Inicio Blog Página 3977

“Él había de resucitar de entre los muertos”

0

“Él había de resucitar de entre los muertos”

Evangelio de hoy, domingo 17 de abril. Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor.

– Hch 10, 34a. 37-43.
– Sal 117.
– Col 3, 1-4.
– Secuencia. Ofrezcan los cristianos.

– Jn 20, 1-9.

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Ver este artículo en la web de la diócesis

La Iglesia Asidonense celebra el Triduo Pascual

0

La Santa Iglesia Catedral ha acogido el Triduo Sacro presidido por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez.

Jueves Santo Misa Cena del Señor

Celebración completa de la Cena del Señor

El Jueves Santo comenzaba en la Santa Iglesia Catedral el Triduo Sacro con la celebración de la Cena Señor presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez. Tras las celebraciones del Domingo de Ramos con la Misa de palmas y la Misa Crismal con la consagración del Santo Crisma y los distintos óleos y aceites que serán utilizados en los Sacramentos, se iniciaban los Santos Oficios que por primera vez presidía el pastor diocesano tras tomar posesión el pasado 31 de julio del pasado año.

Siguiendo las correspondientes medidas higiénico-sanitarias, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez recordaba en su predicación la importancia de vivir este Triduo Sacro como una oportunidad nueva de renovar con Cristo nuestra vida. Asimismo, utilizar este encuentro para acercarnos aún más a la eternidad y así llenar nuestro corazón del amor de Cristo el cual es necesario para nuestra vida, ya que sin él estaremos desorientados en nuestra vida.

Por otro lado, el prelado recordaba la importancia de la liturgia de estos días, al igual que todo lo que vivimos en la calle con las Hermandades y Cofradías que nos indican que estamos viviendo un momento especial que desembocará en el tiempo litúrgico de la Pascua. Igualmente, el pastor diocesano nos recordaba en las distintas lecturas de la Sagrada Escritura como nos va indicando y anticipando al momento culmen de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

En otro orden de ideas, Monseñor Rico Pavés subraya una palabra “conmemoración o memorial”, haciendo referencia a lo que vivimos cada día en la Eucaristía donde Cristo se hace presente con su cuerpo y sangre haciéndonos partícipe de la entrega más grande de todos los tiempos. Asimismo, nop debemos olvidar ese amor extremo de Cristo que se postra ante los apóstoles y les lava los pies como signo de servicio a los demás.

Por último, la reserva de la Eucaristía fue llevada hasta el sagrario situado en el templo catedralicio donde todos los fieles allí presentes adoraron junto al Sr. Obispo.

Viernes Santo Celebración de la Pasión del Señor

Celebración completa de la Pasión del Señor

Tras el primer día del Triduo Sacro con la celebración de la Misa de la Cena del Señor, llegaba el segundo día con la celebración de la Pasión del Señor, presidida por Monseñor José Rico Pavés, en la que el símbolo de la cruz y su adoración era la protagonista.

Siguiendo las correspondientes medidas higiénico-sanitarias, el prelado recordó en su homilía la importancia de mirar con los ojos de Cristo estas celebraciones para así poder vivirla intensamente, esto quiere decir poner todos los sentidos en este momento que estamos viviendo y sentirlo desde lo más profundo.

“Dios mío, por qué me has abandonado” con estas palabras Monseñor Rico Pavés nos recuerda como Cristo se abandona al Padre porque se sabe sostenido por su amor. Este hecho nos hace darnos cuenta de que debemos abandonarnos a la voluntad del Padre y experimentaremos su ternura.

En otro orden de ideas, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez subraya que debemos aprender amando y dejarnos curar las heridas por el amor de Cristo. Igualmente, subraya la importancia de calmar nuestra sed en el costado abierto de Cristo, donde siempre estaremos saciados si ponemos nuestra vida en Él.

“Derramar amor hacia todos”, con estas palabras el prelado nos recuerda que estamos hechos para amar y ese acto ensancha nuestro corazón haciendo que podamos acercarnos a la eternidad. Asimismo, sobre todo debemos amar a nuestros enemigos y acordarnos de aquellos que no aman.

Por último, el día de la adoración de la cruz el prelado nos recuerda que en la debilidad Dios es capaz de sacar frutos y llenarnos de su fuerza.

Sábado Santo Vigilia Pascual

Celebración completa de la Vigilia Pascual

Tras la Pasión del Señor vivíamos en el primer templo de la Diócesis la Vigilia Pascual, la celebración de la Resurrección de Cristo. Comenzábamos en la entrada de la Santa Iglesia Catedral, para una vez encendido el Cirio Pascual, todos los presentes junto al Sr. Obispo de Asidonia-Jerez, Monseñor José Rico Pavés, que presidía la Vigilia, entraban en el templo madre de la Diócesis para seguir con la liturgia de la celebración.

“De manos de la Iglesia hemos sido introducidos en un encuentro nuevo con Cristo que cambia definitivamente la vida”, con estas palabras Monseñor José Rico Pavés nos recuerda el inmenso amor que el Señor nos tiene al entregar su vida por todos nosotros. Asimismo, el prelado ha mencionado que el encuentro con Cristo es dejarnos guiar por su luz para que en esta vida no estemos desorientados.

Por otro lado, el Sr. Obispo Asidonia-Jerez, ha mencionado que el don de la fe es mirar este mundo con los ojos de Cristo. Asimismo, ha recordado que en la segunda parte de la Vigilia la liturgia nos hace ver como la palabra nos anuncia lo que hoy celebramos, y en Cristo el Padre nos ha dicho todo, por ello debemos acogerlo a Él.

