienes a todas las personas que abran el corazón a su salvación. Esta acción salvadora se lleva a cabo a lo largo del espacio y del tiempo a través de la Iglesia, que administra los sacramentos, signos de gracia y salvación.

Hoy celebramos la fiesta de nuestro sacerdocio y recordamos también la unción que recibimos en la ordenación. Esta unción significa el poder del Espíritu Santo, que el sacerdote recibe para celebrar la Eucaristía, para absolver de los pecados, para transmitir la fe y consolar a los afligidos, para edificar a la Iglesia como comunidad de fe y amor, como comunión que vive y anuncia la buena nueva del amor de Dios.

La liturgia que hoy celebramos nos presenta a Nuestro Señor Jesucristo en la triple función de Sacerdote, Profeta y Rey. Nosotros participamos de su sagrado ministerio y por eso participamos con fe en la liturgia de bendición de estos óleos que servirán para ungir a los catecúmenos en el bautismo, los bautizados que reciban la confirmación, los enfermos en su dolor, y finalmente, los candidatos al sacerdocio.

Nosotros hemos sido ungidos al servicio de los hermanos, al servicio del pueblo de la Nueva Alianza sellada por la sangre de Cristo. Nuestras manos fueron ungidas en la ordenación para que con la fuerza del Espíritu Santo y conformados a imagen de Cristo demos testimonio de fidelidad y amor, entreguemos la vida por el Señor y por los hermanos.

El Jueves Santo recordaremos la institución de la Eucaristía. Para celebrar el sacrificio eucarístico hemos sido ungidos en el sacramento del orden. Como dispensadores de la Eucaristía nos convertimos en servidores de Jesucristo y de todo el pueblo de Dios. Hoy lo recordamos especialmente con una profunda actitud de acción de gracias al Señor, que nos hace partícipes de su plenitud.

La finalidad de la Eucaristía es que lleguemos a vivir una comunión plena con Cristo tal como expresa la alegoría de la vid y los sarmientos, tal como san Pablo lo refería a los cristianos de Galacia cuando afirma: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (2,20). Esto se realiza por la presencia y la acción poderosa del Cuerpo de Cristo. Debemos vivir cada día más ese sentido de la Eucaristía como encuentro, como presencia, como comunión real con Cristo. Debemos, asimismo, transmitirlo a nuestras comunidades, a nuestros fieles, que están llamados a vivir también esta relación con Jesucristo.

El Jueves Santo es el día del nacimiento de nuestro sacerdocio y también es el día de la institución de la Eucaristía. Hoy renovaremos las promesas que hicimos el día de la ordenación. Estas promesas nos afianzarán en nuestra vida sacerdotal y reavivarán el deseo de una entrega generosa para servir al pueblo de Dios allá donde seamos enviados a ejercer nuestro ministerio. Nos acompañan en esta celebración numerosos fieles de la archidiócesis. Mientras renovamos las promesas sacerdotales nos encomendamos también a su oración, para que seamos fieles a nuestra llamada, a la vocación que hemos recibido de Dios para el bien de la Iglesia y del mundo.

Hoy renovamos las promesas sacerdotales conscientes de la grandeza del don de Dios y conscientes, asimismo, de nuestra pobreza e indignidad. Al renovarlas, pedimos la gracia de la fidelidad, la gracia de la perseverancia, la gracia de estrenar cada día nuestro sacerdocio con ilusión renovada. Al renovarlas, pedimos también a Dios que el don de la vocación sacerdotal sea acogido generosamente por el corazón de todos los jóvenes que Cristo hoy sigue llamando para que dejándolo todo, le sigan para estar con Él y para ser enviados a predicar la Buena Nueva del Reino.

Renovamos en nuestros corazones la ordenación sacerdotal, reavivamos la gracia del sacramento. Renovamos las promesas de conformarnos cada día más y mejor al Señor Jesús, de renunciar a nosotros mismos, de amar a la Iglesia y de cumplir los deberes sagrados. Renovamos los compromisos de ser fieles dispensadores de los misterios de Dios, de predicar la Palabra imitando a Cristo, de dar la vida en servicio de los hermanos. Junto con el Señor, que nuestra vida sea llevar la Buena Nueva a los desvalidos, proclamar a los cautivos la libertad, devolver a los ciegos la luz, proclamar el año de gracia del Señor. Con actitud de servicio, como el Señor, que no vino a ser servido, sino a servir.