En otro orden de ideas, Mons. Rico Pavés ha mencionado la renovación bautismal que nos marca el inicio de una nueva vida, el nacimiento de algo nuevo. Por ello, debemos vivir cada momento de la liturgia como novedad, porque si no es así y en cambio lo vivimos como rutinario es señal de que nuestro corazón se está estrechando.

“Misterio de amor por el cual Cristo nos concede participar en su hora en el momento de la cruz”, con estas palabras ha recordado el prelado la importancia de la Eucaristía ya que así cuidaremos nuestro trato con Cristo, ya que siempre que participamos de ella ensanchamos nuestro corazón. Asimismo, la Santa Misa es puerta de comunión con la Santísima Trinidad, por ello para ser comunión el pueblo de Dios debe participar con Él de Sacramento del Altar.

Ver este artículo en la web de la diócesis

UNA VIDA NUEVA ES POSIBLE

0

Mirad, hace casi dos mil años que la Luz de una vida nueva ha salido a borbotones de la oscuridad de una tumba. Cuando ya no esperábamos más que el vacío y la nada, todas las cosas se han empapado de esta luz: el cielo, la tierra y las fosas abisales más profundas. ¿Pero nosotros vemos esta luz?

Hermanos, esta luz que es vida nueva se nos regaló ya el día de nuestro bautismo, el día en que “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en su muerte, para que lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos, por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva.” Rm 6,4

En Pascua celebramos la resurrección de Cristo como algo que nos ha transformado, que nos ha cambiado la vida y nos la sigue cambiando. Ahora, en esta Noche Santa, seis adultos han pedido a la Iglesia el Bautismo: Jessica, Jaime, Miguel, William, Miguel y José Antonio.  En el bautismo cada persona es insertado en una compañía de amigos que no lo abandonará nunca, ni en la vida ni en la muerte, porque esta compañía de amigos es la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta compañía de amigos, esta familia de Dios, en la que ahora son insertados, les acompañará siempre, incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de la vida; les brindará consuelo, fortaleza y luz.

Ahora, en esta Noche Santa, seis adultos han pedido a la Iglesia el Bautismo: Jessica, Jaime, Miguel, William, Miguel y José Antonio.  En el bautismo cada persona es insertado en una compañía de amigos que no lo abandonará nunca

Esta compañía, esta familia, le dará palabras de vida eterna, palabras de luz que responden a los grandes desafíos de la vida y dan una indicación exacta sobre el camino que conviene tomar. Esta compañía brinda a estos catecúmenos el consuelo, la fortaleza, el amor de Dios incluso en el umbral de la muerte, en el valle oscuro de la muerte. Les dará amistad, les dará vida. Y esta compañía, siempre fiable, no desaparecerá nunca. Ninguno de nosotros sabe lo que sucederá en el mundo, en Europa, en los próximos cincuenta, sesenta o setenta años. Pero de una cosa estamos seguros: la familia de Dios siempre estará presente y los que pertenecen a esta familia nunca estarán solos, tendrán siempre la amistad segura de Aquel que es la vida, porque creemos en Cristo resucitado que nos cuidará y estará con nosotros hasta el fin del mundo.

Mirad, escuchad, como ellos y cada uno de nosotros hemos recibido el don de esta vida nueva y la facultad de acogerla, así como la gracia suficiente para vivirla. Eso sí, por qué no nos preguntamos: ¿Realmente queremos vivir como hijos de la luz? Es sorprendente, pero nuestra fe se cimienta en ese cambio radical que nos introduce hasta los tuétanos en la vida divina. Pues Cristo ha cambiado hasta la naturaleza de la propia muerte. No miréis la vida con mezquindad, no busquéis metas raquíticas, nos os conforméis con ir tirando, no os amarguéis por las cosas perecederas… Dios ha transformado nuestras tragedias, a veces cómicas, en una victoria total. Por favor, estáis bautizados, ¡sonreíd y alzad la cabeza! Cristo no ha dado este paso, esta Pascua, para que sigamos como paganos poniendo la esperanza en las limitaciones y las fronteras de nuestra propia debilidad. No viváis como humillados sin futuro, vivid como Hijos de Dios. ¿O es que pensáis que hay algo más grande que este amor derramado?

No miréis la vida con mezquindad, no busquéis metas raquíticas, nos os conforméis con ir tirando, no os amarguéis por las cosas perecederas… Dios ha transformado nuestras tragedias, a veces cómicas, en una victoria total.

Cada vez más los creyentes nos negamos a nosotros mismos como Pedro, calentándose en la pequeña hoguera del patio del palacio del gobernador; cada vez que los católicos nos mostramos como los discípulos en el cenáculo con las puertas cerradas por miedo a los de fuera… y al qué dirán… nosotros mismos nos ponemos los límites y perdemos el sentido de nuestras vidas, preocupados por el día a día, tan raquítico como el siguiente, y poco a poco se va apagando la llama pascual de nuestras vidas –la misma que cada año portamos en nuestras manos y renovamos en la vigilia pascual– para que como muertos vivientes alcancemos una meta desprovista de significación, y lo que es peor, falta de vida. Sin Cristo, nos estrellamos al hueco vacio del sepulcro.

Creemos que ocultando y olvidando la muerte nuestra vida será más agradable, pero siempre será más absurda porque la muerte es inevitable. Estemos atentos, porque, aunque estemos bautizados, podemos vivir de vacío como si Cristo no hubiera muerto y resucitado por nuestra salvación. Y, si no, ¿dónde está nuestra alegría pascual? ¿Dónde nuestro gozo de criaturas salvadas? ¿Dónde nuestro gusto por las cosas eternas, imperecederas? ¿Dónde se trasparenta en nuestras actitudes cotidianas la plenitud de la VIDA, con mayúsculas?