Que esta eucaristía nos ayude a vivir cada día más generosamente nuestro ministerio sacerdotal, confiados en el Señor, apoyados también en nuestra fraternidad sacerdotal. Que la conciencia de su presencia entre nosotros, día tras día hasta el fin del mundo, sea consuelo y esperanza en todas las circunstancias. Que nuestra existencia sea una existencia profundamente agradecida y entregada hasta el extremo, orientada hacia Cristo, en la escuela de María Santísima, Madre de los sacerdotes. Ella es, en todo momento, consuelo y fortaleza, Madre y Maestra que nos enseña y nos ayuda a vivir unidos a su Hijo Jesús. Que así sea.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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Mons. Lorca pide a los sacerdotes cercanía a Dios, al resto del presbiterio, al obispo y al Pueblo de Dios

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El obispo ha presidido la celebración en la que los presbíteros han renovado sus promesas sacerdotales, y se ha consagrado el Santo Crisma y bendecido los óleos con los que se ungirá a catecúmenos y enfermos.

El repique de las campanas de la catedral anunciaba a la ciudad de Murcia que esta mañana de Martes Santo es importante para la Iglesia diocesana, ya que tiene lugar la celebración de la Misa Crismal, en la que el presbiterio diocesano renueva sus promesas sacerdotales, y se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos con los que se ungirá a catecúmenos y enfermos.

El obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes, ha presidido la celebración, acompañado por el arzobispo emérito de Burgos, Mons. Francisco Gil Hellín; el Cabildo Catedralicio, los vicarios episcopales y gran número de sacerdotes. Especialmente a ellos, a los presbíteros, ha dedicado las palabras de la homilía, hablándoles sobre todo de la importancia de la cercanía para su ministerio. Para ello ha utilizado las palabras del Papa Francisco, quien destaca que el sacerdote debe estar cercano a Dios, a través de la oración diaria; a los hermanos sacerdotes, «con un estilo fraterno, caritativo, austero, con respeto, colaboración mutua, disponibilidad y generosidad»; cercano también al obispo, como vínculo que une en comunión; y cercano «a la gente, para convocar a la comunidad y ayudarla a crecer en el sentimiento de pertenencia al Santo Pueblo de Dios».

El obispo ha querido que sus primeras palabras de esta celebración diocesana hablaran de paz: «Comenzamos hablando de paz, porque es urgente en estos momentos de nuestra historia, aunque esta ha sido siempre la tarea más significativa de la Iglesia… Esta misma es la paz que os deseo, la paz que nos da el Señor, la que se nos pide como respuesta y como estilo de vida».

Al finalizar la homilía, los presbíteros han renovado junto al obispo sus promesas sacerdotales. Durante la plegaria eucarística, Mons. Lorca ha bendecido el óleo de los enfermos y al finalizar la oración de después de la comunión ha bendecido el óleo de los catecúmenos y ha consagrado el Santo Crisma, derramando aromas sobre el aceite. Con este Crisma serán ungidos los bautizados, confirmados y los ordenados para el ministerio sacerdotal; y también se consagrarán con él los altares y las iglesias.

Mons. Lorca ha pedido a los fieles presentes en la celebración, y a quienes han podido seguirla a través de Popular Televisión, que recen por los sacerdotes, especialmente por los enfermos y ancianos, y por los quince que han fallecido este curso. También ha tenido un recuerdo especial para los nueve presbíteros que participaban hoy por primera vez en esta Misa Crismal.