En esta noche santa, hermanos, vamos a pedirle al Señor del fuego y de la luz, que brille siempre en el mundo el fuego del amor servicial y generoso. Encendamos en el corazón de todas las personas del mundo la luz y la llama de este cirio pascual, la Luz de Cristo, para que arda e ilumine la vida de todas las personas de buena voluntad.

¿Y si no, para qué estamos bautizados?

 + Antonio, vuestro obispo

PASCUA 2022

Ver este artículo en la web de la diócesis

¡Alegría y paz hermanos, que el Señor resucitó!

0

Mensaje del Obispo Nivariense para la Pascua de Resurrección 2022

 

«Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva»
[1ª Carta de San Pedro 1,3]

 

¡Feliz Pascua de Resurrección! La certeza de que Cristo, resucitado de entre los muertos, vive y camina con nosotros, nos llena de paz y alegría.

«El anuncio de la Pascua es este: Cristo está vivo, Cristo acompaña mi vida, Cristo está junto a mí; Cristo llama a la puerta de mi corazón para que lo deje entrar, Cristo está vivo. En estos días pascuales, nos hará bien repetir esto: el Señor vive» (Papa Francisco. Domingo de Resurrección ‘2021).

Sí. ¡Felicidades! ¡Alegría y paz hermanos, que el señor resucitó! Verdaderamente ha resucitado el Señor y eso tiene repercusión en nuestra vida. Cristo ha resucitado de entre los muertos, ha vencido la muerte, que ya no tiene dominio sobre Él. Esta victoria no sólo beneficia a Cristo, sino a todos nosotros, pues —como proclamamos en la liturgia de la Iglesia— “en Él, nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección hemos resucitado todos”, o también: “muriendo, destruyó nuestra muerte y resucitando nos dio nueva vida”.

Justamente, porque Cristo ha resucitado y vive para siempre, sus palabras tienen permanente actualidad y valen para nosotros como si fueran pronunciadas hoy por primera vez. Él es el mismo ayer, hoy y siempre; por eso, es contemporáneo nuestro y podemos tener una relación personal, de tú a tú, con Él. Cuando, por la fe, esa relación se da, el milagro de la resurrección acontece en nuestra propia vida. Por su poder nos convertimos en hijos de Dios y, también, con la fuerza que Él nos da, progresivamente, vamos viviendo como Él vivió.

Por eso, con palabras de San Pedro, podemos decir: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva» (1Pe. 1,3). Al celebrar la Pascua todos estamos invitados a brindar por la vida y la esperanza. Por el poder de Cristo Resucitado podemos ser mejores personas y más felices. Nada ni nadie está definitivamente perdido para el Señor.

Por muy difícil y oscura que sea nuestra realidad, por muy lamentable que sea la situación a la que hemos llegado, todos podemos renacer para dar los frutos de esa vida nueva que Jesús conquistó para Él y para todos nosotros cuando resucitó. Cada día se pueden cumplir en nosotros aquellas palabras del Salmo 117,23: “Es el Señor quien lo ha hecho, es un milagro patente”.

Todos conocemos personas cuya vida es una verdadera “aparición del Señor Resucitado”, es decir, personas que de tal modo “viven en Cristo” y “Cristo vive en ellas”, que el amor, la bondad, la lucha por la paz y justicia… resplandecen en su vida. Como dice un himno de la liturgia:

«Quien diga que Dios ha muerto
que salga a la luz y vea
si el mundo es o no tarea
de un Dios que sigue despierto.
Ya no es su sitio el desierto
ni en la montaña se esconde;
decid, si preguntan dónde,
que Dios está -sin mortaja-
en donde un hombre trabaja
y un corazón le responde».

San Pablo nos dice que, “quien está en cristo es una criatura nueva” (2Cor. 5,17) y eso se ha de notar en la vida. El lema de la Semana Santa de este año, “queremos ver a Jesús”, fueron las palabras de unos griegos al apóstol Felipe. Esas palabras que siguen resonando hoy -explícita o, implícitamente- en muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo que también nos dicen a los seguidores de Jesucristo: “queremos ver a Jesús”.

Así, nos lo decía San Juan Pablo II, al comienzo del siglo XXI: “Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?” (NMI 16).

Quienes nos dejamos tocar por el poder de la resurrección de Cristo, podemos ser “personas nuevas” y reflejarlo en nuestra vida viviendo como vivió Él. Así nos los dice San Juan en su primera carta: “Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él” (1Juan 2,6). Por eso, quien tiene una nueva vida en Cristo, se le ha de notar es que es creyente y testigo de la fe, alegre y entusiasta, discípulo misionero. En su vida se muestra como una persona dinámica y creativa, compasiva y misericordiosa, renovada y renovadora, libre y liberadora, solidaria y generosa.

Como nos dice una canción litúrgica, gracias al poder de la Resurrección de Cristo en nosotros, los cristianos estamos llamados a ser: “Hombres nuevos, creadores de la historia, constructores de nueva humanidad… Hombres nuevos, luchando en esperanza, caminantes, sedientos de verdad… Hombres nuevos, amando sin fronteras, por encima de razas y lugar. Hombres nuevos, al lado de los pobres, compartiendo con ellos techo y pan”.

Cualquiera de nosotros, si queremos ser así, podemos serlo, porque Cristo ha resucitado para darnos a todos nueva vida. Nadie queda excluido de su amor y del poder de su resurrección. Por eso podemos decir y les digo a todos, ciertamente “este el día que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Salmo 117,24). Es lo que les deseo de todo corazón. ¡Feliz pascua de Resurrección!

 

† Bernardo Álvarez Afonso

          Obispo Nivariense

– MENSAJE EN PDF

– AUDIO:

Ver este artículo en la web de la diócesis

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”

0

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”

Evangelio del sábado 16 de abril. Evangelio de hoy, Vigilia Pascual en la Noche Santa.

– 1.ª Gén 1, 1 — 2, 2.
– Sal 103.
– 2.ª Gén 22, 1-18. E
– Sal 15.
– 3.ª Éx 14, 15 — 15, 1a.
– Salmo: Éx 15, 1-18.
– 4.ª Is 54, 5-14.
– Sal 29.
– 5.ª Is 55, 1-11..
– Salmo: Is 12, 2-6.
– 6.ª Bar 3, 9-15. 32 — 4, 4.
– Sal 18.
– 7.ª Ez 36, 16-17a. 18-28.
– Sal 41.
– Rom 6, 3-11.
– Sal 117.
– Lc 24, 1-12.

El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y ellos les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar”. Y recordaron sus palabras. Habiendo vuelto del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás. Eran María la Magdalena, Juana y María, la de Santiago. También las demás, que estaban con ellas, contaban esto mismo a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron. Pedro, sin embargo, se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve solo los lienzos. Y se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido.

Ver este artículo en la web de la diócesis

Pésame a la Virgen, en Baza y en Guadix

0

Pésame a la Virgen, en Baza y en Guadix

Durante la mañana del Sábado Santo la ciudad de Baza ha tenido la oportunidad de pasar por la Iglesia de la Piedad y rezar ante la Virgen , contemplándola en el misterio de su soledad. Es lo que se conoce como el “pésame a la Virgen”, en un día en el que la Igelsia recuerda que Jesús está en el sepulcro, muerto, en espera del gran día de la resurrección.

El obispo de Guadix, D. Francisco Jesús Orozco, ha visitado la imagen de la Soledad que hay en la iglesia de la Piedad y ha participado en ese pésame a la Virgen. Acompañado del arcipreste de Baza, Emilio Fernández, y de otros sacerdotes y feligreses de la cuidad, Mons. Orozco ha rezado ante la imagen, ha ofrecido su oración por todos los sufrimientos y soledades del mundo y ha animado a vivir la alegría y la esperanza de la resurrección. Es lo que la Iglesia celebrará a partir de esta noche, en la Vigilia Pascual, y sobre todo mañana, Domingo de Resurrección.
Ya por la tarde, también en el Sábado Santo, Mons. Orozco visitará la imagen de la Soledad que hay en la parroquia de San Miguel, en Guadix, también para participar en el “pésame a la Virgen”.

Antonio Gómez
Delegado diocesano de Mcs. Guadix

 

Ver este artículo en la web de la diócesis

“En Cristo encontramos la verdad de quién es el ser humano, que no puede vivir ignorando el sufrimiento, el dolor y el mal”: Mons. Orozco en los Oficios del Viernes Santo

0

“En Cristo encontramos la verdad de quién es el ser humano, que no puede vivir ignorando el sufrimiento, el dolor y el mal”: Mons. Orozco en los Oficios del Viernes Santo

 

La Iglesia se prepara para vivir la gran celebración de la Resurrección del Señor. Será en la noche del sábado al domingo, cuando las parroquias vivan una de las liturgias más sugerentes y expresivas delo que es la fe y lo que supone creer en Cristo. Sobre todo, será una liturgia, la de la Vigilia Pascual que invita a la alegría, porque Cristo ha resucitado, que anima a sentirse miembro de una Iglesia que anuncia la resurrección y que celebra el triunfo de Jesús sobre la muerte y el amor sobre el mal.

Con la Vigilia Pascual y la Misa de Resurrección del domingo culmina una semana que ha sido muy intensa, las más intensa del todo el año. Así se ha vivido en las parroquias y así se ha vivido, también, en la catedral de Guadix, donde las celebraciones han estado presididas por el obispo accitano, D. Francisco Jesús Orozco.

Desde el Domingo de Ramos, D. Francisco Jesús ha ido desvelando y actualizando en sus homilías el sentido de cada uno de los días grandes de la Semana Santa. Así lo hizo el Jueves Santo y ayer, Viernes Santo, en el que habló del significado de la cruz para los hombres de hoy. Decía Mons. Orozco que ““el verdadero drama de nuestra sociedad, y de nuestra cultura, y de nuestra convivencia, y de nuestro corazón es que hemos prostituido la cruz de Cristo. Hemos hecho de la cruz de Cristo, de su amor y de su muerte, una leyenda para disfrutar unos días con una semana de vacaciones en la que todo importa menos ponernos de rodillas y agradecer este gran amor que Dios nos ha tenido´.

`Por eso, esta liturgia, queridos hermanos, nos invita a venerar la cruz, a ser creyentes, a vivir desde la fe, a reconocer que solamente Cristo tiene palabras de vida eterna, que Él es la verdadera medida de la verdadera identidad de la verdad de Dios, que nos ama y nos perdona´.

`Y, a la vez, en Él encontramos la verdad de quién es el ser humano, que no puede vivir ignorando el sufrimiento, el dolor y el mal; que tiene que dar sentido a las noches de su vida y a la última de las noches, la muerte; y que ,mirando la cruz, que es signo de identidad cristiana, tiene que saber gritar a todo el mundo, con su propia vida, sus propias, obras y sus propias palabras, que se puede ser feliz a pesar del dolor, porque alguien con mayúscula, Dios, Cristo Jesús, haciéndose uno de nosotros, ha entrado dentro de nuestra noche y destruyéndola nos ha dicho que nuestra cruz y nuestra muerte, en la suya, ha sido redimidas”.

La Vigilia Pascual, en la catedral, será a las 11 de la noche y la Misa del Domingo de Resurrección será a las 12 de la mañana. Las dos serán retransmitidas por el canal de YouTube de la catedral.