Homilía del obispo de Cartagena Fotografías de Susana Mendoza y Cristina Celdrán Galería de imágenes

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Mons. Saiz agradeció en la Misa Crismal a todos los sacerdotes que sirven a la Iglesia con alma, vida y corazón

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Mons. Saiz agradeció en la Misa Crismal a todos los sacerdotes que sirven a la Iglesia con alma, vida y corazón

La Catedral de Sevilla acogió la mañana de este Martes Santo la Misa Crismal, presidida por monseñor José Ángel Saiz, arzobispo de Sevilla y concelebrada por monseñor Juan José Asenjo, arzobispo emérito y sacerdotes del clero sevillano.

“Hoy celebramos la fiesta de nuestro sacerdocio y recordamos también la unción que recibimos en la ordenación. Esta unción significa el poder del Espíritu Santo, que el sacerdote recibe para celebrar la Eucaristía, para absolver de los pecados, para transmitir la fe y consolar a los afligidos, para edificar a la Iglesia como comunidad de fe y amor, como comunión que vive y anuncia la buena nueva del amor de Dios”, reflexionó mons. Saiz en su homilía.

La Misa Crismal es una celebración llena de significado y contenido, en la que el pastor de la Iglesia en Sevilla agradeció a los presbíteros y diáconos su respuesta a la llamada de Dios y su trabajo en toda la Archidiócesis, en las parroquias y en los diferentes ámbitos pastorales, en tantas actividades “en las que ponéis alma, vida y corazón acompañando pastoralmente las personas y las comunidades”.

Un agradecimiento grande y sincero – añadió  mons. Saiz Meneses – consciente de que en los últimos cursos las circunstancias han sido particularmente difíciles, y de que aún no hemos llegado a una normalidad pastoral plena.

Bendición del santo crisma

Durante la ceremonia, el arzobispo hispalense bendijo los aceites que se utilizarán para la unción, símbolo de la efusión del Espíritu Santo: el santo crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos, es decir, el óleo que servirá para ungir a los catecúmenos en el bautismo, los bautizados que reciban la confirmación, los enfermos en su dolor, y finalmente, los candidatos al sacerdocio. “Esta acción salvadora se lleva a cabo a lo largo del espacio y del tiempo a través de la Iglesia, que administra los sacramentos, signos de gracia y salvación”.

Institución de la Eucaristía

El Jueves Santo la Iglesia recuerda la institución de la Eucaristía. “Para celebrar el sacrificio eucarístico hemos sido ungidos en el sacramento del orden. Como dispensadores de la Eucaristía nos convertimos en servidores de Jesucristo y de todo el pueblo de Dios. Hoy lo recordamos especialmente con una profunda actitud de acción de gracias al Señor, que nos hace partícipes de su plenitud”, expresó don José Ángel.

Durante la celebración eucarística, los sacerdotes renovaron “las promesas sacerdotales conscientes de la grandeza del don de Dios y conscientes, asimismo, de nuestra pobreza e indignidad”. Por ello, “al renovarlas, pedimos la gracia de la fidelidad, la gracia de la perseverancia, la gracia de estrenar cada día nuestro sacerdocio con ilusión renovada. Al renovarlas, pedimos también a Dios que el don de la vocación sacerdotal sea acogido generosamente por el corazón de todos los jóvenes que Cristo hoy sigue llamando para que dejándolo todo, le sigan para estar con Él y para ser enviados a predicar la Buena Nueva del Reino”.

Amor a la Iglesia

Monseñor Saiz manifestó que el Jueves Santo es el día del nacimiento del sacerdocio y también es el día de la institución de la Eucaristía. “Renovamos en nuestros corazones la ordenación sacerdotal, reavivamos la gracia del sacramento. Renovamos las promesas de conformarnos cada día más y mejor al Señor Jesús, de renunciar a nosotros mismos, de amar a la Iglesia y de cumplir los deberes sagrados”.

Los sacerdotes del clero renuevan los compromisos de ser fieles dispensadores de los misterios de Dios, de predicar la Palabra imitando a Cristo, de dar la vida en servicio de los hermanos. “Junto con el Señor, que nuestra vida sea llevar la Buena Nueva a los desvalidos, proclamar a los cautivos la libertad, devolver a los ciegos la luz, proclamar el año de gracia del Señor. Con actitud de servicio, como el Señor, que no vino a ser servido, sino a servir”.