Antonio Gómez

Delegado diocesano de Mcs. Guadix

 

Ver este artículo en la web de la diócesis

Homilía en la Misa Crismal

0

Es costumbre, en este día, reunirnos todo el presbiterio junto al obispo, a los diáconos permanentes, religiosos y un buen grupo de fieles, en la Catedral para la celebración de la Misa Crismal. Aunque la estemos celebrando anticipadamente, la Iglesia la sitúa en el Jueves Santo, día de la institución del Sacramento de la Eucaristía y, en íntima relación, del Sacramento del Orden sacerdotal.

Los óleos que bendecimos y el crisma que consagraremos son signos de la comunicación misteriosa e incesante del Espíritu, con la que Jesucristo, consuela a los enfermos, santifica a los catecúmenos y a los cristianos, y nos consagra a los sacerdotes para que seamos signos vivientes de su presencia santificadora en medio de su pueblo.

El Señor vivió su vida humana en íntima comunión filial con el Padre del Cielo, una comunión hecha de amor, alabanza y obediencia. Esta comunión de amor quedó consumada en el momento supremo de su muerte en la Cruz. Desde entonces, su amor filial es la máxima expresión de la Alianza de Gracia ofrecida por el Padre en Cristo a la humanidad entera. Todo hombre, al ser pensado por Dios y llamado a la vida, está insertado en esta relación de amor y de gracia que viene del Padre, renace en el Hijo y permanece en la plenitud del Espíritu Santo.

Por el bautismo nos incorporamos de manera más íntima en esta relación de amor y de vida. Pues, somos injertados en Cristo y por Él y en Él recibimos el amor del Padre, su Espíritu; por Él y en Él podemos amar a Dios como Padre, con la reverencia y la confianza del mismo Jesús; por Él y en Él vivimos en el mundo como hijos, puesto nuestro corazón en las cosas eternas, libres para la alabanza y para la fraternidad, libres para hacer obras de justicia y de misericordia, siendo testigos y constructores de la nueva humanidad de Dios inaugurada por la encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad, Sumo Sacerdote, Víctima y Altar, que ha unido plenamente el cielo con la tierra.

Nosotros, sacerdotes y obispos, llamados, consagrados y unidos a Cristo, compartiendo sus sentimientos y su misión, somos signos e instrumentos de su amor, extensión viviente del sacerdocio de Jesús en todos los tiempos y en todos los lugares de la tierra.

Por ello, la vocación que hemos recibido nos apremia a vivir totalmente arraigados en Jesús, de manera que sus sentimientos sean nuestros sentimientos, sus palabras sean nuestras palabras, y sus obras de perdón y misericordia sean el ejemplo y la referencia permanente de nuestras buenas obras. Somos de alguna manera continuación y manifestación de la presencia invisible de Jesús, Sacerdote y Mesías, en este mundo visible. No somos sucesores de un fundador. Por la consagración sacerdotal, de forma íntima y misteriosa, somos la presencia visible de su actual presencia invisible en el corazón de todos los hombres de buena voluntad, como cabeza de la Iglesia, como fuente secreta de vida nueva, como principio de una nueva humanidad.

Por lo tanto, la prioridad de nuestro ministerio, sobre todo, es hacer presente a Dios. No a un Dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí, al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (Cfr. Jn 13,1) en Jesucristo crucificado y resucitado.

Jesús nos ha llamado para compartir su misión y hacernos sus amigos. ¡Qué gran honor! Demos gracias al Señor por este gran regalo siempre inmerecido.

Queridos sacerdotes, en esta celebración solemne quiero agradeceros, en nombre del Señor y de todo el pueblo de Dios, de nuestra Iglesia de Jaén, vuestra entrega y fidelidad, vuestro trabajo de cada día y vuestra buena voluntad tantas veces manifestada. Demos gracias por el fruto de la ordenación sacerdotal de Antonio José Blanca, que el pasado mes de junio se incorporaba a nuestro presbiterio.

Tengamos un recuerdo especial por nuestros hermanos recientemente fallecidos: D. Pablo Luis Armero, D. Antonio Cobo, D. Miguel Funes, D. Bernardo Velasco, D. Juan Antero Hurtado, D. Lorenzo Pérez y D. Miguel Reyes. Y, también, por los ancianos y enfermos que no han podido venir hoy aquí a pesar de sus deseos, y por los que padecen cualquier tribulación o crisis.

Os animo a vivir sinceramente nuestra fidelidad al don recibido y nuestra  fraternidad sacramental; a poner vuestra vida totalmente al servicio de Dios y de nuestro pueblo, sin reservarnos nada – pues somos “todo del Señor” – , con la madurez que requiere nuestro ministerio y sin olvidar el frescor del “amor primero”.

Nuestras comunidades, las nuevas generaciones, las personas que forman nuestra sociedad jiennense, las que viven la dureza del día a día, en la familia, en el trabajo, en la angustia de no vivir una vida digna, y que muchos de ellos, jóvenes y adultos, se pueden encontrar en la desesperanza y solos, necesitan de nosotros, del “signo eficaz” de nuestro ministerio que siempre es joven, esperanzador y generoso.

Queridos seminaristas, sois la esperanza de nuestro presbiterio y de nuestra Iglesia de Jaén. Os animo a hacer este camino de preparación al Ministerio sacerdotal, con paso firme y decidido, sin que os falte la ilusión y el agradecimiento a la llamada que habéis recibido y la respuesta que estáis dando, ante el Misterio tan enorme y hermoso que Dios quiere poner en vuestras manos para el servicio de Su pueblo.

Comparto, con todos vosotros, el dolor que siento, que es también el dolor de nuestro pueblo, de saber que este año, el aceite que va a ser consagrado, no será  utilizado en su plenitud, consagrando unas manos nuevas para el ofrecimiento del sacrificio de Cristo. Durante varios años vamos a vivir esta “sequedad”, pero la misma nos debe llamar a todos a la responsabilidad que tenemos para hacer vibrar el corazón de aquellos jóvenes que, estoy convencido, el Señor está llamando y que necesitan de nuestra oración y de nuestro hermoso testimonio, para alcanzar la fortaleza necesaria para responder a la voluntad de Dios.