Comunión espiritual 

El cardenal arzobispo emérito de Sevilla, Carlos Amigo envió una misiva, leída al término de la Eucaristía por el secretario general y canciller de la diócesis, Isacio Siguero, donde ha manifestado que sus circunstancias actuales de salud le imposibilitaron asistir físicamente a la celebración eucarística, sin embargo, estaba en comunión espiritual con todos sus hermanos del presbiterio, “verdaderos trabajadores de la viña del Señor que tanto ejemplo de empeño os ha dado”.

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Los presbíteros diocesanos renuevan sus promesas sacerdotales en la primera Misa Crismal de Don Sebastián como Obispo

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Como cada Martes Santo, esta mañana se celebraba, en la Catedral de Jaén, la Misa Crismal, la primera que preside Don Sebastián Chico Martínez como Obispo.  En ella han participado alrededor de 130 presbíteros, llegados de todos los puntos de la geografía diocesana, que han renovado, un año más, sus promesas sacerdotales.

Han concelebrado, junto al Obispo, el emérito de Jaén, Don Amadeo Rodríguez Magro; el Vicario General y Deán de las Catedrales, Don Francisco Juan Martínez Rojas; y otros miembros del Cabildo Catedral. También, ha estado presente Monseñor D. Fernando Chica Arellano, Observador permanente Santa Sede en la FAO, el FIDA y el PDA.

Asimismo, han participado los diáconos permanentes de la Diócesis y multitud de fieles y religiosas.

Fieles y seminaristas han sido los encargados de las Lecturas y el diácono permanente Andrés Borrego de proclamar el Evangelio.

Homilía
El Obispo de Jaén, Don Sebastián Chico Martínez, ha comenzado su homilía subrayando que los óleos que se van a bendecir y el Crisma que se iba a consagrar «son signos de la comunicación misteriosa e incesante del Espíritu con la que Jesucristo consuela a los enfermos, santifica a los catecúmenos y a los cristianos, y nos consagra a los sacerdotes para que seamos signos vivientes de su presencia santificadora en medio de su pueblo».

Asimismo, dirigiéndose a los presbíteros, el Obispo les  ha recordado que «por la consagración sacerdotal, de forma íntima y misteriosa, somos la presencia visible de su actual presencia invisible en el corazón de todos los hombres de buena voluntad, como cabeza de la Iglesia, como fuente secreta de vida nueva, como principio de una nueva humanidad. Por lo tanto, la prioridad de nuestro ministerio, sobre todo, es hacer presente a Dios».

En este sentido, el Prelado les ha querido dar gracias, en nombre del Señor y de nuestra Iglesia de Jaén, por su entrega y fidelidad, su trabajo de cada día y su buena voluntad. A la vez que ha dado gracias por el fruto de la ordenación sacerdotal de Antonio José Blanca, que el pasado mes de junio, se incorporaba a nuestro presbiterio diocesano. Así, los ha animado a «vivir sinceramente nuestra fidelidad al don recibido y nuestra fraternidad sacramental; a poner vuestra vida totalmente al servicio de Dios y de nuestro pueblo, sin reservarnos nada, con la madurez que requiere nuestro ministerio y sin olvidar el frescor del amor primero». Y los ha incitado a caminar con fortaleza, alegría y esperanza. «El Señor sigue realizando hoy también su obra de renovación y de redención, y cuenta con nosotros, ungidos con la fuerza de su Espíritu».

Además, el Pastor diocesano ha querido tener presentes en esta celebración a los sacerdotes recientemente fallecidos y los mayores que no han podido participar.

Posteriormente, se ha dirigido a los seminaristas para recordarles que son la esperanza de  nuestro presbiterio y de nuestra Iglesia de Jaén. «Os animo a hacer este camino de preparación al Ministerio sacerdotal con paso firme y decidido, sin que os falte la ilusión y el agradecimiento a la llamada que habéis recibido y la respuesta que estáis dando, ante el Misterio tan enorme y hermoso que Dios quiere poner en vuestras manos para el servicio de su pueblo». Y ha querido manifestar el dolor que siente al saber que «el aceite que va a ser consagrado, no será  utilizado en su plenitud, consagrando unas manos nuevas para el ofrecimiento del sacrificio de Cristo», ya que este en los próximos años no van a recibir el orden sacerdotal ninguno de los seminaristas que se preparan para ello.