A pesar de las dificultades, con las que nos encontramos, y de las grandes exigencias de nuestro sacerdocio, hoy queremos y volvemos a renovar ante el pueblo de Dios nuestros compromisos y deseos de ser los “fieles servidores” del Señor para el bien de nuestros hermanos, Su pueblo.

Delante de vosotros, queridos fieles, manifestamos nuestra voluntad sincera de fidelidad y de servicio. Queremos vivir con integridad y total entrega nuestro ministerio, queremos vivir intensamente unidos a Jesucristo para ser auténticos  anunciadores y dispensadores de los bienes de la salvación.

“Señor, hoy, en la pobre barca de nuestra vida, nos vuelves a decir: remar mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Y nosotros, temerosos ante la responsabilidad de la misión encomendada, te decimos: en tu palabra echaré las redes. (Cfr. Lc 5, 3 – 5) ¡Gracias por tu confianza! ¡Gracias por el amor con el que has ungido todo nuestro ser!”  Y ante los avatares de la vida Él nos sigue diciendo: No tengáis miedo, yo estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos (Cfr. Mt 28, 10.20).

Queridos sacerdotes, caminemos con fortaleza, alegría y esperanza. El Señor sigue realizando hoy también su obra de renovación y de redención, y cuenta con nosotros, ungidos con la fuerza de su Espíritu, como contó con la confianza y la fuerza de los Apóstoles, con el vigor y la eficacia de los primeros cristianos. Por ello, vivamos con seriedad nuestra vida espiritual y nuestro deseo de ser cada día más santos, respondiendo fielmente a su voluntad.

El Señor y la Iglesia necesitan sacerdotes identificados con la palabra de Jesús, impregnados y enardecidos por su mismo Espíritu, enriquecidos por los sacramentos que celebran, por la oración asidua y la comunión de vida, y, llenos del don de la Caridad Pastoral, dedicados con entusiasmo y generosidad al ejercicio del ministerio apostólico. En definitiva, necesitan de nosotros que seamos “buenos pastores”, “hombres de Dios”.

Queridos hijos, laicos y religiosos que nos acompañáis esta mañana, que estáis cerca de vuestros pastores, en vosotros está presente el pueblo de Dios que camina en la Iglesia del Santo Reino, ¡rogad por nosotros!, ayudadnos con vuestra oración constante, con vuestra comprensión y afecto. No somos más que nadie. Hemos sido sacados de entre vosotros para que, ungidos y unidos a Cristo, compartiendo su misión, sed devueltos a vosotros para serviros y ayudaros, y, caminando juntos, alcanzar la salvación. Salvación que podemos degustar en nuestro día a día, respondiendo al amor y a la voluntad de Dios, pero que deseamos conseguir en plenitud cuando lleguemos a la casa del Padre.

Somos débiles y pecadores, como cualquiera de vosotros, pero con la responsabilidad de una misión que nos sobrepasa y nos sobrecoge. El calor de vuestra cercanía y de vuestra oración nos ayudará a que seamos “santos sacerdotes”.  

Os pedimos perdón por nuestras deficiencias, por los momentos en los que no reconocéis en nosotros el “corazón del buen pastor”, ser “un hombre de Dios”, por nuestra falta de trato, de ternura, de humildad y de misericordia, por nuestros personalismos y divisiones que nos alejan de un estar “cerca de vosotros y cerca del resto de nuestros hermanos sacerdotes” y no caminar unidos. Y, también, os pedimos perdón por cualquier tipo de infidelidad que hayamos podido cometer al amor de Dios y a la misión encomendada. Y, como obispo, aunque lleve poco tiempo entre vosotros, os pido perdón si no he estado a la altura de lo que Dios me está pidiendo.

Sois nuestro gozo y nuestra corona, sois la herencia que el Señor nos ha dejado. Que Él os premie todo el bien con el que enriquecéis nuestra pobre vida y con el que nos ayudáis, muchos de vosotros colaborando intensamente en nuestro apostolado. ¡Gracias!

Queridos sacerdotes, queridos hijos, sostenidos y animados por la intercesión de la Virgen María, Madre de los Apóstoles, Ntra. Sra. de la Cabeza, de San Eufrasio nuestro Patrón, y de tantos mártires y santos que han abonado nuestras tierras con sus vidas, le pedimos al Señor que se haga presente poderosamente en nuestras vidas, y que nos llene de todos los bienes de su Espíritu, haciéndonos verdaderos instrumentos eficaces de su Reino.

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

 

Homilía en la Misa Crismal

0

Isaías 61, 1-9 Cambiaré el luto por el óleo de la alegría y os daré un perfume de fiesta; 

Salmo 88 Mi fidelidad y mi amor lo acompañarán; 

Apocalipsis 1, 4b-8  Por su sangre hizo de nosotros un reino de sacerdotes; 

San Lucas 4, 16-21 Hoy se cumple este pasaje que acabáis de oír

 

Queridos hermanos del presbiterio, diáconos permanentes, vida consagrada, seminaristas, hermanas y hermanos todos de esta Iglesia del Señor que camina en Almería.

Me gustaría hablaros al corazón y que todos hiciéramos un esfuerzo para entrar en el misterio y nos colocáramos en el momento de la Última Cena, cuando el Señor en ese gran momento de intimidad con sus amigos, cuando tan sólo le quedaban unas horas de estar en este mundo y anticipa el Sacrificio: esto es mi Cuerpo, esta es la Sangre de la Nueva Alianza; y lo articula entre el mandamiento del Amor y el Lavatorio de los pies. Nada es casual. ¡Qué pedagogía la de Cristo! Tres momentos inseparables que se apoyan uno en el otro y adquieren así su sentido completo.