Del mismo modo, Don Sebastián también ha querido dirigirse a los laicos y religiosos, a los que ha pedido su oración constante, su comprensión y su afecto. «El calor de vuestra cercanía y de vuestra oración nos ayudará a que seamos “santos sacerdotes», ha apuntado. Para continuar pidiendo perdón «por nuestras deficiencias, por los momentos en los que no reconocéis en nosotros el “corazón del buen pastor”».

Finalmente,  bajo la intercesión de la Virgen María, Ntra. Sra. de la Cabeza, nuestro patrón San Eufrasio, y de tantos mártires y santos que han abonado nuestras tierras con sus vidas,  ha querido pedir al Señor «que se haga presente poderosamente en nuestras vidas, y que nos llene de todos los bienes de su Espíritu, haciéndonos verdaderos instrumentos eficaces de su Reino».

Renovación de las promesas y  bendición de los santos óleos
Tras la homilía, el clero diocesano ha renovado sus promesas sacerdotales ante el Obispo de Jaén.

Después, se ha llevado a cabo el rito de la bendición de los santos óleos y la consagración del santo crisma, que servirá a lo largo de todo el año para ungir a los enfermos y a los que recibirán los Sacramentos del Bautismo, la Confirmación o el Orden Sacerdotal.

Los seminaristas y los diáconos permanentes han presentado ante el Prelado las tres ánforas de aceite. Primero el óleo de los enfermos y, después, el de los catecúmenos, han sido bendecidos. La última ánfora ha sido la del óleo para el Santo Crisma. El Obispo ha insuflado sobre él su aliento, como parte del rito, para finalizar con la oración de la consagración. Posteriormente, los tres recipientes se han situado delante del altar, donde han permanecido durante toda la celebración.

Tras la bendición final, Don Sebastián se ha mostrado muy emocionado, ya que se trata de su primera Misa Crismal como Obispo. Y la celebración culminaba con una cerrada ovación del clero diocesano, a su nuevo Prelado.

Ya en la Sacristía, Monseñor Chico Martínez ha querido desear a sus presbíteros un feliz y santo día, animándolos a vivir, especialmente hoy, la fraternidad. Del mismo modo, los ha alentado a vivir con intensidad esta Semana Santa.

Este año los 50 litros de aceite de oliva virgen extra han sido donados desde Cofradía del Santísimo Cristo de la Salud, patrón de Villargordo, y se han repartido entre todos los Arciprestazgos de la Diócesis.

Galería fotográfica: «Misa Crismal 2022»

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Homilía del Obispo de Jaén en la Misa Crismal 2022

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Es costumbre, en este día, reunirnos todo el presbiterio junto al obispo, a los diáconos permanentes, religiosos y un buen grupo de fieles, en la Catedral para la celebración de la Misa Crismal. Aunque la estemos celebrando anticipadamente, la Iglesia la sitúa en el Jueves Santo, día de la institución del Sacramento de la Eucaristía y, en íntima relación, del Sacramento del Orden sacerdotal.

Los óleos que bendecimos y el crisma que consagraremos son signos de la comunicación misteriosa e incesante del Espíritu, con la que Jesucristo, consuela a los enfermos, santifica a los catecúmenos y a los cristianos, y nos consagra a los sacerdotes para que seamos signos vivientes de su presencia santificadora en medio de su pueblo.

El Señor vivió su vida humana en íntima comunión filial con el Padre del Cielo, una comunión hecha de amor, alabanza y obediencia. Esta comunión de amor quedó consumada en el momento supremo de su muerte en la Cruz. Desde entonces, su amor filial es la máxima expresión de la Alianza de Gracia ofrecida por el Padre en Cristo a la humanidad entera. Todo hombre, al ser pensado por Dios y llamado a la vida, está insertado en esta relación de amor y de gracia que viene del Padre, renace en el Hijo y permanece en la plenitud del Espíritu Santo.

Por el bautismo nos incorporamos de manera más íntima en esta relación de amor y de vida. Pues, somos injertados en Cristo y por Él y en Él recibimos el amor del Padre, su Espíritu; por Él y en Él podemos amar a Dios como Padre, con la reverencia y la confianza del mismo Jesús; por Él y en Él vivimos en el mundo como hijos, puesto nuestro corazón en las cosas eternas, libres para la alabanza y para la fraternidad, libres para hacer obras de justicia y de misericordia, siendo testigos y constructores de la nueva humanidad de Dios inaugurada por la encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad, Sumo Sacerdote, Víctima y Altar, que ha unido plenamente el cielo con la tierra.

Nosotros, sacerdotes y obispos, llamados, consagrados y unidos a Cristo, compartiendo sus sentimientos y su misión, somos signos e instrumentos de su amor, extensión viviente del sacerdocio de Jesús en todos los tiempos y en todos los lugares de la tierra.

Por ello, la vocación que hemos recibido nos apremia a vivir totalmente arraigados en Jesús, de manera que sus sentimientos sean nuestros sentimientos, sus palabras sean nuestras palabras, y sus obras de perdón y misericordia sean el ejemplo y la referencia permanente de nuestras buenas obras. Somos de alguna manera continuación y manifestación de la presencia invisible de Jesús, Sacerdote y Mesías, en este mundo visible. No somos sucesores de un fundador. Por la consagración sacerdotal, de forma íntima y misteriosa, somos la presencia visible de su actual presencia invisible en el corazón de todos los hombres de buena voluntad, como cabeza de la Iglesia, como fuente secreta de vida nueva, como principio de una nueva humanidad.

Por lo tanto, la prioridad de nuestro ministerio, sobre todo, es hacer presente a Dios. No a un Dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí, al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (Cfr. Jn 13,1) en Jesucristo crucificado y resucitado.

Jesús nos ha llamado para compartir su misión y hacernos sus amigos. ¡Qué gran honor! Demos gracias al Señor por este gran regalo siempre inmerecido.

Queridos sacerdotes, en esta celebración solemne quiero agradeceros, en nombre del Señor y de todo el pueblo de Dios, de nuestra Iglesia de Jaén, vuestra entrega y fidelidad, vuestro trabajo de cada día y vuestra buena voluntad tantas veces manifestada. Demos gracias por el fruto de la ordenación sacerdotal de Antonio José Blanca, que el pasado mes de junio se incorporaba a nuestro presbiterio.

Tengamos un recuerdo especial por nuestros hermanos recientemente fallecidos: D. Pablo Luis Armero, D. Antonio Cobo, D. Miguel Funes, D. Bernardo Velasco, D. Juan Antero Hurtado, D. Lorenzo Pérez y D. Miguel Reyes. Y, también, por los ancianos y enfermos que no han podido venir hoy aquí a pesar de sus deseos, y por los que padecen cualquier tribulación o crisis.

Os animo a vivir sinceramente nuestra fidelidad al don recibido y nuestra  fraternidad sacramental; a poner vuestra vida totalmente al servicio de Dios y de nuestro pueblo, sin reservarnos nada – pues somos “todo del Señor” – , con la madurez que requiere nuestro ministerio y sin olvidar el frescor del “amor primero”.

Nuestras comunidades, las nuevas generaciones, las personas que forman nuestra sociedad jiennense, las que viven la dureza del día a día, en la familia, en el trabajo, en la angustia de no vivir una vida digna, y que muchos de ellos, jóvenes y adultos, se pueden encontrar en la desesperanza y solos, necesitan de nosotros, del “signo eficaz” de nuestro ministerio que siempre es joven, esperanzador y generoso.