Me gustaría hablaros al corazón y que todos hiciéramos un esfuerzo para entrar en el misterio y nos colocáramos en el momento de la Última Cena, cuando el Señor en ese gran momento de intimidad con sus amigos, cuando tan sólo le quedaban unas horas de estar en este mundo y anticipa el Sacrificio

Vivamos este acontecimiento desde una actitud de adoración y de confianza.

En este marco, en el ámbito del amor y del servicio, instituye el Señor la Eucaristía, de la todos tanto dependemos. Es el signo de la Nueva Alianza. La historia de la Salvación está plagada de alianzas: con Noé, Isaac, Jacob, Moisés… todas exigían su sacrificio. Normalmente un cordero.  Sacrificio no es una palabra negativa y mal vista, como solemos entenderla hoy casi todos. Sacrificio significa: hacer sagrado. Es decir que en la Alianza Dios nos pone a su nivel, y eso exige renunciar a todo lo que nos separe de él. En esta alianza definitiva, Jesús mismo es el sacrificio: “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Y para que ni sus discípulos, ni nosotros hoy, equivoquemos su entrega sacrificial con otra cosa, tomó un trozo de pan y un cáliz lleno de vino… Las palabras pronunciadas por Jesús son anticipación de su muerte: “Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros”. “Esta es mi sangre, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Estas palabras convierten el hecho de la muerte en un suceso de amor.

Dejadme que os traiga a cuento una reflexión sensible que leí hace años: si tomas una forma sin consagrar en tus manos y contemplas ese trozo de pan y piensas ¿cómo podrá ver el Señor este trozo de pan? ¿Creéis vosotros que lo verá igual que un guijarro del río o un corderito? No. De ninguna manera, pues el trozo de pan es el resultado de una historia. Para que pueda tenerlo en mis manos fue necesario el trabajo del labrador, el sembrador, el segador, sin hablar de los que fabricaron los instrumentos de labranza y siega… después el molinero, el panadero y todos los artesanos y artesanas, después el vendedor y las monjas que hicieron las formas… Este pan somos la humanidad misma y Cristo se encarna de nuevo en nuestro trabajo para quedarse entre nosotros y ser alimento. (cfr. François Varillon, Joie de croire… Paris 1981 p. 279-294) ¿Hay expresión más grande que este sacramento?

Si nos comiésemos este pan sin consagrar la historia de la humanidad quedaría sin salida, permanecería tan solo humana… volveríamos a producir más pan… y moriríamos. Pero si llevamos este pan al altar, Cristo hace de él su propio Cuerpo y “cristifica” el trabajo y al mismo hombre y se abre la puerta de la humanidad hacia Dios, y comiendo su Cuerpo nos hacemos como él, portadores de eternidad. Como María puso su cuerpo para engendrar a Cristo, así nosotros ponemos toda nuestra vida para esta nueva y diaria encarnación: la presencia de Dios en medio de su pueblo. Esto, que os digo, es para todos los bautizados en Cristo, sacerdotes en él.

Y nosotros, los presbíteros, los que hemos sido llamados para este ministerio, seguimos poniendo nuestras pobres y pecadoras manos para tan gran misterio de redención. ¡Nos hacemos sacerdotes en Cristo! ¡Ofrecemos nuestra vida y el trabajo de las gentes! ¡Nos hacemos en Cristo alimento! Esclavos, servidores de todos, portadores, “cristóforos” de la humanidad hacia Dios. Y de esto, todos un poco.

Y nosotros, los presbíteros, los que hemos sido llamados para este ministerio, seguimos poniendo nuestras pobres y pecadoras manos para tan gran misterio de redención.

El sacerdocio de Cristo no puede ser comprendido como una dignidad, una promoción o un puesto de poder. Ni siquiera un ámbito para estar por encima de los demás. Y muchas veces hay sacerdotes que actúan así, con poder y autoritarismo, olvidando que han sido creados bajo el cimiento del lavatorio de los pies. El que quiera ser el primero que sea el servidor de todos.  El sacerdocio de Cristo implica, como dice el autor de la Carta a los Hebreos, asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de ser misericordioso. No sigue el camino de la ambición, del lujo, de la soberbia y del poder. Jesús ha seguido el camino de la humillación, de la pobreza, del sufrimiento y de la muerte, como hemos escuchado en Isaías. Ha asumido nuestra naturaleza frágil y débil, de carne y de sangre, y ha afrontado la muerte.

El sacerdocio de Cristo no puede ser comprendido como una dignidad, una promoción o un puesto de poder. Ni siquiera un ámbito para estar por encima de los demás. Y muchas veces hay sacerdotes que actúan así, con poder y autoritarismo, olvidando que han sido creados bajo el cimiento del lavatorio de los pies.

Este es un sacerdocio nuevo: comprender a los débiles, ayudarles, descender a la fosa de los afligidos para rescatarlos, acercarse a los que carecen de esperanza para levantarlos, revelar el nombre y la gracia de Dios a cuantos andan en las tinieblas del mundo. Nadie puede decir “esto es mi cuerpo” y “éste es el cáliz de mi sangre” si no es en el nombre y en la persona de Cristo, único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf Hb 8-9).