Queridos seminaristas, sois la esperanza de nuestro presbiterio y de nuestra Iglesia de Jaén. Os animo a hacer este camino de preparación al Ministerio sacerdotal, con paso firme y decidido, sin que os falte la ilusión y el agradecimiento a la llamada que habéis recibido y la respuesta que estáis dando, ante el Misterio tan enorme y hermoso que Dios quiere poner en vuestras manos para el servicio de Su pueblo.

Comparto, con todos vosotros, el dolor que siento, que es también el dolor de nuestro pueblo, de saber que este año, el aceite que va a ser consagrado, no será  utilizado en su plenitud, consagrando unas manos nuevas para el ofrecimiento del sacrificio de Cristo. Durante varios años vamos a vivir esta “sequedad”, pero la misma nos debe llamar a todos a la responsabilidad que tenemos para hacer vibrar el corazón de aquellos jóvenes que, estoy convencido, el Señor está llamando y que necesitan de nuestra oración y de nuestro hermoso testimonio, para alcanzar la fortaleza necesaria para responder a la voluntad de Dios.

A pesar de las dificultades, con las que nos encontramos, y de las grandes exigencias de nuestro sacerdocio, hoy queremos y volvemos a renovar ante el pueblo de Dios nuestros compromisos y deseos de ser los “fieles servidores” del Señor para el bien de nuestros hermanos, Su pueblo.

Delante de vosotros, queridos fieles, manifestamos nuestra voluntad sincera de fidelidad y de servicio. Queremos vivir con integridad y total entrega nuestro ministerio, queremos vivir intensamente unidos a Jesucristo para ser auténticos  anunciadores y dispensadores de los bienes de la salvación.

“Señor, hoy, en la pobre barca de nuestra vida, nos vuelves a decir: remar mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Y nosotros, temerosos ante la responsabilidad de la misión encomendada, te decimos: en tu palabra echaré las redes. (Cfr. Lc 5, 3 – 5) ¡Gracias por tu confianza! ¡Gracias por el amor con el que has ungido todo nuestro ser!”  Y ante los avatares de la vida Él nos sigue diciendo: No tengáis miedo, yo estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos (Cfr. Mt 28, 10.20).

Queridos sacerdotes, caminemos con fortaleza, alegría y esperanza. El Señor sigue realizando hoy también su obra de renovación y de redención, y cuenta con nosotros, ungidos con la fuerza de su Espíritu, como contó con la confianza y la fuerza de los Apóstoles, con el vigor y la eficacia de los primeros cristianos. Por ello, vivamos con seriedad nuestra vida espiritual y nuestro deseo de ser cada día más santos, respondiendo fielmente a su voluntad.

El Señor y la Iglesia necesitan sacerdotes identificados con la palabra de Jesús, impregnados y enardecidos por su mismo Espíritu, enriquecidos por los sacramentos que celebran, por la oración asidua y la comunión de vida, y, llenos del don de la Caridad Pastoral, dedicados con entusiasmo y generosidad al ejercicio del ministerio apostólico. En definitiva, necesitan de nosotros que seamos “buenos pastores”, “hombres de Dios”.

Queridos hijos, laicos y religiosos que nos acompañáis esta mañana, que estáis cerca de vuestros pastores, en vosotros está presente el pueblo de Dios que camina en la Iglesia del Santo Reino, ¡rogad por nosotros!, ayudadnos con vuestra oración constante, con vuestra comprensión y afecto. No somos más que nadie. Hemos sido sacados de entre vosotros para que, ungidos y unidos a Cristo, compartiendo su misión, sed devueltos a vosotros para serviros y ayudaros, y, caminando juntos, alcanzar la salvación. Salvación que podemos degustar en nuestro día a día, respondiendo al amor y a la voluntad de Dios, pero que deseamos conseguir en plenitud cuando lleguemos a la casa del Padre.

Somos débiles y pecadores, como cualquiera de vosotros, pero con la responsabilidad de una misión que nos sobrepasa y nos sobrecoge. El calor de vuestra cercanía y de vuestra oración nos ayudará a que seamos “santos sacerdotes”.  

Os pedimos perdón por nuestras deficiencias, por los momentos en los que no reconocéis en nosotros el “corazón del buen pastor”, ser “un hombre de Dios”, por nuestra falta de trato, de ternura, de humildad y de misericordia, por nuestros personalismos y divisiones que nos alejan de un estar “cerca de vosotros y cerca del resto de nuestros hermanos sacerdotes” y no caminar unidos. Y, también, os pedimos perdón por cualquier tipo de infidelidad que hayamos podido cometer al amor de Dios y a la misión encomendada. Y, como obispo, aunque lleve poco tiempo entre vosotros, os pido perdón si no he estado a la altura de lo que Dios me está pidiendo.

Sois nuestro gozo y nuestra corona, sois la herencia que el Señor nos ha dejado. Que Él os premie todo el bien con el que enriquecéis nuestra pobre vida y con el que nos ayudáis, muchos de vosotros colaborando intensamente en nuestro apostolado. ¡Gracias!

Queridos sacerdotes, queridos hijos, sostenidos y animados por la intercesión de la Virgen María, Madre de los Apóstoles, Ntra. Sra. de la Cabeza, de San Eufrasio nuestro Patrón, y de tantos mártires y santos que han abonado nuestras tierras con sus vidas, le pedimos al Señor que se haga presente poderosamente en nuestras vidas, y que nos llene de todos los bienes de su Espíritu, haciéndonos verdaderos instrumentos eficaces de su Reino.

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

 

 

 

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La Diócesis celebra la Misa Crismal

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El primer templo de la Diócesis ha acogido esta mañana la celebración de la Misa Crismal presidida por Monseñor José Rico Pavés.

En la jornada de hoy la Santa Iglesia Catedral ha acogido la celebración de la Misa Crismal presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez. Siguiendo las correspondientes medidas higiénico-sanitarias, en esta celebración se ha consagrado el Santo Crisma y los restantes óleos o aceites utilizados para los distintos Sacramentos, acto que tiene como peculiaridad e importancia que solo puede realizarlo un Obispo. Asimismo, en esta Eucaristía se vive un momento muy especial para toda la Iglesia Asidonense, en concreto para el pueblo sacerdotal ya que renuevan sus promesas como presbíteros.

En la homilía Monseñor José Rico Pavés ha recordado como Cristo no actúa sólo sino con el Padre y ungido con el Espíritu Santo, así Cristo también nos pide seguir su camino con la vocación a la que Él nos llamado. Asimismo, debemos tener presente que Cristo es nuestro primer y principal pilar.

Por otro lado, el prelado ha mencionado la importancia de esta celebración para todo el pueblo de Dios pero especialmente para los sacerdotes que deben ser como diría el Santo Cura de Ars, amor del corazón de Cristo. Otra de las partes importantes de esta celebración a la que ha hecho mención Mons. Rico Pavés es la consagración del Santo Crisma y los óleos o aceites utilizados para los Sacramentos que muestran la gran entrega a la que el sacerdote esta llamado con los fieles a los que se les ha encomendado.

En la misma idea, el prelado ha pedido a las personas consagradas y seglares la importancia de rezar por todo el pueblo sacerdotal, asimismo, los propios presbíteros que sean pastores de los fieles que son la imagen de Cristo a los que deben acompañar.

Tras esta Misa Crismal recordamos las siguientes celebraciones que darán comienzo el Triduo Pascual, presidido por Monseñor Rico Pavés, iniciándose el Jueves Santo con la cena del Señor a las 17:30hrs, el Viernes Santo la Pasión del Señor a las 13hrs, el Sábado Santo la Vigilia Pascual a las 23hrs y por último el Domingo de Resurrección a las 11hrs.

Por último, Monseñor José Rico Pavés ha hecho público que tras el Domingo de Resurrección se podrá empezar a visitar los templos jubilares para conseguir la Indulgencia Plenaria con motivo del Año Jubilar concedido por la Santa Sede. – Aquí tienen información sobre este tema – https://wp.diocesisdejerez.org/2022/03/31/ano-jubilar-con-motivo-del-sagrado-corazon-de-jesus-toda-la-informacion-sobre-las-distintas-actividades-y-templos-jubilares/

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