Cristo ha tomado sobre sí nuestro destino: que incluye la muerte y el sufrimiento como consecuencia del pecado, y lleva a término nuestra vocación: amar para ser coronados de gloria y de honor. Pero no nos equivoquemos, su gloria no es la gloria de un rey o guerrero que ha vencido a su enemigo, o la de un ambicioso que ha cumplido sus proyectos: es la gloria del amor, de la misericordia, que restablece la comunión de los hombres con Dios y nos busca, y nos habla a cada uno por nuestro nombre, con nuestra propia originalidad.  ¡Él es el buen Pastor! Cuánto me duele cuando personas de una parroquia vienen a quejarse de su cura por soberbia, por imposición de su voluntad, por confundir autoridad, que nace del lavatorio de los pies, con autoritarismo. No seamos de este mundo, sed como el buen pastor que sacrifica su vida, 24 horas sobre 24, por sus ovejas. Desechad de vuestra boca y de vuestro corazón la expresión: el párroco soy yo. No debemos ser como los déspotas ilustrados. Todo por el pueblo, pero sin el pueblo. Se nos va pegando el lodo de la historia. No sea así entre vosotros.

Cuánto me duele cuando personas de una parroquia vienen a quejarse de su cura por soberbia, por imposición de su voluntad, por confundir autoridad, que nace del lavatorio de los pies, con autoritarismo.

Os invito a pedir a Dios la gracia de seguir también todos nosotros el dinamismo de ese sacerdocio. Ser compasivos con nuestros hermanos exige de nosotros vivir el sacerdocio según el Espíritu de Cristo, no según el espíritu de este mundo. Exige de cada uno de nosotros saber llevar a la humanidad hacia Dios, y muchas actitudes personales les pueden separar. Nuestro sacerdocio no es un oficio puramente temporal. Es para siempre. Pues el dinamismo del amor no se puede entender de otra manera. Todo pasará, el amor no pasa nunca.  El sacerdocio, como decía san Agustín, es amoris officium, es el oficio del buen pastor, que da la vida por las ovejas (Jn 10, 14-15).

Pidamos a María, Madre de la Iglesia, que interceda por todos nosotros para que nos presentemos con Cristo como ofrenda agradable a los ojos de Dios y descienda sobre nosotros la gracia que todo lo transforma, que todo lo eleva, que todo lo perfecciona y que todo lo glorifica. ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio Gómez Cantero

Obispo de Almería

«Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz»

0

El Cabildo Catedralicio, presidido por el obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra, ha celebrado esta mañana el rezo del Oficio de Lecturas y Laudes de la Sepultura del Señor, un momento de especial recogimiento en el que se contempla el Cuerpo muerto de Jesús y su descenso al lugar de los muertos en espera de su resurrección y en el silencio de quienes esperan el triunfo de la vida: Oh dolientes de la tierra, verted aquí vuestras lágrimas; en la gloria de este cuerpo serán bañadas.

Entre los textos litúrgicos leídos en el Oficio de Lectura de esta mañana se encuentra una antigua homilía anónima sobre el santo y grandioso Sábado de la Sepultura del Señor en el que se describe como Cristo desciende a la región de los muertes para buscar a nuestro primer padre, Adán, «como oveja perdida» y con el que mantiene un precioso diálogo: «Despierta, tú que duermes, y levántate de
entre los muertos y te iluminará Cristo… Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial.»

En su breve homilía, el Obispo ha recordado el sentido cristiano de la muerte «en una cultura hedonista, del placer y el bienestar, donde la muerte es un contratiempo que hay que censurar y ocultar. Así hemos hecho desaparecer costumbres propias como modo de vivir y sentir la pérdida de un ser querido; o preferir la muerte repentina, cuando los cristianos rezábamos unas preces en las que pedíamos ser librados de este tipo de muerte que era entendida como una desgracia porque no nos permitía disponernos sacramentalmente para el encuentro con el Señor; o incluso hemos hecho desaparecer el lugar físico del descanso de nuestros restos mortales… Pero nada de eso –ha continuado diciendo– nos quita la verdad de un trance que todos ciertamente hemos de pasar y que, de algún modo, vamos viendo a lo largo de toda la vida, especialmente cuando asistimos a la muerte de nuestros seres queridos. La muerte nos llama a vivir en permanente estado de vigilancia, como dice el salmo: Dame a conocer la medida de mis años para que adquiera un corazón sensato (Cfr. Salmo 89). Recordad cómo San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales invita al ejercitante, a la hora de reformar la vida o tomar una opción vocacional, a situarse en la hora de la propia muerte y pensar cómo le gustaría haber vivido».

D. Santiago Gómez ha culminado sus palabras pidiendo al Señor «que aumente nuestra fe para vivir de frente a una realidad que forma parte de nuestra condición humana, el paso que nos lleva a la Casa del Padre de la mano de Jesucristo, vencedor de la muerte». Y ha invitado a «acompañar a la Virgen María en su soledad que, seguramente, como le dijera al ángel Gabriel en la Anunciación, hoy también se preguntará cómo será eso de la Resurrección del Señor y espera confiada en que para Dios nada hay imposible. Que, como María, también vivamos nosotros en esperanza nuestra vida y el paso por la muerte a la Vida definitiva».

Por error ha sido definido como un día alitúrgico, pues en él no está permitida la celebración de la Eucaristía. Si bien es cierto que no se celebra la Eucaristía, no existen los días alitúrgicos, pues la celebración de la Liturgia de las Horas del Sábado Santo es una expresión más de la litúrgica de la Iglesia. La Iglesia ayuna el sábado santo de la Eucaristía siguiendo una antiquísima tradición que llevaba a la Iglesia a un prolongado ayuno durante todo el sábado porque “el Esposo le ha sido arrebatado”. Este ayuno concluye con la celebración de la Vigilia Pascual que, en la Catedral, tendrá lugar esta noche a partir de las 23.00 h.

Más información

Horarios de las celebraciones litúrgicas de Semana Santa en la Catedral

La entrada «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz» se publicó primero en Diócesis de Huelva.

Ver este artículo en la web de la diócesis

Enlaces de interés

ODISUR
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.